38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 42

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41. CARACOLES

El doctor echó un vistazo por la ventana y vio al capitán Corelli acercándose furtivamente a Lemoni para darle una sorpresa. En ese mismo instante Psipsina saltó sobre la página que estaba escribiendo acerca de la ocupación francesa, y esta combinación de circunstancias le inspiró una idea fantástica. Dejó la pipa y la pluma sobre la mesa y se aventuró a salir al sol incandescente de primera hora de la tarde.

– ¡Fischio! -exclamó el capitán, y Lemoni lanzó un chillido.

– Perdonadme, niños -dijo el doctor.

– Ah -dijo Corelli, irguiéndose dócilmente-, kalispera, iatre. Es que estaba…

– ¿Jugando? -El doctor miró a la pequeña-. Koritsimou, ¿recuerdas que cuando encontraste a Psipsina era muy pequeña y estaba colgando de una cerca? ¿Y que viniste a buscarme para que la salvara?

Lemoni asintió con la cabeza y el doctor le preguntó:

– ¿Todavía hay tantos caracoles?

– Sí -dijo ella-. Muchos. Y grandes. -Señaló a Corelli-. Más grandes que él.

– ¿Cuándo es el mejor momento para encontrar caracoles?

– Pronto y tarde.

– Ah, ya. ¿Por qué no vienes esta tarde y me enseñas otra vez donde están?

– Mejor por la noche.

– De noche no podemos salir. Hay toque de queda.

– Pues antes -concedió ella.

– ¿De qué hablaban? -preguntó el capitán cuando Lemoni se hubo marchado.

– Gracias a ustedes casi no hay comida -dijo el doctor, muy envarado-. Esta tarde iremos a buscar caracoles.

El capitán se picó:

– Son los británicos quienes han ordenado el bloqueo. Se les ha ocurrido que la mejor manera de ayudarles es matándolos de hambre. Usted sabe muy bien que he hecho todo lo posible por colaborar.

– Sus préstamos a expensas del ejército son muy bien recibidos, pero es una pena que la situación se agrave por momentos. Necesitamos proteínas. Ya ve usted a qué situación hemos llegado.

– En Italia los caracoles son un lujo para ricos.

– Pues aquí son una lamentable necesidad.

El capitán se enjugó el sudor de la frente y dijo:

– Permítame que venga a echarles una mano.

Así pues, al caer la tarde, una hora antes de ponerse el sol y poco después de que el día empezara a refrescar, Pelagia, su padre, Lemoni y el capitán se vieron metidos en aquella imposible maraña de zarzas y de veredas de animales tras haber trepado a la tapia medio desmoronada y cruzado bajo las ramas de vetustos y abandonados olivos.

El doctor reptaba detrás de Lemoni, la cual se detuvo de pronto, le miró y dijo con tono de reproche:

– Usted me dijo que si le pillaban buscando caracoles, le llevarían a no sé dónde y le encerrarían.

– Al Pireo -dijo el doctor-. Dije que me llevarían al Pireo. Además, hoy día estamos todos como encerrados.

Pese a la luz empañada empezaron a ver que en el envés de las hojas inferiores había una legión de obesos caracoles en dura competencia por el diseño más abigarrado. Los había leonados con marcas casi invisibles, los había de color claro con espiras rayadas, los había de color ocre y amarillo limón, y también con puntitos negros y lunares encarnados. En las ramas superiores meneaban la cabeza los mosquiteros sicilianos que revoloteaban oyendo los clacs y poings de los caracoles al caer en los cubos.

La niña y los tres adultos estaban tan absortos en la recogida que no se dieron cuenta de que se estaban separando. El doctor y Lemoni desaparecieron por un frondoso túnel, y el capitán y Pelagia por otro. En cierto momento el capitán advirtió que estaba solo y se detuvo un instante a reflexionar sobre el curioso hecho de que no recordaba haber estado nunca tan contento. Se lamentó por el estado de sus rodilleras y miró pestañeando al sol cada vez más rojo, cuya luz iba perdiendo fuerza entre el follaje. Respiró hondo y suspiró, relajando el peso sobre sus talones. Empujó con un dedo a un caracol que intentaba salirse del cubo. «Eres muy malo», dijo, y se alegró de que no hubiera nadie cerca oyéndole decir tonterías. A lo lejos sonó el chasquido de un arma antiaérea; el capitán se encogió de hombros, no sería nada importante.

– Ay, oh no -exclamó una voz a poca distancia, una voz que no podía ser más que la de Pelagia-. Vaya, válgame Dios.

Horrorizado, pensando que la metralla la había alcanzado, el capitán retrocedió a gatas por su túnel hacia el sitio del que procedían las exclamaciones.

