38683.fb2 La ?ltima Carta - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 38

La ?ltima Carta - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 38

Capítulo 36

Ann se despertó con la pavorosa certidumbre de haber dormido con un asesino. Jake ya no estaba en el lecho, y cuando bajaba la escalera, oyó voces en el salón.

– Buenos días, señora Edwards. -El jefe de policía estaba con Jake.

– ¿Hay alguna novedad, Joe?

– Lamentablemente, sí. Ha aparecido el cuerpo de la chica. Otro caso igual a los anteriores.

– ¿Dónde?

– Entre los sembrados, cerca del arroyo.

– ¿Han encontrado alguna pista sobre el asesino?

– Hasta el momento no.

– ¿Quiere decir que no hay huellas de pisadas, ni de caballos, ni de coches?

– Apareció entre las hojas de tabaco, y esta noche ha llovido mucho. Todas las huellas, si las hubiera dejado, habrían desaparecido.

– ¿Y ella? ¿Presentaba alguna herida, algún resto en las manos que pueda proporcionar alguna pista?

– Los religiosos me han dicho que fue violada y después estrangulada, como las otras, pero no han encontrado nada que pueda arrojar un poco de luz sobre el caso.

– ¡Vaya! Se trata de un asesino muy escrupuloso.

– ¿Ha tenido usted alguna novedad? Quiero decir… ¿Ha recibido algún mensaje o indicio que pueda ayudarnos?

Ann lo miró fijamente y guardó silencio. Después se volvió hacia su marido, que la observaba expectante. Dudó si mostrar el trozo de vidrio. ¿Qué podría ocurrir? Si Jake reconocía el cristal de sus gafas, sería interesante ver su reacción. Así confirmaría la autoría de los crímenes. Pero ¿y después? Si sospechaba que lo había desenmascarado, ella podría estar en peligro. Además, no confiaba en Joe Prinst; no era un hombre brillante, sino un empleado a sueldo que jamás mordería la mano de su amo. Podría detener y encarcelar a todos los que su jefe le ordenara, como había hecho con el capataz, y jamás movería un dedo en su contra.

– Ann, te han hecho una pregunta. -La voz de Jake sonó impaciente.

Ella seguía en silencio.

– Señor Prinst, si el asesino fuera un hombre blanco, ¿qué pena le impondrían por la muerte de las chicas de color?

– Señora Edwards, ese hombre ha matado a un considerable número de mujeres, entre ellas varias de color y una de raza blanca. Sobre él caerá todo el peso de la ley, sea de la raza que sea.

– Ann, aún no has respondido. -La voz de Jake revelaba cierto enojo.

– No he tenido ninguna noticia, Joe, lo siento -respondió ella con frialdad. Los dejó solos.

Los dos hombres se miraron contrariados.

Ann se dirigió a su estudio con la firme voluntad de no formular ninguna acusación contra Jake. Él no podía sospechar que ella conocía su secreto, por tanto, debía aparentar normalidad hasta decidir qué hacer.

De repente, oyó un fuerte golpe a su espalda. Alguien había entrado en el estudio cerrando la puerta violentamente. Cuando se volvió, vio el rostro contraído de Jake.

– ¿A qué estás jugando, Ann Marie?

– No sé de qué me hablas. -Intentaba aparentar serenidad.

– Sí lo sabes. Estoy cansado de tus medias verdades y de tu ciega defensa de la gente de la aldea. Cada vez que hablas con Joe me pones en evidencia.

– ¿Es que no tengo derecho a pensar de otra manera? ¿Tengo la obligación de tratar a esa gente como tú, como si fueran esclavos? A mí me enseñaron a respetar a las personas, blancas o negras, chinos o mestizos.

– Pero ahora vives en este país, y en esta isla, y eres de piel blanca. Tienes que aceptar las cosas como son. No puedes luchar contra las normas.

Ann Marie no daba crédito a lo que acababa de oír. Su marido desvariaba.

– Sí puedo, y te advierto que no pienso acatarlas. Yo te acepto tal como eres, pero si tú no haces lo mismo conmigo, es mejor que me vaya para siempre. -Se dirigió a la puerta, pero él le cerró el paso. Ann no se atrevió a mirarlo a los ojos, que él mantenía clavados en ella.

– ¿Vas a encerrarme, como a tu difunta esposa?

– ¿Qué sabes tú de ella? -preguntó desconcertado.

– Sé que quería marcharse y que tú se lo impediste. Espero que no vuelvas a cometer el mismo error.

– No sabes nada, Ann. Y no puedes dejarme. Te necesito… -suplicó en voz baja.

