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Capítulo 28

Tras almorzar con Jake, Ann dedicó el resto de la mañana a deshacer la maleta donde estaban sus cuadernos y demás objetos personales. El sol se ponía ya cuando bajó al porche. Llevaba su viejo cuaderno de historias en las manos y comenzó a revisarlo. Necesitaba retomar su pasión por la escritura y consideró que el momento había llegado. Durante su estancia en la misión sólo pudo esbozar algunos esquemas de posibles relatos, esperando la ocasión de dedicarse de lleno a su distracción favorita. Además, tenía pendiente el final de la novela de amor que había comenzado en Londres. Las duras experiencias que le había tocado vivir y la nueva etapa que se abría ante ella estimulaban su ansia de plasmarlas en papel. Tenía una nueva perspectiva de futuro; el mismo que esperaba encontrar a su llegada a Mehae, aunque con varios meses de retraso. Ahora estaba allí, y allí era donde quería quedarse para siempre.

Las luces de la camioneta anunciaron la llegada de Jake, que había ido a los campos, y desde su privilegiado puesto de vigía, Ann lo vio subir la escalinata y dirigirse a la mesa, donde lo esperaba con mal disimulada emoción.

– Hola. -La besó en los labios-. ¿Has cenado ya?

– No, te esperaba.

– ¿Qué has hecho esta tarde? -Jake se sentó frente a ella.

– He estado ordenando mis cosas. Jake, me gustaría tener una habitación para mí.

– ¿No quieres dormir conmigo?

– ¡No! No quería decir eso -respondió veloz, tomando su mano sobre la mesa al advertir su gesto contrariado-. Me refiero a un pequeño refugio donde colocar mis libros, fotos, recuerdos…

– Es tu casa. Puedes elegir la que quieras, excepto mi despacho -dijo, con una sonrisa de satisfacción.

– He visto una en la planta de arriba, en la esquina que da a la playa. Tiene unas bonitas vistas.

– ¿Qué vas a hacer allí?

– Escribir…

– ¿Tu diario? -preguntó, señalando la libreta que estaba sobre la mesa.

– No. Éste es el cuaderno de historias. Sueño con ser escritora algún día.

– Vaya, no conocía esa afición tuya. Me gusta, aunque parece difícil, ¿no?

– En absoluto. Sólo hay que tener constancia y algo de imaginación, el resto viene rodado. Se trata de crear un protagonista y meterlo en líos.

– Puedes escribir tus experiencias desde que llegaste a Mehae. No tendrás que inventar demasiado -comentó, tratando de sonreír.

– Desde mi llegada me ha sido imposible dedicarme en serio, pero he ido escribiendo un diario. Y te aseguro que, si lo publicara, no saldrías muy bien parado… -respondió, entornando los ojos a modo de amenaza.

– ¡Vaya! Entonces prefiero que inventes historias fantásticas -repuso devolviéndole la broma-. ¿Qué clase de relatos sueles escribir?

– De todo tipo -contestó, encogiéndose de hombros-. Depende de mi estado de ánimo. A veces escribo historias románticas, otras son de misterio, con asesinatos incluidos. Cuando me siento ante la máquina, tengo una idea clara de lo que quiero contar. Comienzo creando un incidente y unos personajes, pero empieza la trama y a veces uno de ellos hace o dice algo que provoca un giro inesperado en el argumento que yo había previsto; entonces tengo la sensación de que se me va de las manos, de que los personajes cobran vida propia y empiezan a desenvolverse solos, sin mi intervención, relegándome al papel de simple espectadora.

– ¿Has publicado ya algo?

– No. No he tenido demasiada suerte; todo me lo han rechazado.

– Pues ahora tendrás mucho tiempo para emplearte a fondo.

– Voy a intentarlo, pero necesito concentración y estar muy relajada para que las ideas fluyan solas.

– ¿Cómo puedo ayudarte?

– Prestándome tu máquina de escribir. No me atrevo a cogerla de tu despacho porque me lo acabas de prohibir… -Sonrió con malicia.

– Te compraré una mejor. Tienes que empezar a partir de mañana mismo.

A la mañana siguiente, Ann se dirigió a la habitación que había elegido. Ordenó retirar los muebles y logró crear un ambiente acogedor colocando una mesa rectangular en la esquina frente a los ventanales y un sillón de cuero marrón. Allí era donde pensaba sentarse a escribir. En el centro de la estancia hizo poner una mesita redonda con una lámpara de pie con pantalla, y alrededor situó unas cómodas butacas. Era el lugar ideal para leer y contemplar el mar al mismo tiempo. Arrimó un sofá a la pared, junto a la mesa escritorio, y cubrió las paredes que quedaban libres con estanterías en las que colocó los libros que guardaba en una de sus maletas. Trasladó el equipo de alta fidelidad desde el salón principal y repartió portarretratos con fotos familiares por los muebles. Ahora la estancia tenía vida, su vida. La concepción de hogar de aquella sala significaba un punto de partida hacia el futuro.

