38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 41

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40. PROBLEMAS CON LOS LABIOS

Se cruzaron en la puerta, ella saliendo y él volviendo de trabajar. Con toda naturalidad ella le puso una mano en una mejilla y le dio un beso en la otra.

Él se quedó de piedra, y también ella cuando llegó a la puerta del patio, porque sólo entonces se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Se detuvo en seco, como si hubiera chocado con un metafísico pero palpable muro de piedra. Notó que la sangre le subía hasta las raíces del cabello y comprendió que no se atrevía a mirarle. Sin duda él también debía de haberse quedado pegado al suelo. Casi podía notar cómo los ojos de él la recorrían de la cabeza a los pies para detenerse finalmente en su nuca con la esperanza de que se diera la vuelta. Él la llamó (como ella esperaba):

– Kyria Pelagia.

– ¿Qué? -preguntó lacónicamente, como si esforzándose por ser brusca con él pudiera anular la manera horrorosamente sencilla con que había revelado involuntariamente su cariño.

– ¿Qué cenamos hoy?

– No se burle de mí.

– ¿Burlarme, yo?

– No se haga ilusiones. Pensaba que era mi padre. Siempre le beso así cuando entra.

– Es lógico. Los dos somos bajos y viejos.

– Si piensa burlarse de mí, no le dirijo la palabra nunca más.

Él se acercó por detrás, se puso delante de ella y se hincó de rodillas.

– ¡Oh, no! -exclamó-. Eso no. -Inclinó la cabeza hasta el suelo y gimió lastimeramente-: Piedad. Pégueme un tiro, flagéleme, pero no diga que me retirará la palabra. -Aferrado a las rodillas de ella, fingió echarse a llorar.

– Todo el pueblo nos mira -protestó Pelagia-. Basta ya. Es usted un incordio, déjeme en paz.

– Me destroza el corazón -gimoteó él, agarrándole una mano y empezando a cubrirla de besos.

– Está como una cabra.

– Lo que estoy es ardiendo, destrozado, acongojado, mis ojos chorrean de lágrimas. -Se echó hacia atrás y con los dedos ilustró poéticamente la extraordinaria cascada de lágrimas invisibles que trataba de hacerle imaginar a ella-. No se ría de mí -prosiguió, ensayando una nueva línea de acción-. Oh, luz de mis ojos, no se burle del pobre Antonio en su aflicción.

– ¿Borracho otra vez?

– Borracho de pena, sí, borracho de angustia. Hábleme.

– ¿Su batería ha ganado otro partido?

Corelli se puso en pie de un salto y extendió los brazos con cara de satisfacción:

– Sí. Ganamos a la compañía de Günter por cuatro goles a uno, y lesionamos a tres de ellos, y luego llega usted y me da un beso. Un día de gloria para Italia.

– Ha sido un error.

– Un significativo error.

– Un error insignificante. Lo siento mucho.

– Entre -dijo él-, he de enseñarle algo muy interesante.

Aliviada por el súbito cambio de tema, Pelagia entró detrás de él, pero al momento vio que volvía a salir. Él le cogió la cabeza con las dos manos, la besó ostentosa y persistentemente en la frente, exclamó «Mi scusi, creí que era el doctor, no se haga ilusiones» y luego ganó la calle huyendo a la carrera. Ella se llevó las manos a las caderas y lo miró asombrada, mientras meneaba la cabeza y se esforzaba por no reír o sonreír.