38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 23

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21. EL PRIMER PACIENTE DE PELAGIA

La madre de Mandras era una de esas criaturas que deja perplejo, más fea que la mítica esposa de Antiphates, de quien el poeta escribió «era una mujer monstruosa cuyo aspecto dejaba a los hombres totalmente horrorizados», y aun así se había casado con un hombre excelente, parido un hijo y ganado el cariño de todos. Decían algunos que había prosperado valiéndose de brujerías, pero lo cierto es que se trataba de una persona afable y de buena familia a quien el destino había privado de un pretexto para ser vanidosa en su juventud, y en consecuencia no se había amargado a medida que crecían sus dimensiones y su pilosidad. Kyria Drosoula descendía de una familia de «ghiaourtovaptismenoi» (los bautizados con yogurt), es decir que su familia había sido expulsada de territorio turco con nada que llevarse aparte de unos sacos con los huesos de sus antepasados.

Por el pacto de Lausana, cerca de medio millón de musulmanes fueron trasladados a Turquía a cambio de más de un millón de griegos, una muestra de limpieza étnica que, aunque necesaria para impedir futuras guerras, había traído un profundo legado de acritud. Drosoula sólo había aprendido a hablar turco, y ella y su madre habían sido rotundamente desdeñadas por los griegos antiguos a la par que lloraban con nostalgia por su perdida tierra natal. La madre de Drosoula sepultó los huesos de su padre y su marido y, temiendo quedar en ridículo por su acento de Pontos, decidió volverse muda, dejando toda la responsabilidad a su hija de quince años, la cual, en el espacio de tres años, había aprendido el dialecto cefalonio y se había casado con un pescador astuto que sabía reconocer a una esposa fiel. Como tantos otros isleños amantes de los remos, había perdido la vida en un ventarrón que se desató repentinamente por levante. Dejaba un hijo varón a cargo del negocio y una viuda formidable que a veces soñaba en turco pero ya no se acordaba de hablarlo.

Durante la ausencia de Mandras, Pelagia había ido casi cada día a casa de Kyria Drosoula, fascinada por sus historias sobre la imperial Bizancio y la vida en el mar Negro entre los infieles, y en aquella pequeña y deslucida pero inmaculada casa junto al muelle se habían consolado la una a la otra mediante palabras que, aun siendo pronunciadas con sentimiento, se habían convertido ya en frases hechas en cualquier hogar de Europa. Mientras el mar siempre cambiante besaba las piedras del exterior, habían llorado abrazadas la una a la otra, repitiéndose que Mandras seguramente estaba bien, porque de lo contrario se habrían enterado. Ensayaron la eventualidad de tener que darle a un italiano con una pala en la cabeza y rieron con timidez algunos de los chistes asombrosamente obscenos que los muchachos musulmanes le habían contado a Drosoula en Turquía.

Hacia aquella admirable e hirsuta amazona corrió Pelagia dejando a su novio en la cocina, perdido en sus inmensos océanos de extenuación y en sus terribles recuerdos de camaradas convertidos en botín de las aves carroñeras. Cuando las dos mujeres regresaron jadeantes a la casa, lo encontraron en la misma posición, acariciando todavía con actitud ausente las orejas de Psipsina.

Deseosa de abrazar a su hijo, Drosoula se precipitó en la cocina gritando de júbilo y acto seguido ejecutó una reacción tardía que en otro momento habría resultado cómica; escudriñó la cocina como buscando a alguien más aparte de aquel espectro desaliñado y le lanzó a Pelagia una mirada inquisitiva.

– Es él -dijo Pelagia-. Ya le he dicho que su estado es lamentable.

– Jesús -exclamó, y sin más preámbulos cogió a su hijo por los hombros, lo levantó y lo llevó fuera pese a las protestas de Pelagia y al evidente desastre de sus pies-. Lo siento -dijo Drosoula-, pero no pienso dejar que mi hijo esté en una casa respetable con semejante pinta. Me muero de vergüenza.

