38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 43

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43. LA GRAN PELOTA OXIDADA CON PINCHOS

Pelagia no disfrutó mucho preparando los caracoles. Por un lado, había recibido consejos contradictorios sobre la técnica adecuada para hacerlos sabrosos, y detestaba la sensación de inseguridad engendrada por su propia confusión, odiaba la idea de servir algo que resultara viscoso y repugnante, y tenía miedo de que si hacía un mal guiso perdería puntos a ojos del capitán. La jubilosa sensación de bienestar que sintió tras el descubrimiento de su amor mutuo se veía ahora amenazada no sólo por la culpabilidad inherente a lo furtivo del mismo, sino también por la espantosa posibilidad de que si se equivocaba con los caracoles provocaría en él, en el mejor de los casos, asco, y en el peor, un envenenamiento.

Drosoula le dijo categóricamente que había que dejar toda la noche los caracoles en una cazuela con agua, con la tapa puesta para evitar que se escaparan, y por la mañana lavarlos a conciencia. Luego había que calentarlos vivos en agua y esperar a que saliera toda la espuma a la superficie. En ese preciso momento había que echar un poco de sal y empezar a removerlos en el sentido de las agujas del reloj («Si los remueves en el otro sentido saben horrible»). Pasados quince minutos había que practicar un agujero en el dorso de cada concha, «para que salga el diablo y entre la salsa», y luego había que enjuagarlos bien en la misma agua utilizada para hervirlos. Drosoula no le explicó a Pelagia cómo, al hacer esta operación, se metían los dedos en un agua que aún estaba hirviendo. Drosoula afirmaba también que sólo podían comerse los caracoles que se hubieran alimentado de tomillo, y Pelagia, aunque no lo creyó, acabó sintiéndose cada vez más nerviosa.

La mujer de Kokolios le dijo en el pozo que todo eso eran bobadas porque ella se acordaba de cómo preparaba su abuela los caracoles:

– No hagas caso de Drosoula. Esa mujer es casi turca.

No, lo que había que hacer era pellizcar los caracoles uno por uno, y si se movían es que estaban vivos.

– ¿Y cómo los pellizco si se han metido dentro? -preguntó Pelagia.

– Te esperas a que salgan -replicó la mujer de Kokolios.

Pero si salen, es evidente que están vivos, no hace falta que los pellizque.

– Nada, tú pellizca. Es mejor asegurarse. Luego coge un cuchillo puntiagudo y limpias la boca del caparazón. Después coges agua limpia y lavas cada caracol veintiuna veces. Más no porque quedarían insípidos, y menos tampoco porque no estarían del todo limpios. Luego los dejas escurrir durante media hora y finalmente pones sal en la boca de la concha, y verás como empieza a salir toda esa baba viscosa, amarilla y repugnante, y así sabrás que están a punto. Luego los fríes en aceite de uno en uno, boca abajo, y después añades vino y los cueces un par de minutos, ni más ni menos. Y a continuación te los comes.

– Pero Drosoula dice que…

– No hagas caso de esa vieja bruja. Pregunta a cualquiera y verás como te dicen lo mismo que yo, y si te dicen algo distinto es que no saben nada.

Pelagia preguntó a la mujer de Arsenios y después a la de Stamatis. Buscó incluso «caracoles» en la enciclopedia médica, pero no encontró ninguna entrada para esa palabra. Tenía ganas de cogerlos, arrojarlos al suelo y pisotearlos. De hecho se sentía tan frustrada que quería llorar o gritar. Le habían dicho cinco maneras distintas de preparar aquellos gasterópodos y explicado cuatro recetas distintas: caracoles hervidos, caracoles fritos, estofado de caracoles a la cretense y pilaf de caracoles. Como no había arroz, el pilaf estaba descartado. La boca se le hizo agua al pensar en el arroz, y deseó por enésima vez que la guerra terminara.

Pero ¿cuántos caracoles había que poner por persona? Drosoula le dijo que un kilo por cuatro personas. ¿Pero eso era contando las conchas o sin contarlas? Y además, ¿cómo demonios hacía uno para sacarlos de sus conchas? ¿Y cómo había que pesarlos para no ensuciar la balanza de baba? Una clase de baba que no podía lavarse ni con agua caliente y jabón, que iba pasando a todo aquello que tocabas, como si poseyera cierta habilidad mística para multiplicarse hasta el infinito.

