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Una de las muchas curiosidades de las viejas clases dirigentes británicas era que siempre sabían lo que iba mal en su país, pero nunca le ponían remedio. En cambio, aplicaban la lección aprendida a sus posesiones en el extranjero. Así, en su Tratado sobre el gobierno civil de 1781, el filósofo Josiah Tucker observaba que Londres tenía una desmesurada representación en el parlamento y disfrutaba injustamente de unas ventajas que debían ser comunes a todos. Pero escribió algo más importante aún:
«Por otra parte, todas las Ciudades superpobladas son formidables en otro Sentido, y no deberían por tanto ser fomentadas por nuevos Privilegios, para crecer más peligrosas todavía; pues ellas son, y serán, el Foco de la Facción y la Sedición, la Cuna de la Anarquía y la Confusión. En toda gran Metrópoli, un líder osado y temerario, a la Cabeza de una Turba numerosa, es terrible para la Paz Social incluso en los Gobiernos más despóticos…
»Ahora bien, si un hombre tiene un mínimo sentido de la Rectitud y la buena Moral, o le queda una Chispa de Bondad y Humanidad, no puede desear que la gente caiga en la tentación de acudir a las grandes Ciudades. Son lugares que se han convertido ya en la ruina del género humano en todos los Sentidos, en su Salud, su Fortuna, su Moral, su Religión, etc., etc., etc. Y puede constatarse concretamente en Londres que si no fuera por los nuevos suministros humanos, tanto Hombres como Mujeres, que produce el País para suplir la Devastación causada por el Vicio, la Intemperancia, los Burdeles y la horca, toda la Especie Humana de dicha Ciudad no tardaría en extinguirse, pues el Número de Muertes excede al de Nacimientos en al menos 7.000 cada Año.»
Los filósofos que tienen una sola hipótesis y la plantean mediante bárbaros neologismos en treinta tomos sucesivos tienen el futuro asegurado en las universidades, pero el desdichado Josiah Tucker, tan influyente en su día, ha sido relegado al olvido en los departamentos de filosofía por ser insuficientemente oscuro, no plantear teorías lo bastante demenciales y basar sus pensamientos en ejemplos concretos. Gran Bretaña, en lugar de trasladar su capital a York, como habría sido sensato, permitió que Londres se convirtiera finalmente en el peor centro de corrupción en la historia del mundo moderno. Pero en Cefalonia las autoridades británicas vieron que Argostolion estaba creciendo demasiado, le hicieron caso a Tucker y emprendieron la construcción de la deliciosa ciudad de Lixouri.
Había en Lixouri un ágora espaciosa bordeada de árboles y un magnífico palacio de justicia con su mercado debajo, aglutinando así las ventajas afines de la justicia, el comercio y una agradable pantalla contra las andanadas del sol y la lluvia. Hasta la fecha Lixouri y Argostolion han venido considerándose mutuamente aberrantes y excéntricas y compitiendo tenazmente en danza, música, comercio y orgullo cívico, pero en 1941 dos potencias extranjeras parasitarias impusieron una nueva y siniestra forma de rivalidad. Los italianos guarnecieron Argostolion, y los alemanes Lixouri.
El destacamento alemán era pequeño y modesto; es indudable que si estaba allí era sólo porque los nazis sabían perfectamente que los italianos no eran de fiar y querían tenerlos vigilados. Es cierto que Hitler describió una vez a Mussolini como «el gran hombre del otro lado de los Alpes», pero a estas alturas sabía también que el Duce y sus secuaces eran los únicos fascistas auténticos que quedaban en Italia. Sabía que sus generales eran gente anticuada y carente de inspiración, había visto por sí mismo que los soldados italianos eran indisciplinados, díscolos y con ideas propias, y se había asegurado de que en el norte de África los mantuvieran apartados de la primera línea en los enfrentamientos importantes. Igual que Dios poniendo el arco iris en el cielo para recordar a los israelitas quién era el jefe, Hitler envió a Lixouri tres mil granaderos del 996.° Regimiento a las órdenes del coronel Barge.
