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Por toda la isla surgían grafitti que, alegre o maliciosamente, explotaban el hecho de que los italianos no pudieron descifrar la escritura cirílica. Tomaban la R por una P, ignoraban que la G puede parecer una Y o una L invertida, no tenían ni idea acerca del triángulo, creían que una E era una H, interpretaban la theta como una especie de O, no se percataban de que la letra en forma de tienda de campaña era la misma que la que parecía una Y invertida, les confundían las tres franjas horizontales que podían ser igualmente leídas como un garabato, sabían por las matemáticas que pi era 22 dividido por 7, desconocían que una E del revés fuera una S, que la Y podía escribirse también como una V y de hecho era una E, les despistaba el que existiera una O con un palo vertical que en realidad era una F, no entendían que la X era una K, fracasaban estrepitosamente a la hora de encontrar un significado al airoso tridente y coincidían en que la omega les recordaba un pendiente. Ergo, las condiciones eran inmejorables para las furtivas pintadas nocturnas en grandes letras blancas sobre todas las paredes disponibles, en particular cuando los ringorrangos de una caligrafía particular podían hacer las letras todavía más inescrutables. La palabra ENOSIS pugnaba por desbancar a ELEPHTHERIA; «Viva el rey» coexistía sin problemas con «Trabajadores del mundo, uníos»; «Al carajo los italiani» lindaba con «Chúpamela, Duce». Un admirador de lord Byron escribió «Soñé que Grecia aún podía ser libre» con vacilante letra romana, y el general Tsolakoglou, nuevo dirigente colaboracionista del pueblo griego, aparecía por doquier como un personaje de tebeo, cometiendo diversos, obscenos y repugnantes actos con el Duce.
Los hombres contaban chistes de italianos en los campos y las kapheneias: ¿Cuántas marchas tiene un tanque italiano? Cinco: una de avance y cuatro marchas atrás. ¿Cuál es el libro más breve del mundo? El libro de los héroes de guerra italianos. ¿Cuántos italianos hacen falta para poner una bombilla? Uno subido en una escalera para aguantar la bombilla y doscientos para hacer girar la escalera. ¿Cómo se llama el perro de Hitler? Benito Mussolini. ¿Por qué llevan bigote los italianos? Para acordarse de sus madres. Por su parte, los soldados italianos acampados preguntaban: ¿Cuándo se sabe que una griega tiene la regla? La respuesta era: «Cuando lleva un solo calcetín.» Fue un largo interludio durante el cual ambas poblaciones guardaron mutuamente las distancias, aquietando mediante chistes los unos la suspicacia culpable y los otros el lívido resentimiento. Los griegos hablaban con vehemencia y en secreto de los partisanos, de formar una resistencia, y los italianos se recluían en sus campamentos, donde sus únicos indicios de actividad eran la organización de las baterías, un reconocimiento diario por aviones anfibios y la patrulla que hacía la ronda a caballo al anochecer, más interesados en cautivar a la población femenina que en hacer cumplir el toque de queda. Y luego vino la decisión de alojar a los oficiales en casas de miembros idóneos de la población local.
Pelagia se enteró de ello, al volver un día del pozo y encontrarse con un orondo oficial italiano, acompañado por un sargento y un soldado raso, de pie en la cocina mirándolo todo con aire evaluador y tomando notas con un lápiz ridículamente romo.
Pelagia había dejado de temer que la fueran a violar y se había acostumbrado a torcer el gesto ante las miradas lascivas y a sacudirse las manos que intentaban pellizcos exploratorios en su trasero; los italianos habían resultado una especie modesta de Romeo que se resigna a que le den plantón, pero no abandona la esperanza. No obstante, Pelagia se llevó un susto cuando entró en la cocina y se encontró con los soldados. Tras un instante de vacilación, decidió darse la vuelta y echar a correr, pero el rollizo oficial sonrió de oreja a oreja, levantó los brazos en un gesto de «si pudiera se lo explicaría, pero no hablo griego», y dijo «Ah» de una manera que significaba «me alegro de verla ya que es tan guapa, y me siento incómodo estando en su cocina, pero ¿qué quiere que haga?» Pelagia dijo «Aspettami, vengo», y salió corriendo en busca de su padre, que estaba en la kapheneia.
