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PRIMERA PARTE

Sumérgete en la hondura

Allí

en el fondo

está la transparencia.

Dulce Chacón

Capítulo I

1

La escotilla del camarote no bastaba para renovar el aire. El calor se pegaba a las ropas de la princesa y la oprimía hasta la asfixia. En los días de bochorno, se desprendía de los vestidos que don Lorenzo le compró en Cuba y se cubría con su túnica de algodón. Sólo vestía a la española para subir a cubierta, pero necesitaba la ayuda de su esclava, que se quejaba invariablemente de la dificultad que encontraba en abrocharla.

– ¡Malditos botones! ¡Con lo fáciles que son nuestros lazos! Si esto es una muestra de lo que vamos a encontrar en el nuevo mundo, nos espera un infierno.

Si hubiera podido calzar sus sandalias, habría soportado mejor aquellos ropajes. Al fin y al cabo, las sayas y las enaguas le arrastraban tapándole los pies, nadie se daría cuenta. Pero el capitán le aconsejó que se acostumbrara a los botines nada más iniciar el viaje. Un viaje que la transportaba a un mundo extraño en el que quizá no se cumplieran sus sueños.

Ehecatl siempre pensó que el impulso del viento la ayudaría a volar muy lejos. Sin embargo, el vuelo que acababa de emprender la llevaría más allá de lo que sus sueños hubieran imaginado. El viento que significaba su nombre no se apoyaría en sus ilusiones, sino en los malos augurios que presagiaba la fecha de su nacimiento. Su propio destino le marcaría el rumbo.

A los pocos días de nacer, su madre adoptiva la llevó al templo de Quetzalcoatl para que las sacerdotisas intercedieran por ella.

– Os lo ruego, pedid a nuestro gran teul que dulcifique el destino de mi pequeña.

Las sacerdotisas invocaron a Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, y bendijeron a la niña. Pero aconsejaron a la madre que, nada más cumplir los tres años, no dejara de llevarla al calmecac, donde podría consagrarse al estudio de los libros sagrados.

– Honrará a los teules memorizando los cantares divinos y los poemas representados en sus pinturas. No podemos cambiar su sino, pero el dador de la vida compensará sus oraciones mejorando su futuro.

Llegado el momento, la princesa ingresó en el colegio para hijas de altos dignatarios. Como el resto de sus compañeras, permanecería en el calmecac hasta que alcanzara la edad de concertar su matrimonio. Durante su estancia en el colegio, se levantaba varias veces cada noche para ofrecer incienso al dios de las artes y las letras, recitaba los himnos como si con cada una de sus palabras se cumpliera la itoloca, la tradición que aseguraba que algún día se oiría a Quetzalcoatl cantando las oraciones que él mismo pintó sobre el papel.

Memorizó los códices sin esfuerzo y aprendió las artes del bordado y de las plumas preciosas. Le gustaba pensar que sus telas servirían para adornar los cuerpos de los jóvenes que serían entregados a los dioses; de esta manera, ella también contribuía a que el Sol prosiguiera su marcha, alimentado por la sangre de los sacrificios sagrados.

En realidad, Ehecatl hubiera querido ser un joven guerrero para morir en combate y acompañar al Sol desde su salida hasta el mediodía, como los compañeros del águila. Pero sólo era una mujer y el día de su nacimiento la marcaría hasta su muerte. Había nacido en 4-viento, signo desfavorable que la igualaba a los adivinos y a los magos.

La princesa era hija de Chimalpopoca, un cacique de la provincia de Cempoal, y de su primera concubina, Quiauhxochitl, Flor de Lluvia. Su madre, una antigua esclava de la esposa del cacique, impresionó a Chimalpopoca por la mirada de sus hermosos ojos negros, los mismos que heredó Ehecatl.

Cuando Flor de Lluvia sintió los primeros dolores de parto, el cacique ordenó llamar a la mejor partera de la región, quien advirtió de inmediato que el niño venía con problemas. El vientre de la parturienta se encontraba excesivamente hinchado, el anillo por el que debía salir la criatura ya se había cumplido y, sin embargo, no asomaba cabeza alguna por el orificio, más bien parecía que las nalgas del bebé taponaban su salida al mundo con cada esfuerzo de la madre por expulsarlo.

– ¡Empuja, empuja!

Los gritos de la partera se confundían con los de la parturienta.

– No puedo más.

– Si no empujas más, tendré que sacarlo yo.

Pero a medida que la madre empujaba, el niño se encajaba más en su pelvis, como si los dioses no quisieran recibir al recién nacido. La partera comprendió que no podría dar la bienvenida al bebé, su piel amoratada no dejaba lugar a dudas, introdujo las manos en el vientre de la madre y recitó para sí los ritos que hubieran acompañado su nacimiento.

– Piedra preciosa, plumaje rico, habéis venido a este mundo donde hay calor destemplado, y fríos, y aires. Tu oficio es dar de comer al Sol con sangre de los enemigos. No sabemos si vivirás mucho en este mundo.

Flor de Lluvia lanzó un grito cuando la partera puso en sus manos al niño.

– Mi hijo querido, mi joya, mi pluma preciosa.

Mientras la madre acariciaba ensimismada al hijo que no pudo ser, escuchó a los pies de la estera una voz impaciente.

– Hay otro, señora, viene uno más.

Flor de Lluvia se incorporó; en su gesto, la incredulidad se mezclaba con el dolor y las ganas de empujar; en el de la partera, el desconcierto y el estupor. El segundo bebé también venía de nalgas.

A veces los dioses se interponen entre los hombres que están por venir y las mujeres que los han de traer. La partera repitió la operación desgarrando las entrañas de la madre. La vida de Flor de Lluvia se escapaba tras su sangre sobre la estera. Mientras le cortaba el cordón umbilical, la partera recitaba versos de bienvenida a la niña que acababa de nacer.

– Hija mía muy amada. Habéis de estar dentro de la casa como el corazón dentro del cuerpo. Habéis de ser la ceniza con que se cubre el fuego del hogar.

Cuando el cacique entró en la habitación en que había tenido lugar el alumbramiento, la partera ya había lavado a la niña y a la madre. Flor de Lluvia yacía vestida lujosamente rodeando al niño con sus brazos.

2

La noticia de que Flor de Lluvia había muerto de parto se extendió rápidamente por la ciudad. Los ancianos de la familia se acercaron a la casa del cacique, las mujeres dieron gracias solemnes a la partera por el nacimiento de la niña y los hombres saludaron a la recién nacida con largos discursos. Después, esperaron las señales del cacique para acompañarlo en su duelo.

Chimalpopoca tomó a la niña de manos de la partera y, sin mirarla, se la entregó a su esposa, retiró al bebé muerto de los brazos de su madre y ordenó a todos que salieran de la sala. Se reclinó sobre la estera y lloró sobre el rostro de la concubina. Nunca la había visto tan pálida, parecía sonreír. Aquellos ojos, que tantas veces le miraron con pasión en la oscuridad de la alcoba, no volverían a cruzarse con los suyos. Si pudiera dar marcha atrás, regresaría al momento en que provocó la hinchazón de su vientre y abandonaría la habitación.

No hay mayor culpable que aquel que se apropia de un error que no le corresponde. Ni culpa más dolorosa que la que no puede expiarse, a pesar del arrepentimiento. El cacique lloraba acariciando el cuerpo que no habría fecundado si hubiera sabido que los hijos provocarían su muerte. Recorrió con los dedos aquel vientre que había sido plano, todavía deformado como si faltaran varias lunas para completar su ciclo.

– ¡Perdóname! ¡Yo te he matado! ¡Te he matado!

Inclinó la cabeza sobre ella y gritó buscando consuelo en la fuerza de sus alaridos.

– ¡No te vayas! ¡No te vayas así!

Chimalpopoca lloró hasta que sus lágrimas se transformaron en cansancio. Se tendió en el suelo y se quedó dormido. Al atardecer, despertó del sueño que le robó las últimas horas del cuerpo caliente de su concubina. Besó sus ojos y su boca, y la cargó sobre su espalda para llevarla a enterrar. Mientras atravesaba el jardín, no dejaba de susurrarle.

– Te buscaré entre las mujeres valientes. Serás mi diosa del paraíso occidental. Buscaré tus ojos negros en la noche.

Como todas las mujeres que morían de parto, Flor de Lluvia se convirtió en una diosa. En lugar de incinerarla, como habrían hecho si la muerte hubiera sido natural, la enterrarían en el templo junto a otras mujeres divinizadas por la misma causa, las mujeres valientes, aquellas que reemplazan al mediodía a los compañeros del águila para escoltar al Sol hasta el ocaso. Las ancianas y las parteras acompañaron al cortejo con grandes voces, al igual que los mancebos que, portando escudos y espadas, intentaban arrebatarles el cadáver.

A la puesta del Sol, Flor de Lluvia reposaba bajo el patio del templo. Durante cuatro días y cuatro noches, el cacique y sus amigos velaron el cuerpo para evitar que los mancebos le cortaran el pelo y el dedo corazón de la mano izquierda. Reliquias que les ayudarían a ser más fuertes y valientes, y cegarían los ojos de sus enemigos.

Mientras Chimalpopoca velaba el cadáver de su concubina, su esposa, Miahuaxiuitl, Espiga Turquesa, organizó los ritos funerarios del bebé muerto. Ordenó que dispusieran la pira mortuoria en el jardín de la casa, indicó a las esclavas que debían amortajar al niño con las mejores ropas que habían tejido para él, en cuclillas, envuelto en varias telas sujetas por sogas. Una vez estuvo todo dispuesto, ella misma colocó hermosas plumas de guacamaya sobre el cuerpo y una máscara de mosaico sobre la cara. En ningún momento dejó que apartaran a la niña de sus brazos.

Los ancianos cuidaron de la hoguera mientras entonaban himnos funerarios para que los teules protegieran al bebé, recogieron después las cenizas y las introdujeron en una jarra en la que depositaron el símbolo de la vida, un trozo de jade. Espiga Turquesa les indicó el lugar en que debían enterrarlo, a la izquierda de su hijito muerto. Los dos niños se harían compañía en el mundo oscuro de Mictlan, hasta llegar al noveno infierno, el último círculo donde encontrarían su reposo.

3

Algunas veces los dioses devuelven a los hombres el regalo que antes les quitaron. Espiga Turquesa tembló cuando su marido le entregó al bebé superviviente. Hacía tiempo que su cuerpo no sentía el escalofrío del abrazo, el calor de un cuerpo contra el suyo, el latido de la emoción golpeando su pecho. La pequeña que dormía en sus brazos la despertaba otra vez a la vida. Volvían las caricias.

Acurrucó a la niña absorbiendo el olor que la transportó a un tiempo en que los días brillaban, cuando sus pechos se llenaban para vaciarse en una boca pequeña y agradecida, y su existencia se reducía a contemplar a una criatura que había crecido dentro de ella. Un tiempo en el que permanecía embelesada día y noche, contemplando a su hijo, perpleja, extrañada del tamaño del bebé que había abultado su cuerpo, incapaz de creer que lo hubiera llevado en sus entrañas.

Espiga Turquesa acarició los deditos de la niña y suspiró. Hacía casi dos años desde que los aires de la enfermedad atraparon a su pequeño. De nada sirvieron las curanderas y sus invocaciones a la diosa del agua.

– Escucha, ven acá, tú, mi madre, la de las enaguas preciosas. Y tú, la mujer blanca.

Como tampoco sirvieron los remedios que propusieron después, la valeriana, la zarzaparrilla, la raíz de jalapa, todo fue inútil. Ella misma enterró las cenizas de su hijo junto a seis años de caricias y de mimos. Los días se volvieron grises, iguales unos a otros, repetidos en el dolor que la arrojó a un pozo sin salida.

A partir de la muerte del niño, dejó de importarle acicalar a la concubina que elegía su marido para dormir cada noche. Se acabó la sensación de abandono que le mordía cada vez que se encontraba sola en su estera; la rabia de comparar su belleza con la de otra, su cuerpo de madre con el de las que nunca habían parido. Arreglaba a las concubinas con la misma tranquilidad con que lo hacía cuando las manchas de sangre le impedían cumplir con su esposo. Con el mismo alivio con que preparaba a una de las jóvenes cuando su cuerpo cansado no deseaba al del cacique y éste le pedía que preparase a una de las jóvenes.

Aspiró el olor del bebé y volvió a suspirar. El aire que salió de su pecho expulsaba tras él la oscuridad de los últimos dos años, y le devolvía su instinto de protección. Cuidaría a la niña como si fuera fruto de su vientre.

A pesar de su alegría, no hubo regocijos por el nacimiento de la pequeña, ni invitados, ni oradores que ensalzaran el pasado ilustre de la familia, ni regalos, ni joyas, ni plumas. Ni banquete para celebrar el bautizo.

El cacique, ocupado en el dolor por la muerte de su concubina, olvidó llamar al adivino para que consultara el signo de la recién nacida. Espiga Turquesa mandó buscar a una de sus esclavas, la hija de un sacerdote que sabía leer en los calendarios. Todavía no llegaba a los trece años, pero Atolotl, Pájaro de Agua, ya tenía fama de adivina y de curandera. Las demás esclavas y las concubinas utilizaban sus servicios desde que la compró el cacique y rara vez fallaba en sus predicciones. Espiga Turquesa la hizo pasar a su alcoba y le pidió que extendiera sus libros en la estera.

– Consulta el libro de la cuenta de los días, y dime bajo qué signo ha nacido la pequeña.

La esclava consultó el almanaque que heredó de su padre. Al cabo de unos minutos, se incorporó muy despacio y se dirigió a su ama con los ojos muy abiertos.

– 4-ehecatl, señora. El de los hechiceros y la magia negra. Maléfico. Así lo dibujan los papeles.

– Vuelve a contar. ¿No te habrás equivocado?

Pájaro de Agua estudió los libros una y otra vez, pero su respuesta no variaba. El destino de la niña aparecía marcado por los malos vientos.

– No nació en buen signo, señora, pero podemos encontrar un signo menos desastrado, uno que temple la maldad del signo principal.

Espiga Turquesa caminaba de un lado a otro de la habitación con la niña en los brazos. Sus manos temblaban, sus ojos no se desviaban de las de Pájaro de Agua.

– Mira otra vez las hojas de los libros. Busca el signo ascendente.

La joven consultó de nuevo el horóscopo, avanzó hasta encontrar el signo secundario con la esperanza de que fuera más favorable. Volvió a levantarse lentamente y se dirigió a Espiga Turquesa, que acariciaba los deditos de la niña enredándolos en los suyos.

– 1-coatl, señora. Promete éxito y riqueza, pero la llevará a tierras lejanas.

4

Hay mentiras piadosas que dañan más que las verdades, y se vuelven contra los que no se atreven a enfrentarse a la única cara de la verdad. Espiga Turquesa nunca explicó a la niña lo nefasto del signo de su nacimiento. En lugar de mostrarle las armas con que combatir la fatalidad asociada a su sino, dulcificó la verdad convirtiéndola en mentira. Ehecatl creció pensando que las artes adivinatorias que heredó con su nombre la convertirían en la mejor maga de los alrededores de Cempoal. Protegida por su madre transformada en diosa, rescataría a su hermano de la región de los muertos invocando al Dios Dual, al Señor del Cerca y del Junto.

Pájaro de Agua, su esclava inseparable desde que salió del calmecac, le enseñó las virtudes de las piedras y de las plantas medicinales. La joven se divertía buscando en los cestos donde su esclava guardaba los productos mágicos. Pájaro de Agua le explicaba con paciencia los efectos benéficos de cada objeto que cogía.

– Ésa es la piedra de sangre, sirve para evitar las hemorragias nasales. Ésa, la de oro de lluvia, para espantar los rayos de las tormentas.

Ehecatl no se cansaba de preguntar, pero Pájaro de Agua respondía siempre con la misma paciencia.

– Sirve para curar la fiebre, procura que no se derrame, es bálsamo de copal blanco.

La princesa aprendió remedios para todos los males acompañando a su esclava cada vez que la llamaban para una sanación. Pero su fama comenzó a ennegrecerse con la mala fortuna, una murmuración sobre hechizos malignos crecía a sus espaldas mientras ella intentaba curar a los enfermos. Su destino empezaba a manifestarse, con su carga de muerte y de incertidumbre. Su 4-viento impulsaba su nombre hacia el lado de los hechiceros que dañaban con sus maleficios.

Ehecatl quería volar, su sueño se representaba en un vuelo protegido por el Dios de los Vientos, por la magia blanca, capaz de aplacar la carne enferma y arrojar los hechizos a la orilla del mar. Nunca imaginó que tendría que enfrentarse a las habladurías de los que no aceptan los caprichos de la muerte. De los que no comprenden que a veces los Señores de las Tinieblas tienen más fuerza que las plantas y las piedras medicinales, y atraen a los hombres hacia su reino como si no tuvieran más razones que su propio capricho.

Siempre quiso volar, pero debió acostumbrarse a vivir entre las nubes, huyendo de las lenguas que se empeñan en manchar las bocas de los que deberían callar.

Su tiempo transcurría marcado por el sonido de los tambores y de las caracolas que tocaban los sacerdotes desde los templos. Cuando faltaban unas lunas para la fecha de su veinte cumpleaños, Espiga Turquesa comenzó a pensar en el futuro de su hija. Aunque su fama de hechicera dificultaría encontrar un joven que la aceptara por esposa, había llegado la hora de prepararla para el matrimonio.

Mientras su madre consultaba con las ancianas los mancebos disponibles en la ciudad, se extendió la noticia de la llegada de los nuevos dioses. Venían a salvar a los pueblos sometidos al emperador Moctezuma. Muchas ciudades de la provincia se habían unido a ellos, formando una coalición que lucharía contra el tirano.

Chimalpopoca y sus caciques decidieron aliarse con la Coalición y emparentar a algunas familias con los nuevos teules, tal y como habían hecho otras ciudades de Cempoal.

Unos días antes de su llegada a la ciudad, los caciques seleccionaron ocho vírgenes entre las jóvenes de las familias principales para regalarlas a los dioses. Ehecatl se encontraba entre ellas.

Capítulo II

1

El grumete que estaba de guardia de proa desde las tres de la mañana dio la vuelta al reloj de arena y cantó la hora. Amanecía. Don Lorenzo había permanecido en cubierta durante toda la noche, no soportaba el calor que se concentraba en los camarotes. Como todas las mañanas, el paje de turno entonó la canción de bienvenida a la nueva jornada.

– Bendita sea la luz y la Santa Veracruz, y el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad. Bendita sea el alma y el Señor que nos la manda, bendito sea el día y el Señor que nos lo envía.

El capitán De la Barreda esperó a que se evaporara el rocío de cubierta, le agradaba contemplar cómo los marineros agitaban las velas para asegurarse de que se encontraban en perfectas condiciones. Poco antes, marineros, pilotos, grumetes y pajes recogían las hamacas que les servían para dormir y las dejaban en las batayolas, los antepechos de cubierta donde las guardaban enrolladas. Don Lorenzo disfrutaba viendo cómo la tripulación se enfrascaba en sus tareas diarias. Trepaban a los palos, revisaban los cabos, izaban las velas, fregaban la cubierta. El mantenimiento del buque suponía un espectáculo.

El capitán don Ramiro de San Pedro no permitía que los viajeros se pasearan por cubierta cuando la tripulación estaba trabajando. Cada vez que los veía entorpecer su trabajo, su voz ronca y potente inundaba la nave.

– ¡Volved a vuestros camarotes! ¡No quiero gente de tierra en mi cubierta hasta que no quede una gota de agua!

El calafate se afanaba con la bomba de achique, desalojando el agua que había hecho el barco durante la noche. Algunos pasajeros salían a la superficie huyendo del calor y se rezagaban en cumplir las órdenes del capitán.

– ¡He dicho que despejen la cubierta! ¡Fuera de ahí!

Pero la advertencia no iba dirigida a don Lorenzo, el capitán De la Barreda tenía licencia para moverse a su antojo por el navío, conocía a don Ramiro desde que tenía uso de razón. Él fue quien le ayudó a conseguir el permiso para embarcarse, cuando su hermano le obligó a abandonar su casa tras negarse a contraer matrimonio con Diamantina. Pretendía que ocupara la casa-palacio que heredó de su padre, justo enfrente del palacete familiar, en la plazuela del Pilar Redondo. A don Lorenzo le encantaba la casa, y nunca hasta entonces había pensado en marcharse, pero la idea de vivir tan cerca de don Manuel le resultaba insoportable. Su hermano nunca mostró simpatías por él, le consideraba una amenaza desde el mismo día de su nacimiento.

A pesar de que resultaría difícil conseguir la licencia para viajar a las Indias, se dirigió a Sevilla con Juan de los Santos, y con los mil ducados de oro que su padre le entregó antes de morir. El dinero le ayudaría a solucionar el inconveniente principal para que la Casa de Contratación le permitiera embarcarse, no era cristiano viejo.

Sabía que don Ramiro de San Pedro armaba una expedición de suministros para Cuba, su padre y él mantuvieron una amistad que se remontaba a los tiempos de la Beltraneja. Ambos acompañaban al Segundo Conde de Feria cuando cerró a Enrique IV las puertas de Badajoz para que no concertara con el rey de Portugal la boda de la infanta. Los monarcas debieron celebrar su entrevista al aire libre. El Conde de Feria les negó la entrada a la ciudad.

El padre de don Lorenzo apoyó al conde en su oposición a estas bodas reales. Conoció a don Ramiro en la frontera del río Caya, cuando capitaneaba el bergantín que subía y bajaba la corriente del río para vigilar el encuentro de los Reyes. Desde entonces, cultivaron una amistad que se mantendría durante casi medio siglo, con frecuentes visitas de don Ramiro al palacete de la plazuela del Pilar Redondo.

Don Lorenzo encontró al capitán San Pedro entre el bullicio del único puerto autorizado para armar expediciones. Sevilla había crecido más de lo que podía imaginar desde la última vez que la visitó con su padre. El Guadalquivir brillaba repleto de navíos; en sus orillas, los mercaderes y los curiosos se confundían con los marineros, que se afanaban en el avituallamiento, cargando toda clase de objetos en los barcos que se preparaban para partir. El Alcázar y la Giralda rompían la línea del horizonte.

Entre el griterío del puerto, don Lorenzo escuchó una voz grave y sonora que le llamaba desde un galeón.

– ¿Dónde vas, muchacho? ¿No sabes que la gente de tierra no tiene nada que hacer por estos lares?

Los dos hombres se abrazaron y se pusieron al día de sus respectivas vidas. La noticia sobre la muerte de don Miguel de la Barreda encontró a don Ramiro prevenido. Le preocupaba la salud del Señor de El Torno desde la última vez que visitó Zafra. Sobrevivir a su querida Arabella era la única batalla a la que jamás hubiera querido enfrentarse. El capitán San Pedro lloró la muerte de su amigo y comprendió de inmediato la presencia del joven en Sevilla.

– ¿Puedo hacer algo por ti?

– Necesito vuestra ayuda. Quisiera embarcar a las Indias. En la Casa de Contratación no me darán el permiso. Es por lo de mi madre.

El viejo lobo de mar le miró de los pies a la cabeza y sonrió dándole una palmada en el hombro.

– ¿Crees que con esa planta alguien podría decir que no eres cristiano viejo? Déjalo en mis manos. El Señor de El Torno sólo trajo hidalgos al mundo.

2

La primera Señora de El Torno murió del parto de su tercer hijo, el niño con el que siempre había soñado su esposo. Don Miguel se encontraba en Los Santos de Maimona junto a don Gómes, en plenas negociaciones para conseguir la demolición del castillo de la ciudad, que suponía una amenaza para la hegemonía del Conde de Feria en la zona.

Cuando el Señor de El Torno llegó a su lecho de muerte, su esposa se incorporó casi sin fuerzas y le dirigió una sonrisa.

– Siempre llegáis tarde. Por fin os he dado un niño.

Las manos de don Miguel sujetaron la cabeza de su esposa. Retiró el paño que le refrescaba la frente y la besó.

– Gracias, es precioso. Fuerte como su padre y tierno como su madre. Ahora descansad, me han dicho que ha sido muy largo, deberíais haberme avisado antes.

La Señora de El Torno cerró los párpados, la palidez de su rostro acentuaba las ojeras que la marcaban desde que era niña. Sus manos amoratadas presagiaban el final. De su boca tan sólo salía un hilo de voz.

– No quería estropearos la victoria como la última vez. ¿Recordáis?

– Claro que me acuerdo, nuestros hijos siempre vienen con un castillo debajo del brazo. Todavía quedan muchos por conquistar, tendréis que recuperaros pronto.

Los ojos de la parturienta se abrieron para mirarlo por última vez. Cogió la mano de su marido y se la acercó a los labios.

– No podré daros más hijos. Pero desearía que los que os he dado se críen felices. Prometedme que vuestra próxima esposa será una buena madre para ellos.

Don Miguel no tuvo tiempo de pronunciar su promesa. La mano de su esposa cayó en el lecho dejando la suya en el aire.

Hasta diez años después, no encontraría a la mujer que habría cuidado de los niños como si fueran suyos, si no hubiera sido porque éstos jamás la aceptaron como la segunda Señora de El Torno.

Arabella no parecía hija de un moro, sus ojos castaños cobraban un tinte verdoso cuando les daba la luz. Desde que la conoció en Coín, no había rostro más dulce que el suyo para don Miguel. Aquella muchacha rubia, que protegía su cara detrás de un cántaro, le cautivó desde el mismo momento en que reparó en ella.

Las tropas de don Gómes Suárez de Figueroa acababan de entrar en la ciudad apoyando a los reyes Isabel y Fernando. El sitio al que la sometieron finalizaba con la incursión de los ballesteros disparando a diestro y siniestro. Don Miguel se fijó en una joven que intentaba resguardarse de las flechas detrás del cántaro que llevaba su sirvienta. Las cubrió con su escudo y las condujo hasta un arco de la muralla. No volvió a verla hasta que el Rey ordenó demoler los restos de la fortaleza, pero su cuerpo menudo aparecía en sus sueños cada vez que cerraba los ojos.

Volvieron a Zafra convertidos en marido y mujer. La noticia de que se había casado con la sobrina de un visir llegó a la ciudad antes que ellos. Desde que entraron por el Arco de la Puerta de Sevilla, don Miguel hubo de soportar el rechazo de los vecinos hacia su esposa. Los murmullos se escuchaban tras las ventanas. Las puertas se cerraban a su paso. Los comercios echaban la cancela a pesar de que era día de labor. Y las calles se quedaron completamente vacías.

Las miradas se clavaron en sus espaldas y les acompañaron hasta la puerta del palacio del Pilar Redondo. En su propia casa, el recibimiento no fue muy diferente, sus hijos se encerraron en sus habitaciones y se negaron a conocerla hasta que don Miguel les amenazó con desheredarles.

El Señor de El Torno confiaba en que la sensatez se impusiera a la cerrazón de los que temen contaminarse con las ideas de otros, de los que piensan que el aire que rodea a los diferentes puede contagiarles. No creía en la pureza de sangre, el linaje no es más que ignorancia disfrazada de orgullo, de miedo a perder los privilegios obtenidos en la cuna, aunque la mayoría ni siquiera los merezca. La estirpe debería ganarse con esfuerzo, como él ganó su título en las batallas.

Don Miguel se enamoró de su esposa sin preguntarle su origen, tampoco a él le consultaron cuando su rey necesitó de sus servicios y él le defendió con las armas. Nadie debería preguntar a otro el nombre de su padre o el de su madre para abrirle sus puertas. Amaba tanto a su pueblo como él quisiera que amaran a su mujer. Pero ni siquiera las criadas del palacio la trataron como a la nueva Señora de El Torno. Arabella intentaba calmar su ánimo justificando la actitud de los que la despreciaban.

– No se lo tengas en cuenta. Ya estoy acostumbrada. Algún día entenderán.

Sin embargo, para casi todos los que la rodearon el resto de su vida, nunca sería nada más que «la Mora».

3

El hijo de la primera Señora de El Torno disimulaba delante de su padre el rechazo que le producía su esposa, sobre todo desde que nació el pequeño Lorenzo. En cambio, cuando su padre se ausentaba, se valía de cualquier excusa para evitar el trato con Arabella. Sus hermanas, doña Clara y doña Blanca, visitaban con frecuencia sus habitaciones. Con el tiempo, se encariñaron con la mujer de su padre, la ayudaban en el cuidado de Lorenzo y comentaban sus cambios entusiasmadas.

– Cada día se parece más a su madre. Aunque también tiene cosas de nuestro padre, ¿has visto el hoyito que tiene en la barbilla?

