38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 64

La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 64

65. 1953

Cuando Zeus quiso fijar la ubicación exacta del ombligo del mundo soltó dos águilas desde los perímetros más lejanos del mismo y tomó nota del punto en que el vuelo de ambas aves se cruzaba. Eso ocurrió en Delfos, y Grecia se convirtió en el sitio donde el este se separa del oeste, y el norte del sur, lugar de cita de culturas que se excluyen mutuamente y encrucijada de los rapiñadores ejércitos ambulantes del mundo.

Pelagia se había enorgullecido en tiempos de vivir supuestamente en el centro exacto, pero ahora renunciaba a ser griega, si acaso tal cosa era posible. Había visto con sus propios ojos el desdén con que la gente trataba a Drosoula sólo porque quedarse viuda era como dejar de existir. Por aquel meticuloso idealismo suyo de intentar curar a los enfermos se había ganado la reputación de bruja y, aún peor, la barbarie de la guerra civil había eliminado para siempre la fe helénica que su padre le había inculcado de pequeña. No podía seguir creyendo que fuera heredera de la más exquisita cultura de la historia; puede que la Grecia antigua hubiera estado en el mismo sitio que la moderna, pero el país no era el mismo, y la gente tampoco. Papandreu no era Pericles, seguro, y el rey difícilmente era Constantino.

Pelagia fingía para sus adentros ser italiana. Desde lejos le era más fácil sentirse parte de aquel país precisamente debido a la distancia, y el hecho de no haber estado nunca allí le ahorró comprobar que no estaba más poblado de mandolinistas liberales y tolerantes que la propia Grecia. «Al fin y al cabo -se decía-, iba a casarme con un italiano, sé hablar italiano y supongo que en Italia podría haber llegado a médico.»

En consecuencia, educó a Antonia en italiano, de modo que ésta aprendió el griego romaico de Drosoula pero no llegó a hablar katharevousa. Además, compró una radio a un hombre que se alegró de deshacerse del aparato casi por nada, ya que el sintonizador no funcionaba bien y sólo se sintonizaban emisoras italianas. Pelagia compró la radio en 1949, poco después de que la batalla de Vitsi pusiera punto final a la guerra civil, y la pudo escuchar en el aniversario de las masacres de octubre. Quería muchísimo a su radio, sacaba lustre al rasguñado barniz hasta hacerlo relucir y descuidaba sus obligaciones sentándose a escucharla durante horas, y no sólo a escucharla sino a contemplarla expectante como si de un momento a otro Antonio pudiera filtrarse como el humo por entre la malla metálica.

Detestaba abandonar su aparato y solía sentarse durante horas a oír disparates con la sola esperanza de escuchar Non ti scorda di me, Core'n grato, Parlami d'amore, o La donna è mobile. Pero lo que más ansiaba era sentirse transportada a los días de La Scala, al escuchar Torna a Surriento, la canción favorita del club y la que entonaban más veces, y entonces cerraba los ojos en un estado de feliz melancolía oyendo aquella tonada e imaginándose a los chicos junto al olivo, conscientes apenas del melodrama de sus gestos mientras cantaban a pleno pulmón los emocionantemente bellos mordentes y apoyaturas de la frase final, tras lo cual se sentaban en medio de un momentáneo silencio nostálgico para luego suspirar, menear la cabeza y enjugarse las lágrimas con la manga. Fue también gracias a la radio que Pelagia descubrió que había hermosas canciones para mujeres, y se ponía a cantar O mio babbino caro a viva voz mientras fregaba el suelo de rodillas, dotando a la melodía de microtonos orientales y aderezándola de ululatos, con lo que abjuraba del intento mismo de convertirse en italiana.

Prestaba también una atención especial al sonido de las mandolinas, y se recordaba a sí misma que un día tenía que rescatar la del capitán, todavía en el escondite. Una vez, volviendo de recoger bayas, habría podido jurar que oyó los compases finales de la «Marcha de Pelagia», pero comprendió que era imposible puesto que el capitán había muerto. Lo que pasaba era que aquel mundo disoluto disponía de otros músicos que podían ocupar su sitio. A menudo pensaba dónde habría muerto Corelli; seguramente en el mar, a bordo de aquel esquife, aunque tal vez en Anzio, en Italia, o en algún punto de La Línea Gótica. La llenaba de una absoluta aflicción el imaginarse su esqueleto palideciendo bajo tierra, inútiles e inmovilizados los músculos y tendones que habían producido aquella música. La tierra que lo cubría estaba tal vez tan silenciosa como la que contenía los cuerpos de los muertos en el monte bajo, o tal vez era una vía pública como la que ahora cubría la tumba de Carlo Guercio. A ella no le gustaba pasar por encima, y se burlaba de sí misma por el absurdo recato de temer que un muerto pudiera estar mirándole las faldas desde las profundidades.

