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La vida dio un vuelco para los dos a partir de entonces: Jake tenía al fin una compañera, una mujer joven e inteligente que amaba aquella tierra y lo amaba a él. Durante aquellos días, reflexionaba con Ann sobre el error cometido al juzgar sólo por su aspecto físico a la belleza que bajó del barco tres meses atrás. Jamás habría imaginado que tras aquella frágil apariencia se parapetase una fuerte personalidad, dulce y apasionada a la vez.
Por su parte, ella fue descubriendo a un hombre muy diferente al tipo duro e insensible que creía conocer. Jake Edwards era afectuoso, atento, protector, ardiente, y todos sus temores fueron desapareciendo con la misma rapidez con que el amor los iba uniendo. Por fin había alcanzado su meta: tenía un marido al que adoraba y que la hacía sentirse deseada, un hogar acogedor y una historia que escribir. Recordó su conversación con Amanda y al fin pudo decir: «lo tengo todo… ¡Soy feliz!».
La casa también empezó a cambiar. Ann le fue imprimiendo su sello con sus detalles personales, y se dedicó a redecorarla, cambiando de lugar algunos muebles y colocando plantas naturales en el interior, además de jarrones con flores frescas que aportaban un nuevo aroma a las estancias e inundaban de serenidad a sus habitantes, un flamante matrimonio que disfrutaba de su luna de miel mientras nadaba en el mar, charlaba animadamente y se amaba con ardor en las mágicas noches de aquel otoño, unido ya por unos fuertes lazos que hacían presagiar un futuro lleno de amor y estabilidad.
Aquella tarde, regresaban de la playa abrazados y se dirigían hacia el porche cuando divisaron la figura alta y rubia del administrador, que acababa de llegar a la mansión. Ann advirtió su mirada de desconcierto, y Jake se percató a su vez de la reacción de ella, que trató de separarse de él con cierto embarazo.
– Señor Edwards… hermana Marie… Buenas… buenas tardes… ¡Ejem!
Jake se quedó parado ante él, sin soltar la cintura de Ann, y lo miró con autoridad.
– Ya estás de vuelta. ¿Tienes algo para mí, Kurt?
– Sí… -contestó, tendiéndole una carpeta-. Le traigo los documentos de Lord Brown para que los revise. -Después, su mirada volvió a posarse sobre Ann, cuyo rostro reflejaba incomodidad, y que evitaba mirarlo.
– Muy bien, les echaré una ojeada. Por cierto, al estar ausente creo que aún no te has enterado de la noticia: ella es Ann Marie Edwards, mi esposa -anunció, mirándola con una sonrisa.
– ¿Su… esposa? ¡Vaya sorpresa! -Kurt no pudo disimular su decepción-. Reciban mi más sincera felicitación. Bueno, me marcho, que pasen un buen día -se despidió con timidez, sin atreverse a mirarlos.
Ann observó que la mirada de Jake había cambiado. Estaba tenso, como si aún sintiera celos y aquella visita lo hubiera importunado. Ella se le acercó y le acarició el rostro con ternura.
– Dime que me quieres -le pidió él en un susurro.
Ann le rodeó el cuello con los brazos.
– Eres el único hombre de quien me enamoré al llegar a esta isla, y con el que espero pasar el resto de mi vida.
– Gracias. -Jake besó sus labios y se quedaron abrazados durante unos dulces instantes-. Eres mi joya más valiosa.
Ann aceptó al fin que su vida había cambiado de forma radical y que comenzaba a vivir una etapa completamente nueva. Era como si al abrir una puerta se hubiera cerrado otra que acababa de traspasar, aceptando la evidencia de que jamás regresaría a su vida anterior. Ahora era otra persona, y lo que se esperaba de ella no era comparable con nada de lo que había hecho hasta el momento.
Ann volvió a sentarse frente a la máquina de escribir para terminar su inacabada novela romántica y se impuso el reto de inventar un final feliz para la protagonista. Aquella mañana, después de compartir el desayuno, la pareja inició su rutina: ella se trasladó a su estudio y Jake salió para supervisar los trabajos en el campo. A mediodía, un sirviente la alertó de que su marido había sufrido un accidente. Ann bajó la escalera como una exhalación y se dirigió al cuarto de baño, donde Jake se estaba lavando el brazo derecho bajo el grifo del lavabo.
– ¿Qué ha ocurrido? -Se acercó alarmada.
– Nada; es sólo un rasguño, tranquila.
– Ven, voy a limpiártela. -Lo obligó a sentarse en un sillón y, tras desinfectar la herida, le vendó el brazo.
– ¿Tienes puesta la vacuna antitetánica? -Él negó con un gesto-. Pues deberías ponértela. A diario estás en contacto con tierra y abonos animales; cualquier herida podría infectarse y crearte un problema grave. Hablaré con el doctor White.
– Veo que eres una experta enfermera. -Sonrió, acariciándole la mejilla.
– Trabajé en la consulta de mi primer marido durante unos años.
