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Por la mañana, Ann Marie bajó la escalinata y encontró a Jake en la puerta del cobertizo, dando instrucciones al nuevo capataz y vigilando cómo los operarios cargaban en una de las camionetas algunos sacos y bidones de productos químicos con destino a los sembrados. Al advertir su presencia, se dirigió hacia ella con gesto tranquilo.
– ¿Cómo te encuentras esta mañana?
– Mejor, gracias. Necesito regresar a la misión, debo recoger las últimas cosas… si no tienes inconveniente.
– No vayas sola, por favor -le suplicó intranquilo.
– Me acompañan dos sirvientas.
Él se encogió de hombros.
– De acuerdo. Ve a donde quieras. Sólo te impongo una excepción: el puerto… -Esta vez esbozó una franca sonrisa-. No quiero que me dejes.
Ann no pudo resistirse a aquella mirada que parecía sincera y respondió sonriendo.
– Estaré de vuelta antes de que oscurezca.
– Llévate esa camioneta -dijo Jake, señalando uno de los vehículos que se encontraban aparcados junto al muro del cobertizo-. Es la más segura.
Ella lo miró mientras maniobraba y observó que no le quitaba la vista de encima hasta que salió por la gran verja de acceso a la propiedad. Esta vez tomó la ruta del puerto, más transitada y con mejor comunicación con la parte sur de la isla. Tras dejar atrás el pueblo, Ann observó que había un acceso asfaltado que se dirigía hacia la playa; le pareció raro, pues no estaba cerca de la comunidad de los blancos. Decidió explorar aquella zona y giró para adentrarse en el paraje. El camino, recto, desembocaba en una empalizada que rodeaba una gran casa de madera. El jardín delantero estaba poblado de plantas silvestres que crecían en libertad, sin rastro de que nadie cuidara de ellas, y la fachada principal mostraba grietas y herrumbre provocadas por la humedad, con claros signos de abandono. En otros tiempos debió de ser un hogar acogedor. En un lateral, junto a la casa, una construcción rectangular de madera sin pintar revelaba la existencia de unas cuadras que parecían a punto de derrumbarse
– Parece que no vive nadie aquí. ¿Sabéis a quién pertenecía esta casa? -Les preguntó a las sirvientas que la acompañaban.
– Al amo, señora -respondió la de más edad, una mujer de unos cuarenta y cinco años y ojos grandes y oscuros como su piel.
– Bueno, ya sé que todas las casas le pertenecen, lo que preguntaba es quién vivió aquí.
– El amo, señora -repitió la mujer.
Ann decidió no preguntar más, pero su curiosidad la llevó a bajarse del vehículo para examinar con mayor minuciosidad la casa. Se dirigió hacia la empalizada y empujó la puerta, que colgaba de una sola bisagra. Subió los tres peldaños del porche de madera y advirtió que el tejado parecía a punto de caerse; los tablones apuntaban peligrosamente hacia abajo, empujando las vigas que lo sostenían y que realizaban auténticos esfuerzos por mantenerse erguidas. Se encaminó a la puerta principal y trató de abrirla, pero sin éxito. La cerradura era grande y debía de funcionar con una llave de metal antigua. Recorrió el porche acercando la cara a las ventanas para mirar dentro. La luz penetraba a través de los cristales y mostraba un salón amueblado con dos sofás de color claro en el centro, una mesa rodeada de varias sillas de madera maciza y una lámpara de cristal sobre ella. La elegancia de los muebles contrastaba con la deteriorada fachada y sus alrededores. Continuó hacia la parte posterior y a través de otra ventana vio un dormitorio. Había una cama grande, con la cabecera forrada con una elegante tela de Toile de Jouy con fondo beige, figuras humanas y paisajes en color rojo, haciendo juego con la colcha y las cortinas. Todo parecía en perfecto orden excepto por una cosa: la cama estaba deshecha, con la colcha y las sábanas abiertas como si alguien acabara de levantarse. A través de la ventana escudriñó todos los rincones para comprobar si la casa estaba habitada, pero el armario frente a la cama estaba cerrado y no había huellas de ropa o zapatos por ningún sitio. Sin embargo, Ann vio algo de color negro en una de las mesillas de noche, junto a la cama. ¿Era un trozo de tela? Se acercó un poco más hasta pegar la nariz al cristal y reconoció los extremos redondeados y largos de unos guantes de piel.
