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XIII

Todo se hizo con un sigilo impecable y una mañana de principios de noviembre se anunció que el mal había sido eliminado. Los periódicos lanzaron ediciones extraordinarias, las emisoras de radio y televisión dedicaron programas especiales a la gran noticia, y las campanas repicaron desde las torres de los templos. Durante el resto del día hubo numerosas declaraciones en las que los políticos competían con los expertos en la difusión del acontecimiento. A pesar de ello fue necesario vencer la inicial incredulidad de una población que se mostraba desconcertada ante la buena nueva. La muchedumbre reunida, como hacía a diario, en las calles céntricas vacilaba con respecto a cuál había de ser su conducta. La excesiva nitidez de las informaciones constituía una fuente de equívocos entre quienes se habían acostumbrado a vivir en la continua contradicción. Surgieron voces que denunciaban engaños y otras que reclamaban la continuidad de las concentraciones callejeras. Se hacía difícil creer que la pesadilla hubiera terminado.

Ni siquiera las reiteradas intervenciones de Rubén lograron apaciguar a la multitud. El Maestro proclamó que el mal había sido vencido, pero sus palabras resultaron para los espectadores menos convincentes que cuando proclamaba la exigencia de vencerlo. Entonces, atendiendo a las arengas de numerosos agitadores, se organizaron marchas hacia los hospitales y los centros de acogida, lo cual originó altercados con las fuerzas de seguridad que los custodiaban. Por fin, tras múltiples refriegas, éstas fueron retiradas y la riada humana penetró en los espacios prohibidos. No había rastro de los exánimes. Los invasores se encontraron, en todos los casos, con salas vacías. En ellas no quedaba ninguna señal de que hubieran albergado durante tanto tiempo a los internados. Las paredes desnudas estaban impregnadas de un olor áspero de fumigación que acrecentaba su aspecto desolado. La agresividad de los intrusos fue disminuyendo a medida en que se repetía la misma escena. Extraviada ante la falta de enemigos la multitud se iba deshilachando al contacto con las gélidas estancias que se veía obligada a atravesar. Únicamente los más tenaces se empeñaban en continuar la expedición. La mayoría, sin embargo, la abandonó para regresar a sus casas. Al llegar la medianoche algunos grupos se estacionaron en la Plaza Central con la esperanza de reanudar los hábitos que, con tanto fervor, se habían seguido hasta el día anterior. Enseguida se comprobó, no obstante, que los estímulos habían desaparecido y, al poco, desperdigados los más obstinados, la plaza se vació por completo. La pesadilla había realmente terminado.

Las especulaciones acerca de la suerte que habían corrido los exánimes duraron pocos días, los suficientes para que se consolidara el sentimiento de que era mejor desechar tales especulaciones. Se dieron en este breve período de tiempo varias versiones, algunas de ellas antagónicas entre sí. No faltó quien quiso ver en lo acontecido el esplendoroso cumplimiento del milagro que tan insistentemente había sido presagiado. Sobre la naturaleza de tal milagro hubo escaso acuerdo, pues mientras para unos estribaba en una repentina curación colectiva, para otros tenía que ver con algo semejante a un mágico desvanecimiento en la nada. La idea de que los portadores del mal, y con ellos el mal mismo, se habían desvanecido en una repentina deserción tenía muchos seguidores. Por descabellada que pudiera parecer tenía la virtud de evitar otras consideraciones, demasiado escabrosas o simplemente, en aquel momento, juzgadas inconvenientes.

Con todo, la versión más arraigada, a la que se recurría con una mezcla de ingenuidad e intriga, hacía referencia a un masivo embarque de los exánimes con destino ignorado. Ésta, por muchas razones, era también la más tranquilizadora pues eludía los peores presentimientos, dejando la solución del enigma en manos de lo desconocido. Se aludía, para apoyarla, a la presencia de buques de gran tonelaje que habían permanecido anclados cerca de la bocana del puerto. Según algunos los barcos finalmente habían amarrado en los muelles a la espera de sus huéspedes. Otros, por el contrario, indicaban que la operación se había efectuado mediante barcazas atiborradas que recogían a los pasajeros en el Paseo Marítimo y los trasladaban hasta alta mar, donde aguardaban los buques extranjeros contratados para tal menester. Los informantes se contradecían sobre la fecha del embarque. Se hablaba de varias noches consecutivas en las que columnas de camiones, procedentes de distintos puntos de la ciudad, habían transportado la misteriosa carga hasta el puerto. Más allá de estas hipótesis lo ocurrido, y especialmente lo que después debía ocurrir, se escurría en la bruma.