– No lo va a creer cuando vuelva. Ayer atravesó el cuarto de Arabella sin sujetarse de su mano.

El joven Manuel, incapaz de ocultar su animadversión ante sus hermanas, se acaloraba siempre que se hablaba del pequeño.

– No comprendo qué le veis al bastardo de la Mora. ¿Acaso le preferiríais a él como futuro Señor de El Torno?

Doña Blanca calmaba sus inquietudes poniéndose continuamente de su lado. No se atrevía a contradecirle, temía sus rabietas desde que era niña y don Manuel estuvo a punto de clavarle una flecha tras una discusión.

– No seas tonto, un bastardo no podría heredar el título de nuestro padre.

Sin embargo, doña Clara se permitía recriminar la actitud recelosa de Manuel. Los cinco años que les separaban le valieron siempre para ejercer la autoridad de la madre que les faltaba.

– Lorenzo no es un bastardo, es tan hijo de nuestro padre como tú. Deberías mostrarle más respeto. Tus celos te perderán algún día si no te controlas.

El joven Manuel enrojeció mientras dirigía su dedo índice hacia su hermana.

– El hijo de una mora nunca podrá ser igual que yo.

Don Lorenzo creció protegido por su madre y por doña Clara, que acostumbraba a llevárselo a la alcazaba de El Castellar desde que contrajo matrimonio con el oficial de Contaduría del alcaide Sepúlveda. Su propio hijo sería con los años el mejor amigo de don Lorenzo.

Mientras tanto, en el palacio de la plazuela del Pilar Redondo, el futuro Señor de El Torno se preparaba para asumir el control de su hacienda. Acompañaba a su padre a visitar los olivos y las viñas, le ayudaba con el peso de la uva y de la aceituna que debían entregarle los aparceros, y le sustituía en sus tareas cuando se ausentaba.

La fortuna de don Miguel se incrementaba en la misma proporción que los prejuicios del joven hacia su hermano. Desde que el rey Fernando confirmó los antiguos privilegios de la villa, la feria del ganado consolidó a la ciudad como centro de comercio de la comarca. La creciente demanda de los productos de la vid y del olivo obligó a don Miguel a establecer rutas comerciales en toda la zona de Badajoz. Juan de los Santos, su criado de confianza, era el encargado del transporte de la uva y de las aceitunas hasta los lagares y las almazaras donde le compraban su mercancía. El joven Lorenzo le acompañaba en todos los viajes.

Don Miguel se mostraba orgulloso cada vez que su hijo pequeño volvía con las bolsas llenas. Bromeaba con él sin darse cuenta de que sus palabras marcarían su futuro.

– Aprendes deprisa, muchacho, pronto nos quitarás el puesto a tu hermano y a mí.

Los celos del primogénito no pasaban inadvertidos para Arabella, que tachaba a su esposo de imprudente cuando se quedaban a solas.

– ¿No te das cuenta de que provocas a Manuel con esos comentarios? Conseguirás enfrentar a tus hijos.

Sin embargo, el enfrentamiento entre los hermanos se produciría únicamente cuando los esposos faltaran. La desazón de la envidia acorralaba al joven Manuel, pero se cuidaba de que su padre no lo notara y pensara en desheredarle, alababa los progresos de su hermano dejándole creer en su admiración.

– Yo creo que este chico está preparado para tratar con los aparceros. Podríamos enviarlo al campo, así vigilaría que no se queden con más olivas de las que les corresponden.

Don Miguel reía a carcajadas las ocurrencias de su hijo, Lorenzo era demasiado joven para recaudar las rentas de sus campesinos.

– Dejémosle que crezca un poco, después lo convertiremos en el virrey de Badajoz y de Sevilla.

Don Miguel nunca supo que sus palabras aumentaron la rivalidad entre sus hijos. Don Lorenzo creció más de lo que nunca crecería el joven Manuel, y se convirtió en un joven al que nadie habría confundido con mestizo. Los celos de su hermano aumentaban con cada pulgada en que le superaba en estatura.

El matrimonio del joven Manuel, tras la toma del castillo de Salvatierra por las tropas del Conde de Feria, convirtió su angustia en pesadilla. Elvira, la futura Señora de El Torno, no dejaba de llorar recordando los estragos que el conde causó en su ciudad. El castillo donde había vivido desde niña convertido en ruinas, sus padres obligados a recuperar su patrimonio concertando su casamiento, sus deseos de convertirse en una monja clarisa, como su querida amiga doña Blanca, desvanecidos para siempre.

El mismo día de la boda, el rostro del joven Manuel enrojeció hasta la ira cuando su hermano presentó sus respetos a la nueva señora. La primera sonrisa de doña Elvira desde que llegó a la plazuela del Pilar Redondo había sido para el bastardo.

4

En la alcazaba de El Castellar, la amistad entre Alonso y Lorenzo de la Barreda desmentía los temores de Arabella sobre el rechazo de toda la población hacia su hijo. Sospechaba que más de uno se sentiría aliviado si decidieran abandonar la villa junto a los conversos que partían hacia el sur, huyendo de la intransigencia de algunos cristianos viejos. Sobre todo, después de la toma de Granada y de la expulsión de los judíos de los territorios de la reina Isabel.

Los dos muchachos crecieron jugando a moros y cristianos, sin importarles el papel que les correspondía en cada combate. Cabalgaban con Juan de los Santos entre los olivos y las viñas, escalaban las rocas sobre las que se cimentaba el recinto amurallado de El Castellar y se entretenían buscando el pasadizo que, según la leyenda, unía la fortaleza con el convento de la Encarnación y Mina. Años después, se aficionarían al ajedrez y pasarían tardes enteras participando en los torneos que se organizaban en la familia de los Ruy López de Segura.

En realidad, hasta la muerte de su madre, don Lorenzo prácticamente no se dio cuenta de las diferencias que le separaban de su hermano. Don Miguel se encontraba en la corte del rey Carlos, jurándole obediencia como gobernante de Castilla y Aragón, cuando Arabella contrajo la enfermedad que la llevaría a la tumba en menos de una semana. En el momento de llevarla a enterrar, el futuro Señor de El Torno se negó a que compartiera con su madre la capilla donde reposaban sus restos.

– Se trata de una mora. No consentiré que profane la sepultura de mi madre. No puede enterrarse como cristiana.

Don Lorenzo se enfrentó por primera vez a su hermano delante del cuerpo sin vida de su madre.

– Nuestro padre jamás te perdonará esta afrenta. Te lo advierto, quiero ver el nombre de mi madre en el panteón de la familia. De lo contrario, no descansaré hasta que te vea privado de tu ansiado título.

No era la primera vez que el joven Manuel se oponía a que la madre de su hermano compartiera algo con su propia madre. En aquella ocasión, don Lorenzo pensó que se trataba de una rabieta, don Manuel se negó a que Arabella utilizara en público un rosario que había pertenecido a la primera Señora, y que sus hermanas le habían regalado después de que comulgara por primera vez.

Arabella no le dio importancia al rosario, rezaba con los suyos propios. Noventa y nueve cuentas que representaban los noventa y nueve nombres de Dios. Manuel jamás se preocupó por conocerla, no sabía que abrazó la fe de los cristianos por amor a su esposo, pero conservó sus tradiciones en la sombra, como muchos conversos que escondían sus credos a los ojos de los que nunca entenderían que la ley de Dios se puede escribir de distintas maneras.

Don Lorenzo consiguió igualar en la muerte a su madre con la primera Señora de El Torno, pero la cólera de su hermano se mantendría a la espera, hasta que se enfriara el plato donde serviría su venganza.

Cuando don Miguel regresó a la plazuela del Pilar Redondo, el joven Manuel le acompañó a la cripta y lloró con él ante la sepultura de Arabella. No volvió a la capilla hasta el día en que enterró a su padre y se convirtió en el Segundo Señor de El Torno.

Desde la muerte de su madre, don Lorenzo procuraba no hablar con su hermano a menos que su padre estuviera presente, sabía que no se arriesgaría a perder su mayorazgo con un enfrentamiento, pero no deseaba causarle a don Miguel más tristezas de las que le consumían tras la pérdida de Arabella. Una vez desaparecido el padre, el heredero descubrió sus cartas con la misma naturalidad con que las había ocultado hasta entonces. A nadie le extrañó el llanto de la nueva Señora de El Torno por cada rincón del palacio, ni las idas y venidas de los aparceros quejándose de las subidas del diezmo, ni los embutidos que guardaba la cocinera en su cesto después de salir de las habitaciones de don Manuel. Don Lorenzo procuraba mantenerse lejos del palacio, cerrando los ojos a las tropelías de su hermano, hasta que Juan de los Santos le contó un rumor que circulaba por todo Zafra.

– Don Manuel anda detrás de Diamantina. La sigue allá donde va. Si se entera don Alonso, incluso al río llegará la sangre.

Don Lorenzo se paró en seco cuando escuchó a su mozo.

– No es posible, pero si es hija de su hermana.

Doña Clara había muerto de fiebres de parto como su madre; la pequeña Diamantina se crió al cuidado de su hermano y de su padre, que siempre la trataron como si los años no transcurrieran para ella. A pesar de que ya estaba en edad de casarse, para los dos hombres Diamantina tan sólo era una niña de dieciséis años. Don Lorenzo la quería como a una hermana, se dirigió a la plazuela del Pilar Redondo con la determinación de acabar con aquellos rumores.

Don Manuel le abordó nada más cruzar el umbral; antes de que pudiera pronunciar una palabra le comunicó los planes que había urdido para él.

– ¡Bienvenido al hogar, hermano mío! Te gustarán las noticias que tengo que darte. He concertado tu matrimonio con la joven Diamantina, don Alonso está encantado de emparentar de nuevo con nosotros. Viviréis en el palacio, la casa que te dejó nuestro padre no reúne condiciones para una dama.

No pudo decir una palabra, aún no había digerido lo que acababa de oír cuando le disparaba con otra sorpresa.

– Ya sé, ya sé, me dirás que sois parientes de sangre, pero no es así, doña Clara y tú tan sólo erais medio hermanos. Ni siquiera tendremos que solicitar la dispensa del Papa, la boda puede celebrarse este mismo viernes, ya está hablado con el prior de la Encarnación y Mina.

La sorpresa de don Lorenzo se transformó en indignación.

– ¡No te atrevas a utilizarme! ¡Diamantina nunca entrará en este palacio! ¡No le pondrás las manos encima!

La cara de don Manuel se encendió mientras hablaba.

– Si no entra Diamantina, tú tampoco. Ya puedes ir buscando un sitio donde vivir. ¡Aquí no eres bien recibido!

Don Lorenzo quiso alejar a la joven Diamantina de las garras de su hermano. En aquel momento, no podía imaginar que su negativa a casarse con ella la condenaría a una tragedia mayor que la que trataba de evitarle.

Se embarcó hacia las Indias Occidentales escapando de la ruindad y de la codicia. Sin embargo, la experiencia le había demostrado que escapar no garantiza encontrar la salida. En la cubierta del galeón que le devolvía a su tierra, don Lorenzo pensó que por segunda vez huía de los mismos males. Pero ahora volvía para presentar batalla, para conseguir para su familia lo que su madre no pudo lograr: el respeto de los que algún día tendrían que olvidarse del color de su piel.

Capítulo III

1

La princesa subió a cubierta y se arrepintió al instante. La única persona del barco a la que podría llegar a aborrecer la abordó como si la estuviera esperando. Le habría gustado pasar sin detenerse, pero prefirió ver la cara del hombre que se convirtió en su enemigo sin haber cruzado con ella una sola palabra. Quizás escuchándole comprendiera la razón.

Hasta que su criada no le habló de él, no había reparado en aquel comerciante de paños que no miraba a los ojos cuando hablaba, y que escondía su odio detrás de unos labios que simulaban sonreír. La mayor parte de la travesía transcurrió sin que se diera cuenta de su existencia. Por las mañanas se quedaba en el camarote hasta que los marineros terminaban la limpieza del barco. Por las tardes, disfrutaba de los atardeceres con el resto del pasaje, se entretenía bordando y charlando con su criada, y jugaba a las cartas con doña Gracia y con doña Soledad, dos hermanas que parecían sentirse a bordo como si hubieran pasado toda la vida navegando. Llegaron a Cuba huyendo de la prole que aumentaba en su casa cada nueve meses, buscando un marido que las mirase como si fueran únicas, irrepetibles, como si no existiera más mujer en el mundo que cada una de ellas.

Doña Gracia volvía a su tierra casada con un letrado, un joven escribano que se paseaba por la nave vestido con hermosas camisas. Doña Soledad perdió a su esposo, pero volvía con un niño capaz de arrancar las carcajadas de las dos hermanas siempre que se lo proponía. En el barco se enamoró del contramaestre, un viejo zorro que supo ganarse los favores de doña Soledad adelantándose a las intenciones de uno de los pilotos de la nave. Viajaban acompañadas de dos criadas, Laura y Juana, dos jovencitas de ojos azules que se debatían entre el deseo y el temor a las miradas de los marineros.

A la princesa le enternecía la inquietud de las jóvenes mientras los ojos de la tripulación seguían sus pasos por cubierta. Se veía a sí misma hacía más de cuatro años, cuando la seleccionaron como regalo a los dioses que venían del mar. Y volvió a ver su propio deseo y su propio temor, su deseo y su inquietud de ser entregada a los teules. Recordó el hervidero de comentarios de las jóvenes en edad de contraer matrimonio. Emparentar con los dioses sería un honor para cualquiera. Los guerreros preparaban la ceremonia de bienvenida, y las madres no podían ocultar su preocupación y su esperanza de que sus hijas se encontraran entre las ocho seleccionadas. En todas las casas se escucharon las instrucciones que las muchachas debían recibir antes de su boda.

– No uses afeites ni te pintes la cara de color amarillo, es cosa de mujeres carnales y desvergonzadas. Para que tu marido no te aborrezca, atavíate, lávate y lava tus ropas.

Los guerreros no sabían si creer o no lo que llegaba a sus oídos.

– Vienen del mar. Son tan altos como los techos. Todo su cuerpo está cubierto de hierro, solamente aparecen sus caras con largas barbas. Son blancos como de cal. Algunos tienen el cabello amarillo, y también el bigote y la barba.

Por toda la región circulaba el rumor de que más de treinta ciudades de la provincia componían la Coalición junto a las tropas de los teules. Algunos emisarios del emperador también lo habían abandonado. Sabían del terror de Moctezuma a los dioses que vinieron del mar, de su creencia en que con ellos se acabaría la Quinta Época, la del Sol de Movimiento, de la misma manera que desaparecieron los cuatro soles anteriores, con un cataclismo.

Después de su baño diario, Chimalpopoca, el padre de la princesa, convocó en su casa al consejo de ancianos y a los sacerdotes del templo. Les ofreció comida y bebida, como era su deber, y se dirigió a ellos con gran ceremonial.

– Señores, debemos tomar una decisión. Los nuevos teules se acercan a nuestra ciudad. Todos sabemos cómo se ha formado la Coalición, los teules nos ofrecerán ayuda contra Moctezuma, pero no conocen las negativas. Los que no aceptan su amistad se convierten en sus enemigos.

Los notables comenzaron a hablar, atropellándose los unos a los otros.

– Dicen que algunos son mitad hombre, mitad venado, y que sus perros son enormes y tienen ojos que derraman fuego.

– Y que tienen manchas de colores.

– Sus arcos y lanzas son de hierro.

– Y también sus escudos.

– Dicen que tienen un brazo largo de hierro que escupe fuego, y el sonido penetra hasta el cerebro.

– No capturan a sus enemigos, los matan y los dejan abandonados en el campo.

El más anciano de los hechiceros se levantó de su taburete.

– Los antiguos sabios nos dejaron sus palabras verdaderas. Dijeron que la Serpiente Emplumada volvería del mar para salvar a su pueblo. Quetzalcoatl ha vuelto de la tierra de color rojo, donde se marchó después de plantar a los hombres sobre la Tierra.

Cuando las posibilidades de elección se reducen a una única salida, no es tiempo de vacilaciones. El consejo de ancianos decidió que se unirían a la Coalición. Juntarían todos sus poderes contra Moctezuma, y volverían a establecerse el canto y la música en las ciudades. Los nuevos dioses traerían tiempos mejores.

Cada uno de los presentes ofreció a una de sus hijas para sellar la alianza y entregarla a los dioses. Tras unos momentos de silencio, el hechicero volvió a levantarse y miró a los presentes hablando muy despacio.

– Vuestras princesas tienen los ojos abiertos a las artes. Conocen los salmos que honran al Dios encerrado en las nubes. Todas sabrán honrar a los teules aquí en la Tierra, en la región del momento fugaz. Que el destino decida.

Introdujeron en una cesta una piedra distinta cada uno. El hechicero extrajo ocho de ellas mientras recitaba sus salmos.

2

Las calles se engalanaron para recibir a los dioses. Encalaron las casas, prepararon grandes esteras con obsequios, regaron las huertas y los jardines, y enramaron la avenida principal por donde circularía la comitiva. El olor a tierra mojada se mezclaba con el de las flores de las terrazas y con el incienso de los braseros de barro colocados en las intersecciones de las calles. En las casas donde alojarían a los recién llegados, se prepararon grandes bandejas con guajolotes, pan de maíz, pescado asado, miel perfumada con vainilla, ciruelas y cacao.

El consejo de ancianos esperaba a la comitiva al final de la gran avenida. Ehecatl, unos pasos detrás de su padre, esperaba su futuro junto a las otras siete jóvenes principales.

Sólo habían pasado tres días desde que Chimalpopoca comunicara la noticia a la princesa.

– Un viento como de obsidianas sopla y se desliza entre nosotros. El emperador nos apremia con los tributos. Sus guerreros roban a nuestras mujeres y capturan a nuestros hombres para sus sacrificios. El hacedor de los hombres ha vuelto para aliviarnos. Acompañarás a los nuevos teules, y ellos nos protegerán.

El corazón de la joven palpitó con fuerza. Su mirada, fija en el suelo. Le hubiera gustado buscar el abrazo de su madre, pero Espiga Turquesa se encontraba detrás del cacique, apretaba el respaldo de la silla como si quisiera parar el movimiento del Sol y detener los días. Ehecatl levantó la cabeza para escuchar a su padre. En el momento en que los ojos negros de su concubina se cruzaron con los suyos, Chimalpopoca deseó haberle hablado de otra manera.

– Mi muchachita, escucha bien, tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen.

Pero no lo hizo, jamás se dirigió a ella con los mimos con que se dirigía a sus otros hijos. Ehecatl estaba maldita, no podría escapar a su destino de magia negra y hechicería. Quizás, entroncándola con los dioses encontraría la paz. Chimalpopoca desvió los ojos de los de su hija y continuó con sus recomendaciones.

– No hagas quedar burlados a nuestros teules. No les eches polvo y basura, no rocíes inmundicias sobre su historia. No los afrentes, mejor sería que perecieras.

El cacique abandonó la sala para que Espiga Turquesa diera a su hija los consejos que un padre no puede pronunciar.

– Mi niñita, no entregues en vano tu cuerpo. No te atrevas con tu marido, no pases en vano por encima de él. No seas adúltera. Vive en calma y en paz sobre la Tierra, mi niña pequeñita. No muestres tu corazón, y llega a ser feliz.

Ehecatl se abrazó por fin a su madre, se miraron como si la tierra se hundiera bajo sus pies y se secaron las lágrimas la una a la otra.

3

Tres días y tres noches dan mucho tiempo para pensar, pero no son suficientes para preparar una vida nueva. Durante el día, Ehecatl se movía por la casa de un lado para otro, seleccionando las cosas que formarían su equipaje. Objetos que ocupaban un lugar, un orden, un territorio, y que ahora se desparramaban por su habitación como si no les hubiera buscado su sitio, como si nunca más fueran a esperar su regreso. Ehecatl contemplaba parte de sus faldas dobladas en los cestos, sus blusas, sus túnicas, sus sandalias. La ropa que luciría para alguien que todavía no conocía, transformada en bultos que viajarían con ella hacia lo desconocido.

Tres días tampoco son suficientes para elegir lo que formará parte del futuro. Seleccionar es también rechazar, renunciar a lo que se deja, abandonarlo. La princesa miraba sus pertenencias intentando recordar el pasado de cada una de ellas. El collar que heredó de su madre muerta, los libros que aprendió de memoria en el calmecac, las piedras que le regaló Pájaro de Agua para que empezara a practicar como maga. Los brazaletes, los pendientes, las mantas. Todas sus cosas dispuestas en el suelo, esperando la mano que impediría su olvido.

Recorría todas las habitaciones intentando llevarse la imagen intacta de cada una de ellas. Retener cada objeto en la memoria, para volver a contemplarlos cuando estuviera lejos.

En las noches, escuchaba el sonido de las caracolas que marcaban el recorrido de la Luna. No quería dormir. Repasaba uno a uno los años que vivió en la idea de que algún día las ancianas propondrían a sus padres un esposo para ella. Un joven con el que formaría una familia en el mismo lugar donde siempre había vivido. Intentaba mantenerse despierta, pero sus ojos se obstinaban en cerrarse cuando todavía no había apurado sus recuerdos.

Dos días antes de partir, Espiga Turquesa le regaló a una de sus esclavas para que la acompañara en su viaje. Aunque no cabía duda de cuál elegiría, su madre las reunió a todas en el jardín para que Ehecatl decidiera.

– Llévate a la que tengas más cerca en tu corazón.

La princesa se dirigió a Pájaro de Agua y la abrazó. La esclava respondió a su abrazo envuelta en lágrimas. Hacía un año que salió del calmecac, pero desde entonces sólo se habían separado para dormir. El hecho de que hubiera sido ella quien averiguó su horóscopo produjo entre ambas una relación de dependencia que llegaba más allá del cariño. Pájaro de Agua se secó los ojos y procuró que el llanto no le cortara la voz.

– ¡Mi niña, tu destino es el mío! Será un honor para mí acompañarte allá donde vayas.

Tres días y tres noches también dan tiempo para momentos vacíos. Ehecatl se acurrucaba en los brazos de su madre, fumaban juntas un cigarro e intentaban imaginar el rostro de los nuevos teules.

A la salida del Sol del día previsto para su llegada, todo estaba preparado. La estera donde dormiría, mantas de algodón, los cestos con las faldas y las blusas bordadas, joyas de acuerdo con su linaje, y una cesta con hierbas y piedras curativas. Entre el equipaje que llevaría Pájaro de Agua, se encontraban los libros que heredó de su padre.

Las esclavas revoloteaban alrededor de la joven, una le ataba los cordones de las sandalias, otra le adornaba los brazos y las piernas con plumas de colores, otra le arreglaba la blusa, y todas se admiraban de la hermosura de la princesa. Parecía una diosa. Mientras Pájaro de Agua terminaba de anudarle las trenzas sobre la espalda, Espiga Turquesa se acercó a ella con una caja de piedra en las manos.

– Tengo un regalo para ti.

Sacó de la caja un colgante que reproducía la imagen de una diosa esculpida en ónice con adornos de plata, lo besó varias veces y se lo colgó a su hija del cuello.

– Llévate mis besos. Cuando sientas mi ausencia, yo estaré allí.

Ehecatl se acercó el colgante a la mejilla, cerró los ojos y lanzó pequeños besos al aire. En el interior del cofre encontró el anillo de oro que llevaba su madre en las grandes ceremonias, una cabeza de águila que se ajustó perfectamente al menor de sus dedos.

4

La polvareda no dejaba ver a los dioses, que entraban en la avenida entre gritos y aspavientos de los campesinos. El cortejo de bienvenida, inmóvil al final de la calle, mantenía la vista fija en la mancha de arena que flotaba en el aire.

A veces los ojos sólo quieren ver lo que tienen delante. Mirar hacia atrás es permitir el recuerdo, y el recuerdo araña, y se instala en la boca del estómago, y duele. Ehecatl miraba la nube de polvo intentando mantener la mente en blanco. No pensar. No acariciar la cabeza de águila, que sobresalía del anillo con el pico entreabierto. No sentir el viento en la cara, como cuando su amigo Itzcoatl, Serpiente de Obsidiana, capturó al primer prisionero y pudo cortarse el mechón de su nuca, delante de todo el pueblo, en el acantilado. No sentir la sequedad de su boca, como cuando acompañó a Pájaro de Agua a curar a una niña, y murió en el mismo instante en que ella la tocó. Desde entonces comenzaron los rumores sobre su magia negra, porque en lugar de curarla la había cargado con el aire de la enfermedad. No pensar. No mirarse las sandalias que había bordado su madre con adornos de oro mientras ella le contaba historias del calmecac. No buscar entre el grupo de guerreros la cabeza de Serpiente de Obsidiana, que ya se adornaba con plumas porque por fin había capturado a su cuarto prisionero, el que subió las escalinatas del templo casi dormido porque le habían dado a beber demasiado peyote. Al sacerdote le costó trabajo arrancarle el corazón, tenía los huesos del pecho endurecidos. No pensar. No pensar. Mirar hacia delante y descubrir a los nuevos dioses entre el polvo de la calle.

El cacique ordenó a los esclavos que volvieran a regar la avenida. Un brillo metálico se divisó a lo lejos, al tiempo que la muchedumbre lanzaba un grito de exclamación seguido de murmullos y comentarios.

– Mira sus cabezas, se parecen a los cascos de los soldados del Sol.

– Quetzalcoatl ha vuelto con sus compañeros del águila.

– Los venados también tienen cabeza, parecen enfadados. ¡Oh dador de la vida, protégenos!

Cuando la comitiva se acercó a los ancianos, un olor penetrante sustituyó al aroma del incienso y de las flores. Una mezcla de acidez y de acritud que nunca habían olido acompañaba cada movimiento de los recién llegados. La imagen de los Señores de las Tinieblas se coló en la mente de Ehecatl, junto con la de su hermano muerto.

Los venados horadaban el suelo con su paso. Llevaban colgados en sus lomos pequeñas campanillas y cascabeles que tintineaban con gran estruendo. Todo el cuerpo cubierto de sudor. Del morro les goteaba una espuma blancuzca y pegajosa que caía hasta el suelo. Resoplaban con fuerza y levantaban la cabeza como si quisieran liberarse de las cuerdas que salían de su boca. Cuando se detuvieron delante de los notables, la multitud guardó un profundo silencio. Los venados bramaban, era el único sonido que se escuchaba en la avenida.

Uno de los teules se dividió en dos partes ante el estupor de todos los presentes: por un lado quedó el venado; por otro, la forma de un hombre cubierto de hierro de la cabeza a los pies. Una mujer joven que venía con ellos sujetó las cuerdas del venado mientras el hombre se acercaba a Chimalpopoca y le daba un abrazo. El cacique se inclinó en una gran reverencia y, con un gesto, ordenó que se adelantaran las ocho jóvenes y que acercaran la estera de los regalos, preciados objetos que consiguieron burlar a los recaudadores de Moctezuma, mantas de algodón, ruedas de Sol de oro, ruedas de plata de la Luna, arcos y flechas de oro, y largas plumas de colores.

– Señor, gran Señor, recibe esto de buena voluntad. Y si más tuviera, más te diera.

La mujer que les acompañaba se dirigió al recién llegado y le habló de forma extraña. Los ancianos se miraron unos a otros mostrando su sorpresa, los dioses no entendían su lengua. La joven se dirigió hacia ellos traduciendo al nahuatl las palabras de su señor.

– Mi señor dice que te lo pagará en buenas obras y en lo que tú necesites.

Chimalpopoca hizo una nueva reverencia y habló mirando unas veces a la mujer y otras al teul.

– Dile que somos amigos, que queremos tenerlos por hermanos.

La joven respondió sin esperar a que hablara el recién llegado.

– Sólo tienes que pedirle qué quieres que haga por vosotros, y él lo hará.

– Dile a tu señor que el gran Moctezuma nos tiene atemorizados, que se ha llevado todas nuestras joyas, y que las que hemos escondido son las que le ofrecemos ahora como regalo.

Tras intercambiar algunas palabras con su señor, la joven volvió a dirigirse a Chimalpopoca en nahuatl.

– Mi señor dice que es vasallo de un gran señor, que es dueño de muchas tierras y señoríos, y que les envía para deshacer agravios y castigar los malos comportamientos.

– Dile a tu señor que Moctezuma es el dueño de grandes ciudades, tierras y vasallos. Y que tiene grandes ejércitos de guerra. Que estaremos felices de unirnos a la Coalición, como las otras ciudades de Cempoal.

