38698.fb2
Cuando tenía trece años, descubrí un tubo de gel espermicida en el armario del cuarto de baño. A pesar de una sospecha generalizada de que, si me ocultaban algo, lo más probable era que guardase alguna relación con la lujuria, no logré reconocer la finalidad de aquel tubo abollado. Una pomada para eczemas, la alopecia, el sobrepeso de la madurez. El texto impreso, del que se habían desprendido unas pocas letras, me informó de lo que no quería saber. Mis padres todavía lo hacían. Peor aún, cuando lo hacían, había posibilidades de que mi madre se quedase embarazada. Lo cual era…, en fin, inconcebible. Yo tenía trece años, mi hermana diecisiete. Quizá el tubo fuese viejo, viejísimo. Lo apreté, empíricamente, y comprobé, consternado, que cedía suavemente a la presión de mi pulgar. Toqué el tapón, que pareció desenroscarse con lúbrica velocidad. Con la otra mano debí de apretar de nuevo, pues aquel engrudo me pringó la palma. Imaginen a mi madre haciéndose eso, fuera lo que fuese «eso», puesto que, casi con certeza, el tubo no era el ajuar completo. Olfateé el gel; olía como a gasolina. A algo entre la consulta de un médico y un garaje, pensé. Asqueroso.
Esto ocurrió hace más de treinta años. Lo había olvidado hasta hoy.
He conocido a mis padres toda mi vida. Comprendo que suena a obviedad. Me explico. De niño me sentí amado y protegido, en debida consonancia con la convicción normal de que el lazo parental era indisoluble. La adolescencia deparó el aburrimiento típico y una falsa madurez, pero no más que en el caso general. Me fui de casa sin trauma y nunca perdí el contacto con mis padres mucho tiempo. Les di nietos, niño y niña, compensando la dedicación de mi hermana a su carrera. Más tarde, tuve conversaciones responsables con mis padres -bueno, con mi madre- sobre las realidades de la vejez y la utilidad práctica de los bungalows. Organicé un bufet para su cuadragésimo aniversario de boda, inspeccioné residencias para la tercera edad y hablamos de sus respectivos testamentos. Mamá me dijo incluso lo que quería que hiciéramos con las cenizas de ambos. Tenía que llevar las urnas a un acantilado de la isla de Wight donde, deduje, se habían declarado. Los asistentes tenían que arrojar el polvo al viento y a las gaviotas. Descubrí que ya me preocupaba qué hacer con las urnas vacías. No se podía, que digamos, lanzarlas al precipicio a continuación de las cenizas, ni tampoco guardarlas para guardar, no sé, puros, galletas de chocolate o decoraciones navideñas. Y desde luego no podías tirarlas a una papelera del aparcamiento que mi madre, previsoramente, también había rodeado con un círculo en el mapa del servicio nacional de cartografía. Me lo había deslizado a toda prisa cuando mi padre no estaba en la habitación y de vez en cuando se cercioraba de que yo lo había puesto a buen recaudo.
Así que los he conocido. Toda mi vida.
Mi madre se llama Dorothy Mary Bishop, y no le dio ninguna pena renunciar a su apellido de soltera, Heathcock. Mi padre se llama Stanley George Bishop. Ella nació en 1921 y él en 1920. Crecieron en comarcas distintas al oeste de las Midlands, se conocieron en la isla de Wight, se afincaron en la periferia rural de Londres y se retiraron a la frontera entre Essex y Suífolk. Su vida ha sido ordenada. Durante la guerra, mi madre trabajó en la oficina de topografía del condado; mi padre estuvo en la RAF. No, no era un piloto de caza ni nada parecido; tenía dotes para la administración. Después entró en el municipio y llegó a ser subdirector. Le gustaba decir que era responsable de todo lo que damos por sentado. De lo esencial, que se valora poco: mi padre era un hombre irónico y había decidido mostrarse como tal.
Karen nació cuatro años antes que yo. La infancia retorna en los olores. Gachas, mostaza, la pipa de mi padre; detergente, limpiametales Brasso, el olor de mi madre antes de la cena con baile masónica; bacón a través de las tablas del suelo cuando yo estaba en la cama; naranjas de Sevilla hirviendo volcánicamente mientras todavía había escarcha en el césped de fuera; barro que se seca, entremezclado con hierba, en las botas de fútbol; peste de retrete de usuarios anteriores y tufos de cocina de tuberías con escapes; los asientos de cuero viejo de nuestro Morris Minor, y el olor acre del cisco que mi padre echaba a paladas en la chimenea para mantener el fuego. Todos estos olores eran recurrentes, como los ciclos invariables de la escuela, el clima, la vegetación del jardín y la vida hogareña. El primer brote escarlata de las flores de las habichuelas; mis camisetas dobladas en el cajón inferior; las bolas de naftalina; el atizador. Los lunes, la casa vibraba al ritmo de la lavadora, que tenía la costumbre desquiciada de desplazarse sola por el suelo de la cocina, encabritada y estridente, hasta que sus gruesos tubos beige vomitaban a borbotones en el fregadero, a intervalos demenciales, litros y litros de agua gris y caliente. En su placa de metal, el nombre del fabricante era Thor. El dios del trueno refunfuña sentado en las lejanías de los barrios periféricos.
Supongo que debería intentar dar algunas pinceladas del carácter de mis padres.
