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El doctor Iannis cargó su pipa de aquella picadura letalmente acre que en los días de la ocupación pasaba por tabaco, la apisonó, procedió a encenderla y dio una calada insensatamente profunda. El irritante humo alcanzó de pleno el fondo de su garganta, y los ojos se le desorbitaron. Tartajeó, se agarró el cuello con una mano y tosió violentamente. Arrojó la pipa al suelo y murmuró «Heces, nada más que heces. ¿A qué extremos ha llegado el mundo que me veo obligado a fumar coprolito? Se acabó, no pienso fumar nunca más.»
Últimamente la pipa le había dado más problemas que satisfacciones. De una parte era imposible conseguir escobillas para limpiarla, y como único recurso había tenido que escarbar en el huerto en busca de plumas. Había llegado incluso a sobornar a Lemoni para que las buscara en la playa, para lo cual había tenido que engatusar a Pelagia a fin de que hiciera aquellas pastas de miel que a la niña tanto le gustaban. Todo ello amenazaba convertirse en una infinita e incontrolable espiral de corrupción. Había hecho intentos de cortar el nudo gordiano renunciando a limpiar la pipa, pero eso había dado como resultado la inhalación de partículas indescriptiblemente repelentes, furiosamente amargas y apabullantemente viscosas de un taco de tabaco frío. Le hacía sentir tantas náuseas como a un perro la ingestión de guindillas remojadas en gasolina, y todo esto únicamente para fumar un tabaco que era el equivalente de una tonsilectomía de aficionado. Se sentía traicionado e irritable. Su pipa era una St. Claude comprada en Marsella, y se suponía que era una compañera de toda la vida. De acuerdo, tenía casi todo el borde quemado y el tubo estaba amarillento y mordisqueado, pero nunca le había atacado con tanta saña. La dejó en el suelo y volvió a sus escritos:
«Puesto que esta isla es una joya, desde los tiempos de Ulises ha sido juguete de los grandes, los poderosos, los plutócratas y los detestables. Los romanos, nada filosóficos e ineptos para cualquiera de las artes salvo las de administrar esclavos y realizar conquistas militares, saquearon la ciudad de Samos y masacraron a la población tras una heroica resistencia de cuatro meses. Así empezó la larga y lamentable historia de ir pasando de mano en mano como un regalo, mientras simultáneamente era atacada repetidas veces por corsarios de todos los rincones del malversado Mediterráneo. Se convirtió así en una isla objeto de perpetuos pillajes, una isla cuyo famoso músico Melampus ganó para Kythera el primer premio en los juegos Olímpicos de nada menos que 582 antes de Cristo. Desde los romanos no hemos tenido otro premio que la supervivencia.»
El doctor hizo una pausa y cogió su pipa del suelo, olvidando que poco antes había renunciado a ella para siempre; no era tanto una historia como un lamento. O una diatriba. Una filípica, tal vez. De pronto tuvo la idea luminosa de que quizá no era tanto que le resultase imposible escribir una historia de la isla, cuanto que la Propia Historia Era Imposible. Satisfecho de las implicaciones de su teoría, se regaló con una profunda calada a su pipa que una vez más le sometió a un desesperado paroxismo de dolorosos estornudos y toses.
Furioso, se puso en pie y consideró la posibilidad de partir la pipa en dos. Estaba a punto de hacerlo cuando fue derrotado por una sensación de pánico anticipado. El caso era que Dejar de Fumar era algo tan Increíble como la Historia. Era evidente que entre él y la pipa habría de existir cierto grado de adaptación. Hizo entrar a Pelagia, que había estado recogiendo con una cucharilla los posos del café de aquella mañana para utilizar de nuevo. El problema del café era tan calamitoso como la crisis del tabaco.
– Hija -dijo el doctor-, quiero que disuelvas un poquito de miel en un poco de brandy y que luego mezcles este tabaco dentro. Tal como está no hay quien lo fume. Es la cosa más desagradablemente estornutatoria que existe.
Pelagia le miró con sarcasmo y cogió la lata de tabaco. Iba a marcharse cuando su padre añadió:
– Espera, no te vayas, he de hablarte de una cosa.
El doctor estaba sorprendido de sí mismo. «¿Dé qué quiero hablarle?», se preguntó. Era como si hubiera hecho acopio de ciertas impresiones que requerían ser tratadas, pero que todavía no habían cuajado en ideas concretas.
Pelagia se sentó delante de él, apartó unos cabellos que le caían a la cara por la fuerza de la costumbre y preguntó:
– ¿De qué se trata, papá?