La princesa Ehecatl no salía de su asombro. Era difícil comprender que sus dioses no pudieran entenderles. ¿Habrían oído sus oraciones? ¿Habrían entendido los salmos que ella les rezó en el calmecac? ¿Comprenderían los libros sagrados, los libros de tinta negra y roja donde se guarda el secreto de los sabios? ¿Por qué habían elegido a una mujer para hablar por su boca? ¿Acaso las mujeres tienen voz en su mundo?

Ehecatl escuchó de nuevo a la joven, que se dirigía al cacique con los modales de las hijas de la nobleza.

– Dice mi señor que el emperador de más allá de los mares ordena que no hagáis más sacrificios. Que os ayudará contra Moctezuma si quitáis los adoratorios como ya han hecho los otros pueblos de Cempoal.

Chimalpopoca habló con los ojos abiertos de espanto.

– No está bien dejar nuestros ídolos. Nuestros teules nos dan salud y buena sementera. Si los deshonramos, moriremos, y también vosotros con nosotros moriréis. El Sol dejará de moverse si no les damos la sangre de los sacrificios.

La joven habló nuevamente después de escuchar al hombre de hierro.

– Mi señor dice que estáis engañados, que vuestros ídolos proceden del infierno y que el dios que ellos traen es el verdadero. Si no quitáis los ídolos, lo harán ellos y no os tendrán por amigos sino por enemigos mortales.

El cacique dio un paso hacia delante y se dirigió directamente a los recién llegados, levantando la voz a medida que avanzaba en sus palabras.

– ¿Por qué queréis destruirnos? ¡No podéis derrocar a nuestros dioses! ¡La maldición caerá sobre vosotros! ¡No consentiremos que les hagáis daño!

No hizo falta que la joven les dijera lo que el hombre de metal gritó después de oír la traducción de la respuesta. Todos vieron cómo volvía a fundirse en uno con su venado, los demás teules le rodearon con sus largos brazos de hierro echando fuego, sus guerreros subieron las gradas del templo e hicieron rodar las imágenes escaleras abajo.

Capítulo IV

1

Algunas tardes, la princesa y su esclava bajaban al camarote y relataban a los niños historias de su pueblo hasta que el Sol comenzaba a ocultarse y las órdenes del contramaestre retumbaban en el galeón, como si fueran a cumplirse por sí mismas.

– ¡Desencapillad la mesana! ¡Izad el trinquete! ¡Primera guardia preparada en el castillo de popa!

Otras veces charlaban con doña Gracia y doña Soledad, mientras jugaban a los naipes y gastaban bromas a sus criadas sobre el marinero que elegiría cada una para desembarcar de su brazo. A Laura y a Juana se les subía el color y salían corriendo entre risas.

Los días transcurrieron apacibles, luminosos e idénticos, hasta que la princesa y su criada chocaron con la primera sombra que encontrarían en el nuevo mundo.

Se encontraban fumando en el antepecho donde se guardaban las hamacas, cuando un calafate se dirigió a los marineros tras empujarlas.

– ¡Estas indias deben de ser sordas! O a lo mejor no entienden que las batayolas son para guardar los cois, no para esconderse y hacer porquerías.

El carpintero no se dio cuenta de que don Lorenzo se acercaba, y continuó hablando mientras buscaba su hamaca.

– ¡Fuera de aquí, indias del demonio! ¿No veis que estorbáis?

Los puños del capitán se estamparon contra la nariz y el estómago del calafate sin concederle una tregua. La tripulación jaleaba a uno y a otro mientras la princesa sentía los ojos del comerciante de paños clavados en ella, al mismo tiempo que hablaba al oído de un marinero. Don Ramiro acudió alertado por el contramaestre, obligó al tripulante a pedir perdón a las damas y le envió al palo mayor. La refriega sólo duró unos momentos, pero sería el inicio de la pesadilla en la que se convertirían los sueños de la princesa.

Desde que salieron de Cuba no había vuelto a escuchar esa palabra de la forma en que la pronunció el marinero: «¡i n d i a s!». Como si las letras ardieran en su boca; como si la rabia le obligara a expulsarlas una a una; como si no fueran letras, sino ácido que escuece en el estómago; como dardos.

La princesa volvió al camarote convencida de que ésta no sería la única vez que la llamarían así, pero se prometió a sí misma evitarle a don Lorenzo la obligación de volver a defenderla. A partir de ese momento, cuando alguien la llamara india, le contestaría en nahuatl con versos que confundirían al que ofende con el ofendido. Le diría la frase que solían pronunciar las niñas del calmecac cuando otras las insultaban, palabras capaces de demostrar que los desprecios no ofenden cuando se ignoran.

– Como esmeraldas y plumas finas, llueven tus palabras sobre mi rostro.

Muchas veces quiso decirlo en Cuba cuando escuchaba gritar a los vendedores de esclavos mientras los conducían en cordadas.

– ¡Vamos, vamos! ¡Indios holgazanes! ¡Un poquito más de salero en esa fila!

Muchas veces quiso gritar que no eran indios, sino aztecas, totonacas o mayas, y que los esclavos no merecen ese trato. Pero el miedo la enmudecía, se ocultaba tras la espalda del capitán y suplicaba a su diosa de los besos para que cerrara sus oídos a las palabras que hieren.

Muchas veces quiso gritar que los indios tenían un nombre, un nombre que les dieron al nacer y formaba parte de su destino. Un nombre que les robaron sin saber la razón, arrastrado por el agua que derramaron sobre sus cabezas, inclinados, entregados a los dioses que vinieron del mar para salvarles de un tirano. Su nombre. Cada uno tenía su propio nombre. Como lo tuvo ella. Ehecatl. Como el que intentó conservar cuando se lo arrebataron, inclinada también, como el resto de las princesas y sus esclavas. El nombre que conservó para sí mientras el agua bautismal caía sobre ella, mientras abría los labios para permitir que unas gotas entraran en su interior, y se tocaba el pecho con la mano húmeda, tal y como la tocaría la partera si la estuviera bautizando.

No escuchó al sacerdote de los nuevos dioses, que levantaba las manos arriba y abajo, y a derecha e izquierda, pronunciando extrañas palabras que ni siquiera la mujer traductora podía entender. Tan sólo escuchó sus propios pensamientos.

– Recibe el agua azul del Señor del mundo, el agua celestial que lava y limpia tu corazón. Únete a la diosa del agua, la gran Señora que está sobre los nueve cielos.

Pájaro de Agua lloraba a su lado.

– Nos han cambiado el nombre, mi niña.

Desde que los ídolos cayeron por las escaleras del templo, Pájaro de Agua no se separó de ella. Ambas corrieron a refugiarse con las mujeres de los caciques. La princesa abrazaba a su diosa de ónice con la mano. Su madre la protegió con su cuerpo, señaló el besador y se lo escondió bajo la blusa.

– Deprisa, que no te lo vean.

Los ancianos lloraban tapándose los ojos. Los guerreros levantaron sus arcos y flechas y se dirigieron hacia las gradas, por donde se desplomaban sus ídolos hechos añicos. Ehecatl distinguió a Serpiente de Obsidiana dispuesto para el disparo. Las piedras que lanzaban los jóvenes rebotaban en los cuerpos plateados de los nuevos teules.

Cuerpos caídos con agujeros de fuego en la espalda. Flechas de hierro atravesando las corazas de maguey y los trajes de piel de jaguar. Penachos de plumas de colores empapados en sangre. Campesinos corriendo de un lado para otro.

Los hombres de hierro apoyaron cuchillos tan largos como sus brazos en el cuello de los ancianos. Los gritos de la intérprete se elevaron sobre los de su señor.

– ¡Dejad las armas, o morirán!

La joven se dirigió a Chimalpopoca.

– Los teules dicen que no quieren haceros daño. Que han venido para favoreceros contra Moctezuma. Diles a tus hombres que bajen sus arcos o matarán a todos los principales.

Hay momentos en los que la razón se tiene que imponer sobre el deseo. Chimalpopoca deseaba continuar la lucha y expulsar de la ciudad a los recién llegados, pero ordenó a los guerreros que dejaran las armas. También hay momentos en que las lágrimas no son suficientes para mostrar el llanto. Las mujeres se abrazaban unas a otras, mientras sus ídolos ardían apilados en el centro de la calle. Y el desconcierto se adueña de los que sufren y no comprenden la razón de la herida. Los sacerdotes obligados a cortarse sus cabelleras, dignificadas por la sangre acumulada de los sacrificios sagrados. Sustituidas sus vestiduras por mantas anudadas a la espalda, como cualquier campesino.

Ehecatl se tapó la cara con las manos después de ver cómo la furia de los teules destruía su pueblo. Protegida por el cuerpo de su madre, la princesa acarició el besador que escondía bajo su blusa y rezó una oración. Deseó con todas sus fuerzas que la diosa de ónice entendiera sus palabras. Suplicó para que terminara aquel sueño convertido en pesadilla. El rostro de los muertos, que poco antes se sorprendían jubilosos con el aspecto de los hombres plateados, se grabó en su mente. A veces las sorpresas llegan cargadas de tristeza y desengaño. Bocas abiertas que dieron la bienvenida a los que cerrarían sus ojos para siempre. Bocas que gritaron por la esperanza de la libertad, calladas por los que prometieron defenderles del tirano. Rostros que cambiaron su expresión de alegría por la de la incomprensión, y por el horror paralizado en sus ojos.

2

Algunos jóvenes no se sometieron a las órdenes de los nuevos teules, se rebelaron y se refugiaron en los pueblos cercanos. Y aprovechaban las sombras de la noche para atacar al invasor. Las ofensivas se sucedieron sin que la Coalición perdiera a ningún guerrero. Los resistentes, sin embargo, aparecían al amanecer, cubriendo el suelo de cuerpos sin vida.

Las mañanas se oscurecían con el humo de las casas en llamas y de las piras funerarias con que los ancianos despedían a sus difuntos. Las cenizas caían del cielo, donde se adivinaba el Sol transformado en una mancha anaranjada. En las noches, las mujeres esperaban la vuelta de los rebeldes, confiando en que no murieran en las emboscadas. Los ancianos rezaban para que los caciques de los pueblos cercanos se unieran a la resistencia contra las fuerzas ocupantes. El trueno de los disparadores de bolas de metal sustituyó al de las caracolas y los tambores. Todos esperaban que terminara la noche, iluminada por una lluvia de chispas y fuego.

Cuando el mundo se desmorona, no sirven las justificaciones. El miedo sólo paraliza a los que no lo saben vencer. Los dioses no perdonan. Ardieron ante los ojos húmedos de los que no supieron defenderlos, y el fuego se alimentó de otros fuegos. Los libros sagrados escritos en tinta negra y roja, los cantares, los poemas, las oraciones, las banderas, los libros de tributos. Las llamas no distinguen. Y las lágrimas no apagan las hogueras.

Los nuevos dioses destruyeron el adoratorio. En el mismo lugar, comenzaron a construir uno más pequeño, donde obligaron a todo el pueblo a participar en sus ceremonias sagradas. En su interior pusieron la imagen de una mujer con un niño en brazos, y la figura de un hombre casi desnudo, clavado en unas maderas con los brazos extendidos, y las manos y los pies atravesados por pequeñas estacas de hierro. El dolor se reflejaba en su rostro; su cuerpo, cubierto de sangre, mostraba una gran herida en el costado. A ambos lados de las imágenes, cuatro barras de cera ardían por un extremo.

Los dioses se arrodillaron e inclinaron la cabeza ante sus ídolos mientras los ancianos se miraban extrañados unos a otros.

– ¿Por qué se humillan así? ¿Acaso no son teules?

El sacerdote que traían consigo extendió en la tarima una tela blanca sobre la que dejó una gran copa de oro con incrustaciones de piedras preciosas, se dirigió a los presentes y les habló a través de la joven.

– Postraos ante la señal de la Cruz, donde padeció muerte y pasión el Señor del Cielo y de la Tierra, nuestro Señor Jesucristo, para salvarnos a todos.

Los ancianos obedecieron imitando los movimientos de los nuevos dioses. Se arrodillaron ante las imágenes que adoraban los extranjeros, en el mismo lugar donde antes veneraron a los ídolos que fueron pasto de las llamas, los de sus ancestros, a los que nunca más podrían honrar.

Su mundo se hundía bajo el calzado de hierro de los recién llegados. Sus sacerdotes, despojados de las vestiduras que divinizaban su identidad y de las cabelleras que millares de sacrificios sagrados habían ennoblecido, se postraban en el nuevo templo, igualados a las clases más bajas con sus mantas de algodón. Los ancianos agachaban la cabeza evitando mirarles. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

3

Las princesas sabían que una vez regaladas no era posible la vuelta atrás, la deshonra caería sobre la familia del que no la entregara a su dueño. Durante los días de la revuelta, vivieron en sus casas esperando la orden de prepararse para la partida. Una vez establecida la tranquilidad, los notables se dirigieron a la casa donde se alojaban los teules para cumplir su palabra. Los nuevos dioses les esperaban en la puerta con la mujer que hablaba su lengua.

Ehecatl apretaba su colgante de ónice bajo la blusa. Hasta ese momento, no los había visto tan cerca. Tras una larga reverencia, su padre recibió el abrazo de uno de los teules, que ya no cubría su cuerpo con placas metálicas, sino con una malla plateada. Chimalpopoca habló dirigiéndose a la joven intérprete.

– Dile a tu señor que aquí le traemos a nuestras hijas, que las tomen para hacer generación.

El teul sonrió y extendió los brazos hacia arriba.

– Alabado sea nuestro Señor Jesucristo, que os abre los ojos a la nueva vida y os perdona vuestros pecados. Bautizaremos a las princesas para que puedan emparentarse con nosotros.

La mujer obedeció un gesto de su dueño y se acercó a las jóvenes.

– Venid conmigo.

Antes de seguirla, las princesas se volvieron hacia sus padres para pedir su bendición. Inclinaron la cabeza y los ancianos las cubrieron con sus manos abiertas. Chimalpopoca rozó los cabellos de su hija evitando cruzarse con los ojos que quizá le miraban por última vez.

Las jóvenes se encaminaron hacia el jardín, acompañadas de sus esclavas. Lo atravesaron ante la mirada de un grupo de soldados de los teules que, entre murmullos y sonrisas, seguían sus movimientos mientras ellas se dirigían a las alcobas destinadas a las concubinas. Ehecatl caminaba erguida, con la mirada baja. Unos pasos antes de llegar a la alcoba, una piedra cayó delante de sus pies. La princesa siguió su camino sin inmutarse hasta que Pájaro de Agua le tiró de la manga y le susurró al oído.

– ¡Mira, mi niña! ¡Mira quién está allí!

Ehecatl miró hacia el lugar que le señalaba su esclava: Serpiente de Obsidiana la saludaba desde el otro lado del patio. Formaba parte del grupo de guerreros que lucharía junto a los nuevos dioses contra Moctezuma.

Cuando entraron en la habitación de las concubinas, las princesas comprobaron que no eran las únicas que compartían destino. Más de veinte jóvenes, ataviadas con faldas y blusas bordadas de colores, esperaban sentadas en las esteras.

Antes de salir del cuarto, la intérprete se dirigió a las princesas.

– No tengáis miedo. Los dioses os tratarán bien. A mediodía será el bautizo y después os repartirán entre ellos. Podréis conservar a vuestras esclavas.

Pájaro de Agua se retiró del grupo y avanzó hacia la joven.

– ¿Hasta cuándo estaremos aquí?

– Mañana, cuando salga el Sol, marcharemos hacia Tlaxcala.

La esclava se horrorizó ante el nombre de la ciudad enemiga de Moctezuma, cuyos guerreros tenían fama de valientes y feroces. Bajó la voz mirando de reojo a la princesa y continuó interrogando a la intérprete.

– ¿Nos dirigimos a Tlaxcala?

– Se encuentra en el camino hacia Tenochtitlan, es allí adonde nos dirigimos, también pasaremos por Cholula.

La joven se giró para marcharse, dando la conversación por terminada, pero Pájaro de Agua la siguió con una última pregunta.

– ¿No habrá bodas?

– No.

4

Antes de marcharse, los teules nombraron un capitán para que gobernara a la población y vigilara que los sacerdotes barrieran y enramaran el templo, y no celebraran sacrificios. Cambiaron el nombre de la ciudad y comenzaron a reconstruir las casas derruidas en la batalla. A la entrada del pueblo, colocaron una columna de piedra donde atarían a los guerreros que no cumplieran sus órdenes. Y en el centro de la plaza, unos palos de los que colgarían a sus enemigos atándoles una soga al cuello.

La Coalición abandonó la ciudad entre el silencio de los que antes la habían aclamado. Los hombres-venado encabezaban la marcha seguidos de los soldados a pie. Tras ellos, los cincuenta guerreros que entregaron los ancianos a petición de los teules. Las princesas y sus esclavas cerraban la comitiva delante de los porteadores, que llevaban sobre sus espaldas la comida, las mantas y las joyas, vigilados por soldados armados.

Serpiente de Obsidiana se situó en la última fila de guerreros, a unos pasos de Ehecatl. La princesa caminaba tras él recordando las palabras de su madre: «No muestres tu corazón.» «No entregues en vano tu cuerpo.»

Las mujeres no pueden descubrir sus sentimientos, acatan, obedecen, sirven a su señor, se someten sin preguntas. Preguntar es dudar, es buscar alternativas, pero la búsqueda se carga de emociones cuando existen preferencias de unas respuestas sobre otras. Ehecatl aprendió desde pequeña que las mujeres no preguntan. Nunca se cuestionó el rechazo de su padre. Hay respuestas que aumentan el dolor de la duda. Ni por qué fue ella quien sobrevivió a su hermano gemelo. El Dueño del Cerca y del Junto marcó su destino impar, los libros sagrados no pueden volver a escribirse, pero ella añoraba a su pareja y no se preguntaba la razón por la que su dios se lo permitía. Le dolía contemplar el nacimiento de dos cachorros a la vez, buscaba en el espejo de obsidiana una imagen que no era la suya, sentía un vacío que rodeaba su cuerpo, una ausencia que la envolvía sin rozarla y al mismo tiempo la ahogaba. Sin embargo, preguntar el porqué sería insistir en el dolor de las preguntas sin respuesta. Tampoco se preguntaba ahora si el dios que la había tomado como suya venía de la región de las sombras.

Ehecatl no se preguntaba por qué abandonaba la tierra de donde nunca había salido, y que ahora no reconocía. Nuevos gobernantes, nuevos templos, nuevas calles y plazas. Una ciudad diferente, cuyo nombre era incapaz de pronunciar. También ella había cambiado, las magulladuras de una noche de humillaciones la obligaban a sujetarse al brazo de Pájaro de Agua para seguir el ritmo de sus compañeras de viaje. Le ardía el pubis, pequeñas gotas de sangre recorrían sus muslos doloridos. El bálsamo de corteza de pasiflora que le untó Pájaro de Agua no evitaba que los pezones le escocieran con el roce de la blusa. No, Ehecatl no era la misma. El agua con que la bautizaron los nuevos dioses arrastró consigo mucho más que el nombre que le dieron al nacer.

Capítulo V

1

La princesa se cruzó con el calafate en tres ocasiones, en cada una de ellas le dedicó su letanía en nahuatl mirándole a los ojos. Las esmeraldas y las plumas finas llovieron sobre su cabeza, produciendo en el carpintero la confusión que ella buscaba.

Unas horas después de que le repitiera sus versos por tercera vez, el marinero se presentó en la zona de cubierta donde ella jugaba a las cartas con su esclava, con doña Gracia y con doña Soledad. Llevaba el cuerpo repleto de manchas y la cara desfigurada. Se dirigió a la princesa y gritó mientras se sujetaba el estómago con las manos.

– ¡Maldita bruja! ¿Qué me has hecho?

Mientras las mujeres se levantaban, el calafate caía al suelo vomitando sangre. Los marineros acudieron al oír sus gritos y rodearon al grupo. El operario se retorcía en el piso apretándose la mano izquierda con un pañuelo. Apenas podía respirar. Todos callaban procurando mantenerse apartados del carpintero, que mantuvo los ojos fijos en la princesa hasta el último estertor. La esclava se acercó al cuerpo y retiró la pañoleta de su mano. Cinco picaduras en forma de círculo destacaban entre la hinchazón que deformaba sus dedos.

– Mordedura de araña. El veneno le ha llegado a la garganta. No hay planta que lo remedie.

Todas las miradas se centraron en la princesa, que no dejaba de observar la boca retorcida del calafate. Los marineros comenzaron a murmurar mientras don Lorenzo y los oficiales del barco se abrían paso entre ellos. La esclava permaneció arrodillada ante el cadáver hasta que Juan de los Santos la levantó. Su señora contemplaba los rostros asustados de la tripulación. Se les podía escuchar el pensamiento, la palabra bruja retenida en sus labios. La criada les miraba insistiendo en el motivo de la muerte.

– Ha sido una araña.

Pero los marineros continuaron escudriñando a la princesa, no podían ocultar el terror de sus caras. La criada gritó de nuevo la frase sin conseguir que la tripulación cambiara su gesto.

– ¡Ha sido una araña!

Juan de los Santos intentó calmarla, pero comenzó a llorar sin control. Sus gritos se elevaron hasta que parecieron contradecir lo que trataba de hacer creer a los demás.

– ¡Ha sido una araña! ¡Ella no tuvo nada que ver! ¡Sólo le dijo palabras hermosas!

Su destino se cruzaba con la muerte una vez más. La muerte que les acompañaba desde que los extranjeros llegaron a su tierra para salvarles. La muerte que les separó de sus raíces y les esperaba en cada ciudad que la Coalición sometía en su camino a Tenochtitlan. La muerte y el dolor, en Cempoal, en Tlaxcala, en Cholula. La muerte y la desolación mientras avanzaban hacia la capital de los mexicas y aumentaba el número de guerreros que se unían al invasor tras su derrota.

Cuando llegaron a la capital de la región de Tlaxcala, el ejército de los nuevos dioses ya contaba con más de mil quinientos guerreros. Les acompañaban numerosos notables, un nutrido grupo de jóvenes principales y cientos de porteadores.

Desde que salieron de Cempoal, habían pasado casi dos lunas y se montaron decenas de campamentos. Cada uno de ellos suponía la anexión de un nuevo poblado y el crecimiento de las fuerzas de la Coalición.

Serpiente de Obsidiana procuraba mantenerse cerca de Ehecatl cada vez que se detenían. Sin embargo, rara vez conseguía hablar con la princesa. Su nuevo dueño, don Gonzalo de Maimona, la obligaba a permanecer en su alojamiento mientras duraban las acampadas. El guerrero buscaba a Pájaro de Agua para obtener noticias de la joven.

– ¿Cómo está Ehecatl? ¿Se ha curado ya de sus heridas?

– No sigas viniendo por el real. Si te ve mi señor volverá a enfadarse con ella y a ti volverán a azotarte en la picota.

Serpiente de Obsidiana se tocó las cicatrices y miró a la esclava.

– No me da miedo tu señor, si vuelve a tocarla, lo mato.

Pájaro de Agua miró hacia los lados para comprobar que nadie pudiera oír su conversación.

– Ya sabes de lo que son capaces los teules, no quisiera que a ti también te cortaran las manos.

– Dile a Ehecatl que mañana volveré, que vaya a bañarse al arroyo cuando salga el Sol.

La esclava le tomó por los hombros y lo giró al mismo tiempo que le empujaba para que se marchara.

– No voy a decirle nada. ¿Acaso quieres que las cosas empeoren para ella? Y no vuelvas a llamarla así, entérate de una vez, su nombre es doña Aurora.

Serpiente de Obsidiana intentó repetir el nombre que la esclava no había sabido pronunciar.

– Doña Aurora, ese nombre es imposible, como todos los de los teules.

Y gesticulando exageradamente con los labios, se volvió hacia Pájaro de Agua librándose de sus manos.

– Adiós, Valvanera. Mañana volveré, díselo a Ehecatl.

Cuando Serpiente de Obsidiana regresó al lado de los guerreros, se enteró de que su capitán lo buscaba para enviarle como embajador. Don Gonzalo de Maimona lo había seleccionado personalmente. El último guerrero que utilizaron los teules como emisario fue sacrificado en la capital de Tlaxcala.

Después de cada combate, Serpiente de Obsidiana se acercaba hasta el campamento para comprobar si doña Aurora había sufrido algún daño. Despertaba a Valvanera, que dormía en una choza junto a otras criadas, y se precipitaban los dos hacia la casa donde se alojaba la princesa. Cuando encontraban la puerta cerrada, se escondían a la espera de que saliera don Gonzalo. La esclava sólo entraba después de que la princesa hubiera abierto la puerta.

– ¿Estás bien, mi niña? ¿Te traigo agua para lavarte?

La joven se abrazaba a Valvanera y le pedía que corriera a tranquilizar a Serpiente de Obsidiana.

– Vete tranquilo, la princesa está bien, márchate antes de que te vea mi señor.

Don Gonzalo de Maimona no acostumbraba visitar la tienda durante la noche, se alojaba junto a los otros teules a las afueras del poblado, esperando las hostilidades en primera línea. De vez en cuando, don Gonzalo se presentaba unas horas después de la salida del Sol o una vez terminada la comida. Ordenaba a doña Aurora con un gesto que se quitara la ropa muy despacio y, después de desfogarse, se quedaba dormido hasta que sonaban las caracolas que advertían de la lucha. A veces, ni siquiera la tocaba, la dejaba desnuda delante de la estera y se aliviaba él solo. En varias ocasiones, don Gonzalo observó la presencia de Serpiente de Obsidiana delante de la casa.

2

Durante los asentamientos, Valvanera solía recorrer el real para buscar noticias que contarle a la princesa. Paseaba con las criadas y con sus dueñas, curaba a los guerreros heridos y les averiguaba su suerte. Cuando don Gonzalo permitía salir a doña Aurora de la casa, se sentaban delante de la puerta sobre las esteras extendidas en el suelo, fumaban un cigarro, consultaban los libros adivinatorios y se entretenían en predecir el resultado de la guerra. La princesa estaba preocupada por Serpiente de Obsidiana, habían pasado cinco días y cinco noches desde que el guerrero dejó el asentamiento. Su esclava la tranquilizaba intentando desviar su atención.

– No temas, es listo y valiente, sabrá defenderse. Mira, por allí se acercan doña Mencía y doña Beatriz con sus dueños. Ya tienen el vientre muy abultado. ¿Les acompañamos en el paseo?

Doña Beatriz y doña Mencía ya estaban embarazadas cuando llegaron con los teules a Cempoal. Valvanera lo advirtió aunque todavía no se les notaba; desde entonces, les aliviaba las molestias del embarazo con sus hierbas. A las dos les faltaba el mismo tiempo para cumplir su ciclo, cuatro lunas llenas, pero ya tenían los pies muy hinchados, y las cuerdas de las sandalias se marcaban en sus tobillos. Valvanera les aconsejó que caminaran para evitarlo. La esclava las acompañaba con frecuencia en sus paseos.

Cuando doña Mencía y doña Beatriz se acercaron a la choza de doña Aurora, Valvanera insistió en que la princesa caminara con ellas hasta el río.

– ¡Vamos, mi niña! Te vendrá bien.

Pero doña Aurora temía las iras de don Gonzalo, prefería no alejarse de la vivienda. Valvanera recordó la imagen de Serpiente de Obsidiana amarrado a la picota y rectificó.

– Tienes razón, será mejor que nos quedemos, no vaya a pensar que hemos vuelto a bañarnos sin su permiso.

La joven aprendió a adivinar los deseos de su señor desde el primer día. No hacía falta que entendiera sus palabras. El tono de su voz bastaba para que se acurrucara temblando en el fondo de la habitación o continuara tejiendo hasta que le ordenara desnudarse. Pero don Gonzalo era imprevisible y la tensión de la espera casi superaba a la del encuentro. Cualquier ruido la asustaba, se abrazaba a Valvanera buscando un refugio que no podía darle y, después de unos momentos, abría su caja de piedra para acercarse a la mejilla el colgante de su diosa. La esclava volvía entonces a abrazarla retirando el amuleto de sus manos.

– Guarda eso, mi niña. Que no te lo vean nunca.

Nunca. A doña Aurora no le gustaba esa palabra, asociaba el nunca y el siempre a su destino maldito, prefería utilizar el posible y el todavía. Todavía era posible adorar a la diosa de los besos. Todavía podía llamar Pájaro de Agua a su esclava cuando estaban a solas. Todavía el viento que significaba su nombre podría impulsarla a volar. Todavía quedaba la posibilidad de que regresara Serpiente de Obsidiana y que don Gonzalo no volviera a encontrarlos juntos en el río.