– ¿Era médico?
– Sí. ¿Joseph no te habló de él?
– No, apenas me dijo nada de ti.
– No me extraña, a mí tampoco me contó demasiado. ¿Y tu esposa? Nunca hemos hablado de ella. ¿Qué pasó? ¿Cómo murió?
Se produjo un inesperado silencio. Ann advirtió su malestar ante aquella inocente pregunta al ver que tensaba las mandíbulas y desaparecía su mirada afable.
– Hablaremos de ella otro día -contestó, levantándose.
– ¿Por qué no ahora? -insistió Ann.
– Tengo que regresar a la plantación. Estaré aquí para la cena.
Jake tenía por costumbre darle un beso antes de irse, pero esa vez ni siquiera se volvió para mirarla.
Ann regresó a su estudio y, al sentarse ante la máquina para escribir, vio que necesitaba folios. Bajó a buscarlos al despacho de Jake y abrió el primer cajón; allí había sólo lápices, grapadoras y algunas plumas estilográficas. Iba a cerrarlo cuando, en el fondo, divisó algo que le llamó la atención: una llave dorada de gran tamaño. Entonces recordó la cerradura de la casa abandonada que había visitado semanas atrás. Sin pensarlo, la cogió y se la guardó en el bolsillo. Después, bajó la escalinata y se dirigió a la parte lateral de la casa, junto a la verja. Allí se hallaba el almacén en el que se guardaba la maquinaria, los abonos y demás aperos necesarios para el cultivo, y donde, bajo un soportal, solían estar aparcadas las camionetas que Jake utilizaba para desplazarse. Ann se dirigió a una de ellas y comprobó que tenía las llaves puestas. Prefirió salir sin compañía y se encaminó hacia la zona sur de la isla.
Al llegar a la antigua casa de su marido, introdujo la llave en la cerradura y comprobó que encajaba a la perfección. La giró y la puerta se abrió. Ann entró con temor y se asustó al oír el crujido de la madera provocado por sus propios pasos. El silencio que reinaba allí era intimidante, y advirtió que, aunque la casa parecía abandonada, no se veía suciedad.
En el salón había una gran mesa de madera oscura con patas torneadas, y en el antiguo aparador, unos platos finamente pintados, expuestos junto a una sopera de loza. Las paredes desnudas habían perdido el color, y las cortinas, que debieron de ocultar con empeño los rayos del sol del atardecer, colgaban por un solo punto en una esquina, proclamando su abandono. La cocina estaba al lado del salón, y un mueble de madera tropical yacía en el suelo, cobijando en su interior un nido de insectos. En la mesa, sobre un mantel de tela descolorido, había una cesta de mimbre vacía y cubierta de hongos verdosos a causa de la humedad.
Ann se dirigió al pequeño distribuidor que daba acceso a las puertas de los dormitorios. Abrió la de la alcoba principal y un escalofrío le recorrió la espalda al ver que estaba completamente ordenada, con la colcha cubriendo la cama y varios almohadones sobre ella. Alguien había estado allí después de que ella viera aquella habitación por primera vez desde fuera y observara la cama deshecha. Recordó que fue el mismo día que visitó la misión, dos días después de ser atacada en la playa. Sintió miedo y decidió salir de allí a toda prisa.
Al dirigirse hacia la puerta, algo le llamó la atención: en un rincón, junto a la pata astillada del aparador, un canto rectangular sobresalía semioculto entre las maderas del suelo. Se agachó para cogerlo y sacudió contra la pared el polvo acumulado. Era una carta. La dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo del pantalón corto que llevaba aquella mañana. Cerró la puerta con la llave y recordó el detalle de las flores que había visto en la parte posterior. Rodeó el porche y vio que la vasija de plástico descolorido seguía en el mismo sitio, con las flores ahora algo marchitas. ¿Quién podía tener acceso a aquella casa? La cerradura no estaba forzada, y las ventanas estaban selladas. Nadie había entrado allí si no era por la puerta principal y con una llave como la que ella tenía en la mano…
De repente, oyó el motor de un coche que doblaba la esquina y tomaba el sendero que conducía a la casa. Se arrepintió mil veces de haber ido hasta allí sola. Estaba en la parte trasera y se ocultó entre el alto muro de maleza que separaba la casa de la playa. Desde allí, vio una silueta merodeando por los alrededores y reconoció con claridad al dueño de aquella cabellera pelirroja y piel llena de pecas: era Joe Prinst, el jefe de policía, acercándose peligrosamente al lugar donde ella estaba agazapada.
Ann se tumbó sobre la arena en un acto reflejo para no ser descubierta, en el instante preciso en que él pasaba por su lado, en dirección a la playa; lo vio caminar de un lado a otro, buscando huellas del conductor de la camioneta aparcada en la puerta. Después regresó y se acercó a la esquina del porche donde estaban las flores. Las miró y, de una patada, lanzó el recipiente lejos de la casa. Acto seguido, se dirigió a la parte delantera y desapareció de su vista.