Creo que la gente presuponía que mi madre poseía más inteligencia natural que mi padre. Él era un hombre grande, rollizo y barrigudo, con racimos de venas que surcaban el envés de sus manos. Solía decir que tenía los huesos pesados. Yo no sabía que variase el peso de los huesos. Quizá no varía; quizá lo decía sólo para divertir a los críos, para dejarnos perplejos. Podía parecer lento y pesado cuando sus dedos gruesos manipulaban un talonario o cuando arreglaba un enchufe con el libro de bricolaje abierto delante. Pero a los niños más bien les gusta que sus padres sean lentos: así el mundo adulto les parece menos imposible. Mi padre me llevaba al Great Wen, como él lo llamaba, a comprar las piezas para maquetas de aviones (más olores: madera de balsa, barniz de colores, cuchillos de metal). En aquellos tiempos, un billete de ida y vuelta en el metro estaba señalado con una línea de puntos, perforada pero no cortada; la porción exterior ocupaba dos terceras partes del billete y el de vuelta una tercera parte, división cuya lógica nunca logré entender. En todo caso, mi padre hacía una pausa cuando nos acercábamos a la barrera de Oxford Circus y miraba con un ligero desconcierto los billetes que llevaba en su ancha palma. Yo se los arrancaba ágilmente de la mano, rasgaba la línea de puntos, devolvía a mi padre el tercio correspondiente a la vuelta y entregaba con un ademán jactancioso la porción exterior al revisor. Tenía entonces nueve o diez años, y estaba orgulloso de mi prestidigitación; pasado el tiempo, me pregunto si, en definitiva, mi padre no fingía.
Mi madre era la organizadora. Aunque mi padre se pasó la vida garantizando la marcha normal del municipio, en cuanto cerraba la puerta de casa se sometía a otro sistema de control. Mi madre le compraba la ropa, planificaba su vida social, supervisaba nuestros estudios, elaboraba presupuestos y tomaba decisiones sobre las vacaciones. Ante terceros, mi padre llamaba a mi madre «el gobierno» o «la autoridad superior». Siempre lo decía con una sonrisa. ¿Quiere usted, señor, un poco de estiércol para su jardín, un producto de primera calidad, bien putrefacto, juzgue usted mismo, toque un puñado? «Voy a ver lo que opina el gobierno», contestaba mi padre. Cuando yo le suplicaba que me llevase a una exhibición aérea, o a un partido de criquet, decía: «Vamos a consultar a una autoridad superior.» Mi madre recortaba la corteza de los emparedados sin que se le cayera nada del relleno: un armonioso acuerdo entre la palma y el cuchillo. Podía tener una lengua afilada, que yo atribuía a las frustraciones acumuladas de sus labores de ama de casa, pero también se preciaba de sus talentos domésticos. Cuando acosaba a mi padre y él le decía que no le chinchase, ella contestaba: «Los hombres sólo emplean la palabra chinchar cuando es algo que no quieren hacer.» La mayoría de los días se ocupaban del jardín. Los dos juntos habían fabricado una jaula para frutas: unas estacas con bolas de goma en las junturas, media hectárea de tela metálica y defensas reforzadas contra pájaros, ardillas, conejos y topos. Trampas bajo tierra atrapaban a las babosas. Después del té jugaban al Scrabble; después de cenar hacían el crucigrama; luego veían el noticiario. Una vida ordenada.
Hace seis años advertí una amplia contusión en un costado de la cabeza de mi padre, justo encima de la sien, en el arranque del pelo. Era amarillenta en los bordes y todavía morada en el centro.
– ¿Qué te has hecho, papá?
Estábamos en la cocina en aquel momento. Mi madre había abierto una botella de jerez y le estaba atando una servilleta de papel alrededor del cuello, para que no gotease si mi padre no servía con suma delicadeza. Yo me preguntaba por qué no servía ella misma y se ahorraba la servilleta.
– Se ha caído, el muy tonto.
Mi madre apretó el nudo con la presión exacta, porque sabía mejor que nadie que una servilleta de papel se rompe si la atas con excesiva fuerza.
– ¿Estás bien, papá?
– Como una seda. Pregunta al gobierno.
Más tarde, cuando mi madre estaba fregando y nosotros dos estábamos viendo una partida de snooker en la tele, dije:
– ¿Cómo te has hecho la herida, papá?
– Me he caído -respondió, sin despegar los ojos de la pantalla-. Ja, sabía que iba a fallarla, estos tíos no tienen ni idea de jugar. No hacen más que billas, ¿eh?, no controlan el taco.
Después del té, mis padres jugaron al Scrabble. Yo dije que prefería mirar. Ganó mi madre, como de costumbre. Pero algo en la manera de jugar de mi padre, suspirando como si el destino le hubiese deparado letras que no podían coexistir, me hizo pensar que jugaba sin ganas.
Supongo que será mejor que les hable del pueblo. En realidad, más bien es una encrucijada donde un centenar aproximado de personas convive en una proximidad formal. Hay un triángulo de zona verde que invaden los automovilistas negligentes; una casa comunal; una iglesia desconsagrada; una marquesina de cemento; un buzón con una boca angosta. Mi madre dice que la tienda del pueblo está «bien para lo básico», lo que quiere decir que la gente compra allí para que no la cierren. En cuanto al bungalow de mis padres, es espacioso e impersonal. El armazón es de madera, el suelo de cemento, las ventanas tienen doble cristal: los agentes inmobiliarios dicen que es una vivienda tipo chalet; en otras palabras, tiene un tejado inclinado que delimita un amplio espacio para guardar palos de golf herrumbrosos y mantas eléctricas desechadas. La única razón convincente que dio mi madre para vivir aquí es que a cinco kilómetros de distancia hay un establecimiento de congelados muy bueno.
