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Pepe Ansúrez recibió el recado del Presidente en forma de papelito que alguien había dejado encima de su mesa, que, si bien inclinada, no lo era tanto que no sostuviese un papel liviano, con sólo estas palabras: «Que se pase usted por el despacho del Presidente en cuanto llegue», y a Pepe Ansúrez le dio remordimiento de no ser más madrugador, de no haber estado presente cuando llegó el recado, y poderle decir al mensajero: «Ahora mismo subo» y no obligarle a dejar un papel escrito con la orden, y que todo el mundo pudiera verlo y leerlo, y ver eso, que era una orden a la que Ansúrez no tenía más remedio que obedecer.
De todas maneras, sacó tiempo para pasar por la mesa de Elisa, cargada de expedientes y de otros papeles profesionales, y le dijo al oído que subía a ver al Presidente, que lo había llamado con orden tajante. «Y todos esos mastuerzos lo comprenderán en cuanto me vean coger el ascensor y no subir las escaleras, que es lo que ellos hacen cuando tienen que subir al primero, al servicio de caballeros.»
Pepe Ansúrez, en efecto, fue directamente a la puerta del ascensor y se demoró unos instantes, como si esperase la llegada del aparato, en realidad para que todo el mundo viese que cogía el ascensor, privilegio reservado a los que iban a ver al señor Presidente.
Ansúrez no sabía para qué se le llamaba, si para recibir plácemes o un severo rapapolvo por su actuación el día anterior, leyendo un soneto a la hija recién nacida del Director y anunciando que iba a escribir una novela. Se tranquilizó al contemplar la sonrisa del Presidente, que se había levantado para recibirle y que le invitaba a sentarse. «Señor Presidente, ¿no es demasiado honor el que me hace al mandarme sentar en su presencia?» «Señor Ansúrez, todo honor es poco para quien como usted honra y prestigia esta Casa. Quería felicitarle por sus versos de ayer, pero antes quería demostrarle que entre usted y yo no hay diferencias… En realidad, el hecho de que usted sea funcionario y yo Presidente de esta Casa se debe a un puro azar, que tiene algún valor de esa puerta para fuera, pero que de esa puerta para dentro carece de todo significado. Por eso le ruego que se siente. Por eso le pido que deje de pensar en nuestras diferencias aparentes… ¿No ha pensado usted alguna vez en que el mundo está lleno de injusticias y que con mucha frecuencia está arriba el que debía estar abajo? Aquí no hay diferencias y en el secreto de este despacho puedo proclamarlo… El talento igual a la fortuna… Vamos a demostrarlo fumando un cigarrillo juntos… No, del mío, que será mejor que el de usted, sólo por ser más caro. ¿Qué fuma usted? ¿Ducados? Yo fumaba mataquintos cuando tenía su edad. ¡Ay!, aún no había llegado la fortuna.»
Ansúrez se había sentado al otro lado de la mesa, donde no había más que un papel y un teléfono, aquella mesa brillante, en cuya superficie uno podía mirarse y reconocerse. Alargó el brazo y recogió el cigarrillo que el Presidente le ofrecía, un partagás de contrabando, elaborado con los mejores productos de Vuelta Abajo.
– Esa idea de escribir una novela me parece buena. Desde luego, cuente usted con que los gastos de edición correrán a cargo de la Caja… A no ser, claro está, que tenga usted ya contrato con alguna Casa Editorial… Porque, en tal caso, la Caja se limitará a comprarle un cierto número de ejemplares… digamos tantos como funcionarios, uno por barba, incluidos los botones.
– No tengo ningún compromiso, claro. En realidad, la idea de escribir una novela es muy reciente. Como en otros casos muy conocidos, obedece al hecho de que la lírica me viene ya estrecha como instrumento de expresión. Necesito algo más amplio y más narrativo. Una historia de amor no puede contarse en verso, aunque haya habido casos…
– Luego, ¿lo que quiere usted contarnos es una historia de amor? ¿La suya propia?
– La mía, sí, aunque contada de tal manera que pueda resultar la historia de amor de todo el mundo. Y no una historia abstracta, como pudiera parecer a simple vista, sino concreta y con nombres, usted lo dijo, la mía propia… Esta relación entre lo concreto más personal y la generalidad es uno de los milagros que sólo el arte puede realizar.
– Y el dinero, no lo olvide usted.
La última frase del Presidente no la entendió bien Ansúrez. Al menos así se lo dio a entender a Elisa cuando, horas más tarde, le contaba la entrevista.
