38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 58

La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 58

58. CIRUGÍA Y EXEQUIAS

Al abrirse la puerta de una patada cuando ya empezaba a anochecer, Pelagia pensó que eran los alemanes. Sabía que todos los italianos habían muerto.

Como el resto de la población, había oído ruidos de combate -el traqueteo de las ametralladoras, el chasquido de los rifles, las ráfagas cortas de las automáticas, el amortiguado timpani grave de los obuses- y después el interminable crepitar de los pelotones de fusilamiento. Por entre la persiana había contemplado el paso de los camiones cargados de triunfantes granaderos o de cadáveres de italianos con la sangre goteando por las comisuras de la boca y los ojos fijos en el infinito. Por la noche había salido con su padre, cuyas mejillas palpitaban con lágrimas de rabia y compasión, en busca de alguna vida que salvar de entre los cuerpos esparcidos y abandonados por aquellos monstruosos fuegos.

El espectáculo había dejado a Pelagia muda, no de miedo ni de pena sino de vacuidad.

La vida, pues, había terminado. Ella sabía que los alemanes se llevaban a las mujeres jóvenes y bonitas, puesto que sus burdeles no funcionaban con personal voluntario. Sabía que estaban llenos de chicas aterrorizadas, torturadas, traídas de Polonia o Eslovenia o de cualquier otra parte, y que los nazis las mataban al menor indicio de resistencia o enfermedad. Había estado sentada ante su mesa, ensimismada con sus recuerdos, mirando a ratos el entorno y captando por última vez los detalles mundanos de una vida; los nudos en la pata de la mesa; las abolladas sartenes que tanto había fregoteado, la decoloración inexplicable de una de las baldosas del suelo, el ilegal retrato de Metaxas que su padre había colgado de la pared aun siendo un implacable venizelista. Llevaba la mano en el bolsillo del delantal, y pensaba matar a un alemán cuando vinieran a buscarlos, para que ellos tuvieran que matarla a su vez. La pequeña Derringer parecía escasa para aquel cometido, pero su padre tenía una pistola italiana y cincuenta cartuchos que alguien, tal vez un miembro de La Scala, había dejado a la puerta de su casa en calidad de sombrío legado.

De modo que al abrirse la puerta se sobresaltó. Se puso rápidamente en pie, aferrando el arma, pálido el semblante, y contempló a Velisarios, que jadeaba como un perro, chorreando sangre, incandescentes los ojos con esa fuerza sobrenatural con la que había tenido la fortuna de nacer.

– He venido corriendo -dijo él, y avanzó hasta la mesa para depositar suavemente sobre ella el patético fardo que parecía tan flácido, relajado y pacífico como cualquiera de los mil muertos que ella había visto en las últimas noches.

– ¿Quién es? -le preguntó Pelagia, extrañada de que el forzudo se hubiera ocupado de aquel cadáver en concreto.

– Está vivo -dijo Velisarios-. Es el capitán loco.

Ella se inclinó precipitadamente, mientras en su corazón colisionaban la esperanza y el horror. No le reconoció. Había demasiada sangre coagulada, demasiados jirones, demasiados orificios en la pechera de la guerrera que aún rezumaban sangre. Tenía el pelo y la cara apelmazados y relucientes. Sintió ganas de tocarlo, pero retiró la mano. ¿Cómo tocar a un hombre en ese estado? Tenía ganas de abrazarle, pero ¿cómo se abraza a un hombre tan destrozado?

El cadáver abrió los ojos y la boca sonrió.

– Kalimera, koritsimou -dijo. Ella reconoció su voz.

– Es de noche -dijo tontamente, a falta de una frase más profunda.

– Entonces, kalispera -murmuró él, y volvió a cerrar los ojos.

Pelagia miró a Velisarios, los ojos desorbitados de desesperación, y le dijo:

– Es lo más grande que has hecho en tu vida, Velisarios. Voy a buscar a mi padre. Quédate aquí con él.

