38691.fb2 La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 69

La mandolina del capit?n Corelli - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 69

70. LA EXCAVACIÓN

Con cinco años de edad y Christos Sartzetakis elegido en el lugar de Karamanlis, Iannis ya sabía decir «Hola» y «¿Verdad que es un primor?» en seis idiomas distintos. Esto era porque se pasaba casi todo el día en la taberna al cuidado de su abuela, arrullado por sonrosados y sensibleros turistas a los que gustaban los chiquillos de piel morena con mechones negros sobre ojos color de ébano, siempre y cuando no se hicieran mayores y viajaran a sus propios países en busca de un empleo. Iannis llevaba las cestas de pan a las mesas, se asomaba encantadoramente al mantel, y ganaba suficiente dinero en propinas para comprarse un oso de peluche, un coche teledirigido y una imitación en plástico del balón del Campeonato del Mundo de Fútbol. Pelagia lo presentaba ufana a los clientes, y él ofrecía su mano con cortesía y confianza, la viva imagen del niño perfecto que ya no se daba en países más prósperos pero menos sensibles. Sus modales anticuados eran una prodigiosa novedad, y el niño sólo hacía muecas cuando alguna mujer gorda con halitosis y pegajoso pintalabios lo abrazaba o besuqueaba.

El motivo de su continua presencia en la Taberna Drosoula era que su padre estaba construyendo nuevos apartamentos con piscina y pista de tenis, y que su madre había recaído en un anticuado feminismo presocialista según el cual una mujer tiene los mismos derechos que un hombre en lo tocante a iniciativa capitalista. Antonia cogió prestado dinero de su marido para abrir una tienda y en cuatro años se lo devolvió meticulosamente a un cinco por ciento de interés. En la calle Bergoti de Argostolion abrió un bazar de souvenirs donde se vendían reproducciones de ánforas, sartas de cuentas, muñecos ataviados con la fustanella de los evzones, casetes de syrtaki, equipo de submarinismo, estatuillas del dios Pan tocando sus flautas con manifiesta concentración aunque dotadas de una espléndida e hiperbólica erección, lechuzas de Minerva en piedra caliza, postales, alfombras hechas a mano que en realidad las hacían a máquina en el norte de África, delfines de porcelana, dioses, diosas y cariátides, máscaras teatrales de terracota, chucherías de plata, colchas de intrincados dibujos, sortijas de boda que parodiaban cómicamente los movimientos de la cópula, diminutos bozoukis mecánicos con flácidas cuerdas de nilón rojo hechas con hilo de pescar que tocaban Nunca en domingo o Zorba el griego, ejemplares de las novelas de Kazantzakis en inglés, siniestros iconos con auténtica pátina representando santos cuyos nombres en cirílico eran tan indescifrables como improbables, emolientes para ingleses con quemaduras de sol, cinturones y bolsos de piel, camisetas con variaciones sobre el mensaje «Mi papi estuvo en Grecia y sólo me trajo esta mierda de camiseta», guías turísticas y fusiles lanza arpones, paracetamol, bolsas de playa con asas que se descosían, esterillas de rafia, compresas y condones. Antonia presidía aquel ecléctico emporio vestida como siempre de blanco deslumbrante, sentada a la caja registradora (para no dejar pistas a un posible recaudador de impuestos), metido el pulgar en la boca y dispuestas las larguísimas piernas en posturas de sofisticada elegancia.

No tardó en abrir otras tiendas idénticas en Lixouri, Skala, Samos, Fiskardo y Assos, y para tranquilizar su buena conciencia artística decidió patrocinar a un ceramista que iba a fabricar verdaderamente bellos artículos y adornos de jardinería en terracota a prueba de escarcha, según el estilo clásico. Antonia y Alexi visitaron París y Milán con la vaga idea de abrir una boutique de lujo en Atenas, y en esa época Alexi desechaba con desdén los argumentos de quienes pretendían redistribuir su riqueza personal: «Entre Antonia y yo damos trabajo a docenas de personas. Si nos enriquecemos, enriquecemos también a nuestro personal, o sea que no me vengas con chorradas pasadas de moda, ¿vale? ¿Qué pretendes, que vivan todos del paro? ¿Tienes idea de cuánta gente fabrica las cosas que vendemos? Pues son centenares, que lo sepas.»

