38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 48

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48. LA SCALA

– Es verdad, Antonio, algunos de tus hombres han organizado un timo, y en mi opinión y en la de mis compañeros oficiales, eso habla muy poco a favor de vosotros. No de ti personalmente, sino del ejército italiano. Es tan escandaloso como el asunto del panfleto sobre el Duce que está leyendo todo el mundo. Forma parte de la misma enfermedad.

Corelli se volvió hacia Carlo y preguntó:

– ¿Es cierto lo que dice Günter?

– A mí no me pregunte. Dígaselo a un griego.

– Iatre -llamó Corelli-, ¿es cierto eso?

El doctor salió de la cocina, donde estaba afilando unos escalpelos viejos en una piedra de amolar, y preguntó a su vez:

– Si es cierto qué.

– Que algunos de nuestros soldados están comprando cosas a los que pasan hambre con tarjetas de racionamiento, y que luego vienen otros y les confiscan las cartillas por haberlas adquirido ilegalmente.

– No es que sean «otros» -explicó el doctor-, es simplemente la otra mitad de la misma banda. Un círculo perfecto. A Stamatis lo estafaron así la semana pasada. Perdió un valioso reloj de pared y dos candelabros de plata, y al final se quedó sin cartilla de racionamiento y con la barriga tan vacía como antes. Muy ingenioso. -Se dio la vuelta para marchar pero se detuvo-. Ah, otra cosa, sus soldados roban verduras de los terrenos. Como si no estuviéramos todos muertos de hambre.

– Los alemanes no hacemos estas cosas -dijo relamidamente Günter Weber, disfrutando de un poco de schadenfreude a expensas de Corelli.

– Los alemanes no sabéis cantar -le espetó Corelli sin venir al caso-; además, voy a investigar todo esto y ponerle fin. Ha ido demasiado lejos.

Weber sonrió.

– Te has hecho famoso por defender los derechos del pueblo griego. A veces me pregunto si sabes por qué estás aquí.

– No para ser un hijoputa -dijo Corelli-, y para serte franco, no me gusta estar aquí. Procuro tomármelo como unas vacaciones. Yo no disfruto de tus ventajas, Günter.

– ¿Qué ventajas?

– Sí, hombre. Por ejemplo, la ventaja de creer que las otras razas son inferiores a la mía. No me siento calificado, eso es todo.

– Es pura cuestión de ciencia -dijo Weber-. Los hechos científicos no se pueden alterar.

– ¿Ciencia, dices? -Corelli ensombreció el rostro-. Los marxistas se tienen por científicos y creen exactamente lo contrario. Me trae sin cuidado la ciencia. Eso es lo de menos. Lo único que no se puede alterar son los principios éticos.

– Yo discrepo -dijo afablemente Weber-. Para mí es obvio que la ética cambia con la época, igual que la ciencia. La ética ha cambiado en función de las teorías de Darwin.

– Tiene razón, Günter -intervino Carlo-, pero eso no significa que nos guste. A mí no me gusta, y a Antonio tampoco. Además, la ciencia trata hechos y la moralidad valores. Son dos cosas distintas y cada una va por su lado. No se pueden encontrar valores en el portaobjetos de un microscopio. Podría ser que los judíos fueran malos o inferiores, por ejemplo, pero ¿cómo podría saberlo? ¿De dónde deduzco yo que debo tratarlos injustamente? Ese razonamiento no hay quien lo entienda.

– ¿Te acuerdas -dijo Weber, retrepándose en su silla- que me apuntaste con una pistola cuando iba a aporrear a esa marta para conseguir su piel? No la maté. En cualquier caso, no sabía que fuera un animal doméstico. No podía discutir con una pistola. Ésa es la nueva ética. La fuerza no requiere excusas y no tiene por qué dar razones. Lo he dicho antes, es puro darwinismo.

– En última instancia -dijo Corelli-, será la historia la que dará las razones. Se trata también de estar en paz con uno mismo. ¿Recuerdas cuando ese cabo de artillería quiso violar a la chica que había curado gracias a un supuesto milagro? Mina, se llamaba. ¿Sabes por qué hice lo que hice?

– ¿Cuando le ordenaste ponerse firmes a pleno sol sin otra cosa que el casco y la mochila?

– Una mochila llena de piedras, sí. Lo hice porque imaginé que la chica era hermana mía. Lo hice porque aquel tipo se quedó achicharrado y eso me hizo sentir mucho mejor. Mi moralidad es ésa. Me fuerzo a pensar que es algo personal.

