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Ann pasó una agradable jornada en compañía de sus amigos, pero estaba empezando a oscurecer y decidió regresar. Subía la colina hacia la mansión cuando un coche la abordó de frente. Ambos vehículos se detuvieron y Ann divisó una silueta familiar que descendía del otro coche. ¡Era Jake! Ella también bajó y corrió hacia él. Se le echó al cuello y empezó a besarlo, pero él estaba rígido y no respondía a sus caricias. Ann se apartó despacio, sin comprender su reacción.
– Iba a buscarte. ¿Dónde has estado? -El tono de él era frío.
– En la misión. He decidido visitar a los religiosos y a las niñas. No esperaba que regresaras tan pronto.
– ¿Sabes que has corrido un gran peligro? Hay un criminal suelto en la isla y tú te dedicas a pasearte por esos solitarios caminos. Te pedí que no salieras de casa mientras yo estuviera fuera.
– Ellas me acompañaban -contestó, señalando el coche y a las sirvientas-. Los religiosos son mis únicos amigos. Me sentía muy sola.
– ¿Por qué no viniste conmigo entonces?
– Porque quería terminar mi novela. He trabajado muchas horas en estos últimos días y necesitaba descansar y hablar con alguien.
– Y por ese capricho te expones innecesariamente, dando oportunidades al asesino para que te ataque de nuevo. -Negó con la cabeza con desaprobación.
– Pero estoy aquí sana y salva, nadie me ha hecho nada. -Trató de tranquilizarlo poniéndole las manos en los antebrazos.
– Esta vez, sólo esta vez; pero no sabemos cuándo puede ser la próxima. Te creía más sensata. -Parecía decepcionado-. Vamos, regresemos a casa. -Le dio la espalda y se dirigió a la camioneta.
Ann fue a la suya y arrancó. Jake esperó a que pasara y luego la escoltó por el camino de acceso.
Su furia era evidente. Ella nunca lo había visto así. ¿Estaba molesto porque no lo había acompañado al continente o era su visita a la misión el motivo de su fría bienvenida? Estaba confusa, y los comentarios de Antoinette no la ayudaban a recuperar la calma. Las dudas la torturaban y le impedían ver a Jake de la misma manera que antes de su partida.
Al llegar a la casa, Ann aparcó la camioneta y, sin esperar al coche de Jake, que circulaba tras ella, se dirigió a su dormitorio y se sentó en un sofá de mimbre de la terraza. No paraba de darle vueltas a aquel rumor, aunque se negaba a aceptarlo. Concluyó que apenas conocía al hombre con el que se había casado. Sabía que la amaba -se lo había demostrado en aquellas semanas de vida en común-, pero las dudas sobre el supuesto maltrato a su anterior esposa hacían mella en su confianza. Cayó entonces en la cuenta de que en las varias ocasiones en que ella había mostrado deseos de visitar la misión, Jake la persuadía de no hacerlo, alegando el peligro existente.
Quería tenerla en casa, sólo para él; hasta entonces no se había percatado de ello porque, absorta como estaba con su novela, no había manifestado apenas intenciones de salir. No llegaba a discernir si el enfado se debía a esa celosa pretensión o a la inquietud por su seguridad, y pensó que la hostilidad con que la había recibido podría ser el inicio de una maniobra para limitar sus visitas a la zona sur y mantenerla aislada en casa. No obstante, Ann se negaba a aceptar que sus visitas a la misión significaran deslealtad, pues no afectaban en absoluto a sus sentimientos por él.
Oyó ruido a su espalda y el sonido de unos pasos acercándose. El pulso se le aceleró. Lo sintió cerca, pero no movió un solo músculo. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Jake se sentó a su lado en el sofá. Durante unos minutos eternos permanecieron callados, mirando al frente.
– Siento haberme enfadado. Volver para estar contigo era mi única obsesión. Me he preocupado al no encontrarte en casa; creía que te había ocurrido algo malo. No debiste ir…
– Jake, no pienso renunciar a esas visitas. Yo necesito sentirme libre, salir y hablar con mis amigos, no puedo estar encerrada en esta casa eternamente. Quizá no soy la esposa que esperabas.
– No digas eso, por favor. Yo te quiero tal como eres, dulce y cabezota a la vez. Pero siento pánico al pensar que alguien puede lastimarte de nuevo. -Se volvió y la miró a los ojos; luego le acercó una mano a la cara y la acarició.
– Jake, entiendo tu preocupación, pero yo necesito mi propio espacio.
– De acuerdo. Pero mientras el asesino ande suelto, prométeme que no volverás a salir sola cuando yo esté fuera; incluso cuando esté en la isla. Ni siquiera al pueblo, ni siquiera a la playa. Hazme caso, por favor. Yo te acompañaré a donde tú me pidas -suplicó con ternura.
– ¿Incluso a la misión? -Levantó una ceja con escepticismo.
– Incluso a la misión -afirmó él sereno.
Se acercó lentamente y la besó. Y de repente todas las dudas de Ann se disiparon. Era el mismo de antes, y lo amaba con todo su ser. Jake tiró de ella para abrazarla, y después la cogió en brazos dirigiéndose al lecho.
– Ann, te necesito. No podría soportar quererte de esta forma y perderte… No puedo permitir que te pase nada malo.