Era la primera vez que una mujer entraba en la kapheneia. No era el local que había sido en tiempos, pero seguía siendo lugar sagrado y exclusivo para varones, y cuando ella irrumpió allí y abrió la puerta del enorme armario donde los hombres escuchaban la BBC (la división Venezia se había unido a los partisanos de Tito) el estallido de desaprobación fue más que palpable. Del interior se alzó una nube de humo de tabaco; allí estaban su padre y cuatro hombres más, todos enhiestos en aquel espacio reducido, mirándola conmocionados por algo que se aproximaba al odio. Kokolios le lanzó un rugido pero ella tiró de la mano de su padre y se lo llevó entre protestas del local.

El doctor Iannis miró el cuerpo y concluyó que nunca había visto algo peor. Había sangre suficiente para llenar las arterias de un caballo y suficientes trocitos de carne desgarrada como para alimentar durante meses a los cuervos. Por primera vez en su carrera médica se sintió derrotado e inútil.

– Sería mejor matarlo -dijo con los brazos caídos a los costados.

Antes de que Velisarios pudiera decir «Eso había pensado yo», Pelagia estaba ya golpeando a su padre en el pecho con las manos, dándole de puntapiés en las pantorrillas, enfurecida e indignada. Velisarios se acercó a ella, le rodeó la cintura con un brazo y la izó a la posición habitualmente ocupada por su culebrina, apoyándola en el saliente natural de su cadera, donde Pelagia empezó a chillar y a golpearle los muslos.

Y así fue como pusieron agua a hervir y los jirones del uniforme del capitán italiano fueron cuidadosamente cortados. Pelagia rasgó frenéticamente en tiras no sólo sus sábanas sino también las de su padre. Después reunió todas las botellas de aguardiente que su padre había logrado esconder y, por añadidura, sus preciadas existencias de vino de la isla.

El doctor se lamentó mientras limpiaba la sangre:

– ¿Qué puedo hacer? No tengo estudios. No soy un cirujano como Dios manda. No tengo bata, ni gorra, ni guantes, ni penicilina. Tampoco tengo máquina de rayos X, ni agua esterilizada, ni suero, ni plasma, ni sangre…

– ¡Calla! -le gritó su hija con el corazón desbocado de pánico y determinación-. Yo te he visto grapar una fractura con un clavo de diez centímetros. Cállate y hazlo.

– Por Dios -dijo el doctor, intimidado.

Como ignoraba que la mayor parte de la sangre y la carne había pertenecido a las anchas espaldas de Carlo Guercio, al doctor le pareció un milagro del santo el que Antonio Corelli estuviera tan poco herido como lo estaba en realidad. Una vez limpio y puestos a hervir un montón de sanguinolentos harapos recogidos del suelo, quedó claro que la víctima tenía seis balas en el pecho, una en el abdomen, una en el brazo derecho y un rasguño en la mejilla.

Con todo, no parecía tener salvación. El doctor sabía demasiado para mostrarse optimista y no lo suficiente para aligerar su pesimismo. En aquellos orificios habría fragmentos de uniforme, bolsas de aire perforadas por la balas; habría astillas de costilla que no podría localizar, la osteomielitis se habría afianzado debido a la infección de una miríada de microbios que esparcirían su veneno por la médula hasta las venas, provocando la muerte por septicemia. El doctor sabía que una bala podía alojarse en lugares donde tocarla provocaría un mar de sangre, pero donde no tocarla causaría una infección invencible. Podía haber ya un hemotórax, sangre desparramada entre la pared del tórax y el pulmón. No tardaría tal vez en producirse una gangrena gaseosa. Habría esquirlas que extraer cuya ubicación probablemente él no podría deducir. El doctor abrió una botella de raki, bebió un buen trago y se la pasó a Velisarios, quien por pura solidaridad hizo lo propio. Se había quedado allí, fascinado por el quehacer del médico.

El doctor Iannis se concentró y comprendió que era inútil sacar conclusiones precipitadas. Un cirujano explora primero y piensa después. Con el sabor del anís en la boca y el reconfortante calorcillo del alcohol en las tripas, alcanzó una sonda y la insertó suavemente en cada una de las heridas hasta notar que tocaba una bala. Le sorprendió que los orificios fueran tan anchos y que todos ellos presentaran un redondel amarillento. ¿A qué se debía que los orificios fueran tan anchos?