El Consejo de Gobierno tampoco aclaró, en ninguno de sus comunicados, las circunstancias que habían envuelto a un hecho tan asombroso. Lejos de esta preocupación sus actuaciones se dirigieron al restablecimiento de la normalidad. No hubo decreto alguno que diera por acabada la Campaña de Purificación, pero tácitamente se resolvió que, estando ya purificada la ciudad, dejaban de tener sentido las acciones emprendidas hasta entonces. En consecuencia cesaron las concentraciones en el Palacio de Deportes y las marchas nocturnas, debilitándose rápidamente la ocupación multitudinaria de las calles. Entretanto se emprendieron las medidas destinadas a restaurar el anterior aspecto de la ciudad y a lo largo de varias semanas numerosas brigadas de limpieza retiraron los escombros que se amontonaban en todas partes. Cada día se anunciaban nuevos progresos en el restablecimiento del orden, de manera que a finales de otoño, un año después del estallido de la crisis, pudo decidirse que la ciudad había renacido sin que se apreciara en su piel rasguño alguno.

También la población, adecuándose al cambio de escena, se sintió involucrada en este renacimiento. El despertar, tras la pesadilla, vino acompañado de una inicial ansiedad y, a la manera de los que acaban de salir de un mal sueño, hubo cierta propensión a indagar sobre cuáles habían sido sus causas y qué significado podía otorgársele. Pronto, sin embargo, el alivio fue más poderoso que la curiosidad y como si se siguiera un consejo unánime se prefirió el camino del olvido. Lo acaecido durante el año anterior acabó siendo algo que debía ser eludido a toda costa, adiestramiento que a fuerza de practicarse convirtió al olvido en un componente casi espontáneo de la vida colectiva. La amnesia, que abría una ancha brecha en la memoria inmediata, incrementaba, por añadidura, la necesidad de taponar el terrible hueco con una apariencia de continuidad. Y así pudo verificarse que la mayoría de los ciudadanos estaba dispuesta a anular un año entero de su existencia con tal de recuperar la sensación de que todo, dejado atrás el sueño, podía seguir siendo como antes. No fue un hecho traumático: acomodarse a un estado que, de nuevo, se tenía por definitivo era considerablemente más fácil que vivir en otro regido, de continuo, por la anomalía.

El abandono de la provisionalidad fue un proceso paulatino, discreto en su ejecución aunque drástico en sus consecuencias. De igual modo en que la instauración de lo excepcional había supuesto la absorción de organismos extraños, su desmantelamiento comportaba que éstos fueran expulsados. Aquello que había sido beneficioso, o así se había creído, ahora se observaba como superfluo, cuando no directamente nocivo. Esta inversión de valores se produjo naturalmente, sin apenas oposición: el retorno a la bonanza desterraba instantáneamente a los protagonistas de la tempestad. Las luces que habían brillado en medio de la turbulencia fueron extinguiéndose una tras otra, como si volvieran a aquel subsuelo del que, bruscamente, habían surgido. Ya no se necesitaban milagros o profecías. Los portaestandartes del bien resultaban molestos cuando el mal había desaparecido. La población se hizo sorda a sus palabras y ellos, irremediablemente, enmudecieron.