A nadie le caían bien, pese a que las relaciones entre italianos y alemanes eran superficialmente amistosas. Los germanos consideraban a los italianos negroides de raza inferior, y los italianos estaban perplejos por el culto nazi a la muerte. Los cinturones y los uniformes tétricamente adornados con calaveras les parecían un detalle patológico, igual que su férrea disciplina, la irritante e irracional uniformidad de puntos de vista y de conversación, y su incomprensible pasión por la hegemonía. Los italianos, con su inveterada costumbre de rodearse mutuamente los hombros con el brazo, no se sentían inclinados a ello cuando estaban en compañía de alemanes, como si temiesen recibir una descarga eléctrica, como si su brazo pudiera convertirse en hielo o perderse en el vacío. Por las noches se oía cantar Lili Marlene en los comedores, la charla festiva, las carcajadas, el jolgorio, pero aquél era un mundo muy privado. Durante el día los alemanes se mostraban serios, no captaban ironías y eran brutal y gélidamente eficientes en su trato con la población local. El capitán Corelli hizo amistad con uno de ellos, un chico que hablaba un poco de italiano, y descubrió que sólo se convertía en un ser humano cuando se despojaba del uniforme, se ponía su bañador y chapoteaba en el mar.
Günter Weber ansiaba tener el pelo rubio, y por esa razón frecuentaba las soleadas playas cuando estaba libre de servicio, con la esperanza de que el sol le aclarase el pelo. Pero no había manera de transformar el color castaño de sus ojos en un azul ario libre de toda sospecha. Fue en la playa de Lepada donde trabó conocimiento con el hombre que se convirtió en amigo suyo y al que estaba destinado a traicionar con un beso de judas consistente en un torbellino de balas que acribillarían los cuerpos de compañeros a los que había llegado a querer.
La bahía de Lepada se encuentra en las cercanías de Lixouri, debajo del monasterio donde Anthimos Kourouklis habló con Dios, y está dominada por las ruinas de la ciudad corintia de Pale, donde en la época clásica floreció un inocente culto a Perséfone. La playa describe una elegante curva, en uno de cuyos extremos hay una roca estriada con toda la apariencia de un galeón escorado en pleno naufragio. Es una piedra diseñada por la naturaleza para tostarse al sol o para contemplar desde un saliente el mar desmelenado y los cientos de pececillos que pasan raudamente entre las algas.
Sentado en el castillo de popa de aquel petrificado buque se hallaba Günter Weber cuando oyó llegar el camión italiano más allá del margen formado por la espesura y arrojar su cargamento de cantantes y prostitutas.
Hubiérase dicho que eran prostitutas recién importadas del norte de África, de no ser por la absoluta inexactitud que esta imagen podría suscitar. Tras haber sido devoradas por los insectos y arrasadas por el insoportable calor seco del grisáceo desierto, aquel grupo de rancias pero afables fulanas habían llegado recientemente a su nuevo paraíso insular y aún no se lo acababan de creer. Breves los vestidos, recubierta la cara de polvos y pintalabios rojos, formando con sus labios una caricatura del arco de Cupido, adoraban el modo en que los viejos campesinos se quedaban boquiabiertos cuando ellas pasaban contoneándose con sus sombrillas. Adoraban el sabor fresco del agua, el sedoso tacto del mar cuando nadaban desvergonzadamente desnudas, el milagro del sol curándoles las manchas de la piel, y el sociable letargo de sus momentos de ocio en el burdel militar, cuando recostadas y pintándose las uñas se quejaban de los hombres en general y en particular. Pero lo que más adoraban era coger alguna enfermedad que obligara a los médicos militares a ordenarles períodos de recuperación que podían significar varias semanas seguidas sin trabajar; una pausa en la rutina de levantarse temprano para ser transportadas como ganado de una base a otra para acabar haciendo vigorosos ejercicios gimnásticos acompañados del eterno repertorio de gemidos. Su existencia se reducía a la fricción (así de suave tenían la piel) y a una infinitud de techos.