Los días se sucedían en la desesperación del tiempo estancado, mientras los combates continuaban cargando la noche de relámpagos y de truenos. Los caciques de Tlaxcala enviaron espías que fueron descubiertos y devueltos mutilados a sus jefes. Algunos perdieron sus manos, otros tan sólo el dedo pulgar. Muchos guerreros aprovechaban la oscuridad de la noche para huir.

La visión de sus espías con las manos cortadas y el hecho de que sus propios soldados huyeran espantados de las armas de fuego debieron convencerles de que los extranjeros eran invencibles tanto de día como de noche, y se unieron a la Coalición.

En la capital de Tlaxcala doña Aurora se alojó con don Gonzalo en el palacio de Ocotlana, Piedra que Gira, uno de los notables de la ciudad. Piedra que Gira tenía esposa y cinco concubinas. Entre todas sus mujeres le habían dado veintisiete hijos, pero los ocho varones murieron en la guerra y cinco de sus hijas habían emparentado ya con otros notables; las catorce restantes vivían en habitaciones contiguas a la que ocupaban doña Aurora y su señor. La mayor parte de las noches don Gonzalo se llevaba a una de las jóvenes a su habitación y compartían la estera con la princesa. Valvanera se instaló en las habitaciones destinadas a las esclavas.

Serpiente de Obsidiana seguía sin aparecer. Doña Aurora pidió a Valvanera que visitaran a los dueños de doña Beatriz y de doña Mencía para que intercedieran por él en secreto. Pero los secretos mejor guardados son los que no salen de la boca y no pueden convertirse en rumor. Cuando don Gonzalo se enteró de que la esclava había visitado a los capitanes, las probabilidades de ver al guerrero con vida se redujeron a un imposible.

Hacía tiempo que doña Aurora sabía que los españoles no eran teules, Valvanera aprendió su lengua y le enseñó el significado de los objetos que antes creían sagrados. La espada, el caballo, el cañón, el arcabuz, las corazas que pintaban de betún para evitar que se oxidaran, su crucifijo, su Virgen, las velas. La princesa intentaba pronunciar aquellas palabras imposibles aprovechando las noches para que nadie las escuchara, no se cansaba de preguntar aunque sus párpados se cerraran a pesar suyo. Valvanera terminaba la conversación cuando ambas caían rendidas por el sueño.

– Mañana seguimos. Ahora duerme, mi niña, y recuerda que don Gonzalo no debe enterarse de que entendemos lo que dice.

Valvanera continuó con sus enseñanzas hasta que doña Aurora asimiló todo lo que ella había aprendido. Se llamaban españoles, su emperador gobernaba grandes extensiones de tierra y sangraban y morían como cualquier guerrero.

Los de Tlaxcala los recibieron con la misma admiración que arrancaron a su paso en Cempoal. Después vendrían los intentos de derrocar a sus ídolos. La desolación. La horca y la picota. Y también los regalos, el oro, la plata, las plumas de quetzal, las mantas de algodón y las jóvenes a las que cambiarían el nombre.

Las princesas regaladas se bautizaron en la ceremonia de inauguración del nuevo templo. Después de la misa, se repartieron entre los capitanes. Una de las hijas de Piedra que Gira se encontraba entre ellas. Doña Aurora contempló la despedida y la bendición de sus padres. Un punzante vacío se apoderó de su estómago.

Don Gonzalo le permitía salir de la habitación en raras ocasiones.

El anciano cacique la observaba caminar, cabizbaja y pálida, seguramente se preguntaba cómo trataría su dueño a su pequeña. Se interesaba por su bienestar a través de las concubinas y de Valvanera, le enviaba frutas y cacao y la animaba a bañarse junto a sus hijas en la fuente del jardín. Al principio no aceptaba el ofrecimiento, prefería bañarse sola aprovechando las ausencias de don Gonzalo, pero a medida que éste se encaprichaba de una de las hijas del cacique, comenzó a relajar su vigilancia y podía recorrer todas las dependencias de la casa.

La princesa encontró en el cacique al padre que nunca la acarició. En uno de sus paseos la joven vio al anciano en el huerto, cortaba flores que depositaba en una bandeja. Cuando se acercó hasta él, el cacique eligió una rosa y se la ofreció.

– Pareces triste, pequeña, ¿podría hacer algo para remediarlo?

Le sorprendió su dulzura, le agradeció sus atenciones, y compartió su preocupación por Serpiente de Obsidiana. Piedra que Gira le sonrió.

– Que no sufra tu corazón, los últimos embajadores que llegaron están en el templo, los engordan para el sacrificio. Pronto será un compañero del águila. Pero si tú me lo pides, yo haré que lo liberen.

Doña Aurora no pudo evitar el llanto. Sabía que, aunque le ofrecieran la libertad, Serpiente de Obsidiana no renunciaría al honor de acompañar al Sol en su camino hacia su cenit. El anciano levantó su cara tomándola de la barbilla y le hizo sonreír.

– Nadie podría resistirse a esos ojos negros. Le diré que estás conmigo y vendrá.

Sin embargo, además de la reacción de don Gonzalo, le preocupaba que el cacique confundiera su amistad con el adulterio. Las leyes eran muy estrictas, ella las conocía desde pequeña. La muerte y el deshonor para ambos.

Piedra que Gira volvió a mirarla con la ternura de un padre.

– Pequeña niña, estás unida a tu señor como la liebre al ave rapaz. Los dioses nos perdonen, esconderé a tu amigo hasta que también nos protejan.

Durante días, esperó al anciano recorriendo el jardín en compañía de Valvanera y de las hijas de Piedra que Gira, incluso se atrevió a visitar a doña Mencía y a doña Beatriz, que ya tenían contracciones y reclamaban constantemente a Valvanera. A veces infringía las normas que prohibían a las jóvenes de la nobleza salir solas a la calle, y visitaba a los heridos mientras su esclava atendía a las embarazadas. La criada siempre mostraba su preocupación ante el riesgo de que don Gonzalo conociera sus salidas.

– Esto es una locura, algún día nos lo encontramos en el camino.

Sin embargo, doña Aurora había recuperado su capacidad de reír y explotaba en una carcajada que rápidamente se extendía a Valvanera y a las otras jóvenes de la casa. La esclava se rendía a sus deseos sin ofrecer excesiva resistencia.

– Está bien, vendrás conmigo otra vez, pero no te separes de mí.

En ocasiones, se cruzaban con Piedra que Gira cuando volvía de buscar al guerrero en todos los templos de la ciudad.

– Lo siento mucho, pequeña, hoy tampoco lo he encontrado. Algunos emisarios de los teules se fugaron en lugar de venir hasta aquí, quizás esté entre ellos.

La princesa no creía en esa posibilidad. Serpiente de Obsidiana no se marcharía sin avisarla antes. El anciano la tranquilizaba mientras las acompañaba de vuelta a casa.

– No te preocupes. Mañana volveré a buscarle. Si está en la ciudad, tiene que aparecer.

3

– ¡Despierta, mi niña, despierta!

Valvanera zarandeó a la princesa, que dormía sola en su habitación desde que don Gonzalo trasladó su estera a la de la hija de Piedra que Gira.

– ¡Despierta! El anciano señor quiere verte.

La princesa se vistió una túnica sobre su cuerpo desnudo y corrió descalza en busca de Piedra que Gira. Al atravesar el jardín que la separaba de las habitaciones del cacique, escuchó su nombre a sus espaldas y se paró en seco.

– ¡Ehecatl!

Doña Aurora se giró hacia el muchacho que ella habría aceptado por esposo. Serpiente de Obsidiana la miró de arriba abajo.

– Pareces una campesina, así me gustas más.

Ehecatl se lanzó a sus brazos, ambos rodaron por el suelo en una noche de bodas en que negaron el dolor de las heridas que no habían llorado. Pasión para olvidar lo perdido.

Sí, por supuesto que habría dicho «Sí» en el caso de que sus padres le hubieran preguntado. En su papel de intermediarias, las ancianas habrían acudido a su casa varias veces en nombre de la familia del guerrero. La costumbre obligaba a que la primera vez obtuvieran una negativa.

– La doncella no está todavía en edad de casarse y no es digna de tan honorable familia.

Pero las ancianas regresarían al día siguiente y sus padres comenzarían las negociaciones después de haber consultado con ella.

– No sabemos por qué se engaña este mozo que la demanda, porque ella es muy poca cosa, pero ya que habláis con tanto empeño, consultaremos a nuestros parientes. Venid mañana y llevaréis la solución a su familia.

Su madre disfrutaría con los preparativos de la boda, la comida para la fiesta del día anterior en su casa, los bordados de la falda y la blusa, los adornos de plumas rojas para los brazos y las piernas, la pintura amarilla para su cara. La ceremonia se celebraría en casa del novio, adonde la conducirían sus amigas y parientes por la noche en una procesión que recorrería las calles de la ciudad entre antorchas, cantos y exclamaciones. Serpiente de Obsidiana saldría a recibirla con un incensario en la mano. Cuando el cortejo llegara al umbral de la casa, le entregaría otro a Ehecatl y ambos se ofrecerían incienso en señal de respeto. Recibirían regalos de ambas familias, una blusa y una falda bordadas para ella y vestidos de hombre para él.

Serían marido y mujer cuando las ancianas anudaran la manta del novio a la blusa de la novia. Después, pasarían a la cámara nupcial y aguardarían cuatro días para consumar el matrimonio, durante ese tiempo tan sólo rezarían. Saldrían del aposento al mediodía y al ocaso para ofrecer incienso en el altar de la casa. Al quinto día, sus padres les bendecirían cuatro veces, Ehecatl se adornaría la cabeza con plumas blancas y cambiaría las rojas de sus brazos y piernas por colores vistosos.

Y más regalos, y más comida, y un lecho de plumas, y un trozo de jade, y un baño con su esposo en el que el sacerdote les bendeciría con agua sagrada.

– Mi pequeña turquesa. No volveré a dejarte sola. Piedra que Gira me ha prometido que nos ayudará a escapar.

Algunos amaneceres deberían prohibirse, el sonido de las caracolas despertó a los jóvenes en el momento en que don Gonzalo salía de su habitación. Los golpes alarmaron a las mujeres, que salieron de sus alcobas y rodearon a los dos hombres con cara de espanto. Serpiente de Obsidiana intentaba defenderse esquivando las embestidas hasta que su mano tropezó con una rama de árbol recién cortada; en el mismo momento, don Gonzalo se abalanzó sobre él blandiendo su hierro. El guerrero se defendió levantando la rama, convertida en una lanza que atravesó el cuello de su contrincante.

La sangre salía disparada a borbotones. Don Gonzalo intentaba mantenerse de pie taponando la herida para detener la hemorragia. La hija del cacique se precipitó gritando sobre él, le empujó con las manos abiertas y los dos cayeron al suelo, la joven descargó su rabia ante el desconcierto de todos los presentes, sus puños golpeaban un cuerpo sin vida.

4

No hubo misericordia para Serpiente de Obsidiana. Piedra que Gira no pudo evitar que los soldados se lo llevaran el mismo día de la muerte de don Gonzalo; intentó interceder por él ante los extranjeros, pero sólo consiguió que le devolvieran el cadáver marcado por la señal de la soga.

Valvanera amortajó al guerrero con ayuda de las mujeres del cacique, doña Aurora le cubrió el rostro con una máscara de barro y se retiró a su habitación cuando encendieron la pira en el jardín. Sus pensamientos volaban al lado de su hermano mientras intentaba amortiguar el olor de la cremación con un brasero de incienso.

– Hermano mío, acompáñale en su camino por la ribera de las nueve corrientes. Guíale hasta el noveno círculo, allá, en el fondo, está la transparencia.

A veces el dolor sabe a dulce. Dulce. La princesa se recreó en su llanto recordando las caricias de una noche azul que no debería haber terminado. Azul. La mañana asomando por un cielo en el que sólo brillaba una estrella, el viento impregnando su cuerpo con el olor de otro cuerpo. El sueño interrumpido. El dolor de unos ojos cerrados, de un cuerpo desnudo, de una boca entreabierta. El deseo y la muerte. El llanto.

Valvanera se sentó a su lado, la rodeó con sus brazos y se mantuvo en silencio, doña Aurora se reclinó sobre su hombro, sus sollozos se fueron apagando hasta que se durmió agotada. Sólo se oía el crepitar del fuego cuando Francisca, la esclava de doña Beatriz, irrumpió en la habitación.

– Ya viene el niño. Mi señora está muy mal. ¡Corred!

Las dos mujeres corrieron tras Francisca. Valvanera cargaba con sus cestos repletos de telas de algodón y plantas medicinales.

– ¡Pero si le faltan casi dos lunas por cumplir!

Al entrar en la casa de doña Beatriz, encontraron a su señor con un niño en brazos, la parturienta yacía en la estera cubierta de sangre. Valvanera se arrodilló para cerrarle los ojos y le cantó unos versos de despedida.

– Despierta ya, el cielo se enrojece, ya cantan las lechuzas color de llama. Quien ha muerto se ha vuelto una diosa.

Después tomó al bebé de los brazos de su padre y lo envolvió en las telas de su cesto. Doña Aurora les miraba sin pronunciar una palabra. Valvanera bañó al pequeño y le curó la tripa que le mantuvo unido a su madre durante siete meses; mientras tanto, Francisca empujaba a su señor hacia el jardín y, después de enterrar el cordón umbilical junto a las miniaturas de un escudo y unas flechas que su madre le había tallado, comenzó a preparar a doña Beatriz para que la llevaran al templo de las mujeres valientes.

Valvanera terminó de arreglar al recién nacido y salió de la habitación abrazando una manta bordada de peces de colores. El padre esperaba caminando a grandes zancadas con las manos a la espalda, se acercó a la esclava y extendió los brazos para que le colocara al niño. El bebé comenzó a llorar en el momento en que su padre le besó en la frente, lo meció susurrándole una canción y dándole palmaditas en la espalda, pero el niño seguía llorando, agitando los brazos con los puños cerrados. Valvanera intentó explicarle con gestos que tenía que comer. A doña Mencía también se le había adelantado el parto, había dado a luz una niña tres días atrás, podría amamantar a los dos pequeños. Su señor murió en la última refriega y vivía con ellas desde entonces.

El padre la miró con los ojos húmedos y le entregó al bebé.

– No te esfuerces, mi esposa me enseñó vuestra lengua. Puedes hablar en nahuatl. Te lo ruego, di a doña Mencía que visitaré todos los días a mi hijo. Llevaos también a Francisca para que se encargue de atenderle.

Doña Aurora seguía observándoles en silencio, la muerte de Serpiente de Obsidiana y el nacimiento del pequeño se habían producido en su veinte cumpleaños. Los dioses repetían su propia historia y cruzaban el destino del bebé con el suyo, 4-ehecatl. Quizá la muerte del guerrero y la de su hermano tenían sentido, su hermano cuidaría de Serpiente de Obsidiana y ella, del pequeño, las dos madres muertas velarían por que se cumpliera el trato. Su amigo llegaría al noveno círculo para encontrar el reposo y el bebé tendría una madre igual que ella la tuvo, una madre que suavizaría la fatalidad de su signo de nacimiento.

La princesa pidió a Valvanera que le entregara al niño, acarició sus deditos enredándolos con los suyos y preguntó a su padre el nombre por el que debían llamarle.

– Miguel, deseo que le llamen Miguel.

Antes de marcharse, Francisca recogió las cosas que su señora había preparado para su hijo. Cuando llegaron al palacio, doña Mencía lo acercó a su pecho, el bebé se quedó dormido jugando con el pezón que calmaría su llanto durante meses. La princesa buscó su diosa de ónice, se la acercó a la mejilla con los ojos cerrados y la colocó en la cabecera de la cuna donde acostó al pequeño.

Capítulo VI

1

Durante los días siguientes a la muerte del calafate, doña Aurora apenas salió del camarote. Doña Gracia y doña Soledad la visitaban al atardecer para jugar su partida diaria. Se esforzaban en aparentar normalidad, pero la princesa no perdía la expresión de desconcierto con que despidió al carpintero, envuelto en un serón que lo llevaría hasta el fondo del mar.

En cierta ocasión, don Lorenzo vio desde el puente de mando una ballena a estribor de la nave que expulsaba agua por el lomo. El capitán San Pedro señaló el chorro y respiró profundamente.

– Las primeras señales ciertas de tierra empiezan a aparecer.

Hacía días que don Ramiro sabía que se acercaban a Sanlúcar sin necesidad de consultar sus instrumentos. Las bandadas de pájaros marinos se recogían más tarde y volvían más temprano por la mañana; la Luna y las primeras estrellas se podían ver aunque reluciera el Sol; las aguas se tornaron verdosas, señal de que en los fondos ya había hierbas; y en la superficie aparecieron manchas de grasa y hojas de árboles.

Don Lorenzo se alegró de que terminara la travesía sin haber sufrido ninguna borrasca. Desde el episodio de la araña, temía el pánico de los marinos a los fuegos de San Telmo. Achacaban las llamas azules que resplandecían en los cabos y en los extremos de los mástiles después de las tormentas a la presencia de espíritus malignos. Don Ramiro se burló de sus temores, le divertían los fuegos de San Telmo, se aprovechaba del miedo de la tripulación para tenerlos controlados.

– Sólo son supersticiones. ¿No me digas que tú también crees en los espíritus?

– Claro que no, pero no me hubiera gustado que también los fuegos fatuos se los achacaran a doña Aurora.

El capitán San Pedro le dio una palmada en el hombro.

– No hay cuidado, muchacho, ya se han olvidado de la araña.

Sin embargo, no era así. Aunque al día siguiente un grumete encontró la araña en la batayola donde guardaba su hamaca, los marineros evitaban a doña Aurora desde la muerte del calafate.

Don Lorenzo se lamentaba del confinamiento de la princesa, pero sabía que el viaje le resultaría más penoso si subiera a cubierta y la tripulación le volviera la cara. Confiaba en que ninguna persona del barco hablara de brujería cuando llegaran a Sevilla. El Tribunal del Santo Oficio de Llerena solía actuar únicamente contra los moros y contra los judíos conversos. Pero, en otros distritos, varias mujeres acabaron en la hoguera denunciadas por brujas.

Unos días después de la muerte del calafate, doña Aurora se vistió su mejor traje español y subió a cubierta con un espejo en la mano. Ante el asombro de los marineros, se dirigió al capitán en nahuatl mirándole fijamente a los ojos. Después, repitió sus palabras mirando a Valvanera, a Juan de los Santos y al capitán San Pedro. Colocó al pequeño Miguel delante de su padre y volvió a decir las mismas palabras. Antes de volver al camarote, hizo una reverencia a la tripulación y se miró al espejo repitiendo sus versos nuevamente.

El capitán San Pedro soltó una carcajada, se volvió a don Lorenzo, y le habló con una voz muy ronca y exagerada. Era evidente que buscaba los oídos del resto del barco.

– ¡Muchacho! Esta mujer es más lista que todos nosotros juntos.

Los marineros reconocieron la letanía que causó la muerte del calafate, se miraron perplejos unos a otros y preguntaron a Valvanera su significado. Juan de los Santos se adelantó y tradujo la frase que atemorizó al carpintero.

– Como esmeraldas y plumas finas, llueven tus palabras sobre mi rostro.

La confusión de los marineros aumentó con la traducción de la frase, buscaban su significado cuando el capitán San Pedro volvió a estallar en carcajadas y se dirigió a su tripulación.

– No le deis más vueltas. La dama dijo que cuando las palabras son necias, los oídos se vuelven sordos. ¡Volved al trabajo!

Los marineros rieron con su capitán, se abrazaron, se empujaron unos a otros entre bromas y regresaron a sus tareas. Repasaron los cabos y las redes, recogieron el cable del ancla, revisaron los aparejos, levaron las velas. Cada cual se afanaba en lo suyo, y todos recuperaron una tradición que hacía días no ponían en práctica. Mientras trabajaban, repetían a coro una canción que entonaba el grumete desde el castillo de proa.

Don Lorenzo bajó a los camarotes y encontró a doña Aurora con Valvanera. En aquel momento, deseó que la princesa hubiera sustituido sus ropas por la túnica con que solía vestirse cuando no estaba en cubierta. Pero le esperaba con el espejo en la mano, vestida como una condesa a punto de ser recibida por el rey, y con una sonrisa de media luna que los tres convirtieron en carcajada.

De momento, parecía que la tripulación les había perdido el miedo, pero don Lorenzo no estaba tranquilo, temía por doña Aurora y por su criada. Su capacidad para aplicar ungüentos y plantas medicinales era conocida por todos los soldados de la Coalición. Incluso en Cuba se hablaba de sus poderes.

Su fama se fue extendiendo a medida que las fuerzas aliadas invadían nuevos territorios. Asistían a los partos, preparaban emplastos con plantas y piedras curativas, averiguaban el horóscopo de los recién nacidos, y consultaban el oráculo de cualquiera que se lo solicitase. En todas las ciudades que recorrieron en su camino hacia Tenochtitlan se esforzaron en curar a los enfermos y a los heridos, sobre todo en Cholula, donde consiguieron aliviar de sus quemaduras a cientos de guerreros de la resistencia. La batalla de Cholula les marcaría el resto de sus vidas.

Antes de abandonar Tlaxcala, los caciques de Cempoal solicitaron permiso para volver a su provincia. Doña Aurora se planteó la posibilidad de acompañarles con el pequeño Miguel y con Valvanera, pero el capitán don Lorenzo de la Barreda no quería separarse de su hijo.

– Vuelve con los tuyos y deja al pequeño con doña Mencía, Francisca le ayudará en sus cuidados.

Sin embargo, la princesa prefería continuar con los extranjeros antes que dejar al niño. Don Lorenzo de la Barreda visitaba a su hijo todas las mañanas. La primera vez lo reconoció por la manta de peces de colores. El pequeño Miguel dormía al lado de la hija de doña Mencía. Doña Aurora y Valvanera se encontraban fuera de la vivienda, atendiendo a los heridos y a los enfermos. Cuando la princesa supo que don Lorenzo había estado en la casa, decidió retrasar en adelante sus salidas hasta que el capitán volviera junto a su tropa. Argumentaba que debían dejar al niño bañado para descargar de trabajo a doña Mencía y a Francisca. Sin embargo, la esclava se impacientaba cuando el capitán se demoraba en la visita.

– Vámonos, mi niña, el pequeño está bien, ¿no lo ves?

La princesa se mantenía de pie junto al padre y al hijo escuchando el ronroneo de la canción con que siempre lo acunaba, hasta que la voz de Valvanera rompía su ensimismamiento.

– ¿Nos vamos ya? Los heridos nos esperan.

El capitán dejaba entonces al niño en la cuna y se dirigía a doña Aurora con el gesto fruncido.

– No os preocupéis, ya me voy. Os dejo para que podáis bañarle. Aunque Francisca también podría hacerlo.

Desde que las tropas llegaron a las puertas de Cholula, el capitán había espaciado las visitas. Dos días antes de la matanza se acercó a la casa donde se alojaban las mujeres y los pequeños. Llevaba puesta la coraza pintada de betún y ni siquiera cruzó el umbral, pidió a Valvanera que saliese y le habló en el zaguán sin quitarse el yelmo.

– No debéis salir bajo ningún pretexto. Mis hombres han descubierto en las calles pozos rellenos de estacas puntiagudas. Todas las azoteas están repletas de piedras dispuestas para ser arrojadas sobre nosotros.

Valvanera se llevó las manos a la cabeza y salió a la calle para señalar las terrazas de las viviendas cercanas.

– ¿Entonces? ¿El recibimiento con flores?

– Un engaño para distraernos. Moctezuma ha enviado veinte mil hombres para evitar que lleguemos a Tenochtitlan, están acampados al otro lado de la fortaleza, sólo esperan la orden de los de Cholula para entrar en combate.

– ¿Y los de Tlaxcala?

Don Lorenzo la empujó suavemente hacia la puerta y la obligó a entrar de nuevo en el zaguán.

– Se quedaron fuera de las murallas. Ahora entra en la casa y cuida de que nadie salga hasta nueva orden.

2

Don Lorenzo recorrió las calles desiertas de la ciudad, los incensarios iluminaban tenuemente las escaleras de los templos bajo una noche sin Luna, las siluetas de decenas de pirámides se adivinaban por el trazo de las brasas. Habían apagado las antorchas de las azoteas y los patios, la oscuridad se desparramaba por la ciudad, mezclada con el olor del incienso. Cuando llegó al templo de Quetzalcoatl, no pudo reprimir un suspiro de admiración, la pirámide se elevaba majestuosa hacia la negrura del cielo, su tamaño duplicaba el de cualquier templo que jamás hubiera visto.

Aún no había salido de su asombro cuando los guerreros de Cempoal le señalaron un adoratorio por el que descendían varios hechiceros manchados de sangre. Cuatro sacerdotes sujetaban a un hombre por los brazos y las piernas en el altar, mientras un quinto le clavaba su cuchillo de obsidiana y le arrancaba el corazón. Otros seis cuerpos esperaban, despedazados y colocados en calderos de agua hirviendo, para ser consumidos como la carne del propio dios de la guerra.

Al amanecer, los patios de Cholula se convirtieron en una trampa para sus propios guerreros. Don Lorenzo no recordaba cómo se provocó la matanza, más de tres mil muertos y decenas de heridos en un espectáculo de fuego y de muerte. Hombres vivos ardiendo sobre los muertos, gritos, caballos embravecidos relinchando en busca de una salida, disparos de escopeta, confusión y sangre, mucha sangre.

Ni sus trescientos sesenta templos invocando la protección de los dioses, ni los veinte mil guerreros que se quedaron al otro lado de la fortaleza, pudieron evitar que la ciudad santa de Quetzalcoatl quedara reducida a escombros.

Don Lorenzo de la Barreda presentó su batalla recordando el corazón que latía en las manos del sacerdote. Su espada atravesaba las corazas de algodón y de maguey sin detenerse a comprobar si había batido a sus enemigos. No habían transcurrido más que unos minutos desde el comienzo de la refriega cuando una flecha atravesó la abertura de su yelmo y cayó al suelo.

Las casas cercanas a la muralla recibían a los soldados supervivientes desde las primeras horas del atardecer. Doña Aurora y Valvanera esperaron la vuelta del capitán hasta la mañana siguiente. Debía de haber caído en la batalla, herido o muerto. La princesa decidió salir en su busca acompañada por Valvanera. Como de costumbre, la criada protestaba ante las iniciativas arriesgadas de su señora.

– Las calles no son seguras, mi niña, no deberíamos salir.

Las mujeres atravesaron la ciudad entre las ruinas de los templos que les maravillaron tres días antes. Preguntaban a los lugareños el camino hacia las casas de los extranjeros, pero la mayoría se quedaban pensativos mirando a su alrededor sin saber qué contestar.

– Lo siento, ni siquiera puedo reconocer mi propia calle, busco mi casa desde el mediodía.

Valvanera se colgó del brazo de la princesa y señaló hacia el norte.

– Vayamos a la gran pirámide, don Lorenzo dijo que los extranjeros se alojaban en el centro de la ciudad.

Los cadáveres se multiplicaban conforme se acercaban al centro. Los guerreros de Cholula y de Tlaxcala confundidos en la miseria de la muerte. El olor a sangre y a pólvora se agudizaba en cada paso, y les guiaba hasta el lugar de la matanza. Cuando llegaron al patio donde ardieron los guerreros, las mujeres ya habían regresado e intentaban reconocer a sus difuntos. Cuerpos carbonizados con los brazos y las piernas encogidos, imposibles de identificar. Doña Aurora contempló el espectáculo con los ojos llenos de lágrimas, Valvanera se aferró a ella apretando su brazo hasta hacerle daño.

– Volvamos a casa, aquí no lo vamos a encontrar.

La princesa miró a su alrededor deseando que don Lorenzo no hubiera participado en aquella masacre, se agachó hasta tocar la arena con las palmas de sus manos y rezó a la diosa del agua una oración por los muertos. Antes de volver, recorrieron varias salas de la vivienda repletas de guerreros heridos. El capitán no estaba entre ellos.

Al día siguiente, volvieron al lugar de la matanza para curar a los quemados con sus plantas medicinales. En la sala destinada a los extranjeros, encontraron a don Lorenzo con la cabeza envuelta en una tela blanca que le tapaba los ojos. Mientras doña Aurora se acercaba hacia él, escuchó cómo gritaba a un soldado que intentaba mantenerlo tendido en la estera.

– ¡No padecen ni sienten! ¡Son animales!

El soldado intentaba sujetarle pasando un trapo húmedo por su frente, pero el capitán se incorporaba invadiendo la sala con sus gritos.