Su hijo crecía feliz en compañía de la abuela, remojándose los pies en el agua transparente del puerto y siempre hipnotizado por los ágiles e impulsivos cardúmenes. Por las tardes la familia al completo se reunía en la taberna, en general pero no siempre después de la hora punta, y discutían en griego y en italiano mientras Pelagia, nostálgica ya de la infancia de Iannis, decía: «¿Os acordáis de aquella vez que le estaba cambiando el pañal en la tapia y de pronto se hizo pipí y le salió un chorro dorado que fue a dar sobre el gato? Y luego el gato salió pitando y empezó a lamerse, puaj, y nos reímos tanto que pensamos que íbamos a reventar. Qué tiempos aquellos. Es una pena que los niños crezcan.» Y el muchacho se reía cortésmente deseando que su abuelita no le pusiera en evidencia, y luego se iba detrás de la tapia y comprobaba hasta qué altura podía mojar la pared, inclinándose hacia atrás por las rodillas y experimentando con el alcance y elevación de su interesante apéndice y el maravilloso chorro dorado. Como tenía un amigo llamado Dimitri que podía mear más alto que él, hubo de entrenarse un poco antes de aceptar apuestas. Con un pedazo de tiza que guardaba detrás de la tapia llevaba una lista de las bellas extranjeras que le habían besado en la mejilla cuando se despedían al término de sus vacaciones. Eran ciento cuarenta y dos, una cifra casi imposible de imaginar; él no recordaba sus caras sino sólo una impresión general y gozosa de cabellos brillantes, ojos grandes, fragancia perfumada y unos pechos esponjosos que se achataban contra él de modo fortuito para recuperar luego su forma. Por la noche, después que lo llevaban a casa dormido en brazos de su padre, solía soñar en una babel de lenguas con chicas deliciosas y olor a crema facial hidratante.

Cuando Iannis cumplió los diez, en el año de la antitética coalición entre comunistas y conservadores, Pelagia contrató a un bozoukista para que entretuviera a los clientes de la taberna. Se llamaba Spiridon, venía de Corfú y era un hombre carismático de una inagotable exuberancia. Tocaba su instrumento con tal virtuosismo y vitalidad que parecía estar tocando no uno sino tres bozoukis, y era capaz de hacer que hasta los alemanes se pasaran la mano por los hombros y bailaran en círculo moviendo los pies como si fueran caballos piafando de impaciencia. Sabía a la perfección cómo interpretar una pieza acelerando, empezaba muy lento y con mucha pompa, y paulatinamente iba imprimiendo velocidad hasta que los bailarines acababan enredados en un histérico lío de extremidades. Conocía canciones de cuna y de pescadores, melodías clásicas y composiciones nuevas de Theodorakis, Xarhakos, Markopoulos y Hadjidakis, y las sabía ejecutar con trémolos precisos y con improvisaciones extremadamente sincopadas que impedían a su público seguir bailando porque era aún mejor escuchar.

Iannis adoraba a Spiridon, con sus anchas espaldas, su enorme barba negra, su amplia boca que parecía contener un centenar de dientes resplandecientes (incluido uno de oro) y su repertorio de trucos de prestidigitación mediante los cuales te sacaba huevos de las orejas y hacía desaparecer monedas con un fogonazo de los dedos. Pelagia también le quería porque le recordaba mucho a su capitán ausente, y a veces anhelaba tener una máquina del tiempo que la devolviera a los días del único amor de su vida. Pensaba que tal vez el alma del capitán movía los dedos de alguien como Spiridon, pues se decía que incluso muerto el músico, su música errabunda pasaba a otras manos y perduraba en ellas.