Pero el suelo de Cefalonia no estaba inerte; era como el perro que ha dormido bajo la lluvia y se levanta para sacudirse las gotas.

Dicen que en épocas remotas todas las tierras eran una sola, y parece que los propios continentes profesan cierta nostalgia por aquel estado de cosas, del mismo modo que hay personas que dicen pertenecer al mundo y no a un país determinado, exigiendo así un pasaporte internacional y un derecho universal de residencia. Así, India empuja hacia el norte arrancando de cuajo el Himalaya, resuelta a no ser una isla sino a invadir Asia con su húmeda y tropical sensualidad. La península Arábiga inflige una astuta venganza sobre los otomanos apoyándose en Turquía con intención de hacerla caer al mar Negro. África, harta de que los blancos la consideren almizcleña, peligrosa, impenetrable y romántica, aprieta hacia el norte decidida a que Europa la mire por fin a la cara y admita de una vez que su civilización nació en Egipto. Sólo los americanos corren hacia poniente, tan resueltos a ser superiores y únicos que hasta han olvidado que el mundo es redondo y que por fuerza un día se encontrarán pegados prodigiosamente a China.

A posteriori todos se hacían cruces de no haberlo previsto, pero la última vez que había ocurrido tal cosa había sido no en Cefalonia sino en Leukos, en 1948, cuando Grecia estaba tan sumida en la barbarie que nadie más se había dado cuenta, y los signos y presagios de aquella mañana fueron considerados más extraños que portentosos.

Había terminado la guerra de Corea, aunque tropas francesas acababan de ser lanzadas en paracaídas sobre Indochina, y era un bonito 13 de agosto de 1953, próxima ya la festividad de la Asunción, tras la cosecha de la vid. Había una delgada calima y el cielo aparecía cubierto de nubes veteadas como estelas de vapor desplegadas en curiosos ángulos, como si fueran obra de un artista expresionista con alergia al orden y serias objeciones estéticas a la simetría y la forma. Drosoula había advertido un inexplicable y raro olor que impregnaba la tierra, y Pelagia había notado que el agua estaba en el nivel más alto del pozo, pese a que no había llovido. Sin embargo, al regresar allí con el balde no había encontrado rastro de líquido. El doctor Iannis, que había estado apretando los diminutos tornillos de sus gafas, descubrió asombrado que se le pegaban al destornillador con increíble fuerza magnética. Antonia, de ocho años pero alta como una niña de doce, al agacharse a recoger una hoja de papel, ésta revoloteó y se le quedó pegada a la mano. «Soy bruja, soy bruja», exclamó, dando saltos, y al salir de la casa vio que un puerco espín con dos crías abandonaba a toda prisa el patio y que un búho igualmente nocturno la inspeccionaba desde una rama baja del olivo, flanqueado por varias hileras de las nuevas gallinas de Pelagia que descansaban en sus perchas, ajenas a todo con la cabeza bajo el ala. Si Antonia hubiese mirado, habría visto que ningún pájaro volaba en el cielo, y si hubiera bajado a la playa habría visto platijas nadando cerca de la superficie, y a los otros peces saltando como si de pronto quisieran ser pájaros y nadar en el aire, mientras muchos otros se convertían en tortugas y morían en tierra.

Serpientes y ratas abandonaban sus madrigueras, las martas de los pinos cefalonios se congregaban en nutridos grupos a ras de tierra y se sentaban a esperar como melómanos antes de una obertura de ópera. Junto a la casa del doctor, un mulo atado a la tapia forcejeaba con la cuerda y daba coces a las piedras, haciendo reverberar con sus pezuñas toda la casa. Los perros del pueblo iniciaron ese torpe y enervante coro que normalmente acontece al atardecer, y cientos de grillos atravesaron calles y patios en peregrinación para esfumarse entre los espinos. Los episodios curiosos se sucedieron. Platos y cubiertos traqueteaban igual que en la guerra cuando aparecían los bombarderos ingleses. En el patio el cubo de Pelagia se volcó solo, derramando el agua que contenía. Drosoula entró en la casa sudando y temblando y dijo a Pelagia; «Estoy enferma, me encuentro muy mal, algo le pasa a mi corazón.» Se dejó caer en una silla agarrándose el pecho con la mano y jadeando de nervios. Nunca había sentido los miembros tan débiles ni los pies tan torturados por pinchos y agujas. Desde la última fiesta del santo no había tenido tantas ganas de vomitar. Respiraba boqueando, y Pelagia tuvo que prepararle un reconstituyente.

