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La locomotora silbó por segunda vez y, aunque Carmona ya se había despedido de todos al oír el primer aviso, hizo un esfuerzo para volver a saludar a sus hermanas. El tren resopló y empezó a moverse. Las gemelas corrieron por el andén, de la mano de sus novios, gritándole que mandara postales de la capital. Tanto ellas como los novios parecían haber olvidado sus fuerzas en otra parte: era domingo de madrugada y el baile de la noche los había marcado con unas ojeras hondas, de las que cualquier alegría se evaporaba con facilidad.
A medida que el tren se alejaba de la estación, Carmona vio más y más damas agitando pañuelos y llorando tras los tules de sus abanicos. Madre no: ella sonreía. Tenía elevada en la cara una sonrisa que no era suya. La había copiado con esmero de la señora Doncella, que también estaba sin dormir y se cubría el desvelo con grandes anteojos negros.
«Apenas lo oigan cantar ya no lo dejarán volver», dijo la señora cuando Carmona estaba por subir al vagón. A Madre se le enturbió la mirada y Carmona sintió culpa por causarle tantas tristezas. La noche anterior, Madre le había insinuado de mil maneras que suspendiera el viaje. Estaba llena de malos presentimientos. «¿Cómo harás para cruzar solo esas enormes calles de la capital? Quién sabe qué te darán de comer, si es que te dan algo. ¿Y la voz, Carmona? Nunca han oído una voz como la tuya. ¿Qué harás si en medio del recital el público se levanta y te deja solo?» Todas las dudas de Madre eran razonables y, cuando pensaba en ellas, Carmona deseaba que en su vida nunca hubiera sucedido nada y que su cuerpo siguiera navegando en el útero cálido, sin preocupaciones de ninguna clase. Sus manos sudaban y ya no querían seguir asomándose a la ventanilla para decir adiós.
Con la cabeza descubierta y los quevedos colgando sobre el chaleco, sujetos por una cadena de oro, Padre se veía empequeñecido, como si estuviera sobrando y pidiera perdón por no poder estar en otro lado.
El tren dejó atrás las plantaciones de caña de azúcar y se internó en el desierto. Una fina niebla de polvo entró en los vagones y apagó la luz de los objetos. Los pasajeros respiraban con la nariz cubierta por un pañuelo mojado, y sobre las cabezas el viento tejía una telaraña.
La gente iba y venía por los pasillos en busca de fuentes de agua para lavar los pañuelos, pero antes de regresar a sus asientos ya los tenían convertidos en estropajos. La incomodidad no les impedía tocar la guitarra, jugar a las cartas y repartirse las presas de pollo hervido que llevaban en cacerolas de loza. Frente a Carmona estaban sentados tres viajantes de comercio. La nuez de Adán les saltaba arriba y abajo del cuello de la camisa al compás de las palabras. Eran vendedores de herramientas; no cesaban de comparar listas de precios y de disputar sobre la calidad de las muestras. De vez en cuando abrían unos valijones repletos de clavos y hojas de hacha, exponiéndolos con arte ante los otros pasajeros y obligándolos a intervenir en la discusión.
Un par de matronas enlutadas llegaron a última hora y suplicaron a Carmona que les cediera el asiento junto a la ventana. Venían de un pueblo remoto y la combinación de trenes las había retrasado. Una de ellas sufría de molestias en el páncreas desde la primera menstruación; en verdad no se recordaba a sí misma sin ese dolor perpetuo en la boca del estómago, que se le irradiaba por la espalda: la víscera se abría en súbitas flores que le teñían la piel de amarillo, y luego sentía invencibles ganas de vomitar. El vómito hubiera sido un alivio, pero nunca estallaba de veras. Sólo se anunciaba con un tropel de náuseas y, cuando ya había subido a la mitad del pecho, se desvanecía.
– Nadie podría imaginar este tormento -dijo la mujer-. Una creería que la muerte ha pasado, y es sólo entonces cuando la muerte empieza.
