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Que el teniente coronel Myers le echara a uno un rapapolvo era una humillación y una vergüenza, pero a Héctor y a Aris les había ocurrido tantas veces que casi se había convertido en un juego. Lo único que había que hacer era simular ignorancia o indignación o arrepentimiento cada vez que alguien se quejaba a los ingleses de que un grupo de andartes había cometido alguna atrocidad, y luego decir que uno no podía firmar ningún acuerdo sin autorización del comité de Atenas, para lo cual había que enviar a un mensajero que podía tardar dos semanas en volver de Atenas. Cabía siempre la posibilidad de decir que al mensajero lo habían apresado y fusilado los italianos, o los alemanes, o alguno de los diversos grupos de la resistencia, o podía uno culpar a los ingleses, diciendo que iban a favor del EDES. Podía uno culpar incluso a los lugareños griegos armados por los alemanes para que pudieran defender sus gallinas de la requisa incesante por parte de los patrióticos guerrilleros del ELAS. Esto tenía la ventaja de que a veces era verdad, y casi siempre imposible de verificar.
Héctor se ajustó su fez rojo y se plantó delante del teniente coronel Myers con la sensación de ser un colegial díscolo. Había dejado a Mandras fuera porque no quería que fuese testigo de su embarazo.
Mandras contemplaba el ir y venir de los oficiales británicos de enlace, y una vez más le sorprendió su tremenda altura, sus rojas y peladas narices y lo mucho que gustaban de las chanzas. Algunos eran de Nueva Zelanda, y Mandras supuso que eso debía de ser algún lugar de Gran Bretaña donde adiestraban a los soldados con el propósito específico de lanzarlos en paracaídas desde aviones Liberator para dinamitar viaductos. Siempre estaban resfriados, pero eran capaces de soportar lo indecible, y contaban unos chistes cuya ironía se perdía totalmente con la traducción. Hacían esfuerzos sinceros por aprender el griego romaico, pero se deleitaban en pronunciarlo mal; si una chica se llamaba Antigona, todos la llamaban «Auntie Gonnie», y al propio Héctor se le conocía por «My Sector»; Mandras no tenía manera de saber que eso venía de que su mentor siempre contestaba «Éste es mi sector» cuando se le acusaba de doble juego, deshonestidad y barbarie.
– Éste es mi sector -le dijo Héctor a Myers- y yo recibo órdenes de Atenas, no de usted. ¿Es usted griego para estar dándome órdenes todo el bendito día?
Myers suspiró con paciencia. No era ducho en diplomacia; en realidad le habían dicho que el noventa por ciento de su trabajo sería impedir las guerras intestinas entre los griegos, y sólo deseaba llevar una vida sencilla en la que sólo hubiera que pelear contra los alemanes. Había estado a punto de morir de una neumonía y aún estaba delgado y débil, no obstante lo cual poseía la autoridad moral de alguien que se niega a comprometer un principio ético en nombre de un ideal. Todos los dirigentes del ELAS le odiaban por hacerles sentir como gusanos, y sin embargo nunca habían osado desafiarle abiertamente porque de él procedían todas las armas y los soberanos de oro que ellos ahorraban para la revolución, una vez los alemanes se marcharan. Tenían que tenerlo contento a base de aprobar algunos de sus planes, ejecutar alguna acción más o menos bélica contra las fuerzas del Eje y aguantar lo que él les endiñaba echando fuego por los ojos con incontestable convicción.
– Acordamos desde el principio que todos los andartes acatarían órdenes de El Cairo. Haga el favor de no obligarme a repetir las mismas cosas cada vez que le veo. Si se empeña en mantener esta conducta contraproducente, no dudaré en disponer que le corten todos los suministros. ¿Entendido?
– Usted no nos da nada, todo va a parar al EDES. No ha sido justo con nosotros.