– Beben sangre humana. ¿Por qué vinimos a esta tierra maldita? Tierra de salvajes. ¡Mátalo! ¡Mátalo!

La princesa pasó junto a él sin detenerse, salió de la habitación y se dirigió al patio donde se concentraban los guerreros, algunos tan sólo emitían un gemido que apenas les salía de la garganta, otros aullaban intentando desprenderse de la piel los restos de maguey y de algodón, la salmuera que utilizaban para endurecer la coraza penetraba en su cuerpo agudizando el dolor de las heridas. Las mujeres retiraban a sus muertos identificándolos por los cuchillos y por las flechas de obsidiana que encontraban a su lado. Valvanera y doña Aurora se sumaron a su silencio de llanto y de rabia, prepararon grandes cantidades de manteca de cacao y de corteza quemada de ahuehuete, el árbol viejo de agua capaz de cicatrizar las quemaduras, y la aplicaron a los heridos mientras se miraban sin hacer comentarios.

Durante dos semanas, la princesa y su criada volvieron cada día al centro de la ciudad para repetir las curas. Jamás visitaron a don Lorenzo.

3

Desde que cayó herido en la batalla de Cholula, don Lorenzo no podía conciliar el sueño. Las imágenes de los sacrificios se cruzaban en sus duermevelas y le impedían dormir. Le costaba trabajo cerrar los párpados, a pesar de que una venda le tapaba los ojos, debía cubrírselos con la mano abierta para conseguir mantenerlos cerrados. Cada vez que conseguía adormilarse después de dar vueltas y más vueltas en la estera, esperando que el cansancio y el dolor le rindiesen, las pesadillas se colaban en sus sueños. Sus propios gritos le despertaban empapado en sudor.

Le extrañaba que doña Aurora no hubiera acudido a visitarle, temió por su vida y por la de su hijo. Nada más recobrar el conocimiento, envió a su mozo de espuela a las casas de la muralla para buscar noticias sobre ellos, pero las palabras del criado aumentaron su extrañeza.

– Están todos bien, capitán, doña Aurora acude todos los días al real con Valvanera para curar a los indios heridos.

No estaba muy seguro del tiempo que permaneció inconsciente, la fiebre le subía y le bajaba sin control mientras deliraba sin poder distinguir el sueño de la realidad. Una tarde, creyó escuchar la voz de la princesa desde el otro lado del patio y ordenó a su criado salir en su busca. Juan de los Santos regresó al poco tiempo con las manos vacías.

– Os visitará si termina las curas antes de que se haga de noche. Hay tantos quemados que no dan abasto con la manteca de cacao, deben prepararla todos los días cuando vuelven a casa.

Pero don Lorenzo esperó la visita que nunca recibió sin saber siquiera si la conversación había sido producto de su delirio.

La primera vez que se acercó a la casa de la muralla, encontró a doña Mencía dando de mamar a su hijo. La niña ya había comido, Francisca la bañaba entre toses y estornudos. Su cuerpo parecía pesado y torpe, su cara brillaba por la fiebre. Doña Aurora y Valvanera habían salido momentos antes de la vivienda, el capitán las esperó hasta que los niños volvieron a reclamar leche.

– Por favor, decidle a doña Aurora que mañana volveré, desearía hablar con ella.

Pero al día siguiente, el capitán tampoco pudo ver a la joven. Valvanera salió de su habitación con un recado de la princesa: estaba ocupada y no podría recibirle.

– Dile que mañana os buscaré en el campamento, si no consigo verla vendré al anochecer.

Ni en el campamento, ni al anochecer consiguió encontrarla, Valvanera acudió sola a cuidar de los heridos, y por la noche su señora se acostó temprano debido a un dolor de cabeza insoportable.

Los desencuentros se multiplicaron hasta que la princesa se dirigió al campamento para buscarlo. Llevaba el pelo dividido en dos trenzas que se anudaban en la nuca, sujetas por un peine, de una de las trenzas escapaba un pequeño mechón que ella se retiraba de la mejilla, mientras preguntaba al capitán la razón de su búsqueda. Don Lorenzo reprimió el deseo de llevar a su sitio el mechón, que insistía en abandonar la oreja donde la india lo colocaba. Nadie diría que aquellas manos no fueron educadas únicamente para realizar ese movimiento. En su dedo meñique brillaba un anillo en el que resaltaba una cabeza de águila. La princesa repitió su pregunta buscando la mirada del capitán, pero él bajó la cabeza como si hubiera perdido algo en el suelo.

– Sólo quería deciros que los caciques de Cempoal no vendrán con nosotros. Si queréis, podéis regresar con ellos.

Doña Aurora rechazó la invitación de la misma manera que lo hiciera en Tlaxcala, pero Francisca aceptó marcharse, padecía dolores musculares desde hacía tiempo, no se encontraba con fuerzas para continuar el camino. A la mañana siguiente partirían hacia Tenochtitlan.

4

Desde la cima humeante del Popocatepetl, don Lorenzo divisó la capital de los aztecas con admiración e incredulidad. Los hombres de la expedición, que constituían la avanzadilla de la comitiva, contemplaban fascinados las torres y los adoratorios que parecían emerger del agua.

Los vapores del cráter dificultaban la respiración de Juan de los Santos, que se tapaba la nariz y la boca con las manos mientras hablaba.

– Así debe de oler el infierno.

El criado se frotó los ojos varias veces señalando la laguna.

– ¿No será esto que vemos un sueño?

Don Lorenzo recordó las advertencias de los caciques de Tlaxcala, cuando se despedían de ellos a las puertas de la capital. Quizá pudieran entrar en Tenochtitlan, pero jamás saldrían vivos de allí.

– También puede ser una pesadilla.

En el centro de la ciudad, de una redondez casi perfecta, se levantaban grandes pirámides de piedra. Las casas, construidas de calicanto, se alineaban alrededor de multitud de canales que resplandecían con los rayos del Sol. A lo largo del camino empedrado que conducía al lago central, se levantaban conductos de agua trazados en línea recta. Los hombres se maravillaban de la calzada sin salir de su asombro.

– ¡Nunca vi una tan derecha y a nivel!

– Mirad aquellas casas que salen del agua y de tierra firme, las hay a millares.

– ¡Es increíble! Se parece a las cosas de encantamientos que se cuentan en los libros de caballería.

Don Lorenzo apenas percibía el olor del azufre, la flecha que rozó su sien le produjo una infección que afectó a sus fosas nasales. Sin embargo, recordaba el olor a carne quemada con el que despertó cuando su mozo de espuela le recogió del patio de Cholula. Nunca debieron llegar hasta allí. Nunca debieron participar en una empresa en la que los símbolos importan más que su significado. Las creencias no deberían imponerse a sangre y fuego. Las cruces no son nada por sí solas, la muerte no las carga de su credo aunque los vivos lo crean y lo alimenten. No debieron quemar los libros sagrados en Cempoal, ni forzar el derrocamiento de sus ídolos, como tampoco debieron bautizar a las jóvenes tan sólo para poder amancebarse con ellas. Regalos ensuciados por las manos que no debieron recibir.

Contempló por última vez Tenochtitlan desde la cima del Popocatepetl y descendió la falda del volcán con la certeza de que nunca más volverían a ver la ciudad en aquel esplendor. Los sueños se desvanecen cuando se intentan apresar.

Al llegar a la capital de los aztecas, observó a la multitud. No había lugar donde no se divisaran túnicas blancas, y faldas y blusas de colores. Hombres, mujeres y niños se agolpaban en las gradas de los adoratorios, en las terrazas, en las aceras y puentes, y en centenares de canoas que abarrotaban los canales.

El capitán De la Barreda cabalgaba detrás de los arcabuceros, que desfilaban a paso ordinario con los arcabuces colgados al hombro. El cansancio acumulado durante nueve meses de viaje y de batallas se reflejaba en su marcha.

La cordillera que separaba Cholula de la capital del imperio la cruzaron en ocho días agotadores, en los que ni siquiera pudieron visitar a las indias que les habían asignado. Algunos estaban heridos, la mayoría había perdido tanto peso que se le marcaban las mandíbulas y las cuencas de los ojos, muchos de ellos tenían la piel quemada por el Sol o salpicada de picaduras de mosquitos. Y en todos se reflejaba la mirada perdida del miedo. Las fuerzas de la Coalición se reducían a una mota de polvo en aquella ciudad donde cientos de miles de indios se resistirían a someterse.

El capitán recorrió con la vista las casas alineadas en los islotes cercanos, las puertas abiertas dejaban ver sus grandes patios entoldados, los zaguanes se hallaban repletos de gente que levantaba la cabeza para verlos pasar.

Capítulo VII

1

Hubiera querido verla otra vez, despeinada y descalza, con el cuerpo transparentándose bajo su túnica. Hubiera querido verla como en aquella ocasión, contemplando los huertos flotantes rodeados de trajineras cargadas de flores. Observando los puentes que unían los islotes de la laguna, rebosantes de colorido. Mujeres ataviadas con vistosas faldas y blusas, campesinos transportando semillas camino del mercado, cestos cargados de plumas que iban y venían en una maravillosa explosión de vida cotidiana.

El hecho de que Moctezuma les hubiera recibido como huéspedes podría haber supuesto el final de la guerra. Quizás el pequeño Miguel, que dormía al lado de doña Aurora envuelto en la manta de peces de colores, hubiera podido ser feliz en aquella ciudad donde cada día parecía una fiesta.

Reclinada sobre la barandilla, la princesa miraba extasiada las flores de las embarcaciones cuando él apareció en la terraza sin que ella advirtiera su presencia. El pelo le caía sobre la espalda con las trenzas a medio deshacer, se cubría el cuerpo con una túnica blanca que le llegaba hasta las pantorrillas, uno de sus pies desnudos se apoyaba sobre la balaustrada mientras el otro permanecía en el suelo. El escorzo de sus caderas, dibujado en el tejido atravesado por los rayos del Sol, provocó en la mirada del capitán una mezcla de deseo y de vergüenza que disimuló con un carraspeo. La princesa giró instintivamente la cabeza, sus ojos atravesaron con dureza los del oficial. Antes de que él pudiera pronunciar una palabra, doña Aurora volvió a su posición y continuó mirando la lejanía. Don Lorenzo besó a su hijo en la frente y se dirigió a la espalda de la joven mientras acariciaba la mejilla del bebé.

– Tened al niño siempre preparado para viajar. Quizá tengamos que abandonar Tenochtitlan en cualquier momento.

La princesa se volvió hacia él, pero el capitán salió del mirador sin esperar respuesta, el desorden de su pelo le acompañaría desde entonces durante muchas noches de insomnio.

Nunca debieron recibir aquellos regalos, nunca debieron entrar en Tenochtitlan. Como tampoco debieron destruir las naves, el valor no se demuestra caminando hacia delante cuando no se puede dar un paso atrás. El valor reside en continuar la marcha aunque exista la oportunidad de volver. Si hubieran conservado al menos un par de barcos, sus hombres habrían podido elegir entre la lealtad y la vuelta a casa.

Conocía las razones que les obligaron a marchar a Tenochtitlan. Sin embargo, la razón sólo convence cuando no se basa en hechos que se podrían haber evitado. Fomentar la creencia en que vinieron del mar, cumpliendo las profecías de los antepasados de los indios, alimentó una leyenda que forzosamente se volvería en su contra. Deberían haber dejado una puerta abierta a la prudencia, pero ya era demasiado tarde. Si rechazaban enfrentarse a los mexicas, sus aliados se alzarían en armas contra los que antes consideraron dioses invencibles. No les quedaban opciones, las puertas estaban cerradas, ellos mismos las fueron cerrando a su paso.

Consiguieron permanecer con vida contraviniendo la lógica de la guerra. Cuatrocientos cincuenta soldados y trece caballos se enfrentaron a más de cincuenta mil guerreros, y ganaron todas las batallas. Pero en Tenochtitlan sería diferente, no podrían vencer al ejército del emperador con su fama de imbatibles y su apariencia de dioses. Ni siquiera vestían ya las corazas plateadas, las habían sustituido por las de los indios porque pesaban demasiado y se recalentaban con el Sol.

Hay bocas de lobo que se atraviesan con la certeza de que se cerrarán para siempre.

2

En el centro de la isla donde terminaba la calzada, un millar de notables esperaba a la comitiva con trajes bordados en oro y piedras preciosas. Los tambores españoles redoblaron con toda su fuerza, subrayando el ritmo de los instrumentos de viento. Los notables se retiraron hacia los lados para dejar a la vista las andas en las que cuatro sirvientes transportaban a su emperador. Antes de que Moctezuma se bajara, los esclavos colocaron mantas a sus pies para que sus sandalias de oro no tocaran la tierra. Sus servidores barrían el suelo que iba a pisar. Nadie le miraba a los ojos. Desapareció después de intercambiar algunos regalos, escoltado por cuatro caciques, bajo palio, coronado de plumas verdes y turquesas.

Momentos después, don Lorenzo se encontraba siguiendo a los caciques hasta el palacio donde alojaron a toda la capitanía. Juan de los Santos exclamaba de admiración mientras recorría las habitaciones.

– ¡Capitán! ¡Tendremos cuartos todos nosotros! ¡Mirad! ¡Mirad cómo huelen las maderas!

Pero la inquietud de don Lorenzo superaba su sorpresa ante las maravillas que le mostraba su mozo. Los jardines repletos de flores y de pájaros de plumas de colores, las huertas, los árboles frutales, los estanques de agua dulce, los ídolos de oro y de plata distribuidos por todo el palacio, las mantas de algodón, tan suaves que apenas se sentía su roce, las bandejas repletas de toda clase de alimentos que esperaban su llegada en cada habitación, el canto de las aves, el incienso. Don Lorenzo no permitió que sus sentidos le engañaran, alguna razón tendrían los mexicas para poner el mundo a los pies de los que se habían aliado contra ellos. La fiera agazapada debía de esconder su estrategia. Inspeccionó el palacio preguntándose dónde habrían acomodado a doña Aurora y a su hijo. Cuando vio el embarcadero del jardín, con una salida directa a los canales, se dirigió a su criado señalando las canoas.

– Cuida de que siempre estén dispuestas, desde aquí se podría llegar a la laguna que rodea la ciudad. Nunca está de más preparar la retirada.

Al día siguiente, salió en busca de su hijo acompañado por su criado y por una guarnición de veinte hombres. No había vuelto a verlo desde la salida de Cholula. Se dirigió hacia el palacio donde se alojaba doña Aurora junto al resto de las princesas y sus esclavas, con la esperanza de que el pequeño Miguel hubiera atravesado la cordillera sin contratiempos.

3

Su estómago se encogió al cruzarse con las jóvenes mexicas, la cara de doña Beatriz se le aparecía en cada una de ellas. La frente ancha, las trenzas oscuras sobre su pecho, su piel morena, su blusa de colores, la mandíbula fuerte y los labios finos.

Los ojos negros de su esposa le salían al paso con la misma mirada de curiosidad y de temor con que doña Beatriz se acercó a él por primera vez. Quizás alguna de aquellas mujeres fuera su madre o su hermana, quizás alguno de los hombres que las acompañaban fuera el padre que la vendió para saldar una deuda de juego de pelota.

Don Lorenzo recordó las manos de su esposa entre las suyas cuando el capellán les unió en sagrado matrimonio. La joven miraba desconcertada al sacerdote con sus grandes ojos achinados, sin comprender el rito que santificaría su unión ante Dios y ante los hombres. Don Lorenzo la llevó después a su choza cogida de su brazo, la ayudó a sentarse en la estera y le deshizo las trenzas suavemente. Ella misma se desató los cordones de las sandalias y permitió que los dedos de su esposo recorrieran sus muslos hasta llegar a la espalda, donde triunfaba un imposible lunar azul. Su piel olía a arena del mar. La oscuridad invadía poco a poco la choza mientras sus cuerpos engendraban al hijo que ella no conocería nunca. Don Lorenzo volvió a escuchar las palabras con que le entregó al pequeño siete meses después.

– Cuida de nuestro hijo, no permitas que viva como esclavo.

Su cuerpo ensangrentado se apagó con un gemido. Don Lorenzo no podía recordar qué hizo con el bebé, cada vez que reproducía la escena, se encontraba en el jardín junto a Valvanera, que le entregaba una manta de peces de colores. Doña Aurora les miraba ensimismada, sus ojos negros eran idénticos a los que acababa de cerrar. Cuando le preguntó por qué nombre deberían llamarlo, doña Aurora le regaló una mirada con la que nunca más volvería a encontrarse. Hacía tiempo que le evitaba, en las pocas ocasiones en que intercambiaron algunas frases desde la batalla de Cholula la princesa se mostró tan distante que parecía ofendida.

4

Antes de entrar en el palacio, el capitán divisó a doña Aurora asomada a la terraza. Valvanera fumaba un cigarro en el jardín con doña Mencía, las dos mujeres se levantaron de la estera y se dirigieron hacia él. Don Lorenzo no esperó a que cubrieran la distancia que les separaba.

– ¿Cómo está mi hijo? Decidle a doña Aurora que quiero verlo.

Valvanera se precipitó hacia las escaleras intentando cortarle el paso.

– Mi señora está descansando. El niño está con ella. Yo lo traeré.

Pero el capitán rodeó a la esclava y subió los escalones de dos en dos.

– No es necesario, gracias, sé dónde está.

Don Lorenzo abandonó el palacio con la imagen de la princesa grabada en la retina. La espalda inclinada sobre la barandilla, las trenzas deshechas, la túnica al contraluz, los pies descalzos, y una mirada en la que resultaba imposible no distinguir la marca de la tristeza y del odio.

No habían vuelto a verse desde la víspera de la salida de Cholula. Ella se volvió sin bajar el pie de la barandilla. Le había dicho que tuviera al niño preparado para abandonar Tenochtitlan en cualquier momento. Quizás ella hubiera querido preguntarle el porqué de tanta precipitación; quizás hubiera querido conocer las razones, pero le había clavado los ojos como si toda su tierra azteca quisiera fulminarle con esa mirada. Como si él pudiera recibir el odio de su pueblo en nombre de todos los españoles.

Y después había vuelto a su posición. Con su pie sobre la barandilla, y su cuerpo desnudo bajo la túnica atravesada por los rayos.

Besó a su hijo sin perder de vista su espalda, sin capacidad para distinguir los sentimientos que le ardían en la cabeza.

– Tened al niño siempre preparado para viajar. Quizá tengamos que abandonar Tenochtitlan en cualquier momento.

Y salió de la terraza antes de que ella pudiera pronunciar una palabra.

Capítulo VIII

1

La mayor parte del tiempo, Valvanera lo pasaba en cubierta con los niños y con las criadas de doña Cristina y don Ignacio de Aravaca, Vizcondes de la Isla de la Rosa, un matrimonio que apenas abandonaba el camarote que compartía con sus cinco hijos.

La vizcondesa sufría mareos y dejaba a los pequeños al cuidado de sus niñeras, dos mexicas que hablaban sin parar con un acento extraño. Se parecían tanto que ni ellas mismas habrían sabido cuál era cada una si hubieran podido verse a la vez en un espejo. Las trenzas les colgaban sobre el pecho y les llegaban hasta la cintura, dividiendo su cabeza en dos partes idénticas. Eran de mediana estatura y, cuando conversaban, movían tanto su cuerpo que más bien se diría que estuvieran bailando. Incapaces de permanecer calladas, hablaban y hablaban entre ellas como si no hiciera falta la presencia de nadie más en su mundo. Valvanera era incapaz de recordar los nombres con que las bautizaron los españoles, Georgina y Ana Rosa, y aunque lo consiguiera, no sabría cuál adjudicar a cada una de ellas. Para evitar equivocaciones, siempre las llamaba las Chiquillas.

Las hijas de los vizcondes, Yolanda, Cristina, Belén y Carmen, también se parecían entre sí, aunque no tanto como sus criadas. Dos morenas y dos trigueñas a las que nadie en el barco conseguía identificar, y simplificaron el problema llamándolas por el apellido, las Aravacas. Las cuatro parecían de la misma edad, unos años mayores que Miguel y María, aunque nacieron en dos partos distintos, en uno las dos morenas y en el otro las castañas.

Valvanera sufría una extraña sensación siempre que miraba a las Chiquillas, las veía como si en realidad tan sólo fueran una persona. Una persona que compartía el rostro de otra, y el cuerpo, y los ademanes, y el sonido de su voz. Repetida. Le llamaba la atención que ni siquiera reclamaran un nombre propio, y que ninguna se preocupara en absoluto por el hecho de que los otros vieran en ellas a una misma persona dos veces. Siempre hablaban en plural. Los demás se acostumbraron también a dirigirse a ellas como a un dúo. Valvanera solía decir que parecían dos almas en un solo cuerpo.

El único varón de los vizcondes, el pequeño Javier de Aravaca, preguntaba con frecuencia cuándo llegaría su hermano idéntico. Lloraba desconsolado cuando su niñera le contestaba que no todos los niños nacían al mismo tiempo que otro.

– ¡Mira! ¿Ves? María y Miguel tampoco tienen hermanos iguales. Ni Valvanera, ni tu padre, ni tu madre. Casi todos son como tú.

Las palabras de la niñera consolaban al pequeño hasta que al día siguiente volvía a preguntar por su hermano y recibía parecida respuesta.

Poco antes de llegar a Sanlúcar, las Chiquillas contaron la historia de la Serpiente Emplumada para los niños de la expedición, la misma que doña Aurora contó al pequeño Miguel, asustado por los ruidos de los cañones que defendían el palacio que el emperador prestó a los extranjeros. El palacio donde él mismo vivía, prisionero de sus invitados. Doña Aurora nunca lo vio, al menos nunca lo vio con vida. Las fuerzas de la Coalición lo secuestraron una semana después de entrar en Tenochtitlan para utilizarlo como rehén y evitar el levantamiento de su pueblo.

Al día siguiente de su captura, en el palacio de las mujeres se originó un revuelo que llegaba hasta las habitaciones del piso que ocupaba doña Aurora con el pequeño Miguel. Valvanera entró gritando en el cuarto.

– ¡No lo vas a creer! ¡Moctezuma preso! ¡El capitán don Lorenzo está aquí! ¡Ha ordenado que nos traslademos a su palacio! ¡Ayer capturaron a Moctezuma y temen las iras de los mexicas! Recogeré nuestras cosas.

La princesa no acertaba a comprender lo que su criada le decía y le pidió que lo repitiera más calmada.

– ¡No se habla de otra cosa en toda la ciudad! ¡Moctezuma rehén en el palacio de los capitanes!

Valvanera llevaba aupada a María, la hija de doña Mencía, que comenzó a llorar ante los gritos de la joven. La princesa se colgó a un niño a cada lado de la cadera y se dirigió hacia el jardín, donde esperaba don Lorenzo. Ya no parecía enfadado, como la última vez que lo vio, cuando se marchó de la terraza sin dejarle opción a pronunciar ni una palabra. La vio cómo bajaba con los dos niños en brazos, y se dirigió hacia ella para ayudarla, como si no hubiera pasado nada seis días antes.

– ¿No es peligroso que bajéis con los dos niños? Podríais caeros y haceros daño. Ven aquí, Miguelete.

Doña Mencía se llevó a la niña para darle de mamar y los dejó solos en el jardín. No se miraron a la cara, ni intentaron entablar conversación. El capitán le hacía arrumacos a su hijo, doña Aurora se mantuvo de pie delante de ellos, esperando a que Valvanera bajara con su equipaje.

Las tres mujeres se acomodaron con los niños en una habitación contigua a la de don Lorenzo. De vez en cuando, Juan de los Santos invitaba a doña Mencía y a Valvanera a pasear por el jardín o a navegar en canoa por los canales. Don Lorenzo visitaba con frecuencia el antiguo palacio de Moctezuma junto a otros oficiales para vigilar que los caciques no confabularan. A veces le proponía a doña Aurora que les acompañase.

2

La princesa había escuchado muchas historias sobre el palacio del Señor de Turquesa, el único que podía vestir ropajes de ese color, pero nunca imaginó que las maravillas que le habían contado se reducían a espuma frente a la grandeza que rodeaba al soberano. Era verdad que tenía tres esposas legítimas, la emperatriz y dos reinas, y más de ciento cincuenta concubinas, pero también tenía más de dos mil sirvientes y cientos de cortesanos. Le preparaban cada día más de trescientos platos calientes y toda clase de frutas que adornaban enormes bandejas. Decían que en los jardines de sus palacios cualquiera se perdería rodeado de las más extrañas flores y árboles frutales, pero también tenía un jardín zoológico donde se criaban quetzales, guacamayos, colibríes, águilas, guajolotes y toda clase de pájaros. Nadie podía mirarle a la cara, ni atravesar la habitación del trono sin rodearla pegando la espalda a las paredes, todo el que entrara a su presencia debía cambiar sus ropajes por túnicas modestas y limpias, aunque se tratase de un señor principal. Se bañaba tres veces al día. Le servían cacao en cincuenta copas de oro, de donde elegía una para dar unos sorbos antes de yacer con sus concubinas. Algunos aseguraban que las ciento cincuenta habían quedado embarazadas a la vez gracias a las virtudes de la infusión.

A doña Aurora le agradaba acudir al palacio. Paseaba por los jardines, recorría las habitaciones admirándose con las pinturas que cubrían sus paredes y esperaba a don Lorenzo de la Barreda para regresar juntos a su alojamiento. Casi siempre salía el primero de todos y buscaba a la princesa en el jardín. No hacía falta que la llamara cuando se acercaba, reconocía el sonido de sus pasos. Cualquiera que les hubiera visto habría dicho que se trataba de un matrimonio caminando por los muelles y por los puentes que separaban los dos edificios. A veces se acercaban al mercado para contemplar los puestos de cerámica, las filigranas de los orfebres y los adornos de plumas preciosas. Valvanera protestaba frecuentemente ante su comportamiento indecoroso.

– ¡Qué vergüenza! ¡Pasear sola con un hombre! Si tu madre te viera, te encerraría para toda la vida. Y a mí me vendería a los mercaderes.

Pero la princesa restaba importancia a los comentarios de su esclava, al fin y al cabo, lo único que le gustaba de aquellas salidas era la sensación de que todavía quedaban personas que disfrutaban de una vida cotidiana. Miraba a las vendedoras de frutas y de mantas de algodón y las imaginaba antes de salir hacia el mercado, haciendo tortillas de maíz para el desayuno de su marido y de sus hijos pequeños. Prácticamente no hablaba con don Lorenzo, caminaban uno al lado del otro en silencio hasta que regresaban a casa.

Los paseos al mercado se convirtieron en costumbre. Al principio de cada semana el capitán recogía a la princesa y se encaminaban los dos hacia los puentes, sin necesidad de que don Lorenzo dijera adónde se dirigían. En una de las visitas a los puestos de los alfareros, el capitán levantó dos piezas de cerámica y se las mostró como si hubieran hablado de ellas anteriormente.

– ¿En cuál crees que el alfarero ha mentido más?

La princesa le miró desconcertada, no comprendía cómo podía conocer la creencia de su pueblo de que los alfareros enseñaban a mentir al barro.

– Doña Beatriz me contó muchas cosas sobre vuestras tradiciones. Pero yo no creo que sea el barro el que miente, sino el alfarero. El barro no tiene capacidad de mentir, se entrega al alfarero y se deja moldear por sus manos. Sin embargo, el alfarero esconde su alma detrás de sus piezas, pero si no consigue la forma que busca, rompe la vasija para no revelar sus defectos. No mostrar los defectos es una forma de mentir, ¿no crees?

Doña Aurora no se atrevió a contestar, no deseaba decirle que el buen alfarero no necesita romper ninguna pieza, y que la mentira del barro no se encuentra en su forma, sino en su fragilidad, convertida aparentemente en dureza después de la cocción. La princesa encogió los hombros y miró al capitán sin decir una palabra. Don Lorenzo devolvió la cerámica a su sitio y se colocó junto a ella.

– Vayámonos, se está haciendo tarde.

De regreso al palacio, volvió a tener la sensación de que la vida cotidiana todavía era posible. Hacía ya varios meses que vivían en Tenochtitlan, quizás algún día dejarían el palacio y se instalarían en una casa propia, donde viviría con los niños y con Valvanera, protegidas por el hombre que se había convertido en su dueño poco a poco, sin habérselo propuesto. Quizá todavía era posible la rutina. Volver a casa para bañar a los niños, preparar tamales rellenos de pavo o caracoles con chile amarillo, y frutas hervidas en caldo de ave. Recuperar las tareas cotidianas y recrearse en los actos que se repiten cada día, aquellos que aseguran la continuidad de la vida, frente a la incertidumbre y al desequilibrio de lo desconocido. Servirse un vaso de cacao después de la cena y fumar una pipa, no sin antes haberse lavado las manos y la boca. Conservar las costumbres y las buenas maneras que visten de dignidad a los hombres. La cortesía. Hablar sin alzar la voz, mostrarse humilde, no hacer ostentación de los sentimientos. No mentir. Y saber llorar cuando se haga necesario.

