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Capítulo 27

La mañana amaneció oscura y fresca; la lluvia había cesado dejando un rastro de humedad en el ambiente y olor a tierra mojada. Desde el ventanal, Ann descubrió la silueta de Jake paseando por la playa en dirección al istmo que unía el pequeño islote a la costa. La imagen que se había forjado del temido dueño y señor de la isla se desvanecía al observarlo en aquella soledad, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Ann se preguntaba qué profundos pensamientos albergaría en aquellos instantes. Para averiguarlo, se vistió con rapidez y salió a reunirse con él. Desde su reencuentro como marido y mujer, Jake la había tratado con respeto, pero ella añoraba al hombre descarado que la había hecho vibrar cuando la besó por primera vez en aquella misma habitación. Esbozó una sonrisa al recordar aquellos días en que los dos se mintieron mutuamente, haciéndole creer al otro que ignoraban su verdadera identidad.

El pequeño trozo de tierra era un lugar alfombrado de verde hierba, con un pequeño cobertizo cubierto con hojas de palma. Jake estaba absorto, mirando el mar, sentado en un rústico sillón de madera.

– Hola -saludó Ann con timidez.

Él la recibió con una sonrisa, invitándola a sentarse a su lado. Durante unos instantes se quedaron en silencio, contemplando el vaivén de las olas color turquesa que lamían los bordes rocosos del islote.

– ¿Conoces la leyenda de la isla de los Delfines? -preguntó Jake, señalando hacia otra isla situada frente a ellos, mar adentro, cuyas extensas orillas de arena blanca se recortaban como una línea divisoria entre la frondosa vegetación del interior y el azul del océano-. Cuentan que un delfín salvó a un niño de morir ahogado, montándolo en su lomo cuando cayó desde una pequeña canoa mientras iba a pescar con su padre. Se dice que, desde entonces, los delfines merodean alrededor de ella para proteger a los visitantes que llegan a su playa.

– ¿Los has visto alguna vez?

– Sí, con frecuencia. Es sólo una leyenda. Estamos en una zona de paso de muchas especies marinas; también son frecuentes los tiburones.

– ¿Tiburones? No sabía que estas playas fuesen tan peligrosas. Cuando estaba en la misión, todos los días me bañaba en el mar…

– No suelen acercarse a la playa. De todas formas, hay redes protectoras a una distancia prudencial en las zonas de baño. En esta parte de la isla no corres ningún peligro.

– Me imagino que en el sur no ocurre lo mismo -musitó, dirigiéndole un velado reproche.

– Ordené colocarlas alrededor de la misión al día siguiente de conocerte. No podía permitir que te ocurriera nada malo -dijo, volviendo la cabeza para mirarla.

Ella le sonrió, pero no por gratitud, sino por la dulce expresión que vio en su mirada. Jake le devolvió la sonrisa y se quedaron en silencio, acariciándose con los ojos.

– El día que te vi por primera vez en la playa -continuó Jake-, me maldije por el error de haberme casado a ciegas. Pensé que era a ti a quien quería por esposa. En aquel momento, ordené a mis abogados que iniciaran los trámites para agilizar la anulación. Quería estar libre para conquistarte.

– Cuando me besaste tras el accidente, ¿sabías ya quién era?

Él negó con la cabeza.

– Fue una maniobra arriesgada. Creía realmente que eras una religiosa, pero tenía que seducirte, aunque fuera incitándote a pecar. -Sonrió travieso.

– ¿Y si te hubiera rechazado?

– Habría ido más despacio. -Se encogió de hombros.

– ¿Cómo me descubriste entonces?

– Por mi sirviente. Él te reconoció cuando te traje a casa tras el accidente, pero no me lo dijo hasta que regresaste a la misión. Después, consulté con la autoridad del puerto la lista de pasajeros del día de tu llegada y comprobé también que no habías comprado el billete de regreso.

– Pues estuviste a punto de no conocerme nunca. Fue la hermana Antoinette quien insistió para que me quedara durante un tiempo, mientras me aclaraba las ideas. A ella le debes que esté ahora aquí.

– Mi vida siempre ha dependido del azar… Y debo reconocer que no me ha ido mal.

