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Un camarero del París-Berlín le preguntó:
– ¿Le sirvo ya o esperará a su amigo?
– Esperaré -contestó mecánicamente Víctor.
Sin embargo, cuando el camarero se alejaba rectificó:
– Hoy comeré solo. Puede tomar nota, por favor.
Pese a esta indicación el camarero no retiró el otro cubierto ni Víctor insistió en que lo hiciera. Era mejor así, como si las cosas continuaran en su sitio. En realidad, á excepción de David Aldrey, que no ocupaba su asiento, el París-Berlín había recuperado su concurrencia, presentando un modesto esplendor similar, muy probablemente, al que presentaba cualquier miércoles del año anterior. Los viajantes de comercio, o los que tenían aspecto de serlo, que eran mayoría, parecían haber atravesado incólumes el paréntesis y ahora reaparecían llenos de energía. En sus bocas los negocios eran actividades eternas que planeaban por encima de los altibajos humanos. Aquel día se percibía el optimismo reinante mediante una dicharachera complacencia en esa esencia eterna del comercio que daba pie a sonoras bromas y a joviales apuestas. Sin perder la discreción, tradicional en el París-Berlín, los comensales levantaban la voz por encima de lo que era costumbre y, de vez en cuando, brindaban alegremente por sus éxitos.
A media comida Víctor comprendió que había hecho mal en volver a aquel restaurante. Se había empeñado en rendir su particular homenaje a la memoria de David, pero ahora lo encontraba un acto ridículo, rayando lo grotesco, y se veía a sí mismo como una caricatura en medio de otras caricaturas que comían y reían. Súbitamente tuvo la impresión de que tanto él como los que le rodeaban participaban en las escenas de una vieja película cómica y que muy pronto empezarían a volar los platos de una mesa a otra, embadurnando las caras de los integrantes del festín. Por un rato, al repasar cuidadosamente a sus vecinos de mesa, estuvo en condiciones de adjudicar los distintos ingredientes que les correspondían: las cabezas estaban pintadas con cremas y salsas formando un amasijo multicolor. Víctor soltó una carcajada. Cuando se desvaneció la escena grotesca observó como varios de los presentes le miraban inquisitivamente. El camarero vino en su ayuda solicitándole el postre que quería tomar.
Se sintió el centro de las miradas y esta sensación incómoda se acentuó al intuir que sus vecinos de mesa le juzgaban como un elemento anómalo que enturbiaba su normalidad. Frente a ellos Víctor se sabía acusado por permanecer junto al asiento vacío de David, soldado a él por una complicidad que los otros consideraban malsana. Y en aquel momento experimentó de nuevo algo que ya había presumido desde hacía un cierto tiempo pero que, con el paso de los días, se volvía más agobiante: la certeza de que ciertos hombres, David con toda seguridad, y ahora quizá él mismo, habían sido situados fuera del juego, culpables de haber escudriñado en un mundo que no había existido y, en consecuencia, castigados con la exclusión. David Aldrey había sido excluido drásticamente por haberse inmiscuido demasiado en territorios prohibidos. Pero tampoco Víctor, el mero observador, podía mantenerse al margen, acusado, como sería, de falsedad por creer, o al menos sospechar, que lo que había ocurrido en el último año había ocurrido verdaderamente. Víctor, con su persistencia en recordar, transgredía las reglas del juego. Estaba fuera del juego.
Abandonó precipitadamente el París-Berlín con la premonición de que, al igual que antes para David, también para él había sido decretado el destierro: podía decirse que, al menos tácitamente, había sido expulsado de la ciudad, cumpliendo así la pena por haberse entrometido en su zona secreta. La ciudad era la misma, siempre había sido la misma, siendo individuos como él y como Aldrey los que, al pensar lo contrario, quedaban atrapados en sus propias ficciones. Víctor sabía perfectamente que lo que había sucedido en el último año no era, en modo alguno, una ficción. Pero eso no bastaba cuando lo que se imponía era un mundo que se obstinaba en negar que sus fantasías hubieran sido, en cierto tramo de su historia, las únicas realidades. A pesar de sus resistencias la fuerza de este mundo era demasiado evidente y el propio Víctor se veía desagradablemente impulsado a reconocerlo. La duda, aunque tenida por injustificada, hacía incesantes progresos, particularmente nítidos aquella tarde de fines de diciembre, saturadas las calles de atmósfera navideña, mientras se reproducía la estampa exacta del año anterior con una solidez tal que su sola visión desmentía que hubiera podido ser alterado, en fecha reciente, un equilibrio tan compacto. Las gentes insistían en sus costumbres, ajenas al año que no había existido.