Los soldados esperaron obedientemente. Pelagia no tardó en regresar con su padre, el cual se sentía turbado ante la perspectiva del encuentro. Una oleada de pavor esperaba el momento de asaltar su corazón y debilitarlo, pero también había el frío y distante coraje que asiste a quienes están decididos a combatir la opresión con dignidad; recordó su propio consejo a los muchachos en la kapheneia («Utilicemos la ira con sensatez») y sacó pecho. Se lamentó de no haber conservado el bigote con las puntas enceradas y así poder retorcerse las extremidades con expresión hosca y recriminatoria.
– Buon giorno -dijo el oficial, tendiendo esperanzado su mano. El doctor advirtió el carácter conciliador del gesto, carente del desmesurado orgullo del conquistador, y para su sorpresa se encontró estrechando la mano que le ofrecían.
– Buon giorno -contestó-. Espero que disfrute de su lamentablemente breve estancia en la isla.
– ¿Breve, dice? -El oficial enarcó las cejas.
– Les han expulsado de Libia y de Etiopía… -dijo el doctor, dejando que el italiano extrapolara el resto.
– Habla usted muy bien mi idioma -dijo el oficial-, es el primero que me encuentro que sabe italiano. Necesitamos intérpretes urgentemente para poder trabajar con el pueblo. Habrá ciertos privilegios. Parece que aquí nadie habla italiano.
– Querrá usted decir que en su regimiento nadie habla griego.
– Está bien, si lo prefiere así… Era sólo una idea.
– Muy amable -dijo el doctor, mordaz-, pero comprenderá que los que sí sabemos italiano lo olvidamos de golpe cuando nos piden que lo hablemos.
El oficial sonrió:
– Es comprensible, dadas las circunstancias. No pretendía ofenderle.
– Está Pasquale Lacerba, el fotógrafo. Es un italiano que vive en Argostolion, pero es posible que él tampoco quiera cooperar. Claro que es demasiado joven y no sabe lo que se hace. En cuanto a mí, soy médico y bastante trabajo tengo como para dedicarme a colaborar.
– Vale la pena probarlo -dijo el oficial de intendencia-; en general no entendemos nada.
– No sabe la suerte que tiene -comentó el doctor Iannis-. ¿Le importa decirme el motivo de su visita?
– Ah -dijo el otro, visiblemente incómodo y consciente de lo engorroso de su situación-, bueno, verá, lamento tener que comunicarle que… nos vemos obligados a alojar a un oficial italiano en esta casa.
– Sólo hay dos habitaciones, la de mi hija y la mía. Lo veo poco factible; además, como se habrá dado cuenta, lo que me pide es un ultraje. Me niego.
El doctor se erizó como un gato enfadado y el oficial se rascó la cabeza con el lápiz. Realmente era un problema que el doctor hablara italiano; en otras casas había eludido este tipo de escenas dejando que los infortunados huéspedes se las arreglaran, mediante gruñidos y gesticulaciones, cuando se presentaban sin previo aviso con sus bolsas y sus chóferes. Los dos hombres se miraron, el doctor con la barbilla en orgulloso ángulo prominente y el italiano buscando la fórmula que indicara a la vez firmeza y apaciguamiento. De pronto, la expresión del doctor se demudó:
– ¿Y dice usted que es oficial de intendencia? -preguntó.
– No, signor dottore, esa conclusión la ha sacado usted por su cuenta. Sí, soy oficial de intendencia. ¿Por qué?
– Entonces tendrá acceso a medicamentos.
– Naturalmente -contestó el oficial-, yo tengo acceso a todo.
Intercambiaron miradas, adivinando el hilo del pensamiento del otro.
– Ando escaso de muchas cosas -dijo el doctor Iannis-, y la guerra ha empeorado aún más la situación.
– Y yo ando escaso de alojamientos…
– Pues trato hecho -dijo el doctor.