Pelagia contempló su reluciente cargamento de animales mucilaginosos, propinando de paso algún que otro capirotazo a los que intentaban escapar de la cacerola. Empezó a compadecerse de ellos. No sólo eran animales muy grotescos, con aquellos tentáculos eréctiles y su desesperadamente lento y tortuoso movimiento, sino que además eran el colmo del patetismo por su triste, lamentable y conmovedora fe en la seguridad de su concha. Se acordó de sí misma cuando de niña creía que si cerraba los ojos su padre no podría verla haciendo cosas feas. Mientras pinchaba los caracoles, le invadió la tristeza al pensar en la crueldad de un mundo en que los vivos sólo pueden vivir como predadores de otras criaturas más débiles; no parecía una buena manera de poner orden en el universo.

Un grito entusiasta, «Barba C'relli, Barba C'relli», interrumpió sus dilemas prácticos y éticos; Pelagia sonrió al reconocer la voz de Lemoni en un estado de extrema excitación. A la chiquilla le había dado por llamar «Viejo» al capitán y por ir a contarle cada tarde en un griego infantil y jadeante los acontecimientos del día. «Barba» Corelli escuchaba pacientemente sin comprender una palabra y luego le palmeaba la cabeza, la llamaba «koritsimou» y empezaba a lanzarla por los aires. Pelagia no entendía qué placer podían encontrar en todo aquello, pero ciertas cosas no tienen explicación, y los penetrantes chillidos de alegría de Lemoni eran un testimonio decisivo de lo improbable. Contenta de distraerse un rato, Pelagia salió al patio.

– He visto una gran pelota oxidada y con pinchos -informó Lemoni al capitán-, y me he subido encima.

– Dice que ha visto una gran pelota oxidada con pinchos y que se ha subido encima -tradujo Pelagia.

Carlo y Corelli intercambiaron miradas y palidecieron.

– Ha encontrado una mina -dijo Carlo.

– Pregúntale -pidió Corelli a Pelagia- si ha sido en la playa.

– ¿Ha sido en la playa?

– Sí, sí, sí -exclamó alegremente la chiquilla, y añadió-: Y he subido encima.

Corelli sabía suficiente griego para reconocer la palabra «sí». Entonces se levantó y, con la misma brusquedad, se volvió a sentar.

– Puttana -exclamó, cogiendo a Lemoni en brazos y estrechándola contra su pecho-, podía haber muerto.

Carlo fue más realista:

– Debería haber muerto. Ha sido un milagro. -Puso los ojos en blanco y añadió-: Porco Dio.

– Puttana, puttana, puttana -coreó Lemoni sin venir al caso, ahogada su voz en el pecho del capitán.

Pelagia dio un respingo.

– Antonio, ¿cuántas veces he de recordarte que no digas palabrotas delante de la niña? ¿Qué crees que dirá su padre cuando llegue a su casa hablando tan mal?

Corelli la miró fingiendo arrepentimiento y luego sonrió:

– Probablemente dirá «¿Qué figlio di puttana ha enseñado a mi hijita a decir puttana?».

Nadie en todo el pueblo fue capaz de resistir la tentación de sumarse a la procesión de curiosos que descendió serpenteando por los riscos hasta la playa. Cuando la vieron señalaron con el dedo, gritando «Ahí está, ahí está la mina», y desde luego que estaba, posada con un engañoso aire de oportunidad e inocencia al borde mismo de un mar azul pavo real. Era una esfera alta como un hombre, una esfera un poco más regordeta que alta, tachonada de púas romas que le daban un aspecto de erizo de mar cuyas púas acabaran de tener un encuentro con un barbero militar.

La gente se congregó en torno a la mina manteniendo las distancias, y el capitán y Carlo se acercaron para inspeccionarla.

– ¿Cuánto explosivo diría usted? -preguntó Carlo.

– Vete a saber -respondió el capitán-. El suficiente para levantar a un acorazado del agua. Habrá que acordonar la zona y explosionarla.