Después acabó de rodear la casa e hizo un nuevo descubrimiento: en la esquina posterior, en el suelo, había un recipiente de plástico viejo y descolorido que contenía agua y un ramo de flores recién cortadas. De repente, Ann recordó su conversación con Prinst el día que ella le llevó las pruebas recibidas tras el asesinato de la maestra, y tuvo un presentimiento.
– ¿Saben si fue cerca de aquí donde hallaron el cadáver de la maestra? -preguntó al regresar al coche, donde la esperaban sus dos acompañantes.
– Sí, señora. Estaba en la parte posterior de la casa, enterrada en la arena de la playa. Y nuestra pequeña Siyanda también apareció muy cerca de ella, entre los matorrales…
– Entonces… Las dos mujeres murieron el mismo día y en este mismo lugar. -Miró a las sirvientas aguardando una respuesta.
– Sí, señora.
Ann Marie no quiso continuar la conversación para no dar pie a comentarios entre el servicio. Aquella era una isla pequeña y los rumores circulaban a gran velocidad.
Al llegar a la misión, tuvo un reencuentro feliz y triste a la vez con los religiosos y las niñas del orfanato. Ann Marie quería que la escuela continuara con su labor y encargó la responsabilidad a una de las chicas de más edad que había mostrado una excelente aptitud para aprender durante aquellos meses. Prometió visitarlos a menudo para seguir su evolución, y tras un entrañable almuerzo de despedida, se disponía a emprender el camino de regreso a su nuevo hogar cuando advirtió que un grupo de hombres se acercaba a toda prisa a la misión. El primero de ellos cargaba con una mujer sin vida, y Ann Marie la reconoció en seguida: era la chica que había descubierto en la playa días antes.
Al examinar su cuerpo en el pequeño hospital, confirmaron que también había sido salvajemente violada, aunque apenas mostraba marcas en la piel que evidenciaran golpes o rasguños. Sin embargo, una sombra violácea alrededor de la garganta certificaba de nuevo que la causa de la muerte había sido el estrangulamiento, aunque, esta vez, la víctima no llevaba pañuelo, ni alrededor del cuello ni en la cabeza.
Ann Marie regresó a la mansión escoltada por las dos mujeres de color que la habían acompañado, y llena de inquietud. Al llegar, tras saber que el jefe de policía estaba en la casa, se dirigió al porche. Lo halló fumando un cigarro junto a Jake y observando los sembrados. Una gran tormenta comenzaba a descargar y el ambiente se tornó gris y desapacible.
– Hola, señor Prinst. -Los dos hombres se levantaron al verla.
– Buenas tardes, hermana… Disculpe, quiero decir, señora Edwards -balbuceó el policía, azorado-. Jake me acaba de contar lo de su matrimonio. Mi más cordial enhorabuena.
– Gracias, es usted muy amable -respondió con una sonrisa-. ¿Se ha enterado ya, Joe?
– Sí, me han informado mis hombres. Usted tenía razón: el cadáver de la joven apareció entre unas rocas, en la playa del sur, junto al puerto, no muy lejos de donde nos indicó.
– En la aldea me han dicho que nadie la echó en falta porque su familia creyó que había tomado el barco hacia Preslán, adonde se dirigía para trabajar como sirvienta. Jamás imaginaron que no había llegado a su destino -informó Ann.
– Ahora necesitamos su ayuda, señora Edwards. Intente recordar todo lo que ocurrió aquel día -le pidió Prinst, que se había sentado a su lado.
– Sólo puedo repetirle lo que le dije. Hallé el cuerpo de la chica en el lugar que les indiqué y alguien me atacó por detrás.
– ¿Y qué más? ¿Viste su cara? ¿Era blanco o de color? -preguntó Jake con interés.
– No lo sé; sólo recuerdo el olor y el tacto de unos guantes de piel sobre mi cara antes de perder el conocimiento.
– Empiezo a sospechar que el hombre que dibujó aquellas cruces en el suelo es el propio asesino, y que su única intención era acabar con usted. Al parecer, ha cambiado su método y ahora se dedica a asesinarlas de dos en dos, una de cada raza. Ciertamente, corría un gran peligro en la misión. Ese día estuvo usted a punto de ser su segunda víctima.