En el horizonte, el sol estaba suspendido sobre el agua; Jake estaría a punto de regresar a casa para la cena. Ann esperó unos angustiosos instantes, y cuando al fin oyó el coche alejándose, salió de su escondite. Subió a la camioneta, dio la vuelta en el espacio que circundaba el camino y regresó a la mansión a toda velocidad. Llegó con el tiempo justo para cambiarse de ropa antes de que regresara su marido, y luego se dirigió al estudio donde lo esperaba cada tarde.
Acababan de cenar cuando Nako los avisó de la llegada de Prinst. Ann palideció al recordar que la llave de la casa seguía en el bolsillo de su pantalón, en el dormitorio.
– Buenas noches. Perdona mi intrusión, Jake, pero tengo algo que consultarte.
– ¿Qué ocurre, Joe?
– Es sobre Cregan, el antiguo capataz. Su familia ha contratado a un abogado y éste me ha enviado un telegrama. Me piden que les envíe los cargos que hay contra él para trasladarse aquí y ejercer la defensa.
– ¿Tienes alguna prueba que lo incrimine?
– Sólo el intento de violación de la joven de color, pero ésta no ha presentado denuncia formal. No tenemos pruebas concluyentes de que él sea el asesino, y después de la aparición de la otra chica muerta, creo que no podré retenerlo por más tiempo sin una imputación más sólida.
– Está bien, suéltalo pues, y encárgate personalmente de que abandone la isla y no vuelva a pisarla nunca más.
– Eso está hecho, no debes preocuparte más por él. Señora Edwards… -Inclinó la cabeza-. Ha sido un placer volver a verla.
Ann intentó sonreír, pero tan sólo consiguió esbozar una mueca. Estaba aturdida, y le parecía extraño que, como responsable de la seguridad de la isla, no hubiera informado a Jake sobre el incidente de aquella tarde. ¿O es que para él era habitual hallar en la casa abandonada un coche de su jefe? ¿Y las flores? ¿Por qué las había tirado con aquella violencia?
Jake percibió su tensión al quedarse de nuevo a solas y le cogió la mano por encima de la mesa.
– No debes inquietarte por ese hombre. Jamás volveremos a verle.
– No estoy preocupada por él. Me siento segura a tu lado. -Sonrió estrechándole la mano-. ¿Cómo va la herida?
– Bien, apenas me duele. ¿Quieres una copa? -preguntó, dirigiéndose al bar. Se sacó del bolsillo una pequeña guillotina y cortó con ella la punta de un gran cigarro, que encendió, aspirando el humo con gran deleite.
– ¿Ese cigarro es de tu cosecha?
– Por supuesto. Hecho con las mejores hojas, las de la parte norte de la isla. ¿Quieres probarlos? -Le dijo, ofreciéndole uno.
– No, gracias. Jake, ¿no crees que ya es hora de que hablemos un poco de nosotros?
– ¿Quieres contarme algo? -La miró receloso.
– Me refería a nuestro pasado. He observado que no hay rastro de tu difunta mujer en esta casa. Ni siquiera había un toque femenino hasta que llegué. -Observó su expresión de incomodidad, pero insistió un poco más-. ¿Fuiste feliz con ella?
– Ahora soy feliz. -Se sentó a su lado y la besó en los labios con vehemencia-. Y siento que éste es mi auténtico hogar porque tú estás en él.
– Pero cuando ella vivía aquí, también era tu hogar, ¿no?
– Ella nunca estuvo en esta casa. La construí después de… aquello.
– Aquello… -repitió con tacto -. ¿Quieres decir después de que ella muriese?
– Sí.
– ¡Claro! Ahora entiendo por qué no hay nada suyo aquí. ¿Y dónde vivisteis durante esos años? ¿En el continente?
– No. En otra casa situada en el sur, junto al puerto. Fue mi primer hogar cuando llegué aquí.
– ¿Vas allí a menudo?
– Estoy pensando en demolerla, está muy deteriorada.
– ¿Conservas buenos recuerdos de esos años? -inquirió con cautela.
– No, todos son patéticos. -Su voz había adquirido un tono grave y tenía la vista fija en el suelo.
– Tuvisteis problemas -sugirió Ann tras una larga pausa.
– Ella no me amaba. Fue ingrata, y desleal -murmuró, con la mirada perdida.
– ¿Qué pasó?
Jake dio una nueva calada a su cigarro.
– No quiero hablar de eso -dijo tras unos instantes-. Hoy es hoy, y el pasado está muerto y enterrado. Ahora tengo una vida nueva, a tu lado. ¿Y tú, qué has hecho durante todo el día? -Su voz se volvió más enérgica y jovial.
– He estado escribiendo.
– ¿Cómo va tu libro?
– Bien, estoy pensando en darle un giro al argumento. Mi vida ha cambiado y mis ideas también. Cuando lo termine, serás el primero en leerlo. Si te apetece…
– Por supuesto. Será un honor. Lo estoy deseando. -Sonrió complacido.