Como el joven granadero alemán, las putas también querían ser rubias, pero conseguían a base de litros de agua oxigenada el objetivo que él perseguía por medio del sol. Ese poco de raíz morena en la separación de sus frágiles y castigados cabellos les daba un aire decepcionado y decepcionante, como si en última instancia les hubiera faltado ese impulso que podría haber consumado la ilusión del artificio, como le ocurre al artista genial pero falto de motivación.
La belleza de aquellas hastiadas aunque heliotrópicas flores era totalmente autogenerada y autoperpetuada. Su finísima pátina de juventud y encanto parecía relucir en ellas como el vago glamour de una incierta fascinación, pero en realidad era fruto de sus propios esfuerzos, esfuerzos hechos a conciencia, más por perseverancia que por esperanza. Era la suya una vanidad en la que pugnaban por creer. El cumplido ejercicio de su profesión mantenía sus cuerpos esbeltos y ágiles, pero tenían arrugas inerradicables en el rabillo de los ojos, pequeñas bolsas bajo los pechos que casi inadvertidamente empezaban a convertirse en pechos caídos. Sus dientes eran blancos y limpios, pero sus sonrisas eran maquinales aun siendo sinceras. Llevaban las piernas y las axilas afeitadas, olían a invernadero repleto de jacintos y se recortaban el vello púbico con tal religiosidad que los soldados que gustaban de hundirse y hocicar en un buen embozo, abundante y sin adulterar, salían de allí desinflados y más o menos estafados, como si no hubiera habido penetración. El capitán Corelli y su club de ópera solían llevar a la playa en camión a aquellas lustrosas mujeres, porque él pensaba que eso les levantaría el ánimo. Muy versadas en la diversidad de la idiosincrasia masculina, las putas acudían porque la vida siempre les había empujado de acá para allá como a algas arrastradas por la marea, y los hombres eran los peces que pasaban por allí y se las comían..
Günter Weber observaba desde su roca cómo los soldados italianos descorchaban botellas de vino y agitaban los brazos y cantaban. Las desnudas ninfas se separaban y se metían a toda prisa en el agua, chillando y mojándose unas a otras. Weber sonrió con superioridad mientras pensaba que los italianos estaban locos. Tanto en el comedor de oficiales como en el conjunto de la nación de los pueblos germánicos unificados, todos coincidían en afirmar que los italianos eran como niños a los que cuando termina la fiesta se envía a casa con un globo en una mano y un pegajoso caramelo en la otra. Podían quedarse con Albania y con todo aquello que el Führer considerase que no valía la pena conquistar.
Weber tenía veintidós años y nunca había visto una mujer desnuda; no era como aquellos obcecados y compulsivos violadores rituales que se encontraban entre los croatas y checos alemanes alistados, y en cualquier caso el estupro militar no requería quitarle la ropa a la mujer; su brutalidad era rutinaria, su conclusión el asesinato. Weber todavía era virgen (su padre era pastor luterano), y se había criado en los montes de Austria, por lo que era capaz de odiar a judíos y gitanos por igual sólo porque nunca había visto a ninguno. Se acercó fingiendo dar un paseo al grupo de italianos, motivado por el desesperado deseo, disfrazado de despreocupación, de ver a una mujer desnuda.
Corelli miró aquella cara franca y juvenil, y le gustó. Era ingenua y cordial.
– Heil Hitler -dijo Weber, tendiendo la mano.
– Heil Puccini -contestó Corelli, ofreciendo la suya.
– Soy el teniente Günter Weber, de granaderos. He visto la fiesta y he pensado venir a presentarme.
– Ah -dijo Carlo, guiñándole un ojo-, quería echar un vistazo a las mujeres.
– No se trata de eso -repuso Weber con sequedad-. Lógicamente, no es la primera vez que uno ve estas cosas…
– Yo me llamo Antonio Corelli -dijo el capitán-, y lógicamente uno nunca se cansa de ver estas cosas.
