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Ruidos de apuros avícolas despertaron a Kokolios en mitad de la noche. Lo primero que pensó fue que la marta del doctor se había colado en su corral; él siempre había dicho que era antisocial tener como animal doméstico a una famosa ladrona de gallinas, y ya la había pillado dos veces llevándose huevos. Kokolios maldijo y luego saltó de la cama; qué bastonazo le iba a dar a esa ladronzuela, y así se zanjaría la cuestión, le gustara al doctor Iannis o no.
Se puso las botas y alcanzó la porra que había guardado sobre el dintel desde que estallara la guerra. Era un nudoso tronco de espino que había encontrado en los matorrales, y en el extremo más delgado le había hecho un agujero donde ajustar un lazo de correa de cuero. Deslizó la muñeca por la correa y abrió la puerta de su casa, cuya parte inferior rascó las losas del suelo describiendo un arco. Llevaba diez años pensando que tenía que arreglar la puerta. Afortunadamente el ruido quedó ahogado por los frenéticos cloqueos de las gallinas, y Kokolios salió a la noche.
Estaba muy oscuro porque un espeso nubarrón había ocultado la luna, y el ruido era atroz debido a los grillos. Kokolios escudriñó la oscuridad y oyó que alguien blasfemaba por lo bajo. Perplejo, siguió mirando con ojos de miope. Lo que vio fue a dos pequeños soldados italianos en el corral, tratando de echarle el guante a una gallina.
Cegado por la rabia, Kokolios actuó sin pensar. Pese a los rifles que los soldados llevaban a la espalda, soltó un pavoroso grito de guerra y se lanzó al combate.
Los dos italianos habían participado en la campaña de Albania y se habían comportado con valentía, pero en la oscuridad no fueron rival para una criatura feroz, desnuda y demoníaca que les descargaba una lluvia de golpes en la cabeza y la espalda, que les daba patadas en las piernas y profería gritos sobrenaturales. «Puttana!», gritaban ellos, y se protegían la cabeza con las manos sin más resultado que recibir otra tanda de golpes en codos y nudillos.
Finalmente cayeron de rodillas y entre gritos lastimeros imploraron que dejara de pegarles.
Kokolios no sabía una palabra de italiano pero sabía reconocer a un enemigo derrotado. Arrojando la porra cogió a los dos ladrones por el cuello de la camisa y los obligó a levantarse. Luego los llevó a la fuerza hacia la casa del doctor, dándoles patadas en el culo a cada paso y haciendo entrechocar sus respectivos cráneos como un maestro de escuela enajenado.
Al llegar a casa del doctor, sin dejar de sacudirlos y patearlos, Kokolios se puso a gritar:
– Iatre, iatre!
El doctor Iannis no tardó en salir, seguido del capitán y de Pelagia, los tres en camisa de dormir. A la recién revelada luz de la luna contemplaron a Kokolios, en cueros aparte de sus pesadas botas, temblando de ira y con un soldado derrotado colgando de cada mano. Lo más curioso era que los soldados seguían llevando a la espalda sus carabinas.
– Entra enseguida -le dijo el doctor a su hija, preocupado por su pudor en presencia de aquel hombre colérico y desvestido, patizambo y de pelo en pecho.
Obediente, Pelagia se retiró a la cocina para disfrutar del espectáculo al resguardo de la ventana.
Kokolios señaló a Corelli pero le gritó al doctor:
– Dígale a ese hijoputa de oficial que sus hombres son unos ladrones y nada más que unos ladrones, ¿entiende?
El doctor Iannis transmitió la información a Corelli, quien no se movió por un instante como para decidirse. Luego se metió en la casa y el doctor le dijo a Kokolios:
– No estaría mal que se calmara un poco.
Mientras el oficial estaba dentro, el doctor aprovechó la ocasión para tomar el pelo a su vecino.
– Pensaba que era usted comunista -comentó.
– Pues claro que lo soy -replicó secamente Kokolios.
– Perdone, pero si mal no recuerdo, toda propiedad es un robo. Así que si tiene gallinas, usted también es un ladrón.
Kokolios escupió al suelo:
– Lo que es un robo es la propiedad de los ricos, no la de los pobres.