– De acuerdo -dijo el oficial-. Cualquier cosa que necesite, mándeme un mensaje con el capitán Corelli. Estoy seguro de que le caerá bien. A propósito, ¿entiende usted algo de callos? Nuestros médicos son unos ineptos.
– Para sus callos necesitaré probablemente morfina, agujas hipodérmicas, pomada de azufre y yodo, neosalvarsán, vendas e hilas, alcohol de 90 grados, ácido salicílico, escalpelos y colodión -respondió el doctor- todo en cantidad suficiente, no sé si me entiende. De momento procúrese unas botas de su número.
Una vez se hubo ido el oficial tras tomar nota detallada del pedido del doctor, Pelagia cogió a su padre del brazo y le preguntó nerviosa:
– Pero papá, ¿dónde va a dormir? ¿Tendré que cocinar para él? ¿Y qué comida le voy a dar? Casi no tenemos nada.
– Dormirá en mi cama -dijo el doctor, sabiendo que Pelagia protestaría.
– Ni hablar, papá, que use la mía. Yo dormiré en la cocina.
– Ya que insistes, koritsimou… Además, piensa en todos los medicamentos que nos reportará. -Se frotó las manos y añadió-. El secreto de la ocupación está en explotar a los explotadores. Y en saber resistir. Creo que a este capitán se lo haremos pasar fatal.
El capitán Corelli llegó al atardecer con su chófer y flamante barítono, el cabo Carlo Piero Guercio. El jeep derrapó y se detuvo provocando nubes de polvo y una alarma alborotada entre las gallinas que escarbaban en el camino; los dos italianos entraron por el patio. Carlo contempló el olivo, maravillándose de su tamaño, y el capitán echó un vistazo alrededor apreciando los signos de una tranquila vida doméstica. Había una cabra atada a un árbol, ropa tendida en una cuerda que iba del árbol a la casa, una reluciente buganvilla y una enredadera, y una mesa vieja sobre la cual descansaba un montoncito de cebolla picada. Había también una joven de ojos oscuros con un pañuelo anudado a la cabeza y en su mano un gran cuchillo de cocina. El capitán cayó de hinojos ante ella y exclamó con dramatismo:
– No me mate, por favor, soy inocente.
– No le haga caso -dijo Carlo-, siempre dice disparates. No puede evitarlo.
Pelagia sonrió contra su voluntad y sus propósitos, y se quedó mirando a Carlo. Era casi tan grande como Velisarios. Dos hombres normales habrían cabido en una pernera de su pantalón, y con el jersey que llevaba, Pelagia habría podido hacerle dos a su padre. El capitán se puso en pie de un salto.
– Soy el capitán Antonio Corelli, pero puede llamarme maestro si lo prefiere, y aquí le presento… -cogió a Carlo por el brazo- a uno de nuestros héroes. Posee un centenar de medallas por salvar vidas, y ninguna por quitarlas.
– No le haga caso -dijo Carlo, sonriendo con timidez. Pelagia miró al gigantesco soldado y supo intuitivamente que, pese a su tamaño, pese a sus descomunales manos que bien podían ajustarse al pescuezo de un buey, era un hombre manso y más bien triste.
– Italiano y valiente: vaya bicho raro -repuso agriamente Pelagia, recordando las instrucciones de su padre sobre mostrarse lo menos amable posible.
– Rescató a un compañero herido en pleno campo de batalla -protestó Corelli-. Todo el ejército le conoce, y además declinó ser ascendido. Es una ambulancia humana. Todo un hombre, sí señor. Tiene una bala griega en la pierna para demostrarlo. Y ésta… -tocó el estuche que llevaba en la mano- es Antonia. Ya haremos las presentaciones formales más adelante. Tiene ganas de conocerla, lo mismo que yo. ¿Puedo preguntarle por qué nombre le conocen los hombres?
Pelagia le miró atentamente por primera vez y se dio cuenta que era el mismo oficial que había ordenado a su pelotón de fanfarrones que desfilaran vista a la izquierda. Se ruborizó. En ese mismo instante Corelli la reconoció y se mordió el labio inferior parodiándose a sí mismo.
