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Se fueron los alemanes y empezaron las celebraciones. Pero apenas habían comenzado las campanas a tocar a vuelo, los andartes del ELAS, que habían cambiado su acrónimo por el de EAM, salieron de su estado de hibernación y se impusieron al pueblo con ayuda de las armas británicas, suministradas erróneamente por éstos creyendo que iban a servir para derrotar a los nazis. Actuando, según se dijo, bajo las órdenes de Tito, formaron comités y asambleas de trabajadores y procedieron a elegirse a sí mismos por unanimidad para todos los puestos ejecutivos, y a arrancar un impuesto de una cuarta parte sobre todo lo que se les ocurría. En Zante, varios pueblos de tendencia monárquica se armaron y fortificaron las casas, y en Cefalonia los comunistas empezaron a deportar a los personajes incómodos a campos de concentración; durante años habían observado a los nazis desde posiciones seguras, y eran expertos en las artes de la atrocidad y la opresión. Hitler habría estado orgulloso de unos pupilos tan perseverantes. Su policía secreta (OPLA) identificó a los venizelistas y los monárquicos y los puso en la lista negra por fascistas.
En el continente requisaban provisiones de la Cruz Roja, envenenaban los pozos de pueblos hostiles con burros muertos y cadáveres de disidentes, exigían una cuarta parte de los alimentos que llegaban a El Pireo para aliviar a Atenas, publicaban un periódico irónicamente llamado Alithea (La Verdad) que publicaba mentiras sobre sus propios actos heroicos y la cobardía de todos los demás, eliminaban al azar a todo aquel que les molestara acusándolo de «colaboracionista», contrataban prostitutas para atraer con añagazas a los soldados británicos a su línea de fuego, se disfrazaban de soldados británicos, trabajadores de la Cruz Roja, policías o miembros de la Brigada de Montaña, y utilizaban niños con bandera blanca para conducir a otros a una emboscada. Arrojaron granadas contra gente que iba a la compra o contra soldados británicos que servían rancho a los hambrientos, tomaron como rehenes a veinte mil inocentes, mataron a 114 líderes sindicales socialistas pero no comunistas y destruyeron fábricas, muelles y vías férreas que los alemanes habían dejado intactas. Arrojaron a fosas comunes los cadáveres de griegos a los que habían castrado, rajado la boca en forma de «sonrisa» y sacado los ojos de sus órbitas. Crearon cien mil refugiados y, lo que es peor, los comunistas secuestraron a treinta mil niños y los mandaron a Yugoslavia para adoctrinarlos. Los soldados de ELAS capturados por los británicos suplicaban no ser canjeados por prisioneros, tanto pánico les daban sus líderes, y los griegos de a pie rogaban a los oficiales británicos que les ayudaran. Un dentista de Atenas ofrecía dentaduras postizas gratuitas a los militares.
Todo esto era a la vez irónico y trágico. La ironía estaba en que si los comunistas hubieran continuado con su política de no hacer nada en absoluto, como en la guerra, se habrían convertido sin duda en el primer gobierno comunista libremente elegido del mundo. Mientras que en Francia los comunistas se habían ganado a pulso un sitio respetado en la vida política, los comunistas griegos se desautorizaban a sí mismos porque ni siquiera los comunistas creían de que había que votarlos. Lo trágico radicaba en que éste era un paso más en el aciago camino que estaba convirtiendo al comunismo en la Mayor y Más Humana Ideología Jamás Puesta en Práctica Incluso Cuando Estaba en el Poder, o quizá La Más Noble Causa que Haya Atraído Jamás el Mayor Número de Gamberros y Oportunistas.
De los millones de vidas irreparablemente malogradas por aquellos gamberros, las de Pelagia y el doctor no fueron sino dos más. El doctor fue sacado a rastras en plena noche por tres hombres armados que habían decidido que por ser republicano era fascista, y que tratándose de un médico no podía ser sino un burgués. Arrojaron a Pelagia a un rincón y la dejaron inconsciente a golpes de silla. Cuando Kokolios salió de su casa para defender al doctor, le cogieron también, aun cuando él era comunista. Con sus actos había dejado ver la impureza de sus creencias, y le hicieron apoyarse en el brazo del monárquico Stamatis cuando los tres fueron llevados al embarcadero para ser transportados.
