38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 29

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26. CANTOS AFILADOS

Con las primeras luces del día, el capitán Antonio Corelli aguardaba en vano a la entrada del patio que Carlo fuera a recogerle. A éste se le había roto un enganche de la suspensión del jeep, y en aquel momento se dedicaba a dar puntapiés a los neumáticos y a maldecir los profundos baches de la carretera que habían arruinado su pronta salida. Le horrorizaba defraudar al capitán, horror que compartían todos los hombres que estaban a su mando, y su avieso mal humor se exacerbó cuando quiso encender un cigarrillo y la disecada barrita de tabaco, se escabulló de su tubito de papel y ardió insolentemente en el polvo, dejándolo a él con un trozo de papel recalentado que se obstinaba en pegarse a su labio inferior. El cabo se arrancó el papel de fumar y de paso un trocito de piel. Se lamió la herida, se palpó el labio con el dedo y maldijo a los alemanes por haber monopolizado las existencias del mejor tabaco. Un campesino viejo y flaco pasó junto a él montado de lado sobre un asno; al ver el vehículo hundido de lado, sonrió con evidente satisfacción y levantó una mano en señal de indiferente salutación. Carlo apretó los dientes y esbozó una sonrisa. «Me cago en la guerra», exclamó, pues a los griegos les daba igual un saludo que otro. A ese paso aquel día no iba a haber Scala, a menos que el club operístico pudiera organizar por su cuenta el coro de soldados. Carlo abandonó el jeep y echó a andar hacia el pueblo.

Velisarios le adelantó, y los dos hombres se miraron como si se reconocieran. Aunque se había vuelto flaco tras su temporada en el frente, Velisarios seguía siendo el hombre más corpulento del mundo, y Carlo, pese a experiencias similares en el frente contrario, era también el hombre más corpulento del mundo. Ambos titanes se habían acostumbrado a la triste sospecha de que eran monstruos de la naturaleza; ser un superhombre constituía una carga aparentemente imposible de compartir e imposible de explicar a la gente corriente, incrédula por naturaleza.

Ambos se quedaron pasmados, y por un momento olvidaron que eran enemigos.

– Hola -exclamó Velisarios, levantando las manos en gesto amistoso.

Carlo, buscando afanosamente una exclamación que tuviera sentido para un griego, optó inadecuadamente por una solución de compromiso que sonó más o menos a «Ung». Carlo le ofreció uno de sus impresentables cigarrillos, que Velisarios aceptó, y ambos gesticularon y pusieron cara de vinagre al inhalar un humo picante.

– Me cago en la guerra -dijo Carlo a modo de despedida, y los dos siguieron rumbos opuestos.

A un kilómetro de distancia Velisarios encontró el jeep averiado, se paró a reflexionar y fue a buscar a un amigo. Volvió, levantó el jeep de un lado y luego del otro, y su compañero quitó las cuatro ruedas. Después vació de agua el radiador y lo llenó de nuevo con petróleo del bidón que llevaba en la trasera.

Corelli seguía esperando. El doctor pasó por su lado camino de la kapheneia, anticipadamente disgustado por el hecho de que el café que servían últimamente supiera a lodo de río y brea, y cada día fuera más caro.

– Buon giorno -dijo el capitán.

El doctor se dio la vuelta.

– Confío en que habrá dormido mal -dijo.

El capitán sonrió resignado.

– No sé por qué, he soñado con animales de baquelita. Eran como delfines con los cantos afilados, e iban dando saltos. Ha sido muy inquietante. Ah, y su gato me ha mordido.

Le enseñó el dedo al doctor, quien se lo examinó y dijo:

– Está inflamado, probablemente se le infectará. Las martas tienen una mordedura muy mala. Yo de usted, iría a ver a un médico.

Y con estas palabras se alejó, dejando a Corelli repitiendo como un tonto: «¿Martas?» Comprendió que Pelagia sólo le había tomado el pelo, pero curiosamente aquello le hizo sentir como si le hubieran dejado plantado.