– Yo no soy tu mujer ideal. Sé que te avergüenzas de mí. Debiste casarte con Charlotte. Ella sería una espléndida anfitriona en esta mansión.

– ¿Qué estás diciendo? Ahora empiezo a comprender. Sabes que he estado con ella, ¿verdad?

– No sé de qué me hablas.

– He visto a Charlotte estos últimos días. No creí conveniente contártelo porque sabía que no te gustaría, pero compruebo que ya lo sabes; y todo este enfado ha sido motivado por tus celos hacia ella -concluyó, negando con la cabeza.

¿Así que creía que estaba celosa? Bueno, mejor así. Decidió seguirle el juego y representar el papel de esposa ofendida. Muy inteligente por su parte. La coartada era perfecta, porque sabía que ella nunca comprobaría la veracidad de ese encuentro furtivo, pues conocía la animadversión que sentía hacia aquella joven.

– Charlotte no significa nada para mí -dijo Jake mientras se apoyaba en la puerta-. Tuve un primer encuentro con ella hace tres días y no fue muy agradable. Su padre había subido el precio de los terrenos que iba a comprarle al saber que estaba casado contigo. Esperaba que me convirtiera en su yerno. -Sonrió con pesar-. El viernes volví a verlos, a ella y a Lord Brown, y por fin llegamos a un acuerdo. No quería hablarte de esto para no incomodarte, eso es todo.

Levantó la mano para tocar su barbilla y alzarle el rostro, pero ella se volvió bruscamente y se dirigió al ventanal.

Ann miró fuera. Se veía un tornado a lo lejos, mar adentro. Observó la densa columna gris que pendía de un negro nubarrón, desde donde descendía estrechándose en forma de embudo hasta llegar al agua. Recordó su infancia y los cuentos que le contaba su padre sobre los duendes que surgían de un gigantesco tornado. En aquel momento deseaba ser uno de ellos, dar un salto y entrar en aquel torbellino para trasladarse muy lejos, a un lugar desconocido donde llorar a solas su dolor.

– Vamos a hacernos mucho daño, Jake. Entre tú y yo hay un abismo. Hoy lo he visto claro. Hay demasiados secretos entre nosotros, demasiadas diferencias. Me siento tan lejos de ti…

Él estaba tras ella y sus miradas se cruzaron en el reflejo del cristal. Ann divisó su sombra como un espectro y advirtió que su enojo había desaparecido dando paso al dolor. Jake le puso una mano en el hombro, pero ella no aceptó la caricia, y se apartó de él como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Ya no soportaba su contacto, y el hecho de sentirlo cerca le daba miedo. Estaba deshecha y tenía que dejarlo cuanto antes. No podía vivir a su lado, sobre todo ahora que…

– Está bien. ¿Quieres saberlo todo? Pues te contaré mis tenebrosos secretos.

Jake se sentó en el sillón cercano a la mesa, apoyó los codos en las rodillas y comenzó a hablar mirando al suelo.

– Llegué a esta isla hace más de una década y trabajé duro hasta conseguir buenas cosechas y ganar los primeros miles de rands. En el continente conocí a Margaret, una mujer endiabladamente hermosa; me enamoré de ella como un idiota, me casé a los pocos días y la traje aquí. Pero pronto comenzaron los problemas: Margaret odiaba la isla, quería vivir con intensidad y este lugar significaba una aburrida prisión. Decepcionado, descubrí que ni siquiera me amaba, sólo ambicionaba el lujo que le había prometido. Tras los primeros meses de aparente felicidad, la situación se agravó: ella trató de convencerme de que volviésemos al continente y nos instalásemos allí, pero yo me negué a abandonar el que consideraba mi primer y auténtico hogar, y cuando comprendió que éste era el único futuro que yo podía ofrecerle, nuestra relación se rompió. Pasamos un año entre reproches y discusiones; ella quería abandonarme y me habló abiertamente de divorcio, pero yo no lo acepté y traté de conservarla. Comenzó entonces una etapa muy dura. Margaret se dedicó a provocarme con la intención de forzar el divorcio y dejó de hablarme y de dormir conmigo. Soporté muchas humillaciones a cambio de retenerla a mi lado. Yo la amaba…

– Ya es suficiente. Por favor, déjalo ya. -Ann tenía la certeza de que iba a escuchar una terrible confesión.