– Ah -exclamó, y se dio un cachete en la muñeca. Volvió a caer de hinojos, la cabeza gacha a modo de penitencia, y dijo dulcemente-: Padre, perdóname porque he pecado. Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. -Se golpeó el pecho y se secó una lágrima imaginaria.
Carlo cambió una mirada con Pelagia y se encogió de hombros.
– Siempre está igual -dijo.
El doctor Iannis salió de la casa, vio al capitán de rodillas delante de su hija, se percató de la divertida expresión de ésta y dijo.
– ¿Capitán Corelli? Quiero hablar un momento con usted. Ahora.
Sobresaltado por el tono autoritario del doctor, Corelli se levantó con embarazo y le tendió la mano. El doctor le negó la suya y dijo secamente:
– Quiero una explicación.
– ¿De qué? Yo no he hecho nada. Debe usted disculparme, sólo estaba bromeando con su hija. -Se agitó nervioso, consciente de que tal vez había metido la pata.
– Quiero saber por qué han desfigurado el monumento.
– ¿Qué monumento? Perdone, pero…
– El monumento, el que hay en medio del puente que hizo construir De Bosset. Ha sido mutilado.
Perplejo, el capitán arrugó el entrecejo, pero de pronto su rostro se iluminó:
– Ah, se refiere al de la bahía de Argostolion, ¿no? ¿Por qué, ha pasado algo?
– El obelisco tenía una inscripción que rezaba: «A mayor gloria del pueblo británico.» Me he enterado de que unos soldados suyos han desportillado las letras. ¿Cree que es tan fácil borrar nuestra historia? ¿Son tan estúpidos como para pensar que olvidaremos su contenido? ¿Es así como hacen la guerra, cometiendo actos vandálicos contra monumentos? ¿Qué clase de heroísmo es éste? -La voz del doctor alcanzó nuevas cotas de vehemencia-. ¿A usted le gustaría que desfigurásemos las lápidas del cementerio italiano?
– No he tenido nada que ver con ello, signor. Está usted culpando a quien no debe. Lo lamento, pero… -se encogió de hombros- la decisión no fue mía, y tampoco de los soldados.
El doctor frunció el entrecejo y levantó un dedo, hendiendo el aire:
– Si los subordinados siguieran los dictados de sus conciencias, capitán, no habría guerras ni tiranos.
El capitán miró a Pelagia como esperando su apoyo, y tuvo que soportar la insufrible sensación de haber vuelto de nuevo al colegio.
– He de protestar -dijo débilmente.
– Usted no puede protestar, porque no hay excusa posible. ¿Y por qué, dígame, han prohibido que se enseñe la historia de Grecia en nuestras escuelas? ¿Por qué obligan a todo el mundo a aprender italiano?
Pelagia sonrió para sus adentros; había oídos cientos de veces a su padre divagar sobre la lógica necesidad de implantar la enseñanza obligatoria del italiano en las escuelas.
El capitán sintió ganas de escabullirse como el muchacho al que pillan cogiendo caramelos de la caja reservada para los domingos.
– En el imperio italiano -dijo, notando el sabor amargo de las palabras en su lengua- es lógico que todo el mundo aprenda el italiano… Supongo que ésa es la razón. Pero repito que no soy responsable. -Empezó a sudar. El doctor le fulminó con una mirada que pretendía ser, y fue, asesina.
– Es patético -dijo, y giró sobre sus talones.
Una vez dentro se sentó en su escritorio, muy satisfecho de sí mismo. Se inclinó hacia adelante, importunó a Psipsina haciéndole cosquillas en los bigotes y le dijo con tono confidencial:
– Ya lo tenemos en el bote.
Fuera, en el patio, el capitán Corelli estaba atónito, y Pelagia sintió pena por él.
– Su padre es… -dijo él, pero no encontró la palabra.
– Sí que lo es -confirmó Pelagia.
– ¿Dónde dormiré? -preguntó Corelli, contento de cambiar de tema. Todo su buen humor se había reducido a polvo.
– Dormirá usted en mi cama -dijo Pelagia.
