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Capítulo 30

El día amaneció soleado y Ann esperó a que su marido se dirigiera a los campos para entrar en su despacho y devolver la llave al cajón de donde la había cogido la tarde anterior. Después se dirigió hacia el pueblo, acompañada de dos sirvientas. Aparcó el coche en la puerta de la casa del doctor White y, antes de entrar, les encargó a las mujeres que fueran a comprarle folios al almacén. El médico la recibió con su habitual amabilidad, felicitándola por su nuevo estado civil; Ann le pidió una dosis de vacuna antitetánica que ella misma pensaba ponerle a su marido. Apreciaba mucho la amistad del doctor White, y, mientras tomaban un zumo en el jardín, le contó su boda por poderes desde Londres y todo lo que había ocurrido después.

– ¡Vaya! Han vivido ustedes una auténtica aventura, y veo que con un final muy feliz. Me enteré de la noticia hace unos días, cuando salí a montar a caballo con lord Brown. Me alegro mucho por los dos. Jake llevaba demasiados años solo y necesitaba una mujer tan extraordinaria como usted. Ahora lo veo más relajado, y eso es obra suya -concluyó con una paternal sonrisa.

– Sí, ha estado mucho tiempo solo; su esposa murió hace tres o cuatro años, creo que me dijo Jake, ¿no? -Lanzó una sonda.

– Exactamente cinco años y unos meses. Fue en el verano del setenta y tres.

– ¿Usted la trató?

– Sí. Fue una lástima. Una chica tan bella y llena de vida. -Negó con la cabeza-. Pero todos tenemos derecho a otra oportunidad, y a Jake la fortuna le ha sonreído de nuevo.

Ann se mordió la lengua para no preguntarle la causa de la muerte, pero decidió que no debía dar pie a que el hombre pensara que Jake aún no le había hablado de «aquello», como lo había llamado la tarde anterior.

– Bueno, debo regresar, gracias por su ayuda. -Se levantó para despedirse.

El médico la acompañó a la puerta, y en ese momento, un coche conducido por Joe Prinst pasó por su lado. Ann y el doctor pudieron distinguir la silueta de dos hombres en la parte posterior, uno de los cuales iba esposado.

– Ahí va Cregan. He oído que lo han dejado en libertad y que lo han expulsado de la isla -comentó el doctor White-. Parece que Jake no tiene suerte con sus capataces.

– ¿El anterior también tuvo problemas con la justicia?

– Bueno, más bien con Jake. Fue algo… Lamentable. Mire, ahí vienen sus sirvientas -dijo, señalando a las dos mujeres que se dirigían a la camioneta portando varios paquetes.

– Gracias otra vez, doctor. Ha sido muy amable -se despidió Ann.

– El placer ha sido mío, se lo aseguro.

Al llegar a la mansión, Ann Marie esperó a que las criadas bajaran de la camioneta frente a la escalinata y luego se dirigió al cobertizo para aparcarla. Una vez allí, oyó un golpe proveniente del interior del almacén y se acercó a la puerta, que estaba entornada.

– ¿Jake? ¿Estás ahí? -preguntó desde el umbral.

No recibió respuesta y decidió entrar. El lugar estaba en penumbra. En el centro se apilaban varias bombonas de riego para los cultivos, y junto al muro lateral, en un gran armario con puertas de cristal, se veían numerosas botellas y cajas de productos químicos para los campos. En una de las esquinas había cajas de semilleros vacías amontonadas, y diferentes aperos de labranza. Había también sacos de abono. Las emanaciones de la tierra y de los productos químicos llenaban el recinto de un particular y penetrante olor, en parte debido a la escasa ventilación, pues la única abertura era la puerta de entrada.

De repente, otro golpe en la pared desde el exterior la sobresaltó. Tras comprobar que la estancia estaba vacía, salió fuera y advirtió que tampoco había nadie. Al mirar al suelo, Ann se quedó paralizada: allí mismo, en la tierra junto a la rueda de la camioneta, vio una señal de sobra conocida por ella: una cruz con una flecha que señalaba hacia la parte lateral del cobertizo. Durante unos instantes que se le hicieron eternos, no supo cómo reaccionar: se sentía en peligro; estaba segura de que detrás de aquella pared había alguien. Resolvió actuar de la forma que creyó más segura y, acercándose al vehículo, comenzó a tocar el claxon, con la esperanza tanto de que lo oyeran y vinieran en su ayuda, como de espantar al posible autor de aquellas señales.

Varios criados acudieron alarmados a su llamada. Ann se apartó del coche y ordenó a dos de los hombres que examinaran los alrededores del almacén en la dirección que indicaba la fecha, mientras ella se quedaba junto a las mujeres. los criados regresaron al cabo de unos minutos para decirle que allí no había nadie. Entonces, Ann le pidió a Nako que la acompañara y recorrieron juntos la parte lateral de la construcción; hallaron dos cruces más que señalaban hacia un grupo de bidones metálicos pintados de gris, con unos rótulos en color negro con la marca de un fabricante de abono. Y de repente, en el suelo, semioculto entre los recipientes, Ann descubrió un paquete envuelto en tela. Lo cogió y ordenó a uno de los criados que avisara con urgencia a su marido y al jefe de policía, y regresó apresuradamente a la casa.

