38691.fb2
Era una noche estigia. Fuera caía una cortina de lluvia y soplaba un levante racheado; objetos desconocidos pasaban trapaleando por el camino, y al doctor empezaba a preocuparle la salud del tejado, cuyas tejas oía rascar las unas contra las otras a medida que se levantaban y se posaban y se volvían a mover. Estaban los tres sentados en la cocina, Pelagia deshaciendo su cada vez más menguada colcha, el doctor leyendo un libro de poemas y el capitán componiendo una sonata al estilo de Scarlatti. Pelagia estaba fascinada por el modo en que él parecía escuchar la música dentro de su cabeza, y de vez en cuando iba a ver los progresos de aquellos incomprensibles garabatos sobre el pentagrama. En un momento dado apoyó una mano en el hombro de él porque le pareció la postura más natural estando de pie a su lado, y sólo un par de minutos después se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Se miró con sorpresa la mano, que descansaba en el cuerpo del hombre, como reprendiéndola por conducirse con tanta temeridad sin mediar una adecuada supervisión adulta. Se preguntó qué hacer. Si la retiraba de golpe, podría parecer brusca. Con ello podía dar a entender que la había puesto allí sin darse cuenta, y así él supondría unos sentimientos por su parte que a ella no le habría gustado reconocer ni delante de él ni de sí misma. Tal vez si la dejaba allí como si fuera de otra persona tendría la posibilidad de negar toda responsabilidad en sus acciones. Pero ¿y si de repente él advertía que la mano estaba allí? Si la movía, él notaría al instante que la mano había estado efectivamente en su hombro; y si no la movía, tal vez él se daría cuenta de que estaba allí y sacaría conclusiones del hecho de que no la hubiera movido. Pelagia se miró ceñuda la mano y notó que la ansiedad obstaculizaba su comprensión del monólogo explicativo de él acerca del fraseo y la armonía. Decidió con tino que lo mejor era dejar la mano donde estaba y fingir que no le pertenecía. Se inclinó hacia adelante y adornó su cara con una expresión que intentaba comunicar la máxima seriedad intelectual y el mayor despojo de afecto natural y atracción física.
– Mmm, qué interesante -dijo.
Psipsina arañó la puerta para entrar, chillando desconsolada. No sin alivio, Pelagia corrió a abrirle, momento en el cual el capitán cayó en la cuenta de que una mano había descansado durante unos minutos en su hombro. La ausencia de aquel peso era patente y su presencia anterior, de lo más agradable y reconfortante retrospectivamente hablando. Sonrió con discreto placer, y una nota triunfal habría matizado su voz de haber tenido ocasión de hablar.
Sus placenteras meditaciones fueron interrumpidas del modo más horrendo por Psipsina, cuyo peso empapado sobre su regazo descartó todo placer o triunfo que él hubiera podido estar paladeando. La política de Psipsina cuando había temporal era siempre mojarse cuanto fuera posible y después saltar al regazo más cercano y más cálido para secarse con la máxima eficacia posible, y esta vez la víctima había sido el capitán, puesto que el doctor había tenido la sabia previsión de ponerse de pie. Corelli miró horrorizado aquel amasijo de pelo saturado de humedad y notó cómo el agua le empapaba la ingle.
– ¡Aaah! -gritó, alzando los brazos.
Pelagia rió con malévolo regocijo y le quitó de la falda al chorreante animal. El capitán notó el roce fugaz de sus dedos y experimentó un momentáneo estremecimiento de sorpresa, que no hizo sino aumentar hasta el infinito cuando ella se puso a sacudirle los pantalones con las manos al tiempo que decía:
– Qué desastre, pobrecito, mire toda esta porquería…
Él bajó la vista y contempló pasmado cómo trabajaban las manos de ella, y luego notó que Pelagia había reparado en su expresión. Ella se irguió súbitamente, le lanzó una fulminante mirada acusadora y continuó deshilando, momento que Psipsina aprovechó para saltar de nuevo sobre el regazo del capitán. A medida que el agua de su ingle iba calentándose bajo el peso de la marta, sintió aquel agradable calorcillo que había experimentado una vez de niño al orinarse mientras dormía, soñando que lo estaba haciendo contra una pared. Era ese mismo calor reconfortante que uno sentía antes de despertar lleno de vergüenza. Olvidó a Scarlatti y pensó en las manos de Pelagia. Qué dedos tan esbeltos, qué uñas tan rosadas. Se las imaginó enfrascadas en amorosos y nocturnos movimientos, y se dio cuenta de que estaba molestando a Psipsina. Trató de reprimir su lúbrica imaginación pensando en Vivaldi.
Fue un error, porque inmediatamente recordó que Vivaldi había dado clase a jovencitas en un convento. Su díscolo cerebro evocó imágenes de un aula repleta de pequeñas y atractivas Pelagias, todas ellas chupando la punta de sus respectivos lapiceros y seduciéndolo con sus centelleantes ojos oscuros. Una imagen fascinante. Se las imaginó a todas de pie junto a su mesa, inclinándose sobre él mientras explicaba algo, pasando el dedo por las líneas de un texto mientras sus negros cabellos le cosquilleaban las mejillas e invadían su olfato con el aroma del romero.
Una de las chicas le metía la mano por la camisa y otra empezaba a acariciarle el pelo y la nuca. Pronto eran docenas de manos idénticamente esbeltas, y de pronto tuvo una visión de sí mismo completamente desnudo sobre una mesa inmensa, mientras todas aquellas Pelagias milagrosamente desvestidas reptaban sobre él, enfrascadas en un delicioso asalto de pechos y manos y cálidos, húmedos, acariciadores labios. Empezó a sudar y a respirar con dificultad.