Encontró a Pelagia aparentemente paralizada en una incómoda postura con el cuello torcido hacia atrás. Estaba a cuatro patas, un hilillo de sangre le goteaba en diagonal mejilla abajo, y se le notaba un estado de irritación extrema.

– Che succede? -preguntó él, arrastrándose hacia ella-. Che succede?

– Me he enganchado el pelo -contestó ella indignada-. Me he arañado la cara con una zarza, casi me tuerzo la cabeza, me he pillado el pelo en estos pinchos y no puedo soltarme. Y no se ría.

– Si no me río… -repuso él, riendo-. Tenía miedo de que la hubieran herido.

– Estoy herida. Me escuece la mejilla.

Corelli sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió el arañazo. Le enseñó la sangre y dijo en voz baja:

– Lo guardaré como oro en paño.

– Si no me libera de aquí, le mato. Y haga el favor de no reírse.

– Si no la libero, no podrá darme alcance ni matarme… Estése quieta.

El capitán tuvo que pasar las manos por encima de los hombros de ella y mirar detrás de su oreja para ver cómo lo hacía. Ella se encontró con la cara pegada al pecho del capitán, y aprovechó para aspirar el polvoriento aroma de su áspero uniforme.

– Me está aplastando la nariz -protestó.

Corelli olisqueó con cara de aprobación; Pelagia siempre olía a romero. Era un perfume joven, fresco, que le recordaba la comida de un día de fiesta en su casa.

– A lo mejor tendré que cortárselos -dijo, tirando inútilmente de los negros mechones enredados en la zarza.

– Uy, ay, deje de dar tirones, tenga cuidado. Y nada de cortar.

– Su situación es realmente vulnerable -señaló él-, así que intente aparentar agradecimiento. -Empezó a estirar mechones, uno por uno, procurando no hacerle daño. Empezaban a dolerle los brazos de tenerlos tan estirados y en posición horizontal, y apoyó los codos en sus hombros-. Lo conseguí -dijo, satisfecho, y empezó a retroceder.

Ella agitó la cabeza, más tranquila, y cuando los labios del capitán pasaban a la altura de su mejilla, él la besó dulcemente junto a la oreja, donde había una suave y casi invisible pelusa.

Pelagia se tocó con la punta de los dedos el lugar donde la había besado y le dijo con tono de reproche:

– No debió hacerlo.

Él se sentó sobre los talones y le sostuvo la mirada:

– No pude evitarlo.

– Eso ha sido abusar.

– Lo siento. -Se miraron un buen rato el uno al otro y luego, por alguna razón que ni siquiera ella pudo comprender, Pelagia se echó a llorar.

– ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? -preguntó Corelli, ceñuda la cara de consternación. Las lágrimas de Pelagia resbalaban por sus mejillas yendo a parar al cubo, entre los caracoles-. Me los va a ahogar -dijo él, señalando al cubo-. ¿Qué pasa?

Pelagia sonrió lastimosamente y empezó a llorar otra vez. El capitán la tomó en sus brazos y le palmeó la espalda. Ella notó que la nariz le empezaba a moquear y se inquietó pensando que podía mancharle la charretera del uniforme. Sorbió fuerte a fin de excluir esta eventualidad y de pronto, le espetó:

– No puedo soportarlo más. Lo siento.

– Es verdad. Todo esto es una mierda -concedió el capitán, preguntándose si también él sucumbiría a la tentación de llorar.

Tomó dulcemente entre sus manos la cabeza de Pelagia y le rozó las lágrimas con sus labios. Ella le miró con curiosidad, y de repente se vieron los dos bajo los zarzales, en la puesta del sol, flanqueados por dos cubos de caracoles en fuga, con las rodillas arañadas y sucias e infinitamente fundidos en su primer beso antipatriótico y clandestino. Hambrientos y desesperados, ahítos de luz, no podían separarse el uno del otro, y cuando por fin regresaron a casa, al anochecer, la suma de sus respectivos botines no consiguió alcanzar, para su vergüenza, la cuota alcanzada por Lemoni con el suyo propio.