Una vez dentro, se dirigió al salón y cerró la puerta. Dejó el paquete sobre una mesa para abrirlo. Vio que era un pañuelo triangular rojo y verde, de los que utilizaban las mujeres de la reserva. Y entonces soltó un grito de terror al reconocer uno de los objetos que contenía: el brazalete de coral azul turquesa que recordaba haber visto en la muñeca de la chica muerta de la playa. Algunas de las cuentas tenían un color más oscuro, quizá manchadas por la sangre de aquella joven asesinada tan cruelmente. Ann no se atrevió a tocarlo y esperó la llegada de Jake. Pero en el macabro envío había algo más: un guante de piel de color negro.

El sonido de la puerta al abrirse le hizo dar un respingo, pero la sombra de su marido en el umbral le devolvió la serenidad.

– ¿Qué ocurre, Ann? -preguntó él alarmado, dirigiéndose veloz hacia ella.

– Por fin estás aquí -dijo abrazándolo-. Ha vuelto a pasar, y esta vez aquí, en esta misma casa…

– Dime, ¿qué ha sucedido? -quiso saber, apartándose.

– Míralo tú mismo -respondió Ann, señalando hacia la mesa-. Es la pulsera que llevaba la chica asesinada. Y ese guante… El hombre que me atacó lo tenía puesto.

– ¡Qué diablos! ¿Dónde dices que estaba? -preguntó sobrecogido.

– ¿Qué ocurre, Jake? Tus sirvientes me han avisado con mucha urgencia. -Joe Prinst acababa de entrar en el salón.

– Acércate y mira esto.

Un profundo silencio llenó la estancia. Los tres estaban de pie, rígidos, mirando hacia la mesa.

– ¿Qué son estos objetos? -preguntó el policía.

– El brazalete lo llevaba la chica asesinada el día que la vi en la playa -contestó Ann.

– Sí, recuerdo que me habló de él. ¿Y ese guante?

– Es de los que se usan habitualmente para montar a caballo -explicó Jake-. Ann, dime exactamente cómo y dónde has hallado estos objetos.

Ella los condujo al lugar donde estaba el pañuelo, explicándoles con detalle las circunstancias que precedieron al hallazgo. Las señales aún permanecían grabadas sobre la tierra.

– Esta vez han llegado demasiado lejos… ¡Y en mi propia casa! -exclamó Jake indignado, dando una patada a un trozo de rama seca.

– ¿Y si fuera alguno de tus sirvientes? -sugirió Prinst.

– Pero no han tratado de hacerme daño. Sólo han depositado aquí ese paquete, como la primera vez -intervino Ann, intentando contrarrestar la insinuación de Joe.

– Porque has obrado con prudencia y has dado la voz de alarma. Si hubieras venido aquí sola, puede que estuviera esperándote, como la otra tarde en la playa…

– Alguien está mandándome pruebas. En el paquete anterior había un objeto de la mujer asesinada y otro del posible autor del crimen, y ahora vuelven a hacer lo mismo.

– Unas pruebas que intentan incriminar a un hombre blanco… -dijo Prinst.

– Está jugando con nosotros, y el mensaje de hoy lo dice claro: quiere advertirnos que no estás segura ni siquiera en tu propia casa. Joe, quiero que interrogues a todos mis criados, y contrata a varios hombres para que vigilen día y noche los jardines y alrededores de la mansión. A partir de ahora, no habrá personal masculino de color aquí… Bueno, excepto Nako. Lleva los suficientes años a mi servicio como para que confíe en él.

– Lo que ordenes, Jake.

Ann observó en su marido una excitación inusual; no sólo parecía preocupado, sino enfadado. El hecho de que su fortaleza hubiera sido profanada y haber comprobado su vulnerabilidad le había arrebatado la sensación de seguridad que hasta entonces experimentaba detrás de aquellos muros. Aquella noche tardaron horas en conciliar el sueño, alterados por los últimos acontecimientos.

– No duermes… -Jake la observaba desde su almohada a través de la oscuridad-. Ven. -La atrajo hacia sí y la protegió con sus brazos.

– Pensaba en la pequeña Marie, la niña que nació hace dos meses en la misión -dijo ella-. Su madre murió en el parto. Jake, prométeme que si me pasa algo, te harás cargo de ella. Quiero que tenga una educación, un futuro…

– ¡Calla, por favor! No hables así. No va a ocurrirte nada malo. Podrás cuidarla tú misma. -Se quedaron callados unos instantes. Después, él prosiguió-: Recuerdo la noche que fui al dispensario para preguntarte por los diamantes. Tenías a ese bebé en brazos. En ese momento deseé que fuera mi propio hijo, tuyo y mío.

– Espero complacerte. Me gustaría tener una gran familia contigo. -Hablaban en susurros.

– Yo quiero tener media docena de niñas…, tan bellas como tú.

– ¿Sólo niñas? -sonrió mirándolo-. Necesitarás un varón para que se haga cargo de las tierras.

– Siempre se puede contratar a alguien. Eso no me preocupa demasiado.