Una vez en el patio, Kyria Drosoula examinó a su hijo como si fuera un animal sobre cuya compra estuviera cavilando. Le inspeccionó las orejas, le levantó con asco los mechones de pelo enmarañado, le hizo enseñar los dientes y finalmente anunció:

– Ya ves, Pelagia, a qué estado pueden llegar los hombres cuando no hay mujer que les cuide. Es vergonzoso y no hay excusa que valga, no señor. Son como criaturas que no saben desenvolverse sin su madre, y me da lo mismo que haya estado en la guerra. Ve a poner un puchero grande a hervir, porque pienso lavarle de pies a cabeza, pero antes voy a deshacerme de todas estas greñas, o sea que tráeme unas tijeras, koritsimou, voy a pescarle las pulgas y los piojos aunque tenga que desollarlo, me pica todo sólo de mirarle, y qué peste, puaj, peor que una pocilga.

Mandras permaneció sentado, dejando que su madre, con ardor y arrugando la nariz, le cortara los cabos y las albardillas de su cabeza y su barba. Cada vez que veía un piojo hacía una mueca y un gesto de desaprobación, y apartaba la repugnantes greñas con la hoja de las tijeras para que su carga de liendres pudiera arder vilmente en el brasero de carbón, arrugándose entre chisporroteos y desprendiendo un denso y hediondo humo capaz, por su repugnancia, de expulsar los demonios y perturbar los muertos.

Pelagia esbozaba las mismas muecas que su futura suegra mientras contemplaba cómo se achicharraban los grises parásitos y quedaban al descubierto sépticas excoriaciones y eczemas; el cuero cabelludo estaba lleno de rasguños inflamados relucientes de fluido y, lo peor, las glándulas del cuello aparecieron finalmente ensanchadas y supurantes. Pelagia sintió náuseas cuando sabía que debía sentir compasión, y corrió dentro en busca de aceite de sasafrás. Al coger el frasco se dio cuenta por primera vez, no sin sobresalto, que había aprendido suficiente de su padre en todos aquellos años como para convertirse ella misma en médico -si es que ser médico y mujer a la vez era factible-. Acarició esa idea mentalmente y luego fue por un pincel, como si esa acción pudiera disimular la incómoda sensación de haber nacido en un mundo que no le tocaba.

Cuando salió al sol de primavera con el frasco de acre aceite aromático, encontró a Mandras completamente rapado y le entregó el frasco a Drosoula.

– Póngale una capa bien espesa, que así matará también la tiña, por si tiene. Luego cúbrale la cabeza con un paño y áteselo con un cordel. Me parece que le va a escocer. Cuando desaparezcan los piojos le frota con aceite de oliva, aunque el aceite de parafina tarda unas dos semanas en hacer efecto, o sea que será mejor usar esto.

Kyria Drosoula la miró con admiración, olisqueó el líquido, dijo «Bah» y empezó a derramarlo sobre la cabeza de su hijo.

– Espero que sepas lo que estoy haciendo -comentó. Mandras habló por primera vez para decir «Pica», a lo que su madre replicó-: Vaya, conque estás ahí, ¿eh? -Y siguió con sus pinceladas.

Una vez cubierta la cabeza con paño de hilo, las dos mujeres retrocedieron unos pasos y admiraron su trabajo. Mandras tenía el rostro tan macilento como el del santo en su sarcófago, y estaba tan ojeroso y pálido como un muerto reciente pero ya frío.

– ¿De verdad es él? -preguntó Drosoula, expresando sus sinceras dudas, y luego preguntó cómo se le habían infectado los rasguños de la cabeza.

– Eso pasa porque los excrementos de los piojos contaminan las heridas -dijo Pelagia-, en realidad no es culpa de los piojos.

– Yo siempre le decía que no se rascara -dijo Drosoula-, pero hasta ahora no he sabido por qué. ¿Hacemos el resto?

Cambiaron miradas y Pelagia se ruborizó.