Las dos matronas conocían al dedillo cada capricho de la enfermedad y cuando describían el páncreas lo hacían conversación abrumadora. Hablaban de litiasis y simpatectomías bilaterales como si todo el mundo supiera qué era eso. Carmona temía que lo forzaran a intentar algún comentario, pero se dio cuenta de que las conformaba tosiendo cada tanto o acomodando un «Aja» en cualquier hueco del relato.
Mientras tanto, dejaba que corriera su imaginación. Había leído que la capital era como las ciudades de Kublai Kan, habitada por personas que no se conocían y debían comunicarse los sentimientos con la mirada cuando se cruzaban por la calle; atravesada por puentes de toda especie sobre canales sin agua; con grandes cementerios a los que acudía la gente a tomar el té y palacios de mármol construidos sólo para homenajes de la mirada, a los que nadie podría entrar jamás.
Se abandonaba al placer de imaginar, dejando que los detalles fueran acomodándose a la veloz corriente de sus esperanzas, a sabiendas de que la realidad llegaría en algún momento y le corregiría los sueños. Pero hasta que eso sucediera, la capital sería suya y no tendría que compartirla con nadie. Las imaginaciones lo adormecieron y, aunque las matronas seguían asediándolo con nuevas descripciones de las esponjas del páncreas, él reclinó la cabeza en el vidrio de la ventanilla sin la menor culpa y sin forzarse a parecer cortés, como siempre hacía.
Despertó cuando ya el tren estaba detenido en la ciudad siguiente. El viento que soplaba desde las minas de sal levantaba un polen que se convertía en gárgolas, minaretes, hongos: caprichosos y soñolientos como las formas de las nubes. El horizonte estaba cortado por enormes conos de sal apilada, a los que trepaban filas de cargadores, con cestos de paja pendiendo de los extremos de una vara. Todos habían visto la blancura de las salinas en los mapas, hendida por la misteriosa cicatriz de la zanja, pero ni los mapas ni las fotografías revelaban la naturaleza verdadera del osario donde iba a internarse el tren: millas de nada temblando bajo una luz que también estaba muerta.
Las matronas paseaban por el andén hirviente de la estación, en el que vendedoras de quesillos y tortugas se peleaban a los gritos. Junto a las boleterías, los viajantes de comercio desplegaban ante los aldeanos sus muestras de bisagras y serruchos. Carmona dejó unas pocas partituras sobre el asiento, para que nadie lo ocupara, y fue al baño a refrescarse. Sacudió la camisa llena de polvo y se lavó la cara. En el encierro maloliente del baño sintió que el tren se ponía en marcha y que otra vez se repetían los silbatos y los adioses.
Cuando volvió al vagón, una pasajera nueva estaba ordenando sus enseres sobre el asiento de los viajantes. Llevaba una batería de teodolitos, sextantes y compases en valijones mal cerrados. El sol le había resecado la piel, y el pelo áspero, sujeto de cualquier manera con una vincha de telar, le daba aspecto de india. No era una mujer hermosa, pero Carmona no pudo apartar los ojos de ella durante largo rato. Quería poner sus ojos en otra parte pero en seguida regresaban por su cuenta a un pequeño pliegue entre las cejas de la mujer, como si hubieran pertenecido siempre a ese lugar y no encontraran razón para marcharse. La mujer le correspondía de tanto en tanto con una sonrisa de soslayo, en la que había algo falso, un signo de alarma. Carmona no imaginaba qué podía ser hasta que lo descubrió: era la misma sonrisa de Madre.
Hubo como una hora de silencio en la que sólo se oyó, a lo lejos, el chasquido de unos naipes. La planicie se volvió amarilla y terminó por fundirse con el sol. De pronto, sin razón alguna, la gente se alborotó y empezó a destapar los cestos donde llevaba la comida. Al vagón entraron en oleadas sollozos de niños y quejas de hombres, empujando el silencio hacia la desolación de las salinas. Carmona, que había cerrado los ojos, sintió que las matronas adulaban a la recién llegada con esas cortesías que a simple vista resultan imperceptibles. Las oyó carraspear con educación y tensarse el rodete con horquillas.
– ¿Sabían que viaja con nosotros una vidente? -pregonó la enferma del páncreas-. Apenas me acerqué a ella en el andén supo lo que los médicos han tardado años en descubrir. «¿Alguien la está curando de su litiasis?», me preguntó. «Ya no pierda más tiempo. Hágase quitar los cálculos de una vez.» Me quedé muda.