– ¿Tú crees en esas cosas? -preguntó escéptica.

– Por supuesto. Todo lo que me ha pasado a lo largo de los últimos años ha sido consecuencia de una cadena de casualidades. Gané esta isla en una partida de cartas, hallé una mina de diamantes en unas tierras que también conseguí de forma poco corriente; y, por último, después de tomar una decisión equivocada al rechazarte el día de tu llegada, decides quedarte. ¿Cómo quieres que no crea en mi buena estrella? Aún me cuesta creer que estés aquí y que seas mi mujer…

– No cantes victoria todavía. -Lo miró de reojo, elevando una ceja.

– Me emplearé a fondo para que dejes de verme como un ser despreciable, salvaje, cínico, déspota, engreído, soberbio… -recitó los calificativos que ella le había dedicado a lo largo de su conflictiva relación.

Ann sonrió.

– Observo que además de ser afortunado tienes buena memoria.

– Y pienso convencerte de que estás equivocada.

Se acercó a ella despacio, se inclinó hacia sus labios y se los rozó tímidamente. Ann cerró los ojos y esperó un beso más profundo, pero Jake se detuvo y se alejó unos centímetros; ella avanzó para seguir unida a él, y al abrir los ojos se encontró con los suyos, que la observaban.

– Dime que te quedarás para siempre -pidió Jake en voz baja, alzando el mentón para mirarla.

Ann estaba en una nube. Sus sentimientos luchaban por escapar y gritarle que sí, que quería estar con él el resto de su vida, pero era incapaz de articular palabra. Posó la palma de la mano en su áspera y angulosa mandíbula y colocó el pulgar en el hoyuelo de la barbilla mientras decía que sí con la cabeza. Entonces Jake la atrajo hacia él y la besó con avidez, sentándola sobre sus rodillas y acariciándole la piel bajo el jersey. Ann respondió aferrándose a su cuello y revolviéndole el pelo.

– Tengo una fantasía contigo desde hace tiempo -susurró Jake en su boca.

– Cuéntamela.

– Estoy aquí, solo… Y de repente llegas tú y empiezo a desnudarte… -dijo mientras le levantaba el jersey y la dejaba en ropa interior-. Y hacemos el amor durante horas…

Ann notó que le ardían las mejillas y que su cuerpo vibraba al sentir los labios deslizándose por el cuello hacia el escote. Comenzó a desabrocharle la camisa con torpeza, entregada ya a una pasión desbocada; después rodaron sobre la hierba fresca, inflamados por una delirante excitación. Ann estaba viviendo también su propia fantasía, la de su protagonista moribunda que se entregaba al clandestino amante en los últimos días de su vida, despojada de prejuicios e inhibiciones.

Pero ella estaba sana, y sentía cómo él recorría su cuerpo provocándole un deseo incontrolado. Con John jamás había experimentado aquellas sensaciones. Jake era impetuoso y complaciente a la vez, un experto amante que la hizo vibrar y entregarse sin reservas a una pasión que inundó aquel trozo de tierra rodeado de un mar azul turquesa. Parecían dos extraños que se hubiesen conocido recientemente y trataran de mostrar su lado más atractivo para agradar al otro.

Sin necesidad de hablarlo, habían acordado empezar desde cero, como si el tiempo hubiera retrocedido, como si ella acabara de desembarcar y estuvieran midiendo el espacio de cada uno. Atrás quedaban la hermana Marie y el amo de la isla. Ann descubrió en Jake a un hombre hasta entonces desconocido: tierno y afectuoso, y sin rastro de arrogancia. Estaban en el punto de partida y el camino por recorrer para alcanzar una confianza plena entre los dos era largo, pero los obstáculos habían disminuido, o al menos se habían suavizado.

Había oscurecido ya cuando regresaron, felices, a la casa. Al entrar en el salón fueron abordados por Nako, quien le entregó a su señor un telegrama procedente del continente. Jake lo leyó de inmediato.

– Envía respuesta a Jensen -le dijo al sirviente-: debe esperar instrucciones y preparar la documentación para los abogados. En una semana tendrá noticias mías.

– ¿Kurt no está en la isla? -preguntó Ann.