– Estupendo -exclamó Carlo, quien, pese a los horrores vividos en Albania, era un verdadero amante de las explosiones y no había perdido el placer adolescente por la destrucción inofensiva.

– Vuelve a la base y trae un poco de dinamita, cable para conectar el detonador y un deflagrador de ésos. Yo me quedo aquí organizando a los lugareños.

– Es turca -dijo Carlo, señalando los arremolinados caracteres apenas visibles todavía entre las escamas y los hoyos de la herrumbre-. Debe de haber estado flotando a la deriva durante veinte años al menos, desde la Gran Guerra.

– Merda, es increíble -dijo Corelli-. Una verdadera rareza. Confío en que a estas alturas el explosivo se habrá podrido.

– O sea que nos quedamos sin fuegos artificiales -dijo tristemente Carlo.

– No, si consigues dinamita suficiente, testa d'asino.

– Capto la indirecta -dijo Carlo, y echó a andar por la playa en dirección al pueblo.

Corelli se volvió hacia Pelagia, que seguía mirando con curiosidad aquel inmenso y vetusto artefacto bélico.

– Dile a Lemoni que si alguna vez donde sea, encuentra algo de metal y no sabe qué es, que no lo toque, ni rozarlo siquiera y que corra a contármelo. Y que se lo diga a los demás niños.

Corelli le pidió a Pelagia que tradujera sus palabras e indicó por señas a la gente que formasen corro.

– Primero de todo -les dijo-, vamos a hacer explotar este artefacto. Es posible que la explosión sea realmente grande, así que cuando llegue el momento quiero que todos suban a lo alto del risco para mirar desde allí, de lo contrario podría haber una masacre accidental. Mientras esperamos que llegue la dinamita, necesito unos cuantos hombres fuertes con palas para hacer una trinchera a cincuenta metros de esa cosa, allá, donde yo pueda estar a salvo mientras hago detonar la mina. Ha de tener más o menos las medidas de una tumba. ¿Algún voluntario? -Los miró de uno en uno, pero todos apartaban la vista. No estaba bien ayudar a un italiano y, aunque todos tenían ganas de ver la explosión, ser el primero en ofrecerse voluntario habría significado cubrirse de oprobio. Corelli percibió la belicosidad de aquellos rostros y se sonrojó-. Habrá un pollo para que os lo repartáis -anunció esperanzado.

Kokolios levantó dos dedos y dijo:

– Que sean dos pollos.

Corelli mostró su conformidad y Kokolios dijo:

– Lo haremos Stamatis y yo y queremos dos pollos por cabeza.

Pelagia tradujo el mensaje. El capitán hizo una mueca:

– ¿Por cabeza? -Exasperado, puso los ojos en blanco y murmuró por lo bajo-: Rompiscatole.

Y así fue como Kokolios y Stamatis, monárquico uno y comunista el otro pero al fin y al cabo viejos amigos, unidos por el hambre y la agudeza en los negocios, se fueron a sus casas y volvieron con sendas palas. En el sitio indicado por el capitán empezaron a cavar un agujero rectangular y fueron acumulando la arena del lado de la mina para formar un baluarte. Cuando el hoyo no tenía más de un metro y medio de hondo empezó a llenarse de agua, y el capitán miró aquel lodo ocre con cierto desánimo condenatorio.

– Se está llenando de agua -le comentó innecesariamente a Pelagia, que estaba allí de pie como los demás, contemplando cómo trabajaban los dos viejos. Pelagia le miró y le dijo riendo:

– Todo el mundo sabe que si haces un agujero en una playa se llena de agua.

Corelli frunció el ceño y empezó a dudar de la viabilidad de la idea, lo cual no hizo sino reafirmarlo en llevarla a cabo.

Llegó Carlo, no sólo con la dinamita y demás material sino con un camión lleno de soldados, todos fuertemente armados y prodigiosamente ansiosos de presenciar el espectáculo prometido. Corelli se enfadó:

– ¿Por qué no se lo has dicho también a Hitler e invitamos a todo el ejército alemán?

Desolado pero contumaz, Carlo repuso:

– Me han hecho traer a todos éstos porque va contra las normas transportar explosivos sin escolta. La culpa es de los partisanos, no mía.