A cinco kilómetros en la dirección opuesta hay un club destartalado de la British Legion. Mi padre me llevaba allí en coche, al almuerzo de los miércoles, «para escapar de las garras de una autoridad superior». Un emparedado, una pinta de cerveza, una partida de billar contra cualquiera que anduviese por allí y vuelta a casa hacia la hora del té, con la ropa oliendo a humo de tabaco. Guardaba su uniforme de la Legion -una chaqueta de tweed marrón, con coderas de cuero y un par de galones de sarga beige- en una percha del trastero. Mi madre había aprobado, y puede que incluso decidido, esta escapada de los miércoles. Sostenía que mi padre prefería el billar al snooker porque había menos bolas encima del tapete y no tenía que pensar tanto.
Cuando le pregunté a mi padre por qué prefería el billar, no me respondió que el billar era un juego de caballeros, o que era más sutil o más elegante.
– El billar no tiene que terminarse -dijo-. Una partida puede durar siempre, aunque vayas perdiendo todo el rato. No me gustan las cosas que terminan.
Era raro que mi padre hablase así. Por lo general hablaba con una especie de complicidad risueña. Empleaba la ironía para no parecer condescendiente pero tampoco totalmente serio. Nuestra pauta de conversación databa de muy antiguo: amigable, de compadres, indirecta; efusiva, pero en esencia distante. Inglés, oh, sí, eso es inglés, vaya que sí lo es. En mi familia no nos damos abrazos ni palmadas en la espalda, no nos gustan los sentimentalismos. Ritos de iniciación: para éstos nos mandan el certificado por correo.
Es probable que parezca que tomo partido por mi padre. No quiero presentar a mi madre como una mujer seca y sin sentido del humor. Bueno, es cierto que puede ser seca. Y que le falta humor. Hay un sesgo nervioso en ella: ni siquiera en la edad madura ganó peso. Y como ella suele repetir, nunca ha tenido paciencia para los idiotas. Cuando mis padres llegaron al pueblo, conocieron a los Royce. Jim Royce era su médico, uno de esos anticuados que fumaban y bebían y andaban diciendo que el placer nunca ha hecho mal a nadie, hasta el día en que murió fulminado por un ataque cardíaco, cuando todavía le faltaba bastante para llegar a la media masculina de esperanza de vida. Su primera mujer había muerto de cáncer y Jim se volvió a casar cuando todavía no había pasado un año. Elsie era una mujer pechugona y extrovertida, algunos años más joven que él, que usaba unas gafas muy personales y a quien, como decía, «le gustaba echar un baile». Mi madre la llamaba «Joyce Royce», y mucho después de que se supiera a ciencia cierta que la vida anterior de Elsie había consistido en cuidar de la casa de sus padres en Bishop’s Stortford, afirmaba que había sido la recepcionista de Jim Royce y que le había chantajeado para que se casara con ella.
– Sabes que no es cierto -protestaba mi padre algunas veces.
– No sé si no lo es. Y tú tampoco. Seguramente envenenó a la primera mujer para atraparlo.
– Bueno, creo que tiene buen corazón. -Ante la mirada y el silencio de mi madre, añadió-: Quizá es un poco aburrida.
– ¿Aburrida? Como mirar la carta de ajuste. Salvo que no para de parlotear. Y ese pelo que tiene es teñido.
– ¿Sí?
A mi padre le sorprendió visiblemente esta afirmación.
– Ah, los hombres. ¿Creías que ese color era natural?
– Nunca me he parado a pensarlo.
Papá estuvo callado un rato. Mi madre le hizo compañía, lo cual no era nada propio de ella, y por último dijo:
– ¿Y ahora que lo has hecho?
– ¿Que he hecho qué?
– Que lo has pensado. Lo del pelo de Royce.
– Oh. No, estaba pensando en otra cosa.
– ¿Y vas a compartir tus pensamientos con el resto de la especie humana?
– Me estaba preguntando cuántas us hay en el Scrabble.
– Hombres -contestó mi madre-. Sólo hay una a y una e, botarate.
Mi padre sonrió al oír esto. ¿Ven cómo se llevaban?
Pregunté a mi padre qué tal iba el coche. Él tenía entonces setenta y ocho años, y yo no sabía cuánto tiempo más le permitirían conducir.
– El motor carbura bien. La carrocería deja que desear. La chapa se está oxidando.
– ¿Y cómo estás tú, papá?
Procuré evitar la pregunta directa, pero algo falló.
– El motor carbura bien. La carrocería deja que desear. La chapa se está oxidando.
Ahora está acostado, a veces con su pijama de rayas verdes, más a menudo con otro que no es de su talla, heredado de alguien…, alguien muerto, quizá. Me guiña un ojo, como siempre hizo, y llama a la gente «querido, querida». Dice: «Mi mujer, ya ve. Muchos años felices.»