– Creo que… -empezó, pero Drosoula le guiñó un ojo y sonrió de oreja a oreja.

– ¿No quieres ver lo que te llevas? La mayoría de las chicas se morirían por tener esa oportunidad. No se lo contaré a nadie, te lo prometo. Y en cuanto a él -movió la cabeza en dirección a su hijo-, está tan ido que no se dará ni cuenta.

Pelagia pensó tres cosas a la vez: «No quiero casarme con él. Ya le he visto desnudo pero no puedo decirlo. Hubo un tiempo en que era hermoso, no como ahora. Pero no puedo mencionar nada de esto porque Drosoula me cae muy bien.»

– No, de verdad, no puedo.

– Bueno, ayúdame con lo demás, tú me dices lo que debo hacer desde el otro lado de la puerta. ¿Está caliente el agua? Te diré un secreto: estoy impaciente por ver qué clase de hombre he producido; ¿te parezco horrible?

– Todo el mundo lo cree así -dijo Pelagia, sonriendo-, pero no por ello piensan que sea usted peor que nadie. Sólo dicen «Ahí va Kyria Drosoula».

Despojado de sus ropas, Mandras no tembló más de lo que temblaba vestido. Su delgadez era tan patética que Pelagia no sintió vergüenza alguna de permanecer a su lado aunque estuviera desnudo, ni tuvo que recurrir a dar instrucciones desde la puerta. Se había quedado sin músculos y la piel le colgaba de los huesos en flácidas capas. Tenía el vientre abultado, ya fuera a causa de la inanición o de los parásitos, y las costillas le sobresalían tanto como los huesos de la espina dorsal. Los hombros y la espalda parecían haberse combado y contraído, los muslos y las pantorrillas aparecían tan desproporcionadamente encogidos que aparentaba tener las rodillas hinchadas. Lo peor de todo fue lo que descubrieron al arrancarle los vendajes que llevaba incrustados en los pies; Pelagia se acordó de la historia de Filoctetes, antiguo argonauta y pretendiente de Helena, abandonado por Ulises en la isla de Lemnos debido a la insufrible putrefacción de sus pies, con su arco y sus flechas por toda compañía. Pelagia recordaría más tarde que el final de la historia era que Filoctetes, curado por Esculapio, contribuía a vencer a los troyanos; en su caso, ella había sido autora de la curación, mientras que los italianos habían suplido oportunamente a sus propios antepasados.

Sin embargo, cuando Pelagia vio aquellos pies dudó de sus poderes curativos: eran irreconocibles como pies. Su aspecto era el de una gangrenosa pulpa multicolor. Una envoltura de pus y costra cubría las vueltas de las vendas desechadas, y en la carne prácticamente muerta pululaban y se enroscaban gusanos amarillentos.

– ¡Gerasimos! -exclamó Drosoula, agarrándose para no caer sobre los marchitos hombros de su hijo.

La fetidez causaba auténtico estupor, y al final Pelagia se sintió invadida por la sagrada compasión cuya ausencia tanto la había abrumado antes.

– Lávele de arriba abajo -le dijo a Drosoula-, yo me ocuparé de los pies. -Miró a Mandras con ojos rebosantes de lágrimas y dijo-: Agapeton, voy a tener que hacerte daño. Perdóname.

Él le devolvió la mirada y habló por segunda vez:

– La guerra es así. Les dimos una paliza, los hicimos huir en desbandada. Vencimos a los italianos. Hazme daño si quieres, pero no pudimos con los alemanes. Fue por culpa de los tanques, eso es todo.

