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El doctor se despertó a la hora habitual y se dirigió a la kapheneia sin llamar a Pelagia; sólo la miró, la arropó en sus mantas sobre el piso de la cocina y no tuvo valor para turbar su sueño. Aquello contrariaba su innato sentido de la decencia de levantarse temprano, pero por otro lado ella le ayudaba mucho y empezaba a acusar la extenuación causada por la guerra. Además, estaba encantadora con sus cabellos desordenados sobre la almohada, la frazada subida hasta la nariz y sólo una pequeña oreja al descubierto. El doctor se había quedado observándola mientras notaba cómo surgían en su pecho emociones paternales, y luego había sido incapaz de no inclinarse a mirar si el oído estaba en perfectas condiciones; había una pequeñísima escama de piel suspendida sobre la punta de un pelo finísimo en la unión de la aurícula y el meato auditivo externo, pero la impresión general era de perfecta salud. El doctor sonrió mirando a su hija y luego se sintió mezquino por pensar que un día se haría vieja, se encorvaría y arrugaría, desaparecería su serena belleza como se marchitan las hojas, y nadie sabría que había sido hermosa. Sobrecogido por el carácter precioso de las cosas efímeras, se arrodilló y la besó en la mejilla. Se fue a la kapheneia de un humor trágico que encajaba mal con la serenidad de aquella mañana sin nubes.
El capitán, a quien había despertado el aguijonazo de un hemorroide, fue a la cocina, vio a Pelagia dormida y no supo qué hacer. Le habría gustado prepararse una taza de café y comer una pieza de fruta, pero también a él lo cautivó la apabullante tranquilidad de la muchacha durmiente, y creyó que despertarla con ruido de cacharros habría sido una profanación. Por añadidura, no quería causarle ningún engorro por el hecho de que él fuera en camisa de dormir, y tampoco quería exponerse a que le recordaran la ignominia de haber sacado de su cama a la legítima propietaria de la misma. La miró y experimentó de pronto un intenso impulso de acostarse a su lado -nada habría más natural- pero, en cambio, volvió a su cuarto y sacó a Antonia de su estuche. Se dedicó a practicar digitaciones con la mano izquierda, haciendo sonar las notas el mínimo posible a base de pisar las cuerdas y levantar rápidamente los dedos en vez de utilizar una púa. Cansado de este sistema, cogió una púa y apoyó el canto de la mano derecha en el puente para así apagar las cuerdas y tocar «sordo». Sonaba bastante parecido a un pizzicato de violín, y, procurando concentrarse al máximo, se dispuso a interpretar una rápida y muy difícil pieza de Paganini que consistía básicamente en ese efecto.
A medio camino entre el dormir y el despertar, el lúcido sueño de Pelagia se apropió del ritmo distante de la composición y se ambientó en el día anterior, cuando el capitán había llegado a la casa a lomos de un caballo gris que le había prestado uno de los soldados que hacía la ronda nocturna. Aquel caprichoso animal estaba entrenado para hacer caracolas, y a su propietario le había dado por impresionar a las chicas haciéndolo ejecutar este bonito truco en cuanto divisaba a una. El animal había captado enseguida la idea, y se aprestaba a hacer su numerito espontáneamente siempre que se cruzaba con un ser humano con faldas, pelo largo y ojos luminosos. Todos los soldados sentían envidia de aquel caballo, y su jinete estaba siempre dispuesto a dejárselo a algún oficial en el entendido de que conseguiría ciertas ventajas en las listas de facción. El día en que el capitán Corelli se lo llevó prestado, su jinete iba a ser rebajado a limpiar letrinas.