En circunstancias normales Corelli habría preguntado «Ah, ¿es que vamos a compartirla? Qué hospitalaria», pero ahora, después de lo que había dicho el doctor, la información le dejó pasmado:
– De eso nada -repuso enérgicamente-. Esta noche dormiré en el patio y mañana solicitaré otro alojamiento.
Pelagia se sintió turbada por los sentimientos de alarma que crecían en su pecho. ¿Sería posible que algo dentro de ella desease que aquel forastero, aquel intruso, se quedara? Entró en la casa y comunicó a su padre la decisión del italiano.
– No se puede ir -dijo el doctor-. ¿Cómo voy a intimidarle si no está aquí? Además, parece un chico muy agradable.
– Papakis, le has hecho sentirse como una pulga. Casi me da pena, el pobre.
– Sin casi, koritsimou. Lo he notado en tu cara. -Cogió a su hija del brazo y volvió a salir-. Joven -dijo al capitán-, usted se queda, le guste o no. Es muy probable que el oficial de intendencia decida imponernos a alguien aún peor.
– Pero, dottore, la cama de su hija… No sería… sería terrible.
– Ella estará cómoda en la cocina, capitán. Me da igual como se sienta usted, no es mi problema. Yo no soy el agresor. ¿Me explico?
– Sí -contestó el capitán, estupefacto, y sin acabar de entender lo que estaba ocurriendo.
– Kyria Pelagia traerá agua, un poco de café y un poco de mezedakia para comer. Ya comprobará nuestra proverbial hospitalidad. Entre nosotros, capitán, es tradición ser hospitalarios incluso con quienes no se lo merecen. Es una cuestión de honor, palabra que tal vez le suene extraña. Si ese grandullón amigo suyo quiere unirse a nosotros, no hay inconveniente.
Carlo y el capitán aceptaron los minúsculos pasteles de espinacas, los calamares enanos fritos y la col rellena de arroz. El doctor los miraba ceñudo, disfrutando de la exitosa inauguración de su proyecto de resistencia, y los dos militares evitaban sus miradas, comentando con insulsa cortesía la belleza de la noche, el tamaño inverosímil del olivo y las demás trivialidades que se les ocurrían.
Carlo se alegró de poder marcharse de allí, y el capitán fue a sentarse desconsolado en el borde de la cama de Pelagia. Era la hora de cenar, y pese a las tapas el estómago le crujía por la fuerza de la costumbre. Sólo pensar en aquellos manjares maravillosos le provocaba flojera. El doctor entró otra vez y le dijo:
– La solución a su problema es comer mucha cebolla, tomates, perejil, albahaca, orégano y ajo. El ajo hará de antiséptico para las fisuras, y las demás cosas, tomadas todas juntas, ablandarán sus deposiciones. Es muy importante que no haga fuerzas; y si come carne, que sea siempre acompañada de mucho líquido y una guarnición de verduras.
El capitán se quedó mirando cómo salía del cuarto y sintió más humillación de la que jamás había creído posible sentir. ¿Cómo se había enterado aquel viejo de que él tenía hemorroides?
En la cocina, el doctor preguntó a Pelagia si había reparado en que el capitán andaba con mucha precaución y que de vez en cuando esbozaba una mueca de dolor.
Padre e hija se sentaron a comer, haciendo ambos el máximo alboroto con los cubiertos, y aguardaron a estar seguros de que el italiano debía de estar desfalleciente de hambre y sintiéndose como un golfo adolescente al que han mandado al correccional. Después le invitaron a compartir la mesa con ellos. El capitán se sentó y comió en silencio.
– Éste es el típico pastel de carne de la isla -anunció el doctor con tono informativo-, sólo que gracias a los suyos no tiene relleno de carne.
Más tarde, una vez hubo pasado la patrulla, el doctor manifestó su intención de ir a dar un paseo.
– ¿Y el toque de queda? -protestó Corelli, pero el doctor replicó:
– Yo nací aquí, esta es mi isla. -Cogió su sombrero y su pipa y salió con paso majestuoso.
El capitán le dijo inútilmente:
– Déjeme que insista.
Pero el doctor dio prudentemente la vuelta a la casa y aguardó un cuarto de hora sentado en la tapia, escuchando a escondidas la conversación de los dos jóvenes.