Ni siquiera Rubén, el Maestro, pudo sustraerse al vaivén de los influjos y su estrella se eclipsó con mayor celeridad, todavía, de la que tuvo cuando, en su ascenso, se había apoderado del firmamento de la ciudad. El silencio que cayó sobre él resumió, en buena medida, las exigencias emanadas de la necesidad de olvido. Durante un par de semanas Rubén aún mantuvo sus sesiones de la antigua Academia de Ciencias. Sin embargo, la afluencia de público se vio continuamente mermada. También los seguidores que le habían sido más fíeles se alejaron de él, en particular los que detentaban una elevada posición social. Al poco tiempo las reuniones eran escuálidas copias de lo que habían sido en su momento de esplendor. El gran prestidigitador apenas tenía espectadores y su magia, que hechizara a tantos, se diluía ante un auditorio que había dado la espalda a los magos. Con el imparable fracaso se produjo, al fin, el cierre del local. De inmediato se supo que los miembros de la Academia de Ciencias consideraron indigno el uso que se hacía de su vieja sede y reclamaron que ésta les fuera devuelta. Alguno de ellos propuso, además, que se celebrara allí una asamblea solemne para desagraviar a la ciencia de las vejaciones que se habían cometido en su recinto.

Paralelamente Rubén se vio apartado de su puesto de consultor que tanta influencia le había proporcionado en los últimos meses. De acuerdo con lo que contaba Félix Penalba a quien quisiera oírlo, nadie le destituyó sino que simplemente se revocó un cargo que nunca había existido antes y que, con toda probabilidad, nunca existiría de nuevo. Cancelada la provisionalidad de nada servían ya las atribuciones provisionales: el propio Penalba se aplicaba con jactancia este precepto al indicar que el censor que, debido a las circunstancias, él había sido dejaba paso al amante de la libertad que era. Rubén, pese a sus reconocidas dotes de transformista, no tuvo tantas facilidades para cambiar de piel. Una vez que se le hubieron agradecido los servicios prestados, el Consejo de Gobierno le advirtió que la ciudad requería en adelante tranquilidad. A la amabilidad le siguió la indiferencia y, casi de inmediato, la suspicacia. De Maestro adulado y cubierto de lisonjas a intrigante tratado con escarnio, Rubén comprobó que las puertas del poder se habían cerrado para él. Su tiempo estaba agotado y sus amigos, huyendo de él en desbandada, trataban de evitar su misma suerte.

Tras la caída en desgracia sólo tuvo una fugaz aparición cuando le contrató el empresario de un cabaret del barrio portuario. A lo largo de una semana Rubén intentó recrear sus éxitos multitudinarios ante unos cuantos espectadores aburridos. Los asistentes, a la salida, comentaban que había perdido todas sus habilidades y los que, a la semana siguiente, quisieron corroborarlo se encontraron con que el cabaret había cambiado de cartel. Nada más se supo de él, y al diluirse en la misma oscuridad de la que había partido pronto se le consideró como una creación del sueño que nada tenía que ver con el recuperado mundo de la realidad.

La suposición de que la ciudad había vivido durante un año bajo los efectos de un monstruoso sueño se impuso de un modo tan inmediato, y tan generalizado, que los propios ciudadanos se comunicaban los síntomas de sopor que aún les embargaban. Sus reflejos eran lentos, sus mentes estaban entumecidas, fruto, según se apresuraban a asumir, del brusco retorno al estado de vigilia. Lo que, conseguido este retorno, quedaba atrás, no era negado de manera taxativa, como si jamás se hubiera dado, pero sí, en cambio, empezaba a imaginarse a la manera de un paisaje ficticio, de un espejismo al que se hubieran rendido y del que, al fin, se habían desembarazado. Entrevistas así las cosas se hizo arduo retener las vicisitudes vividas bajo la fijación del espejismo. Al igual que las formas de éste, todo lo que había ocurrido en su interior aparecía distorsionado con imágenes volubles y absurdas metamorfosis. El mundo de la realidad se vengaba de los mundos fantasmagóricos que le habían acechado relegándolos a ser sombras sin consistencia. El propio mal, la semilla que al germinar había puesto en marcha los mecanismos de la pesadilla, fue arrojado a las sombras exteriores y, con él, todos aquellos que fueron marcados por su estigma. Los exánimes, una vez desaparecidos de la realidad, desaparecieron de las conciencias e incluso el término que les designaba, pintoresco primero e infamante después, fue borrado del vocabulario. Nadie tuvo la tentación de contar las bajas que se habían producido en el censo de la ciudad.

