38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 50

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50. TIEMPO DE HIATO

Los aliados invadieron Sicilia por motivos estratégicos, y con ello traicionaron a su más antiguo y valiente aliado, Grecia. Dejaron a los comunistas un año para preparar un golpe y otro año para la guerra civil. El ELAS destruyó al EKKA y arrinconó al EDES lejos de los centros de poder, de forma que su líder, Zervas, acabó sintiéndose traicionado por los ingleses para el resto de su vida. Los aliados buscaban en Italia una yugular, y habían dejado de lado al pequeño país que había dado a Europa su cultura, ímpetu y corazón. Los airados griegos conocieron por la BBC los detalles de la destrucción del fascismo en Italia, y exigieron saber por qué los habían dejado de lado. Los oficiales de enlace británicos, a medio camino entre la impotencia y la frustración, se retorcían las manos y veían cómo el país se venía abajo. Los comunistas del ejército griego en Siria fomentaron un motín que aplazó aún más la victoria en Italia, y fue en ese momento cuando se inició la guerra fría y el telón de acero empezó a descender. En Occidente empezó a erosionarse la admiración y el respeto hacia el heroísmo soviético, y quedó muy claro que un tipo de fascismo iba a ser sustituido por otro. Al principio, británicos y americanos no podían creer que los comunistas estuvieran cometiendo en Grecia atrocidades sin cuento; los periodistas lo achacaban a la propaganda derechista, mientras que los griegos incrédulos lo achacaban a los renegados búlgaros.

Pero en ciertos mares al menos -que no en Jonia- fue otra vez tiempo para milagros y rarezas. Con la operación Arca de Noé los británicos hostilizaron con Beaufighters y embarcaciones a las fuerzas del Eje en retirada, transformando el «círculo de hierro» en una jaula del mismo material. En Lesbos los comunistas tomaron el poder e instauraron una república independiente. En Quios fue descubierta una casa de la Gestapo donde habían obligado a personas a pasar la noche en una celda en compañía de esqueletos. El comandante alemán había sido acribillado a tiros mientras hacía el amor con su querida. En Inousia los británicos descubrieron una isla en la que no había habitante que no hablase correctamente el inglés y donde todo el mundo se llamaba Lemnos o Pateras. Los bombardeos mataron a los comandantes en Nisiro, Simi y Piscopi, y Patrick Leigh-Fermor y Billy Moss secuestraron al comandante alemán en Creta. Dos terceras partes de la guarnición de Tera perecieron en los bombardeos por la pérdida de sólo dos hombres. En Creta, una vez más, destruyeron doscientos mil galones de carburante. En Mikonos y Amorgos cinco hombres consiguieron destrozar las emisoras de radio y tomar siete prisioneros. En Quios un puñado de infantes de marina destruyó dos destructores pese a que los andartes locales no se presentaron como habían prometido, porque ya no les «interesaba». Detestaban sumarse a acciones planeadas por otros y se negaban a participar si a otro andarte se le había ocurrido la misma idea. En Samos un millar de italianos se rindió a Maurice Cardiff y sus veintitrés hombres, tras lo cual se sentaron a desayunar; Cardiff descubrió que por alguna razón misteriosa todos los médicos locales hablaban francés. En Naxos el comandante alemán se rindió por equivocación; había hecho alinear a sus hombres para saludar a una embarcación donde creyó ver ondear el pabellón rojo de la esvástica, pero que en realidad llevaba la enseña roja de los mercantes británicos. Tan grande fue su desconsuelo, tan amargas sus lágrimas, que la tripulación hubo de animarlo enseñándole a jugar al parchís. En aquella época una libra esterlina valía dos mil millones de dracmas, y un cigarrillo costaba siete millones y medio. La población de Lesbos tuvo la iniciativa de ofrecer un cambio muy ventajoso, y allá fue a parar todo el dinero de la región, monedas y billetes, al parecer espontáneamente, dejando sin dinero al resto del país. En Siros fue visto un grupo de alemanes escapando sin ponerse los pantalones. Los comunistas adoptaron la costumbre de exigir el veinticinco por ciento de todo en concepto de impuesto, y en muchos sitios la gente se daba de baja del partido. Más adelante en Creta, y también en Samos, se volverían contra los comunistas y los derrotarían. Se cuenta que los cretenses solicitaron ser dominio británico, pero que éstos rehusaron comprometerse porque ya tenían demasiados problemas intentando gobernar Chipre. En total, y con sólo diecinueve víctimas mortales, cuatrocientos hombres de las fuerzas especiales sojuzgaron a cuarenta mil soldados del Eje, tras haber visitado setenta islas distintas trescientas ochenta y una veces. El sentido germánico de las cosas bien hechas quedó tan desbaratado por aquellas plagas aleatorias de cuellos rebanados y explosiones inexplicables que los alemanes perdieron los papeles, y los italianos, que de entrada ya no le veían sentido a pelear, se rindieron cortésmente y con placer.

