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– ¿Cómo está, doc?
La voz de Jake fue lo primero que oyó al recobrar la consciencia. La intensa luz del sol castigaba sus pupilas y le impedía abrir los ojos, pero cuando lo logró, vio de nuevo dos rostros conocidos que se inclinaban sobre ella. ¿Se estaba repitiendo la escena o la estaba recordando en un sueño? No. Esta vez no estaba en la consulta del doctor White, sino tumbada sobre la arena.
– Ha sufrido una gran conmoción, pero parece que está reaccionando. Marie, ¿está despierta?
Ann estaba exhausta, sentía dolor en la piel, en el cuello, en la cara; sus piernas se negaban a moverse y no podía levantar los brazos. Tenía sed, pero apenas podía articular palabra, y un insoportable dolor le taladraba el cráneo. Jake le cogió una mano entre las suyas y Ann observó en él una mirada de angustia.
– ¿Me entiende, Marie, puede hablar? -preguntó el médico.
Ella asintió con la cabeza.
– ¿Qué ha pasado? -balbuceó con esfuerzo, y observó una expresión de alarma en los dos hombres.
– Te hemos encontrado en esta isla. Llevas perdida desde ayer por la tarde. ¿Puedes contarnos qué ha ocurrido? -preguntó Jake, ansioso.
Ann Marie aún se sentía aturdida. Recordaba con claridad la cena en casa del médico y todo el lío de después, el traslado a la casa de Jake, la discusión con éste por la mañana y el regreso a la misión por la tarde, para recoger su equipaje. A partir de ese momento, su mente se negaba a facilitarle más recuerdos. No entendía por qué estaba en aquella pequeña isla, tumbada en la orilla, y no podría creer que hubiese pasado todo aquel tiempo desaparecida, de no ser por el dolor que sentía en la piel, provocado por la exposición al sol.
– No lo sé. No sé cómo he llegado aquí. No recuerdo nada.
– ¿Sabe quién es? -insistía el médico.
– Sí, doctor, soy Ann Marie, vivía en la misión. Ayer cené en su casa y por la noche me instalé en la de mi… en la de Jake… -respondió, dirigiendo una significativa mirada a su marido.
– ¿Y qué pasó después? -preguntó éste con impaciencia.
– Al día siguiente volví a la misión para recoger mis cosas.
– ¿Y qué más? -insistió Jake.
Entonces Ann se quedó en silencio, con la mirada perdida, intentando hacer memoria.
– No lo sé… Es lo último que recuerdo.
– Ha debido de sufrir una fuerte impresión, por eso su mente se resiste a recordar lo que sucedió. Llevémosla a casa.
Jake la cogió en brazos y la depositó con cuidado en la embarcación a motor que les había desplazado hasta allí. Al llegar a la mansión la ayudó a acomodarse en la cama.
– Ahora descanse; dentro de unos días volverá a la normalidad y es posible que recupere la laguna de memoria que sufre en estos momentos. Pronto estará recuperada -le aseguró el médico mientras se despedía.
Más tarde, Ann se dispuso a tomar un baño. Al despojarse de la camisa, descubrió que llevaba algo colgado del cuello con un cordón de cuero; era una especie de piedra plana. La cogió para examinarla: no era una piedra, sino un trozo de coral blanco de unos tres centímetros de ancho por cinco de largo. En el centro tenía grabada una especie de espiral, desde cuyas líneas circulares salían otras más pequeñas en forma de eses. Era muy rudimentario y había sido realizado por una mano humana. Lo dejó sobre el mueble y se metió en la bañera. Tenía la piel quemada por el sol y consiguió calmar el ardor gracias a un aceite especial que le facilitó la sirvienta. Después se puso un vestido de algodón entallado y con falda de vuelo; su equipaje ya había sido trasladado desde la misión y su ropa estaba colgada en el armario. Se sentó en un sillón de la terraza aneja al dormitorio y cerró los ojos tratando de hacer memoria sobre aquellas horas en blanco que había vivido. Casi se había quedado dormida cuando el sonido de unos pasos la sobresaltó; una silueta familiar apareció y se sentó frente a ella en otro sillón de mimbre.
– ¿Cómo te encuentras, Ann? -preguntó Jake, con honda preocupación.
– Mejor.
– Eso es buena señal. Ahora tienes que reponerte. Te he traído zumo de frutas. El médico dice que debes beber mucho líquido -añadió, ofreciéndole un vaso-. ¿Recuerdas algo más sobre lo ocurrido?
Ella negó con la cabeza y volvieron a quedarse en silencio.
– ¿Sabes quién eres?
– Pues claro, ya os lo he dicho antes…
– Me refiero a nuestra… situación.
– Sí. Recuerdo la cena en casa del doctor y lo que pasó después. -Le dirigió una mirada significativa-. Y todo lo que he vivido desde que llegué aquí, excepto la tarde de ayer.
– Hemos pasado la noche buscándote por todos los rincones de la isla. Incluso los hombres de la aldea se han unido al padre Damien en la batida. Creía que te habían… -Calló, asustado por sus propios pensamientos-. Jamás había pasado tanto miedo.
– ¿Cómo me encontrasteis en aquella isla?