– Ya estamos otra vez -objetó el teniente coronel-. ¿Cuántas veces quiere que le diga lo que ya sabe? Hemos adoptado siempre un reparto estrictamente proporcional. -Se irguió-. ¿Cuántas veces debo recordarle que en esta guerra tenemos un enemigo común? ¿No ha reparado en que estamos luchando contra los alemanes? ¿De veras cree que basta con haber volado el viaducto de Gorgopotamos? Porque es la última cosa útil que ha hecho el ELAS, y además la última vez que ustedes han cooperado con el EDES.
– Es con Aris con quien tendría que hablar. -Héctor estaba rojo de ira-. Yo recibo órdenes de él, y él las recibe de Atenas. Conmigo no se meta.
– Ya he hablado con Aris más de cien veces. Y ahora estoy hablando con usted. Aris me dijo que hablara con usted, porque dice que es el responsable de estos últimos atropellos.
– ¿Atropellos? ¿Qué atropellos?
El coronel sintió desprecio y tuvo ganas de atizar a aquel tramposo andarte, pero se contuvo. Mientras hablaba, fue enumerando cada punto con sus dedos.
– Primero, el viernes pasado hubo un lanzamiento para el EDES, que, si me permite recordárselo, es el único grupo importante que combate realmente a los nazis. Usted y sus hombres los atacaron, los pusieron en fuga y les robaron todo.
– No es verdad -replicó Héctor-, y de todos modos no tendríamos que hacer esas cosas si ustedes nos tuvieran bien suministrados. No murió nadie.
– Mataron a cinco hombres del grupo de Zervas, incluido un oficial de enlace británico. Segundo, les hemos proporcionado grandes sumas de dinero, pero ustedes nunca pagan a los agricultores cuando les requisan algo. ¿Es tan tonto como para no ver que los está arrojando en brazos del enemigo? He recibido innumerables quejas; varios campesinos han recorrido a pie ochenta kilómetros para exigir una compensación. Han quemado ustedes tres pueblos cuyos habitantes se opusieron a sus robos, con el pretexto de que eran colaboracionistas. Mataron a doce hombres y cinco mujeres. He visto los cadáveres, Héctor, y no soy ciego. ¿Qué objeto tiene castrarlos, arrancarles los ojos y rajarles la boca para que parezca que mueren sonriendo?
– Si ellos no nos dan provisiones, es que son colaboracionistas; y si usted no nos da provisiones, ¿qué otra cosa podemos hacer nosotros? Si son colaboracionistas, yo no puedo culpar a mis hombres por perder los estribos, ¿verdad? Además, ¿quién ha dicho que fuimos nosotros?
Myers estaba a punto de explotar y casi dijo «Los aldeanos», pero comprendió que con eso provocaría nuevas represalias comunistas. Así que optó por decir:
– Lo vio un oficial nuestro.
Héctor se encogió de hombros.
– Mentira.
– Los oficiales británicos no mienten. -Myers permaneció impasible, arrepentido de tener que echar mano de la hipocresía. Miró iracundo y con patricio desdén al líder andarte; el problema con estos fascistas rojos era su falta de caballerosidad. No tenían el más mínimo sentido del honor personal.
»Tercero -continuó-, han impedido que gente de las zonas de alta montaña entrasen en áreas del EDES para comprar trigo, sin el cual se mueren de hambre. ¿Eso es patriotismo? No les dejan pasar a menos que se afilien primero al ELAS, y luego imponen penas de muerte por "deserción", aunque no poseen autoridad para ello. Cuarto, han tomado represalias contra un pueblo por coger patatas que habían sido requisadas ya por los italianos. Quinto, usted personalmente dio indicaciones erróneas a uno de nuestros oficiales de enlace que estaba buscando a Aris con la intención de presentarle una queja por sus acciones. Sexto, han practicado una política de desarmar a otros grupos de andartes y asesinar a sus oficiales.
Héctor era adepto a la táctica de la diversión, y pasó al ataque:
– Conocemos los planes británicos. ¿Cree que somos tontos? Piensan traer de nuevo al rey sin consultar al pueblo.
Myers descargó un puño sobre la mesa, mandando al suelo un vaso de vidrio.