Pelagia no sabía qué había sido de su padre ni adonde lo habían llevado, y las autoridades no se lo dijeron. Sola en la casa, sin un céntimo y desconsolada, presa de una segunda dosis de atribulada desesperación, pensó por primera vez en su vida en el suicidio. No veía otro futuro que no fuese la sucesión de un fascismo tras otro en una isla aparentemente maldita y destinada a ser una pieza más en un juego dominado por otros, un juego cuyos cínicos participantes iban cambiando pero cuyas fichas se hacían a base de sangre y cuerpos de inocentes y débiles. ¿Cuándo volvería Antonio? La guerra seguía su curso en Europa, él tal vez había muerto. Era una vida en la que su hermosura se marchitaría a causa de la pobreza y su salud a causa del hambre. Vagaba de habitación en habitación con el corazón encogido tanto por sí misma como por el género humano, y sus pasos resonaban en la casa vacía y encantada. Los nazis habían masacrado a sesenta mil judíos griegos, al menos eso decía la radio, y ahora sus propios compatriotas mataban a sus hermanos como si los nazis hubieran sido sólo un cuerpo de policía cuya partida esperaban con ansias los fratricidas. Oyó decir que los comunistas habían matado a todos los soldados italianos que habían ido a luchar con los alemanes. Se recordaba a los muchachos de La Scala, se acordaba de cuando decía que odiaría siempre a los nazis; ¿había llegado el momento, finalmente, de odiar siempre a los griegos? De las naciones que habían irrumpido en su casa para maltratarla y robarle sus posesiones, al parecer sólo Italia era inocente. Pensó en lo lentos que habían sido los británicos en venir y se preguntó qué le había pasado al teniente Bunny Warren. No se habría sorprendido de haber sabido que poco después de la liberación los comunistas le habían invitado a una fiesta para matarlo allí mismo. Aquél era el hombre que le había dicho «Haría lo que fuese por los griegos, he acabado queriéndolos». Y si ella odiaba a los griegos, ¿cuál era entonces su patria? Se había quedado sin padre, sin posesiones, sin comida, sin amor, sin esperanza, sin país.
Afortunadamente tenía una amiga. Drosoula sabía desde hacía tiempo que Pelagia ya no estaba enamorada de Mandras, que no iba a haber boda y que debido a la larga ausencia y al prolongado silencio de su hijo, éste había perdido sus derechos. Sabía también que Pelagia esperaba a un italiano, pero no sentía amargura por ello y nunca pronunció una palabra de censura. Cuando, tras el secuestro de su padre, Pelagia se presentó cojeando y sangrando en su casa y se arrojó en sus brazos, Drosoula, que también había padecido mucho, la consoló con palabras que sólo una madre habría podido decir a una hija. Una semana después cerraba puertas y contraventanas de su casita en el muelle y se mudaba a la casa del doctor en la colina. Encontró la pistola italiana con su munición en un cajón de la cómoda y se la guardó para cuando volvieran los cerdos fascistas.
Como Pelagia, Drosoula había menguado con la guerra. Su enorme cara de luna parecía haberse encogido, dándole un aire de etérea espiritualidad pese a sus labios gruesos y sus pobladísimas cejas. Sus alegres michelines habían desaparecido de sus muslos y caderas y su imponente promontorio de senos maternales había ocupado el espacio dejado por la antigua exuberancia de su tripa. La artritis le afectaba ya una rodilla y ambas articulaciones del muslo, y caminaba ahora con un movimiento de arrastre irregular que resultaba doloroso de contemplar. No obstante, su nueva e involuntaria delgadez proporcionaba dignidad a su gran estatura, y sus cabellos grises inspiraban respeto y la hacían aún más formidable. Su espíritu, aún intacto, dio fuerzas a Pelagia.