Iannis deseaba en secreto hacerse arpón en cuanto tuviera edad suficiente para ello. Estos «kamakia» eran chicos griegos que vivían a una dieta de sexo permanente, entreteniendo a las románticas extranjeras que, libres de carabina, llegaban a la isla en busca de amor verdadero y orgasmos múltiples en brazos de cualquier Adonis moderno que accediera a arrebatarlas de pasión. Se consideraban tan indispensables para la industria turística que se hablaba incluso de crear un sindicato que representara sus intereses. Seductora y caballerosamente repartían bellos recuerdos y corazones destrozados, mientras esperaban en el aeropuerto a que llegara una nueva chica tras haber despedido a la anterior. En épocas de escasez haraganeaban en sus ciclomotores, charlando de los atributos sexuales de las distintas nacionalidades. Las italianas eran las mejores, y las inglesas unas inútiles a menos que estuvieran borrachas. Las alemanas eran muy técnicas, y las españolas melodramáticas e incontrolables, mientras que con las francesas, de tan presumidas, había que fingir enamoramiento desde el primer instante. Iannis solía inspeccionarse el minúsculo rabo con sus impredecibles y dolorosas erecciones, y preguntarse si alguna vez tendría un orgasmo -fuera eso lo que fuese- y cuándo despertaría de sus húmedos sueños su arpón particular para dar el decisivo estirón.

A Iannis no le pasó por alto que Spiridon era popular entre las chicas. Al término de cada actuación solían coger las rosas rojas de los esbeltos jarroncitos que adornaban sus mesas y arrojárselas al músico. Vio también que Spiro acudía a primera hora de la tarde y les quitaba las espinas a las rosas, tan confiado estaba de aquel bombardeo floral. Observó asimismo que Spiro se hacía fotografiar siempre en compañía de chicas de narices brillantes, hasta cuatro de una vez, y que en tales ocasiones sonreía de oreja a oreja mientras su rostro irradiaba orgullo y felicidad. En vista de lo cual, Iannis pidió a Spiro que le enseñase a tocar el bozouki.

– Aún tienes los brazos demasiado cortos -le dijo Spiro-, sería mejor que empezaras con una mandolina. De hecho es lo mismo, pero más a tu medida. Ahora tienes diez años, cuando tengas catorce quizá podrás empezar con el bozouki. Mira… -Apoyó el instrumento sobre la falda del chico y le estiró el brazo izquierdo-. Tu brazo es demasiado corto y la mano no es lo bastante grande para coger todo el mástil. Necesitas una mandolina.

Iannis se sintió un poco decepcionado. Él quería ser igual que su héroe.

– ¿Sabes tocar la mandolina? -preguntó.

– ¿Que si sé tocar la mandolina, dices? Así es como aprendí, hombre. Soy el mejor mandolinista que he oído nunca, aparte de un par de italianos. De hecho, la mandolina es mi instrumento favorito.

– ¿Me enseñarás?

– Te hará falta una mandolina. Si no, tendríamos que limitarnos a la teoría.

De mal humor, Iannis dio la lata a su madre, a su padre y a su abuela para que le comprasen una mandolina. Antonia se quitó el pulgar de la boca y dijo: «La próxima vez que vaya a Atenas, te compraré una», y como es lógico, se olvidó. «Te traeré una de Nápoles», dijo Alexi, que no tenía la menor idea de cuándo iba a ir allí ni con qué motivo. Finalmente Pelagia le dijo:

– Bueno, el caso es que tenemos una, pero está enterrada en la casa vieja. Estoy segura de que a Antonio no le importaría si la desenterrases.

– ¿Qué Antonio?

– Mi novio italiano que murió en la guerra. La mandolina era suya. Debes haber oído hablar de él.

– Sí, ya. Pero si está enterrada estará podrida y rota, ¿no?

– No lo creo. En mitad del suelo había un escotillón, y estaba metida en un agujero. Pero tú solo nunca podrás remover toda esa basura, y además yo no te dejaría. Es demasiado peligroso.

Iannis suplicó a su padre que le prestara unos cuantos obreros de uno de sus solares en construcción. Alexi se lo prometió, pero después le dijo que no podía ser debido a unos proyectos urgentes relacionados con un avión cargado de turistas que debía llegar en breve a una urbanización recién construida cuyos sanitarios no habían sido totalmente instalados siquiera. Alexi estaba tan nervioso con el asunto que hasta llegó a pegar a su hijo por primera vez en su vida para luego abrazarlo y pedirle disculpas.