– Séptimo -rugió-, han secuestrado y asesinado a un jefe de la gendarmería que estaba organizando una defección en masa de sus hombres al EDES, y usted hizo que se pasaran a su bando bajo pena de muerte. Octavo, han proclamado que todo aquel que no se una al ELAS es un traidor a Grecia y por tanto será fusilado. Noveno, los fondos que nosotros les proporcionamos se los dan al EAM, que a su vez se los da al KKE en Atenas, y en lugar de pagar a los campesinos les entregan pagarés falsos. Décimo, algunos hombres de su unidad atacaron vergonzosamente a una unidad del EDES cuando estaba librando una encarnizada batalla contra una unidad de las SS. Esto es una mancha para el buen nombre de Grecia, una infamia que no debe repetirse. ¿Está claro? -El coronel hizo una pausa y cogió un papel de encima de su mesa-. Tengo aquí un pacto que han firmado el EDES, el EKKA y el EOA, por el que acuerdan unánimemente adoptarlo como código de práctica. Voy a hacer que Aris lo firme, y quiero que usted lo lea y me dé su palabra de honor como caballero de que lo respetarán. Si no, habrá que pensar en interrumpir el aprovisionamiento.
Héctor le miró desafiante. El coronel había ensayado esta táctica un centenar de veces.
– No puedo hacerlo, y Aris no firmará nada a menos que recibamos órdenes del comité de Atenas. Habrá que mandar un mensajero. Quién sabe lo que puede tardar.
– Éstas son las condiciones -dijo Myers, entregándole el papel.
Héctor lo cogió, saludó con indolencia y se fue.
– Bueno, ¿qué te ha dicho? -preguntó Mandras mientras bajaban por el empinado y resbaladizo camino de cabra que serpenteaba hacia el valle desde la cueva que Myers había utilizado como cuartel general.
– Nada. Un montón de mierda -respondió Héctor-. Lo que has de entender es que los británicos son unos fascistas que sólo quieren conquistar Grecia para su imperio, y gente como Zervas y sus lacayos del EDES les están ayudando a conseguirlo. Por eso él tiene todas las provisiones y nosotros nada.
– Pero si tenemos toneladas de cosas -dijo Mandras-. Hay suficiente como para hacer saltar por los aires a todos los nazis que hay en Grecia.
Héctor hizo caso omiso; Mandras era joven, ya aprendería.
– Esos aldeanos se han chivado a Myers -dijo-. Creo que deberíamos darles una buena lección. Cabrones colaboracionistas.
– Había unas cuantas tías buenas -apostilló Mandras, sonriente.
– A ellas también les enseñaremos un par de cosas -replicó Héctor, y los dos rieron conchabados de placer.
Aquellos aldeanos eran un hatajo de pequeñoburgueses, realistas y republicanos que sólo aparentaban ser contrarios a un rey a quien todo el mundo aludía despreciativamente como «Glucksburg». Eran todos compañeros de viaje del fascismo, y todos ellos desdeñaban el socialismo científico. Sí, había que hacer chillar y retorcerse a aquellas traidoras, y no preocuparse por problemas de conciencia, porque era lo menos que se merecían; estaban a punto de construir una Grecia nueva y mejor, y con los ladrillos de mala calidad había que hacer lo que a uno le diese la gana, al fin y al cabo iban a desecharlos. Era como hacer una tortilla y tirar las cáscaras.
Allá en su cueva, Myers reconsideró la posibilidad de pedir la evacuación. El Cairo pasaba por alto lo que les contaba sobre el ELAS y no parecían entender que antes o después -más bien antes- los comunistas iniciarían una guerra civil. Él sólo estaba perdiendo el tiempo. Se enjugó la frente con su pañuelo y se pasó la mano por la incipiente barba que aún era una novedad para él. Entró Tom Barnes, que venía de andar cinco días tras haber destruido un puente con ayuda de los hombres de Zervas. Se dejó caer en la vieja silla de madera, se quitó las botas y examinó las ampollas en carne viva que tenía en la planta del pie y en los dedos. Myers le interrogó enarcando una ceja y Barnes levantó la vista, sonriente.
– Una explosión de narices -dijo, arrastrando las palabras-. Ha sido la hostia. Vigas voladizas por todas partes. Los wops y los jerries * tienen trabajo para semanas.
