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«Antonio, mi capitán:
»Vivimos un momento difícil y tengo el presentimiento de que no sobreviviré. Ya sabe lo que pasa, los gatos se alejan para morir solos, los hombres cuando enferman ven el fantasma de su propia madre junto a la cama, o incluso se topan con el fantasma de sí mismos en una encrucijada.
»Con esta carta va todo lo que he escrito desde que llegué a esta isla, y si lo lee descubrirá la clase de hombre que soy. Espero no causarle repugnancia, y espero, dado su grande y generoso corazón, que me perdone y me recuerde sin desprecio. Espero que se acuerde de las muchas veces que nos hemos abrazado como hermanos y como camaradas, y que no se estremezca al pensar que ésas fueran caricias de un degenerado. Siempre he procurado mostrarle el afecto que sentía sin pedirle nada a cambio ni darle nada que usted no quisiera.
»Cuando lea estas páginas comprenderá que en Albania me deprimió mucho la pérdida de mi camarada Francesco, y quiero que sepa ahora que la herida que recibí en esa guerra me la infligí yo mismo. Pero no me avergüenzo. Hice lo correcto. Cuando Francesco murió, yo también sentí morir. Mi vida quedó vacía de belleza y nada tenía sentido, pero me faltó el inhumano valor que un hombre necesita para volarse la tapa de los sesos. Cuando llegué a esta isla no tenía más que una especie de niebla en la cabeza, y un corazón dolido al que no había manera de consolar y que hervía de pena y de amargura. ¿Qué más da tener el pecho cargado de medallas si el corazón que hay debajo está tan desconsolado que apenas puede latir?
»Mi querido Antonio, quiero que sepa que a cambio de su risa incombustible, su admirable música y su incomparable brío, yo le he amado con la misma sorpresa y gratitud que veo en sus ojos cuando está con Pelagia, y que le recordaré siempre. Usted consiguió quitarme la pena del corazón y hacerme sonreír. He aceptado y disfrutado de su amistad, siempre consciente de mi propia indignidad, siempre luchando contra el menor impulso de envilecerla, y confío en que por esa razón no me desprecie usted como algunos pueden pensar que merezco.
»Antonio, tengo tantos recuerdos de estos meses que siento ganas de llorar sólo de pensar en ellos, ahora que todo ha acabado. Muchos y felices recuerdos. ¿Se acuerda de cuando casi salta por los aires por culpa de aquella mina y de que yo le llevé en brazos a casa del doctor? Supe entonces que si usted moría yo enloquecería, y agradezco a Dios que me haga morir a mí antes, y no tener que soportar tanta pena.
»Antonio, le estoy hablando desde más allá de la tumba. Le he querido con todo mi ignominioso corazón, tanto como quise una vez a Francesco, y he superado cualesquiera celos que hubiera podido sentir. Si es que un muerto puede formular un deseo, el mío es que una usted su futuro al de Pelagia. Es una chica hermosa y dulce, nadie hay que le merezca a usted más, y nadie más digno de usted. Deseo que tengan hijos y también que alguna vez les hablen del tío Carlo, al que nunca llegaron a conocer. En cuanto a mí, me cuelgo la mochila al hombro y me abrocho el correaje, paso el brazo por el portafusil y descorro el velo para marchar hacia lo desconocido como siempre han hecho los soldados. No me olvide.
CARLO»