– Todavía no hemos podido reponernos de la impresión -confirmó la amiga.
– Por Dios, ¡si no fue nada del otro mundo! -dijo la recién llegada-. En las minas de sal he visto a enfermos de páncreas por docenas. Se intoxican aspirando los cristales y en cuestión de meses les brotan cálculos filosos que los desangran por dentro. Cualquiera que haya subido a los pilones no tarda en reconocerlos. Qué voy a ser vidente. Soy historiadora. Vine acompañando a una expedición de topógrafos que tratan de medir lo que aún queda de la zanja. Yo quedé exhausta. Esa locura me agotó. Pero los demás piensan seguir el rastro hasta las montañas amarillas.
– No se puede entrar ahí -dijo Carmona.
– Hay galerías por abajo, cavernas que nadie ha visto. Tarde o temprano van a llegar, arrastrándose como topos. Yo no. Me basta con lo que ya conozco. Una zanja como ésa sólo se puede cavar por terror o por delirio. ¿Cómo serían los hombres que la hicieron? Me lo pregunto cada día y no puedo imaginarlos. No han dejado ninguna anotación: sólo unas pocas listas de gastos en los archivos de la Tesorería…
Dándose una palmada en la vincha se volvió hacia Carmona:
– ¡Ahora sé quién es usted! Fui a oírlo cuando cantó los madrigales de Purcell. Me lo habían dicho más de una vez: Ese hombre tiene una voz prodigiosa, Estrella. Mi nombre es Estrella. Y yo pensé: ¿Valdrá su voz el viaje? Vautil le voyage? Hice una fila de dos horas en la boletería de la Filarmónica y lo único que conseguí fue primera fila del paraíso. Apenas empezó el recital perdí noción del lugar y hasta de mi cuerpo. No sentía el cuerpo. Mejor dicho, lo sentí en su voz. Yo estaba en las nubes. Y ahora, quién lo hubiera dicho: aquí lo tengo. Podría tocarle la voz con la punta de los dedos…
Carmona se había ido encogiendo en el asiento. Quería estar lejos de allí pero a la vez no quería irse. Le fluía una luz suave desde adentro, que reflejaba otra luz más honda y desconocida.
– Le agradezco mucho -balbuceó. No bien lo dijo, se dio cuenta de que la voz le había salido sin permiso, y que el mero deseo de salir la volvía menos extraña.
– Fíjese en lo que son las casualidades -comentó una de las matronas-. Cuando algo tiene que pasar, pasa.
Ya no quedaban árboles en el paisaje. El tren estaba dejando atrás las grandes salinas y ahora el desierto era una costra granítica y estriada, en la que ni siquiera se movía el polvo. La soledad era tanta que no había lugar para nada más. A intervalos irregulares brotaban unos montículos amarillos en forma de hormigueros.
– ¡Miren allá! ¡La zanja! -los viajantes de comercio se alzaron de los asientos al unísono.
– La he visto no sé cuántas veces y nunca parece la misma -murmuró uno de ellos, con respeto.
Al paso del tren, el vacío se desbandaba. Sólo irrumpían unos pocos escombros súbitos: diez, doce montículos en sucesión, y luego nada: las cosas volvían a eclipsarse.
La zanja volvería una y otra vez a los recuerdos de Carmona durante los meses que siguieron. La soñaba como si no estuviera excavada en el desierto sino en los laberintos de una ciudad que nunca terminaba. Su memoria discernía las ligeras hebras de nubes que se estaban disolviendo en el cielo cuando vio la zanja por primera vez, las vigas de madera cuarteada que apuntalaban los escombros de adobe; pero sobre todo recordaba a Estrella hablando en el tren hasta que cayó la noche y una luna redonda, incandescente, convirtió el desierto en un estanque.
