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Una bonita mañana durante el inicio de la ocupación, el capitán Antonio Corelli despertó como de costumbre sintiéndose culpable. Era algo que le afectaba cada mañana dejándole un sabor a mantequilla rancia en la boca, y se debía al hecho de saber que dormía en una cama ajena. Día a día veía bajar el trinquete de su amor propio a medida que bregaba con la idea de haber desplazado a Pelagia y que ella durmiese, envuelta en unas mantas, sobre las frías losas de la cocina. Cierto que Psipsina solía ir con su ama cuando arreciaba el frío, y también que él le había llevado dos petates del ejército para que los usara a modo de colchón, pero aun así se sentía indigno y se preguntaba si ella lo miraría siempre como a un apestado. Le preocupaba también que Pelagia tuviera que levantarse muy temprano para recoger su cama y estar presentable cuando él entrara en la cocina. Solía encontrarla bostezando, resiguiendo con el dedo el complicado inglés de la enciclopedia médica, o bien trabajando rencorosamente en una colcha de ganchillo que nunca parecía aumentar. Todos los días él se tocaba la gorra y le decía «Buon giorno, kyria Pelagia», y todos los días encontraba ridículo saber decir «señorita» en griego pero no «buenos días», lo que le impedía decírselo al pasar por su lado camino de donde Carlo le esperaba en el jeep. El capitán pidió consejo al doctor Iannis.
El hombre estaba muy irritable por la sencilla razón de que aquella mañana en concreto le había parecido bien estar irritable. Su trato con el obeso oficial de intendencia le había facilitado mucho la práctica de su profesión, incluso más que en tiempos de paz, y dado que él era un hipocondríaco declarado, el doctor le había visto lo bastante a menudo como para asegurarse un flujo continuo de existencias básicas. Curiosamente, cuando por fin tenía material de sobra para ir tirando, los isleños dejaron de ponerse enfermos. El aplazamiento colectivo de toda enfermedad en época de privaciones era un fenómeno del que tenía noticia pero que jamás había presenciado, y cada vez que llegaba a sus oídos alguna victoria aliada se preocupaba por el inevitable diluvio de enfermedades que traería consigo la liberación. Había empezado a tomarla con los italianos, culpándolos de reducir su utilidad como médico, y fue tal vez por esta razón que le dijo a Corelli que «buenos días» en griego era «ai gamisou».
– Ai gamisou -repitió tres o cuatro veces el capitán, y luego dijo-: Ahora ya puedo darle los buenos días a Pelagia.
El doctor dio un respingo y pensó con rapidez.
– Oh, no -dijo-, no le diga eso a kyria Pelagia. Para una mujer que vive en la misma casa utilizamos «kalimera». Es una de esas extrañas reglas que tienen algunos idiomas.
– Kalimera -repitió el capitán.
– Y si le saluda alguien -continuó el doctor-, usted diga «puttanas yie».
– Puttanas yie -practicó el capitán. Y luego, muy ufano, dijo-: Kalimera, kyria Pelagia.
– Kalimera -respondió Pelagia, dando puntadas a su fútil labor. Corelli esperaba que se sorprendiera o le dedicara una sonrisa, pero ella no reaccionó. El capitán se fue decepcionado, y sólo después, Pelagia sonrió.
Corelli vio que Carlo aún no se había presentado, así que ensayó su nuevo saludo con los lugareños.
– Ai gamisou -dijo alegremente a Kokolios, quien le miró con odio, frunció el entrecejo con cara de pocos amigos y escupió al suelo.
– Ai gamisou -dijo a Velisarios, quien le replicó con un torrente de invectivas que el capitán afortunadamente no acertó a comprender. Si se salvó de que el colérico gigante le cruzase la cara fue porque le ofreció un cigarrillo. «Quizá será mejor que no hable con griegos», pensó.
– Ai gamisou -le dijo a Stamatis, el cual había conseguido salir airoso de sus problemas conyugales ensayando el pretexto de que su sordera era recurrente.
– Puttanas yie -murmuró el viejo al pasar.
Aquella noche en Argostolion el capitán probó su nuevo saludo con Pasquale Lacerba, el desgarbado fotógrafo italiano al que habían forzado a trabajar de intérprete y, después de varios malentendidos, descubrió azorado que el doctor le había informado mal. Acabó sentado en un café próximo al ayuntamiento, más infeliz que enfadado. ¿Por qué había hecho eso el doctor? Él creía que entre los dos existía cierto respeto mutuo, y sin embargo le había enseñado a decir «A tomar por el culo» e «Hijo de puta», y él había estado haciendo el imbécil todo el día, tocándose la gorra y diciendo aquellas cosas horribles. Santo Dios, si hasta se lo había dicho al cura, y a una chiquilla de cara sucia pero conmovedoramente inocente.