Mi madre hablaba prácticamente de las «cuatro últimas cosas». Es decir, las cuatro últimas de la vida moderna: hacer testamento, planificar la vejez, encarar la muerte y no poder creer en una vida ulterior. A mi padre le convencieron por fin de que testase cuando tenía más de sesenta años. Nunca hablaba de la muerte, al menos que yo lo oyera. En cuanto al más allá: en las contadas ocasiones en que entramos en una iglesia como una familia (y sólo para una boda, un bautizo o un entierro), se arrodillaba un momento y se apretaba la frente con los dedos. ¿Rezaba, era un equivalente laico o una costumbre residual de la infancia? ¿Quizá denotaba cortesía o una mente liberal? La actitud de mi madre hacia los misterios del espíritu era menos ambigua. «Paparruchas.» «Supercherías.» «Que a mí no me hagan nada de eso, ¿entendido, Chris?» «Sí, mamá.»
Lo que yo me pregunto es: por detrás de la reticencia de mi padre y de sus guiños, detrás de la jocosa pleitesía que rendía a mi madre, detrás de sus evasivas -o, si se prefiere, buenos modales- con respecto a las cuatro últimas cosas, ¿había pánico y terror mortal? ¿O es una pregunta estúpida? ¿Hay alguien que no sienta un terror mortal?
Después de muerto Jim Royce, Elsie trató de continuar las relaciones con mis padres. Les invitaba a tomar el té o jerez, a contemplar el jardín: pero mi madre siempre la rechazaba.
– La aguantamos sólo porque él nos gustaba -decía.
– Oh, es agradable -contestaba mi padre-. No tiene malicia.
– Tampoco tiene malicia una bolsa de turba. Eso no quiere decir que tengas que ir a tomar una copa de jerez con ella. Al fin y al cabo, ya ha conseguido lo que quería.
– ¿Qué quería?
– La pensión de Jim. Ahora estará desahogada. Aquí no hacen falta tontos que nos ayuden a matar el tiempo.
– A Jim le habría gustado que mantuviéramos el contacto.
– Jim ya se ha librado de ella. Tendrías que haber visto la cara que ponía cuando empezaba a parlotear. Se oía cómo le divagaba el pensamiento.
– Creí que se tenían mucho afecto.
– Ya veo tu poder de observación.
Mi padre me dirigió un guiño.
– ¿Por qué guiñas un ojo?
– ¿Yo? ¿Guiñar un ojo? ¿Haría yo semejante cosa?
Mi padre giró la cabeza otros diez grados y volvió a lanzarme un guiño.
Lo que estoy intentando expresar es lo siguiente: parte de la conducta de mi padre consistía en negar su conducta. ¿Tiene sentido eso?
El descubrimiento se hizo al día siguiente. Fue una cuestión de bulbos. Un amigo de un pueblo vecino se ofreció a regalar un excedente de narcisos. Mi madre dijo que mi padre los recogería en el trayecto de vuelta de la British Legion. Telefoneó al club y pidió que le pusieran con mi padre. El secretario dijo que no estaba. Cuando alguien da a mi madre una respuesta que ella no se espera, tiende a atribuirlo a la estupidez de su interlocutor.
– Está jugando al billar -dijo ella.
– No, no está.
– No diga bobadas -dijo mi madre, y me imagino su tono perfectamente-. Juega al billar todos los miércoles por la tarde.
– Señora -fue lo que ella oyó a continuación-. He sido secretario de este club durante los últimos veinte años, y en todo este tiempo no se ha jugado al billar ni un solo miércoles por la tarde. Los lunes, martes y viernes sí. Los miércoles no. ¿Me ha entendido bien?
Mi madre tenía ochenta años cuando mantuvo esta conversación y mi padre ochenta y uno.
– Ven a intentar que razone un poco. Tu padre chochea. Me gustaría estrangularla, a la muy perra.
Y allí estaba yo de nuevo. Otra vez yo, como antes, no mi hermana. Pero esta vez no se trataba de testamentos, poderes notariales o residencias de ancianos.
Mi madre se hallaba en ese estado de alta energía nerviosa que deparan las crisis: una mezcla de burbujeo inquieto y de extenuación subyacente, cada uno de los cuales alimenta al otro.
– No atiende a razones. No escucha nada. Voy a podar los groselleros.
Mi padre se levantó rápidamente de su silla. Nos estrechamos la mano, como siempre hacíamos.
– Me alegro de que hayas venido -dijo-. Tu madre no atiende a razones.
– No soy la voz de la razón -dije-. Así que no esperes demasiado.
– No espero nada. Sólo me alegro de verte.
Me alarmó tan rara expresión de placer directo por parte de mi padre. Me alarmó asimismo la postura erguida en que estaba sentado; normalmente adoptaba una posición oblicua o torcida, como sus ojos y su pensamiento.
– Tu madre y yo vamos a separarnos. Me voy a vivir con Elsie. Repartiremos los muebles y dividiremos el saldo bancario. Ella se quedará a vivir en esta casa, que debo confesarte que nunca me ha gustado mucho, todo el tiempo que quiera. Por supuesto que la mitad de la casa es mía, y si quiere mudarse tendrá que encontrar un sitio más pequeño. Podría quedarse con el coche si supiera conducir, pero dudo de que sea una alternativa viable.
– Papá, ¿desde cuándo dura esto?
Me miró sin pestañear ni sonrojarse, y movió la cabeza débilmente.
– Me temo que no es de tu incumbencia.
– Pues claro que lo es, papá. Soy tu hijo.
– Cierto. Quizá te estés preguntando si pienso hacer otro testamento. No tengo ese proyecto. No por el momento. Lo único que pasa es que me voy a vivir con Elsie. No voy a divorciarme de tu madre ni nada parecido. Sólo me voy a vivir con Elsie.