Víctor dedicó el resto de la tarde a comprobaciones que hacía unos pocos días le hubieran parecido fútiles pero que, a partir de la muerte de David Aldrey, se le hicieron indispensables. Quería cerciorarse de lo que para él simplemente era obvio. Recorrió muchos puntos de la ciudad, circulando velozmente en su automóvil como si en cierto modo huyera de cada una de sus comprobaciones. Y no le faltaba razón para ello pues las voces, unánimemente, se pronunciaron contra él. En el Hospital General le aseguraron que no constaba en sus archivos el internamiento de unos pacientes a los que se denominara exánimes. Nunca habían oído hablar de tales enfermos y rechazaban que pudiera darse una patología como la descrita por Víctor. Le despidieron entre chanzas y suspicacias. Tampoco la Hemeroteca Municipal le sirvió de mucho pues los archiveros le informaron que los periódicos de aquel año aún no habían sido clasificados y todavía tardarían en serlo bastante tiempo debido a ciertas innovaciones técnicas. De otra parte, las emisoras de radio y televisión no facilitaban sus grabaciones para consulta sino pasados dos años tras la emisión. El perímetro del silencio era cada vez más extenso y amenazaba con cerrar el cerco. Las dos últimas comprobaciones que Víctor hizo antes de desistir le reafirmaron en esta idea: en la sede del Senado supo, por unos ujieres, que la institución funcionaba normalmente, al igual que siempre, y dos calles más abajo unos obreros que trabajaban en el jardín de la vieja Academia de Ciencias dijeron que, de acuerdo con sus noticias, aquel edificio llevaba años deshabitado. El vacío generaba verdades inconmovibles mientras su verdad, tambaleándose, se demostraba más y más infundada.
Recurrió, por fin, a los carretes almacenados en la caja metálica durante doce meses. Al abrirla Víctor se apercibió de que no tenía una conciencia muy clara de su contenido. Su crónica del tiempo de los exánimes podía haberse transformado, en definitiva, en la crónica de su propia enajenación, de modo que allí no se hallaran registrados los acontecimientos vividos sino, únicamente, los espectros por él imaginados. Sentía, al mismo tiempo, ganas de llegar al fondo del desafío y aunque no estaba seguro de que sus fotografías le facilitaran el camino no veía otra manera de intentar acceder hasta él.
Se encerró en el laboratorio y durante los dos días siguientes, con escasos intervalos de descanso, estuvo dedicado a revelar muchos de los carretes. Cuando por fin, terminada esta tarea, pudo examinar el conjunto de sus fotografías el balance fue, en cierto sentido, decepcionante: sí estaba contenida allí una relación pormenorizada de lo sucedido a lo largo del último año, pero enseguida tuvo la sospecha de que, fuera de él mismo, los demás que contemplaran aquellas imágenes podrían desorientarse fácilmente. Maldijo las trampas del fotógrafo, de las que tanto se había aprovechado y que ahora se volvían contra él. Al secuestrar las escenas, arrebatándoles el tiempo al que pertenecían, el fotógrafo domesticaba su aliento primitivo para luego ofrecerlas a ojos ajenos dotadas de un tiempo neutro que él creía dominar. Víctor estaba convencido de que ésta era la fuerza de la reproducción fotográfica, superior, tantas veces, a la del modelo.
Sin embargo, en algunas ocasiones el cazador caía en su propia trampa, incapaz de sortear los artificios concebidos por él mismo. Y esto era exactamente lo que experimentaba Víctor ante los centenares de fotografías que había revelado. Le parecieron, por lo general, escenas secas, sustraídas a su tiempo original, aunque, simultáneamente, reacias a que él les insuflara su propio tiempo. Eran testimonios marchitos y, en cuanto tales, habían dejado de poseer el aroma de los minutos y de las horas. Sin duda se encontraba ante lo que muchos de sus colegas hubieran calificado de material valioso, pero Víctor no quería llevarse a engaño: aquel material era inservible, al menos para probar la existencia de algo tenido por improbable y, por parte de muchos, por imposible. Los diversos rastros del desvarío de la ciudad perdían contundencia ante la idea firme y compartida de que la ciudad jamás había entrado en tal desvarío.