Asombrado, se puso en pie. Ni siquiera eran profundos. De repente cayó en la cuenta de que en realidad las balas debían haberle atravesado, dejando en la espalda de la víctima unos orificios sanguinolentos.

– Hija -dijo-, te juro por todos los santos que este hombre tiene la carne como el acero. Creo que vivirá. Cogió el estetoscopio y le auscultó. El corazón latía débil pero con regularidad-. Antonio -dijo, y Corelli abrió los ojos e intentó sonreír-. Antonio, voy a operarle. No tengo mucha morfina. ¿Podrá beber? El alcohol le aclarará la sangre, pero no queda otra salida.

– Pelagia -dijo Corelli.

Velisarios sostuvo la cabeza del capitán y Pelagia le hizo beber un poco de raki mientras el doctor preparaba tres cuartos de gramo de morfina. Le inyectaría la misma cantidad cada media hora si era necesario, y cada media hora el capitán tragaría un poco de raki, caso de que eso hiciera falta también.

– Necesito el máximo de luz -dijo el doctor.

Pelagia fue a recoger las lámparas de la casa y Velisarios las encendió en la cocina. Fuera estaba oscuro y los búhos ululaban entre los metálicos chirridos de los grillos y los demás sonidos naturales de aquella engañosa paz. Psipsina entró con su primer ratón nocturno entre los dientes, pero Pelagia la hizo salir a la calle.

En un brazo el doctor inyectó morfina, y en el otro, para completar la cosa y sin otro motivo que la intuición, inyectó diez centímetros cúbicos de azúcar y una solución salina que Pelagia había mezclado en un jarro. No le gustaba ver al hombre al que amaba pinchado y sondado de aquella manera, pero sabía que pronto iba a verlo cortado y rajado. Sin embargo, mirando aquel cuerpo pálido y ensangrentado, desvalido como un gusano, supo que no era precisamente un cuerpo lo que uno amaba. Uno amaba al hombre que brillaba por aquellos ojos y que utilizaba la boca para sonreír y hablar. Cogió los dedos del músico y contempló las uñas cuidadosamente recortadas. Las cutículas, al menos, eran rosadas. No adoraba aquellas manos sino al hombre que las movía por los trastes. ¿Cuántas veces las había imaginado ella recorriendo sus pechos? El doctor se fijó en su arrobamiento y le dijo:

– No te quedes ahí sentada. Ocúpate de las heridas del brazo y la cara. Se las limpias, cortas los jirones, las desinfectas y las coses. ¿No querías ser médico? Necesitaremos más agua hirviendo, litros. Y lávate las manos, sobre todo debajo de las uñas.

Ella se puso en pie pestañeando, las manos a los costados:

– ¿Seguro que está inconsciente, doctor? No quisiera hacerle daño.

– Yo voy a hacerle mucho más daño que tú. -Le dio un bofetón a Corelli y gritó-: ¡Tu madre es una puta, Antonio! -Al no observar reacción, el doctor dijo-: Está fuera de combate.

– Su madre está muerta -dijo Pelagia con tono de reproche-. No sigas bebiendo raki si te suelta la lengua de esa manera.

Un vehículo blindado alemán pasó con estruendo por la calle y los tres se quedaron inmóviles hasta que se alejó.

– Cabrones -dijo Velisarios.

Pelagia descubrió a continuación las dimensiones de lo que había pedido a su padre que hiciera. Las manos le temblaban y casi no se atrevía a tocar aquellas heridas. Al principio las rozaba apenas, horrorizada cuando levantaba la vista y veía cómo su padre practicaba amplios cortes en torno a las heridas de bala. «Esto se llama desbridamiento -le explicó él-. A mí tampoco me gusta, pero funciona. O sea que si no te gusta, no mires. Estoy retirando la carne dañada. Tú deberías hacer lo mismo…»

Pelagia intentó contener las náuseas, y Velisarios se apartó y se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la puerta. Los miraría trabajar, sí, pero se ahorraría los detalles.