El modo en que pronunció este nombre me dio a entender que mi tarea -o, al menos, la tarea que me había encomendado mi madre- no tendría éxito. Mi padre pronunció el nombre sin un titubeo culpable ni un falso énfasis; «Elsie» sonó tan sólido como un cuerpo.
– ¿Qué haría mamá sin ti?
– Arreglárselas sola.
No lo dijo con aspereza, sino sólo con una sequedad que evidenciaba que ya lo tenía todo planeado y que a los demás les bastaba pensar un poco en ello para estar de acuerdo.
– Que ella sea un gobierno de una sola persona.
Mi padre sólo me había escandalizado una vez: a través de la ventana le había visto retorcerle el pescuezo a un mirlo al que había atrapado en la jaula para frutas. También vi que estaba sudando. Luego ató el pájaro a la malla por las patas y lo dejó colgando cabeza abajo para disuadir a otros saqueadores.
Hablamos un poco más. O, mejor dicho, yo hablé y mi padre me escuchó como si yo fuese uno de esos chavales que van de puerta en puerta con una bolsa de deporte llena de trapos para el polvo, gamuzas y fundas para tablas de planchar, cuya adquisición, insinúa su perorata, les mantendrá alejados de una vida de delincuencia. Al final, supe cómo se sentían cuando yo les cerraba la puerta en las narices. Mi padre había escuchado educadamente mientras yo alababa los artículos de mi bolsa, pero no quería comprar nada. Por último, dije:
– Pero ¿lo pensarás, papá? ¿Le dedicarás un poco de tiempo?
– Si le dedico un poco de tiempo estaré muerto.
Siempre había habido una distancia cortés en nuestro trato desde que me hice adulto; quedaban cosas sin decir, pero prevalecía una igualdad amistosa. Ahora había un nuevo abismo entre nosotros. O quizá era el antiguo: mi padre había vuelto a ser un padre y estaba reafirmando su mayor conocimiento del mundo.
– Papá, no es de mi incumbencia, pero… ¿es físico?
Me miró con aquellos ojos claros, de un azul grisáceo, no con reproche, sino con serenidad. Si uno de los dos iba a sonrojarse, sería yo.
– No es asunto tuyo, Chris. Pero ya que lo preguntas, la respuesta es sí.
– ¿Y…?
No pude seguir. Mi padre no era un amigo de mediana edad que farfulla sandeces; era mi progenitor de ochenta y un años, que al cabo de unos cincuenta años de matrimonio se marchaba de casa por una mujer que andaba por los sesenta y cinco. Yo tenía miedo hasta de formular las preguntas.
– Pero… ¿por qué ahora? O sea, si ha durado todos estos años…
– ¿Qué años?
– Todos los que se supone que ibas a jugar al billar al club.
– Casi siempre iba al club, hijo. Decía que a jugar al billar para simplificar las cosas. A veces me quedaba sentado en el coche. Mirando al campo. No, Elsie es… reciente.
Más tarde, sequé los platos que fregó mi madre. Cuando me tendió la tapa de una cacerola Pyrex, dijo:
– Espero que use ese chisme.
– ¿Qué chisme?
– Ya sabes qué. Ese chisme. -Deposité la tapa y extendí la mano para recibir una sartén-. Viene en los periódicos. Rima con follón.
– Ah.
Una de las pistas más fáciles de los crucigramas.
– Dicen que en toda América los viejos andan triscando como conejos. -Procuré no imaginar a mi padre como un conejo-. Todos los hombres son unos majaderos, Chris, y en lo único que cambian es que se vuelven todavía más idiotas con cada año que pasa. Ojalá yo me las hubiera arreglado sola.
Más tarde, en el cuarto de baño, abrí la puerta con espejo de un armario esquinero y fisgué dentro. Crema para las hemorroides, champú para cabellos delicados, algodón, una pulsera de cobre contra la artritis que vendían por correo… No seas ridículo, pensé. No aquí, no ahora, no mi padre.
Al principio pensé: No es más que otro caso, otro hombre tentado por el ego, la novedad, el sexo. Lo de la edad hace que parezca distinto, pero en realidad no lo es. Es algo corriente, banal, pegajoso.
Después pensé: ¿Qué sabré yo? ¿Por qué presuponer que mis padres ya no practican -no practicaban- el sexo? Aún dormían en la misma cama hasta que ocurrió esto. ¿Qué sabré yo del sexo a esa edad? Lo cual planteaba la siguiente pregunta: ¿Qué es peor para mi madre: dejar la relación sexual a los sesenta y cinco, pongamos, y descubrir quince años más tarde que su marido se va con una mujer de la edad que ella tenía cuando renunció al sexo, o seguir manteniendo relaciones sexuales con su marido después de medio siglo para acabar descubriendo que él se lo monta por su cuenta?
Y después pensé: ¿Y si en realidad no se trata de sexo? ¿Me habría mostrado yo menos escrupuloso si mi padre me hubiera dicho: «No hijo, no es nada físico, es sólo que me he enamorado»? La pregunta que yo le había hecho, y que en aquel momento ya resultaba bastante peliaguda, era, en efecto, la más sencilla. ¿Por qué presuponer que el corazón se enfría al mismo tiempo que los genitales? ¿Porque queremos -necesitamos- ver la vejez como una época de serenidad? Ahora pienso que esto es una de las grandes conspiraciones de la juventud. No sólo de la juventud, sino también de la madurez, de cada año que pasa hasta el momento en que reconocemos que somos viejos. Y es una conspiración más amplia porque los viejos corroboran nuestra creencia. Sentados con una manta encima de las rodillas, asienten servilmente y están de acuerdo en que sus retozos ya han terminado. Sus movimientos se han vuelto más lentos y la sangre ha perdido espesor. Los ardores se han apagado; o al menos se ha reservado una paletada de leña para la larga noche que se avecina. Salvo que mi padre se negaba a jugar este juego.