– Al amanecer, alguien de la reserva se desplazó hasta allí en su canoa para pescar y dio la voz de alarma en la misión. El padre Damien vino a avisarme.
– ¿Está muy lejos de aquí?
– No, a unos doscientos metros en línea recta desde la zona sur, junto al puerto.
– ¿Cerca de la misión?
– La playa que está frente a esa isla queda algo alejada de la aldea.
– ¿Y cómo pude llegar hasta allí?
Jake se encogió de hombros, como si él se hiciera la misma pregunta.
– Tenías la ropa mojada. Quizá te caíste al agua y la corriente te llevó hasta allí -respondió sin mucha convicción.
– Pero estas playas no son profundas. Es imposible perder pie a no ser que camines mar adentro durante un buen trecho.
– Ann, a veces soy algo huraño e intransigente. Aquí has vivido duras experiencias y yo no he estado a la altura de lo que esperabas de mí. Creo que tienes razón y que no sé tratar a las mujeres…
– ¿Qué tratas de decirme?
– Que en parte me siento responsable de lo que ha ocurrido -dijo, desviando la vista.
– ¿Por qué? ¿Es que sabes lo que ha pasado?
– No, no lo sé. Es sólo una corazonada.
– ¿Cuál? -Ann lo miraba perpleja.
– La otra noche… vivimos unos momentos muy desagradables… -Se calló de repente y bajó la vista.
– ¿Estás insinuando que traté de quitarme la vida arrojándome al mar?
La huidiza mirada de él no dejó ninguna duda sobre su conjetura.
– ¡No, no y no! ¿Cómo puedes pensar esa barbaridad? -preguntó enfadada.
– Quizá te desorientaste, empezaste a caminar por la playa y… -Se detuvo para tomar aire.
– ¡Escúchame bien, Jake Edwards! He pasado por trances infinitamente más duros a lo largo de mi vida y jamás se me ha pasado por la mente cometer la estupidez que estás insinuando -replicó con furia.
– De acuerdo. Eso es lo que quería escuchar.
– Pues vas a oír algo más: soy más fuerte de lo que crees, y no eres tan importante para mí. -A pesar de sus sentimientos, Ann decidió castigarlo un poco más.
– Hemos comenzado con mal pie nuestra vida en común…
– Aún no la hemos iniciado. No estoy muy segura de lo que quiero hacer con mi vida. Han sido tantas las emociones que no termino de centrarme. Desde que llegué a esta isla he soportado humillaciones, violencia e injusticias. No puedo olvidar todo de golpe y empezar desde cero, como si nada hubiera ocurrido. Cuando me casé a ciegas, soñaba con una vida sencilla, con aislarme del mundo, dedicarme a escribir… Ahora estoy en el lugar que debí ocupar a mi llegada, pero con tres meses de retraso y casi por casualidad. Pero ésta no es la vida que yo esperaba, ni la casa donde creía que iba a vivir, y tú no eres el marido que pensaba encontrar. -Estaba tan furiosa que no controló del todo sus palabras, pero en seguida se arrepintió de su brusco reproche.
Él encajó el golpe y no replicó.
– ¿Por qué no me dijiste que lo sabías todo? -preguntó luego más calmada, tratando de desviar aquella incómoda conversación.
– Esperaba que lo hicieras tú. -Jake trató de sonreír.
– Tras el accidente iba a confesarte la verdad, pero cuando Charlotte irrumpió tratándote con tanta familiaridad, cambié de opinión y decidí dejar la isla.
– Nunca me he sentido atraído por ella, te lo he repetido muchas veces.
– Pero habéis sido amantes… -afirmó, para hacerle confesar.
– ¡Jamás! -respondió él con vehemencia-. Si hubiera tenido ese tipo de relación, habría terminado casándome con ella.
– Pues conmigo lo intentaste, aquella mañana en la playa…
– Yo ya sabía que eras mi mujer; quería forzarte a que me lo confesaras. -Su tono era amable.
– ¡Qué forma tan absurda de empezar un matrimonio! -exclamó Ann moviendo la cabeza; la tensión entre ellos disminuyó.
– Joseph me aseguró que eras una mujer muy especial y que sería feliz a tu lado; debí confiar en su palabra. Cometí un gran error.
– Él te describió como un solitario colono que anhelaba compañía.
– Mi hermano ha resultado ser un excelente consejero matrimonial. El problema es que ni tú ni yo confiamos en él… -Los dos sonrieron a la vez-. Pero ahora estás aquí, en el punto de partida. Empecemos desde el principio, Ann. Sé que tu estancia aquí no ha sido fácil, has vivido bajo una gran presión y yo no te he ayudado demasiado. A partir de ahora, te aseguro que todo va a ser diferente. -Se inclinó hacia ella y le cogió la mano.
– Dime que puedo confiar en ti. Necesito creerte -suplicó Ann, aceptando la caricia y estrechándole la mano con fuerza.
– Hazlo, no voy a defraudarte. Quédate para siempre.
La voluntad de unir sus vidas había surgido entre ellos con una extraña fuerza que los impulsaba a tomar la decisión que creían correcta. Todo lo demás apenas importaba, como si el tiempo que miden los relojes se hubiera extraviado.