– ¿Partisanos? ¿Qué partisanos? ¿Esos bandidos que saquean los pueblos cuando volvemos la espalda? No me hagas reír.

– Este agujero no está en su sitio -les interrumpió un tipo menudo con uniforme de ingenieros.

– ¡El agujero está donde a mí me da la gana! -gritó el capitán, cada vez más enfadado ante la perspectiva de que su travesura recreativa se le escapara de las manos.

– Está demasiado cerca -insistió el zapador-, la onda expansiva pasará por encima del agujero y le chupará los ojos y el cerebro, y entonces tendremos que sacarle del hoyo, a menos que su última voluntad sea descansar allí en paz.

– Oiga, déjeme decirle que yo soy el capitán y usted el cabo. Estoy al mando de esto, ¿entiende?

El otro no se arredró:

– Y déjeme decirle a usted que yo soy zapador y usted un hijoputa chalado.

La sorpresa desorbitó los ojos del capitán y la rabia los abrió luego todavía más:

– ¡Insubordinación! -gritó-. Le voy a meter un puro que se va a enterar.

El zapador se encogió de hombros y sonrió:

– Puede usted decir lo que le dé la gana, porque una vez muerto no podrá hacerme nada. Si quiere palmarla, muy bien, me quedaré a mirar.

– Carogna. -Farfulló Corelli y el soldado repitió:

– Hijoputa. -Y se alejó tan campante.

Repudiando toda aquella operación, subió a lo alto del risco, encendió un cigarrillo y pestañeó al sol que declinaba mientras contemplaba los preparativos. El espectáculo era maravilloso. El mar era como una multitud de pinceladas de aguamarina y lapislázuli, y se podían ver los oscuros montecillos de roca y los bucles oscilantes de las algas bajo el oleaje. El soldado tenía verdaderas ganas de ver lo que le iba a pasar a aquel imbécil de oficial.

Corelli colocó una carga de dinamita bajo la mina y desenrolló el cable, que fue lo bastante largo para llegar hasta su anegada trinchera. Luego, inquieto ante la duda de que lo dicho por el zapador fuese verdad, pero resuelto no obstante a terminar lo que se había propuesto, él y la excitada tropa apilaron un espeso muro de arena alrededor de la mina a fin de que el grueso de la descarga saliera disparado hacia arriba. Finalmente la cosa tomó el aspecto de una rosquilla pero exactamente al revés, una circunferencia excavada en tierra que contenía en su centro una columna de arena con una cúpula encima de aspecto abandonado y erizada de herrumbrosas y truncadas púas. Drosoula no fue la única mujer que pensó que se parecía mucho a un pene megalítico en posición de reposo.

– Avanti! -gritó por fin el capitán.

Soldados y espectadores iniciaron la subida a las cuestas del risco, sudando y jadeando pese a que el sol de la tarde había perdido ya casi todo su calor. Allá abajo, Corelli no parecía más grande que un ratón. Los soldados tomaron posiciones y discutieron sobre si sería o no una buena playa para jugar al fútbol. El cabo de ingenieros se explayó a conciencia y con mordacidad sobre la demencia del oficial y se ofreció a aceptar apuestas sobre la supervivencia del mismo. Pelagia empezó a sentirse profundamente preocupada y advirtió que Carlo estaba sudando de nervios. Le vio santiguarse varias veces y musitar unas oraciones. Él notó que le miraba y compuso una expresión suplicante, como diciendo «Usted es la única que puede detenerle».

Metido en su trinchera, Corelli atisbó por encima del búnquer y se vio sorprendido por la improbable proximidad del artefacto. Cuanto más miraba, más cercana y grande le parecía la mina, hasta que llegó a parecerle que medía veinte metros de altura y que la tenía en su regazo como si fuera una grotesca, descomunal y desagradable prostituta de un burdel. Decidió no mirarla más. Las tripas se le removían de la manera más desconcertante, y se dio cuenta de que estaba calado hasta las rodillas y que tenía las botas llenas de una agua fastidiosamente arenosa. Puso ambas manos sobre la pieza en forma de T del deflagrador y presionó un par de veces a fin de hacerse a la idea de producir una descarga. Después conectó los bornes.