No les dije a mis padres que iba a ver a Elsie.
– ¿Sí?
Estaba en la puerta de cristal decorada con juncos, cruzada de brazos por debajo del pecho, la cabeza alta y unas gafas absurdas destellando al sol. Llevaba el pelo del color de las hayas en otoño y advertí que era más ralo en la coronilla. Tenía las mejillas empolvadas, aunque no lo bastante para camuflar la ramificación producida por el derrame de algunos capilares.
– ¿Podríamos hablar? Yo… Mis padres no saben que he venido.
Se volvió sin decir una palabra y, en pos de sus medias con costuras, recorrí un pasillo estrecho hasta el salón. Su bungalow tenía exactamente la misma distribución que el de mis padres: la cocina a la derecha, dos dormitorios a continuación, un trastero contiguo al cuarto de baño y el salón a la izquierda. Quizá los había edificado el mismo constructor. Quizá todos los bungalows se parecen mucho. No soy un experto.
Se sentó en una silla baja de cuero negro y encendió al instante un cigarrillo.
– Te advierto de que soy muy mayor para que me sermoneen.
Vestía una falda marrón y una blusa de color crema, y lucía un gran despliegue de pendientes en forma de conchas de caracol. Yo la había visto dos veces en mi vida y la había encontrado razonablemente aburrida. Ella, sin duda, pensaba lo mismo de mí. Me senté enfrente, rechacé un cigarrillo, procuré verla como una seductora, una destructora de hogares, el escándalo del pueblo, pero sólo vi a una mujer que rondaba los sesenta y cinco, regordeta, ligeramente nerviosa, más que levemente hostil. No era una seductora, ni tampoco una versión más joven de mi madre.
– No he venido a sermonearla. Supongo que intento comprender.
– ¿Qué hay que comprender? Tu padre se viene a vivir conmigo. -Dio una calada irritada y luego se arrancó el cigarrillo de la boca-. Si no fuese un hombre tan decente ya estaría aquí ahora. Dijo que tenía que dejar que todos os hicierais a la idea.
– Llevan casados muchísimo tiempo -dije, en el tono más neutro que conseguí adoptar.
– Nadie abandona lo que todavía quiere -dijo Elsie, cortante. Dio otra calada rápida y miró el cigarrillo, desaprobándolo a medias. El cenicero estaba suspendido del brazo de la silla mediante una tira de cuero con pesas en cada extremo. Deseé que estuviera lleno de colillas turbiamente manchadas de pintura de labios escarlata. Quise ver uñas escarlatas en los dedos de los pies y de las manos. Pero no hubo suerte. En el tobillo izquierdo llevaba un calcetín de refuerzo. ¿Qué sabía yo de ella? Que había cuidado a sus padres, que había cuidado a Jim Royce y ahora tenía intención -o eso suponía yo- de cuidar a mi padre. El salón contenía un gran número de violetas africanas plantadas en envases de yogur, una excesiva cantidad de almohadones rollizos, un par de animales disecados, un mueble bar junto a la tele, un montón de revistas de jardinería, varias fotos de familia agrupadas, un fuego eléctrico empotrado. Nada de esto habría sido extemporáneo en la casa de mis padres.
– Violetas africanas -dije.
– Gracias. -Parecía aguardar a que yo dijera algo que le diese pie para atacar. Guardé silencio y no se notó nada-. No debería pegarle, ¿verdad?
– ¿Qué?
– No debería pegarle, ¿verdad? No, si quiere retenerle.
– No diga tonterías.
– Con una sartén. En un lado de la cabeza. Hace seis años, ¿no? Jim siempre lo había sospechado. Y algunas veces más, hace poco. Claro que ella ha aprendido la lección y no se ven las marcas. Le pega en la espalda. Demencia senil, si me lo preguntan. Deberían internarla.
– ¿Quién se lo ha dicho?
– Bueno, ella no.
Elsie me miró fijamente y encendió otro cigarrillo.
– Mi madre…
– Cree lo que quieras creer.
No intentaba congraciarse, desde luego. Pero ¿por qué tendría que hacerlo? Aquello no era una prueba de audición. Cuando me acompañaba a la puerta, automáticamente extendí la mano. La estrechó brevemente y dijo:
– Nadie abandona lo que todavía quiere.
Le dije a mi madre:
– Mamá, ¿alguna vez le has pegado a papá?
Ella rastreó al instante mi fuente.
– ¿Es lo que dice esa perra? Puedes decirle que la veré en los tribunales. Tendrían que… cubrirla de brea y plumas, o lo que hagan.
Le dije a mi padre:
– Papá, puede que sea una pregunta estúpida, pero… ¿alguna vez te ha pegado mamá?
Sus ojos permanecieron claros y directos.
– Fue una caída, hijo.