Cuando Pelagia salió de la casa encontró al usurpador de su cama lanzando a Lemoni por los aires cogida de las axilas. La niña chillaba y reía, y parecía que se trataba de una clase de italiano. «Bella fanciulla», decía el capitán, y esperaba a que Lemoni repitiera sus palabras. «Bla fanshla», decía ella, y el capitán la lanzaba hacia arriba, exclamando «No, no; bella fanciulla». Corelli hizo amoroso hincapié en la doble ele y levantó una ceja mientras aguardaba el siguiente intento. «Bla flanshla», dijo la niña en son de triunfo, consiguiendo únicamente ser proyectada de nuevo a los cielos.

Pelagia sonreía contemplando la escena, y entonces Lemoni la vio. El capitán siguió la dirección de su mirada y se irguió, un tanto avergonzado.

– Buon giorno, kyria Pelagia. Al parecer mi chófer se está retrasando.

– Qué ha dicho, qué ha dicho -quiso saber Lemoni, cuya fe en la omnisciencia de los adultos era tan grande que no dudó de que Pelagia sabría decírselo.

Pelagia le palmeó la mejilla, le apartó unos mechones de los ojos y respondió:

– Ha dicho «pitusa bonita». Y ahora vete, estoy segura de que alguien te está buscando.

La chiquilla se alejó con sus habituales maneras caprichosas y erráticas, agitando los brazos y gritando rítmicamente: «Bla, bla, bla. Bla, bla, bla.»

Corelli regañó a Pelagia:

– ¿Por qué le ha dicho que se vaya? Lo estábamos pasando muy bien.

– La fraternización con el enemigo es indecente, incluso en los niños -respondió ella.

Corelli miró al suelo y hurgó el polvo con la puntera de su bota. Luego alzó los ojos y dejó escapar un suspiro. Sin mirar a Pelagia, dijo con sinceridad:

– Signorina, en los tiempos que corren todos deberíamos valorar al máximo los placeres inocentes, por pequeños que sean.

Pelagia notó la resignación y el cansancio en su rostro, y sintió vergüenza. En el silencio subsiguiente ambos meditaron sobre su respectiva ruindad. Luego, el capitán dijo:

– Un día me gustaría tener una cría como ésa para mí solo. -Y sin esperar respuesta echó a andar hacia donde pensaba que iba a venir Carlo.

Pelagia le observó alejarse mientras pensaba en sus cosas. La retirada del capitán tenía cierto aire de dolorosa soledad. Entró en la casa, cogió los dos tomos de The Complete and Concise Home Doctor, los abrió encima de la mesa y leyó sin sentimiento de culpa las páginas sobre reproducción, enfermedades venéreas, parto y el escroto. Siguió leyendo al azar sobre cascarilla, saburra lingual, los desarreglos del ano y ansiedad.

Temiendo el regreso de su padre de la kapheneia, devolvió los libros a su estante y empezó a pensar motivos para demorar su ineludible excursión al pozo. Picó unas cebollas para que su padre advirtiera indicios evidentes de alguna actividad, y luego salió con la idea de cepillar a su olvidadiza cabra. Le encontró dos garrapatas y una pequeña inflamación en la piel del anca. Se inquietó pensando en si debía inquietarse por ello y luego pensó en el capitán. Mandras la sorprendió en medio de una ensoñación.

Mandras había saltado de la cama, maldiciendo y completamente curado, el día mismo de la invasión. Fue como si el advenimiento de los italianos fuera tan importante, tan trascendental, que excluyera toda posibilidad de seguir regodeándose en su enfermedad. El doctor había fingido no sorprenderse, pero Drosoula y Pelagia coincidieron en que un mal que podía desaparecer con tan pasmosa facilidad daba que sospechar. Mandras había bajado hasta el mar y nadado con sus delfines como si nunca hubiera salido de la isla. Había vuelto reanimado, resecos de salitre sus cabellos revueltos, iluminado su rostro por una sonrisa, distendidos los músculos del torso, y había subido la loma con un barbo de regalo para Pelagia. Después de verlo acariciarle las orejas a Psipsina y columpiarse brevemente en el olivo, Pelagia pensó que estaba más loco en su nueva cordura que cuando estaba loco. Y ahora, siempre que lo veía, ella se sentía culpable, y además muy incómoda.

Pelagia se sobresaltó al tocarla él en el hombro, y pese al esfuerzo que hizo por exhibir una sonrisa radiante, Mandras no dejó de percatarse de la alarma que centelleaba en su mirada. Él hizo caso omiso, pero después lo recordaría.

– Hola -dijo Mandras-, ¿está tu padre? Todavía me duele el brazo.