Preocupado por la posibilidad de que le chuparan los ojos y el cerebro, ensayó mentalmente la rápida maniobra de apretar el émbolo y transferir inmediatamente sus manos a la cabeza al tiempo que apretaba fuertemente los ojos. Levantó la vista al cielo, se santiguó, intentó calmarse y accionó con brío el deflagrador.

Se oyó un chasquido seco, luego una pausa casi infinitesimal y después un profundo rugido. La gente que estaba en el risco vio una enorme columna de cascotes ascender con majestuosa gracia hacia los cielos, lejos de alcance de su vista. Con reverencial temor en sus rostros, empezaron a distinguir oscuros discos de acero, refulgentes gotas de agua iluminadas por momentáneos arco iris, lodosos y dilatados terrenos de arena húmeda, un vendaval de arena seca y eflorescencias ondulantes de humo negro y llamas anaranjadas.

– ¡Aira! -gritaron jubilosos los griegos.

– Figlio di puttana di stronzo d'un cane d'un culo d'un porco d'un pezzo di merda! -gritaron los italianos. Repentinamente la onda expansiva los alcanzó y los hizo caer de espaldas como a los impotentes mortales que en la Antigüedad eran aplastados por la mano de Zeus, dios de las nubes.

– Puttanas yie! -musitaron los estupefactos griegos.

– Porco cane! -exclamaron los soldados.

Apenas habían empezado a ponerse en pie con dificultad cuando vieron que la aparentemente inagotable ascensión de materiales había cesado. De hecho, más que cesar estaba floreciendo lateralmente de forma inexorable, prolongándose en un arco magistral y totalizador. Hipnotizada tanto como aterrorizada, la gente observaba desde el risco alargando el cuello hasta lo imposible mientras el peligroso pero bello nubarrón se desparramaba sobre sus cabezas. Pelagia, al igual que Carlo y muchos otros, experimentó una glacial calma paralizadora, un terrible y atenazante desaliento, y luego, como ellos, se echó cuerpo a tierra sobre el espinoso césped del farallón y sepultó la cara entre los brazos.

Un malévolo y colosal terrón de arena húmeda le golpeó dolorosamente en la espalda, dejándola sin aliento, y un fragmento de metal candente penetró como una bala en el suelo al lado de su cabeza, chamuscando audiblemente la roca a su paso. Una esquirla chocó con la suela de su zapato, separándosela limpiamente del tacón. Corpúsculos ardientes de óxido se posaron en su ropa, carbonizándola en agujeritos de colador que le torturaron la carne y la hicieron retorcer de dolor como dardos que se clavaban y persistían y se multiplicaban como el veneno de los avispones y las avispas. Su mente se vació de todo lo que no era el vacío de la resignación que aflige a los desahuciados ante la inminencia de la muerte.

El episodio terminó, tras una eternidad, con una mansa y tiernamente reconfortante lluvia de arena seca que empezó a descender del cielo y a golpetear suavemente encima de y en torno a ellos, amontonándose en simétricos conos sobre la parte posterior de sus cabezas, pegándose como alcorza a las irregulares salpicaduras y franjas de arena mojada, insinuándose con insidiosa destreza tras los cuellos de sus vestidos y en sus zapatos. Era caliente y casi metafísicamente agradable.

Todos empezaron a ponerse en pie, tambaleantes y frágiles como gatitos. Algunos caían al suelo tan pronto conseguían levantarse, y otros caían porque otro se había apoyado en ellos para mantener el equilibrio. Fue una fiesta de levantarse y caerse, una fiesta de agarrarse y tropezar, un carnaval de rodillas inexplicablemente debilitadas y de caras pálidas rayadas de cuajarones de arena goteante. Fue un solemne y majestuoso batiburrillo de increíbles y extravagantemente modificados peinados y de ropajes irreconociblemente deshilachados, una estigia y ultraterrena celebrazione de cuerpos bamboleantes y de ojos conspicuamente vírgenes insertados anómalamente en rostros de cómicos disfrazados de negros.

La sosegada llovizna de arena fue inexorable; los golpeó a todos, se posó como minúsculas garrapatas amarillas sobre sus pestañas y cejas, se aferró con electrostática tenacidad a los pelos de sus narices, se congració horriblemente con la saliva de sus bocas, se abrió camino obscenamente por entre la ropa interior y aterrorizó a las mujeres, se adhirió agradecida al sudor de sus axilas y rejuveneció a los más viejos rellenando sus arrugas.