– Magnífico -dijo Myers-. ¿Un poco de té? Acaba de estar aquí ese Héctor. Es casi tan horrendo como Aris, un auténtico canalla hasta los tuétanos.
– Es lo que pasa con los sombreros malos -dijo Barnes-, uno acaba poniéndoselos siempre en la cabeza.
35. PANFLETO DISTRIBUIDO POR TODA LA ISLA BAJO EL ESLOGAN FASCISTA «CREE, LUCHA Y OBEDECE»
¡Italianos! Celebremos la vida y las conquistas de Benito Andrea Amilcare Mussolini, quien pese a unos inicios poco prometedores nos ha llevado a la ruina.
De niño se creyó que era mudo, pero más adelante demostró una garrulería incorregible y un pasmoso talento para la verborrea. De muchacho cogía pájaros y los dejaba ciegos con un alfiler, arrancaba plumas a las gallinas, se le consideraba ingobernable y pellizcaba a las niñas en el colegio para hacerlas llorar. Era el jefe de la banda, siempre buscaba pelea, iniciaba riñas sin mediar provocación y se negaba a pagar las apuestas que perdía. A los diez años apuñaló a un chico durante la cena y poco tiempo después apuñaló a otro más. Hizo correr la voz de que era el primero de su clase, cuando no era así, y al comienzo de la pubertad empezó a frecuentar todos los domingos un burdel en Farti. ¡Éstos son los velos de esplendor entre los que inició su vida!
Cometió estupro en la persona de una virgen, en un hueco de escalera, y cuando ella lloró por su honor él le reprochó no haber ofrecido suficiente resistencia. Misántropo y eremítico, era zarrapastroso, maleducado, incapacitado para cualquier empleo, y sólo salía al anochecer. ¡Con cuánta largueza continuó desarrollando sus habilidades!
Como maestro de escuela se le conocía como «el tirano», pero era incapaz de dominar sus aulas. Se dio al alcohol y las cartas, tuvo un lío con la mujer de un soldado que estaba de servicio, la acuchilló y se compró una llave inglesa. A fin de eludir a sus acreedores, a sus líos y al servicio militar, huyó a Suiza, donde rehusó trabajar. En cambio, empezó a mendigar con amenazas, y tras haber sido arrestado por vagancia, protestó ante la policía afirmando que él odiaba a los vagabundos y que, por tanto, no se consideraba uno de ellos. Demostró así un talento especial para la oratoria razonada que tan bien conocemos todos.
Empezó a trabajar en un comercio de vinos, pero fue despedido por beberse todo el género. Su versión de esta historia es que en esa época mantenía entrevistas con Lenin, el cual profesaba la más profunda admiración por sus cualidades. En 1904 empezó a fomentar la deserción entre los soldados italianos, cosa perfectamente compatible con su última exigencia (tan familiar ahora para nosotros) de que todos los desertores debían ser fusilados.
Se trasladó a París, donde se ganaba la vida diciendo la buenaventura. Fingió interesarse por la filosofía, y recientemente ha revelado que estudió en las universidades de Ginebra y Zurich. Lo cual es cierto, por supuesto, aunque no existe constancia de que asistiera a clase ni de que se matriculara. También es cierto que no abandonó a su madre en la penuria, ni a su padre en la cárcel. Como todos sabemos, el Duce cree en su propia propaganda y, por lo tanto, nosotros también.
Aceptó una nueva plaza de maestro y fue despedido al cabo de un año por celebrar fiestas licenciosas en cementerios. Asimismo, contrajo la sífilis durante un lance adúltero. No obstante, ello no puede aceptarse como causa de su demencia actual, puesto que ya estaba loco cuando contrajo la enfermedad. Fue por entonces que escribió su soberbia historia de la filosofía, que según dice él fue destrozada por una amante celosa, pero que todos nuestros catedráticos saben que fue una obra genial, incluso sin haberla leído. Fue depuesto de una nueva plaza docente, y descubrió una nueva ideología política consistente en la idea de que primero hay que actuar y luego inventarse los motivos, siendo éste el único punto de conflicto con las doctrinas de Stalin, el cual sabía siempre de antemano lo que pretendía conseguir.