Pelagia se obligó a mirar aquellos pies hasta que en su interior se convirtieron en un problema que resolver más que en un abominable padecimiento. Suavemente fue arrancando los gusanos y lanzándolos por la tapia, y a continuación concentró sus cinco sentidos en decidir si la descomposición había alcanzado los huesos. Si así era, habría que amputar, y sabía que de eso tendría que encargarse otro; seguramente ni siquiera su padre estaría dispuesto a hacerlo. Hacerle eso a otro ser humano resultaría inadmisible para un médico. Se estremeció, se limpió las manos en el delantal, cerró los ojos y cogió el pie derecho. Lo volvió de un lado y de otro, palpó los tejidos y decidió, para su sorpresa, que no había granulación y que ninguno de los huesos se había consumido ni separado. Pelagia vio que la carne del pie estaba seca y suspiró como si le hubieran quitado un gran peso de encima; lo peor era la gangrena húmeda. Comprobó que no había ninguna línea roja de demarcación entre zonas sanas e infectadas, y concluyó que no se trataba de gangrena. Examinó el otro pie y llegó a las mismas conclusiones. Fue por un cuenco de agua limpia, le echó una buena cantidad de sal y con todo el cuidado de que fue capaz lavó aquel espantoso revoltijo de carne. Mandras se encogió de dolor, pero no dijo nada. Pelagia vio que los fragmentos más horripilantes se desprendían al lavarlos y que debajo de ellos había carne viva.

Experimentó una sensación de júbilo y de triunfo mientras machacaba en el mortero cinco gruesas cabezas de ajo. El potente olor doméstico la reconfortó, y sonrió al oír la voz de Drosoula en el patio. Estaba regañando a su hijo como si el pobre no hubiera pasado varios meses en la nieve, como si no fuera un héroe que, al igual que sus camaradas, había soportado penurias que excedían toda llamada del deber, y derrotado a un ejército superior que había sido vencido por esas mismas penurias. Con un cuchillo extendió el ajo sobre dos vendas largas y las llevó fuera.

– Agapeton -le dijo a Mandras-, esto te va a escocer más que la sal. -Él dio un respingo cuando ella le envolvió los pies con la cataplasma y contuvo la respiración, pero no llegó a quejarse. Pelagia, maravillada de su entereza, observó-: No me extraña que hayamos ganado.

– No hemos ganado, ¿o sí? -replicó Drosoula-. Como los italianos no podían, tuvo que hacerlo Atila.

– Hitler. Pero da igual, porque el imperio británico está de nuestra parte.

– Los ingleses se han largado. Ahora estamos en las manos de Dios.

– Yo no lo creo así -repuso Pelagia con decisión-. Piense en lord Napier, en lord Byron. Ellos volverán.

– ¿Qué es todo esto? -preguntó Drosoula, señalando el conjunto de cicatrices, hoyuelos inflamados y dibujos de tonos escarlata esparcidos sobre el cuerpo de su hijo.

Pelagia examinó aquel cuerpo lastimoso, recién lavado, y diagnosticó todos los parásitos que había encontrado a lo largo de su experiencia como ayudante de su padre.

– En los hombros tiene favo. Vea, huele a ratón. Requiere azufre y ácido salicílico. Afortunadamente no se le ha metido en el pelo, porque se habría quedado calvo. Estos puntos rojos son piojos del cuerpo. Hay que quemar toda su ropa y afeitarlo de arriba abajo (eso ya lo hará usted) para dejarle los pelos libres de huevos. También podemos bañarle en vinagre. Y luego lo cubrimos de aceite de eucalipto y emulsión de parafina. Las ronchas de los brazos y las piernas son de béte rouges, y podemos acabar con ellas con amoníaco y pomada de cinc. De todos modos, se van solas. Este trozo es pitiriasis, sabe, es de color café. Lo que usamos para lo demás también sirve para curar esto. Si le afeita lo de abajo, ya me entiende, podrá librarle de las ladillas. Si no le importa, yo no miraré. Y en los brazos y las pantorrillas tiene un eczema horrible. Habrá que aplicarle yodo en las grietas, eso si encuentro yodo, y una vez curado el eczema sólo tiene que ponerle loción de calamina, si es que hay forma de encontrar un poco, y seguir aplicándosela hasta que esté curado. No le ponga nada grasiento en la ingle. Esas marcas marrones son picaduras de pulga. -Pelagia hizo una pausa, alzó la vista y vio que Drosoula la estaba mirando con asombro.