Todos se abrazaban entre sí sin cruzar palabra, ofuscados de asombro, contemplando el espectacular nubarrón de humo repugnante que crecía y crecía, tapando el sol y el cielo y malogrando la luz. Con la manga, se quitaban la arena de la cara, pero sólo conseguían sustituir una raya por otra. Unos pocos empezaron a mirarse los cortes y observaron fascinados cómo la sangre carmesí surgía de una capa de arena, oscurecida y coagulada.

No se reconocían, italianos y griegos se miraban desnacionalizados por las toses, el tizne y la estupefacción mutua. De pronto se oyó el grito de una voz asfixiada.

Todos, como galvanizados, rodearon el cadáver del relamido zapador, cuya pulcramente cercenada cabeza sonreía de forma angelical por entre su maquillaje de arena. El cuerpo yacía cerca de allí, de bruces, guillotinado por un humeante disco de mellado acero herrumbroso sepultado hasta el radio en el césped.

– Ha muerto feliz -dijo una voz que Pelagia identificó como la de Carlo-, qué más se puede pedir. Pero no podrá recoger apuestas.

– Puttana -dijo una vacilante vocecita atiplada que parecía la de Lemoni.

Alguien empezó a vomitar y cinco o seis personas se contagiaron de las arcadas, añadiendo un nuevo ruido de dolor a la epidemia general de tos.

Súbitamente presa del pánico, Pelagia corrió hasta el borde del risco y miró con horror por entre la lluvia de arena. ¿Qué había sido del capitán?

Divisó un cráter de treinta metros de diámetro que el mar había llenado ya. Se veían retorcidas tiras de metal esparcidas en cientos de metros a la redonda, montecillos y cráteres de satélite de variadas formas, pero no había señales del capitán ni de su trinchera.

– ¡Carlo! -chilló, y se llevó las manos al pecho. Aturdida de pena, cayó de rodillas y empezó a llorar.

Carlo bajó corriendo hasta la playa, tan horrorizado como Pelagia pero más acostumbrado a la obligación de superarlo. Se explayó pensando en la pietá de Francesco, con la cabeza destrozada, muriendo en sus brazos allá en Albania, y nada excepto correr pudo atajar el huracán de duelo que estaba a punto de arrasar su corazón.

Llegó hasta donde supuso había estado la trinchera y se detuvo. Allí no había nada. Todo estaba arrasado, irreconocible. Alzó los brazos como reprochándoselo a Dios y estaba a punto de empezar a golpearse las sienes, cuando captó un movimiento por el rabillo del ojo.

Corelli no se distinguía de la arena mojada porque estaba totalmente cubierto de ella. La explosión le había dejado conmocionado y la corriente ascendente le había lanzado por los aires para luego arrojarlo al suelo. Ahora yacía boca arriba, perfectamente modelado en la playa por el biselaje de la arena precipitada. Forcejeando torpemente por sentarse sin conseguirlo, parecía realmente un monstruo de película. Carlo rió a carcajadas, pero su hilaridad quedó atemperada por el temor de que el hombre al que tanto quería pudiese estar gravemente herido. Sólo se le ocurrió cogerlo en vilo y llevárselo al mar; eso le recordó de nuevo cuando transportó a Francesco de donde había caído entre los dos frentes, y volvió a oír los nobles vítores de los griegos.

Carlo lavó al capitán entre las olas y lo encontró totalmente desorientado pero, al parecer, ileso.

– ¿Ha estado bien? -preguntó Corelli-. Me lo he perdido.

– ¡Qué sporcaccione de explosión! -exclamó Carlo-. Es lo mejor que he visto en mi vida.

Corelli vio moverse sus labios, pero no oyó nada. De hecho no percibía otro sonido que el prolongado tañer de la mayor campana del mundo.

– Habla más alto -dijo.