Al Duce le dio por calarse el sombrero hasta los ojos para no reconocer a nadie y verse obligado a conversar; iba con la ropa deliberadamente arrugada y utilizaba un lenguaje soez. Escribió una excelente novela a la manera de Edgar Allan Poe, que fue inexplicablemente rechazada por todas las editoriales a las que envió el original. Era una obra genial, probablemente demasiado sofisticada para el gusto de la época. Poco tiempo después se convirtió en subdirector de Il Popolo y descubrió que podía ahorrarse los periodistas fabricando él mismo las noticias. Se le confiscaron diez ediciones por difamación, y fue arrestado por no pagar una multa. Así pues, la originalidad siempre ha sido objeto de persecución.
El Duce logró notoriedad por acusar a Jesucristo de copular con María Magdalena, y por redactar un panfleto titulado «Dios no existe». Al poco tiempo fue encarcelado por fomentar la sedición en el seno del ejército. Se casó con su propia media hermana -hija ilegítima del padre de él- y después engendró un hijo ilegítimo en Trento. Los hijos obedientes deberían pues emular siempre a sus padres, y de este modo cada generación será un faro cuya luz se perpetuará en las siguientes. En esa época se dijo de él que era incapaz de mirar a la gente a la cara durante una conversación, que carecía de sentido del humor, que era un delincuente paranoide, y todo el mundo le conocía por «el Loco». Esto, claro está, no es cierto, si bien los que le conocieron entonces lo recuerdan perfectamente. En 1911 se opuso a la guerra con Libia, y al acceder al poder años después llevó a cabo una política de bestial represión contra ese mismo país, haciendo gala de su extraordinaria adaptabilidad ante situaciones inalterables.
Siendo redactor jefe de Avanti inició una aventura amorosa con Ida Dalser, quien tuvo un hijo de él y permitió que viviera a expensas de ella. El Duce la abandonó y posteriormente la hizo encerrar en una institución mental, haciendo gala de su increíble capacidad para la lealtad. Del mismo modo convirtió en querida suya a Margherita Sarfatti, para después hacerla encarcelar según la legislación antijudía. Cabe decir que todas y cada una de sus docenas de amantes eran espantosamente feas, y no cabe duda de que el Duce dio rienda suelta a sus impulsos caritativos asociándose con ellas. La belleza está en los ojos del observador y es posible que el Duce sea astigmático. Habría que apuntar aquí que Leda Rafanelli declinó convertirse en una más de la lista basándose en que él era un loco y un embustero, y fue por esta calumnia que él la sometió después a un acoso policial plenamente justificado y que no tuvo nada que ver con mezquinos motivos emparentados con la venganza.
El Duce fue puliendo su ideología hasta convertirla en una según la cual él estaba completamente de acuerdo con la última persona con la que hablaba, y en 1915 trató de evitar el reclutamiento para la guerra que alternativamente había objetado y apoyado. Su propuesta fue inexplicablemente rechazada por una comisión; él sostuvo que los austriacos habían bombardeado el hospital donde se recuperaba de la metralla con la única intención de eliminarlo a él, puesto que era el hombre más importante de Italia. Para entonces su periódico se financiaba gracias a la publicidad de los fabricantes de armamento, que nada tenía que ver con su súbita conversión a la causa aliada.
El Duce desvió fondos destinados a la aventura del Fiume y los utilizó para su propia campaña electoral. Fue detenido por posesión ilegal de armas, por mandar paquetes bomba al arzobispo de Milán y a su alcalde, y pasados los comicios él fue, como es bien sabido, el responsable del asesinato de Di Vagno y Matteoti. Desde entonces ha sido responsable de los asesinatos de Don Mizzoni Amendola, los hermanos Roselli y el periodista Piero Gobetti, sin contar naturalmente los centenares de víctimas de sus squadristi en Ferrara, Ravena y Trieste, y los miles que han perecido en localidades del extranjero cuya conquista fue inútil y carente de todo sentido. Los italianos le estamos eternamente agradecidos por esto y pensamos que tanta violencia nos ha convertido en una raza superior, del mismo modo que la introducción de revólveres en el Parlamento y la total destrucción de la democracia constitucional han elevado nuestras instituciones a las más altas cotas de civilización.