– Pues yo creo que está claro. Quiso decir que el dinero, lo mismo que el amor, es bueno para todo el mundo y para todo el mundo por igual. Una historia de dinero es como una historia de amor, que todo el mundo la entiende y que, más o menos, es lo que le pasó a cualquiera o lo que cualquiera deseará que le pase. Yo lo veo claro…
– Pues yo, no tanto. El Presidente quería decir algo más que eso. De todas maneras, algo de positivo he sacado con la visita. El hecho de que la Caja me pague la edición… es cosa en que no tengo que pensar mientras escriba.
– ¿Y qué piensas contar en esa novela? ¿ Lo nuestro?
– Sí, pero cambiado.
– ¿Cómo?
– Aún no lo tengo decidido.
– Pues podíamos pensarlo… entre los dos.
– ¿Aquí?
– ¿Qué más da aquí que en otro sitio?
– Esta taberna no me inspira. Mejor en la cafetería a la que vamos por las tardes. Es más acogedora, no sé, allí se me ocurren más cosas…
– Pues lo dejamos para la tarde, pero eso tenemos que arreglarlo entre los dos. Es mi historia tanto como la tuya.
– Pero contada por mí, no lo olvides.
Que la contase o no Pepe imponía ciertas alteraciones a la historia. Por ejemplo, si era Pepe el narrador; podía ignorar el pasado de Elisa, desde el momento de su nacimiento, con episodios tan importantes como su paso por la escuela, su primer amor y su primera rebeldía contra la sociedad, contra la ciudad o contra lo que fuera.
– Contra la condición femenina, aunque luego lo pensé mejor y la acepté. Al fin y al cabo tenía sus ventajas, aunque también tuviera muchos inconvenientes. ¿Has pensado alguna vez en la lata de la menstruación, en la lata del climaterio, en la lata de la vejez? Los hombres lleváis estas cosas de la edad mejor que las mujeres.
– Supongo que más o menos… Dicen que los cuarenta años del hombre son un mal momento… Hay quien habla de los cuarenta y cinco…
Elisa se desperezó y tomó una aceituna de las que habían traído con la cerveza.
– Después de todo, nada de eso no importa ahora. Estamos lejos de los cuarenta. Lo importante es cómo vas a sacarme en la novela. ¿Cómo soy? ¿Mejor que soy?
– Mejor ya no puede ser… Como eres.
– ¿Y tú?
– Yo qué se… Como salga.
Elisa golpeó el platillo con el tenedor.
– Eso no está bien. Tú eres quien tiene que salir favorecido en el retrato, sobre todo si me pones a mí mejor de lo que soy…
– A ti te pondré como te veo. La mujer ideal.
– ¿Virgen o no virgen? Ése es un detalle importante… por el que se puede pasar como sobre huevos.
– Claro. El detalle en sí carece de importancia, sobre todo si pintas una mujer moderna. Hay algo más importante… y más real. Ella, la que sea, nunca ha gozado con un hombre. Se reserva para el que ama. Ésa es la verdadera virginidad.
– Y ella, ¿cómo lo sabe?
– Las mujeres adivináis esas cosas.
Aquella tarde, en la cafetería, Ansúrez se sintió inspirado, y hablé) de la novela como si va estuviese escrita y terminada: un largo idilio que remataba en boda, como era de esperar después de trámites tan felices. Elisa se preguntó si no resultaría aburrida, pero Pepe le respondió que no había más que reproducir su propia. historia, hecha, como ambos sabían, de mañanas felices y tardes más felices todavía, con la esperanza de la felicidad total, que al fin llegaba. La novela terminaba con un doble éxtasis y su último párrafo Serían unas palabras líricas hablando de la eternidad. En lo cual radicaba la ejemplaridad que debe tener toda novela, añadió Pepe, pues las últimas palabras serían una invitación al amor eterno.
– Pues, ya ves, en eso hace falta que crea la gente. Lo que ahora se lleva es decir que el amor no dura, o que dura tanto como el tiempo que se trata en descubrir todo lo que hay de misterioso en la persona amada. Más o menos, porque hay personas que llevan sus misterios tan a flor de piel, que casi no lo son, y otras que se tarda más, y otras que no se descubren nunca, o porque muere él o porque muere ella, o sea, por muerte de uno de los dos, una muerte que llega antes de tiempo, como todas las muertes.
Pepe le preguntó que cómo sabía tanto, y ella le respondió que porque lo había adivinado. En aquel momento, precisamente en aquel momento, ni antes ni después.
Terminada la cena, Aurita doblaba el mantel y lo guardaba en el cajón del chinero: era el mantel de diario, con algún remiendo pequeño o algún zurcido grande. Retirado el mantel, quedaba la mesa cubierta del tapete verde con una mancha de tinta en la esquina, que el padre de Aurita había traído en uno de sus viajes. La Remington portátil, anterior a la guerra civil, se colocaba encima del tapete. Don Perico Entre Ellas, muy orondo, con el farias entre los dientes y los dedos en las sisas del chaleco, dictó: Capítulo primero.