Así pues, Spiridon fue llevado de la mano colina arriba hasta unas fantasmales ruinas abandonadas donde crecían largas matas de hierba y espinos desecados que cubrían casi las viejas piedras hechas añicos. Alrededor quedaban los silentes y desiertos restos de pequeñas casas envueltas en una apariencia de soledad y pesar. Peldaños alabeados conducían a ninguna parte. Un horno comunal descansaba en un ángulo precario, atascada y herrumbrosa su puerta de hierro colado, con capas de óxido prontas a escindirse por el calor o la escarcha. Dentro había una colonia de cochinillas y los rastros carbonizados de innumerables y olvidadas comidas que habían alimentado a personas dispersadas o muertas desde hacía tiempo.

– Dios mío -dijo Spiro, contemplando aquel espectáculo de silenciosa desolación-, en Corfú no fue tan grave. Le pone a uno triste, ¿verdad?

– Sí, es un lugar tristísimo -dijo Iannis -. Yo suelo venir a explorar, y también cuando estoy enfadado, o soy infeliz. -Señaló con el dedo-. Mi bisabuelo murió ahí dentro. Me pusieron Iannis por él. La abuela dice que era el mejor médico de Grecia, y que pudo haber sido un gran escritor. Podía sanar con sólo tocar a la gente.

Spiro se persignó y dijo:

– Que la Virgen nos proteja.

– He encontrado montones de cosas -comentó Iannis-, pero casi todo está roto. -Una gata joven y manchada se alejó con el vientre distendido por las crías a punto de nacer-. Viene a cazar lagartijas -dijo Iannis, señalando-. Lo hace muy bien. Siempre les deja la cola, y después la cola se retuerce sola por ahí días y días. Es fantástico.

– Fíjate en eso -dijo Spiro, señalando a un enorme olivo viejo partido por la mitad que empezaba a pudrirse por el tronco, pero que estaba lleno aún de retorcidas ramas negras y pequeños frutos verdes.

– Yo me subo a ése -dijo Iannis -. Hay una rama estupenda para columpiarse. Esa de allá.

– Pues vamos a columpiarnos -dijo Spiro, y Iannis trepó al árbol para ver desde allí como el otro daba un salto y se colgaba. Se columpiaron un rato los dos juntos, ayudados por la elasticidad de la rama y luego se dejaron caer al suelo rebosantes de viril satisfacción. Spiro se frotó las manos y dijo -: Bueno, pongamos manos a la obra antes de que haga demasiado calor. ¿Te das cuenta de que esto me va a ir muy mal para las manos? Seguramente no podré tocar esta noche. ¿Sabías que los guitarristas no lavan platos porque se les ablandan las uñas? Qué excusa más buena, ¿verdad?

– A mí me gusta lavar los platos -dijo Iannis-. Te saca toda la mugre de las uñas; además, la abuela me paga.

Pasaron los dos por lo que otrora había sido una puerta y se rascaron la cabeza con desaliento. Había un horrible montón de escombros.

– Antes estaba peor -dijo Iannis con tono de disculpa-, mi papá vino a llevarse todas las baldosas que no estaban rotas, y cogió la mayoría de las vigas para hacer nuevas casas. Y la abuela desenterró lo que aún servía.

Spiro cogió un palo y levantó un petrificado preservativo blancuzco.

– ¡Vaya! -exclamó-. Cerdos de turistas. -Lo lanzó a la maleza, y Iannis preguntó:

– ¿Qué era?

– Verás, jovencito, es una cosa que se pone en lo que uno más aprecia cuando no quiere tener niños.

– ¿Y entonces cómo se mea? ¿Te lo has de sacar?

– Sí -dijo Spiro, viendo que si no iba con cuidado tendría que dar muchas explicaciones-, te lo sacas. En realidad, sólo te lo pones cuando estás en situación, ¿entiendes?

– Ah -dijo Iannis-, es un condón, ¿verdad? Ya los conozco. Dimitri me ha hablado de eso.

Spiro levantó las cejas, resopló y lanzó un suspiro. Empezó a apartar cascotes, fragmentos de baldosa, latas aplastadas, largas y repugnantes tiras de papel higiénico manchado (legado del turismo también) y un sinnúmero de botellas verdes.

– Tenemos para dos días -dijo -. Me parece que será mejor poner manos a la obra.

