38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 57

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57. FUEGO

Varias horas estuvo Corelli debajo de su amigo mientras sus sangres se entremezclaban en el suelo, en sus uniformes y en sus cuerpos. No fue hasta la noche cuando Velisarios acertó a pasar junto a aquel amasijo de trágicos despojos y reconoció al hombre grande como él que en una ocasión había alargado su mano entre la barrera de la hostilidad para ofrecerle un cigarrillo. Examinó aquellos inexpresivos ojos saltones, se estremeció al ver la mandíbula destrozada y desencajada, e intentó cerrarle los párpados. No lo consiguió, y se sobrecogió ante lo indecoroso de dejar a aquel hermano a merced de las moscas y los pájaros. Se arrodilló para pasar los brazos bajo el imponente torso y las piernas como columnas. Con un supremo esfuerzo levantó a Carlo del suelo, y debajo vio al capitán loco que se alojaba en casa del doctor, aquél cuyo secreto y complicadamente subrepticio amor por Pelagia era tema de conversación en toda la isla. Los ojos no estaban vacíos, pestañeaban. Los labios se movieron para decir «Aiutarmi».

Velisarios apoyó a Carlo contra la pared rosa y picada de balazos y volvió junto al capitán. Miró sus horrendas heridas y el oscuro lago de sangre, y se preguntó si le haría un favor matándole allí mismo. «Iatro -dijo el moribundo-, Pelagia.» El forzudo lo levantó con cuidado, reparó en su ligereza y echó a andar por los campos pedregosos para salvarle la vida.

Nadie sabe el número exacto de muertos italianos que yacen en tierra cefalonia. Al menos cuatro mil fueron masacrados, puede que nueve mil. ¿Fueron 288.000 kilos de carne humana, o más bien 648.000? ¿Fueron 18.752 litros de luminosa sangre joven, o más bien 42.192? Las pruebas se perdieron entre las llamas.

En la cima del monte Aínos, Alekos contempló su tierra natal y por un momento se preguntó excitado si sería 24 de junio. ¿San Juan era en septiembre? ¿Lo habían cambiado de mes? Descomunales incendios brotaban a intervalos regulares, y en lugares donde nunca hacían hogueras por San Juan. Olía a madera de olivo y de pino, a queroseno, espino seco, resina, petróleo y carne carbonizada; Alekos olisqueó con asco. Los italianos nunca aprenderían a cocinar carne. Notó el repugnante olor a pelo y huesos quemados, a pesar de la altitud, y contempló consternado el indecente humo que oscurecía las estrellas. Quizá era el fin del mundo.

Allá en los valles los alemanes desafiaban la verdad histórica destruyendo pruebas y demostrando un gran conocimiento de su delito al convertir la carne en humo. Eran camiones y camiones de combustible. Los soldados cortaban a hachazos olivos milenarios y apilaban las ramas alrededor de montones de cadáveres repanchigados, y tan altos eran los montones que ya no podían apilar más. Con aire despreciativo señalaban a uno u otro muerto, diciendo «Éste se ha meado encima», o «Éste huele a caca», pero pocos se reían. El limo abdominal y la sangre les manchaban las manos y el uniforme, un olor dulzón y pegajoso a carne fresca les subía como alcohol a la cabeza, y el sudor les chorreaba por las sienes mientras cargaban un difunto tras otro sobre los hombros para arrojarlos a la pira. Trabajaron hasta desfallecer y las llamas fueron demasiado grandes para acercarse, pero la labor no parecía tocar a su fin. Llegaban más cadáveres, rígidos de reproche, repulsivos a la parpadeante luz de las piras. Los traían en camiones, en jeeps, sobre carros blindados o mulos, un par de ellos en camilla.