Psipsina decidió que ya no podía aguantar más aquella cosa que la empujaba insistentemente por debajo y saltó de su regazo. Su hermosa ensoñación se tornó en pánico. Si Pelagia acertaba a mirar, se daría cuenta claramente de la protuberancia piramidal que tenía en cierto punto de los pantalones, para la cual sólo habría una explicación.
Trató desesperadamente de pensar en algo muy desagradable, y mientras tanto se volvió un poco en su silla para no estar tan encarado a ella. Puso sus papeles sobre el regazo y fingió estudiarlos en esa postura. Ya a salvo, sus pensamientos volvieron a las Pelagias de en torno a la mesa, a sus múltiples manos que le recorrían el cuerpo de pies a cabeza, a sus múltiples pechos carnosos cerniéndose en su boca cual frutas frescas y suculentas.
La verdadera Pelagia suspiró, cansada del ganchillo. A sus pies había una maraña de lana deshilvanada que se había ensortijado y ovillado en un intento de reanudar las configuraciones nudosas de su anterior estado. Pelagia no entendía por qué la lana tenía que ser tan nostálgica, pero lo cierto es que era una lata. Empezó a recogerla, pero su intransigencia la confundió:
– Capitán -dijo-, ¿me permite un momento? Necesito manos para devanar esta lana.
Fue el momento culminante de la crisis; el capitán llevaba tanto rato perdido en el país de las maravillas que en aquel preciso momento estaba haciendo el amor por turnos con todas sus Pelagias. La voz de ella penetró en su sueño del Elíseo como un cuchillo en un melón. Casi pudo oír el susurro de la hoja al cortar y el sonido hueco del golpe al dar contra la tajadera y partir el melón en dos.
– ¿Qué? -preguntó..
– Que me eche una mano. Estoy hecha un lío con la lana.
– No puedo. Bueno, es que estoy en un punto crucial. De la sonata. ¿Le importa esperar un minuto?
La situación era desesperada; no había forma de levantarse sin dejar ver su estado tumescente. Se forzó a pensar en su abuela, en nadar en agua helada, en imaginar un caballo muerto y lleno de moscas a la vera del camino después de una batalla. La erección cedió un poco, pero no lo suficiente.
No había nada que hacer. Fue una gran suerte que ella estuviera acostumbrada a verle hacer tonterías de vez en cuando. Corelli se postró de hinojos y se acercó a ella a cuatro patas. Meneó el trasero como un perro, con la lengua colgando, y la miró desde abajo con expresión de máxima fidelidad canina. Con un poco de suerte ganaría un tiempo precioso con aquella charada, hasta que estuviera en situación de incorporarse. Ella lo miró y compuso una expresión irónica.
– Es usted un tonto -dijo.
– Guau -dijo él, y volvió a menear el trasero. Le ofreció sus manos como dos patas suplicantes y Pelagia se las puso rectas con un gesto enérgico, separadas entre sí unos centímetros para permitirle devanar la lana en torno a ellas, mientras contenía la risa.
El capitán sacó la lengua más exageradamente aún y la miró a la cara con tan perruna adoración que ella tuvo que parar.
– Oiga -dijo-, ¿Cómo quiere que enrolle la lana si no deja de hacerme reír? Loco.
– Guau -repitió él, tan metido ahora en su cómica mascarada que no recordaba su causa originaria ya desaparecida. Gimió como para que le soltaran y luego empezó a ladrarle a la lana cual si se tratara de un peligroso e ininteligible enemigo.
– Perro estúpido -dijo Pelagia, dándole una palmada en la nariz.
– ¿Tenéis idea de lo ridículo que estáis? -objetó el doctor-. Vergüenza os tendría que dar, tan mayorcitos.
– No puedo evitarlo -repuso Pelagia, a quien le había sentado mal esta interrupción en su muy infantil divertimento-. Está loco, y la cosa se contagia.
El capitán echó la cabeza atrás y aulló la melodía de Sola, perduta, abbandonata. El doctor dio un respingo y meneó la cabeza. Por su parte, Psipsina fue a rascar la puerta para que la dejaran salir y mojarse antes que quedarse allí y soportar aquel espantoso lamento; bastante tenía con los perros de verdad. Pelagia se levantó, cogió un melocotón de encima de la mesa, volvió a su asiento y justo cuando el capitán acababa de echar de nuevo la cabeza atrás en un más que lastimero aullido, ella le encajó el melocotón en la boca. La expresión de asombro del capitán, abiertos los ojos como platos, mereció la pena de contemplar.
– ¿Sabe la expresión de tonto que tiene? -preguntó ella-, ¿de rodillas, maniatado con lana y en la boca un melocotón?
– Los invasores deberían tener una conducta más digna -dijo el doctor, un poco ultrajado su sentido de la oportunidad histórica.
– Ung -dijo el capitán.
Lógicamente, Pelagia estaba distraída, y al terminar de devanar la madeja vio que lo había hecho con una presión cada vez mayor. El capitán se puso en pie y notó que la nariz se le estaba tapando precisamente por no poder respirar por la boca. Mordió el melocotón y dejó que el resto cayera al suelo, donde Psipsina lo olisqueó con cierto interés antes de cogerlo entre los dientes y salir corriendo. Corelli trató de liberarse pero no pudo.
– Es un complot -exclamó-, un traicionero complot de los griegos contra sus libertadores italianos.
– No pienso desovillarla otra vez -dijo Pelagia-. Ya me ha costado lo mío dejarla así.
– Atado de por vida… -se lamentó el capitán, y espontáneamente sus ojos se encontraron.
Ella sonrió con coquetería y luego, sin que hubiera razón para ello, volvió a bajar la vista.
– Perro malo -dijo.