Eran hechos monótonos, de los que sólo importaba el fin. El oscuro principio de la zanja era una sucesión de batallas perdidas con los in-
dios, cien años antes. Los ejércitos de las prósperas aldeas diseminadas en las llanuras del este, impotentes para contener las embestidas de las tribus nómades, ordenaron construir un foso de doscientas leguas para la defensa. Según los planos, nada podría cruzarlo, ni los caballos ni las flechas de los invasores. Eligieron para el trabajo a un zapador japonés llamado Ikeda, que viajaba con la esposa y un hijo recién nacido. «Quiero una muralla como la de los chinos», lo instruyó el autor de la idea. «Pero constrúyala hacia abajo.»
Tantas veces había imaginado Carmona cómo eran los Ikeda que le pareció natural encontrarlos en el relato de Estrella y vislumbrar sus siluetas desde el tren: el japonés inclinado sobre la llanura vacía, sudando a mares entre azadas y taladros, y la mujer amamantando al niño a la sombra de un parasol. A lo lejos se movía un río de hombres, desesperados no tanto por la brutalidad del esfuerzo como por la irremediable desolación de sus vidas. Llevaban años cavando y no oyendo otro sonido que el de sus historias, aún más monótono que el de las palas. Hubo un momento en que dejaron de saber adonde iban y qué sentido tenía la excavación interminable. Avanzaban por inercia, porque ya no podían volver atrás o por miedo a volver y que estuviera esperándolos la nada.
La excavación, había contado Estrella, comenzó a orillas del océano. Al mes ya se había internado en el vacío, a través de una línea de escuálidos fortines. Cientos de hombres llegaban a diario para echar una mano y recibir a cambio las raciones del ejército. Los diezmaban el tifus, la insolación, las picaduras de los alacranes, pero no desfallecían. Cualquier fatalidad era preferible a la vida que habían dejado.
Al principio divisaban a lo lejos las fogatas de las tolderías y oían el galope de los caballos indios. Después no vieron nada: ni árboles ni aves. Cuando salían de la zanja y caminaban a la intemperie, el polvo era tan denso que, para sentirse vivos, cantaban. A veces ni siquiera oían el propio canto y dejaban de pensar en sí mismos como seres humanos. Sólo cuando bajaban a la zanja sentían la realidad.
En los recuerdos de Carmona ninguna imagen era tan fuerte como la del niño. Ese único, indefenso brote de persona que dependía de una madre sin pechos casi, había sobrevivido a las tormentas de centellas, a las disenterías y a las ciénagas sin doblegarse nunca, con más entereza que los adultos, creciendo apenas lo indispensable para no extinguirse, o tal vez no creciendo, porque al final del viaje, muchos años después, seguía usando los mismos pañales estropeados del primer día. «El niño era tal vez el único que sabía dónde iban», había dicho Estrella.
Al final del verano estaban ya tan lejos de las aldeas que las carretas del ejército dejaron de llevarles víveres. Desertaban los hombres, se les rompían las herramientas. Pero la excavación no cesó. Construyeron una zanja más estrecha, sin desagües. Había tramos de construcción tan precarios que semejaban galerías de topos. Ikeda insistía, sin embargo, en que así eran las órdenes en los planos originales, y todas las mañanas se levantaba con el mismo ánimo para reparar las azadas y afilar las palas.
Unos pocos hombres fieles lo siguieron hasta el arenal donde terminaban los mapas. Estrella conocía unas estampas pintadas por Cándido López que describían la modesta tienda del jefe de la expedición, el semicírculo de zapadores tomando mate, y la silueta impasible de la esposa debajo de un parasol, con el hijo en brazos.
Aunque dejaron de distinguir las noches y los días, hubo una noche en que avistaron la salina. Los hombres tuvieron miedo de avanzar, pero ninguno lo dijo. Ikeda se dio cuenta de que lo abandonarían apenas dejara de vigilarlos. Hizo, entonces, lo que nadie esperaba.
Tendió un gran lienzo blanco junto al extremo del terraplén y sacó un cilindro metálico del baúl que guardaba en la tienda de campaña. Lo asentó sobre un trípode y conectó sus cables terminales a una pequeña dínamo. «Esto es el cine», anunció.