42. CUÁN PARECIDA A UNA MUJER ES UNA MANDOLINA

Cuán parecida a una mujer es una mandolina, qué elegancia y qué hermosura. Por las noches, cuando los perros aúllan y los grillos chirrían y la enorme luna cuelga sobre las colinas y los reflectores de Argostolion buscan falsas alarmas, yo tomo a mi dulce Antonia. Saco el polvo a las cuerdas con mucho cuidado y le digo «¿Cómo puedes ser de madera?», igual que cuando veo a Pelagia y en silencio le pregunto «¿Eres realmente de carne y hueso? ¿No hay ahí algún fuego, un rastro de ángeles, un algo que nada tiene que ver con la sangre?». Capto su mirada al pasar, esos ojos tan sinceros e inquisitivos, que me miran también. Vuelve la cabeza, esboza una sonrisa pícara y cómplice y se va. La veo ir en busca de agua y luego volver con una jarra al hombro, cual cariátide viviente, y al pasar se permite salpicarme las charreteras. Se disculpa entre risas, y yo le digo «Son cosas que pasan», y ella sabe que yo sé que no ha sido una casualidad. Lo ha hecho porque soy un soldado italiano, porque soy el enemigo, porque es ocurrente, porque le gustan las bromas, porque es un acto de resistencia, porque le gusto, porque es una forma de contacto, porque somos hermano y hermana antes que ella griega y yo invasor. Sus muñecas me recuerdan ahora el esbelto mástil de las mandolinas, y su mano se ensancha desde la muñeca como la pala del clavijero, y el sitio donde el talón aumenta para unirse a la caja de resonancia da el mismo perfil que la línea de su cuello y su barbilla y resplandece con el suave lustre de pino y juventud.

De noche sueño con Pelagia. Pelagia se acerca desnuda y yo compruebo que sus pechos son como el fondo de las mandolinas que construyen en Napoli. Los tomo en mis manos, son fríos como la madera y tibios como carne tierna de madre, y al darse ella la vuelta cada nalga es una melodiosa mandolina piriforme que se dilata en segmentos ahusados, decorados con nácar y astillas de marfil. Yo estoy confuso porque me siento atrapado entre buscar las cuerdas y el dolor del hambre de sexo, y me despierto mojado en mi propia lujuria, agarrado a Antonia, sudando y pinchado por los extremos de las cuerdas. Dejo a Antonia a un lado y digo «Oh, Pelagia», y sigo un rato tumbado y pensando en ella forzándome a dormir porque así se hará de día más deprisa y veré a la verdadera Pelagia.

Pienso en ella en términos de acordes. Antonia tiene tres acordes que conviven en los tres primeros trastes, do, re y sol, y para cada uno de ellos se requiere pisar dos cuerdas diferentes. Toco un sol, lo traslado un espacio y lo convierto en un do; su sonido permanece en la secuela del otro como soprano y contralto en el mismo tono en una canción toscana. Toco el acorde re, girando la mano, dejando al aire las dos cuerdas de en medio, y armoniza con los otros dos acordes, pero es triste e incompleto, algo así como una virgen insatisfecha. Me implora «Llévame a donde pueda encontrar la paz», y yo regreso al sol completando el ciclo, y me siento como el propio Dios que creó a una mujer y comprobó que su mundo se perfeccionaba con un toque definitivo y totalizador.

Pelagia comparte estos sencillos y alegres acordes. Juega con un gato, se ríe, y es un sol. Levanta una ceja cuando me pilla observando y finge regañarme por el delito de admirarla, y es un do. Me pregunta «¿No tienes nada mejor que hacer?», y es como un re, que exige resolución. Yo digo «El Duce y yo nos vamos a conquistar Serbia», y ella se ríe para que todo vuelva a su sitio. Echa la cabeza hacia atrás y ríe, sus blancos dientes centellean, y ella sabe que es hermosa y que así lo creo yo. Me vienen a la memoria unas casas encaladas de blanco cegador en una lejana colina en Candia. Ella está alegre y ufana, todo ha completado su ciclo. Ha regresado al sol. Yo mismo me río; somos dos octavas distintas, pero reímos juntos en la misma octava, bandola y mandolina, y a lo lejos un cañón le ruge a un imaginario avión británico, hay un traqueteo espurio de ametralladoras y, ¡mirad!, ésos son nuestros timpani.

Pelagia oye los cañones y frunce el entrecejo. Somos felices en este balcón a la sombra de la buganvilla visitada por las abejas, pero ahora es la guerra; la guerra ha vuelto y Pelagia arruga la frente y se pone ceñuda. Tengo ganas de decir: «Lo siento Pelagia, no fue idea mía, no fui yo quien robó Jonia. No se me ocurrió a mí llevarme vuestras cabras y producir combustible quemando los olivos. Yo no soy un parásito nato.» Pero no puedo decir esas cosas, como ella sabe. Y Pelagia comprende por qué no puedo decir las, pero sigue culpándome por falta de voluntad. Me ha oído hablar de la nueva pax romana, la reorganización del antiguo imperio que trajo el orden y la paz para todos, el más largo período de civilización conocido por el hombre, y ella frunce el entrecejo.