Caminaba procurando mantenerse un paso atrás del capitán. Quizá las tradiciones la rescataran de la inestabilidad y de la muerte que la acompañaban desde el día de su nacimiento.

3

Durante los últimos meses de su estancia en Tenochtitlan, Valvanera y doña Aurora se esforzaron en aplicar sus hierbas medicinales contra los aires de enfermedad que los forasteros trajeron consigo. Ya no había tiempo para acudir al palacio de Moctezuma, ni para pasear en canoa por los canales. Los enfermos se multiplicaban cada día, algunos morían entre el picor y la quemazón de las pústulas con que se llenaban sus cuerpos. Los que conseguían sobrevivir quedaban marcados para siempre de cicatrices. Otros veían cómo sus genitales se llenaban de úlceras y su piel de manchas marrones, sobre todo las plantas de los pies y las palmas de las manos, los bultos de sus ingles se extendían por otras zonas del cuerpo produciéndoles un enorme cansancio, se les caía el pelo y perdían el apetito.

La princesa aplicaba los ungüentos que preparaba su esclava procurando calmar el dolor de los enfermos, que se preguntaban si los nuevos dioses les enviaban estas enfermedades para reparar las ofensas que les habían causado, de la misma forma que habían hecho hasta entonces sus propios teules con otras dolencias.

Las dos mujeres se bañaban siempre cuando volvían a casa. Doña Mencía recogía las túnicas que doña Aurora y Valvanera dejaban en el cesto y las lavaba varias veces hasta que desaparecía cualquier rastro de enfermedad.

Una noche, Valvanera despertó a la princesa muy agitada, llevaba en brazos a la pequeña María.

– ¡Mi niña! ¡Mi niña!

Doña Aurora se incorporó con la certeza de que los malos vientos volvían a acompañarla.

– ¡Corre! ¡Es doña Mencía!

La joven tiritaba en la estera delirando. Tenía todo el cuerpo cubierto de erupciones que se intensificaban en las piernas, los brazos y el rostro. Valvanera se dirigió a doña Aurora con la cara descompuesta.

– ¿Qué hacemos?

Doña Aurora miró a la enferma sin contestar a su esclava. El dolor y la muerte, que durante siete meses consiguió mantener lejos de los suyos, entraban en su casa de su propia mano.

Valvanera tocaba la frente de la niña buscando los síntomas de la madre.

– Hace días que andaba con fiebres. Ya no daba de mamar a los niños, ella pensaba que la retirada de la leche la había enfermado. ¿Qué hacemos? ¿Aviso al capitán don Lorenzo?

La princesa continuaba mirando el rostro de doña Mencía, hermoso y joven cuando se acostó hacía tan sólo unas horas, y recordó un verso que aprendió en el calmecac.

– Quiero flores que duren en mis manos.

Valvanera cogió también al pequeño Miguel y se dirigió hacia el cuarto de don Lorenzo con un niño en cada brazo. Instantes después, el capitán entraba en la habitación y contemplaba a doña Mencía cubierta por una manta de algodón. Doña Aurora se arrodillaba, inclinándose hasta tocar el suelo con las manos abiertas. El capitán se acercó e intentó levantarla.

– Vamos, salgamos de aquí, Juan se encargará de todo. Al menos no ha sufrido demasiado.

Pero la princesa se libró de los brazos de don Lorenzo de la Barreda, no podía soportar que la rozara, las manchas de la sangre y de las enfermedades de su pueblo le impregnaban de un olor ácido como el que acompañaba a todos sus soldados. Desde que llegaron a su tierra, la certeza de la muerte había sustituido a la esperanza de encontrar en ella la continuidad de la vida. Los guerreros ya no morían en combate, ya no acompañaban al Sol para que siguiera su camino hasta su cenit, morían en sus esteras deformados por la enfermedad. Las víctimas de los sacrificios sagrados ya no alimentaban a los dioses con su sangre, ahora los nuevos sacerdotes bebían la de un dios que permitía matanzas en su nombre.

Los puños de doña Aurora se cerraron, sus gritos se escuchaban en todo el palacio mientras descargaba su desesperación contra el suelo.

Al día siguiente llegó la noticia de que varias naves repletas de soldados habían llegado a Veracruz con la orden de apresar a los españoles. Don Lorenzo se encontraba entre los capitanes que marcharían para enfrentarse a las tropas recién llegadas, él mismo se lo comunicó a la princesa dos días antes de partir, y nuevamente le ofreció la oportunidad de volver a su casa con Valvanera.

– Pasaremos por Cempoal. Podríais llevar a María con vosotras, Miguel se quedaría al cuidado de un ama de cría.

Pero doña Aurora no consintió en separarse de Miguel. El niño la quería. No podía traicionar la promesa que se hizo a sí misma, lo cuidaría como a un hijo, como Espiga Turquesa cuidó de ella. Su madre se alegraría si regresara, pero no soportaría la deshonra que llevaría consigo. Cuando la entregó a los extranjeros renunció a ella para siempre. Su vuelta supondría una condena a la soledad y al abandono, a menos que encontrara la protección de un hombre. Su madre sabía que ningún joven aceptaría a una viuda que nunca llegó a ser esposa. Don Lorenzo la protegía desde que vino al mundo el pequeño Miguel, el destino les había unido para siempre, ella jamás se atrevería a intervenir en los deseos de los dioses.

4

No hay noche más triste que la que cubre de luto las vidas de los que despiden a sus muertos. Tenochtitlan lloraba a sus notables, mientras los extranjeros se refugiaban en el palacio donde se alojaban desde hacía siete meses. La ira de los guerreros se unía al llanto de las mujeres, que recuperaban los cadáveres en el último adoratorio del Templo Mayor. Ciento catorce escalones manchados con la sangre de los que no soportaron ver a su emperador cautivo en su propio palacio, a merced de los deseos de su carcelero. Centenares de cuerpos pasados a cuchillo por intentar cumplir con sus tradiciones celebrando una fiesta en honor del dios de la guerra.

Desde que don Lorenzo se marchó a Veracruz, los soldados que permanecieron en la ciudad parecían más nerviosos cada día. Los rumores sobre la conspiración que preparaban los notables de Moctezuma tras la ceremonia sagrada se acrecentaban a medida que se acercaba la fecha del festejo. Un festejo que habían aprobado los españoles a condición de que no se celebraran sacrificios humanos.

Pero todos sabían en palacio que dos jóvenes se paseaban por las calles de Tenochtitlan desde hacía semanas. Ocho ayudantes les rodeaban de flores ante la devoción de los que se concentraban a su paso para adorar a la reencarnación de la divinidad.

Doña Aurora sólo abandonaba la habitación que compartía con Valvanera y con los niños para pasear por el jardín. María y Miguel se entretenían jugando con la tierra mientras ellas fumaban bajo la sombra de los árboles. Con frecuencia veían movimientos de soldados, que se apostaban armados en el embarcadero.

Unos días antes de la fiesta, un grupo de soldados se precipitó hacia las canoas, y remaron a toda prisa. Doña Aurora y Valvanera continuaban en el jardín cuando regresaron con un joven mexica vestido lujosamente. La esclava reconoció en su atuendo las prendas de la realeza.

Momentos más tarde, los canales se llenaron de voces que gritaban desde las embarcaciones.

– ¡Devolvednos a nuestro príncipe! ¿No os basta con el emperador?

Los españoles atravesaron el jardín con el joven, que se resistía intentando desprenderse de los brazos que le sujetaban.

Las mujeres recogieron a los niños y corrieron hacia su habitación. Desde ese momento, en el palacio tan sólo se escucharon las voces de la confusión y del caos. El príncipe fue liberado al día siguiente, pero regresó con sus guerreros reclamando la liberación de Moctezuma. Horas antes, los españoles habían irrumpido en el Templo Mayor para secuestrar a los dos jóvenes dispuestos para el sacrificio. Valvanera se recreó contándole a doña Aurora los detalles que a ella misma le contaron las criadas de las otras princesas, que compartían confidencias con los asaltantes.

– Cuando los cogieron, ya habían subido las escaleras del templo rompiendo sus flautas de cerámica. Los sacerdotes no supieron qué hacer, se quedaron parados cuando los españoles apresaron a las víctimas.

Doña Aurora conocía el ritual, los dos jóvenes eran elegidos por la perfección de sus cuerpos. Durante un año, se les enseñaba a cantar, a bailar y a tocar los instrumentos que no dominaran. Se les dejaba el cabello largo y una cohorte de servidores les cuidaban y adoraban como a la imagen viva de los dioses. Tres semanas antes de la fiesta, cuatro jóvenes expertas en el arte de amar calentaban sus esteras hasta el último día de sus vidas, en el que cinco oficiantes los tenderían sobre la piedra del sacrificio y les arrancarían el corazón partiéndoles el pecho con sus cuchillos de obsidiana, después les cortarían la cabeza, la clavarían en un poste y arrojarían sus restos despedazados por las escaleras.

Los españoles les salvaron del sacrificio, pero les torturaron hasta que confesaron que los notables pensaban lanzar a sus guerreros contra los invasores. Sus gritos se grabaron en los oídos de la princesa. Otra vez el dolor y la muerte marcaban su destino.

Al día siguiente, las amigas de Valvanera se refugiaron en la habitación de doña Aurora. Hablaban precipitadamente, el miedo entrecortaba sus voces. Sus ojos, abiertos hasta el espanto.

– ¡Nos matarán a todos! ¡Los mexicas claman venganza!

– ¡Dicen que han matado a todos los caciques y a los sacerdotes y que hay casi mil muertos!

– ¡Yo he oído que eran seiscientos, y que les han robado las joyas que llevaban puestas!

– ¡Seiscientos o mil, el caso es que han matado a todos los notables! Los mexicas han rodeado el palacio.

– ¡Jamás saldremos vivas de aquí!

Capítulo IX

1

Todos los niños que iban en el barco miraban embobados los disfraces y los gestos de las criadas de los Vizcondes de la Isla de la Rosa, que representaban la historia de sus antepasados e impostaban la voz cada vez que hablaban como si fueran personajes legendarios.

– ¡No se caiga usted!

Las Chiquillas se empujaban una a otra, exagerando los movimientos de los gigantes. Los niños reían a carcajadas y se admiraban de las plumas que representaban a Quetzalcoatl.

– ¡Vengo en busca de los huesos preciosos que tú guardas!

– ¿Y qué harás con ellos, Quetzalcoatl?

– ¡Los dioses se preocupan porque alguien viva en la Tierra!

– Está bien, haz sonar mi caracol y da vueltas cuatro veces alrededor de mi círculo precioso.

Estaban a punto de terminar la representación, cuando Valvanera escuchó a un marinero que se dirigía a otro en presencia de un comerciante de paños vestido de negro.

– ¡Estas indias son unas herejes! ¡Están enseñando sus rezos a los niños! Habría que hacer algo. Si estuviéramos en tierra, las denunciaría. Seguro que no cantaban cuando ardieran en la hoguera.

El segundo marinero le pidió silencio sin palabras y miró al puente de mando, donde se encontraban don Lorenzo y el capitán San Pedro.

– ¡Calla! ¿Qué te va a ti en todo esto? ¿Acaso quieres quedarte en tierra en el siguiente viaje?

El comerciante miró a los marineros y, casi sin mover los labios, se dirigió a ellos bajando la voz.

– No hay por qué preocuparse. ¿Habéis visto algún cerdo al que no le quemen la piel el día de San Martín?

Las Chiquillas terminaron su función, pero Valvanera supo que a partir de entonces nadie debería oírlas hablar de sus teules, y alertó a su señora.

– ¡Anda con tiento, mi niña! Allá adonde vamos no consentirán nuestras oraciones. Que nadie te escuche los salmos. Ni siquiera don Lorenzo.

La esclava acudía con doña Aurora a los oficios religiosos que se celebraban antes de los turnos de guardia de noche. Rezaban el Padrenuestro, el Credo, el Avemaría, y cantaban la Salve. Pero, cada mañana, se reunía con su señora en su camarote para recitar sus salmos junto a los niños.

A doña Aurora no le preocupaba que las escucharan, nadie entendía el nahuatl, y el capitán y Juan de los Santos jamás les prohibirían sus rezos. Sin embargo, Valvanera se mostraba recelosa.

– No les temo a ellos, sino a los que les rodean. Mejor será que nunca tengan que defendernos, pero si han de hacerlo, que puedan negar sin que la mentira se vuelva negra en sus bocas.

El miedo de la esclava se contagió a su señora. Las dos convinieron en que, para evitar nuevos enfrentamientos con los marineros, nadie debía conocer lo ocurrido.

Valvanera señaló el anillo de cabeza de águila que doña Aurora llevaba en el dedo meñique y le acercó el cofre de piedra donde guardaba la diosa de los besos.

– Deberías guardar también el anillo, por lo menos hasta que estemos seguras de que nadie sabe lo que representa. ¡Ojalá que las Chiquillas no te lo hayan visto! Ayer las vi hablando con el hombre de negro.

2

En Veracruz, la victoria sobre los soldados del gobernador fue mucho más fácil de lo que don Lorenzo había imaginado. La codicia de los recién llegados les llevó a unirse a las tropas de la Coalición sin oponer apenas resistencia. Volverían a Tenochtitlan con soldados de refresco, caballos, cañones y suficiente artillería como para derrotar a los mexicas en caso de que se sublevaran. Pero, sobre todo, su fama de invencibles seguiría creciendo y provocando el miedo de los aztecas, su arma más poderosa. Dos mensajeros salieron de inmediato para informar a Moctezuma de la victoria. Pero su alegría duraría poco tiempo.

Don Lorenzo se encontraba inspeccionando la cubierta de uno de los bergantines, cuando su mozo de espuela apareció gritando sobre una canoa.

– ¡Señor don Lorenzo! ¡Os esperan en el real!

La voz de Juan de los Santos sonaba entrecortada, sus manos sujetaban los remos como si quisieran contagiarles su prisa. Don Lorenzo bajó la escala intentando entenderle.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas así?

– Los mensajeros indios han vuelto, traen malas noticias. La mala fortuna nos ha traído su rueda.

– ¿Qué ha pasado? ¡Habla ya de una vez!

El mozo de espuela comenzó a remar cuando el capitán estuvo en la canoa.

– Nuestros soldados están cercados en el palacio. Volvemos mañana.

El camino de vuelta hacia Tenochtitlan se convirtió en un campo de batalla. Don Lorenzo se desesperaba cada vez que entraban en una ciudad conquistada anteriormente y les recibían con ropas de guerra. La sometían de nuevo sin dificultades, pero retrasaban su llegada a Tenochtitlan. Juan de los Santos no se movía de su lado. En uno de los combates, justo en el momento en que los indios se estaban rindiendo, una piedra le dio en la frente y comenzó a gritar llevándose las manos a la cabeza.

– ¡Me han matado! ¡Me han matado!

La sangre le salía entre los dedos y le cubría los ojos. Don Lorenzo se bajó del caballo y le inspeccionó la herida.

– De ésta no te mueres. Pero el barbero tendrá que darte unas puntadas.

La herida no era demasiado profunda, pero obligó al mozo a continuar el viaje con una venda que casi le tapaba los ojos; don Lorenzo le cedió el caballo y continuó a pie. La distancia que les separaba de Tenochtitlan parecía alargarse mientras avanzaban. Pensaba en su hijo y en doña Aurora. Si hubiera insistido en que le acompañaran hasta Cempoal, estarían a salvo. Pero no insistió, acató su decisión, Miguel la necesitaba. No podía apartarla de su mente cuando le decía adiós en la mañana en que partieron hacia Veracruz. Dos días antes, la visitó en su habitación para comunicarle su marcha, había teñido sus ropas de negro tras la muerte de doña Mencía. La princesa abrió la puerta cuando él se disponía a dar unos golpes con los nudillos. Valvanera jugaba con Miguel y con María al fondo del cuarto.

– ¿Vais a algún sitio? Permitidme que os acompañe. Desearía hablaros.

Pero la princesa volvió a la estera, señaló uno de sus extremos y le invitó a sentarse. Parecía cansada. Desde la muerte de doña Mencía, sus ojos habían perdido la dureza con que solían mirarle, se habían convertido en dos ranuras oscuras que sólo transmitían vacío. Con frecuencia la encontraba llorando e intentaba consolarla, pero rechazaba su abrazo sistemáticamente. Nunca permitió que la tocara.

Sentada frente a él, envuelta en una túnica que le cubría de los pies a la cabeza, esperó a que el capitán comenzara la conversación con la mirada clavada en el suelo.

– Deberías volver a casa y olvidar. Es terrible verte tan triste.

Doña Aurora levantó la vista, don Lorenzo comprobó cómo fruncía el ceño extrañada, sus ojos volvían a cargarse de una expresión que paralizaba cualquier intención de acercamiento. Sin darse cuenta, comenzó a hablar en español, en lugar del nahuatl con el que había iniciado la conversación.

– Parto hacia Veracruz pasado mañana. Pasaremos por Cempoal, si queréis regresar podría llevaros con Valvanera y con María.

La princesa se levantó de la estera, llamó al pequeño Miguel, que acudió gateando desde el otro lado de la habitación, lo cogió y lo abrazó mientras preguntaba qué pasaría con el niño. Don Lorenzo se incorporó y volvió a hablarle en nahuatl.

– No te preocupes, él estará más seguro que vosotras.

El niño se acurrucó en los brazos de doña Aurora. Hasta ese momento, don Lorenzo no se había dado cuenta de que siempre le hablaba en su lengua materna.

– No hace falta que te decidas ahora, mañana me respondes.

Era la tercera vez que le ofrecía la vuelta a casa, sin embargo, no deseaba separarse de ella. Don Lorenzo besó al niño en la frente y abandonó la habitación. Al día siguiente, la princesa le comunicó su decisión de continuar en Tenochtitlan. Antes de partir hacia Veracruz, doña Aurora le pidió que besara una joya que llevaba en el cuello, una princesa con pendientes y corona de plata, después lo acercó a la cara del niño simulando un beso. Había sustituido su túnica negra por una falda bordada y una camisa de algodón, llevaba el pelo recogido y calzaba unas sandalias con adornos de oro. Miguel le despedía en sus brazos mientras jugaba con el colgante que le dio a besar. Doña Aurora movía la mano al compás de la del pequeño, el anillo de la cabeza de águila lucía en su dedo meñique. Sonreía.

3

Doña Aurora abrazaba al pequeño Miguel intentando calmar el llanto con el que parecía unirse al de la ciudad donde podría haber sido feliz. Sin embargo, el destino volvía a maldecir sus vidas marcadas por la muerte desde sus nacimientos. En la estera de al lado, Valvanera consolaba a la pequeña María, que escondía la cabeza en su regazo aterrorizada por los ruidos de la refriega. Quizá Moctezuma tenía razón, quizá Quetzalcoatl había enviado a sus guerreros del águila para detener el Quinto Sol. Quizás el cataclismo que les esperaba viniera de la mano de los españoles. Quizás había llegado el momento en el que debía completarse el círculo para que la espiral de la evolución siguiera su marcha, de la misma manera que los habitantes antiguos habían completado el suyo, desarrollándose hacia formas cada vez más perfectas.

Los gritos de los guerreros que rodeaban el palacio asustaban al pequeño tanto como los fogonazos de los arcabuces y de los cañones. El niño se tapaba los oídos en cada explosión buscando refugio en los brazos de la princesa, que lo acunaba cantándole las historias de sus antepasados con las que acostumbraba a dormirle desde que nació. Todavía no tenía edad para memorizarlas, pero poco a poco conseguiría que compartiera con ella los recuerdos que sus mayores le habían transmitido a través de los códices de tinta negra y roja.

Los sollozos del pequeño se confundían con los cantos que su madre había aprendido en el calmecac. Las fuerzas primordiales que presidieron los cuatro soles anteriores, el agua, la tierra, el fuego y el viento, habían dejado paso a la Época del Sol en Movimiento. Los primeros hombres fueron hechos de cenizas, el agua terminó con ellos convirtiéndolos en peces. La segunda clase de hombres eran los gigantes, cuando se caían lo hacían para siempre, por eso se saludaban deseándose unos a otros permanecer de pie.

– No se caiga usted.

El pequeño Miguel transformó su llanto en gemidos intermitentes mientras doña Aurora continuaba cantándole. Los hombres del Tercer Sol quedaron convertidos en guajolotes, las aves más sabrosas que jamás hayan existido. El cataclismo de la Cuarta Época transformó a los seres humanos en hombres-mono que se fueron a vivir a los montes. Su signo era 4-viento, como el signo que unió al pequeño Miguel con su nueva madre.

El niño la miraba fijamente intentando que sus párpados no se cerraran. La Quinta Época se llama Sol en Movimiento. En ella habrá movimientos de tierra y hambre, y perecerá el mundo. Para la creación de los seres humanos se aprovecharon los despojos de los hombres de épocas anteriores. Así se lo encargaron al príncipe Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, símbolo de sabiduría, que bajó a la casa de los sueños para buscar los huesos de los antepasados de los hombres.

El sueño venció al pequeño Miguel antes de que su madre terminara de recitar sus estrofas. Y el dador de la vida bajó a los infiernos para hablar con el dios supremo del Mictlan.

– Vengo en busca de los huesos preciosos que tú guardas.

– ¿Y qué harás con ellos, Quetzalcoatl?

La princesa acostó al niño en la estera y se tendió junto a él. Si los mexicas conseguían entrar en el palacio, probablemente los sacrificarían a todos. Don Lorenzo nunca sabría que sus propios compañeros de viaje habían provocado la muerte de su hijo. Quizá fuera la diosa de las aguas la que había permitido que el capitán no tomara parte en el asalto al Templo Mayor. Doña Aurora acarició su amuleto de los besos y se lo acercó a la mejilla. Don Lorenzo no había participado en la muerte de los notables, pero su viaje a Veracruz terminaría sin duda en otra matanza.

Desde que llegaron a Tenochtitlan la miraba de una forma extraña, a veces le recordaba a la mirada de don Gonzalo de Maimona, cuando llegaba a la choza después de las comidas y forzaba sus besos; otras veces, era la mirada de Serpiente de Obsidiana que abrazaba su cuerpo en el azul marino de la noche. La princesa se acercó a la cara su diosa de ónice. Su madre la habría protegido del amor y del miedo. Don Lorenzo había intentado acercarse más a ella en los últimos siete meses. Su voz era dulce cuando utilizaba el nahuatl, pero se transformaba cuando hablaba en su propia lengua, cualquier palabra sonaba a sus oídos como las que le oyó pronunciar en Cholula. «¡Mátalos! ¡Mátalos!»

4

El regreso de Veracruz a Tenochtitlan les llevó casi dos semanas. Cuando llegaron a la calzada, comprobaron que algunos puentes habían desaparecido. Entraron en el palacio sin grandes dificultades, los pífanos y los tambores ensordecieron sus alrededores acompañados por el sonido de la artillería, que disparaba sin tregua los arcabuces y los treinta cañones que traían de Veracruz.

Desde el interior del palacio, los soldados recibían con gritos de entusiasmo al batallón de refuerzo. El capitán De la Barreda y Juan de los Santos se dirigieron directamente a la habitación de doña Aurora y de Valvanera. La puerta estaba cerrada, atrancada desde dentro, pero antes de que tuvieran tiempo de llamar, don Lorenzo escuchó la voz de la princesa que repetía su nombre desde el otro lado; al mismo tiempo, percibió un ruido de sillas y mesas empujadas por el suelo.

Valvanera se abalanzó sobre Juan de los Santos, que continuaba llevando la venda, manchada de sangre y de polvo.

– Pensé que nunca volvería a verte.

El criado la abrazó mientras varias mujeres se precipitaban hacia la puerta empujándose unas a otras.

– Ya estoy aquí, no dejaré que te ocurra nada. No volveré a dejarte sola, te lo prometo.

Valvanera seguía abrazándole mientras le señalaba la frente.

– ¿Qué te ha pasado? ¿Qué tienes ahí?

– No es nada, no te preocupes, son heridas de guerra.

Doña Aurora permanecía de pie, observando el abrazo. Miró al capitán con un gesto de sorpresa y le entregó al pequeño Miguel envuelto en la manta de peces de colores. Don Lorenzo no se atrevió a decirle que también él cuidaría de ella y que se encargaría de que nunca le pasara nada. Se acercó a la pareja recién descubierta y le susurró al oído a su mozo.

– ¡Bribón! Nunca me dijiste una palabra.

Los días siguientes transcurrieron entre la confusión y los preparativos de huida. El palacio seguía rodeado por los guerreros que abanderaba el sobrino de Moctezuma, los cañones escupían bolas de fuego que impedían el asalto, pero los indios no se rendían. Moctezuma salió al balcón para mediar por la paz, pero su intento acabó por costarle la vida. Don Lorenzo nunca supo la causa real de su muerte, unos decían que una piedra lanzada desde el exterior le rompió el cráneo, otros, que la espada de un soldado atravesando sus riñones fue mucho más efectiva que la piedra.

Unos días después, el capitán caminaba con doña Aurora por la galería del palacio cuando vieron a Moctezuma tendido en el suelo, sus ayudantes preparaban su mortaja. A partir de ese momento, huir era la única salida. Sin rehén con el que amenazar a los indios y con un enemigo que les multiplicaba por cien, no había cañones, ni caballos, ni apariencia de dioses que pudieran salvarles. Don Lorenzo cogió a la princesa por el brazo y la introdujo en su habitación. Por primera vez no rechazaba su roce.

– No os mováis de aquí por ningún motivo.

Capítulo X

1

A Juan de los Santos no le gustaban los barcos, durante casi todo el trayecto permaneció acostado en su camarote, intentando evitar los mareos que sufría siempre que sus pies no tocaban tierra firme. Sin embargo, a raíz del episodio de las batayolas, se mantuvo vigilante en cubierta identificando a las personas que pudieran ocasionar problemas a doña Aurora y a Valvanera. En aquella ocasión, cuando el calafate se dirigía al palo mayor para cumplir su castigo, reparó en un comerciante de paños que se dirigía al carpintero tapándose la boca. No llegó a saber las palabras que pronunció entonces, pero poco más tarde, cuando el marinero bajó del mástil, observó cómo se le acercaba y le pedía con un gesto que le siguiera. Juan de los Santos se escondió detrás de unos cabos para escuchar la conversación.

El comerciante hablaba mirando a un lado y a otro, procurando que nadie pudiera escucharle.

– ¡Ten cuidado con ella! Es una bruja. Me han dicho que en su tierra mató a varias personas con sólo tocarlas. Una de ellas era una niña, a otra le contagió la viruela para robarle a su hija.

El calafate se llevó las manos a la cabeza, sus ojos parecían salirse de las órbitas.

– ¡Santo Dios!

La voz del comerciante se alzó levemente mientras recorría la superficie del galeón con la mirada.

– Estas brujas no deberían haber subido al barco. Después de lo que costó librarnos de los moros y expulsar a los judíos, ahora nosotros llevamos a estas malditas indias con sus mestizos a cuestas. Si estuviera en mis manos, ni uno solo entraría en Sevilla.

El contramaestre llamó a la tripulación para la oración vespertina y la conversación quedó interrumpida. El resto de la travesía, Juan de los Santos no perdió de vista la silueta negra del comerciante. Cuando el carpintero cayó envenenado por la mordedura de la araña, sus ojos pequeños y redondos escudriñaban el rostro de doña Aurora, al mismo tiempo que acercaba su boca al oído de otro marinero.

Al día siguiente, Juan de los Santos buscó al capitán y le contó lo sucedido. Sus manos sudaban, apretaba los puños y se estiraba los dedos produciendo unos chasquidos que parecían romper sus tendones.

– ¡Capitán! No sé si ha sido una buena idea volver, quizás en las Indias se viviera mejor. Podríamos instalarnos en Cuba, allí ya no hay guerras y con el oro que llevamos nos sobraría para establecernos.

Don Lorenzo le puso las manos en los hombros y le apretó suavemente.

– No podemos consentir que otros condicionen nuestras vidas. No te preocupes y procura que ellas no se enteren de nada de esto.

Juan de los Santos continuó en alerta, sin dejar de vigilar la silueta negra que rondaba por todos los rincones de la embarcación. No se calmó hasta que doña Aurora subió a cubierta con el espejo tras la muerte del calafate, y demostró a los marineros que sus palabras no podían causar el menor daño. Las carcajadas y los cantos de la tripulación relajaron sus nervios hasta que, al día siguiente, el comerciante se le acercó por la espalda y escuchó su voz por encima de su hombro.