– No. Ayer le envié al continente para que realizara unas gestiones. ¿No lo sabías?

– ¿Por qué habría de saberlo?

– No sé… Creo que sois muy amigos…

– Jake, lo que presenciaste aquella noche fue el resultado de un exceso de alcohol. Nada más.

– ¿Por qué te fuiste con él?

– Fue una casualidad. Cuando regresaba a la misión estuve a punto de chocar con su coche; entonces me invitó a tomar una copa -explicó, encogiéndose de hombros-. Yo estaba muy mal, acababa de dejarte besándote con Charlotte y bebí más de la cuenta. Si quieres saber toda la verdad, aquí la tienes: él me besó, y yo no se lo impedí… pero me arrepentí en seguida y decidí irme de allí. Quería marcharme, pero estaba demasiado bebida y él… bueno… -volvió a encogerse de hombros a modo de disculpa-, insistió para que me quedara. La escena que viste no era lo que parecía; estaba tratando de que me soltara. Cuando llegaste y me sacaste de allí sentí un gran alivio. No estoy orgullosa de mi comportamiento de aquella noche, pero ya está hecho y no puedo dar marcha atrás.

Ann observó a Jake, que miraba al suelo decepcionado.

– ¿Te sentiste atraída por él?

– No, nunca -respondió enérgica.

– Pero él sí se fijó en ti -dijo, levantando la vista de nuevo.

– Como casi todos los hombres de esta isla -replicó ella, tratando de suavizar aquella incómoda conversación.

– Dime la verdad, por favor. ¿Hay algo más que yo deba saber? -Su tono era de súplica.

– No, no hay nada más. Quizá no he debido contarte esto, pero me parece que debes saber todo lo que ocurrió. No quiero que haya secretos entre nosotros. Deseo que empecemos de cero dejando atrás todo lo que ha pasado.

– Todavía no sé cuáles son tus sentimientos hacia mí.

Ann, intranquila por la reacción de Jake ante su confesión, se le acercó y le rodeó la cintura con los brazos.

– Después de lo que ha ocurrido hoy, no deberías tener esas dudas.

Pero él seguía tenso, y Ann resolvió pasar al ataque para contrarrestar sus reproches. Así la contienda quedaría equilibrada.

– ¿Qué más puedo hacer para convencerte de mi amor? Exiges demasiado, cuando fuiste tú quien puso reparos a este matrimonio y me rechazó sin contemplaciones.

– Eso es un golpe bajo -replicó Jake, dolido-. Ya te expliqué lo que ocurrió el día de tu llegada. Me equivoqué, es cierto, pero después hice todo lo posible para arreglarlo. ¿Vas a pasarte toda la vida reprochándome ese error? Pues bien, quiero que salgas de dudas de una vez para siempre: yo estoy seguro de mi amor, y lo estoy desde que te conocí. Pero creo que tú necesitas tiempo para aclarar tus sentimientos -dijo, dándole la espalda.

– No, te equivocas. Yo sé lo que siento, y te quiero, Jake, pero me duelen tus recelos. -Ann se acercó por detrás-. He borrado los míos con respecto a Charlotte, pero tú aún los guardas hacia Kurt. Eres tú quien necesita tiempo para confiar en mí.

Estaba preocupada por el giro que había dado la conversación tras su declaración. De nuevo estaban como al principio, pero esta vez era él quien no creía en ella.

– Lo siento -cedió Jake con humildad, mirándola-. No debo dudar de ti. A veces no me doy cuenta de que soy demasiado exigente.

Un sentimiento de culpa invadió a Ann Marie.

– Yo también lo siento. Tampoco ha sido un acierto resucitar viejos fantasmas que pertenecen al pasado. El presente es lo único que importa.

– Hagamos un trato: yo no volveré a mencionar a Kurt y tú te olvidarás de Charlotte. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -asintió Ann en señal de paz, rodeándole el cuello con los brazos y besándolo largamente-. Te quiero, Jake, no lo olvides nunca, por favor…

– Nunca, te doy mi palabra.

Una nueva borrasca comenzó a descargar sobre la isla, y el aullido del viento en las ventanas parecía el de un lobo llamando a la manada; la casa comenzó a iluminarse con intensos relámpagos seguidos de pavorosos estruendos.