De las secuelas de este episodio hay mucho que hablar. Corelli estuvo sordo dos días y padeció la más acuciante mortificación al pensar que podía perder su música para siempre. Durante el resto de su vida sufriría períodos de zumbidos, recuerdo perdurable de Grecia. El general Gandin le sancionó por la muerte del ingeniero y por provocar la movilización inmediata de todas las tropas del Eje destacadas en la isla, al deducir por la tremenda detonación y el suntuoso hongo posterior que los aliados habían desembarcado inesperadamente en Cefalonia. Corelli fue prácticamente degradado, pero el general Gandin llegó a la conclusión de que teniendo en cuenta que los nazis pagaban los salarios de la guarnición italiana, la degradación no supondría ningún beneficio material para Italia. De todos modos, era ya motivo de fricción el que los alemanes no permitieran a los italianos ascender a nadie debido a los gastos que ello ocasionaba a la cancillería, y el general no tenía intención de regalarles ningún ahorro. Acusó a Corelli de haber actuado por iniciativa propia sin permiso, de no haber cedido la responsabilidad a la autoridad competente, de imprudencia temeraria y de comportamiento impropio de un oficial. Fue sentenciado a una severa reprimenda que había de constar en su expediente durante toda su carrera militar. Extravagante e ingenioso a la vez, Corelli regaló a la apetecible secretaria del general una rosa roja y una caja de bombones suizos de contrabando, y la reprimenda desapareció por arte de magia de su hoja de servicios después de haber estado siniestramente latente allí durante sólo tres días.

El capitán disfrutó de ser mimado como nunca por Pelagia mientras que ella le expresaba su desahogo bombardeándolo con besos, palabras tiernas y promesas que sobrepasaron de largo la lluvia de arena en la playa. Günter Weber llevó su gramófono de cuerda y a la cabecera de su cama le enseñó la letra de Mein Blondes Baby y Leben Ohne Liebe, y Carlo entraba y salía informando de la constante y angustiosa erosión del cráter por la acción del mar. Se presentó Lemoni, a partir de entonces convertida en inigualada experta en encontrar trozos de metal oxidado, y le obligó a levantarse de la cama para ir a identificar una antigua reja de arado, la cabeza de un proyectil antiaéreo y un bote despachurrado. La desilusión de Lemoni, viendo que nada de todo aquello podía ser explosionado, sobrepasaba la comprensión adulta en una medida que bien podía calificarse de infinita.

La noche de aquel espléndido episodio, el iracundo doctor salía de la cocina con la intención de cantarle las cuarenta a Pelagia. En ese momento no sólo su hija, sino todo un tropel de gente inconcebiblemente asquerosa, exhausta y harapienta, hizo acto de presencia en el patio. Un hombre, irreconocible pero tan alto como Carlo, y que luego resultó ser Carlo, traía en brazos el cuerpo delirante de alguien que luego resultaría ser el capitán. Una muchacha con aspecto de loca e irredimible suripanta salida del barrio más pobre de El Cairo resultó ser Pelagia. Una cosa diminuta de sexo indeterminable recién sacada de una tumba prematura resultó ser Lemoni. El doctor iba a tener mucho trabajo curando cortes, y sus ingresos en berenjenas iban a ser espectaculares, pues precisamente por entonces estaban en sazón.

Claro que en aquel momento, enfrentado a aquella muchedumbre de soldados y griegos tan desorientados como menesterosos, no podía pensar en otra cosa que en el repelente y turbador espectáculo que acababa de encontrarse en la cocina.

– ¿Quién -rugió retóricamente- ha tenido la audacia de llenarme la casa de caracoles?

Era verdad. Había caracoles por todas partes; en las ventanas, bajo los cantos de las mesas, posados oblicuamente en las paredes y en la taza de Psipsina, en el cántaro, pegados a las esteras, avanzando con determinación hacia la cesta de las verduras y adheridos con quijotesco entusiasmo al cañón de la pipa del doctor y a los cristales de las gafas que él había dejado en el alféizar.

Horrorizada por la culpa, Pelagia se llevó una mano a la boca, y Lemoni, al ver las plateadas, serpenteantes, entrecruzadas y relucientes huellas y la distribución encantadoramente azarosa de los propios caracoles, se puso a dar palmas de júbilo.

– Porca puttana -dijo, y un hombre que debía de ser su padre le descargó una bofetada en la mejilla.