Nadie había oído hablar del cine en 1870 pero, a diferencia de ahora, los hombres creían en lo que veían. Ante sus ojos resucitó el mismo camino que habían dejado atrás. Vieron las manadas de linces y gatos monteses que los acosaban desde lo alto de los árboles. Oyeron sus propias rencillas del día anterior y el chasquido de los dados en el juego de otra noche. Se vieron tal como estaban entonces, de pie junto al confín íntimo de la zanja, viendo un pasado que no cesaba de suceder. Luego, sin razón alguna, el tiempo cambió de dirección y la pantalla los mostró excavando en la salina con las herramientas melladas y adentrándose cada vez más en un mundo impalpable. A lo lejos, entre las cegadoras señales de la luz, distinguieron un punto en el que la luz, henchida de sí misma, empezaba a quemarse. Yendo de lo negro a lo invisible, el punto de luz dibujaba un arco que se reflejaba en otro más alto aún, y en otro, donde cabían el sol del atardecer en la isla de Pascua y el de la mañana siguiente en el mar de las Filipinas, como si ésa fuera la fuente original de la que manaba el cielo.
El paisaje de la pantalla se adelantó vertiginosamente y se detuvo ante el objeto de luz. Era un huevo traslúcido, de sal y ópalo, cuya entraña latía con la ansiedad de un corazón humano. Yacía en lo profundo de la trinchera y más allá brotaban los manantiales de las montañas amarillas.
La historia de la zanja solía volver a los recuerdos de Carmona cuando velaba las anginas de Madre o cantaba madrigales de Purcell en la mansión de la señora Doncella. Aunque la belleza y el horror de la historia le lastimaban a veces el corazón, jamás había compartido con nadie una sola palabra de todo eso. La intemperie, la inútil construcción en el desierto, el río de hombres expuestos a la nada, la imagen de una luz donde aparecía la eternidad eran el único bien que iba a llevarse de este mundo.
El japonés apagó la máquina y las tinieblas los envolvieron. Con una voz que no era la suya, reveló que el huevo de luz era lo que en verdad buscaban desde el principio del viaje. Las privaciones, los meses de soledad, las fatigas de la trinchera habían sido la condición necesaria para alcanzar ese fin.
Alguien encendió entonces un farol de querosén. El japonés se creyó en la obligación de explicar: «Lo que han visto no tiene explicación, pero cuando lleguemos a la luz ya nadie necesitará preguntar nada».
Con la punta de las botas, los hombres restregaron el suelo. Uno contestó, sin levantar los ojos: «Yo no voy a seguir». Y los demás dijeron: «Aquí se ha terminado el trabajo. Las mulas están listas. Vamos a despedirnos al amanecer».
En ese punto, la historia se volvía confusa. La voz de Estrella caía en súbitos apagones o se perdía, tal vez, en el sueño de los oyentes. Como siempre, recordaba Carmona, Ikeda y sus hombres habían dormido aquella noche a la intemperie. Pero al amanecer se desencontraron. Soplaba un viento feroz y el aire estaba lleno de sal. No había huellas ni voces: sólo las chispas infinitas del sol que se reflejaba en los cristales. El viento amainó cuando se marchaban y las montañas amarillas aparecieron a lo lejos.
Mucho antes de que Estrella terminara su relato, el tren aceleró el paso y entró en la oscuridad. Los viajantes de comercio iban y venían por el pasillo, contando en alta voz chistes procaces que nadie festejaba. Al fondo del vagón varios grupos que jugaban a las cartas terminaron por atraerlos. Apostaban porrones de ginebra y alguien los entretenía rasgueando una guitarra.
Cuanto más se internaban en las honduras del desierto, más real parecía la vida en el vagón. Desde hacía rato, la enferma de páncreas y su acompañante dormían, con las cabezas juntas y los ojos abiertos. Estrella se había quitado las botas y trataba de recostarse sobre su mochila, pero los salientes del compás y del sextante se le clavaban en la espalda. Luego de una breve lucha decidió instalarse al lado de Carmona. Con toda naturalidad le apoyó la cabeza en los hombros y también se adormeció. Él se quedó rígido, desvelado.
Unas horas después el tren se detuvo. Las luces del vagón estaban apagadas y la noche fluía pálida, absoluta. Por los altavoces, el conductor anunció que la locomotora sufría una pérdida de presión y que tardarían algún tiempo en repararla. Los guardas se afanaban en los pasillos, alumbrando a los pasajeros con unos faroles verdes.