Cuando Pelagia frunce el entrecejo al oír los cañones es como un acorde de mi menor séptima con la quinta disminuida; si se toca fuerte suena marcial y hosco, un acorde para guerrilleros y partisanos. Pero si se la acaricia es un acorde de infinita y anhelante melancolía. Pelagia está triste, yo toco un acorde de re menor. Ella me mira y dice:

– Así es como me siento ahora. ¿Cómo lo has sabido?

Y a mí me habría gustado decirle: «Pelagia, te quiero», pero en cambio digo:

– Porque estás pensativa y como a la espera.

– ¿A la espera de qué? -pregunta.

– Dímelo tú, Pelagia -replico, pero sé que nunca me dirá que está esperando un mundo nuevo donde una griega pueda amar a un italiano y no darle mayor importancia.

»Estoy componiendo una marcha para ti -digo-. Escucha. -Y toco re menor, uno dos, y luego do mayor, uno dos, y otra vez re menor, uno dos… y le digo:

– Lo que pasa es que necesito a otro que le ponga encima una melodía griega, tal vez una especie de rebetiko. A lo mejor en el batallón hay alguien que tiene una mandolina, así yo podría tocar los acordes una octava abajo con una bandola. Creo que sonaría muy bien.

– Seguro que alguien tiene una guitarra -propone Pelagia.

– Un acorde o una melodía tocados en una mandolina pueden sonar completamente distintos en una guitarra -digo-; es uno de los hechos inexplicables de la vida musical. Estos dos acordes suenan increíblemente banales en una guitarra, sin ningún tipo de dramatismo, a menos que los toque un español.

Pelagia sonríe, y sé que no comprende una palabra de lo que le digo, pero da igual. Empiezo a pensar en una melodía que entre y salga en trémolo de los acordes. A Pelagia le encanta que toque en trémolo; dice que es un sonido muy emotivo y muy dulce.

Pero le sienta mal que la emocione un invasor, un miembro de las fuerzas de ocupación, alguien que le requisa el queso y el vino de Robola, y de pronto se pone en pie y veo que su alma está en llamas. Me señala con un dedo tembloroso y empieza a gritar con los dientes apretados:

– ¿Cómo puedes ser así? ¿Qué te pasa? ¿Cómo puedes venir con tu mandolina, tú, un músico, una persona culta, y tocar bellas melodías a una griega, cuando alrededor están saqueando toda la isla? Y no me vengas con esa mierda de la restauración del Imperio Romano. Por si te interesa saberlo, fue Grecia la que educó a Roma, y no lo hicimos conquistando nada. ¿Qué te pasa? ¿Cómo aguantas estar aquí? ¿Ordenes? ¿Ordenes de quién? ¿De un megalómano presumido con lengua de plata a quien le regaló Cefalonia otro subnormal megalómano de pelo negro que quiere que todos excepto él sean rubios? Eres tú el loco, ¿lo sabías? ¿No ves que te están utilizando? ¿Crees que Hitler va a permitir que os quedéis con vuestro nuevo imperio cuando haya terminado con todos? ¿Cómo puedes sentarte a tocar la mandolina encima de una bomba? ¿Por qué no os lleváis vuestros cañones y os marcháis? ¿No sabes quién es el verdadero enemigo?

Y Pelagia baja corriendo los peldaños y sale al sol. Se detiene y se vuelve a mirarme, los ojos anegados en lágrimas de rabia y amargura, y sé que me odia porque me quiere, porque me quiere y yo soy un hombre al que le falta valor para coger el toro por los cuernos. Estoy avergonzado. Toco un acorde disminuido porque yo también estoy disminuido. Mi coqueteo y mi intento de seducción me han puesto al descubierto. Soy un hombre sin honra.

La panza redondeada, en forma de seno, de la mandolina me resbala de su sitio sobre el cinturón, como me ocurre siempre, y como siempre pienso: «Quizá necesito una mandolina portuguesa, plana por detrás, que no me resbale», pero desecho tan estúpidos pensamientos; ¿dónde encontrar una mandolina portuguesa en plena guerra? En lugar de eso vuelvo a pensar «Cuán parecida a una mujer es una mandolina, qué elegancia y qué hermosura», y se me ocurre una última cosa, una paradoja digna del mismísimo Zenón: que fue la guerra lo que nos unió y la guerra lo que nos separa a la fuerza. Los británicos lo llaman «dar con una mano y quitar con la otra». ¿Qué tengo yo contra los británicos que me he visto obligado a venir a Grecia? Pelagia está en lo cierto, pero ¿quién será el primero en decirlo? Hasta ahora sólo Antonia lo ha dicho, vibrando al son de la «Marcha de Pelagia», cantando bajo mis dedos.