A Víctor Ribera, observador minucioso de los hechos que parecían adjudicarse a un sueño, le costaba entender los efectos anestésicos que ahora se arrogaba la realidad. Contemplaba la caja repleta de rollos fotográficos sin revelar, capturas de un tiempo que quizá pronto se declararía inexistente, y él mismo, en ciertos instantes, estaba imbuido por la duda de que aquellos carretes no contuvieran sino instantáneas tomadas al vacío. Tal vez, habitante sin saberlo del espejismo, había disparado su cámara hacia innumerables simulacros, burlándose éstos de la credulidad de su ojo. A pesar de esto no se atrevió a encerrarse en el laboratorio para salir de dudas. Habían cambiado las razones para mantener esta actitud, sustituyendo la perplejidad a la repulsión: antes, a lo largo del último año, le repelía mostrar a la luz lo que consideraba obsceno mientras ahora temía que, simplemente, no hubiera nada que mostrar, fuera de sus propios fantasmas. Con el paso de las semanas se encontró con que también él, como los demás, se inclinaba a callar.

Arias le llamó una tarde desapacible de diciembre. Quería, dijo, que hablaran. Por un momento Víctor albergó la esperanza de que el perro callejero utilizara su crudeza proverbial para referirse al cambio de situación. Pero Arias ni siquiera lo mencionó. Desde el día anterior estaba jubilado y éste era su único tema de conversación. Le tendió a Víctor un sobre que contenía un diploma de la Asociación de Periodistas.

– Me lo dieron ayer en una pequeña ceremonia que hicimos en el salón de actos de la Asociación. Había otros veinte viejos como yo a los que también jubilaban.

Víctor pensaba que en cualquier instante Arias bromearía contra las injusticias de que era objeto. Sin embargo, para su sorpresa, el veterano periodista estaba bastante satisfecho y se extendió en detalles del acto, elogiando el clima de camaradería en el que se había desarrollado. Luego hurgó en el bolsillo de su americana hasta extraer un estuche granate en el que figuraba sobreimpreso el rótulo de El Progreso. También el adversario directo de Arias había perdido, repentinamente, su anterior belicosidad. Le enseñó con orgullo una medalla plateada en la que se reconocía que la suya había sido toda una vida al servicio de la información.

– Blasi me recibió en su despacho -subrayó Arias-. Estuvo muy amable y me dijo que no me preocupara. Que si me aburría se lo hiciera saber porque ya había previsto que en el futuro, si yo quería, podría hacer ciertos trabajos de colaboración. Después me dieron una comida de despedida. Éramos muchos, y esto me gustó. Blasi no pudo asistir pero se disculpó y envió un mensaje de adhesión.

Por primera vez Víctor veía a Arias notablemente contento. Además, tenía planes. Deseaba, ahora que tendría tiempo, hacer reformas en su casa que, según afirmó, estaba inhabitable. Compraría plantas y, en particular, más pájaros, pues el que tenía necesitaba compañía. Quizá compraría asimismo un perro, a ser posible un buen pastor alemán, aunque le hacía dudar el reducido tamaño de su piso. Lo que era seguro es que escribiría un libro. Ésta había sido una ilusión secreta que siempre había ido aplazando por demasiados compromisos o por simple pereza. El libro sería una crónica popular de la ciudad tal como era en la juventud de Arias. A pesar de que trataría de los más diversos aspectos ya había decidido dedicar un capítulo importante a los grandes combates de boxeo. El último de los planes del recién jubilado era también el más inesperado:

– Fíjate, he pensado en casarme otra vez. Es una idea que me ha entrado en la cabeza y no logro sacármela. ¿Te parece buena o mala?

– Buena -le contestó Víctor-. Pero ¿ya sabes con quién?

– No -dijo con cierta turbación Arias-. No lo sé. Ahora tendré mucho tiempo para averiguarlo.