Después de cenar, Jake abrazó a Ann y, unidos, se dirigieron a la planta superior.

– Nos espera un fuerte temporal. La tormenta acaba de empezar y viene con mucha fuerza.

De repente, cuando alcanzaban el último peldaño, la casa se quedó sin electricidad. Jake condujo a Ann en la oscuridad hasta el dormitorio. Al llegar a la puerta, se apartó y la abrió para invitarla a entrar.

– Iré a buscar algunas velas. Quédate aquí, vuelvo en seguida.

Ella no tenía miedo de las tormentas; al contrario, los fenómenos naturales la apasionaban, y aquella penumbra rota por los intermitentes relámpagos le producía una extraña excitación. Alcanzó a cogerlo del brazo antes de que pudiera dar un paso, reteniéndolo.

– No es necesario. Con la luz de los rayos es suficiente… Y contigo…

Se puso de puntillas para besarlo, rodeándole el cuello con los brazos. Jake recibió con entusiasmo la caricia y unió sus labios a los de ella, pegándose a su cuerpo y caminando a oscuras hacia la cama. Los relámpagos iluminaban la habitación, y los truenos que les seguían no alcanzaban a rebajar el deseo que ambos sentían de nuevo. Estaban de pie, desnudándose el uno al otro, mordiendo sus labios, nerviosos y excitados. Y cuando cayeron en la cama, se entregaron a un amor apasionado y profundo, explorando nuevos secretos y dejándose llevar por la fuerte atracción que ambos sentían. Sus manos se entrelazaron, y juntos rodaron por la enorme cama hasta que se fundieron en uno solo, celebrando al fin una velada intensa de caricias y complicidades a la luz de la tormenta.

De madrugada, Ann se levantó y se acercó a la ventana. El temporal se había alejado y el resplandor de las descargas eléctricas iluminaba el océano. El aspecto fantasmagórico que ofrecían la isla de los Delfines y la playa era un espectáculo prodigioso.

– Parece que la borrasca se aleja de la isla -susurró Jake desde la cama, observando el cuerpo desnudo de Ann.

– Es impresionante contemplar los rayos cayendo sobre el mar. No me asustan las tormentas; al contrario, me excitan… -dijo dedicándole una graciosa mueca.

– ¿De veras te gustan? Yo creía que todas las mujeres tenían miedo de los truenos -contestó, acercándose para abrazarla por detrás.

– Puede que yo no sea una mujer.

– Sí lo eres. Pero diferente.

– Creo que también tú eres diferente. -Lo besó de nuevo.

De pronto, un estrépito resonó en la estancia haciendo vibrar los cristales del ventanal ante el que se encontraban. Instintivamente, Jake dio un paso atrás para alejarse, cogiendo a Ann por los hombros y tirando de ella hacia el lecho. Las barreras que existían entre ellos se habían desmoronado, y ambos lo sabían. Ann pensó que nunca un hombre había penetrado tanto en su corazón hasta que conoció a Jake. Jamás había recibido tanta ternura y pasión a la vez. Atrás quedaba su anterior marido, la soledad y la sensación de fracaso de su matrimonio. Aquello era puro amor y entrega, unido a la voluntad de amarse para siempre.

Se despertaron a mediodía. Ann había dormido profundamente y se sentía en una burbuja, como flotando. Amaba a aquel hombre y se sentía querida por él. ¿Qué más podía desear? Pensó que jamás había sido tan feliz como en aquellos momentos. Era un sentimiento tan intenso que incluso la aterraba, y se repetía una y otra vez «Esto es amor, ahora sí». Jake estaba a su lado, rodeándola con el brazo. Comenzó a besarla y ella lo abrazó.

– ¿Sabes que te quiero? -preguntó él.

Ella asintió con la cabeza.

– ¿Y tú? ¿Lo sabes también? -preguntó a su vez Ann Marie.

Jake negó con un gesto.

– Quiero escucharlo de tus labios.

Ella tiró de él y se lo susurró al oído.

Jake volvió a besarla y sus cuerpos ardieron de nuevo de pasión y deseo.