– Eres un buen hombre -dijo Günter-, lo reconozco.

– Por cierto, si impedí que pegaras a Psipsina con la porra fue para salvarte la vida -dijo Corelli-. De no habértelo impedido, Pelagia te habría matado.

– Aaaagh -farfulló Weber, fingiendo que se estrangulaba-. ¿Dónde está Pelagia? Creí que le gustaban nuestros cánticos.

– Y así es, pero para ella es incómodo ser la única chica en una pandilla de chicos. Espero que nos esté oyendo desde la cocina.

– Pues no, te equivocas -dijo ella en voz alta.

– Ah -dijo Weber-, estás ahí. Dice Antonio que deberíamos traer a unas cuantas chicas de Casa Rosetta, así estaríamos empatados. ¿Tú qué opinas?

– Que mi padre echaría a toda La Scala y que tendríais que cantar otra vez en las letrinas.

– Nosotros podríamos traer dos carros blindados -dijo Weber, y al advertir que su comentario no suscitaba sonrisas por parte de nadie, agregó-: Era sólo una broma.

– Pues nuestros tanques no podrían ni subir esa loma -dijo uno de los barítonos-, tendríamos que pediros prestado uno a vosotros.

– Mentiras y calumnias -replicó un tenor-. Si les quitas el blindaje van muy bien. Venga, cantemos alguna cosa.

– La Giovinezza -propuso Weber con entusiasmo, generando protestas generalizadas-. Bueno, está bien, traeré mi gramófono y cantaremos con Marlene.

– Eso, y después podemos cantar canciones de amor -dijo Corelli-, porque hoy hace una noche hermosa, todo está en paz, y deberíamos ponernos un poco románticos.

Weber fue a su jeep y volvió ufano con su gramófono alemán. Dejó el aparato sobre la mesa y lo hizo funcionar. Se oyó algo como un rumor de oleaje distante y a continuación los primeros compases marciales de Lili Marlene. La Dietrich empezó a cantar con su voz lánguidamente melancólica, mundana, llena de la tristeza del conocimiento y el anhelo de amor.

– Oh -exclamó Weber-, Marlene es la encarnación del sexo. Me derrito sólo de oírla.

Varios muchachos se sumaron al disco, y Corelli empezó a buscar la melodía con su mandolina.

– Esta música le gusta a Antonia -dijo-. Preparaos, que Antonia va a cantar.

Empezó a introducir notas de adorno y luego rápidos pasajes arpegiados completando las escalas entre dos notas. En la última estrofa se lanzó a un trémolo que planeó contrapuntísticamente sobre la melodía, la embelleció por medio de astutos glisandos, pausas y ritardandos, ascendió hasta el registro más agudo y más delgado del instrumento para luego regresar deliciosamente al sonoro registro medio de la tercera y segunda cuerdas. En el pueblo la gente dejó lo que estaba haciendo y se dedicó a escuchar a Corelli inundar la noche de música. Terminada ésta, todos suspiraron, y Kokolios le dijo a su mujer:

– El tío está loco y además es un macarroni, pero tiene ruiseñores en los dedos.

– Prefiero eso que oír tus ronquidos y tus pedos toda la noche -repuso ella.

– Un pedo proletario es siempre mejor música que una canción burguesa -replicó él, a lo que ella contestó:

– Qué más quisieras tú.

Pelagia salió de la cocina. Su esbelta silueta quedó fantasmalmente dibujada al contraluz de la vela de la cocina.

– Por favor, tócalo otra vez -le pidió-, es muy hermoso.

Salió de la casa y acarició la pulida madera del gramófono. Aquella máquina era una maravilla más del mundo moderno, como la motocicleta de Corelli. Era una cosa exquisita en medio de la muerte y la separación, las privaciones y el miedo.

– ¿Te gusta? -preguntó Weber, y ella asintió con más anhelo que esperanza-. De acuerdo -prosiguió él-, cuando vuelva a Alemania después de la guerra, te lo regalaré. Puedes quedártelo. Me complacería mucho, y así te acordarás siempre de Günter. Yo puedo conseguir otro en Viena. Acéptalo como una disculpa por lo de Psipsina.

Pelagia se emocionó. Miró al sonriente joven de flamante uniforme, pelo rubio y corto y ojos castaños, y sintió placer y gratitud.

– Eres un sol -le dijo, y le besó con naturalidad en la mejilla.

Los chicos de La Scala lanzaron vítores y Weber se ruborizó, cubriéndose los ojos con la mano.