Desde la toma ilegítima del poder, Italia ha conocido un promedio de cinco actos de violencia política al día, el Duce ha decretado que 1922 es el nuevo Annus Domini, y se ha hecho pasar por católico a fin de persuadir al Santo Padre para que le apoye en su cruzada contra los comunistas, pese a que él mismo lo es. Ha sobornado completamente a la prensa y ha hecho destrozar los locales de las revistas y periódicos disidentes. En 1923 invadió Corfú no se sabe por qué, y fue obligado a replegarse por la Liga de Naciones. En 1924 manipuló las elecciones. Ha oprimido a las minorías del Tirol y del nordeste del país. Mandó a nuestros soldados a participar en la destrucción de Somalia y Libia, manchándose las manos de sangre inocente; ha doblado el número de burócratas al objeto de domar a la burguesía; ha abolido las administraciones locales, obstaculizado el poder judicial y presuntamente interrumpido con mano divina el flujo de lava del monte Etna mediante un simple acto de voluntad. Ha adoptado actitudes napoleónicas mientras permitía la utilización de su imagen para anunciar chocolates Perugina; se ha afeitado la cabeza porque le da vergüenza que se vea que está quedándose calvo; se ha visto obligado a contratar a un tutor que le enseñe modales en la mesa; ha introducido el saludo romano como alternativa más higiénica al apretón de manos; pretende no necesitar gafas; tiene un repertorio de dos únicas expresiones faciales; se sube a un podio oculto cuando pronuncia discursos porque es muy bajo; finge haber estudiado economía con Pareto; ha asumido la infalibilidad y fomentado que la gente vaya con retratos suyos a los desfiles, como si fuera un santo. Desde luego, es un santo.
Él mismo (¿y quiénes somos nosotros para decir lo contrario?) se ha proclamado más grande que Aristóteles, Kant, Aquino, Dante, Miguel Ángel, Washington, Lincoln y Bonaparte, y ha nombrado ministros suyos a un puñado de parásitos, renegados, extorsionistas y funcionarios públicos que, encima, son todos más bajos que él. Le da miedo el mal de ojo y ha abolido la segunda persona del singular como tratamiento. Ha hecho moler a palos a Toscanini por negarse a tocar Giovinezza y ha encargado a varios académicos que demuestren que los grandes inventos del hombre eran italianos y que Shakespeare fue el seudónimo de un poeta italiano. Ha hecho pasar una carretera por el emplazamiento del foro romano, destruyendo quince iglesias antiguas, y ordenado esculpir una estatua de Hércules de ochenta metros de altura, con su propia efigie, que hasta ahora consiste en una parte de la cara y un pie gigantesco, y que no puede ser concluida porque ya se han gastado cien toneladas de metal.
Todo lo que dice en sus discursos está en contradicción con algo que ha dicho en otro discurso, ya que ha sabido observar que los italianos solamente hacemos caso de aquello con lo que estamos de acuerdo. Es así como ha conseguido serlo todo para todos. Ha quemado libros y ha falseado los textos de nuestras escuelas, ha perseguido al filósofo Benedetto Croce, ha nombrado tribunales revolucionarios con potestad para dictar sentencias de muerte y ha convertido islas idílicas en cárceles donde torturar a sus adversarios. Nos ha hecho jurar votos de obediencia a los dieciocho años, para que sólo los hipócritas y los imbéciles recalcitrantes puedan hacer progresos, y ha intentado convertirnos a todos en puritanos diciéndonos que es muy viril negar la sonrisa excepto para expresar sarcasmo absoluto.