Por supuesto, reflejadas en las fotografías, se veían las sucesivas secuencias: las calles anormalmente desiertas o anormalmente abarrotadas, las cordilleras de escombros, los edificios incendiados, las concentraciones de multitudes en torno a los agitadores, las arengas de los profetas, los ejercicios temerarios de los funámbulos, las intervenciones prodigiosas de Rubén, vestido siempre con su trasnochado traje blanco. Se veían, al fin, los grandes protagonistas, los exánimes, afectados por una insólita enfermedad al principio y luego aberrantes portadores del mal, condenados a desaparecer los primeros de la memoria colectiva. Víctor se detuvo ante las fotografías de su primer reportaje en el Hospital General que dieron pie a la publicación de la noticia y también ante las que realizó, acompañado de Arias, tras los linchamientos de primavera. Las caras inexpresivas, los ojos huecos, las sombras de un miedo insondable, lo terrible, demasiado reiterativo para no volverse rutinario.
Repasó, en suma, los fragmentos del delirio. Para él eran cercanos, cotidianos, frutos de una larga convivencia. Pero bien pudiera ser que para muchos otros no fueran sino fragmentos de un montaje circense o de una escenografía operística. Nada demostraba lo contrario y, dado que lo que allí se había registrado era imposible que sucediera en una ciudad moderna y civilizada, lo más probable es que todo se debiera a la simulación y al juego. Una representación, a veces divertida y paródica, a veces sórdida, rozando el mal gusto, que, sin embargo, en poco se distinguía de tantas otras representaciones divertidas, paródicas y en ocasiones sórdidas a las que estaban acostumbradas las ciudades emprendedoras de la época actual.
Algunas figuras sobresalían momentáneamente, interrumpiendo la representación: Arias en su desvencijado apartamento, David a la salida del París-Berlín, Ángela junto al cuadro de Orfeo, Max Bertrán adoptando una pose estudiada. Eran, desde luego, figuras con luz propia. Y, sin embargo, a pesar de esto, Víctor no lograba rescatarlas del laberinto. Al margen de éste vivían en su afecto pero sumidas en él, contempladas en el mismo paisaje que poblaba el resto de las figuras, ya no le pertenecían. Pertenecían, ellas también, al gran equívoco. La ciudad había soñado una pesadilla en la que todos, sin excepción, desempeñaban un papel. Todos estaban incorporados. Todos habían sido cómplices de un mundo que al ser, luego, rechazado los convertía a todos en habitantes de la niebla. Ninguna silueta era nítida, ninguna identidad era estable. Nadie escapaba a la niebla.
Víctor quemó todas las fotografías, añadiendo de inmediato al fuego los carretes sin revelar. Únicamente cuando el olor ácido y penetrante que desprendía la chimenea llenó toda la habitación empezó a sosegarse. Un cierto placer, no ajeno a la nostalgia le hizo observar detenidamente las llamas violáceas que consumían su trabajo. Sus fotos habían pretendido retener el alma de la ciudad y ahora esta pretensión se descomponía lentamente bajo el efecto de un fuego que tenía algo de liberador. La ciudad estaba comprimida en el reducido espacio de su chimenea, de modo que pudo imaginar fácilmente cómo sus distintos componentes iban quedando reducidos a cenizas. La habitación olía a asfalto quemado, a carne chamuscada, a hierro fundido: el tiempo ardía velozmente arrastrando en su disolución las pruebas de sus hazañas y delitos. Los hombres aborrecían las pruebas de su locura y no tenía sentido oponerse a esta voluntad. Cuando el fuego hubo devorado sus fotografías Víctor experimentó un notable alivio. Después de todo era inútil obcecarse con la convicción de que él poseía tales pruebas.
Jesús Samper le llamó por teléfono para felicitarle la Navidad. Tras recordarle la conveniencia de tomar una rápida decisión sobre la nueva muestra fotográfica que proyectaba le invitó a su fiesta de Nochevieja.
– Nos vemos muy poco, Víctor. Será una buena oportunidad para que nos reunamos. Muchos amigos ya me han confirmado su asistencia. Creo que habrá más gente que el año pasado.