A la tarde siguiente había un claro en mitad del antiguo piso y un polvoriento montón de piedras y baldosas rotas de un metro de alto arrimado a las paredes, junto con trozos de madera partidos y en proceso de putrefacción. Había asimismo una pila de tesoros que Iannis deseaba salvar: un viejo y despachurrado receptor con su aguja roja del dial atascada para siempre en «Napoli», una cacerola deforme con un agujero mellado y el fondo manchado de orín, un bastón roto con puño de plata, un jarrón intacto de cristal Heno de conchas de caracol, un mohoso conjunto de libros gruesos titulado The Complete and Concise Home Doctor en inglés, un fonendoscopio cuyos tubos de goma se habían echado a perder y que tenía la boquilla torcida, una fotografía enmarcada (con el cristal roto) de dos borrachos muy graciosos con extraños sombreros y, al fondo, la diminuta pero maravillosamente desnuda figura de una ágil muchacha dando patadas al agua del mar, tocada también con un estúpido gorro. Encontró incluso un álbum de fotos al completo, un poco húmedo y con los bordes de las hojas mordisqueados por los insectos y manchas marrones de agua esparcidas de forma elegante y delicada en dibujos ondulantes que atravesaban las páginas. La primera fotografía llevaba la inscripción «Mamá y papá en el día de su boda», y en ella se veía en sepia a una pareja joven posando muy formal con aquellos vestidos tan anticuados que a Iannis le parecía imposible que alguien hubiera llevado nunca. Repasó las fotografías sentado en la tapia: «Primeros pasos de Pelagia», una foto de un bebé con gorro escarolado, tendido boca abajo y mirando hacia arriba con cara de asombro. Se las enseñaría a la abuela para averiguar qué significaban. Entretanto era fantástico haber encontrado una navaja de resorte con la hoja pegada por el óxido, un jarrito de cristal que contenía un guisante seco incrustado de una cosa negra y escamosa, y un enmohecido libro de poemas escrito por un tal Andreas Laskaratos.

Spiro intentó meter los dedos por la anilla de hierro del escotillón, pero estaba agarrotada y no había forma de moverla. Deslizó bajo la madera la punta de un viejo destornillador que había encontrado, pero se dobló como un pedazo de queso y se partió. Tendría que pedir una palanca, porque los goznes también estaban rígidos por la oxidación.

– ¿Por qué no lo rompemos? -preguntó Iannis.

– No querrás aplastar la mandolina, ¿verdad? Con la impaciencia no ganamos nada.

Se quedaron mirando la trampilla, rascándose la cabeza y con la frustración de verse burlados después de haber llegado tan lejos, y entonces repararon en un viejo muy corpulento, de traje negro, camisa sin cuello y plateada barba de tres días, que estaba en el umbral, un poco encorvado.

– ¿Qué estáis haciendo? -dijo -. Ah, eres tú, Iannis. Pensaba que erais saqueadores. Iba a daros un par de guantazos.

– Queremos abrir esto, kyrie Velisarios -dijo el chico -. Está atascado, y dentro hay una cosa que nos interesa.

El viejo entró arrastrando los pies y miró el escotillón con ojos acuosos. Iannis advirtió que llevaba una rosa roja.

– Enseguida os lo levanto -dijo Velisarios-, pero antes voy a dejar esta flor. -Volvió al patio y depositó la flor sobre la tierra reseca-. Normalmente lo hago en octubre -explicó-, pero puede que yo también esté muerto para entonces, así que he venido antes.

– ¿Para qué? -preguntó Iannis.

– Muchacho, ahí abajo hay un soldado italiano. Yo mismo lo enterré. Era muy valiente, y grande como yo. Me caía bien, era muy amable. Vengo todos los años a dejarle una flor para que vea que no le olvido. Nadie me había visto hacerlo, pero ¿qué más da? Ahora tenemos otros enemigos, y nadie sabe lo que es la vergüenza.

– Entonces ¿hay un esqueleto de verdad ahí debajo? -preguntó Iannis con los ojos desmesuradamente abiertos de placer y horror, y pensando que sería repulsivamente estimulante tratar de sacarlo. Siempre había querido tener una calavera de verdad.

– No sólo un esqueleto. Un hombre que se merece el descanso. Le dimos una botella de vino y un cigarrillo; ahí abajo no hay mujer regañona que le moleste o que se ponga a adecentarlo cuando lo que él quiere es sólo paz. Tiene todo lo que un hombre podría desear.