Para consolarse dormían juntas en la cama del doctor, y de día pergeñaban planes para conseguir víveres y escuchaban las historias y lamentaciones de los demás. Cogían raíces en el monte bajo, hacían germinar antiquísimas judías en unos platos, perturbaban mortalmente la hibernación de los puerco espines, y Drosoula llevaba a su joven amiga a las rocas para enseñarla a pescar y buscar cangrejos entre las piedras, volviendo con unas algas que harían las veces de verdura y sal.
Pero fue un día en que Drosoula no estaba cuando regresó Mandras henchido de supuesta gloria y nuevas ideas, confiando en encontrar la sumisa y extasiada atención de la novia que no había visto en años, y la mirada puesta en exigir una reparación.
Entró por la puerta sin llamar, se despojó de la mochila y apoyó su Lee-Enfield contra la pared. Pelagia estaba sentada en su cama dando los toques finales a la colcha que había tejido para su boda y que, milagrosamente, había empezado a prosperar impecablemente desde la partida de Antonio. Había sido el modo de establecer en su ausencia una vida en común, y cada puntada y cada nudo habían sido hechos con todo el laberíntico anhelo de su solitario corazón. Al oír ruido en la cocina dijo:
– ¿Drosoula?
Entró un hombre al que no reconoció, salvo que le recordaba mucho a la Drosoula de antes de la guerra. Tenía la misma tripa y los mismos muslos distendidos, la misma cara redonda y vulgar, idénticas cejas pobladas e idénticos labios gruesos. Tres años viviendo sin dar golpe a cuenta de la munificencia de los británicos y de lo que robaban a los campesinos habían convertido al guapo pescador en un sapo antropomorfo. Perpleja, Pelagia se puso en pie.
Mandras también estaba perplejo. Aquella chica asustada y escuálida tenía algo que le recordaba a Pelagia.
Pero aquella mujer sin pecho tenía hebras de plata en su delgado pelo negro, las flojas faldas le colgaban hasta el suelo a falta de caderas redondeadas, los labios aparecían cuarteados y resecos, y las mejillas hundidas. Mandras echó un rápido vistazo a la habitación para ver si Pelagia estaba allí, pues supuso que la otra era una prima o una tía.
– ¿Eres tú, Mandras? -dijo la mujer, y entonces él reconoció la voz.
Se quedó estupefacto, notando cómo desaparecía de golpe gran parte de su odio, confuso y pasmado. Ella, a su vez, miró aquellas facciones bastas y transfiguradas, y sintió una punzada de horror.
– Creí que habías muerto -dijo al fin.
Él cerró la puerta y apoyó la espalda contra el batiente:
– Querrás decir que lo esperabas. Pues ya ves, no estoy muerto. Estoy vivo. ¿No merezco un beso de mi prometida?
Ella avanzó con timidez y renuencia y le dio un beso en la mejilla.
– Me alegro de que estés vivo -dijo.
Él la cogió de las muñecas con fuerza:
– No te creo. ¿Cómo está tu padre, por cierto? ¿Ha salido?
– Suéltame -dijo Pelagia, y él lo hizo. Ella volvió a la cama y le dijo:
– Se lo llevaron los comunistas.
– Entonces es que hizo algo para merecérselo.
– Él no hizo nada. Curaba a los enfermos. Y a mí me pegaron con una silla y se llevaron todo.
– Razones tendrían. El partido nunca se equivoca. Quien no está con nosotros es que está en contra.
Ella se fijó en que vestía el uniforme de un capitán italiano y que llevaba la estrella roja del ELAS burdamente cosida en la parte frontal de la gorra. Era una zarrapastrosa caricatura del hombre al que había suplantado.
– Tú eres uno de ellos, un comunista -dijo.
Mandras se apoyó contra la puerta con más despreocupación aún, aumentando con su postura la sensación de miedo y de cautividad que tenía ella.
– No sólo uno de ellos -dijo él complacido-, uno de los importantes. Pronto seré comisario, y podremos vivir en una casa grande y bonita. ¿Cuándo vamos a casarnos?
Pelagia se estremeció y se echó a temblar. Él lo advirtió, y eso aumentó su cólera.
– No nos casaremos -dijo ella. Le miró tratando de aplacarle-. Éramos muy jóvenes y muy ingenuos, las cosas no eran como pensábamos que eran.