Ella cerró los ojos mientras él le hacía el amor. Sus labios la recorrieron despacio, y su cuerpo fuerte y vigoroso cubrió el suyo como un manto de seda. Jake era así, pensó Ann, rudo y espontáneo a la vez; irascible y complaciente; arrogante y afectuoso; un cúmulo de contradicciones que le hacían censurarlo y adorarlo al mismo tiempo. Aquella noche fue muy intensa para los dos y se entregaron un amor sincero e impetuoso; necesitaban resarcirse del sentimiento de culpa que ambos habían sentido, fortaleciendo aún más el vínculo que existía entre ellos.
– ¿Compraste los terrenos? -Estaban en la cama. Ella con la cabeza apoyada sobre su pecho y él acariciando su espalda desnuda.
– No. No hubo acuerdo.
– ¿No teníais ya pactada la venta desde aquí?
– Sí. Pero Lord Brown ha cambiado de opinión y ha subido el precio. Dice que hay otro comprador interesado.
– ¿Y vas a pujar?
– No.
– Entonces, ¿vas a renunciar?
– Yo no he dicho eso. Hay otras maneras de forzar la venta.
– ¿En qué estás pensando?
– Olvídalo. Todo se arreglará. Y tú, ¿has terminado la novela?
– Sí, pero ahora depende de ti.
– ¿De mí? -preguntó sorprendido.
– He escrito dos finales. Uno es muy convencional; el otro es más atrevido. Yo prefiero el último, pero quiero que tú decidas cuál sería el más adecuado.
– Estás cargando sobre mí una gran responsabilidad.
– Confío en tu criterio.
Se quedaron en silencio, relajados.
– John, ¿cómo era tu esposa?
Él movió la cabeza, pero no respondió en seguida.
– Me has llamado John. ¿Quién es ese John? -Su voz sonó distinta.
– Lo siento, no sé cómo me ha venido su nombre a la mente…
– ¿Quién es ese John? -repitió, interrumpiéndola.
– Mi ex marido.
– ¿Pensabas en él?
– Pensaba en mi pasado, en el tuyo, en el destino. ¿No recuerdas tu vida anterior? ¿Piensas alguna vez en tu esposa?
– No.
– No fuiste feliz, ¿verdad?
– No quiero hablar de ella. -Había tensión en sus palabras. La magia se había roto. Tras un largo silencio Jake preguntó-: ¿Por qué no tuviste hijos?
– Decidimos esperar un tiempo. Pero después las cosas comenzaron a ir mal.
– ¿Qué pasó?
– Empezó a verse con otra mujer, incluso me confesó su infidelidad sin remordimiento; creía que yo le entendería y le daría otra oportunidad.
– ¿Se la diste?
– No.
– ¿Te dolió?
– Sí. Aunque para mí supuso una liberación. Además…
– ¿Además…? -repitió Jake, ladeando la cabeza para mirarla.
– A su lado no era feliz. No me sentía querida.
– ¿Le dejaste tú?
– Sí, pero no lo aceptó y se dedicó a hacerme la vida imposible. Es un ser egoísta y un inseguro. Al poco tiempo de conseguir el divorcio se casó con su amante, y aun así siguió molestándome. Jamás me perdonó que lo abandonara.
– Quizá te seguía amando.
– Él sólo se amaba a sí mismo.
– Y llegaste aquí huyendo de él.
– Intenté rehacer mi vida, aunque con muchas dificultades. Una noche, Amanda y Joseph me hablaron de ti y del encargo que les habías hecho; cuando me insinuaron la posibilidad de casarme contigo, me lo tomé a broma y lo olvidé por completo, pero al poco tiempo la madre de John hizo que perdiera el trabajo; entonces, ellos me convencieron de que venir aquí era la mejor solución para escapar de mi ruina y de su acoso. Lo que más me seducía de esta aventura era el aislamiento y la tranquilidad, lejos de cualquier zona habitada, lejos del ruido, de horarios y trabajos. Vine buscando paz y tiempo libre para dedicarme a escribir… y sin esperarlo me enamoré de ti.
– ¿No tenías intención de enamorarte? -musitó en voz baja.
– No de esta manera.
– Lucharé con todas mis fuerzas para que no me abandones nunca -declaró con una mirada extraña-. Nunca. -Besó sus labios con pasión, rodeándola con los brazos para acercarla a él.
Ann estaba confusa. Quizá no le debería haber contado los verdaderos motivos de su matrimonio a ciegas. Pero había sido sincera, mucho más que él. Aún no sabía nada de su difunta esposa y pensó que aquellos momentos íntimos eran ideales para arrancarle una confidencia.
– Jake, háblame de ella. ¿Qué ocurrió entre vosotros? -Levantó la cabeza, y apoyó el codo sobre la almohada para verle mejor.
Él dejó escapar un hondo suspiro y guardó silencio. Se le veía tenso e incómodo.
– Yo he sido franca contigo -insistió Ann-. Te he contado mi pasado. Sin embargo, tú nunca hablas del tuyo. Estoy en desventaja.
Jake giró la cabeza y le dirigió una mirada ausente; parecía no estar allí en aquel momento.
– Dejemos en paz a los muertos.