El debate filosófico fue interrumpido al reaparecer el capitán con su revólver, y por un momento tanto Pelagia como su padre creyeron que pensaba matar a Kokolios. Ella se preguntó angustiada si debía ir a buscar su Derringer, pero no pudo moverse. Kokolios miró al capitán con una expresión mezcla de terror, desafío y justa ira. Sacó pecho muy ufano, como dispuesto a morir por el derecho de las gallinas griegas a vivir tranquilas incluso en territorio ocupado.
Para sorpresa general, el capitán apuntó directamente a la cara de uno de los acusados y le ordenó que se tumbara en el suelo. El ladrón sonrió para congraciarse y Corelli accionó el percusor. El hombre se arrojó a tierra con cómica celeridad y empezó a gemir excusas, a las que Corelli hizo oídos sordos. El capitán indicó por gestos al otro que hiciera lo mismo.
Tomando a Kokolios del brazo, se lo llevó un par de metros aparte. Acto seguido propinó sendos puntapiés a los hombres en posición supina y ordenó:
– ¡A besar el suelo!
Los soldados se miraron extrañados.
– He dicho a besar el suelo -gritó el capitán pasando de un sereno enfado a una furia desbocada.
Uno de los hombres se puso a gatas, pero Corelli le puso un pie en los riñones y lo lanzó brutalmente al suelo:
– Cuerpo a tierra, hijos de la gran puta.
Avanzaron contorsionándose como serpientes hasta llegar a la altura de las botas de Kokolios.
– Lamédselas -ordenó el capitán.
Era inútil protestar. El capitán fustigó a uno de ellos en la cabeza, y el doctor cerró los ojos encogiéndose ante el daño corporal que temía estaba a punto de producirse. Pelagia se cubrió la boca ahogando un grito y sintió compasión por los humillados rateros; jamás pensó que su capitán pudiera ser tan cruel y despiadado. Quizá después de todo, un músico también podía ser soldado.
Los ladrones le lamieron las botas a Kokolios, quien los miró mudo de asombro, y sólo cuando se percató de las carnosas protuberancias de sus partes pudendas rielantes a la luz de la luna, recordó que iba sin vestir. Se quedó boquiabierto, se llevó rápidamente las manos a sus más preciosas posesiones y se fue correteando hacia su casa.
En la cocina, Pelagia no pudo menos de echarse a reír, pero el capitán no estaba de humor para frivolidades cuando entró con los desdichados.
– ¡Sureños de mierda! -gritó-. ¡Camorra y mafiosi! ¡Renegados!
Los ladrones permanecieron sentados a la mesa mientras el capitán les daba un coscorrón a cada epíteto. Se los veía empequeñecidos y patéticos. El doctor movió la mano para poner freno a la saña del capitán. Éste cogió a los soldados por el cuello de la camisa como había hecho Kokolios, los arrastró hasta la puerta y los echó a empujones. Cayeron sobre los adoquines, pero al punto se pusieron de pie y echaron a correr.
El capitán volvió a entrar echando chispas por los ojos. Miró a Pelagia y a su padre como si en parte hubieran tenido ellos la culpa y gritó:
– ¡Todos tenemos hambre! -Levantó las manos al cielo como apelando a Dios, meneó la cabeza, se golpeó el pecho con el puño y exclamó-: ¡Qué deshonra! -Luego se marchó a su cuarto y cerró de un portazo.
Dos días después Pelagia salió al patio y se sorprendió al notar la ausencia de algo familiar. Echó un vistazo alrededor pero no vio nada raro. Y entonces se dio cuenta. El capitán salió y la encontró llorando desconsolada.
– Se han llevado mi cabra -sollozaba-, mi cabra bonita. -Se imaginaba ya la carnicería y el desguace posterior.
El capitán posó una mano en el hombro de la chica; ella se la sacudió y siguió sollozando.
– ¡Sois unos bastardos, sí, todos vosotros, ladrones y bastardos!
El capitán se irguió rígidamente.
– Tesoro mío -dijo-, juro por mi madre que te conseguiré otra cabra.
– ¡No quiero! -gritó ella, volviendo hacia él una cara anegada en lágrimas-. No aceptaré nada que proceda de ti.
Él se dio la vuelta y se alejó con la amargura del deshonor royéndole como un gusano el corazón.