– ¿Ah, no? Y mientras, yo luchaba por Grecia, pensando en ti todo el día y soñando contigo toda la noche. Y cuando pensaba en Grecia le ponía tu cara, sabes, y así luchaba con más ahínco. Y ahora regreso y me encuentro con una furcia paliducha que ya no se acuerda de mí. ¿Casarnos, he dicho? Olvidaba una cosa. Olvidaba que el matrimonio es una farsa. -Citó el Manifiesto Comunista-: El matrimonio burgués es en realidad un sistema de esposas compartidas.
– Pero ¿qué te pasa? -preguntó ella.
– ¿Qué me pasa? -Mandras se sacó de la guerrera un grueso fajo de papeles manoseados-. Esto es lo que me pasa. -Se lo arrojó a los pies y ella lo recogió, revuelto el estómago de recelo. Con el paquete ya en sus manos, comprobó que se trataba de las cartas que le había enviado a Albania cuando estaba en el frente.
– ¿Son mis cartas? -dijo, dándoles vueltas una y otra vez.
– Tus cartas, sí. Como recordarás, yo no sé leer, así que he vuelto para que me las leas otra vez. Una petición razonable, creo yo. Me gustaría que empezaras por la última, y ya iremos retrocediendo si hace falta. Vamos, lee.
– Mandras, por favor. ¿Es necesario todo esto? Son cosas pasadas.
– Empieza -dijo él, levantando la mano amenazadoramente.
Ella retrocedió protegiéndose la cara con las manos, y luego empezó a desatar el nudo de cable trampa con que las cartas estaban atadas. Encontró la última pero no pudo leerla. Fingió que la estaba buscando y escogió una de las del principio. Con voz entrecortada empezó:
– «Agapeton. Sigo sin noticias tuyas y lo que es raro es que empiezo a conformarme. Panayis ha vuelto del frente sin una mano y me ha dicho que allí hace tanto frío que es imposible coger siguiera un lápiz…»
Mandras la interrumpió:
– ¿Me tomas por imbécil, tía guarra? He dicho la última.
Aterrorizada, Pelagia rebuscó entre los papeles para dar con la última, y cayó en la cuenta de que Mandras la estaba sometiendo a la misma tortura por la que había tenido que pasar hacía muchos meses. Miró el escueto mensaje de su última carta y el terror la hizo desfallecer.
– «Agapeton -empezó, con la voz rota-, te echo tanto de menos…»
Mandras rugió y le arrebató el papel de las manos. Puso la carta a la luz y leyó:
– «No me escribes nunca, y al principio eso me preocupaba y me ponía triste. Ahora comprendo que a ti te da igual, y eso ha hecho que yo también pierda toda la ilusión. Quiero que sepas que te eximo de tus promesas. Lo siento». -Sonrió sardónicamente con una mueca a la vez siniestra y amenazadora-. ¿Has oído hablar de Proletarios Autodidactas? Ya ves, sé leer. Y esto es lo que he descubierto en las cartas que he llevado pegadas a mi corazón. Es curioso, pero cuando me leíste esta carta una vez, creo recordar que decía otra cosa. Me he estado preguntando de qué manera una carta puede cambiar su contenido; es como para creer en los ángeles. Raro, ¿verdad? No se me ocurre ninguna explicación.
– No quería herirte. Lo siento. Ahora al menos conoces la verdad.
– ¿La verdad -gritó-, la verdad? Aquí la única verdad es que eres una puta. ¿Y sabes otra cosa? ¿Sabes qué es lo primero que he sabido al llegar? Viene uno y me dice: «Oye, Mandras, ¿te has enterado de lo de tu ex novia? Se va a casar con un italiano.» Conque te has buscado un fascista, ¿no es así? ¿Para eso he estado peleando? Furcia traidora.
Pelagia se puso en pie y dijo con labios temblorosos:
– Déjame salir, Mandras.
– Déjame salir -repitió él burlonamente -. La pobrecita está asustada, ¿verdad?