Tan sólo llegar Corelli a la puerta del patio y levantar Pelagia la vista de la cabra que estaba cepillando, el caballo había aguzado las orejas y ejecutado unas caracolas. El capitán había levantado la gorra, risueño, y Pelagia había experimentado un flechazo de placer como raramente había sentido alguna vez. Fue como el placer que uno siente cuando un bailarín que ha estado lanzando sus piernas a alturas imposibles da un salto mortal hacia atrás, o cuando una manzana cae rodando de un anaquel, le da a una cuchara, la cuchara salta por los aires y aterriza en un tazón, con el cazo hacia abajo. Pelagia había contemplado a Corelli y su caballo exhibicionista y había sonreído y aplaudido mientras el rostro de Corelli se abría en una sonrisa tan amplia como la del chiquillo al que le regalan un balón de fútbol después de años de gimotear e implorar.
En su sueño el caballo caracoleaba al tempo de Paganini y su jinete tenía unas veces la cara de Mandras y otras la del capitán. A ella no le gustó esto, e hizo un esfuerzo mental para reducir las caras a una sola. Ganó Mandras, pero, insatisfecha del resultado, Pelagia la cambió por Corelli. De haber habido alguien en la habitación, la habría visto sonreír en sueños: estaba reviviendo el retintín de los jaeces, el crujir del cuero, el acre y dulce olor del sudor del caballo, su inteligente forma de aguzar los oídos, el minúsculo movimiento lateral de los cascos al posarse en el polvo y las piedras del camino, el tensar y aflojar de los músculos de los cuartos traseros, el gesto magnífico del sonriente soldado al quitarse la gorra.
Sentado en la cama, Corelli se quedó tan absorto en sus ejercicios que olvidó que la muchacha dormía y empezó a imprimir velocidad a su trémolo; le resultaba sumamente fastidioso tener que tocar diariamente quince minutos para conseguir que el trémolo le saliera uniforme y parejo. Inició el ejercicio pulsando mecánicamente con el plectro a media velocidad el primer par de cuerdas agudas.
Pelagia se despertó diez minutos después, abrió los ojos de golpe y se quedó inmóvil por un segundo, preguntándose si aún estaba dormida. De algún lugar de la casa le llegaba un sonido maravilloso, como si un zorzal hubiera adaptado su canto a los gustos humanos y estuviera abriendo su pecho en una rama junto al alféizar. Un haz de luz entraba por la ventana, y Pelagia comprendió, por el calor que hacía, que había dormido más de la cuenta. Se incorporó con las manos en torno a las rodillas y escuchó. Luego cogió la ropa que había dejado junto al jergón y fue a vestirse al cuarto de su padre, absorta aún en los trinos de la mandolina.
Corelli oyó el ruido metálico de una cuchara en una cacerola, adivinó que ella se había levantado al fin y, sin soltar la mandolina, entró en la cocina.
– ¿Un poco de agua sucia? -preguntó ella ofreciéndole una taza del amargo líquido que en aquellos días pasaba por café.
Él sonrió y aceptó la taza, dándose cuenta de que aún le dolían las posaderas de montar a caballo y de que todavía daba gracias de no haberse caído de su montura; de poco le había ido cuando el caballo se había puesto a hacer cabriolas. Le dolían los muslos y le costaba andar, así que se sentó.
– Eso era muy bonito -comentó Pelagia.
El capitán miró su mandolina como culpándola de algo.
– Sólo estaba practicando escalas con trémolo.
– Bueno -replicó ella-, aún así me gustaba. Me ha hecho más fácil el despertar.
– Lamento haberla despertado -dijo él, afligido-. No era mi intención.
– Es muy bonito -repuso Pelagia, señalando al instrumento con la cuchara-, tiene unos adornos preciosos. ¿Todo eso sirve para mejorar el sonido?
– Lo dudo -dijo el capitán, dándole vueltas entre las manos.