El doctor empezó por la bala del abdomen, pues necesitaba hacer algo relativamente fácil para ganar confianza en sí mismo. La encontró bajo la superficie de la piel, la extrajo con su fórceps y se maravilló de su forma achatada y torcida.

– Es un milagro -dijo, mostrándosela a Pelagia, que estaba recortando un trozo de piel con unas tijeras planas de cirujano-. ¿Cómo se explica esto?

– Estaba detrás de ese hombretón, el que era tan grande como yo -explicó Velisarios-. El hombretón le sujetaba por detrás, así. -Se puso en pie y se llevó las manos a la espalda para ilustrarlo-. Cuando lo recogí, seguía sujetando al capitán. Al principio pensé que pesaba demasiado. Me parece que intentó salvarlo.

– Carlo -dijo Pelagia, rompiendo a llorar.

Su padre pensó en consolarla pero se dio cuenta de que sólo conseguiría mancharle la cabeza de sangre. Carlo era el primero de los miembros de La Scala cuya muerte era ya segura.

– Nadie que muere así ha muerto en vano -dijo el doctor, atragantándose con las palabras. Contuvo sus propias lágrimas y, para distraerse, retiró y examinó un poco de tela carbonizada del interior de una herida. Pelagia se secó las lágrimas con la manga y dijo:

– Antonio siempre decía que Carlo era el más valiente del ejército.

– Total para nada -comentó el doctor, contradiciendo involuntariamente su anterior afirmación-. Velisarios, ¿sigue allí el cuerpo de ese hombre? Estaría bien enterrarlo y que no lo echen a la hoguera.

– Hay toque de queda, iatre -dijo el forzudo-, pero si quiere iré. De camino puedo matar a algún alemán, quién sabe.

Velisarios partió contento de dejar atrás aquel taller espeluznante donde las emociones eran demasiado exacerbadas y el espectáculo demasiado crudo. Inspiró el fresco aire otoñal y luego echó a andar una vez más campo a través.

El doctor acabó de limpiar la herida, la enjuagó con alcohol y la llenó de polvos de sulfanilamida. Los había conseguido del cabo hipocondríaco, el de los callos, cuya alma habría volado sin duda junto con sus enfermedades imaginarias, y cuyos alegres pliegues de grasa habrían sido entregados prematuramente a las llamas. La ilimitada nube de tristeza que flotaba en el aire resultaba casi palpable. Era mejor concentrarse en el capitán.

– Cuando hayas acabado con eso -le dijo a su hija-, zurce esto. En mi bolsa hay cuerda de paracaídas, sólo tienes que ir deshilándola. No hay otra cosa.

En Pelagia crecía una sensación de escandalosa irrealidad. Hela allí, cosiendo a su amado con un esmero y una precisión que ella debía a un chaleco asimétrico y a los pacientes consejos de una tía, y su padre estaba a su lado, extrayendo con cuidado fragmentos de costilla y balas achatadas del pecho de ese mismo hombre, hablando simultáneamente de crepitaciones, facies hipocrática y un sinnúmero de problemas potenciales de significado demasiado oscuro. Pelagia limpió el rasguño de bala que el capitán tenía en la cara. No sabía si dejar que se curara solo o si darle unos puntos.

– Depende -dijo el doctor mientras preparaba otra inyección de morfina- de si lo quieres con la sonrisa torcida o no. O eso o una cicatriz grande. Cualquiera de las dos cosas podría quedarle bien, vete a saber.

– Las cicatrices no son nada románticas -dijo Pelagia.

– Estas de aquí -dijo el doctor, señalando el pecho con su escalpelo- serán absolutamente horribles. Si vive para maldecirlas.

Aquella noche Velisarios enterró los restos de Carlo Guercio en el patio de la casa del doctor. Dejando atrás tapias y sembrados, acompañado del pegajoso olor de la muerte, viscosas y resbaladizas las manos, se había sentido como Atlas con el mundo a cuestas. No había tardado mucho en descubrir que su carga era demasiado pesada como para llevarla en brazos como al capitán, y al final fue dando traspiés con el enorme fardo sobre los hombros, como si se tratara de un imponente saco de trigo.