– ¿Por qué ha llegado a esa conclusión?
– Porque ha estado presente en dos de los escenarios, señora Edwards. Es obvio que estuvo cerca de Christine, la maestra, ya que le cogió uno de los pendientes. Y ahora, en este último crimen, él mismo fue guiándola al sitio exacto donde estaba el cadáver de la chica, una zona solitaria donde también podría deshacerse de usted sin testigos.
– ¿Y el pañuelo manchado de sangre que me envió? ¿Qué significado tenía?
– ¿Qué pañuelo? -preguntó Jake, vivamente interesado.
– Estaba junto al pendiente de Christine. El misterioso personaje que estableció contacto con tu esposa le envió esos dos objetos -respondió Prinst-. El doctor White me ha confirmado que la sangre pertenecía a la maestra.
– Pero ese pañuelo sólo lo utilizan los hombres blancos… -rebatió Ann.
– Quizá el asesino lo robó y se lo envió para incriminar a Cregan. Estoy seguro de que se trata de un hombre de color que trabaja en la plantación.
– Además de ese pañuelo, ¿qué otras pruebas tenía para acusar al capataz? -preguntó Ann.
– Lo sorprendí en medio de los sembrados a punto de forzar a una chica de color… -explicó Jake-. Es un indeseable…
– Había estado bebiendo toda la tarde, y le gustaban las jóvenes de la reserva. Es un hombre violento que pierde el control fácilmente -apostilló Prinst.
– Pero si el asesino pretendía inculpar al capataz, con este nuevo crimen le ha declarado inocente, ¿no creen? -discrepó Ann de nuevo.
– Si. Es cierto. Pero quizá no estuviese apuntando hacia Cregan, sino hacia cualquier hombre blanco de la isla.
– De todas formas, no lo pongas en libertad todavía, Joe -sugirió Jake.
Ann entendió aquello como una orden, lo que confirmaba que su marido tenía poder sobre la ley.
– De acuerdo. Estará entre rejas el tiempo que sea necesario. -La respuesta equivalía a un discreto «Sí, señor».
– Señora Edwards, ¿recuerda algún otro detalle, aunque sea insignificante?
– Cogí la mano de la chica. Estaba fría y en la muñeca llevaba un brazalete hecho con trozos de coral azul turquesa. Y ahora que lo pienso… No lo llevaba puesto cuando hemos examinado su cadáver hace un rato.
– ¿Se acuerda de algo más que pueda ayudarnos?
– Las marcas dibujadas en la arena eran recientes -respondió pensativa.
– ¿Había huellas humanas junto a ellas?
– No. Las busqué, pero no vi pisadas.
– Esto refuerza más mi teoría: el asesino depositó el cadáver desde el interior de las plantaciones y por allí se dirigió a la misión, dibujó las cruces para que usted las siguiera y regresó por la playa caminando por el agua, para evitar dejar huellas. Quería atraerla hacia el lugar donde la estaba esperando.
Ann Marie permaneció en silencio, reflexionando unos instantes.
– Siento que hay algo que se nos escapa. Ese hombre no actúa siempre de la misma manera. A las mujeres de color apenas les hizo daño al violarlas y a todas las asesinó de la misma forma: estrangulándolas con su propio pañuelo. Sin embargo, con la maestra no actuó así. No la forzó, pero la golpeó con saña hasta matarla.
– Sí. Eso fue muy duro. Estaba embarazada…
– ¿Embarazada? Me dijo usted que era soltera. ¿Quién era el padre?
– Eso es algo que…
– La situación personal de la maestra no viene al caso en estos momentos -intervino Jake-. Ahora, lo importante es averiguar quién atacó a mi esposa.
– Por supuesto -respondió sumiso el policía.
– La maestra murió el mismo día que la otra joven de la aldea, ¿no es así? -preguntó Ann.
– Sí. Aunque apareció días más tarde, la autopsia reveló que llevaba muerta el mismo tiempo que la otra chica.
– Y en el mismo lugar, en los alrededores de una casa abandonada, cerca del puerto…
Ann estaba tan concentrada en sus deducciones que no advirtió la mirada que intercambiaron los dos hombres.
– Así es -respondió Prinst.