Antonia, que estaba en el patio, notó que tenía dolor de cabeza y que estaba un poco mareada, y se sintió asimismo oprimida por ese vertiginoso terror que uno experimenta al borde de un precipicio al notar que algo lo atrae hacia él. Pelagia salió y le dijo: «Psipsina, ven a ver; la otra Psipsina ha perdido la chaveta.»

Era verdad. El gato se había dado al comportamiento más misterioso que se había visto en un felino desde los tiempos de Cleopatra y los Tolomeos. Arañaba el suelo como si enterrara o desenterrara alguna cosa, y luego se revolcaba allí mismo como expresando placer o meneándose contra el escozor de sus pulgas. De pronto saltaba hacia un lado y acto seguido lo hacía en vertical a extraordinaria altura. Dirigía su mirada a los humanos durante una fracción de segundo, daba un salto mortal con una expresión pasmada que sólo podía significar asombro, y luego salía disparado para subirse al árbol. Un minuto después volvía a estar en la casa buscando cosas en que meterse. Probaba si cabía en un cesto de mimbre, metía cabeza y patas en una bolsa de papel marrón, se sentaba un rato en una cacerola demasiado pequeña para su tamaño y luego se subía por la pared para posarse, bizqueando como un búho, en lo alto de una persiana que se balanceaba precariamente y crujía bajo su peso. «Gata loca», le reconvino Pelagia, a lo que el animal saltó y brincó de un estante a otro, corriendo como poseída por toda la habitación, con un estilo que le recordó a Pelagia su epónima predecesora. La gata se detuvo bruscamente, esponjada la cola grotescamente, erizado al máximo el pelaje de su lomo arqueado, y bufó con fiereza a un enemigo invisible que parecía estar en algún punto cercano a la puerta. Luego regresó tranquilamente al suelo, se escabulló al patio como acechando alguna presa y se sentó en la tapia a maullar trágicamente, perpleja por la pérdida de sus gatitos o quejándose de alguna atrocidad. Antonia, que no había dejado de batir palmas y reír de gusto, rompió a llorar de repente, exclamó «Mamá, tengo que salir» y se fue corriendo.

Drosoula y Pelagia intercambiaron miradas de «¿Ya ha llegado a la pubertad?», cuando de la tierra bajo sus pies brotó un espeluznante rugido tan por debajo de una altura audible de sonido que más que oírse fue sentido. Las dos mujeres notaron cómo el pecho les subía y les bajaba, vibrando constreñido por senos y cartílagos, las costillas a punto de partírseles, y un dios parecía propinar potentes golpes a un bombo dentro de sus pulmones. «Un ataque al corazón -pensó Pelagia con desesperación-. Dios mío, si apenas he vivido», y vio a Drosoula agarrándose el abdomen y con los ojos desorbitados, trastabillando hacia ella como víctima de un hachazo.

Era como si el tiempo se hubiera detenido y el indescriptible rezongar de la tierra no fuera a terminar nunca. El doctor Iannis salió de estampida por la puerta del cuarto que había sido de Pelagia y habló por primera vez en ocho años: «¡Salid! ¡Salid! -gritó- ¡Es un terremoto! ¡Poneos a salvo! Su voz sonaba menuda e infinitamente remota en medio de aquella explosión gutural de ruidos cada vez más fuertes, y una sacudida lo arrojó a un lado.

Aterradas y cegadas por el frenético saltar y estremecerse del mundo, las dos mujeres se dirigieron hacia la puerta tambaleándose, fueron arrojadas al suelo e intentaron arrastrarse. Al infernal estruendo de la tierra vino a sumarse la cacofonía de platos y cacerolas cayendo en cascada, la amenazadora, desenfrenada pero melindrosa tarantela de sillas y mesa, los crujidos de paredes y vigas al partirse, el fortuito repicar de la campana de la iglesia, y una sofocante nube de polvo pestilente como el azufre que desgarraba ojos y gargantas. No pudiendo arrastrarse a gatas porque eran despedidas una y otra vez hacia arriba y hacia los lados, extendieron manos y piernas y ganaron la puerta reptando como serpientes, justo en el momento en que el techo se derrumbaba.