A oscuras vendó la machacada mandíbula de Velisarios con una tira de sábana, y luego empezó a dar hachazos, troncando raíces de olivo, desenterrando viejas capas de piedras, echando fuera fragmentos de cerámica y viejísimas paletillas de carnero. Él no lo sabía, pero enterró a Carlo en la tierra de la época de Ulises, como si aquél hubiera sido su sitio desde un principio.

Poco antes del alba, concluida finalmente la intervención quirúrgica, padre e hija salieron absolutamente exhaustos a decir el último adiós a aquel cuerpo heroico.

Pelagia lo peinó y le besó en la frente, y el doctor, pagano por naturaleza y siempre proclive a los usos antiguos, depositó una moneda sobre cada ojo y una bota de vino en la sepultura. Velisarios se quedó dentro del sepulcro y se encargó de bajar el cuerpo. Al enderezarse, se le ocurrió una idea. De su bolsillo sacó un estrujado paquete de cigarrillos, cogió uno y lo colocó entre los labios del difunto.

– Se lo debía -dijo, y salió de la tumba.

El doctor pronunció una oración mientras Pelagia lloraba a su lado y Velisarios sobaba su sombrero.

– Nuestro amigo -dijo-, que vino como enemigo nuestro, ha cruzado los prados de asfódelo. Fue un hombre más sabio y bondadoso que cualquier otro mortal. Recordemos que sus muchas condecoraciones fueron por salvar vidas, no por destruirlas. Recordemos que murió tan noblemente como vivió, fuerte y valeroso. Somos criaturas de un día, pero su espíritu no se oscurecerá. Fue malogrado en la plenitud de la vida por hombres sedientos de sangre cuyo nombre cubrirá la infamia con el transcurso de los años. También ellos morirán pero no serán llorados ni perdonados; el galardón de la muerte es común a todos nosotros. Cuando la muerte les sobrevenga, estos hombres se convertirán en almas en pena vagando inútilmente en la oscuridad, puesto que el tiempo del hombre es muy corto antes de su fin, y el hombre cruel, aquel que obra con crueldad, está maldito y es objeto de escarnio después de su muerte. Pero el espíritu de Carlo Guercio vivirá en la luz del día mientras tengamos lengua para hablar e historias que contar.

»Se dice que de todas las cosas que se arrastran y respiran, no hay otra más débil que el hombre. Es cierto que la desdicha quiso que Carlo fuera dando tumbos por el mundo, pero en él no hallamos flaqueza alguna. No había en él arrogancia ni grosería, no era un vil rufián que abusa de la casa del prójimo; en él encontramos combinadas la dulzura de una doncella y la fuerza impresionante de la roca, el perfil perfecto de un hombre perfecto. Él sí podría haber dicho: "Soy ciudadano, no de Atenas o de Roma, sino del mundo." De él se podría decir: "Nada puede dañar a un hombre bueno, ya sea en vida o después de muerto."

»Recordad estos dichos que nos han llegado de los antiguos: "El amado por los dioses, muere joven." "El hombre es un sueño de una sombra." "Ni siquiera los dioses pueden cambiar el pasado." Las generaciones de hombres son como hojas de un árbol. Sopla el viento, y esparcidas en el suelo quedan las hojas de todo un año; pero los árboles rebrotan y nuevas hojas crecen al llegar la primavera."

»Recuerdo también que el poeta dice que hay un tiempo para la charla y un tiempo para dormir. Duerme mucho y bien. Los años no te pondrán límite, tú no te debilitarás, no conocerás la tristeza ni la enfermedad. Mientras nosotros te recordemos, se te recordará bello y joven. Para Cefalonia no hay mayor honor que considerarse guardiana de tus huesos.»

El doctor y su hija regresaron dentro mientras oían a Velisarios, los arañazos de la pala, el pisotear de tierra recién removida. Llevaron con cuidado a Corelli hasta la cama de Pelagia; fuera cantaban los primeros pájaros.