Tener mucho tiempo: no sólo Arias, debido a la jubilación, sino, por lo que podía deducir Víctor, la mayoría de los moradores de aquella ciudad había llegado a la conclusión de que el año desvanecido debía redundar en una generosa ampliación del tiempo que estaba por venir. Todo ocurría como si se hubieran evaporado doce meses, pero al unísono, en inconfesable compensación, como si fuera obligado recuperarlos con creces mediante una actividad desaforada. Al igual que Arias, todo el mundo tenía abundantes planes, lo cual, sin embargo, más que considerarse una novedad, se observaba como una continuación lógica de lo que siempre había sido. Y así una de las condiciones imprescindibles de la vuelta a la normalidad era descubrir que, en última instancia, ésta nunca se había interrumpido.

Se reanudaron, por tanto, para Víctor Ribera las propuestas profesionales sin que en ningún caso, los que las hacían, aludieran al hecho de que se trataba, efectivamente, de una reanudación. Tal como era corriente antes, le pidieron reportajes fotográficos y en su contestador automático se grabaron las llamadas de revistas y periódicos que requerían sus servicios. También Salvador Blasi le dejó un largo mensaje grabado en el que con un tono desenfadado y cordial le sugería una serie de retratos de los cien principales personajes de la ciudad que tuvieran, según enfatizaba con cierta sorna, un fuerte relieve psicológico. El Progreso los publicaría diariamente durante un trimestre y luego, de acuerdo con lo que había pactado con Jesús Samper, podrían reunirse en una exposición patrocinada por el periódico que se celebraría en la galería de aquél. Samper, al día siguiente, le llamó para confirmarle el proyecto, insinuándole ya algunos de los nombres de la lista que el director de El Progreso y él habían confeccionado conjuntamente. Deseaba, en consonancia con su talante, que fuera una exposición de envergadura.

– De las que hacen época.

Víctor, tras escuchar los nombres propuestos, sugirió el de Rubén. Lo hizo provocativamente, casi sin pensarlo. Tuvo que repetirlo un par de veces, porque la primera Samper hizo caso omiso de la sugerencia. Luego, sin que su voz se inmutara, le contestó:

– Pero Víctor, se trataría de que fueran hombres con proyección de futuro.

Los conjurados para el olvido cerraban filas de modo que no quedara abierta ninguna fisura. Era tanta, aparentemente, su coherencia que ni siquiera dejaban entrever que se esforzaban en olvidar. Sin embargo, no se podía acusar a uno u otro, por separado, de premeditación pues todos ellos formaban parte, como moléculas obedientes, de un movimiento general que desplazaba a la conciencia en ese sentido. También Víctor Ribera se veía como una de estas moléculas, dependiente por entero de las demás, con la diferencia, quizá, de no lograr alejar la perplejidad que esto le causaba. Las ventajas de la amnesia, que percibía claramente, chocaban con la dificultad que representaba gozar de ellas con impunidad. Y no, según creía, por escrúpulos morales sino por falta de convicción.

Max Bertrán, imperturbable como le gustaba presentarse siempre, opinaba que ni los escrúpulos ni la convicción tenían, en aquel momento, utilidad alguna. Bertrán era, en cierto modo, un caso aparte: lo suyo, en lugar de olvidar, se reducía más bien a ignorar, y dado que apenas se había adherido a las pasiones del año maldito no tenía, tampoco, que desembarazarse de ellas. Su misantropía jocosa le mantenía al margen de sobresaltos, al tiempo que le hacía conservar su peculiar humor que muchos, no sin razón, calificaban de cinismo. Era sincero a su modo cuando aseguraba que no se había sentido afectado por lo que venía ocurriendo en la ciudad. Pese a los cambios de vestuario para él la comedia era siempre la misma.

– Mira, ya sé que han pasado muchas cosas desde hace un año. Por ejemplo, sé que un día nos levantamos y nos encontramos con unos tipos que se habían vuelto idiotas, o locos, o lo que sea, y que estos tipos crecieron como moscas, sin que nunca supiéramos por qué. Sé que luego se han esfumado, sin que sepamos cómo. Sé que hemos estado rodeados de brujos y delincuentes, y no sólo no le hemos puesto remedio sino que nos ha gustado. También sé que cuando debíamos hablar hemos callado y que hemos cerrado los ojos ante cualquier mentira que nos hayan vendido, y que además todos hemos mentido descaradamente. Por otra parte, algunas cosas, tal vez las más importantes, ni las sé ni las sabré nunca. Pero no pienso obsesionarme con esto y tampoco tú tendrías que hacerlo.