Fui al dispensario y vi a una mujer dinámica, con una falda de peto que despedía un discreto hedor a altos principios. Había tomado posesión del puesto después de jubilarse el doctor Royce. Los historiales médicos eran confidenciales, por supuesto; si había sospechas de malos tratos se vería obligada a informar a los servicios sociales, mi padre había declarado una caída hacía seis años, no hubo nada antes ni después que suscitara sospechas, ¿qué pruebas tenía yo?
– Algo que dijo alguien.
– Ya sabe cómo son los pueblos. O quizá no lo sepa. ¿Qué tipo de persona?
– Oh, alguien.
– ¿Cree que su madre es la clase de mujer que maltrataría a su padre?
Maltrato, maltrato. ¿Por qué no decir que daría una paliza, una tunda, un sartenazo en un costado de la cabeza?
– No lo sé. ¿Cómo quiere que lo sepa?
¿Tiene uno que ver el nombre del fabricante estampado con todas las letras en la piel de mi padre?
– Evidentemente, depende del estado en que llega el paciente. A menos que un familiar formule sospechas. ¿Lo está haciendo usted?
No. No estoy denunciando a mi madre de ochenta años por presunta agresión a mi padre de ochenta y uno porque así lo afirma una mujer de más de sesenta que quizá se acueste o no con mi padre.
– No -dije.
– No conozco muy bien a sus padres -prosiguió la doctora-. Pero ¿son… -hizo una pausa para encontrar el eufemismo correcto-, son personas educadas?
– Sí -contesté-. Sí, a mi padre le educaron hace sesenta años…, más de sesenta…, y también a mi madre. Estoy seguro de que les resulta de provecho. -Todavía enfadado, añadí-: Por cierto, ¿alguna vez receta Viagra?
Me miró como si ya tuviese la certeza de que yo era un simple camorrista.
– Para eso tendrá que ver a su médico de cabecera.
Cuando volví al pueblo sentí una depresión súbita, como si yo fuera el que vivía allí y ya me hubiera cansado de aquella encrucijada con ínfulas, con su iglesia muerta, su atroz parada de autobús, sus bungalows tipo chalet y la tienda carísima que es útil para los productos básicos. Maniobré con mi coche sobre la franja de asfalto que es exagerado llamar camino de entrada y, al fondo del jardín, vi a mi padre trabajando en la jaula para frutas, encorvado y amarrando algo. Mi madre me estaba esperando.
– Joyce puñetera Royce, son tal para cual. Qué par de tarados. Por supuesto, esto me envenena la vida entera.
– Oh, vamos, mamá.
– No me digas «vamos», jovencito. No hasta que tengas mi edad. Entonces te habrás ganado el derecho. Me envenena la vida entera.
No consentía que la contradijesen; se estaba también reafirmando como madre.
Me serví una taza de té de la tetera junto al fregadero.
– Está pasado.
– Da igual.
Siguió un silencio oneroso. Una vez más, me sentí como un niño que busca aprobación o que, en todo caso, trata de evitar una censura.
– ¿Te acuerdas de la Thor, mamá? -dije de pronto, sin saber por qué.
– ¿De qué?
– De la Thor. De cómo se desplazaba por todo el suelo de la cocina. Tenía una mente autónoma. Y lo inundaba todo, ¿verdad?
– Diría que era la Hotpoint.
– No -me empeciné, extrañamente-. La Hotpoint la tuviste luego. De la que yo me acuerdo es de la Thor. Hacía mucho ruido y tenía unos tubos gordos, de color beige, para el agua.
– El té debe de estar imbebible -dijo mi madre-. Y, a propósito, mándame aquel mapa que te di. No, tíralo. Isla de Wight, botarate. Pamplinas. ¿Entendido?
– Sí, mamá.
– Lo que quiero, si me muero antes que tu padre, como espero, es que esparzas mis cenizas. En cualquier sitio. O que lo hagan los del crematorio. No estás obligado a recoger las cenizas, ya sabes.
– Me gustaría que no hablaras así.
– Tu padre me sobrevivirá. La puerta que chirría es la que dura más. Que la recepcionista se quede luego con sus cenizas.
– No hables así.
– Ponlas en la repisa de su chimenea.
– Mira, mamá, si eso ocurriese, es decir, si murieras antes que papá, ella no tendría ningún derecho. Nos corresponde a nosotros, a mí y a Karen. No quiero tener nada que ver con Elsie.
Mi madre se puso rígida al oír el nombre.
– Karen es una calamidad, ¿y no puedo contar contigo, hijo?
– Mamá…
– Visitarla a escondidas sin decirme nada. De tal palo tal astilla. Eres hijo de tu padre.
Según Elsie, mi madre les emponzoñó la vida con sus continuas llamadas por teléfono. «Mañana, mediodía y noche, sobre todo por la noche. Al final, lo desenchufamos.» Según Elsie, mi madre requería continuamente a mi padre para que hiciese chapuzas en casa. Utilizaba una serie de argumentos: 1) Como la mitad de la casa era de él, tenía el deber de conservarla en buen estado. 2) Él la había dejado sin dinero suficiente para llamar a un operario. 3) Era de suponer que él no pensaría que ella, a su edad, iba a subirse a una escalera. 4) Si no acudía de inmediato, ella iría a buscarle a casa de Elsie.