Contenta de tener una cosa objetiva en que centrar su atención, Pelagia dijo:

– Deja que te lo mire.

– Esperaba ver al organillero y no al mono -le espetó él.

Mandras había oído esta metáfora en el frente, le había gustado y había esperado mucho tiempo la oportunidad de emplearla. Le parecía muy ingeniosa y, en consecuencia, probablemente fascinante. Él no quería otra cosa que encandilar de nuevo a Pelagia para recuperar el cariño que temía haber perdido para siempre.

Pero Pelagia echó fuego por los ojos, y Mandras se derrumbó:

– No iba en serio -dijo-, sólo era una broma.

Los dos jóvenes se miraron como compartiendo la sensación de que todo había terminado, y entonces Mandras dijo:

– Me marcho con los partisanos.

– Ah -dijo ella.

– No tengo otra salida. -Mandras se encogió de hombros-. Me voy mañana mismo. Iré en mi barca hasta Manolas.

Pelagia se horrorizó.

– ¿Y los submarinos? ¿Y los barcos de guerra? Es una locura.

– Vale la pena correr el riesgo si lo hago de noche. Me guiaré por las estrellas. Pensaba zarpar mañana por la noche.

Hubo un largo silencio.

– No podré escribirte -dijo Pelagia.

– Ya lo sé.

Pelagia entró un momento y volvió a salir con el chaleco que devotamente había tejido y bordado mientras su novio estaba en el frente. Se lo enseñó tímidamente y dijo:

– Te estaba haciendo esto, para bailar en las fiestas. ¿Quieres llevártelo ahora?

Mandras lo cogió y lo examinó. Ladeó la cabeza y dijo:

– No acaba de casar del todo, ¿verdad? Quiero decir, el dibujo no es exactamente igual en los dos lados.

Pelagia sintió una punzada de desengaño que le supo a traición.

– Me he esforzado mucho -exclamó lastimeramente, embargada por la emoción-, pero nunca consigo complacerte.

Mandras se palmeó la frente con el pulpejo de la mano, hizo un visaje en señal de autocrítica y dijo:

– Dios, cuánto lo siento. No pretendía decir lo que he dicho. -Suspiró y meneó la cabeza-. Desde que me fui, mi boca, mi corazón y mi cerebro no parecen ir a la par. Todo está como del revés.

Pelagia recuperó el chaleco y le dijo:

– Procuraré arreglarlo. ¿Qué opina tu madre?

– Esperaba que se lo dijeras tú -Mandras la miró, suplicante-. No podría soportar oírla llorar si se lo digo yo.

Pelagia rió amargamente.

– ¿Tan cobarde eres?

– Con mi madre sí -admitió él-. Por favor, díselo tú.

– Está bien, se lo diré. Ya ha perdido al esposo y ahora pierde al hijo.

– Volveré -dijo él.

Ella meneó lentamente la cabeza y suspiró.

– Prométeme una cosa -pidió, y al asentir él, prosiguió-: Cuando estés a punto de hacer algo horrible, piensa en mí y no lo hagas.

– Soy griego -dijo él lentamente-, no un fascista. Descuida, pensaré en ti a cada momento.

Ella advirtió la emotiva sinceridad de su voz y sintió ganas de llorar. Se abrazaron espontáneamente, más como hermanos que como prometidos, y luego se miraron un rato a los ojos.

– Que Dios te acompañe -dijo Pelagia.

Él sonrió con tristeza.

– Y a ti.

– Te recordaré siempre columpiándote del árbol.

– Y yo cayéndome en la maceta.

Los dos rieron un momento, luego él la miró anhelante por última vez y echó a andar. Anduvo unos pasos, se detuvo, dio la vuelta y dijo dulcemente, con voz entrecortada:

– Te querré siempre.

Bastante más abajo, en el camino, Carlo y el capitán, cubiertos de un polvo beige, inspeccionaban desconsolados su vehículo. No tenía ruedas y el interior estaba repleto de una humeante pila de abono.