Hasta él había olvidado que era un instrumento exquisito. El aro de la caja de resonancia estaba ribeteado de trapecios de un nácar reluciente e iba provisto de un golpeador negro en forma de clemátide con incrustaciones de capullos multicolores que eran ni más ni menos el resultado de la imaginación exuberante de un artesano. El diapasón de ébano estaba marcado en los trastes quinto, séptimo y duodécimo con unos puntos de marfil, y la parte redondeada del mástil estaba compuesta por unas tiras de arce tupido rematadas en punta y separadas hábilmente por delgados filetes de palisandro. Las clavijas tenían un acabado similar al de las antiguas liras y, según pudo observar Pelagia, las propias cuerdas estaban decoradas con bolitas de borra de brillantes colores a la altura del cordal.
– Supongo que no querrá que la toque -dijo ella.
Él estrechó la mandolina contra el pecho.
– A mi madre se le cayó una vez y por un momento creí que la mataba. Además, hay gente que tiene los dedos grasientos.
Pelagia se sintió ofendida:
– Yo no los tengo grasientos.
El capitán reparó en su expresión apenada y aclaró:
– Todo el mundo tiene grasa en los dedos. Hay que lavarse y secarse las manos antes de tocar las cuerdas.
– Me gustan esas bolitas de borra -dijo ella.
– Son una tontería -sonrió Corelli-. Ni siquiera sé para qué sirven. Es la tradición.
Ella se sentó en una banqueta delante de él y preguntó:
– ¿Por qué toca la mandolina?
– Menuda pregunta. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Se refiere a cómo empecé a tocar?
Pelagia se encogió de hombros y él prosiguió:
– Yo tocaba el violín. Muchos violinistas tocan la mandolina porque se afina igual que el violín. -Pasó una uña por las cuerdas a fin de ilustrar sus palabras, cosa que Pelagia, para simplificar, fingió comprender-. Se puede tocar música para violín en un instrumento de éstos, pero hay que emplear el trémolo donde en el violín sonaría una nota larga. -A modo de ilustración de este segundo punto ejecutó un rápido trémolo-. Pero al final dejé el violín porque pese a mis esfuerzos siempre sonaba a maullido de gato. Alzaba la vista y el patio se llenaba de gatos, todos maullando. No, en serio, era incluso peor, y los vecinos no hacían más que quejarse. Un día mi tío me regaló esta mandolina, Antonia, que ya había pertenecido a un tío suyo, y descubrí que con trastes en el diapasón podía ser un buen músico. Y aquí me tienes.
Pelagia sonrió:
– O sea que a los gatos les gusta la mandolina.
– Es un hecho poco conocido -dijo él con tono confidencial-. Claro que a los gatos les gusta todo lo que tenga tesitura de soprano. Si es de contralto ya no les gusta, así que cuando oyen tocar una guitarra o una viola salen corriendo con la cola levantada. Pero la mandolina sí les gusta.
– Así que los gatos y los vecinos se alegraron del cambio, ¿no?
Él asintió alegremente con la cabeza y continuó:
– Y otra cosa. La gente no sabe que muchos grandes autores han escrito obras para mandolina. No sólo Vivaldi y Hummel, sino también Beethoven.
– Beethoven también -repitió Pelagia. Era uno de aquellos míticos, misteriosos e imponentes nombres que implicaban el súmmum en cuanto a realización humana, un nombre que de hecho no le decía absolutamente nada, puesto que ella nunca había oído, que supiera, nada de Beethoven. Únicamente sabía que era el nombre de un genio omnipotente.
– Cuando termine la guerra -dijo Corelli-, pienso convertirme en concertista profesional, y algún día voy a escribir un estupendo concierto en tres movimientos para mandolina y orquesta de cámara.
– Entonces será rico y famoso, ¿verdad? -bromeó ella.
– Pobre pero feliz. Tendría que buscarme un empleo complementario. ¿Cuál es su sueño? Dijo que quería ser médico.
Pelagia se encogió de hombros, forzando en sus labios una expresión resignada y escéptica.
– No lo sé -dijo al fin-. Bueno, sé que quiero hacer algo, pero no qué. A las mujeres no las dejan ser médicos, ¿verdad?