Se abalanzó en un par de zancadas y la golpeó en la cara con tal brutalidad que ella giró sobre sí misma antes de caer. Mandras le dio una patada en los riñones y se agachó para cogerla por las muñecas. La lanzó sobre la cama y, en contra de su primera intención, empezó a rasgarle el vestido.
Por lo visto, violar mujeres era para él algo inevitable. Un reflejo irresistible que brotaba de lo más hondo de su pecho, un reflejo adquirido en tres años de omnipotencia e impunidad que habían empezado por la apropiación armada de bienes y terminado por la apropiación de cualquier cosa. Era un derecho natural, una cosa de rutina, y la violencia y animalidad que comportaba era infinitamente más estimulante que los débiles aguijonazos de deseo con los que terminaba. A veces tenía que matar al final para recuperar un pequeño remanente, un vestigio, del goce precedente. Y luego sobrevenía un gran cansancio, un vacío que lo espoleaba a repetir y repetir.
Pelagia forcejeó, se debatió con manos, rodillas y codos, chilló y se retorció de dolor. Para Mandras aquella resistencia era ilógica e injustificada, así que se sentó y la abofeteó repetidas veces en la cara, tratando de dominarla. A cada golpe su cabeza se bamboleaba. Él intentó levantarle la falda y del bolsillo del delantal de Pelagia cayó el sólido peso de la Derringer, yendo a parar sobre la almohada junto a su cabeza. Mandras, ciego de cólera, resollando ya, no vio la pistola, y cuando la bala le atravesó la clavícula el impacto lo dejó aturdido. Puso un pie en el suelo y se tambaleó hacia atrás cogiéndose la herida, en su mirada una expresión de pasmo y recriminación.
Drosoula oyó el pistoletazo en el momento en que entraba a la cocina, y al principio no identificó el ruido. Pero luego comprendió de qué se trataba y cogió la pistola italiana que guardaba bajo los trozos de pan rancio que a base de mucho disputar con otros tantos hambrientos había conseguido en las oficinas del partido comunista. Sin pensarlo, y sabiendo que pensar podía convertirla en una cobarde, abrió la puerta del cuarto de Pelagia y contempló algo inimaginable.
Ella temía que Pelagia se hubiese pegado un tiro, o que hubiesen entrado ladrones, pero al irrumpir en la habitación vio a la hija del doctor acodada sobre la cama, humeando en su mano derecha la diminuta pistola, ensangrentada la cara, partidos los labios, desgarrada la ropa, los ojos amoratados. Drosoula siguió la dirección de su mirada y el dedo que señalaba, y, apoyado contra la pared de la puerta, vio a un hombre que podía ser su hijo. Corrió junto a Pelagia y la estrechó entre sus brazos, meciéndola y consolándola, y entonces oyó unas palabras que surgían embozadas por el terror y los gimoteos:
– Ha… intentado… violarme.
Drosoula se incorporó. Madre e hijo se miraron con incredulidad. A medida que la furia enardecía a la mujer, el fuego fue extinguiéndose en el alma de Mandras. Le venció una oleada de autocompasión, y tuvo ganas de echarse a llorar. Todo estaba perdido, todo había quedado reducido a nada. La tortura de la guerra en la gélida Albania, los años en el bosque, la alucinada confianza en sí mismo por su dominio de la caligrafía y su conocimiento de la terminología de la revolución, su nuevo poder e influencia, todo ello se había evaporado como un sueño. Volvía a ser un chico acobardado, temblando ante la furia de su madre. Y el hombro le dolía mucho. Quería enseñárselo a ella, ganarse su compasión, quería que su madre le curara la herida.
Pero ella le apuntó con la pistola, encolerizada, y le escupió la única palabra que parecía decirlo todo:
– Fascista.
La voz de él sonó patética, suplicante:
– Madre…
– ¿Cómo te atreves a llamarme madre? Yo no soy madre de nadie y tú no eres mi hijo. -Hizo una pausa y se enjugó la saliva-. Tengo una hija… -Señaló a Pelagia, que estaba acurrucada con los ojos entornados, jadeando como si hubiera dado a luz- y has intentado abusar de ella. Te repudio, no te conozco, no vuelvas por aquí, no quiero volver a verte en mi vida, ya te he olvidado, maldito seas. Ojalá nunca conozcas la paz, ojalá te reviente el corazón, ojalá te mueras solo y abandonado. -Escupió al suelo y meneó la cabeza en señal de desprecio-. Eres un mierda. Sal de aquí, nazi, antes de que te mate.