– ¿Y si la persona que me deja las señales fuera un simple testigo, alguien que ha presenciado los últimos asesinatos pero no puede probarlo ni acusar a un blanco porque nadie le daría crédito?
– ¿Cuál es su teoría sobre el asesinato de la maestra? -preguntó el policía, vivamente interesado.
– Según he sabido, estaba enterrada a pocos metros de donde apareció el cuerpo de la chica de color, y ambas murieron el mismo día. Quizá la maestra llegó de improviso, reconoció al agresor y éste la emprendió a golpes con ella para que no le delatara.
– No estoy de acuerdo con esa teoría -declaró Jake, tajante. Después se dirigió a Prinst-. Ann ha vivido demasiado tiempo entre la gente de color y le cuesta desconfiar de ellos. Cuando se integre más entre nosotros y conozca a sus vecinos, cambiará de parecer.
– No son prejuicios -respondió ella con enojo ante el comentario-, son hechos. ¿Por qué un hombre que se excita violando a mujeres de su misma raza no siente lo mismo con las blancas? La maestra fue apaleada, y a mí me dejó inconsciente para arrojarme al mar, con intención de que muriese ahogada. Sin embargo, las chicas de color fueron forzadas y estranguladas. ¿Qué explicación tienen ustedes para ese comportamiento? -Ambos hombres se miraron sin decir nada-. Pues yo insisto en mi teoría: creo que la maestra se encontraba en el lugar equivocado, fue testigo de algo que no debió presenciar y la asesinaron para asegurarse de su silencio.
– ¿Y usted? ¿Por qué cree que fue atacada? -indagó Prinst.
– Quizá porque llegué demasiado pronto al lugar de los hechos. Alguien me avisó con las señales, y al aparecer de forma inesperada, es posible que sorprendiera al asesino cuando trataba de deshacerse del cuerpo y borrar las huellas. Además, los hombres de la reserva no utilizan guantes de piel. Debería interrogar a los miembros de la comunidad sobre qué hacían y dónde estaban aquella tarde.
Prinst miró a Ann Marie y después a su jefe, esperando confirmación sobre la sugerencia.
– Hazlo, Joe. Ann se quedará más tranquila, y yo también.
– De acuerdo.
– Pero sigue interrogando también a los miembros de la reserva. El amuleto que Ann llevaba colgado indica claramente que alguien se lo colocó cuando estaba inconsciente -dijo Jake, contrariando la teoría de ella.
– ¿Qué amuleto? -preguntó Joe con interés.
Jake fue a su despacho, regresó con él y lo depositó sobre la mesa. Prinst lo observó, sujetándolo durante unos instantes.
– Este talismán es un conjuro contra la muerte. Las mujeres de la aldea suelen ponérselo a sus hijos porque creen que los protegerá. ¿Dice usted que lo llevaba al cuello cuando apareció en la isla Elizabeth?
– Sí.
– Esto confirma la presencia de gente de color allí aquella tarde. De todas formas, no hay que descartar ninguna pista. Este caso es un auténtico galimatías. Espero encontrar algún otro indicio que nos aclare algo más -añadió levantándose-. Les dejo. Su colaboración ha sido de gran ayuda, señora Edwards. Si recuerda más detalles, hágamelo saber.
Jake y Ann se quedaron en silencio tras su partida. Ella trataba de asimilar las novedades que Joe Prinst les había transmitido, y su intuición le decía que el asesino estaba cerca, en la playa de poniente, entre los ciudadanos blancos.
– ¿Qué tal ha ido tu visita a la misión?
– Bien -respondió encogiéndose de hombros-. He prometido visitarlos con asiduidad, la escuela debe seguir funcionando y tengo que emplearme un poco con las niñas.
Jake la miró desde su sillón con una expresión que a ella le pareció de desacuerdo.
– Ann, es peligroso. Deberías dejar de salir hasta que este caso se resuelva. Me he quedado algo intranquilo esta mañana, cuando te he dejado marchar. Y ahora, con esta novedad… -Negó con la cabeza con preocupación.
– He estado acompañada todo el tiempo. No hay de qué preocuparse. Ese hombre sólo ataca a las mujeres cuando están solas.
– De todas formas, deberías ser prudente. Puedes enviarles todo lo que quieras, pero de momento quédate en casa.
Sin embargo, a Ann todavía le dolía su comentario sobre su convivencia con los nativos.