– Pero puede tener bambinos. Todos deberíamos tener bambinos. Yo pienso tener treinta o cuarenta.
– Pobre de su mujer -repuso Pelagia.
– No tengo mujer, así que los adoptaré.
– Si trabajara de maestro podría estar con niños de día y tener tiempo para tocar por la noche. ¿Por qué no toca algo?
– Dios mío, siempre que me piden que toque me olvido de las piezas que sé, y no me queda más remedio que poner la partitura delante. Es una lata. Ya sé, le tocaré una polca. Es de Persichini. -Cogió la mandolina y tocó dos notas. Se detuvo para hacer una aclaración-: Se me resbala. Es lo que pasa con estas napolitanas que tienen la parte de atrás redondeada. Siempre pienso que debería buscarme una portuguesa, son planas por detrás, pero ¿dónde encuentras una en tiempos de guerra?
Acompañó esta retórica pregunta repitiendo las dos notas de antes, en ritardando, luego tocó cuatro acordes de corchea, a continuación un compás que desbarató toda expectativa al introducir una pausa y un par de semicorcheas, y brevemente se lanzó a una cascada de semicorcheas que dejaron boquiabierta a Pelagia. Ella nunca había oído semejante virtuosismo, y tampoco había conocido una composición musical tan llena de sorpresas. Había vertiginosos trémolos al principio de cada compás, y lugares en que la música vacilaba sin llegar a perder el tempo, o mantenía la misma velocidad pese a parecer que la doblaba o la reducía a la mitad. Lo mejor eran los momentos en que una nota sobreaguda apenas verosímil descendía a un ritmo estimulante por toda la escala e iba a parar a una resonante nota grave que, sin haber tenido apenas tiempo de vibrar, daba paso a una agradable alternancia de graves y agudos. Sintió deseos de bailar o de hacer alguna tontería.
Siguió contemplando maravillada cómo los dedos de la mano izquierda reptaban como una poderosa y amenazante araña arriba y abajo del mástil. Vio cómo los tendones se movían bajo la piel, y luego vio sucederse en el rostro de Corelli una sinfonía de expresiones: seriedad, furia, alguna que otra sonrisa, un aire severo o dictatorial que se volvía persuasivo o dulce. Totalmente pasmada, de pronto comprendió que la música tenía algo que jamás le había sido revelado: no era la simple producción de un sonido agradable; era para quienes la entendían, una odisea emocional e intelectual. Observó la cara del capitán y se olvidó de seguir prestando atención a las notas; quería compartir aquel viaje. Se inclinó hacia adelante y juntó las manos en actitud de oración.
Él repitió la primera parte y concluyó súbitamente con un sonoro acorde que inmediatamente amortiguó dejando a Pelagia privada de algo.
– Ya está -dijo él, enjugándose la frente con la manga.
Pelagia estaba excitada, sentía ganas de saltar y hacer una pirueta. En cambio, dijo:
– Lo que no entiendo es cómo un artista como usted se rebaja a ser soldado.
– No se haga ideas absurdas de los soldados -dijo él, ceñudo-. Todo soldado tiene una madre, sabe, y la mayoría de nosotros acaba siendo granjero o pescador, como todo el mundo.
– Quiero decir que para usted es una pérdida de tiempo, nada más.
– Pues claro que es una pérdida de tiempo. -Se levantó y consultó su reloj-. Carlo ya debería haber llegado. Voy a guardar a Antonia. -La miró, enarcando una ceja-. A propósito, signorina, no he podido evitar ver que lleva una Derringer en el bolsillo.
Pelagia se quedó helada. Pero el capitán prosiguió:
– Entiendo que quiera usted llevar un arma, y de hecho yo no se la he visto. Pero dése cuenta de lo que podría pasar si la ve otra persona. Sobre todo un alemán. Procure ser más discreta.