Las matronas despertaron sobresaltadas y cuando les dieron la noticia se pusieron a sollozar.
– Dios no es justo -protestó la enferma-. Primero me manda la maldición del páncreas y, cuando por fin descubro al médico capaz de curarme, no me deja llegar a tiempo.
– Si se queja de Dios nunca saldremos de aquí -le advirtió Estrella-. Hay que tener cuidado con los ojos y oídos que tiene Dios en estos lugares. Todavía no hay por qué inquietarse. Sea valiente y seqúese el llanto.
– Usted es una santa -comentó la matrona, limpiándose con un pañuelo perfumado.
– Lo único irremediable es que ya no podré dormir -suspiró Estrella-. Para mí la noche se ha terminado.
El sueño no le había hinchado los ojos y, aunque faltaba mucho para el amanecer, su cuerpo estaba amaneciendo desde hacía rato. Se inclinó sobre Carmona y lo invitó en voz baja:
– Bajemos a ver la zanja. Nunca conocerá nada igual.
– Está muy oscuro -dijo él-. Podríamos
caernos.
– Afuera hay luz -lo alentó ella-. Desde aquí no se ve, pero hay más luz que si fuera de día.
Carmona lo descubrió al salir del vagón. Las estrellas saturaban la intemperie. A lo lejos fosforecían las osamentas. Avanzaron sobre una tierra que parecía impenetrable: hebras de roca, de salitre, filos de sílice. Casi en seguida debieron remontar la cuesta erosionada del antiguo terraplén. Aluviones de greda y rollos de espino habían cubierto el fondo de la zanja, pero aún quedaban restos de las paredes de adobe y señales de una vida remota: un cedazo, un punzón roído por la herrumbre, el tablón de una mesa.
Se detuvieron en uno de los labios de la zanja. Ascendía tanta luz desde las ruinas que Carmona sintió vértigo. Y a la vez una paz intensa, deseos de quedarse allí para siempre. Para no perder el equilibrio debió aferrarse a la cintura de Estrella. La sangre pasaba por allí como una rápida fogata y, cuando se apagaba, Carmona sentía un profundo desamparo y el presentimiento de que todas las felicidades que alguna vez había imaginado estaban por acabar: las felicidades que nunca viviría también estaban por acabar. Le vino a la memoria una imagen que había leído en el infierno del Dante: «Estábamos solos, sin ninguna sospecha». Y trató de recordarla en italiano, para no desfigurar su belleza: «Soli eravamo e sanza alcun sospetto». Ahora reinaba la misma emoción: el tiempo aleteaba, solitario, y en ellos no había sospecha porque el pasado no existía. Ninguno de los dos sabía quién era el otro; quién, por fin, era quién.
Aunque las palabras estaban de más, ella habló:
– No van a dejar que seas feliz. A la gente como nosotros no le permiten ser feliz. Yo nunca lo he sido, ¿sabes?
Carmona sintió el tuteo como una caricia.
– ¿Nunca? Si alguien me hubiera preguntado cómo es la felicidad, yo habría dicho: Es una mujer que conocí en el tren.
Ella se llevó las manos a la boca y, como sus dedos eran traslúcidos, él la vio sonreír. Reconoció la sonrisa de soslayo que se parecía tanto a la de Madre. Como si le adivinara el pensamiento, la mujer murmuró, mirándolo a los ojos:
– Ojalá hubieras sido mi hijo.
En eso, el tren silbó: primero sin convicción, como un convaleciente; luego dos veces más, largas y firmes.
– Ya todo ha pasado -dijo Estrella-. Tenemos que irnos.
– No -se resistió Carmona-. No vayamos.
Trataba de aferrar el instante pero no sabía cómo hacerlo. Ningún instante, nunca, había querido quedarse con él.
– No has visto este lugar de día, Carmona. No lo has visto. Estamos en el medio de la nada. Si nos quedáramos sería para morir.
– No importa.
Ella escondió su impaciencia y le habló como si fuera de verdad su hijo:
– Éste es un no lugar, hecho para ninguna cosa. Miles de personas lo cavaron para nada. Aquí perderíamos todo, hasta la sensación de que estamos muriendo. ¿Cuánto tiempo más crees que seguiríamos vivos?