Por la noche el capitán reparó en un chaleco exquisitamente bordado que colgaba del respaldo de una silla en la cocina. Lo cogió y lo sostuvo a la luz; el terciopelo era de un bello tono escarlata, y el forro de raso estaba cosido mediante diminutos hilos concienzudos que daban la impresión de haber sido hechos por los dedos de una pequeña sílfide. En hilo amarillo y dorado el capitán vio flores lánguidas, águilas cerniéndose y peces saltarines. Pasó un dedo por el bordado y palpó la densidad de sus dibujos. Cerró los ojos y advirtió que cada figura sintetizaba en relieve las curvas de la criatura representada.

Pelagia le sorprendió al entrar. Sintió una oleada de vergüenza, quizá porque no quería que él supiera para quién había hecho la prenda, o quizá porque era consciente de sus imperfecciones. Él abrió los ojos y le tendió el chaleco.

– Es una maravilla -dijo-. Nunca he visto una cosa tan bonita fuera de un museo. ¿De dónde ha salido?

– Lo hice yo. Y no es tan bonito.

– ¿Que no? -repitió él sin dar crédito a sus oídos-. Es una obra de arte.

Pelagia meneó la cabeza.

– Los dos lados no casan del todo. Se supone que son como imágenes de un espejo, y si se fija bien, este águila está en un ángulo distinto al de su pareja, y esta flor debería ser del mismo tamaño que esta otra pero es más grande.

El capitán chasqueó la lengua en señal de desacuerdo.

– La simetría es sólo una cualidad de las cosas muertas. ¿Alguna vez ha visto un árbol o una montaña que sean simétricos? Eso vale para los edificios, pero si alguna vez encuentra un rostro simétrico, tendrá la sensación de que debería parecerle hermoso, pero de hecho lo encontrará frío y desangelado. El corazón humano necesita cierto desorden en su geometría, kyria Pelagia. Mírese en el espejo, signorina, y verá que una ceja está un poco más alta que la otra, que los párpados del ojo izquierdo tienen una disposición tal que ese ojo está ligeramente más abierto que el derecho. Son cosas que la hacen atractiva y hermosa a la vez, mientras que… de lo contrario, sería como una estatua. La simetría es para Dios, no para nosotros.

Pelagia puso cara de escepticismo y se dispuso impacientemente a rebatir el argumento de que ella era guapa, pero en ese momento se fijó en que la nariz de Corelli no era del todo recta.

– ¿Qué es esto? -preguntó el capitán, señalando un águila-. Bueno, quiero decir, ¿cómo lo ha hecho?

Pelagia señaló con el dedo.

– Esto es fil-tiré, y eso otro festón.

El capitán pudo apreciar la elocuencia de sus dedos y el olor a romero de sus cabellos, pero meneó la cabeza, diciendo:

– Me suena a chino. ¿Me lo vendería? ¿Cuánto quiere por él?

– No está en venta.

– Se lo ruego, kyria Pelagia, le pagaré como prefiera: dracmas, liras, latas de jamón, frascos de aceitunas, tabaco. Usted ponga el precio. Tengo unos cuantos soberanos ingleses.

Pelagia meneó la cabeza; ya no tenía muchos motivos para no vender la prenda, pero el capitán le había hecho sentir suficientemente orgullosa de su obra como para inducirla a conservarla; además, vendérsela precisamente a él habría estado, en un sentido difícil de definir, bastante mal.

– Lo siento mucho -dijo el capitán-, pero eso me recuerda una cosa. ¿Qué debo pagarle de alquiler?

– ¿Alquiler? -preguntó Pelagia, casi muda de asombro.

– ¿Acaso pensaba que iba a vivir aquí de gorra? -El capitán hurgó en un bolsillo y extrajo un buen pedazo de salami, antes de añadir-: He pensado que aceptarían este préstamo del comedor de oficiales. Ya le he dado un rodaja al gato, y me parece que nos hemos hecho amigos.

– Ha convertido usted a Lemoni y a Psipsina en colaboracionistas -observó irónicamente Pelagia-, y en cuanto al alquiler, es mejor que le pregunte a mi padre.

Una semana después, tras haber sido saneado y dotado de ruedas nuevas el jeep voló espectacularmente por los aires cuando iba por las curvas en horquilla de la carretera a Kastro. El conductor era un jovencísimo cabo interino que había sido tenor en la sociedad operística de Corelli y esperaba el final de la guerra para casarse en Palermo con su novia de siempre.

Para entonces Mandras estaba ya en el corazón del Peloponeso, haciendo viudas y reconstruyendo a la Pelagia de sus sueños.