Se tumbó en el sofá a leer las notas del cuaderno, pero el cansancio la venció y se quedó dormida. Jake la encontró sumida en un profundo sueño.

– Vamos, despierta. Si duermes ahora no podrás descansar esta noche -dijo, paseando los labios por su cuello, sentado en el sofá e inclinado sobre ella.

– ¿Es muy tarde?

– La hora de cenar. -Jake merodeaba ahora por su escote-. Pero podemos dejarlo para después.

– Cariño…

– Chissst… No te muevas. Tú sigue durmiendo… -susurró, pasando la mano bajo su falda.

Ann se dejó llevar por aquella suave excitación y le siguió el juego, sin abrir los ojos y gozando del placer que él le proporcionaba. Su respiración se alteró al contacto de sus manos, que moldeaban y recorrían su cuerpo. Esas sensaciones eran nuevas para Ann. Abrió los ojos y vio cómo la observaba, estudiando cada íntimo estremecimiento.

– Ven… -Jake se colocó sobre ella y la poseyó lentamente, compartiendo aquel instante de éxtasis.

– Esto no puede ser real -murmuró Ann. Estaban tumbados en el sofá, abrazados y medio desnudos, ebrios de placer.

– Tú tampoco lo eres -musitó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja-. Esto es un sueño.

– Yo no quiero despertar…

– Pues yo sí. Lo siento pero estoy hambriento. -Sonrió, incorporándose y ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse-. Has transformado totalmente esta habitación. Me gusta, es acogedora. Puedes hacer lo mismo con el resto de la casa.

– Gracias. Si tú quieres, lo haré.

– Quiero.

– Necesito empezar a trabajar. Tengo una novela inacabada y debo escribir el final -explicó Ann mientras se dirigían abrazados hacia el salón.

– He encargado en el pueblo una máquina de escribir, pero hasta que llegue puedes usar la mía. A propósito, hoy he recibido una carta de Joseph y Amanda. Deberías escribirles y contarles todo lo que ha ocurrido para tranquilizarlos.

– Lo haré, y no debes preocuparte: seré benévola contigo -bromeó ella.

– En la carta, Joseph dice que tiene que localizarte para un asunto urgente sobre un contrato y una editorial. Habría que contestarles pronto.

– Puede que sea algún problema de la empresa donde trabajé antes de venir aquí. ¿Puedo leerla?

– Claro, está en mi despacho.

Ann leyó detenidamente la carta y cuando terminó esbozó una alegre sonrisa.

– Pues no se trata de ningún problema… Es de otra editorial. ¡Parece que quieren publicar mi novela! -exclamó sorprendida.

– ¿Qué novela?

– Una de misterio que escribí en Londres hace tiempo. Justo antes de irme le dejé el manuscrito a Amanda para que intentara publicarla. Me había olvidado por completo, porque estaba segura de que nadie le prestaría atención. Pero quieren que me ponga en contacto con ellos para firmar un contrato.

– ¡Eso es estupendo! Tenemos que celebrarlo a lo grande -dijo Jake entusiasmado, rodeándola por la cintura.

– Todavía no cantes victoria -contestó ella, tratando de mantener los pies en el suelo-. No espero que se convierta en un best seller, pero para mí significa mucho que vayan a publicarla.

Fue una cena agradable, brindaron con champán francés y charlaron animadamente mientras Ann, emocionada, le relataba a Jake los pormenores de la novela. Él la escuchaba complacido al ver el brillo de sus ojos, llenos de entusiasmo por el futuro que planeaban compartir.

– Sé que tienes mucho talento y vas a ser una escritora de éxito. Me siento muy orgulloso de ti.

Esas sencillas palabras provocaron en Ann un estremecimiento íntimo que jamás habría imaginado sentir. Nadie, excepto su madre en sus últimos meses de vida, le había dedicado un halago parecido, y concluyó que, definitivamente, Jake era el hombre con quien quería compartir el resto de sus días. Deseaba decirle que lo amaba tanto que su corazón iba a estallar -aunque sonara un poco cursi-, y que se esforzaría para que él nunca dejara de albergar ese sentimiento hacia ella. Pero en aquel momento era incapaz de articular una frase coherente.

– Gracias… Tu confianza es muy importante para mí.