Él la contempló allí sentada con las manos sobre el regazo, una expresión expectante en su mirada y en los labios una modosa sonrisa. Su apariencia de pulcra inocencia le recordó lo que quería decirle. Cualquier persona, y especialmente una hija, capaz de un aspecto tan dulce y virginal estaba evidentemente metida en alguna travesura o alguna falta leve.
– No me ha pasado inadvertido, Pelagia, que estás enamorada del capitán.
Ella se ruborizó hasta las cejas, puso cara de pánico y empezó a balbucear:
– ¿Del capitán? -repitió absurdamente.
– Sí, del capitán, nuestro involuntario aunque encantador huésped. Ese que toca la mandolina a la luz de la luna y te trae pasteles italianos que tú no siempre crees conveniente compartir con tu padre, siendo éste la única persona a la que supones a la vez ciega e imbécil.
– ¡Papakis! -protestó ella, incapaz sin embargo de añadir ninguna cosa articulada a su interjección.
– Hasta el cuello y las orejas se te han puesto colorados -observó el doctor, gozando con el desconcierto de su hija y echando deliberadamente más leña al fuego.
– Pero papá…
El doctor hizo un extravagante ademán con su pipa:
– Realmente no se trata de discutir o negar este particular, porque está muy claro. El diagnóstico ha sido confirmado. Hablemos mejor de lo que ello implica. Por cierto, a mí me parece evidente que él también se ha enamorado de ti.
– No ha dicho semejante cosa, papakis. ¿Por qué tratas de acosarme? Estoy empezando a enfadarme. ¿Cómo puedes decir eso?
– Así me gusta -dijo él con satisfacción-. Ésta es mi hija.
– Te voy a dar un bofetón, de veras.
Él se inclinó hacia adelante y le tomó una mano. Ella apartó la vista y se ruborizó todavía más. Era típico de él sacarla de quicio y después sosegarla con un gesto amable. No había quien manejara a aquel padre, a ratos un fárrago de órdenes perentorias, a ratos tímido y adulador, y al momento altanero y aristocráticamente distante.
– Soy médico, pero también soy un hombre que ha vivido mucho y que ha sabido observar -dijo el doctor-. El amor es una especie de demencia que presenta síntomas clínicos muy precisos y recurrentes. Os ruborizáis cuando el otro está presente, merodeáis por sitios donde se supone va a pasar el otro, parecéis los dos un poco premiosos, os reís los dos sin venir a cuento, tú te has vuelto tan infantil que da asco y él tan galante que da pena. Tú también te has vuelto un poco tonta. Te regaló una rosa el otro día, y tú la guardaste en mi libro de sintomatología. De no estar enamorada y conservar un poco más de juicio, la habrías guardado en otro libro que yo no usara a diario. Me parece muy adecuado que la rosa esté en el capítulo que trata de la erotomanía.
Pelagia intuyó el inminente colapso de un millar de sueños maravillosos. Se acordó del consejo que le había confiado su tía: «Para tener éxito, una mujer está obligada a llorar, a dar la lata o a enfurruñarse. Debe estar dispuesta a hacerlo durante años y años, porque la mujer es propiedad desechable de los hombres de la familia, y los hombres, como las piedras, tardan mucho en desgastarse.» Pelagia probó a llorar, pero se lo impidió una creciente sensación física de pánico. De pronto se levantó y, con la misma brusquedad, se volvió a sentar. Barruntaba que un abismo se abría a sus pies y que un ejército de turcos, en la persona de su padre, estaba a punto de empujarla al abismo. La cruel disección que él había hecho de su alma parecía haber eliminado de su imaginación toda la magia.
Pero el doctor le apretó la mano, arrepentido ya de su rudeza e inclinado a la compasión por el mero e innegable hecho de que hacía un día precioso, otro más. Se retorció con el índice la punta del bigote y observó despreocupadamente los intentos de su hija por producir una lágrima. Luego inició un largo monólogo:
– Es un hecho comprobado que el honor de una familia deriva de la conducta de sus mujeres. No sé por qué es así, y es posible que en otra parte las cosas sean distintas. Pero vivimos aquí, y yo menciono el hecho científicamente del mismo modo que observo que el monte Aínos está nevado en invierno y que no tenemos ríos.
»No es que no me caiga bien el capitán. Está un poco loco, eso sí, lo cual se explica por el hecho de que sea italiano, pero no está loco hasta extremos risibles. En realidad me cae muy bien, y el que toque la mandolina como los propios ángeles dice mucho de él tratándose de un extranjero.»