El único sacerdote era el padre Arsenios. Él había profetizado hacía meses que aquellos muchachos perecerían en las llamas, y se horrorizó cuando supo que así había sido. A decir verdad, se sintió responsable. Aquella noche, mientras los griegos se ocultaban en sus casas y atisbaban entre las persianas, el padre Arsenios llegó con su perrito a la hoguera que había en Troianata, la mayor de todas, no lejos del monasterio del santo, y contempló una escena sacada del Armagedón. Caminó como si fuera invisible entre los pálidos rostros de los muertos, acordándose de las descripciones católicas del fin del mundo. Alrededor, oscuras siluetas de enfurecidos soldados alemanes que se afanaban gruñendo como cerdos mientras arrojaban un cadáver tras otro a las llamas. No lejos de donde estaba oyó un grito ahogado y estremecedor; era un muchacho que no había muerto y se debatía en el agudo tormento de su cremación.

Arsenios sintió que las entrañas se le removían, extendió los brazos y empezó a vociferar en competencia con los gritos de los soldados y el chisporroteo de las llamas. Blandiendo su báculo de olivo echó la cabeza atrás, diciendo:

– He estudiado los días pretéritos, los años de la Antigüedad. Traigo a la memoria mi canción en la noche: converso con mi propio corazón.

»¿Nos abandonará eternamente el Señor?, ¿nunca más nos será propicio? ¿Habrá desaparecido para siempre su piedad? ¿Faltará desde ahora a sus promesas? ¿Ha olvidado Dios ser clemente? ¿Habrá cerrado de ira la puerta de su compasión?

»¡Ay de ti que saqueas sin que nadie te haya saqueado! ¡Ay de ti que comercias con la traición sin que nadie te haya traicionado! ¡Cuando hayas terminado tu saqueo, serás tú el saqueado!

»¡Ay de ti, pues la indignación del Señor caerá sobre todas las naciones, y su furia sobre sus ejércitos! ¡Él los ha aniquilado! ¡Él los ha entregado al sacrificio! ¡Los caídos serán expulsados también y su hedor saldrá de sus cadáveres y las montañas se derretirán con su sangre!

»¡Ay de vosotros, pues los arroyos serán convertidos en alquitrán, y el polvo resultante en azufre, y la tierra se convertirá en alquitrán ardiendo! ¡No se extinguirá de día ni de noche, el humo se elevará eternamente! ¡Se sucederán las generaciones pero nadie podrá atravesarlo!

Ignorando que nadie le había oído, inflamado de furia apocalíptica, el padre Arsenios agarró su vara con ambas manos y rugió.

– ¡Descubriré vuestras desnudeces, sí, pública será vuestra vergüenza! ¡Me vengaré de vosotros, y mi venganza no será humana! ¡Tú has contaminado mi descendencia! -Y se lanzó al combate agitando el báculo y emprendiéndola a golpes con los soldados alemanes.

Resonaba un casco, hombros cansados se estremecían con los batacazos, se alzaban manos para proteger cabezas sin otro resultado que dedos aplastados. Hombres que habían masacrado con eficiencia a millares de enemigos parecían ahora totalmente desorientados. Se oían gritos de «¡Mierda, libradme de este tío de una vez!», y de los espectadores que se habían parado a mirar aliviados, comentarios como «¡Fijaos en el cura loco!». Se daban codazos y reían, regocijados con el desconcierto de los afligidos. En medio de aquel resplandor anaranjado Arsenios parecía un cadavérico murciélago desplegando su voluminoso hábito negro, con su barba de profeta, sus ojos echando chispas, y su alto y maltrecho sombrero con la copa plana que no hacía sino aumentar la impresión de que su locura procedía de otro mundo. Su pequeño perro danzaba y hacía cabriolas alrededor de él, ladrando de excitación y propinando dentelladas a las pantorrillas de los alemanes.

El episodio sólo acabó cuando todos estuvieron en el suelo, con el cráneo dolorido y las manos heridas. Un oficial de granaderos sacó su pistola automática, se acercó por detrás de Arsenios y le disparó en la nuca, reventándole los sesos y haciendo que le salieran por la parte frontal. Arsenios murió en medio de un destello de luz blanca que tomó por una revelación del rostro de Dios, y sus macilentos y esqueléticos restos fueron arrojados a la pira junto con los de los jóvenes cuyo destino había predicho sin saber que él también lo compartiría.

Su perro gimoteó, asustado de las llamas y de los desconocidos, e infructuosamente intentó acercarse a su dueño. Expresaba su incomprensión levantando primero una pata y luego otra, y allí se quedó hasta que partieron los soldados y llegaron los griegos, que, entre arcada y arcada, encontraron al perro aullando y medio chamuscado.