– Desde luego -mintió Carlo, a quien la presencia de las mujeres ocasionaba una profunda incomodidad de espíritu. Se acordaba aún de Francesco y se aferraba a su nueva lealtad para con el capitán, seguro de que con este sería el cariño lo que al final constituiría la recompensa. Con Francesco nunca había estado seguro de ello, por más que Francesco había estado casado y había expresado con vehemencia su aversión por los homosexuales. Carlo se alegraba de que Corelli no fuera aficionado a los burdeles ni le hubiera forzado, como otros, a visitarlo. Carlo se dio cuenta de que Corelli se había encaprichado de Pelagia antes incluso de que éste se diera cuenta, y eso, sumado a su amor a la música y a su adoración por los niños y por su mandolina, era ya promiscuidad suficiente para un solo hombre.
– ¿No será usted descendiente del gran compositor? -preguntó Corelli.
– He dicho Weber -replicó el alemán-, no Wagner.
– Wagner no es un gran compositor -rió el capitán-. Es demasiado ampuloso, demasiado enfático, solemne y arrogante. No, yo me refiero a Carl Maria von Weber, el que escribió Der Freiscbütz, y los conciertos para clarinete, y la Sinfonía en Do mayor.
Weber se encogió de hombros:
– Lo siento, nunca he oído hablar de él.
– Se supone que usted debería preguntarme si soy descendiente del gran compositor -dijo Corelli, sonriendo anticipadamente. Weber volvió a encogerse de hombros y el capitán le echó un cable-: Antonio Corelli, el de los Concerti Grossi. ¿No es aficionado a la música?
– Pues no, a mí me gusta… -El teniente hizo una pausa, incapaz de pensar en algo que le gustara-. No me ha dicho usted su graduación.
– Yo soy la breve, Carlo es la semibreve, él es la negra, él la corchea, ese muchacho que está en el agua es una semicorchea y el pequeño Piero aquí presente es una fusa. En el club de ópera tenemos nuestro propio sistema jerárquico, pero por lo demás soy capitán. Treinta y tres Regimiento de Artillería. Adelante, únase a nosotros, tenemos mucho vino. Las chicas están libres de servicio, pero estoy seguro de que ustedes ya tienen las suyas. Por cierto, habla un italiano excelente.
Günter Weber se aposentó en la arena, cauteloso ante todos aquellos joviales extranjeros de tez morena, y replicó:
– Soy del Tirol. Allí se habla mucho el italiano.
– Entonces ¿no es alemán?
– Claro que soy alemán.
Corelli puso cara de asombro:
– Yo creía que el Tirol estaba en Austria.
Weber notó que empezaba a perder la paciencia; ya era bastante problema tener que oír reparos a la reputación de Wagner, uno de los más grandes protofascistas.
– Nuestro Führer es austriaco -dijo-, y a nadie se le ocurre decir que no es alemán. Yo soy alemán.
Hubo un silencio incómodo, que Corelli rompió pasándole al otro una botella de vino.
– Beba y alégrese, hombre -dijo.
Günter Weber bebió y se alegró. El vino, el sol resplandeciente y el mitigante bálsamo de la brisa marina, el olor a áloe, los vigorosos cánticos, el código morse de la luz virginal persiguiendo el movimiento perpetuo de las aguas, todo ello conspiraba para ablandar la dura corteza de su corazón.
Permitió que Adriana disparase con su Luger, se quedó dormido, fue arrojado de las rocas al mar, se regodeó en la contemplación de las chicas desnudas, a las que les encantó su bronceado y su pelo rubio, y fue devuelto aquella noche a la base con el uniforme lleno de arena y convertido en miembro del club de ópera tras haber superado la iniciación consistente en convenir, entre copa y copa, en que si alguna vez expresaba admiración por Wagner sería fusilado sin juicio previo y sin posibilidad de apelación. Era el único miembro que no sabía cantar ni una nota; su rango, pausa de fusa con puntillo.