Ha invadido las islas del Dodecaneso, tachando incluso las lápidas de los griegos, ha inaugurado en Parma una escuela donde se enseña terrorismo a croatas y macedonios, ha subvertido la Liga de Naciones infiltrándose en sus principales cargos, ha obstruido las negociaciones de paz entre Albania y Yugoslavia, ha rearmado a Alemania, Bélgica y Austria, dejando que su propio ejército libre batallas escandalosamente injustificadas sin armas, y sin embargo ha firmado el pacto de Kellogg que prohíbe el uso de la fuerza como instrumento de política exterior.
Este Promiscuo Sifilítico ha convertido el contagio de la sífilis en un delito merecedor de cárcel, este Padre de Innumerables Bastardos Enanos ha declarado ilegal la anticoncepción, este Campesino Malhablado ha prohibido blasfemar y ha reglamentado el baile y el consumo de alcohol en un intento de hacernos más formales. Ha dispuesto por ley que las mujeres sean como gallinas de criadero, ha suprimido la libertad de culto, ha hecho que todos los pronombres referidos a Él sean escritos con mayúscula y que la palabra Duce aparezca en los periódicos impresa en letra versal, ha levantado campos de concentración en Libia y en un momento u otro ha decidido invadir Francia, Yugoslavia, la Somalia francesa, Etiopía, Tunicia, Córcega, España y Grecia. El Duce ha dicho: «Mejor un día como león que cien años como oveja», y en consecuencia se ha convertido en león de cartón piedra y nosotros, los italianos, en ovejas que le seguimos al matadero diciéndonos unos a otros que también somos leones. Él ha dicho: «Cuantos más enemigos, mayor es el honor», de ahí que nos hayamos creado enemigos de la nada y hayamos tenido que combatirlos con los pies descalzos y subidos en carros blindados con cañones de madera.
Este Bufón Ridículo, propietario de un millar de floridos uniformes atiborrados de espurias condecoraciones por actos de valor que nunca ha llevado a cabo, ha sido la causa de que saquemos fotografías de nuestros hijos vestidos con camisa negra, nos ha hecho ensayar el aplauso en sus discursos por medio de cartelitos y campanas, ha inaugurado un «movimiento hacia la juventud» que ha llevado a posiciones de poder a malhechores y gente sin experiencia. Contra la doctrina católica de la Santa Madre Iglesia, ha introducido la esterilización para los «racialmente inferiores», ha firmado pactos de no agresión con la URSS y Gran Bretaña, países ambos con los que ahora estamos en guerra no se sabe por qué, y ha hecho obligatoria la instrucción militar a los ocho años para que nuestros hijos se conviertan en soldados. Ha calificado a Hitler de «payaso trágico», «horrible degenerado sexual» y «desleal e indigno de confianza», sin embargo de él recibe órdenes. Ha hecho saber que su nombre se utiliza como anestésico en los hospitales antes de cualquier intervención quirúrgica y, como si su propio intelecto estuviera anestesiado, ha afirmado estúpidamente que los británicos son demasiado decadentes para plantarnos cara. Desde entonces los británicos han hundido, decadentemente, la mitad de nuestra flota (razón por la cual en todas partes pasamos hambre) y nos han derrotado en el norte de África, donde nuestras tropas han desertado unánimemente. La invasión de Etiopía nos costó cinco mil vidas italianas, los ingresos de todo un año, y el equivalente del material de 75 divisiones, lo cual ha sido causa directa de que los británicos se rearmaran con el mismo armamento que ahora utilizan contra nosotros.
Este pigmeo Moral e Intelectual ha hecho que la oración Felix Mater fuera dirigida a su propia madre difunta, ha causado la pérdida de seis mil soldados en la guerra civil española, a cambio de nada. Por ser como leones dirigidos por un asno fuimos derrotados por un ejército de aficionados en Guadalajara y, lo que es peor, el Duce ha mancillado nuestro nombre ordenando la masacre de prisioneros españoles en Mallorca. Igual de vergonzosa ha sido la orden de torpedear barcos neutrales y de negar el permiso para que los supervivientes fueran recogidos del mar; ha entrado en una alianza con Japón y ordenado a la prensa que se les llame «arios»; nos ha convertido en lacayos de Alemania al obligarnos a desfilar al paso de la oca; ha realizado la semánticamente imposible gesta de nombrarse a sí mismo y al rey «primer mariscal»; ha hostigado a los judíos italianos para complacer a Hitler, y ha afirmado que no podemos perder ante los británicos porque son unos afeminados que llevan paraguas.