Hombres y mujeres, así como los pocos italianos que habían escapado, se acercaron a las hogueras. Sin consultarse empezaron a sacar los cuerpos más alejados del grueso de las llamas a medida que el viento cambiante lo permitía. Muchos de ellos yacían aún en posturas contorsionadas como muñecos de trapo, en sitios donde las llamas no habían llegado todavía. Todos los que allí se afanaban pensaron lo mismo: «¿Así van a ser las cosas con los alemanes? ¿Cuántos muchachos podía haber allí? ¿A cuántos conocía yo? ¿Me hago cargo del horror de su muerte? ¿Concibo acaso lo que es morir desangrándose lentamente? ¿Que una bala te destroce el hueso es como si un caballo te diera una coz?»

Parecía que a todos les temblaban las manos y les lagrimeaban los ojos. La gente hablaba lo menos posible a causa del repugnante humo de la carne chisporreante y de la angustiosa congoja. Llevaban los cuerpos a cuevas y aberturas, a tumbas colectivas apresuradamente excavadas, a agujeros donde antiguamente se ocultaban mercancías y monedas al olfato de recaudadores y aduaneros. Iban en grupos al lugar donde había tenido lugar una batalla y rescataban a los que los nazis no habían encontrado. Se rezaron apresuradas plegarias ortodoxas sobre almas católicas, y pudo apreciarse que ninguno llevaba anillos ni dinero en metálico. Los cadáveres habían sido presa del pillaje, sus dedos arrancados o cortados, extraídos sus dientes de oro, arrancadas sus cadenas de oro con crucifijo.

Al alba una nube negra y viscosa pendía sobre la tierra y emborronaba el sol, y la gente regresó a sus casas y cerró las puertas hasta el anochecer. Mezclado con el de sus soldados en el cielo de Cefalonia se elevaba el humo del general Gandin, uno de los primeros en morir, el honorable y caballeroso soldado de la vieja escuela, que confiaba en sus enemigos y había intentado salvar a sus hombres. Murió erguido e impávido, sabedor de que sus constantes cambios de opinión y sus escrupulosas demoras habían precipitado la tragedia. El resto de sus oficiales no tardaría en ser sacado de los barracones de Argostolion para ser arrojado a las llamas.

Aquella noche los griegos volvieron a salir para sacar más cuerpos de pozos y sumideros, y una vez más ninguno llevaba encima un reloj, una pluma, una simple moneda. Hallaron fotografías de chicas risueñas, cartas de amor, retratos de familias. Descubrieron que muchos soldados, presintiendo la inminencia del exterminio pero resueltos a hablar aunque fuera desde la tumba, habían garabateado direcciones en el reverso de postales y fotografías, con la conmovedora esperanza de que alguien les escribiese una carta o les comunicara las noticias. En muchas cartas la tinta se había corrido, como si unas gotas de lluvia hubieran sorprendido al lector a la intemperie.

No sabían que, tras haber aprendido rápidamente la lección de la noche anterior, los alemanes estaban economizando esfuerzos físicos obligando a los oficiales a transportar a sus propios muertos hasta los camiones, y sólo los mataban una vez hecho el trabajo. Tampoco sabían que existía un tal teniente Günter Weber, que no era el único nazi enloquecido y destrozado por sus propias atrocidades fruto de la obediencia. Pero volvieron a ver las mismas hogueras, menearon la cabeza ante la idéntica y repugnante mezcolanza de hedores que impregnaba casas y vestidos, y una vez más hicieron lo posible por rescatar a los muertos en mitad de una noche que se había vuelto lúgubre por las atenuadas sombras de árboles y hombres arrojadas por las saltarinas piras de anaranjadas llamas.

Al día siguiente corrió el rumor de que san Gerasimos había estado vagando en la oscuridad para volver luego a su catafalco, y que las monjas supuestamente lo habían encontrado por la mañana con huellas de lágrimas en sus marchitas mejillas y gotas de sangre carmesí sobre sus sandalias.