En Cefalonia los italianos escuchaban la radio y seguían la trayectoria del avance aliado de sur a norte de su país, mientras en la guarnición alemana imperaba el asco. Corelli y los demás oficiales notaron que el ambiente se había enfriado mucho, y las visitas fraternales entre la base italiana y la base alemana disminuyeron. Cuando Weber iba a las reuniones de La Scala se le veía muy callado, distante, y su mirada era interpretada como de reproche.

Un día, en mitad de aquellos episodios, Pelagia encontró a Corelli acariciando con aire ausente a Psipsina en la tapia, y cuando él se volvió a mirarla, su expresión fue de preocupación.

– ¿Qué pasará -le preguntó a ella- si tenemos que rendirnos antes que lo hagan los alemanes?

– Que nos casamos.

Él meneó la cabeza y dijo tristemente:

– Los británicos no piensan venir. Marchan directamente a Roma. Nadie puede salvarnos a menos que lo hagamos nosotros mismos. Los chicos piensan que habría que desarmar a los alemanes ahora que su guarnición es pequeña. Hemos enviado delegaciones a Gandin, pero él no hace nada. Dice que confiemos en ellos.

– ¿Tú confías en ellos?

– No soy un imbécil. Y Gandin es de los que ha subido en el escalafón por obedecer órdenes. No sabe cómo darlas. Es otro de esos asnos de generales sin cerebro ni cojones.

– Entra -dijo Pelagia-, mi padre no está y podremos hacernos unas carantoñas. Estos días tiene un montón de casos de tuberculosis.

– Las carantoñas me pondrían triste, koritsimou. Mi mente está como un espacio en blanco donde sólo cabe la preocupación.

Pasaron el padre Arsenios y Bunny Warren, ambos maltrechos, magullados y polvorientos.

– Antonio, he de ir a preguntarles una cosa -dijo Pelagia-. Vuelvo enseguida.

Arsenios se detuvo junto al pozo y agitó su báculo. Su abyecto perrito se tumbó sobre la parte sombreada de las piedras y empezó a lamerse. Tenía sangre en la planta de las patas.

– ¡Cómo se ha empañado el oro! ¡Cómo ha cambiado el oro más puro! La lengua del niño lactante se adhiere de sed al velo de su paladar; los niños piden pan, pero no hay hombre que les dé un pedazo. Los que de exquisiteces se alimentaron yacen ahora en las calles, y los que criados fueron con las mejores telas se abrazan ahora a un estercolero… -empezó Arsenios.

Pelagia cogió a Warren del brazo y lo llevó a un aparte.

– Bunnios, ¿cuándo vendrán los británicos? Necesito saberlo. ¿Qué les pasará a los italianos cuando se rindan? Dígamelo por favor.

– Es algo que no puedo decir -aseguró él-. Pues yo mismo no lo sé. Nadie lo sabe.

– Su griego ha mejorado muchísimo -observó ella, asombrada-, pero el acento sigue sonando un poco… extraño. Dígame, por favor. Estoy en ascuas. ¿Han traído más soldados los alemanes? Es importante.

– No creo.

Pelagia, al alejarse, le oyó exclamar varios «Amén». A lo mejor los ingleses eran realmente todos actores y farsantes. Volvió junto a Corelli y le dijo:

– No te preocupes, todo irá bien.

– ¿Hablas en serio? ¿Le preguntas su opinión a un fanático religioso y esperas que me lo crea?

– Tú, hombre de poca fe. Vamos, entra. Psipsina ha cazado un ratón pero se le ha escapado. Creo que deberías ir por él. Se ha metido detrás de la alacena.

– Cuando termine la guerra y estemos casados, los ratones te los cogerás tú misma. No pienso seguir siendo caballeroso después de cumplir los treinta.

Mientras Corelli hurgaba detrás de la alacena con una escoba, por la ventana entraron los frenéticos amenes de Bunny Warren y la mántica voz de Arsenios: «… Cae nuestra herencia en manos de desconocidos y nuestras casas en manos de extranjeros. Huérfanos somos de padre, nuestras madres como viudas son… Sin descanso trabajamos sometidos al yugo de la persecución… Gobernados hemos sido por sirvientes y ninguno abre la mano para soltarnos… Nuestra piel estaba negra como un horno debido a la hambruna terrible… ¿Por qué nos olvidas para siempre y nos dejas desamparados tanto tiempo?»

– Ese cura tiene una magnífica voz de bajo -comentó Corelli, soltando por la ventana el ratón que había atrapado por la cola-. Ahora que lo recuerdo, he bajado al muelle para oír lo que decían los pescadores. Tenían unos instrumentos muy extraños que nunca había visto, y lo que cantaban era fantástico. He anotado algunas tonadas.

– Se las inventan sobre la marcha, sabes. Nunca son iguales.

– Vaya. Hubo una que la cantaron varias veces. Pedí que me la enseñasen… -Tarareó un aire solemne y marcial, dirigiéndose a sí mismo con los dedos, y sólo calló al ver que Pelagia reía-. ¿Dónde está la gracia?

– Es nuestro himno nacional.