– No es dinero ni comida lo que necesitan, sino personas que se preocupen por esos niños huérfanos y por los enfermos que no tienen acceso a un hospital decente, ni posibilidades de ser visitados por el doctor White.
– Tú no puedes cambiar esa situación.
– Pero tú sí, y hasta ahora no lo has hecho. Eres británico, sin embargo te has adaptado muy bien a sus costumbres.
– Yo no he dictado estas leyes -contestó, tratando de ser conciliador.
– Es la segunda vez que te justificas ante mí con ese argumento -replicó, esbozando una mueca-, pero no me sirve. Puedes mejorar las condiciones de vida de esa gente sin cambiar ninguna norma establecida. Sólo tienes que aumentarles el sueldo a los peones, construir un hospital digno y una escuela, permitir que puedan adquirir productos de primera necesidad…
– Esto no es Londres, Ann, y tú eres blanca.
Al oír esas palabras, se levantó y tomó aire.
– ¿Y eso qué significa? ¿Qué debo olvidarme de ellos? Pues lo siento, no pienso hacerlo.
Jake se levantó también, y rodeó la mesa hasta colocarse a su lado. La tomó de los hombros y la atrajo hacia él.
– Ann, no pretendo que dejes de visitarlos, pero deberías pensar en tu seguridad y obrar con sensatez. Tengo miedo de que te ocurra algo, eso es todo. Necesitas tiempo, y lo entiendo. Pero éste es ahora tu hogar y deberías hacer un esfuerzo por adaptarte.
Ella abandonó el porche sin responderle y subió a encerrarse en su dormitorio. Le molestaba su actitud protectora, porque intuía que tras ella se agazapaba el carácter autoritario que todos conocían en aquel lugar donde él era el amo.
Un estruendo precedido de un resplandor retumbó en la habitación y a continuación se fue la luz. Nubes plomizas habían cubierto el cielo por completo y descargaban con fiereza un torrencial aguacero; una densa penumbra llenó la sala. Ann se acercó a las ventanas para contemplar la tormenta y, con el fragor de los truenos, ni siquiera oyó los golpes en la puerta y los pasos que se aproximaban. Jake se acercó lentamente y le colocó una mano en el hombro. Ella soltó un grito de terror y se volvió de golpe.
– Tranquila, tranquila. Soy yo -dijo Jake, estrechándola con suavidad-. Vamos, deja de temblar. ¿Estás bien?
– Sí, ya ha pasado. Por un instante he creído que estaba de nuevo en la playa, y que la siniestra sombra volvía a atacarme por detrás…
– No debes pensar en eso -le susurró mientras le acariciaba la espalda-. Lamento lo de antes, pero ahí fuera corres peligro, y jamás me perdonaría que tuvieras otro percance. -Su tono de voz sonaba sincero.
– Yo también lo siento. Hemos vivido demasiado tiempo en extremos opuestos y la maniobra de aproximación me resulta complicada. Debes darme tiempo.
Jake se apartó para mirarla, levantó una mano y retiró un mechón de cabello de la frente de Ann con extrema delicadeza. La tormenta arreciaba y la luz de los relámpagos interrumpía intermitente la cómplice penumbra que los encubría. Jake le acariciaba la mejilla con el dorso de los dedos.
– No quiero agobiarte. Eres una mujer fuerte, con carácter. Y esas cualidades aumentan mi admiración por ti. Ahora no puedo perderte. Haré lo imposible para que estés segura de mis sentimientos… y algún día espero tener esa misma seguridad respecto a los tuyos.
Ella sintió que sus recelos hacia él desaparecían. La impresión que le causaron esas palabras la devolvió a la realidad: había sucumbido a un sentimiento mucho más profundo de lo que en un principio imaginó, y la tarea de evitarlo se le hacía difícil. Deseaba ser su esposa, y esperó un beso robado, una caricia que iniciara el acercamiento que ambos estaban deseando, pero Jake seguía inmóvil, aguardando también una señal de su parte.
Tras un instante de indecisión, él la besó en la mejilla. A continuación se dio la vuelta y se encaminó despacio hacia la puerta. Ann comprendió que no quería forzar la situación y esa actitud le gustó.
– Jake… -Él se volvió para mirarla-. Gracias. -Él asintió y salió de la estancia.