Él respondió en voz baja:
– La eternidad.
Corrieron hacia las vías sin mirarse. Al pie de los vagones el viento amontonaba cardos rojos y secos. Carmona la ayudó a subir y, cuando estaban por alcanzar los pasillos, le dijo:
– Gracias a Dios, usted no es Madre.
La mujer le rozó la frente con la punta de los dedos y después le volvió la espalda, como si nunca lo hubiera visto. Carmona habría querido corresponderle con algún gesto, pero por más que buscó no pudo encontrar ninguno. Ya no podía devolver nada, ni tan siquiera recibir. Estaba lleno de vacío.
Antes de que se dieran cuenta salió el sol. El tren atravesó un túnel y luego los degolló la luz. Los edificios de la capital se les vinieron encima. Vieron ríos, puentes hilvanados por el trasiego de los camiones, iglesias erizadas de arbotantes y, al pie, los caseríos grises con techos de hojalata y los muros donde la gente inscribía insultos clandestinos para desahogarse.
Cuando avistaron la estación, Estrella reunió sus enseres, se los echó al hombro y se adelantó en el pasillo, sin permitir que Carmona la siguiera. De pronto parecía ansiosa, desconocida.
– Tengo que salir cuanto antes -explicó-. No puedo hacer perder tiempo a los que me esperan.
Él se esforzó por volver en sí, a lo que había sido antes de subir al tren, pero una parte de su cuerpo seguía enredada en el paisaje de la zanja, y en las infinitas cosas que le habían sucedido allí sin sucederle. Alcanzó a gritar:
– ¡Vaya al recital, Estrella! Dejaré una entrada para usted en la boletería -y en voz más baja dijo-: Por piedad.
Oteó el andén repleto: las personas se trenzaban unas con otras, y parecía que nunca fueran a desenmarañarse. Distinguió a la matrona del páncreas trotando hacia la salida, del brazo de su compañera. Vio desembarcar una carreta de cardos rojos, iguales a los que crujían en los estribos del tren. Perdió a Estrella en la multitud, pero se consoló pensando que los hombres pierden sólo lo que nunca han tenido.
Esperó junto al vagón que vinieran a buscarlo. El empresario que organizaba su recital le había advertido que alguien se presentaría en la plataforma llevando un cartelito con su nombre. Sintió la opresión de las cúpulas de vidrio y de las vigas arqueadas que colgaban del techo de la estación como bóvedas de convento. La inmensidad lo marcaba. Avanzó unos pasos y trastabilló. El hombre que lo ayudó a levantarse le dio un abrazo. Por un momento, Carmona creyó que estaba imaginando la escena. Pero en el andén ya no quedaba nadie más que ese hombre, y el tren vacío retrocedía hacia otra parte.
Se llamaba Romano y era un primo de Padre que vivía en la capital desde hacía mucho. Un invierno, cuando la voz aún estaba en su época de muda, el primo llamó a Carmona delante de las visitas y, tomándolo de las muñecas, lo obligó a mostrar las palmas de las manos. «Vean esto», dijo. «Las palmas se le van a llenar de pelos, por el abuso de ejercicio.» Las visitas rieron a carcajadas y Carmona, sin saber por qué, se avergonzó. Tiempo después supo que en el lenguaje popular los pelos en las manos eran signo de masturbaciones desenfrenadas: él no se masturbaba todavía, pero cuando le dio por hacerlo, y tantas veces que sólo poniéndose bolsas de hielo se le apagaban las ganas, se escrutaba las palmas con una lupa temiendo que le creciese de veras algún vello delator. Entonces, la imagen burlona del primo le revolvía la memoria, dejándole una resaca de indignación. A pocas personas había llegado a odiar tanto como a Romano. Tal vez a nadie, fuera de Madre y Padre.
Avanzaban por el andén. El primo lo guiaba del brazo hacia el café de la entrada mientras repetía: «Tenemos que hablar».