– No. Es la primera vez que hablo de esto desde entonces y quiero que sepas toda la verdad. Ella empezó a traicionarme y tuvo una aventura con uno de mis empleados, el capataz, un buen hombre que había trabajado para mí desde el principio. Hizo que perdiera la cabeza y llegó a verse con él en mi propia casa -masculló con rabia-. Yo ignoraba la traición y creía que al fin había aceptado quedarse a mi lado, pues su actitud cambió y se volvió más amable. Pero pronto se cansó del hombre y escogió a otro; esta vez un mestizo que cuidaba de los caballos.

De repente, se calló y apretó las mandíbulas; un destello de rabia brilló en sus ojos.

– El primero comenzó a seguirla como un poseso, y un día encontró a Margaret y al mestizo juntos, revolcándose en el establo. -Cerró los puños y lanzó uno al aire reviviendo su antiguo rencor-. Entonces cogió un látigo y los azotó con saña. Yo me enteré de todo cuando regresé y hallé los dos cuerpos desnudos y ensangrentados. El mozo de cuadra murió, y ella sufrió graves heridas.

Silencio.

– Entonces, yo perdí el control. Fui a buscar al autor de aquella atrocidad y le propiné una buena paliza. Él no opuso resistencia; parecía estar esperando aquel castigo. De repente, se cayó hacia atrás, se golpeó en la nuca y murió en el acto.

Silencio.

– Yo jamás había hecho algo así, y te aseguro que no me siento orgulloso. Al contrario, aún lamento haber sido el responsable de aquella muerte.

– ¿Qué ocurrió con tu mujer? -Ann estaba conmocionada.

– El doctor White le curó las heridas y comenzó a darle morfina para el dolor, pero le quedaron profundas cicatrices en el rostro y en el cuerpo. Aquellos meses fueron un infierno para los dos. En Margaret todo era excesivo, y pronto se hizo adicta a esa droga. Vivía encerrada, a oscuras, apenas salía del dormitorio, pidiendo a gritos su dosis diaria. Una mañana no despertó debido a una sobredosis. -Hubo otra larga pausa-. Mientras tanto, yo bebía todo el alcohol que podía, intentando huir de la realidad, y me convertí en un despojo humano. Cuando ella murió, yo lo había perdido todo: la ilusión, la cosecha, el futuro. Tardé en reaccionar, pero tenía demasiado orgullo para darme por vencido, y un día regresé a los campos, comencé otra vez desde cero. Trabajé duro desde el amanecer hasta bien entrado el ocaso; poco a poco la tierra volvió a producir y empecé a vislumbrar una pequeña luz al final de aquel oscuro túnel. Entonces me juré a mí mismo que jamás volvería a dejarme vencer por una mujer.

Esas últimas palabras estremecieron a Ann. ¿Era el rencor lo que lo impulsaba a cometer aquellas atrocidades? Todas sus víctimas eran chicas de color, como el amante de su mujer.

En aquel instante, recordó las palabras de Nako: «Señora, nadie puede evitar que esto suceda. Usted es nuestra única esperanza…». Y de repente lo vio claro: ¡todos en la aldea sabían que Jake era el autor de aquellos abominables crímenes!

– Mucho tiempo después de aquello -continuó él-, decidí volver a casarme, con una desconocida, para tener hijos. Sí, tenías razón, lo hice con ese único propósito. No me creía capaz de enamorarme otra vez. Pero entonces llegaste tú, y despertaste de una sacudida todos los sentimientos que yo creía muertos. Te amé desde aquel primer día en la playa y te convertiste para mí en una obsesión. Ahora vuelvo a tener miedo. Miedo de no ser digno de tu amor, miedo de que te hagan daño, miedo de perderte. No puedo imaginar despertarme en mitad de la noche y no encontrarte a mi lado. Jamás había sentido algo así, ni siquiera por ella. Ann, te necesito tanto…

Jake se le acercó despacio por detrás, pero Ann comenzó a temblar. Tenía la prueba de su obsesivo empeño por mantenerla encerrada. Él la amaba, pero con un amor excesivo y perturbado que traería consecuencias fatales si supiera que conocía su terrible secreto. Sintió miedo, y cuando Jake le colocó de nuevo la mano en el hombro, experimentó una violenta sacudida.

– No me encuentro bien, estoy algo mareada -dijo, apartándose de él y abandonando la estancia.

Corrió hacia el dormitorio. Tenía náuseas y vomitó en el cuarto de baño hasta sentir dolor. Se encontró tumbada en el suelo, sin poder apenas respirar debido a la tensión. Estaba embarazada, ahora lo sabía con certeza, y resolvió que no quería vivir junto a un asesino. Jake no debía sospechar que lo había descubierto, y tenía que huir antes de que él se enterara de su estado, porque entonces jamás la dejaría marchar.