– ¡Cazador cazado!

El hombre de negro pasó de largo y se volvió hacia él exagerando una reverencia con la capa. Sonreía al hablar, descubriendo sus dientes amarillentos en una mueca que Juan de los Santos no podría olvidar.

– Los que duermen con brujas también arden en la hoguera.

Se marchó inclinando la cabeza, dejando en el aire el olor de las amenazas que pueden llegar a cumplirse.

Volvió a verlo merodear entre los pasajeros y los marineros, asaltando con su presencia a las Chiquillas y a los hijos de los Vizcondes de la Isla de la Rosa, pero no escuchó otra vez aquella voz hasta que una mañana le sorprendió cuando se dirigía a doña Aurora. Su sonrisa amarilla se había transformado en un esfuerzo por disimular interés por la princesa.

– Estáis muy hermosa con ese vestido. Impresionaréis a los paisanos allá donde vayáis. ¿Os quedaréis en Sevilla? ¿O seguiréis camino hacia otra parte?

Juan de los Santos se adelantó a la respuesta de doña Aurora. Se tragó las palabras que hubiera deseado decirle y forzó una sonrisa mayor que la de él.

– Estaríamos encantados de que viniera a visitarnos, pero todavía no sabemos adónde nos dirigimos. Si me decís vuestra dirección, le haremos llegar la nuestra cuando estemos instalados.

El comerciante de paños volvió a exagerar una reverencia, primero a doña Aurora y después al mozo de espuela, su rostro recuperó la mueca del que oculta una promesa en sus palabras.

– Aceptaré vuestra invitación gustosamente. Volveremos a vernos.

Al cabo de unos días, los gritos del vigía, y su brazo extendido señalando a estribor, lanzaron a todos los pasajeros hacia la borda.

– ¡Tierra! ¡Tierra a la vista!

La desembocadura del Guadalquivir se dibujaba poco a poco para los ojos de la tripulación, acostumbrados a distinguirla en la lejanía.

– ¡Sanlúcar de Barrameda! ¡Allá vamos!

Sin embargo, la mayoría de los pasajeros buscaba sin resultado una fractura en la línea divisoria que separaba el cielo del mar, el único paisaje que habían visto desde hacía casi dos meses.

– ¡No la veo!

– ¿Dónde?

– ¡No veo nada!

Doña Aurora se precipitó a la barandilla con el pequeño Miguel de la mano. Sus pies, aprisionados en los botines, no dejaban de moverse. Don Lorenzo se acercó hasta ellos y contempló el horizonte, enorme y azul. Levantó al niño en los brazos y susurró al oído de la princesa.

– Te regalo la primera mancha de tierra que veas.

Doña Aurora retiró la cabeza y señaló hacia el este. Una sombra grisácea se adivinaba sobre las aguas. El capitán apoyó su barbilla contra el hombro de Miguel y sonrió.

– Tu madre es una tramposa, Miguelete, ya lo había visto.

Los tres reían a carcajadas cuando don Lorenzo divisó la figura negra del comerciante que les observaba desde el castillo de popa. Aquel hombre le ponía nervioso. La primera vez que lo vio, taladraba a doña Aurora con la mirada mientras cuchicheaba con un marinero. En ese momento le hubiera quitado a golpes las ganas de volver a mirarla, pero los marineros andaban inquietos por la muerte del calafate, y no quiso empeorar las cosas. Desde entonces, lo veía merodear entre la tripulación, a veces señalaba a la princesa disimuladamente y se tapaba la boca, urdiendo una tela que aprisionaba sus sueños y no le dejaba dormir. La duda entre dejar que las cosas siguieran su curso o intervenir hasta obligarle a contar lo que tramaba le mantenía despierto durante casi toda la noche.

Pensó en pedirle consejo a don Ramiro, él tenía que conocerlo de otros viajes, pero no quería molestarle con algo que quizá no tuviera importancia. Podría decirle a Juan de los Santos que lo vigilara, pero hubiera levantado las sospechas del comerciante y empeoraría la situación. Debería decirle a doña Aurora que tuviera cuidado, pero ignoraba de qué.

La incertidumbre le mordía. Sabía que a veces las decisiones se convierten en errores que no tienen remedio. Y no quería tener que lamentarse. La precipitación no es buena aconsejando. No quería volver a soportar el peso de la equivocación. Tenía que cuidar de ella, debía protegerla. No volver a cometer errores, no volver a caer en la trampa de las prisas. No fallarle otra vez. No volver a sentir su ausencia como una garra, como una boca abierta amenazando su estómago. El miedo. El recuerdo de la huida que se convirtió en un desgarro. Su sueño destrozado en la salida de Tenochtitlan. La pérdida.

2

Don Lorenzo se lamentaba reconstruyendo una y otra vez los pasos que le llevaron hasta perderla. No previó las consecuencias de desandar el camino que les habría facilitado la salida, y permitió que se hundiera en un desastre que cualquier soldado habría sido capaz de reconocer.

Retrocedieron, cuando la salvación estaba en marchar hacia el frente. No se arriesgó a cruzar la calzada. No vio que el peligro se encontraba si volvían hacia atrás, aunque la lucha les esperaba adelante.

Consiguió escapar y llegar a las puertas de Cholula, pero no encontraba la paz que le devolviera el sueño. Sus ojos se negaban a cerrarse desde la misma noche en que salió de la capital de los mexicas. La culpa. Y ahora no puede dormir.

Más de la mitad de los soldados cayeron en la batalla. El mayor desastre que don Lorenzo habría de presenciar. Siete mil personas intentando esconderse entre la niebla, conteniendo el aliento. Nadie reparó en que el silencio de siete mil almas se puede escuchar, a pesar de que no hablen una sola palabra.

Desde las terrazas y desde los templos llegaron los gritos de los mexicas arengando a los guerreros a perseguir a sus enemigos.

La noche anterior, don Lorenzo había subido a la habitación de doña Aurora para indicar a las mujeres el lugar que les correspondía en la retirada. Valvanera preparaba unos cestos donde guardaba las cosas que llevarían consigo. Al comprobar el volumen de los bultos, el capitán se dirigió a las mujeres en tono tajante.

– ¿Estáis locas? Esto no es una mudanza, salimos huyendo. ¡Deprisa! Bajad al jardín. No hay tiempo que perder.

La princesa intentó buscar algo entre los cestos, sujetaba a la espalda a la pequeña María, enrollada en una manta que anudaba en uno de sus hombros. El capitán se colocó frente a ella y la empujó hacia la puerta.

– No hay tiempo, doña Aurora, la vida vale más que cualquier cosa que haya en el cesto.

La princesa inició la huida como el resto de la Coalición, en silencio absoluto. De puntillas. Comenzaba a caer una lluvia fina que les calaba sin que se dieran cuenta. Apenas habían atravesado los primeros canales cuando se escuchó el grito de una mujer asomada a una terraza.

En sólo unos minutos, los canales se llenaron de barcas protegidas por escudos. Al final del camino empedrado, miles de guerreros esperaban a los españoles para cortarles la retirada.

Juan de los Santos corría llevando de la mano a Valvanera, que cargaba al niño a la espalda; la princesa llevaba a la pequeña María, intentando protegerla de la lluvia de flechas. El capitán las cubrió con su escudo y se volvió a su mozo.

– ¡Llévatelos al palacio! Volveré a buscaros con un pelotón.

Cuando la huida se convirtió en desbandada, volvió a recogerlos con cincuenta soldados. Valvanera y Juan de los Santos les salieron al encuentro con el pequeño Miguel. La criada lloraba.

– ¡No encontramos a mi señora! Subió a la habitación para buscar su besador. Hay fuego por todos lados. La pequeña María iba con ella.

Cincuenta hombres buscaron a la princesa hasta que la prudencia les obligó a abandonar lo que quedaba del palacio. En su camino de vuelta a la calzada, se cruzaron con numerosos soldados que buscaban el refugio que ellos acababan de abandonar. Don Lorenzo les conminaba a dar la vuelta sin que sus advertencias sirvieran de nada.

– ¡Volved a la calzada! El palacio está ardiendo, los indios lo tienen rodeado. Allí no hay salvación posible.

La calzada se había convertido en un campo sembrado de muerte. Las tropas que pudieron atravesarla corrían despavoridas, perseguidas por los guerreros mexicas. Don Lorenzo cabalgaba con el pequeño Miguel. Valvanera y Juan de los Santos, encaramados en una mula que había perdido a su dueño. El capitán la encontró cuando se dirigía al palacio, asustada y cargada de oro.

Caminaron durante horas hasta dejar atrás a sus perseguidores. En el primer alto en el camino, don Lorenzo abrazó a su hijo y recordó el olor de la arena del mar.

Se detuvieron alrededor de un ciprés al que los indios llamaban ahuehuete. Juan de los Santos se recostó en el tronco. Don Lorenzo permanecía de pie, intentando proteger a su hijo de la lluvia con su rodela, el escudo se había convertido en un amasijo abollado de hierro pintado de negro. El mozo de espuela respiraba jadeando y comprobaba el número de lingotes que conservaba todavía. Se entretenía apilando el oro que iba sacando de las alforjas, cuando don Lorenzo se acercó y deshizo los montones de una patada.

– Los mexicas nos pisan los talones ¿y tú te dedicas a contar el maldito oro? ¡Guarda eso!

Los gritos de los mexicas se escuchaban cada vez más cerca, don Lorenzo detuvo a Juan de los Santos y cargó las alforjas sobre la mula.

– Parece que se acercan. ¡Vámonos!

Subió a su caballo, cargó a la grupa al pequeño Miguel y le tendió la mano a Valvanera para ayudarla a montar. La criada le miró con los ojos vidriosos.

– ¡Capitán! ¡Os lo ruego! Dejad que vuelva a buscarlas.

Don Lorenzo no contestó, se giró hacia Juan de los Santos y señaló el estribo que había dejado libre para la criada.

– Súbela, que sujete bien al niño.

Valvanera montó detrás de Miguel y continuó suplicando y reprimiendo las ganas de llorar.

– ¡Capitán! ¡Por favor! Yo sabría esconderme entre los mexicas. Tengo que encontrarlas.

El capitán espoleó al caballo y salió a media rienda, ocultó su cara bajo el yelmo y contestó sin mirar hacia atrás.

– Ya viste cómo estaba el palacio, aunque las llamas se hubieran apagado no podríamos hacer nada por ellas, los mexicas lo habrán tomado ya. Créeme, no hay nada que podamos hacer.

Don Lorenzo pensó en los barcos que dejaron en Veracruz. Volver. Olvidar el horror y educar a su hijo lejos de las batallas. Buscar en su tierra roja las raíces de las que huyó, en un tiempo en el que la vida parecía una aventura. Regresar al sabor del vino, al pan, al aceite. Olvidar corazones que laten en las manos.

Valvanera lloraba en la grupa abrazada al pequeño Miguel. El capitán recordó las lágrimas de la princesa cuando murió doña Mencía, sus golpes contra el suelo. Apretó las riendas hasta clavarse las uñas en las palmas. No debió ordenarles que fueran al palacio. El sabor del pan con aceite. Debió permitir que corrieran hacia la calzada junto a los demás indios, algunos consiguieron sobrevivir. Su silueta debajo de la túnica. Caracoles con chile. El olor del vino y de la tierra roja. Parecía una gitanilla con los dos niños en jarras. Volver a contemplar las cepas y los olivos desde la choza de los aparceros. El desorden de su pelo. El mercado. Los alfareros que enseñan a mentir al barro. Don Lorenzo se quitó el yelmo y buscó el aire inclinando la cabeza hacia atrás, estaba a punto de amanecer. Llovía.

3

Cuando los mexicas dejaron de perseguirles, los supervivientes se dirigieron a Cholula para restablecerse del cansancio y de las heridas. Durante las acampadas, Valvanera se encargaba de cuidar de la mula de Juan de los Santos, le quitaba las alforjas y controlaba que no se hubiera clavado alguna piedra en sus cascos. En uno de los campamentos, el animal casi le rompe el hombro de una coz. Se acercó cuando olfateaba los restos de unas mazorcas de maíz, y del montón de panochas surgió una salamandra que estuvo a punto de acabar en sus hocicos. Valvanera la tranquilizó, pero tuvo que llevar el brazo en cabestrillo durante más de quince días. Juan de los Santos la cuidó como si fuera una niña, a pesar de que aún le dolían sus propias heridas. Mientras tanto, don Lorenzo se ocupó de su hijo hasta que llegaron a la fortaleza.

Daba lástima mirar al capitán, atendía al pequeño con el pensamiento puesto en lo que debió hacer y no hizo. Casi no hablaba con ellos, únicamente se dirigía al pequeño Miguel, le susurraba palabras cariñosas en nahuatl mientras le dormía o cuando le daba la comida. Siempre que hacían un alto en el camino, se quedaba apartado del resto, mirando la Luna como si quisiera encontrar en ella el sosiego que le faltaba desde que abandonó el palacio en llamas.

A veces, Juan de los Santos intentaba distraerle con los chismes que circulaban entre los soldados, pero el capitán contestaba con monosílabos hasta que Valvanera pedía al mozo de espuela que le dejara en paz con sus charlas.

Nunca imaginó que ella sobreviviría a la princesa, pero tampoco imaginó que muchas de las lágrimas que iban a verterse las disimularían aquellos ojos. Lágrimas secas que encontraban su camino en el nudo que se adivinaba en su garganta.

Todos y cada uno lloraban a doña Aurora. Sin embargo, en la fortaleza de Cholula les esperaba una sorpresa con la que soñaba Valvanera desde que huyeron de Tenochtitlan. En la confusión del incendio, algunas mujeres consiguieron escapar con sus hijos por el embarcadero y rodear la laguna hasta más allá de la calzada, se encontraban en la fortaleza desde hacía unos días. Juan de los Santos les trajo la noticia cuando se disponían a cruzar la muralla.

– Creo que algunas consiguieron salvar a los niños. Otras murieron atravesando el Popocatepetl. Quizá doña Aurora y la pequeña María hayan tenido suerte.

Valvanera miró al capitán, temblaba tanto que parecía que iba a caerse, sus pies sujetaban a duras penas el cuerpo más alto que jamás había visto la esclava. Don Lorenzo subió al caballo sin decir una palabra, atravesó al galope las murallas de Cholula y desapareció.

El pequeño Miguel se quedó sentado en el suelo, Valvanera lo abrazó mientras buscaba llorando la mano de Juan de los Santos. Hay llantos que guardan la alegría mezclada con el miedo. Ninguno de los tres atravesó las puertas de la fortaleza, la criada se resistió a cruzarlas hasta que sus lágrimas justificaran sus esperanzas.

4

Don Lorenzo se dirigió directamente hacia las casas de la muralla. Antes de llegar a la que había ocupado doña Aurora con Valvanera y con doña Mencía hacía casi ocho meses, se bajó del caballo para recorrer los últimos metros a pie. Parecía que el corazón le iba a estallar, sentía los latidos en las sienes como pedradas lanzadas desde su interior. La garganta se le había secado y dudaba de poder pronunciar una palabra. La angustia. La desesperación. El rechazo a chocar con la casa vacía, a volver a perderla sin haberla encontrado. Sus manos sudaban. El miedo.

Las puertas de las casas de la muralla se llenaban de miradas curiosas, las mujeres salían a la calle esperando que se detuviera en la puerta donde tantas veces le vieron entrar. Una de ellas sujetó las bridas señalando con el mentón la casa de la princesa.

– ¡Corred! Hace días que os espera. Yo me encargaré de la niña.

Si hubiera podido sentir el olor de la arena del mar, aquella espalda donde hundió su cara le habría impregnado, aquella cabeza estrellada contra su pecho le habría devuelto el recuerdo de otro aroma, suave y penetrante, íntimo, capaz de confundir sus sentidos hasta más allá de la cordura, un olor luminoso, desprendido y radiante, un olor que se derramaba exclusivamente para él.

No les dio tiempo a pensar. Permitieron que sus cuerpos se buscaran, los dejaron arrastrarse hasta la estera y se dijeron en nahuatl lo que cada uno esperaba del otro. El deseo.

Después, salieron de la casa cogidos del brazo. Recogieron a la pequeña y subieron los tres a la montura con el orgullo del que corona la cima de un monte. Las mujeres sonreían al verles pasar, camino de su encuentro con Valvanera y con el pequeño Miguel. Sus cabezas erguidas miraban al frente recibiendo las aclamaciones de algunos soldados, que flanquearon la cabalgadura hasta llegar a las puertas de la fortaleza.

Don Lorenzo dominaba al caballo para obligarle al paso. Cuando atravesaron las puertas de la muralla, escuchó la voz de Juan de los Santos, que se elevaba sobre las demás.

– ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!

Su mano izquierda sujetaba las riendas mientras que la derecha rodeaba la cintura de doña Aurora, la pequeña María reía sobre la falda de colores de la princesa. Don Lorenzo se apoyaba en el bocado del caballo, que cabalgaba sometido, contoneando la carga que montaba sobre sus lomos, como si supiera que todos los ojos del campamento estaban fijos en él. Valvanera les veía acercarse con los brazos abiertos. El mozo de espuela saltaba sin dejar de gritar.

– ¡Son ellos! ¡Ya vienen!

A veces el tiempo debería pasar más despacio, recrearse en cada movimiento para poder saborearlo, grabarlo en la memoria, y volver a vivirlo cuando el sueño se resista. Don Lorenzo contempló la ilusión de su hijo cuando vio a doña Aurora, sus manos extendidas hacia el caballo, que avanzaba enseñoreándose, metiendo la cara. El niño les esperaba sonriendo, sus ojos achinados casi se perdían en su expresión de alegría. El tiempo detenido. Doña Aurora bajando lentamente de la cabalgadura y abrazando a Valvanera y al niño. Juan de los Santos sumándose al abrazo con la pequeña María. La cabeza de doña Aurora volviéndose hacia él, buscando el apoyo de su hombro. La mirada de Valvanera. Lágrimas. Saciarse de cada momento para no olvidar.

Se dirigieron a la casa de la muralla y se instalaron allí hasta que la Coalición emprendió camino a Tlaxcala al cabo de diez días. Don Lorenzo compartió la habitación con doña Aurora y con Miguel, Juan de los Santos con Valvanera y con la pequeña María. Antes de que llegara la noche, el capellán bendijo su unión hasta que la muerte los separase.

Las dos parejas celebraron sus matrimonios en la intimidad de una casa donde ya jugueteaban los niños. Doña Aurora y Valvanera prepararon el banquete de bodas, caracoles con chile y una botella de vino tinto que Juan de los Santos guardaba en secreto.

Don Lorenzo entró en la habitación desanudando las trenzas de su esposa. Su hijo dormía en la estera. A veces la vida reaparece dulce y feliz. Su esposa, su hijo, y la tranquilidad de una noche sin miedo al insomnio. La princesa no dejó de mirarle mientras le desataba los cordones de la blusa. Acarició su cuerpo desnudo lentamente, dibujando su amor en cada palmo de una piel que jamás conseguiría oler, deleitándose en una sonrisa de media luna que a veces se volvía carcajada. Sus vidas entregadas uno al otro. La locura.

Capítulo XI

1

El comerciante de paños se movía por el barco como un cuervo esperando a su presa. En cierta ocasión, se acercó al piloto y sujetó el timón con una mano mientras apoyaba la otra en su hombro. Al capitán San Pedro le cambió la expresión de la cara, se acercó al timonel y bramó como si alguien le estuviera ofendiendo o robando.

– ¿Acaso he dado permiso alguna vez para que nadie más que los pilotos controlen mi barco?

El comerciante retiró las manos e intentó disculparse, pero don Ramiro le ignoró y volvió a dirigirse al piloto.

– ¡Cuando acabe vuestro turno, quiero veros en mi camarote!

Don Lorenzo observó al comerciante mientras bajaba del puente, movía los labios y señalaba al suelo con el dedo índice. El capitán San Pedro le seguía con la mirada.

– ¡Si lo vuelvo a ver cerca de mi tripulación, no respondo de mis nervios! Parece una mosca revoloteando alrededor de un moribundo.

Don Lorenzo asintió con un movimiento de cabeza, el gesto de su cara no podía disimular el desprecio.

– Es un hombre siniestro. Me resulta extraño que lo hayas admitido en tu barco. ¿Lo conocías?

– Hace mucho tiempo que va y viene a las Indias con sus paños. Es preferible mantenerlo en alta mar que buscando problemas a la gente de tierra. No quisiera tenerlo por enemigo.

– ¿Es peligroso?

– Peligroso es poco, muchacho. Ni su propia familia se libró de sus maldades. Denunció a su mujer por delitos de fe y la envió a la horca.

El desprecio de don Lorenzo se transformó en preocupación. San Pedro no difundía rumores, a menos que estuviera seguro de que eran ciertos.

– ¿Delitos de fe? ¿Qué pasó?

– Su mujer era hija de judíos conversos. No quiso firmarle el permiso para embarcarse a las Indias, y la Casa de Contratación no se lo permitió. Entonces la denunció al Santo Oficio. Dijo que los sábados vestía ropas limpias y no lavaba ni barría la casa; que cocinaba el pescado y la carne en cacerolas diferentes; y que los lunes y los jueves ayunaba. Mostró su carta de hidalguía a los cuatro vientos cuando se quedó viudo, hasta que consiguió embarcarse en la primera nave que encontró, la mía. Desde entonces busca a los herejes como si fueran piezas de una colección. Tiene una lista de todos a los que ha denunciado, con las penas que impusieron a cada uno.

Don Lorenzo se llevó las manos al estómago y se lanzó hacia la borda, vomitó su miedo ácido y amargo pensando en los salmos que su esposa recitaba con su hijo, y se volvió hacia el capitán.

– ¿Crees que irá a por nosotros?

Confiaba en el amigo de su padre como se confía en los que nunca anteponen la compasión a la verdad o a la justicia. Temía su contestación, pero prefería enfrentarse a las palabras que no quería escuchar, antes que vivir en la incertidumbre.

Don Ramiro se acercó hasta él y le rodeó el hombro con un brazo.

– ¡Muchacho! ¡Ojalá no vuelvas a cruzarte en su camino! Yo que tú no pasaría jamás por Granada, sería capaz de seguirte la pista. No descansaría hasta conseguir que la Inquisición condenara a doña Aurora y a Valvanera.

– ¿Sabes algo que yo no sepa?

– Lo único que sé es que no ha dejado de observaros desde que subisteis al barco. No sería la primera vez que fijara sus garras en los que vuelven casados con indias. El año pasado persiguió a una pareja hasta Logroño, la pobre mujer es la última de su lista. Se celebró un Auto de Fe en la plaza pública. Después de darle garrote, quemaron su cuerpo y dispersaron las cenizas para impedir su resurrección en el Juicio Final. Este mal nacido presenció toda la ceremonia, desde que la llevaron en procesión vestida con el sambenito, hasta que la última mota de polvo voló por los aires con su memoria.

Don Lorenzo se prometió a sí mismo que protegería a su esposa de la incomprensión. Pero confiaba en que no tendría que exponerla a los peligros de los que hablaba don Ramiro. Estaba seguro de que en Zafra no podría suceder semejante barbaridad. Su padre le dijo muchas veces que sus paisanos temían al mestizaje, como todos los que temen perder su identidad y luchan por conservarla. Pero su miedo nunca se transformó en odio. Los propios Condes de Feria protegieron a los judíos cuando el resto del reino les perseguía.

Conseguiría un hogar seguro para los suyos, aunque tuviera que recorrer con ellos todas las casas de la ciudad hasta ganarse a sus vecinos. Doña Aurora disfrutaría otra vez de una vida cotidiana, de una familia. Volverían a vivir en una ciudad donde los días se sucedieran uno tras otro, sin que la mayor preocupación fuera la supervivencia.

La arrancaron de Cempoal como se arranca la rama de una mata. Pero las raíces continuaban allí, añorando la cicatriz de la herida, creciendo hacia dentro y hacia fuera. Él conseguiría que la rama volviera a brotar en la tierra donde crecen la uva y la aceituna. Si. Lo conseguiría.

2

La ciudad no era la misma que abandonaron hacía ya casi dos años. El templo que sustituyó a la gran pirámide se alzaba entre las casas, culminado por una enorme cruz. Cuando salieron de Cempoal, todavía era un proyecto a medio construir; ahora, su campanario parecía presidir la vida del pueblo con su majestuosa altura. Las casas que destruyeron los cañones habían sido reemplazadas por pequeños palacios, los quicios de sus puertas se adornaban de piedras, también el de las ventanas, algunas de ellas sobresalían hacia el exterior como pequeñas terrazas protegidas por barrotes de hierro. Los nuevos nombres de las calles se leían en las paredes sobre losetas grabadas en la lengua de los extranjeros. En la gran avenida, el suelo de arena había sido sustituido por una calzada.

Valvanera se despidió de Chimalpopoca y de Espiga Turquesa con la sensación de que el tiempo había transcurrido para ellos más deprisa de lo que sus cuerpos pudieron soportar. El cacique parecía un anciano, las manos de su señora se habían teñido de manchas y sus dedos aparecían torcidos y rígidos entre las mangas de la blusa. Juan de los Santos esperaba unos pasos más atrás montado en su mula.

– Es hora de partir. El barco nos espera.

No se había separado de él desde que huyeron de Tenochtitlan. Valvanera subió a la grupa y dirigió una mirada a la casa donde había pasado los últimos cuatro meses, y treinta años de su vida. Después, se abrazó a la cintura de su esposo y no volvió a mirar atrás.

Cabalgaban hacia el final de la avenida, por donde un día aparecieron aquellos seres que todos acogieron como dioses, cuando la mula hizo un extraño, asustada por un lagarto que cruzaba la calle. Nunca le gustaron los lagartos. Recordó su brazo en cabestrillo poco antes de llegar a Cholula, los mimos con que la cuidó Juan de los Santos, la tristeza de don Lorenzo hasta que llegaron a las murallas, y el encuentro con su señora. En la vida la había visto tan feliz. Vivieron en la casa de la muralla una existencia que no parecía para ellas, cada una con su hombre y con un hijo que les había regalado el destino. Vivieron felices diez días en Cholula y después, en Tlaxcala, cuatro meses de respiro en los que se hubieran instalado para siempre. Hasta que, una tarde, Juan de los Santos irrumpió muy nervioso en la casa después de visitar el real.

– ¡Las fuerzas de la Coalición se están reagrupando! ¡Pretenden volver a Tenochtitlan para intentar de nuevo la conquista!

Valvanera miró a doña Aurora, su cara palideció tanto que parecía una mujer blanca, sus ojos buscaron los del capitán. Don Lorenzo se dirigió a su mozo de espuela con la mirada fija en la princesa.

– Lo sé, pero hubiera preferido decírselo yo a mi esposa. Vosotros iréis a Cempoal, volveré a buscaros cuando todo haya terminado. Tú cuidarás de ellos hasta que yo regrese.

Las manos de Valvanera tiraron del mozo hasta sacarlo de la habitación. Apretaba los labios al hablar, dejando la dentadura prácticamente cerrada.

– Tu boca te llevará un día al borde del infierno. Te iría más bonito si a veces la cerraras.

Juan de los Santos contempló la puerta que se cerró tras ellos.

– El Señor don Lorenzo debería solicitar su licencia. Seguro que se la darían. Podríamos volver a nuestra tierra.

Valvanera clavó sus ojos en los de su esposo, levantó la barbilla desafiante y apretó los labios de nuevo.

– ¿No te atreverás a pedirle que sea un cobarde?

Juan de los Santos la besó en la mueca que arrugaba su boca. Tensó sus labios hasta simular una sonrisa y fingió enfadarse señalándola con el dedo.

– No es cobarde el que no da la estocada, sino el que la provoca sin razones.

La criada se deshizo del abrazo que intentaba darle el mozo y endureció el gesto.

– Dime que no se lo pedirás.

– Por supuesto que le pediré que se licencie.

Pero don Lorenzo no consintió que sus tropas se marcharan sin él. La Coalición consiguió reunir a veinticuatro mil guerreros en Tlaxcala, además de numerosos soldados y jinetes que llegaban a Veracruz atraídos por el oro de la tierra firme. En menos de una semana, partirían hacia Tenochtitlan.

3

El capitán De la Barreda huyó de los ojos de su esposa y la abrazó por la espalda.

– Pensaba decírtelo esta noche.

Sus manos retiraron el mechón que le escapaba de la trenza y lo colocó detrás de su oreja. No soportaba verla llorar. La levantó del taburete y la atrajo hacia su pecho.