Pelagia miró a Corelli, sentado a la mesa, y sintió la necesidad de consolarle:
– ¿Qué es Antonia? -preguntó.
– Mi mandolina -dijo él, evitando mirarla-. Soy músico.
– ¿Músico? ¿En el ejército?
– Cuando me alisté, la vida en el ejército consistía básicamente en cobrar por estar sentado sin hacer nada. Así que tenía mucho tiempo para practicar. Me propuse ser el mejor mandolinista de Italia para así dejar el ejército y ganarme la vida tocando. No quería ser músico callejero, yo quería interpretar Hummel, Conforto y Giuliani. Como no hay mucha demanda, hace falta ser muy bueno.
– ¿Quiere decir que es soldado por error? -preguntó Pelagia, que jamás había oído hablar de aquellos compositores.
– Mi plan fracasó; el Duce tuvo una idea luminosa. -La miró con aire pensativo.
– Cuando acabe la guerra podrá conseguirlo -dijo ella.
Él asintió con la cabeza y sonrió:
– Cuando acabe la guerra.
– Yo quiero ser médico -dijo Pelagia, que nunca se lo había mencionado a su padre.
Aquella noche, mientras se dejaba vencer por el sueño bajo las mantas, Pelagia oyó un grito ahogado, y poco después el capitán apareció en la cocina con los ojos ligeramente desorbitados y una toalla ceñida a la cintura. Ella se incorporó, cubriéndose los pechos con las mantas.
– Usted perdone -dijo él, viendo su alarma-, pero creo que en mi cama hay una comadreja enorme.
– No es una comadreja -rió Pelagia-, es Psipsina. Es nuestra mascota. Siempre duerme en mi cama.
– ¿Qué clase de animal es?
Pelagia no pudo resistir la tentación de poner en práctica la modalidad paterna de resistencia:
– ¿No ha oído hablar de los gatos griegos?
El capitán la miró con suspicacia, se encogió de hombros y volvió a su cuarto. Se acercó a la marta y le acarició la frente con precaución. Era muy suave y reconfortante. «Micino, micino», le dijo en un arrullo lisonjero, y le acarició las orejas. Psipsina olisqueó aquel dedo que se meneaba, no lo reconoció, supuso que era comestible y lo mordió.
El capitán Antonio Corelli apartó instintivamente la mano, contempló cómo manaban de su dedo gotas de sangre y trató de contener las lágrimas vergonzosamente infantiles que afloraron a sus ojos. Intentó mediante un esfuerzo de voluntad eliminar el creciente escozor de la mordedura y tuvo la certeza de que le había atravesado la carne hasta el hueso. Jamás en su vida se había sentido tan poco querido. Malditos griegos: cuando decían «ne» querían decir «sí», cuando asentían con la cabeza era que «no», y cuanto más enfadados estaban más te sonreían. Hasta los gatos eran como de otro planeta, y además no podían tener motivo para tanta malicia.
Se acostó en el frío y duro suelo, y no consiguió dormir, hasta que finalmente Psipsina echó de menos a Pelagia y salió en su busca. Entonces Corelli recuperó la cama y se hundió agradecido en el colchón. «Mmmm», dijo para sí, y comprendió que estaba paladeando el persistente y no del todo extinguido olor de una mujer joven. Pensó un rato en Pelagia, recordando su hoyuelo de carne blanca donde el cuello se convertía en pecho y hombro, y por fin se quedó dormido.
Despertó por la noche con la incómoda sensación de tener el cuello espantosamente caliente y un cosquilleo en el mentón. Al recobrar la conciencia comprendió que el gato griego se le había enroscado al cuello y estaba profundamente dormido. Horrorizado, intentó moverse un poco. El animal rezongó soñoliento.
Permaneció paralizado durante horas, sudando, aguantando aquel picor y aquel calor animal, oyendo los búhos y los atroces ruidos nocturnos. En cierto momento notó que la bestia que llevaba al cuello despedía un olor reconfortante. Era un aroma que combinaba agradablemente con el de Pelagia. Al final le venció el sueño y por una razón u otra soñó con elefantes, baquelita y caballos.