Max Bertrán permaneció más serio de lo habitual, casi airado, al expresar su particular balance. Luego, no obstante, recobró su buen humor y estuvo burlándose de los personajes recomendados por Blasi y Samper para el reportaje fotográfico que le había sido ofrecido a Víctor. En su clarificación los pavos reales se alternaban con los reptiles, intercalando, de vez en cuando, distintas especies de aves rapaces. Esto le sirvió para sacar conclusiones:

– Como ves todo sigue igual. Si quieres que te diga la verdad, creo que en el fondo tienen razón los que insinúan que no ha pasado nada: no ha pasado nada que no estuviera pasando hace un año, y mucho antes.

Víctor recibió el telegrama que le anunciaba la muerte de David Aldrey la noche del solsticio de invierno. El texto era escueto: sólo añadía que la ceremonia fúnebre se celebraría, a la mañana siguiente, en el Tanatorio Municipal. Lo firmaba María Aldrey. Se mantuvo mucho rato sentado frente al pedazo de papel azul que había dejado sobre su mesa de trabajo. No sintió dolor o, si lo sentía, ese dolor se había agazapado tras la impotencia que significaba no poder hacer nada por alterar aquel texto. No admitía variaciones ni interpretaciones. Era exacto como un dardo que después de recorrer océanos enteros se clavara certeramente en el grano de arena escogido como diana. Las palabras, en todas las ocasiones, podían ser retorcidas y alisadas, podían ser despedazadas para ser recompuestas, luego, con mayor o menor arbitrariedad. Su materia apenas era más consistente que la gelatina. Pero las palabras encerradas en aquel texto poseían la dureza cortante del acero.

Únicamente en un segundo momento, cuando desvió la atención de las palabras mismas, y de la inutilidad de oponérseles, Víctor estuvo en condiciones de pensar en la muerte de David. Y de pronto le pareció un error, un error anunciado desde largo tiempo atrás, desde que su amigo, situado como los demás ante la encrucijada, había elegido el camino contrario a la supervivencia. Aldrey se empeñó en solitario en una lucha contra el absurdo que no tenía salida. Quiso permanecer en un punto fijo mientras, a su alrededor, el torbellino lo removía todo incesantemente y, al final, cuando todo en apariencia volvió, de nuevo, a su sitio, él resultó el único desplazado.

Enseguida se avergonzó de juzgar a David como si fuera un extraño, preguntándose si realmente le echaría en falta. Por su memoria se sucedieron, desgranados, fragmentos de las conversaciones sostenidas durante tantos años y se dio cuenta de que, en buena medida, eran una crónica de sí mismo. Nunca creyó que hubiera intimidad en su relación con David, cuando menos en el sentido habitual que se le otorgaba a este término, pero ahora percibía que, en otro sentido, esa intimidad, aunque intermitente y discreta, sí existía. Y ello no dejaba de sorprenderle al rememorar unos diálogos en los que en muy contadas ocasiones había estado presente la confidencia personal. Ambos la rehuían, quizá por un pudor gratuito, quizá porque ya desde el inicio adivinaron que era mejor excluirla. Sólo en los últimos tiempos parecía que esta actitud iba a variar, especialmente desde el instante en que David tuvo conciencia de su fracaso. Hizo, entonces, diversos amagos para que su relación fuera diferente. Sin embargo ya le obsesionaba que, como en las demás cosas, fuera demasiado tarde. David siempre había cargado con el caparazón y optó por refugiarse en él definitivamente. Prefirió el silencio al absurdo, pero cuando tomó esta decisión sabía que, antes o después, sería aplastado. Fue, se dijo Víctor, un rasgo más del coraje que le caracterizaba.