Salieron al bamboleante patio. El cielo se había quedado sin luz, el horroroso clamor estallaba dentro de sus cabezas y en su pecho, el polvo se levantaba lentamente de la tierra como atraído por la luna. El viejo olivo, ante sus propios ojos, rindió pleitesía a la tierra y se partió por la mitad del tronco antes de salir despedido hacia arriba y agitar sus ramas como un nazareno paralítico. Del centro de la calzada surgió un borboteante y asqueroso chorro de agua que alcanzó los doce metros de altura para desaparecer después como si no hubiera existido nunca, dejando un charco que rápidamente se llenó de polvo y se desvaneció. En lo alto de la colina, e invisible a causa de las cortinas ascendentes de polvo ceniciento, una placa de roca y arcilla roja se desprendió de la falda y empezó a bajar como por un tobogán, penetrando en la calle por el lado sur, arrastrando olivos en su trayectoria y borrando el sembrado del que habían emigrado los grillos. De nuevo el gigante inquieto que habitaba las entrañas de la tierra descargó un fuerte puñetazo en vertical hacia arriba, de forma que las casas saltaron de sus cimientos y sólidas paredes de piedra vibraron como papeles al viento, y súbitamente sobrevino una quietud mortal. La tierra se sumió en un silencio misterioso y sepulcral, como lamentándose de la catástrofe, y Pelagia, tosiendo y perdida de polvo, imbuida de una intensa sensación de impotencia y absoluta pequeñez, empezó a incorporarse sin haber recuperado aún el aliento tras la última sacudida titánica que le había paralizado los pulmones y obturado el diafragma. Se puso en pie, se tambaleó, y aquella quietud sobrenatural fue súbitamente interrumpida por los salvajes gritos del cura, que había salido corriendo de su iglesia y ahora daba vueltas y más vueltas en redondo, los brazos alzados al cielo, echando chispas por unos ojos que destacaban entre la mugre de su cara, no implorando a la divinidad que desistiera -como Pelagia supuso al principio- sino riñéndola. «¡Hijo de la gran puta! -rugía el cura- ¡Perro sarnoso! ¡Bastardo inmundo! ¡La fulana que te parió!» Las olvidadas palabras le salían como vomitadas, toda la serenidad de su alma piadosa se había transformado de pronto en desprecio. Cayó de hinojos, machacó la tierra con los puños e, incapaz de aplacar su cólera, volvió a ponerse en pie de un salto y amenazó al cielo con el puño. Con lágrimas en los ojos, inquirió: «¿Acaso no te hemos amado? ¡Desagradecido de mierda! ¡Excremento del demonio!»

En ese preciso momento, a modo de respuesta, el profundo gruñido recomenzó con renovada fuerza. Una vez más el puño plutónico golpeó desde los más profundos abismos, y una vez más la corteza y las rocas de Cefalonia se echaron a temblar, mientras los picos de las montañas se balanceaban como mástiles de barco. Arrojada nuevamente al suelo, Pelagia se aferró a la oscilante tierra, abolido su instinto de supervivencia por el temor y la impotencia que experimentaba. El mundo entero se había reducido al tamaño de una oscura bola de fuego que parecía surgir de su estómago y derramar sus arrolladoras llamas en las fibras de su cerebro, y en medio de aquel infierno solitario ella se retorcía y atragantaba, incrédula, estupefacta, más allá de la sorpresa o el desaliento, como juguete en manos de una tierra impúdica e implacable.

Hacia el sur, en la isla de Zante, la capital resplandecía bajo una lluvia de cenizas incandescentes que torturaban los cuerpos de perros y humanos volviéndolos locos. Un miembro del equipo de salvamento, que había sido testigo de Nagasaki, diría después que esto fue peor. En todas las islas jónicas la gente lo perdió todo, excepto los absurdos objetos que habían intentado salvar al salir precipitadamente de sus casas: un orinal, una carta, un cojín, un tiesto de albahaca, o un anillo. En Cefalonia la roca de Kounopetra, en la localidad de Paliki, que había vibrado durante siglos y a la que ni los buques de guerra británicos habían logrado perturbar, quedó inmóvil y halló reposo entre la demolición general. Pasó a ser una roca más de la costa a medida que la isla se metamorfoseaba, desintegrándose y ensayando el Armagedón.

Sujetándose unas a otras para mantener el equilibrio, Pelagia, Drosoula y Antonia contemplaban la casa durante aquellos intervalos en que el apoplético Titán de las profundidades recuperaba fuerzas e inventaba nuevos y más irresistibles motivos para la inquina. Mientras las placas y los filones de las rocas se partían con ruido de tanques y artillería, mientras las calles se combaban y ondulaban y las columnas de las balconadas giraban sobre sí mismas, las tres mujeres se tambaleaban y hacían eses sin dar crédito a la miseria que las rodeaba. Psipsina salió de la nada y se sumó a ellas, cubierto su pelaje de un polvo blanco y sus bigotes de telarañas. Antonia la recogió del suelo y la estrechó entre sus brazos.

De la vieja casa poco quedó en pie; las paredes quedaron reducidas a la mitad de su altura, y el resto sólo contenía cascotes, escombros de la techumbre y el alma desilusionada y el viejo cuerpo cansado del doctor, que llevaba años planeando sus últimas palabras y se había marchado sin decirlas.