Llegado a este punto el doctor reflexionó sobre si sería constructivo revelar sus sospechas de que el capitán tenía hemorroides; el descubrimiento de imperfecciones físicas era a menudo un poderoso antídoto del amor. Por respeto a Pelagia, optó por callárselo. Al fin y al cabo, no estaba bien ensuciar de mierda la cama de Afrodita. Continuó:
– Pero debes recordar que estás prometida a Mandras. Porque te acuerdas, ¿no? Técnicamente el capitán es un enemigo. ¿Te imaginas la tortura que eso te reportaría cuando los demás consideraran que habías renunciado al amor de un patriota griego por el de un invasor, un opresor? Te llamarán colaboracionista, puta del fascio y muchas cosas más. La gente te arrojará piedras, te escupirá al pasar, eso lo sabes, ¿verdad? Tendrías que marcharte a Italia si quisieras estar con él, porque aquí no estarías a salvo. ¿Estás dispuesta a abandonar esta isla, esta gente? ¿Qué sabes de la vida en otros lugares? ¿Crees que los italianos saben preparar pastel de carne y que tienen iglesias consagradas a san Gerasimo? Pues no.
»Y otra cosa. El amor es una locura pasajera, hace erupción como un volcán y luego se serena. Y cuando esto pasa uno ha de tomar una decisión. Tienes que averiguar si vuestras raíces están tan fuertemente entretejidas que resulta inconcebible separarse el uno del otro. Porque el amor es eso. Amor no es quedarse sin aliento, amor no es excitación, ni formular promesas de pasión eterna, ni el deseo de aparearse a cada momento del día, ni pasar la noche en vela imaginando que él besa hasta el último rincón de tu cuerpo. No, no te sonrojes, estoy diciendo verdades. Eso sólo es enamoramiento, cosa que puede pasarle a cualquier idiota. El amor propiamente dicho es lo que queda cuando el enamoramiento se extingue, lo cual es un arte y también un afortunado accidente. Tu madre y yo lo tuvimos, nuestras raíces crecían las unas hacia las otras bajo tierra, y cuando todos los bonitos pétalos hubieron caído de nuestras ramas descubrimos que éramos un único árbol, no dos. Pero a veces caen los pétalos y las raíces no se han entrelazado. Figúrate que abandonas tu hogar y tu gente para descubrir seis meses, un año, tres años después que los árboles no han echado raíces y se han marchitado. ¿Te imaginas que desolación, qué horrible presidio?
»Debo decirte que casarse con el capitán es imposible mientras nuestro país no sea liberado. Sólo se puede perdonar al pecador cuando éste ha dejado de cometer el pecado, porque no podemos permitirnos el condonarlo en tanto éste siga siendo perpetrado. Admito esta posibilidad, es más, me haría feliz. Es posible que ya no quieras a Mandras. Es posible que haya una balanza que equilibrar, el amor en un plato y la deshonra en el otro. Nadie conoce el paradero de Mandras. Puede que ya no esté entre los vivos.
»Pero esto significa que tu amor quedará indefinidamente postergado. Pelagia, sabes tan bien como yo que el amor postergado aumenta la lujuria. No, no me mires así. No soy un ignorante ni un estúpido, y tampoco he nacido ayer. Además, soy médico y no trato con imposibles mandatos morales sino con hechos demostrables. Nadie podrá decirme que sólo por ser joven, apuesto, educado y sensible, no se está también enardecido. ¿Crees que ignoro que a las chicas puede corroerles el deseo? Estoy incluso resignado a la posibilidad de que mi hija del alma pueda estar en ese estado. No agaches la cabeza, no tienes de qué avergonzarte. Soy médico, no cura, mi postura es antropológica; además, cuando yo era joven… bueno, dejémoslo. Basta con decirte que no estoy dispuesto a ser un hipócrita ni a fingir una súbita y benigna amnesia.
»Pero esto complica aún más las cosas, ¿no es así? Cuando estamos locos perdemos el dominio. Es por eso que nuestros antepasados optaron por dominar la locura natural de los jóvenes embadurnándola de vergüenza. Es por eso que en algunos lugares siguen enseñando la sábana manchada tras la noche nupcial. Vi una en Asso la semana pasada cuando me avisaron de aquel brazo roto, ¿te acuerdas? Si no nos hicieran avergonzarnos de algo tan bello no haríamos otra cosa que eso. No trabajaríamos, estaríamos inundados de críos, y no existiría la civilización. En pocas palabras, aún estaríamos viviendo en cuevas, copulando sin parar e indiscriminadamente. Si no hubiéramos reservado para ello un tiempo y un lugar, prohibiéndolo en otros momentos y lugares, viviríamos como los perros y la vida no sería hermosa ni habría paz.