La mañana, aunque sin lluvia todavía, era plomiza, con un aire húmedo que calaba en los huesos. En el Tanatorio Municipal el trasiego en torno a la muerte originaba una bulliciosa confusión. Víctor tuvo que informarse varias veces antes de acceder a la sala donde debía celebrarse la ceremonia fúnebre. Había pocas personas, una docena aproximadamente, entre las que distinguió a la mujer de David, a la que reconoció enseguida pese al mucho tiempo transcurrido desde que la había visto por última vez, y a su hijo, del que recordaba alguna que otra fotografía. María era una mujer menuda que se conservaba muy joven. Le saludó afablemente, agradeciéndole su asistencia, y le rogó que se situara en el primer banco, junto a ella y su hijo. Víctor, sin saber por qué, se sintió orgulloso por tal invitación, en la que se reconocía su estrecho vínculo con David. De inmediato, no obstante, vaciló ante esta idea que venía a corroborar la profunda soledad en la que había vivido su amigo. Era chocante que él estuviera colocado entre los primeros, a dos pasos del ataúd cerrado que contenía sus despojos. Seguramente el resto de los asistentes era aún más distante de David de lo que él mismo lo había sido: algunos colegas, algún pariente, unos pocos, escasísimos, acompañantes de compromiso.

El oficiante se atuvo a las frases de rigor, sin disimular en ningún momento que sus pautas valían para cualquier cadáver. Víctor prefirió casi que fuera así, neutro y aséptico como las paredes de la sala. Habló unos diez minutos, los suficientes como para pasar de puntillas sobre todos los grandes sentimientos del hombre y sobre todos los grandes enigmas del mundo. Almacenados en su discurso el amor, el consuelo o el sufrimiento eran platos fríos servidos en un restaurante de comida rápida y la vida ultraterrena, una excursión hasta la esquina más próxima. Con todo, tenía la virtud de despojar instantáneamente de significado a sus propias aseveraciones preservando, intacta, la frialdad de la muerte. Probablemente se limitaba a cumplir con las exigencias de su oficio, sin inmiscuirse en el destino de alguien al que desconocía por completo. Sólo al final, cuando consideró que era obligado aproximarse más a la figura del fallecido, sufrió un par de deslices, asegurando que David era un abnegado cirujano y equivocándose con su apellido. Nadie se lo echó en cara y la ceremonia concluyó rápidamente, no sin que antes retumbara una música desafinada puesta en marcha por el propio oficiante al pulsar un botón situado debajo de su atril.

Desde lo alto del cementerio se divisaban, además de una enorme franja de mar grisáceo, el Paseo Marítimo y buena parte de los muelles del puerto. Desde la distancia en que se hallaba a Víctor se le hizo imposible averiguar si se había reemprendido la actividad portuaria. Más bien dedujo que todo seguía tan estático como aquella tarde primaveral en que estuvo caminando con David por los tinglados del puerto. Le vino a la memoria su paseo en barca, surcando unas aguas lisas como el cristal, y el arco iris atrapado en la mancha aceitosa. Por aquel entonces parecía que David tenía todavía la fuerza de su parte. Quería descifrar la enfermedad, aunque advirtiera ya que su significado permanecería oculto y que, además, de prolongarse esta situación, quedaría trastocado el orden de las cosas. Estaba preocupado porque creía que se estaba perdiendo aceleradamente el sentido de la realidad. No sabía, entonces, desde luego, que sería la realidad la que acabaría expulsándole a él.

Llegaron, después de algunas dudas de los sepultureros, al rincón donde David Aldrey debía ser enterrado. La comitiva, entretanto, se había reducido a la mitad. Uno de los empleados preguntó a María si quería que abrieran el féretro. Negó con la cabeza. Se mantuvo todo el tiempo cogida de la mano de su hijo. Al igual que ellos también los otros espectadores permanecieron en silencio. A Víctor le impresionó que el acto de sepultura fuera tan sencillo, tan escuálido, de una austeridad que rayaba en la pobreza. Pese al frío los sepultureros tenían gotas de sudor en la frente. Entraban y salían del nicho, descontentos porque restos anteriores dificultaban la entrada del ataúd. Por fin lo introdujeron, entre protestas. Empezó a lloviznar. La mujer de Aldrey fue requerida para realizar algunos trámites que aún estaban pendientes. Cuando todos se hubieron despedido Víctor se encaminó hacia su coche para bajar a la ciudad. Sin embargo, tras dar unos pasos, rectificó y se dirigió de nuevo hacia la tumba de su amigo.