Spiro tosió con educado escepticismo:

– No se moleste en tratar de levantar esta trampa -dijo -. Lo he probado y no se puede.

– Has de saber -dijo Velisarios, ufano- que yo he sido el hombre más fuerte de toda Grecia, si no del mundo. Y todavía lo soy, que yo sepa. ¿Ves ese viejo abrevadero de piedra? Pues en 1939 lo levanté más arriba de mi cabeza, y nadie más lo ha logrado ni antes ni después. He levantado mulos hasta aquí con dos jinetes montados encima.

– Es verdad, es verdad -dijo Iannis -. Me lo han contado. Y fue kyrios Velisarios el que salvó el pueblo.

– Dame la mano -le dijo Velisarios a Spiro -. Verás la clase de hombres que había en Cefalonia. Piensa que tengo setenta y ocho años, así que imagina cómo era antes.

Sonriendo con cierto paternalismo, Spiro alargó la mano. Velisarios se la estrechó y apretó. Spiro puso cara de consternación y luego de alarma y horror, al sentir los huesos de la mano crujiendo como si se la hubiera pillado entre las piedras de un molino de aceite. «¡Ah, ah, ah!», gritó, cayendo de rodillas. Velisarios lo soltó y Spiro se miró la mano, meneando los dedos y aterrado al pensar que tal vez no podría volver a tocar un instrumento.

Velisarios se agachó lentamente e introdujo los dedos de una mano en la anilla de hierro. Se inclinó un poco de forma que toda su fuerza y su peso favorecieran su intento, y con un brusco, gratificante astillarse y rasgarse de madera y hierro viejo, la trampilla voló por los aires en medio de una nube de polvo, arrancada de sus goznes y partida en cuatro. Velisarios se frotó las manos, se sopló los dedos y de pronto pareció regresar a su estado de viejo cansado.

– Adiós, amigos -dijo, y echó a andar penosamente hacia el pueblo nuevo.

– Increíble -dijo Spiro, sin dejar de agitar su mano paralizada-. No me lo puedo creer. Con lo viejo que es. ¿Sus hijos son gigantes como él?

– No llegó a casarse, tenía demasiado trabajo con ser fuerte. ¿Sabías que Cefalonia fue el primer hogar de los gigantes? Lo dice Homero. O eso dice la abuela. Me gustaría ser un gigante, pero creo que voy a ser del montón.

– Increíble -repitió Spiro.

Todo lo que contenía aquel escondite cerrado durante treinta y seis años estaba en perfectas condiciones. Hallaron un antiguo gramófono alemán con su colección de discos y su manivela; una colcha grande de intrincada labor, ligeramente amarillenta pero envuelta aún en papel de seda; una mochila de soldado llena de curiosidades de la guerra; dos cartucheras; un fajo de papeles escritos en italiano y otro escrito en bonita cursiva cirílica, dentro de una caja negra y con el título «Historia personal de Cefalonia». Había también un paquete de tela que contenía un estuche, que a su vez contenía la más hermosa mandolina que Spiro había visto. La examinó una y otra vez al sol, asombrado de sus exquisitos ribetes, de las fastuosas inscrustaciones y de la perfecta artesanía de las secciones ahusadas de la panza. La puso a la altura de sus ojos y comprobó que el mástil no estaba torcido. Faltaban cuatro cuerdas, y las cuatro restantes estaban negras de tan deslustradas y yacían aflojadas sobre los trastes tal como Corelli las había dejado al guardar el instrumento en 1943.

– Esto -dijo Spiro- vale más que las memorias de una puta. Iannis, eres un chico con suerte. Has de cuidar esta mandolina más de lo que quieres a tu madre, ¿lo has entendido?

Pero en ese momento a Iannis le interesaba más el fusil Lee-Enfield de largo cañón. Radiante de excitación, el muchacho esgrimió el arma apoyándosela en la cadera y pinchó a Spiro en el trasero, diciendo «Pum, pum, pum». Luego apuntó hacia el árbol y apretó el gatillo. El fusil saltó de sus manos con un terrible y espeluznante estampido, el cañón le golpeó en la frente y una lluvia de astillas cayó de la rama. Iannis soltó la incómoda arma como si le hubiera dado una violenta descarga eléctrica y se sentó bruscamente y rompió a llorar del susto.