Carmona no entendía para qué: no conseguía saber en qué tiempo estaba ni en cuál lugar equivocado había caído. Simplemente se dejaba llevar por la corriente de las cosas. Pero también quería alejarse de Romano.
– Si estás acá, sabrás que doy un recital mañana -dijo-. Necesito ensayar y es poco el tiempo. Tengo que encontrarme con los músicos. No sé ni quiénes van a acompañarme -hablaba a borbotones, con la esperanza de que el primo olvidara lo que había venido a decirle y se marchara de una vez-. Debería ensayar con una viola da gamba, un cello, y no sé si podrán conseguirme un clavecín…
El primo asentía. Carmona creyó vislumbrar en él una expresión de superioridad. Atravesaron vallas de baúles y cajas de cartón antes de alcanzar, por fin, una mesa vacía en el salón inmenso. A espaldas del mostrador, una radio a todo volumen difundía las emociones de un partido de fútbol. Los pasajeros tenían los sentidos aferrados a la voz del locutor y la comida se helaba en los platos.
– He pedido que suspendan el recital -dijo el primo.
La noticia tardó en llegar a la conciencia de Carmona. Cuando por fin llegó, ya se le había instalado una sonrisa en la cara. ¿Por qué sonreía? Era un misterio: la sonrisa iba y venía sin tomar en cuenta sus sentimientos.
– Madre tuvo un ataque al corazón. La internaron en una clínica y no saben si resistirá. Vas a tener que volver.
– ¿Ahora?
– En el mismo tren en que viniste. Sale a las once de la noche.
Imaginó a Madre agonizando mientras él la traicionaba a orillas de la zanja. Qué vergüenza era haber sido tan feliz, Dios mío. Sintió, de pronto, que el amor por Madre lo embargaba, tan intensamente como antes la había odiado. Madre era la única persona que podía llamar suya, y si la perdía se perdería a sí mismo. Tal vez lo más correcto fuera ponerse a llorar. Lo que sintió, en cambio, fue ansiedad por saber qué había pasado.
– ¿A qué hora fue el ataque? -preguntó.
– Como a las tres de la mañana -dijo el primo-. Me levanté y llamé por teléfono a la estación, para saber cuándo llegarías. Me informaron que la locomotora se había roto y que estaban detenidos en el desierto.
– ¿Madre está lúcida?
– Preguntó por vos toda la noche. No podía casi respirar, y sin embargo te llamaba.
– La mano del amo -murmuró Carmona.
– ¿Qué es eso? -se intrigó el primo.
– Nada, nada. Son palabras con las que Madre me enseñó a leer.
El primo no quería engañarlo y le advirtió que, si se marchaba, como era su deber, no podría volver a la capital por un tiempo. Se avecinaba la temporada de las orquestas, y los cantantes debían esperar hasta el año siguiente. Ni siquiera le quedaban suficientes horas para conocer la ciudad: apenas para un paseo fugaz.
Carmona prefería no abandonar la estación. Tenía la esperanza de que Estrella hubiera olvidado algo y reapareciera. Luego se dio cuenta de que sería más fácil encontrarla en la calle, por casualidad.
Dieron algunas vueltas por un laberinto de avenidas densas de ventanas. Todas estaban cerradas y no se veía un alma. En cualquier dirección que se movieran, las torres de la estación seguían a la vista, con sus grandes cúpulas como lomos de camello. Llovía a cántaros. Por los tejados se paseaban los gatos. Caminaron por una plaza donde la gente practicaba en silencio sus oficios: talabarteros, ebanistas, encuadernadores. Nada tenía ya el mismo significado para Carmona. Nada era como había sido en su imaginación. En algún momento, cuando volvían, pasaron frente al teatro donde iba a darse el recital. Uno de los afiches anunciaba, en pequeñas letras rojas, el título de los madrigales. Algunos hicieron sonreír al primo: «¡Despierta, Quimera!», de la ópera Diocleciano; «Madre, ya no me esperes más», «Oh, cuan feliz es él» y «El amor tomó mi mano»: todos de Henry Purcell, compuestos para contratenores o castrados. Carmona sintió que la desdicha estaba dondequiera. Lo que llovía era también desdicha y las personas que pasaban tenían mojada la cara por una lluvia que debía ser llanto.