– Koritsimou -dijo la gigantesca mujer-, me tienes fascinada. Eres la primera mujer que conozco que lo sabe todo. Dame un abrazo.

Pelagia se ruborizó de satisfacción y, para distraer la atención de sí misma, abrazó a Drosoula y le dijo:

– Sé que estará preguntándose por todos esos bultos rojos que tiene en el vientre y… más abajo. Entre los dedos también hay, pero no se preocupe, sólo es sarna. Se le curará con los otros tratamientos, sobre todo con el cinc y el azufre. Esto creo yo, al menos, pero es mejor que le preguntemos a mi padre -concluyó con modestia.

Drosoula hizo un gesto señalando a su calamitoso hijo:

– No es ninguna ganga, ¿verdad?

Pelagia se maldijo por dentro cuando dijo:

– Una se enamora de la persona, no del cuerpo.

Drosoula sonrió.

– Burradas de romántica. El amor entra por los ojos y se va por el mismo sitio, y si te extraña que mi marido se prendara de mí, con lo fea que soy, es que tenía unos gustos muy extraños, gracias a Dios y al santo. Porque si no, yo aún sería virgen.

– Eso no me lo creo -dijo Pelagia, que, como todo el mundo, siempre se había preguntado cómo había hecho Drosoula para conseguir marido.

A la mañana siguiente el doctor Iannis volvió extenuado de la montaña y no sólo encontró a un hombre cadavérico dormido en la cama de su hija, sino que encontró a ésta y a una repulsiva mujer durmiendo en la de él. La casa apestaba a ajo, jabón, amoníaco, yodo, azufre, carne tumefacta, vinagre, pelo chamuscado; en resumen, olía a consulta de médico con mucho trabajo. Despertó a su hija y le preguntó a bocajarro:

– ¿Quién es ese viejo que está en tu cama?

– Es Mandras, papakis, y ésta es su madre, Kyria Drosoula. Ya os conocéis.

– Pero no en mi cama -replicó el doctor-, y ése no es Mandras. Es un viejo horrible con sarna y los pies vendados. Me he fijado bien.

Más tarde el doctor Iannis escuchó por boca de Pelagia todo lo que ésta había hecho, sin dejar de soltar bufidos y dar caladas a su pipa a cada intento de pronóstico. Cuando hubo terminado, Pelagia se ruborizó al interpretar la actitud de su padre como una fuerte reprimenda por su insolencia. El doctor fue a examinar al paciente, prestando escrupulosa atención a sus pies.

No dijo nada hasta que cogió su maltrecho sombrero para irse. Pelagia, sobando nerviosamente su trapo para el polvo, esperaba verle estallar de un momento a otro.

– Si yo supiera guisar -dijo él, dejándola atónita-, cambiaría de profesión contigo. De hecho, creo que me jubilaría. Bien hecho, koritsimou, nunca me he sentido tan orgulloso de ti.

Le dio un beso en la frente e hizo un mutis teatral escudriñando el cielo por si llegaba la anunciada invasión. Tenía que asistir a una reunión del comité de defensa, en la kapheneia.

Drosoula sonrió a Pelagia, que temblaba abrumada por el alivio y la gratitud.

– Siempre he querido tener una hija -dijo-. Ya sabes cómo son los hombres. Sólo les gustan los varones. Considérate afortunada de tener un padre como el tuyo. Que yo recuerde, mi padre era un bribón, siempre borracho de raki. Rezaré al santo para que Mandras se recupere, y así serás como hija mía.

– En cuanto sea posible -dijo Pelagia, tomándola del brazo-, lo sacaremos a que le dé el sol y la brisa del mar. En estos casos, lo que importa es la mente.

Drosoula reparó en que Pelagia había hecho caso omiso de su observación anterior, pero se lo perdonó. Bastaba con ver a la joven radiante de esa extraña belleza que se deriva de una repentina sensación vocacional.