– Volveré antes de que hayas podido echarme en falta.

Doña Aurora asentía con la cabeza mientras intentaba controlarse. María y Miguel dormían, el llanto de la princesa les despertó y aparecieron gateando desde la habitación de al lado. Como si se hubieran puesto de acuerdo, cada uno cogió a un niño y se acostó con él en la estera. Nunca más hablaron de la vuelta a Tenochtitlan.

El resto de la semana, la princesa vivió pendiente de las labores de la casa, preparaba tortillas de maíz para desayunar, bañaba a los niños, hacía la comida, calentaba cacao para todos después de la cena, y fumaba en pipa con Valvanera después de haberse lavado la cara y las manos. Don Lorenzo disfrutaba viéndola ejercer como ama de la casa. Una mañana, doña Aurora le pidió que la acompañara al palacio de uno de los caciques de la ciudad, necesitaba ver al anciano que hacía tiempo la trató como un padre. El capitán compartió con ella el orgullo con que le presentaba como su marido, el respeto con que le pedía al anciano la bendición para el pequeño Miguel, y la ilusión con que le regalaba varios espejos que hicieron las delicias del montón de mujeres que le rodeaban. Parecía feliz.

Don Lorenzo se lamentaba de cada día que pasaba, y lo despedía aferrándose a cada momento, para que no llegara su fin. Los preparativos para la marcha hacia Tenochtitlan se aceleraban con la misma rapidez con que se le escapaban las horas. Los cañones y los serpentines listos para el disparo; las lombardas y los arcabuces limpios y con la pólvora y la mecha a punto; las espadas pulidas; las ballestas con sus saetas de punta de cobre y sus astiles; las lanzas, las rodelas; y los hombres y los caballos, recuperados del cansancio y de las heridas.

Juan de los Santos le insistía en que solicitara la licencia, le hablaba de Zafra, de la bondad de las tierras que heredó de su padre, del vino que les esperaba en las tinajas, del jamón y del chorizo que compraban en Monesterio, de la feria y de los melones de la Plaza Chica, de los dulces que las monjas clarisas regalaban a los señores de El Torno cada Navidad. Pero su deber estaba con sus hombres, aunque la querencia le atrajera hacia las raíces que dejó por no aceptar una boda envenenada.

El día antes de la marcha hacia la capital de los mexicas, las mujeres partieron a Cempoal. Don Lorenzo llamó a su mozo de espuela y le dio instrucciones para el camino.

– Un pelotón irá con vosotros. Que nadie se separe de ti hasta que lleguéis a Cempoal. Allí esperaréis mi regreso. Cuida de ellos. Después, volveremos a casa.

Don Lorenzo cabalgó junto a la comitiva hasta que atravesaron el río donde vio a la princesa por primera vez, se bañaba junto a un guerrero que después sería condenado a la horca por asesinar a un capitán. En aquellos días, doña Beatriz llevaba en su vientre al hijo que ahora se aferraba a su espalda. Jamás hubiera pensado que, algún día, aquella joven que reía a carcajadas se convertiría en su esposa. Le llamó la atención el color de su piel, apenas parecía una india, más bien se diría que se trataba de una mora nacida de un cristiano, una morena clara que se mantenía en el agua como los peces.

El potro de la princesa seguía a la mula de Juan de los Santos. Miguel y María viajaban en las espaldas de sus madres, enrollados en sus mantas. El mozo sujetó las riendas cuando su señor hizo un ademán de pararse, pero Valvanera le habló al oído y continuó caminando hasta detenerse unos pasos más allá. El capitán bajó del caballo y se dirigió hacia doña Aurora.

– Ven, quiero enseñarte algo.

Hacia unas horas que había amanecido, la Luna todavía se distinguía como una mancha redonda y grisácea. Don Lorenzo señaló al cielo.

– Todos los días la miraré cuando suene la primera caracola, hazlo tú también, así estaremos juntos.

La princesa le prometió que buscaría su mirada todos los días en la Luna. Después, siguió a Juan de los Santos. Cabalgaba con la cabeza girada hacia atrás. El capitán De la Barreda no se movió hasta que perdió de vista los ojos de su esposa.

4

Juan de los Santos no imaginó que encontraría el amor en las Indias, seguía a don Lorenzo desde que murió el viejo Señor de El Torno cuatro años atrás. El heredero del señorío no permitió a su hermano menor continuar en el palacio paterno, a menos que aceptara casarse con la pequeña Diamantina. Don Lorenzo prefirió embarcarse a la aventura antes que el matrimonio con la joven, que sólo acarrearía desgracias para todos. Las andanzas de su señor le llevaron hasta Valvanera, su india del color del caramelo.

Desde que era un hombre casado, su deseo de volver a su tierra extremeña se había convertido en una obsesión. Nunca le gustó la vida de campaña. Él no era un hombre de guerra, su pasión era montar a caballo, acompañar al capitán a recorrer los viñedos y los olivares para hablar con los aparceros, y subir hasta la alcazaba de la sierra de El Castellar. Desde aquella fortificación, construida sobre un murallón de piedra vertical, se dominaba la planicie que se extendía a oriente y occidente, la Alconera, la Parra, la Puebla, Feria, incluso los montes de San Jorge podían distinguirse en los días muy claros. La alcazaba se remontaba a los tiempos en que rivalizaban los reinos de taifas de Badajoz y Sevilla, don Lorenzo lo visitaba casi a diario desde que era pequeño, su parentesco con el hijo del oficial de Contaduría del alcaide le permitía sentirse en la alcazaba como si estuviera en su propia casa.

El mozo añoraba el clima de su tierra, el frío del invierno y el calor del verano. Mientras se dirigía a Cempoal, se dio cuenta de que era la primera vez que se separaba de don Lorenzo desde que éste nació, hacía treinta y dos años. Él le enseñó a montar cuando apenas levantaba unos palmos del suelo. Le ayudó a ponerse su primera armadura. Le llevó en sus viajes organizando el transporte de la uva y de la aceituna por las rutas de Almendralejo, de Llerena, de Mérida, de Don Benito. A pesar de que se llevaban casi diez años de edad, compartieron juegos y correrías en las que, en más de una ocasión, tuvo que protegerle de su madre.

La idea de volver a Zafra con Valvanera le rondaba desde que le prometió que siempre cuidaría de ella el día que volvieron de Veracruz porque los mexicas habían sitiado el palacio de los capitanes. Juan de los Santos cumplió su promesa, la acompañaría durante el resto de su vida. Se dirigía a Cempoal con la certeza de que su capitán volvería para llevarlos a casa.

Su esposa y doña Aurora entraron en la ciudad con la emoción contenida en los ojos, cada una llevaba un niño a la espalda. Chimalpopoca y Espiga Turquesa, alertados por la noticia de su llegada, salieron a la gran avenida para recibir a su hija convertida en la esposa de un teul. El cacique se acercó a la princesa y se arrodilló suplicando su bendición, su madre los contemplaba unos pasos atrás, sujetando en sus manos un incensario y un penacho de plumas blancas. Después de que la princesa rozara con sus dedos la cabeza de su padre, el cacique la sahumó cuatro veces y le colocó las plumas como si la estuviera coronando. El olor del incienso invadió la avenida.

Valvanera se volvió hacia Juan de los Santos y le explicó el rito de las bodas.

– Los padres bendicen la unión de los esposos.

Se instalaron en la casa del cacique y esperaron el regreso de las tropas entre la calma de una vida de familia y la inquietud por el destino del capitán. Los pequeños Miguel y María, convertidos en centro de atención, se soltaron a caminar sin necesidad de ir sujetos de la mano. Valvanera y doña Aurora mantenían largas conversaciones con Espiga Turquesa fumando sus pipas.

El cacique, orgulloso de que por fin el destino de su hija se hubiera suavizado, no dejaba de acariciarla y de agradecer a su dios que se la hubiera devuelto. Cada mañana y cada tarde se le oía rezar.

– Señor, gran Señor del Cerca y del Junto, el de la falda de jade, el del brillo solar de jade, ayúdanos a descubrir nuevas flores y cantos para aprender a dialogar con nuestro corazón.

De vez en cuando, se dirigía a su hija cuando bañaba a los niños o les daba la comida; siempre le decía la misma frase.

– Mi pluma preciosa, mi niñita, vuestros pequeños nos han devuelto la alegría.

El cacique enseñó a Juan de los Santos las normas del juego de pelota. Todas las tardes salían a la plaza y compartían su tiempo disfrutando del espectáculo.

Los informes que llegaban de la capital de los aztecas marcaban el ritmo de la espera. Pasaban los días, las semanas y los meses, y cada informe resultaba menos alentador que el anterior. Los mexicas se resistían, los españoles debían tomar las ciudades cercanas a Tenochtitlan antes de intentar su conquista. La empresa se presentaba difícil y lenta. Hasta que las últimas noticias les hicieron albergar esperanzas sobre la vuelta de don Lorenzo. Las tropas de la Coalición habían sitiado la capital mexica. Construyeron trece bergantines con la ayuda de los de Tlaxcala para atacarles por la laguna y les obligaron a refugiarse en el centro de la ciudad. Los mexicas resistieron el asedio, tres meses sin agua y sin alimentos, diezmados por las enfermedades que trajeron los españoles y rodeados de cadáveres que no podían incinerar.

El sucesor de Moctezuma había muerto víctima de la peste. El nuevo emperador, un sumo sacerdote que no tenía más de veinte años, ordenó la retirada convencido de que la victoria era imposible. Cayó prisionero cuando intentaba huir con su corte por la laguna.

Quince días después de la conquista de Tenochtitlan, Juan de los Santos corrió hasta las habitaciones de las mujeres con la noticia que todos esperaban.

– ¡El capitán don Lorenzo está entrando en la ciudad! ¡Ha vuelto!

Sus deseos de volver a Zafra estaban a punto de cumplirse. Sabía que su india del color del caramelo no sería recibida con el mismo entusiasmo con que él la llevaría, pero la alegría es contagiosa, ella conseguiría arrancársela a toda la población. Se abrazó a Valvanera y comenzó a cantar la canción que su madre le cantaba a él cuando era pequeño.

– ¡De la uva sale el vino, de la aceituna el aceite, y de mi corazón sale cariño para quererte!

Después siguieron a doña Aurora, que corría por la avenida al encuentro de su esposo. Casi habían llegado al final de la ciudad cuando divisaron a un jinete que se acercaba al galope. Los cascos del caballo repicaban en la calzada como si llamaran a la misa mayor. Don Lorenzo se tiró del caballo cuando vio a la princesa, la levantó por los aires y comenzó a dar vueltas. Doña Aurora reía a carcajadas colgada de su cuello. Su cuerpo menudo parecía una veleta mientras giraba.

Capítulo XII

1

Desde que el comerciante de paños la abordó días atrás para averiguar el destino de su viaje, doña Aurora procuró mantenerse en todo momento cerca de su esposo o de Juan de los Santos. El nerviosismo que mostró el criado cuando se quedaron a solas la inquietó; a pesar de que aparentaba no darle excesiva importancia a lo sucedido, el tono de su voz le delataba.

– No habléis nunca con él, mi señora. No es de fiar. Si vuelve a preguntaros adónde vamos, decidle que hable con vuestro esposo.

El comerciante no volvió a buscar su conversación, pero ella percibía su presencia en cualquier parte del barco, a pesar de que se escondía para mirarla.

Las partidas con doña Soledad y doña Gracia se mantuvieron a lo largo de toda la travesía. Generalmente, jugaban en cubierta hasta que los últimos rayos de Sol les permitían distinguir las cartas. Por las mañanas utilizaban el camarote de la princesa, más amplio y luminoso que los que ocupaban sus compañeras de viaje.

Una tarde en que terminaron de jugar mucho antes que de costumbre, la princesa bajó a su camarote para buscar una capa. Comenzaba a condensarse el relente y hacía frío. Cuando abrió el compartimiento, encontró la espalda del hombre de negro, que se giraba instintivamente hacia el ruido de la puerta. Sus manos sujetaban el cofre que le regaló su madre. La princesa tomó aire para iniciar un grito que el comerciante interrumpió sacando la caja por el ojo de buey.

– ¡No se te ocurra gritar! O acabará en el fondo del océano.

La princesa se reprimió tapándose la boca. Sus ojos no perdían de vista la mano que sujetaba en el aire su caja de piedra. La sonrisa amarilla del comerciante se abría cada vez más mientras bamboleaba el joyero. Sus órdenes se deslizaban entre sus dientes.

– ¡Cierra la puerta!

Doña Aurora obedeció. Cerró la puerta y se quedó de espaldas a ella, mirando fijamente hacia la escotilla.

– ¡Echa la llave!

Echó la llave rezando a su diosa de los besos para que Valvanera pensara que tardaba demasiado en encontrar su capa.

– ¡Siéntate!

Se sentó en el camastro. El comerciante recorrió su cuerpo con una mirada que le devolvió a la memoria los ojos de don Gonzalo de Maimona. Sus oídos buscaban el crujido de la escalera que bajaba a los camarotes.

– Voy a acercarme. Si gritas, los peces estarán encantados de comerse cualquier día la cara de ese mestizo que tienes por hijo. Tengo muchos amigos que disfrutarían ayudándome. La pequeña indita podría hacerle compañía.

Si el miedo pudiera adquirir forma de hombre, la princesa estaría sentada con él en el catre, respirando la acidez de una boca que recorría su cuello, con su diosa de los besos en la mano.

– El niño es guapo para ser indio. Se llama Miguel, ¿verdad? ¿Estás segura de que tú también eres india? Tu cara no lo parece.

Sus labios abiertos llegaron a los suyos. Nadie la echaba de menos en cubierta.

– Quítate la ropa. Veamos si tu cuerpo tampoco parece indio.

El vestido cayó sobre su cintura. El comerciante se levantó y comenzó a desabrocharse las calzas. Señaló sus enaguas pegadas al cuerpo, e hizo un gesto de retirarle los tirantes.

– Todo.

Sus dedos ásperos recorrieron sus hombros y se dirigieron hacia el final de su columna, al tiempo que sus susurros penetraban en sus oídos mientras ella intentaba apartarse.

– Chisss. Quieta. No te muevas.

Sus manos rodeaban su pecho cuando Valvanera encontró la puerta cerrada y comenzó a aporrearla entre gritos.

– ¿Estás ahí? ¡Abre! ¿Estás bien, niña? ¡Abre!

El comerciante entregó el colgante a doña Aurora y se levantó.

– ¡Vístete! Seguiremos en otro momento. Recuerda que los peces tienen predilección por los niños indios. ¡Ni una palabra a nadie!

Él mismo abrió la puerta y dejó pasar a la criada haciéndole una reverencia. Una vez fuera del camarote, se volvió hacia la princesa, que sujetaba el vestido tapándose su desnudez, la señaló con el dedo índice y se marchó sin decir nada.

Valvanera cerró el camarote y la abrazó.

– ¿Qué ha pasado? ¡Maldito reptil! Voy a llamar a don Lorenzo, hará que lo ahorquen.

Doña Aurora se acurrucó en los brazos de su esclava. Imaginó a María y a Miguel correteando entre las viñas que les esperaban en la tierra de su esposo, lejos de la crueldad del comerciante y de los amigos que estarían dispuestos a vengarle si recibiera el castigo con que se haría justicia. No. Nadie sabría lo que acababa de pasar. Nadie.

2

– Me preocupa doña Aurora. Hace días que no soporta que me separe de ella y del niño, ni de noche ni de día. ¿Crees que le habrá pasado algo?

– No te preocupes, estará en esos días en que las mujeres se vuelven raras. Valvanera también está igual.

Juan de los Santos mintió a su capitán para evitarle el tormento que le mordía desde que Valvanera habló con él. Don Lorenzo miró a su esposa, sujetaba al niño en sus brazos sentada junto a su criada y a María. Hacía días que no jugaban a las cartas con las demás pasajeras.

– No sé, la encuentro triste. Ella no suele ponerse así.

La tristeza se confunde a veces con la angustia y con la desazón. Doña Aurora estaba aterrada, como Valvanera y como Juan de los Santos. Él mismo fue quien aconsejó a su esposa que no se separaran de ellos hasta el final del viaje, ni de noche ni de día. Ella se retorcía las manos intentando comprender lo que había pasado. Deseando que su mente pudiera negar lo que sus ojos acababan de ver.

– No ha consentido en contarme nada. Es la primera vez que se guarda la rabia sólo para ella. ¿Qué podemos hacer? Mi pequeña. ¡Mi niña! ¿Se lo contamos a don Lorenzo? ¡No, no! No se lo podemos contar. ¡Mi niña! Si se entera don Lorenzo, la muerte volverá a encontrarse en su destino. ¡Mi niña! ¡Mi niña!

– Cálmate, don Lorenzo no sabrá nada. Tampoco nosotros sabemos lo que ha pasado.

Valvanera caminaba de un lado a otro del camarote, apretando una mano contra la otra, tocándose la frente, sentándose y levantándose de la cama en cada frase, mezclando su cólera con el miedo y con la impotencia.

– Yo sólo sé que la vi con los ojos abiertos como bocas hambrientas, sujetándose la rabia para no contagiarme. ¿Qué podemos hacer? Ese hombre tiene las entrañas oscuras como pozos. Mi niña. Mi niña.

Juan de los Santos sujetó a su esposa y la atrajo hacia el catre. La abrazó con toda la fuerza que supo para no hacerle daño, hasta que sus nervios se aflojaron contra su cuerpo.

– Tranquilízate. Así no la ayudarás. Vuelve con ella y dile que no se separe de don Lorenzo. Yo me encargaré del comerciante, no dejaré que se acerque a ninguno de vosotros.

Vigiló al comerciante sin disimulo durante el resto de la travesía. Deseaba que se sintiera observado, que supiera que no volvería a presentarse la oportunidad para acercarse a la princesa. A don Lorenzo no le extrañó que no despegara sus ojos de él. Conocía su animadversión por el hombre de negro. Sin embargo, le advirtió de que su falta de cautela podría avivar el interés del comerciante por ellos.

– No deberías exponerte así. Si se siente acosado se puede revolver contra nosotros.

No quiso contestarle que el comerciante ya había rebasado el umbral de la curiosidad que él mismo habría permitido. Que mantenerlo alejado sería la mejor forma de amortiguar su interés por ellos. Se sentó en uno de los cois que los marineros habían dejado sin enrollar y continuó observando al comerciante procurando que su señor no lo notara.

– Tenéis razón, tendré más cuidado.

Don Lorenzo asintió con la cabeza y se tendió en otro coy.

– ¡Qué buen invento este de los indios! No comprendo cómo podían dormir antes los marineros sin hamacas.

3

Hacía días que Valvanera no hablaba con las Chiquillas, cada vez que se les acercaba, miraban a su alrededor y utilizaban cualquier pretexto para alejarse. Tampoco los niños de los Vizcondes de la Isla de la Rosa jugaban ya con Miguel y con María.

Unos días después de que el comerciante abordara a la princesa, las dos muchachas se acercaron disimuladamente a Valvanera y le pidieron que las siguiera a su camarote.

Las Chiquillas cerraron la puerta y se sentaron en el camastro, una a cada lado de Valvanera. Hablaban muy deprisa, alternándose y terminando la una las frases de la otra.

– ¡Por fin hemos podido escondernos de ese hombre!

– ¡No nos deja en paz con sus miraditas!

– ¡Parece un búho vigilando lo que hacemos y no hacemos!

– ¡O una lechuza esperando que caiga el ratón!

– ¡Debéis tener cuidado con él!

– ¡Es malo, muy malo!

Valvanera comenzó a marearse, le parecía escuchar una sola voz por los dos lados a la vez.

– No tuvimos más remedio que contarle lo que sabíamos.

– Nos amenazó con tirar a los niños por la borda.

– También nos prohibió que volviéramos a relacionarnos con vosotras.

– Dijo que acabaríamos en la hoguera todas juntas.

– Que las brujas se juntan con brujas.

– Y que si le decíamos con quién andábamos nos diría quiénes somos.

La velocidad a la que hablaban no permitía a Valvanera mirar a cada una cuando tomaba la palabra. Se levantó del camastro y se colocó delante de ellas para poder mirarlas a la vez.

– ¿Brujas? ¿De qué estáis hablando? ¿Qué le habéis contado a esa víbora?

Las Chiquillas se miraron la una a la otra, las trenzas sobre el pecho les llegaban a la cintura, la espalda recta, las piernas juntas, las manos sobre el regazo. Hay espejos que no devuelven imágenes tan exactas. Valvanera las escuchó procurando que no se le escapara ni una sola palabra.

– No tuvimos más remedio que contárselo.

– Nos dijo que echaría a los niños a los peces.

– Uno detrás de otro.

Las manos de Valvanera comenzaron a sudar, su estómago se alargaba y se encogía, le zumbaban los oídos.

– ¿Contarle qué? ¡Hablad de una vez! Creo que voy a vomitar.

Las Chiquillas se levantaron y la sujetaron cada una por un brazo. Estaba pálida y temblaba como las hojas.

– Lo de la niña que murió en vuestro pueblo cuando ella la tocó.

– Todo el mundo lo sabía en Cuba.

– Nosotras nunca lo hemos creído.

– Pero algo sabía él también.

– También nos preguntó por la madre de María.

– Sólo le dijimos que murió de la viruela.

– Y que vosotras recogisteis a la pequeña.

Los zumbidos crecían, el estómago se transformó en un agujero que subía hacia la garganta, el sudor se volvió frío y se extendió por todo su cuerpo. Las voces de las Chiquillas se apagaban, mientras el camarote se desdibujaba convertido en nebulosa. El rojo se mezcló con el azul en un torbellino rizado y brillante. Los niños la miraban sonriendo desde el fondo del mar. Doña Aurora y Juan de los Santos se lanzaban al agua y se convertían en peces. El verde del mar atravesaba sus pupilas, tiñéndolo todo de color turquesa. Las Chiquillas la llamaban desde la borda con sus trenzas idénticas colgando del vacío.

– ¡Valvanera!

– ¡Valvanera!

Las voces de las Chiquillas sonaban a lo lejos, sus caras difuminadas se acercaban a la suya sin dejar de gritar.

– ¡Valvanera!

– ¡Valvanera!

Juan de los Santos sumó sus gritos a los de sus amigas. Le golpeaba la cara y le mojaba los brazos y la nuca.

– ¡Valvanera! ¡Despierta!

Sus dientes comenzaron a castañetear sin control. Estaba tendida en la cama con las sayas a medio abrochar. Su marido la miraba con cara de preocupación y no dejaba de llamarla, no debería estar allí.

– ¡Despierta! ¡Valvanera! ¡Despierta!

Continuó dándole palmadas en la cara hasta que consiguió abrir los ojos y articular algunas palabras.

– Estoy bien, no te preocupes, sólo ha sido un desmayo. ¿Qué haces aquí?

Pero sus dientes seguían castañeteando y su piel blanquecina no recobraba el color. Juan de los Santos rogó a las Chiquillas que salieran del camarote y se tendió junto a ella.

– Las Chiquillas me avisaron. Se han llevado un gran susto. Y yo también. No vuelvas a asustarme así.

Valvanera rodeó la cara de su esposo con sus manos y le besó desde la frente hasta la barbilla.

– Mi queridísimo falso teul. Tendrás que acostumbrarte. Al menos, durante los primeros meses.

Juan de los Santos se incorporó como un resorte.

– ¿Un hijo?

Valvanera asintió, él la levantó de la cama y comenzó a bailar. Sus risas se volvieron carcajadas cuando escucharon la voz del vigía que avistaba la tierra. Siguieron bailando y riendo, sujetando a cuatro manos el vientre de Valvanera, y coreando la única palabra que resonaba en todo el navío.

– ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!

4

Volar, ella siempre había deseado volar. Elevarse a las alturas y contemplar el suelo desde los ojos de un águila. El viento de su nombre la impulsaría hasta alcanzar el azul, donde los guerreros del Sol construyen los sueños de los hombres. Caminar sin posar los pies en la tierra, planear sobre las desdichas de la vida y perseguir su sueño, aunque algunos intentaran cortarle las alas.

Desde que subió a la canoa huyendo del incendio en Tenochtitlan, su único deseo fue sobrevivir, llegar a Cholula con la pequeña María para esperar a don Lorenzo, que él también hubiera sobrevivido y recuperar al pequeño Miguel y a Valvanera, feliz con el hombre que siempre cuidaría de ella.

En las casas de la muralla, las mujeres que compartieron su huida se animaban unas a otras sin demasiadas esperanzas en que sus hombres volvieran. Todas pudieron ver la calzada de Tenochtitlan desde la laguna, miles de guerreros mexicas rodeando a las fuerzas de la Coalición, que caían a manos de sus enemigos o desaparecían en las aguas de los canales. Resultaba difícil pensar que alguien pudiera haber salido con vida de allí. Pero sólo hace falta visualizar los sueños para que se hagan realidad, la imagen de don Lorenzo, cruzando la puerta de la casa de la muralla, la acompañaba dormida y despierta.

Aferrarse a su sueño y conseguir que se cumpliera. El capitán llegaría hasta la casa de la muralla, le diría que la cuidaría para siempre y no tendrían que separarse el resto de sus vidas.

Sin embargo, los sueños se mezclan a veces con las pesadillas. Don Lorenzo apareció en la puerta de su casa de Cholula y ella se lanzó hacia él, sin pensar que otros brazos podrían atraparla al mismo tiempo. Aceptó convertirse en su esposa, pero olvidó que su cuerpo podría recordar heridas que ya habían curado.

Cuando su esposo descargó su peso sobre ella, temió que la sombra de don Gonzalo de Maimona se interpusiera entre los dos, pero don Lorenzo buscaba mucho más que un cuerpo en el que volcar sus caricias, alzó con ella las alas y se elevaron juntos hasta perderse en los deseos del otro. El vuelo confundido bajo la forma de un escalofrío, de un temblor, de una pregunta.

– ¿Me amas?

Don Lorenzo preguntaba una y otra vez aunque su respuesta se repitiera invariable.

– ¿Me amarás siempre? Dime si me amarás siempre. Dímelo, chiquinina, quisiera oírlo hasta que se desgasten las palabras.

Un hombre rendido ante una mujer. Un hombre corpulento y valeroso, que se enfrentaba a la muerte en cada batalla, suplicando y consultando los deseos de alguien a quien podría exigírselos.

– Si pudiera volar, te llevaría conmigo a la Luna. ¿Me dejas que te rapte?

Sus sueños enredados en los sueños del otro, sin saberlo, sin habérselo contado nunca. Volar a la Luna.

Desde su reencuentro en Cholula, y durante los meses que permanecieron en Tlaxcala, no se separaron más que cuando el capitán acudía a las llamadas a consejo. Parecía que la vida por fin le regalaba la tranquilidad. Sin embargo, todavía le quedaban por pasar más de ocho meses de infierno. Su esposo la envió a Cempoal mientras él partía de nuevo a la guerra. Ocho meses en los que recuperó las caricias de su madre, en los que por primera vez escuchó palabras hermosas de su padre, en los que su hijo aprendió a caminar. Ocho meses en los que habría merecido la pena guardar el resto de la vida, si no fuera porque no podía evitar la angustia, la soledad, el miedo a perder a la única persona que le faltaba.

Cuando don Lorenzo se acercó al galope y ella se colgó de su cuello para volar en sus brazos, la felicidad dejó de ser una palabra que siempre había pronunciado para otros. Su regreso trajo de nuevo las preguntas que obtenían las mismas respuestas, las caricias, los besos, las noches. Los estremecimientos que la transportaban hasta un cielo repleto de estrellas.

– ¿Me sigues amando? Hoy ha nacido la Luna llena otra vez, como ayer, es azul. ¿Quieres que vayamos a nadar?

Y la posibilidad de decidir, la voluntad puesta en sus manos, rompiendo el muro que la aprisionaba desde que le alcanzaba el recuerdo.

– ¿Te gustaría conocer mi tierra? Si tú quisieras, podríamos vivir en la casa que heredé de mi padre. Desde un monte cercano se ven los viñedos como si fueran el mar, un mar verde como el color de la uva. Las viñas se funden con la tierra para sacar lo mejor de ella, es una pena que en este clima no puedan cultivarse.

La tierra roja de sus antepasados convertida en un nuevo sueño que compartirían con el pequeño Miguel, con Valvanera, con María y con Juan de los Santos. La vida cotidiana. El hogar.

Y su nombre, su nombre recuperado para los labios de su esposo. El viento pronunciado en susurros, bajo la Luna llena y azul.

– ¡Ehecatl! ¡Ehecatl!