»Pelagia, no estoy diciendo que te avergüences. Soy médico, no un poeta de la civilización que desea que la gente deje de gozar para que puedan edificarse ciudades. ¡Pero imagina que te quedas embarazada! Deja de fingir que te sorprendes, ¿quién sabe de lo que uno es capaz en un momento de pasión? Son cosas que pasan, consecuencias naturales de cosas naturales. ¿Qué crees tú que ocurriría? Pelagia, yo no te ayudaría a abortar, aunque sé cómo hacerlo. Para decirlo claramente, yo no sería cómplice del asesinato de un inocente. ¿Qué harías? ¿Acudir a una de esas parteras que matan a la mitad de sus clientes y dejan a las demás estériles de por vida? ¿Tendrías el niño y soportarías estoicamente que ningún hombre quisiera casarse contigo? Muchas mujeres así acaban como prostitutas, porque de pronto descubren que no tienen nada que perder y ningún otro modo de que su cuerpo y su alma vayan a la par. Pero yo, Pelagia, no te abandonaré mientras vivas, ni siquiera en esas circunstancias. Ahora bien, imagínate que muero. No hagas muecas, a todos nos reclama la naturaleza, es inevitable. ¿Y si el capitán no puede casarse contigo porque se lo prohíbe el ejército? Entonces ¿qué?
»Y has de saber que existen espantosas enfermedades ligadas a actos irreflexivos relacionados con lo que estamos hablando. ¿Estás completamente segura de que nuestro capitán no ha estado yendo a un burdel? Los jóvenes son infinitamente pervertibles en cuanto a esto, por muy honestos que puedan ser en lo demás, y el ejército se los ha puesto fácil al proporcionarles un burdel. ¿Sabes lo que pasa con la sífilis? El cuerpo se desintegra, el cerebro enloquece. Produce ceguera. Los hijos de sifilíticos nacen sordos y cretinos. ¿Y si el capitán va de putas y cierra los ojos y se imagina que eres tú a quien tiene entre sus brazos? Es algo que podría pasar, aunque me duela decirlo, teniendo en cuenta cómo son los hombres a esa edad.
Pelagia lloró lágrimas de verdad. Jamás se había sentido tan aplastada y humillada. Su padre había reducido todos sus sueños color de rosa a la sordidez médica y el sentido común. Le miró entre las lágrimas y vio que él la contemplaba con compasión.
– Estás metida en un lío -observó-, nos has metido a los dos en un lío.
– A ti todo te parece sucio -le reprochó ella con amargura-. No tienes ni idea de cómo son las cosas.
– Con tu madre pasé por todo esto -replicó él-. Ella estaba prometida a otro. Sé cómo son las cosas. Por eso te hablo así, y por eso no voy de un lado a otro gritándote y prohibiéndolo todo, como haría cualquier padre.
– Entonces ¿no lo prohíbes todo? -preguntó ella esperanzada.
– Pues no, Pelagia. Lo que digo es que debes tener mucho cuidado con lo que haces y obrar honradamente por respeto a Mandras. Eso es todo. Has de ver el lado bueno de las cosas. Cuanto más conozcas al capitán, más capaz serás de decidir si quieres que tus raíces y las suyas crezcan juntas bajo tierra. No asientas a todo. Niégate a ti misma. Porque así tus ojos no estarán empañados por una locura que no puedes controlar, y así aprenderás a verle como realmente es. ¿Me comprendes?
– Papakis -musitó ella-, el capitán nunca ha intentado comprometerme.
– Es una buena persona. Sabe que está en una situación difícil. Reza para la liberación de la isla, Pelagia, porque así todo será posible.
Pelagia se puso en pie y cogió la lata de tabaco.
– ¿Miel y brandy? -preguntó.
Su padre asintió con la cabeza y dijo:
– No te hundas por lo que te he dicho. Yo también fui joven una vez.
– Entonces, no todo era diferente en tus tiempos -dijo ella con aspereza al salir de la habitación.
Su padre sonrió satisfecho y dio una calada a su pipa. Para él, una reacción vivaz indicaba una hija sin merma. Probablemente era más fácil ser padre que historiador. Volvió a su pliego de papeles y escribió. «La isla pasó a manos del imperio bizantino, que tenía el mérito de ser griego y el demérito de ser bizantino.»