– Aún no coloqué el papel -le respondió Aurita.
– Pues date prisa. No pongas del bueno. Por ahí debe de haber del rayado ese que traigo de la oficina. Para una primera versión sirve de sobra.
Aurita se levantó y fue a un cajón.
– Debe de andar por aquí.
Sacó de las oscuridades del cajón un pellizco de folios y los dejó junto a la máquina; uno de ellos lo metió en el rodillo.
– Este rodillo está ya demasiado duro. Va a haber que cambiarlo.
– Déjate ahora de eso y escribe: Capítulo primero.
Aurita se sentó frente a la máquina y escribió lo que su marido le dictaba. Luego se quedó mirándose, con las manos suspensas sobre el teclado.
– Tú dirás.
– Yo diré… Es muy fácil decir tú dirás, pero yo todavía no sé lo que tengo que decir.
– Vamos a ver si entre los dos recordamos…
– Tú estabas de novia con aquel escribiente de la Armada que se llamaba Enríquez y que sólo quería acostarse contigo. Porque tú estabas muy buena entonces. ¿Te acuerdas de lo buena que estabas?
– Las caderas aún no las perdí. En cuanto a las tetas, si están más estropeadas, tú eres el que me las ha estropeado. Desde que nos casamos te portaste como si no hubieras tocado una teta en tu vida.
– Aquel escribiente de la Armada que se llamaba Enríquez y que era de muy buena familia, hijo de un General o cosa así, no quería casarse contigo, no quería más que acostarse. Hasta que llegué yo y le desbaraté el plan. Yo podía no ser hijo de un General, pero tenía más cultura que él.
– Y eras más guapo.
– De eso no se habló entonces. Se habló de que él era de buena familia, pero yo más culto, y de que él quería llevarte a la cama, porque estabas muy buena, y yo también, pero con casorio por el medio.
– ¿Es de eso de lo que trata el capítulo primero?
Don Periquito tardó unos instantes en contestar; su mirada vagaba por el techo, partido en dos por una mancha de humedad.
– Según. También tiene importancia el lugar, esta calle y esta casa. Hay que describirte a ti hablando con él, o por el balcón, o en el portal.
– Eso ya no lo hace nadie.
– No. Ahora las parejas hablan en las cafeterías. Pero tú aún cogiste los tiempos del balcón y del portal. Yo te llevé a la cafetería por primera vez, ¿te acuerdas?
– ¡Cómo no voy a acordarme! Me tiraste el primer pellizco.
– Tenías el culo que era una tentación. Además, las palabras no bastaban para convencerte. Yo no era de tan buena familia, y aún no había tenido tiempo de demostrarte que era más culto que él, y que venía con buenos propósitos. Disponía de pocos días para todo eso, los que iba a durar el viaje del barco en que él estaba embarcado.
– Solían ser pocos días.
– Eso no importa ahora. Lo importante es encontrar nombres, para ti, para él y para mí. Unos nombres que no nos descubran.
– ¿Tu lo quieres así? ¿Para eso es para lo que escribes la novela?
– La escribo para darle en las narices a ese imbécil de Ansúrez, que piensa escribir la suya sin meterme a mí en ella. -Carraspeó una, dos veces-. Sin meternos a nosotros, quise decir.
– Yo no cuento en esa historia. Cuando apareció Ansúrez ya estábamos casados.
– Lo que importa es encontrar tres nombres, que se parezcan a los nuestros pero que nos dejen lejos. Laura… ¿Qué te parece Laura? Es un nombre bonito, contiene el tuyo, y lo rebasa.
– ¿Y para ti? ¿Y para él? Porque el Pedro no existe y el Fernando tampoco.
– Eso da igual. El nombre de él y el mío dan lo mismo. Lo importante es encontrar el tuyo, y Laura me parece bien. Laurita, Aurita… ¿no te gusta?
– Sí, pero habría que encontrar los vuestros. Son más importantes que el mío.
– Lo importante ahora es a través de quién se describen esta calle y esta casa. Por cierto que la de enfrente tenía una sola planta, desde entonces le echaron un piso. La visión de la casa y de la calle varía mucho si es él o es ella quienes las ven. Es la calle y la casa de ella. Ella las ve como cosa propia; él, como cosa de ella. ¿No te das cuenta? La calle y la casa no eran lo mismo para ti que para él. En eso es en lo que hay que acertar.
– La casa y la calle son las mismas. Yo soy la misma. Lo que veo ahora es lo que vi por primera vez hace treinta años. Ni que fueras tú, ni que fuera él, me hizo ver la calle y la casa de distinta manera. La verdad es que verte a ti me daba más alegría.