Según mi madre, mi padre se presentó en su puerta casi un momento después de haberse ido y se ofreció a reparar cosas, a cavar el jardín, limpiar las cañerías, comprobar el nivel del depósito de gasoil, cualquier arreglo. Según mi madre, mi padre se quejaba de que Elsie le trataba como a un perro, no le dejaba ir al club de la British Legion, le había comprado un par de zapatillas que él aborrecía especialmente y quería que cortase todo contacto con sus hijos. Según mi madre, mi padre no paraba de suplicarle que le readmitiera, a lo cual ella contestaba: «Con tu pan te lo comas», aunque de hecho sólo pretendía que él sufriera un poco más. Según mi madre, a mi padre no le gustaba la desidia con que Elsie le planchaba las camisas, ni que toda su ropa oliese ahora a humo de tabaco.
Según Elsie, mi madre armó tal jaleo por el hecho de que, como la puerta de atrás se había alabeado y el cerrojo sólo entraba hasta la mitad, un ladrón pudiese colarse en un periquete y violarla y asesinarla mientras ella dormía, que mi padre accedió de mala gana a acudir a su llamada. Según Elsie, mi padre juró que aquélla era la última vez que iba, y que si fuera por él toda la puñetera casa podía arder hasta los cimientos, de preferencia con mi madre dentro, antes que dejarse convencer de que volviera a pisarla. Según Elsie, fue mientras mi padre estaba trabajando en la puerta trasera cuando mi madre le asestó un golpe en la cabeza con un instrumento desconocido y le dejó allí tendido, con la esperanza de que se muriese, y sólo llamó a la ambulancia varias horas más tarde.
Según mi madre, mi padre no paraba de importunarla para que arreglase aquella puerta, y le dijo que no le hacía gracia la idea de que ella pasara las noches sola, y que todo el asunto quedaría resuelto si ella le permitía regresar. Según mi madre, mi padre se presentó de improviso una tarde con su caja de herramientas. Se sentaron a hablar un par de horas de los viejos tiempos y de los hijos, y hasta sacaron fotos que les humedecieron los ojos. Ella le dijo que se pensaría lo de readmitirle, pero no hasta que hubiese arreglado la puerta, si es que había ido para eso. El salió con las herramientas, ella retiró las cosas del té y luego se sentó a mirar algunas fotografías más. Al cabo de un rato, cayó en la cuenta de que no había oído golpes procedentes del trastero. Mi padre yacía de costado, haciendo un ruido como de borboteo; debió de sufrir otra caída y golpearse la cabeza contra el suelo, que por supuesto allí es de cemento. Ella llamó a la ambulancia -Dios, lo que tardaron- y le puso un almohadón debajo de la cabeza, mira, este de aquí, todavía se ve la sangre.
Según la policía, la señora Elsie Royce presentó una denuncia diciendo que la señora Dorothy Mary Bishop había agredido al señor Stanley George Bishop con intención de matarle. Ellos habían investigado el asunto a conciencia y decidieron desestimar la denuncia. Según la policía, la señora Bishop se quejó de que la señora Royce iba por los pueblos de las cercanías acusándola de ser una asesina. La policía tuvo una charla reposada con la señora Royce. Las cuestiones domésticas siempre constituyen un problema, sobre todo las cuestiones domésticas ampliadas, como podría llamarse a aquel caso.
Mi padre lleva dos meses ingresado en el hospital. Recobró el conocimiento al cabo de tres días, pero desde entonces no ha progresado mucho. Cuando le ingresaron, el médico me dijo: «Me temo que a estas edades suele ser bastante rápido.» Ahora, otro médico con más tacto me ha explicado que: «Sería un error concebir muchas esperanzas.» Mi padre tiene paralizado el lado izquierdo, padece una grave pérdida de memoria y tiene afectada la facultad del habla, no puede alimentarse él solo y en gran medida sufre incontinencia. Tiene la mitad izquierda de la cara torcida como la corteza de un árbol, pero conserva los ojos tan claros y de ese azul grisáceo de siempre, y tiene siempre el pelo blanco limpio y bien peinado. No sé cuánto entiende de lo que le digo. Hay una frase que enuncia bien, pero por lo demás habla poco. Sus vocales están distorsionadas, salen retorcidas de su boca escorada, y sus ojos expresan la vergüenza que le inspira la mala articulación. Por lo general, prefiere guardar silencio.
Mi madre le visita los lunes, miércoles, viernes y domingos, haciendo uso de su derecho conyugal a cuatro días de siete, le lleva uvas y los periódicos del día anterior, y cuando él babea por la comisura izquierda de la boca, ella saca un pañuelo de papel de la caja que hay en la mesilla y le limpia la saliva. Si hay una nota de Elsie en la mesa la rompe en pedazos mientras él hace como que no se entera. Ella le habla de los tiempos que han pasado juntos, de los hijos y de recuerdos comunes. Cuando se va, él la sigue con los ojos y dice, con toda claridad, a cualquiera que le escuche: «Mi mujer, ya ve. Muchos años felices.»
Elsie visita a mi padre los martes, jueves y sábados. Le lleva flores y dulce de leche casero, y cuando él babea ella saca del bolsillo un pañuelo blanco con un ribete de encaje y la inicial E bordada en rojo. Le limpia la cara con evidente ternura. Se ha acostumbrado a llevar, en el tercer dedo de la mano derecha, un anillo similar al que todavía luce en la mano izquierda en recuerdo de Jim Royce. Le habla a mi padre del futuro, de que va a reponerse y de la vida que harán juntos. Cuando se marcha, él la sigue con los ojos y dice, con toda claridad, a cualquiera que le escuche: «Mi mujer, ya ve. Muchos años felices.»