Ella le miró implorándole con los ojos y él sonrió, le tocó un hombro, se dio unos toquecitos con el índice a un lado de la nariz y guiñó un ojo.
Cuando él se hubo ido, a Pelagia se le ocurrió que a esas alturas podrían haber envenenado al capitán un centenar de veces si hubieran querido. Podrían haber extraído acónito, podrían haber conseguido cicuta, o provocarle un paro cardíaco con digital, y las autoridades jamás habrían sabido la causa de su muerte. Deslizó la mano en el bolsillo del delantal y pasó el dedo por el gatillo con ese movimiento familiar que había ensayado tanto. Sopesó el arma. Estaba bien que el capitán le hubiera hecho saber que respetaba su necesidad de protegerse, de sentirse segura y provocadora por el hecho de poseer un arma de fuego. Además, nadie envenena a un músico, ni siquiera si es italiano; habría sido tan abominable como manchar de excrementos la tumba de un sacerdote.
Esa noche fue el propio doctor quien exigió un concierto. Pelagia y él ocuparon posiciones en el patio mientras el capitán desplegaba sobre la mesa una hoja de papel pautado. La iluminaron e impidieron fuera llevada por la brisa colocando un farol sobre el borde superior. Con toda solemnidad el capitán se sentó y empezó a tocar el golpeador con el plectro.
El doctor enarcó las cejas, perplejo. Aquellos golpecitos no parecían terminar nunca. Puede que el capitán estuviera buscando el ritmo adecuado, puede que se tratara de una de aquellas piezas minimalistas de las que había oído hablar, todo a base de graznidos y chirridos sin ninguna melodía, o puede que fuera la introducción. Miró a Pelagia, que captó su mirada y levantó las manos en señal de no entender nada. Los golpecitos siguieron. El doctor escudriñó la cara del capitán, que parecía totalmente absorto. En situaciones artísticas impenetrables como aquélla, al doctor empezaba a picarle inevitablemente el trasero. Se rebulló en su silla y acabó perdiendo la paciencia:
– Oiga, joven, ¿qué diablos está haciendo? Por lo que me había dicho mi hija, yo esperaba una cosa muy distinta.
– Maldita sea -exclamó el capitán, aniquilada totalmente su concentración-. Estaba a punto de empezar.
– Hombre, ya era hora. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿No será una tontería moderna titulada «Dos botas, una zanahoria y una ramera muerta»?
Corelli se sintió ofendido y habló con tono altivo y desdeñoso:
– Estoy interpretando un concierto para mandolina de Hummel. Los primeros cuarenta y cinco compases y medio son para la orquesta, allegro moderato e grazioso. Han de imaginarse la orquesta. Ahora tendré que empezar desde arriba.
El doctor lo fulminó con la mirada:
– Que me cuelguen si voy a pasarme el rato oyendo golpecitos, y que me cuelguen si puedo imaginarme toda una orquesta. Toque su parte y nada más.
El capitán le devolvió la mirada, trasluciendo su convicción de que el doctor era un patán.
– Si lo hago así -dijo-, acabaré no sabiendo en qué momento debo entrar, y eso en una sala de conciertos sería una catástrofe.
El doctor se puso en pie y con un ademán del brazo abarcó el olivo, la cabra, la casa y el cielo nocturno.
– Damas y caballeros -exclamó-. Pido disculpas por haber interrumpido el concierto. -Se volvió hacia Corelli-. ¿Esto es una sala de conciertos? ¿Hay aquí alguna orquesta? ¿Acaso veo algún trombón, algún pequeño e insignificante violín? ¿Dónde, dígame, está el director y dónde la familia real con su cargamento de alhajas?
El capitán suspiró resignado, Pelagia le miró con compasión y el doctor añadió:
– Ah, otra cosa. Mientras usted daba golpecitos imaginándose una orquesta nos ha enseñado un muestrario de expresiones estúpidas. Así pues, ¿cómo quiere que nos concentremos?