¡Soldados! No tenemos uniformes que ponernos porque el Duce ha ordenado que tienen que llevarlos todos los maestros y empleados del gobierno. Hemos sido abandonados en el norte de África por falta de transporte tras haber caminado seiscientos kilómetros por el desierto en pleno verano; hemos perdido un tercio de nuestra marina mercante porque él se olvidó de hacerla regresar a casa antes de declarar la guerra; nos han querido convencer de que reducir a la mitad los efectivos de una división equivale a decir que hemos doblado el número de divisiones; nos han hecho invadir Grecia por el norte en la estación de las lluvias y sin ropa de invierno, después de habernos desmovilizado, en puertos del Adriático donde era imposible desembarcar, sin que lo supiera el jefe de Estado Mayor del Ejército, que se enteró por la radio. Todos nuestros soldados albaneses desertaron y sólo sabemos lo que nos está pasando gracias a la BBC. Nuestra Armada, por falta de cobertura aérea y de portaaviones, ha sido aniquilada en Taranto y en Cabo Matapan mientras los británicos perdían un único avión, y en el norte de África nuestros 300.000 soldados han sido vencidos por 35.000 porque no tenemos fuerza aérea, nuestros carros ligeros parecen de papel y nuestras unidades motorizadas carecen de motores. Mientras nosotros morimos por nada el Duce ha establecido su cuartel general cerca del Vaticano, para que no se lo bombardeen.
¡Soldados! Nos han hecho invadir un país inocente sabiendo que si salíamos victoriosos no podríamos alimentar a sus valientes habitantes, de manera que su hambruna es peor que la nuestra. En contra de todos los preceptos que rigen la guerra y la conciencia, el Duce nos ha ordenado matar a veinte de ellos por cada baja nuestra, y hay que decir en nuestro honor, que casi nadie le ha hecho caso.
¡Soldados! Lloremos por lo que ha sucedido en nuestro país: 350.000 de los nuestros han sido trasladados a Alemania como esclavos, el Duce ha conseguido lo imposible haciendo que haya desempleo durante una guerra, la inflación es galopante, tres cuartas partes de la comida se obtienen únicamente en el mercado negro que dirigen sus propios oficiales, las tarjetas de racionamiento son falsificadas sin restricción, y existen cuarenta agencias de reparto con funciones superpuestas que garantizan que nunca pueda pasar nada.
Lloremos por un país donde se conceden medallas por el supuesto hundimiento de inexistentes buques de guerra británicos, donde se nos obliga a ponernos en pie y saludar durante los partes informativos de la radio, donde los discursos de un lunático reciben el mismo tratamiento que un texto sagrado y son imprimidos con tiradas millonarias, donde el Lunático de marras es como un director de orquesta que pretende tocar a la vez todos los instrumentos, que se ha hecho filmar ganando partidos de tenis contra jugadores profesionales, actuando como árbitro el ministro de Propaganda, que es el hombre Más Desobedecido de la Historia porque todo el mundo sabe que sus órdenes nunca tardan en ser revocadas.
¡Soldados! Éste es el Hombre que nos ordenó utilizar gas mostaza y fosgeno contra salvajes armados con lanzas. Éste es el Mamarracho cuyos bandidos y pirómanos camisas negras huyen del campo de batalla pero matan a nuestros padres y tíos haciéndoles beber aceite de ricino rociado con gasolina. Éste es el Hombre que ha destrozado la economía y nos ha sumido para siempre en la vergüenza.
¡Soldados! Bien dicen que cada país tiene los líderes que se merece. VIVA IL BUFFONE! VIVA IL BALORDO! VIVA IL ASSASSINO! VIVA IL DUCE!
<a l:href="#_ftnref1">*</a> Términos utilizados en inglés para referirse, respectivamente, a italianos y alemanes generalmente con una connotación despectiva. (N. del T.)