Mandras olvidó su fusil y también su mochila. Con la sangre goteándole por entre los dedos de la mano con que se sujetaba la herida, salió tambaleante al frío sol de diciembre. Miró con ojos anegados en lágrimas el viejo olivo donde antaño se había columpiado y reído tanto; un árbol que le pareció incompleto sin la Pelagia de antes, lozana y hermosa, picando cebolla bajo el árbol y sonriendo entre las lágrimas. Era un árbol solitario, un árbol que significaba una ausencia y una pérdida. Le agobiaba un torbellino de aflicción y nostalgia, y la tristeza le atenazaba la garganta cuando echó a andar dando tumbos.
No se le ocurrió que él era una cifra de una estadística, otra vida más arruinada y malograda por la guerra, un deslucido héroe sin otro destino que el vacío. Sólo tenía conciencia del desvanecimiento del paraíso, del optimismo que se había vuelto polvo y ceniza, de la alegría que había llegado a brillar más que el sol de estío pero que ahora desaparecía para fundirse en la luz negra y el calor glacial de la masacre y el remordimiento acumulado. Había luchado por un mundo mejor y lo había echado a perder.
Había una vez un lugar donde todo brillaba con el fulgor de la inocencia. Se detuvo un momento, tratando de recordar dónde estaba ese mundo. Se inclinó, cayó casi de espaldas, los campesinos observaban desde sus casas con cara de extrañeza. No le conocían, aunque les resultaba familiar, y pensaron que era mejor no meterse. Ya había habido suficientes soldados, suficiente sangre. Le miraron desde sus ventanas y vieron cómo se incorporaba y se alejaba pesadamente.
Mandras bajó hasta la playa. Junto a la orilla del agua, contempló las burbujas de espuma que relucían y se deshacían contra sus botas. Botas italianas, recordó de pronto, de un hombre que no había muerto en paz. Se las quitó y vio cómo describían un arco sobre el agua y se sumergían. Con la mano libre se desabotonó los pantalones, los dejó caer y se los quitó. Con cuidado se quitó la guerrera y la dejó resbalar por su hombro herido. Contempló maravillado el círculo de sangre que empapaba una circunferencia aún mayor en su camisa, alrededor de aquel diminuto orificio. Luego se desabrochó la camisa y la dejó caer también.
Se quedó desnudo frente al mar, pese al intenso frío, y escudriñó el cielo en busca de gaviotas. Ellas lo guiarían hasta los peces. Se dio cuenta de que sólo quería sentir el mar en su carne, el tacto de la arena en su piel, el tensarse y contraerse de su ingle sobre la fría caricia del agua salada y sedosa. Sintió el azote del viento, y la herida le dolió menos. Necesitaba una ablución.
Recordó los días pasados en su barca sin nada que hacer salvo pescar y bizquear mirando el sol, recordó la sensación de triunfo cuando pescaba alguna pieza buena para Pelagia, lo mucho que le gustaba que a ella le gustase el regalo, los besos robados en tardes de chirriar de grillos cuando el sol caía sobre los cielos de Lixouri. Recordó que en esa época él era delgado y apuesto, de músculos ufanos y llamativos, y que una vez hubo tres criaturas salvajes y exuberantes que le habían querido y confiado en él. Criaturas que, gráciles y sencillas, no se alteraban por dotes ni veleidades, ni les preocupaba cambiar el mundo, seres con amor pero sin complicaciones.
– ¡Kosmas! ¡Nionios! ¡Krystal! -gritó, y se adentró en el mar.
El pescador que recogió el cuerpo abotagado informó que tres delfines se turnaban para acercarlo suavemente hacia la playa. Pero historias parecidas se contaban desde tiempos remotos, y en realidad nadie sabía si se trataba de una imagen romántica o de un hecho demostrable.