Víctor dejó en suspenso la aceptación, balbuceando excusas poco convincentes. Samper, antes de despedirse, se lo recriminó amistosamente:
– Te estás comportando como un misántropo, y eso no es bueno para la salud. Hazme caso, venid Ángela y tú. Os divertiréis.
Samper no fue el único: las felicitaciones navideñas llovieron desde todas partes como si los que le rodearan estuvieran empeñados en competir con alardes de efusividad. Víctor supuso que a todo el mundo le sucedía lo mismo, cruzándose los deseos de bienestar hasta formar una espesa red que, en los propósitos y las ilusiones, mantuviera alejada la desgracia. Todos los años se repetía puntualmente en estas fechas una operación similar, de manera que las variaciones eran tan escasas que bien hubieran podido resumirse en la media docena de fórmulas que se heredaba a través de las sucesivas generaciones. Los ritos para apelar a la fortuna eran parcos y reiterativos.
A pesar de todo Víctor, durante aquellos días, escuchó tímidamente las proposiciones de sus interlocutores. Lo hizo, con una atención enfermiza casi, tratando de detectar algo que rompiera la uniformidad de las expresiones. Quería adivinar la intención callada, apoderarse del más minúsculo desliz que confirmara que aquel año no había sido como todos los años. Leyó tarjetas de felicitación o atendió las llamadas telefónicas con el espíritu del cazador furtivo que irrumpe alevosamente en terrenos ajenos para cobrarse las piezas codiciadas. Pero buscó en vano manchas que ensombrecieran el rutinario idioma de la felicidad navideña. Ninguna alusión a que hubiera ocurrido algo fuera de lo normal en los meses precedentes. Ni siquiera deseos de que el inmediato porvenir fuera menos turbio que el inmediato pasado. A juzgar por lo que leía o escuchaba el deseo de que nada perturbara la paz de la población se formulaba con la seguridad de que nada, en los tiempos recientes, la había perturbado.
De otro lado la ciudad parecía vivir de acuerdo por entero con esta regla, no permitiendo que se apreciara en su interior ningún síntoma de anomalía. No se apreciaban signos de desorden ni huellas de que los hubiera habido. Lo que en ella hubiera podido calificarse todavía de peculiar se presentaba cubierto con el manto tranquilizador de lo meramente accidental o de lo que, en cualquier caso, tenía visos de ser un simple fenómeno pasajero. Así, por ejemplo, era innegable que, en contraste con lo que era propio de estas épocas, la afluencia de extranjeros era nula y que tampoco los ciudadanos viajaban al exterior. Pero, como contrapartida, se hablaba frecuentemente de grandes migraciones en ambos sentidos: las previsiones de visitantes para la próxima temporada eran espectaculares y, paralelamente, se daba por descontado que las agencias turísticas trabajaban a pleno rendimiento para satisfacer las demandas de viaje. Nada impedía que la ciudad fuera, a todos los efectos, una ciudad abierta.
Víctor aguardaba impacientemente el final del año con la secreta esperanza de que el cambio de calendario le facilitara el acceso a un tiempo más llevadero. Había renunciado ya a su combate contra el absurdo desde el momento en que se había visto empujado a considerar que era ese mismo combate lo que era absurdo. Si repasaba su propia crónica de lo acontecido, lo cual hacía con una asiduidad ingrata, se veía en la obligación de aceptar que todo, incluida su participación en el drama, o en la comedia, podía ser vuelto al revés, invertido de modo tan drástico que apenas vislumbraba un suelo firme en el que apoyarse. Caprichosos juglares hacían incesantes volteretas en su pensamiento y nadie desmentía que fueran ellos quienes escenificaban la verdad. Tampoco David Aldrey y su muerte. En apariencia la muerte de David seguía rebelándose frente al olvido. Sin embargo, podía ser que fuera únicamente eso, una apariencia, y que en realidad toda la vida de David estuviera equivocada. Y que también su muerte fuera una equivocación. El ya no estaba en condiciones de demostrar lo contrario. Víctor no sabía lo que su amigo hubiera hecho de encontrarse en su situación. Sí sabía, no obstante, que a él sólo se le ofrecía el aprendizaje del olvido y envidiaba la facilidad con que lo habían realizado sus conciudadanos.
Lo reconoció de inmediato y se sorprendió de que también el anciano le reconociera a él con presteza. Su fragilidad, el mismo cabello blanquísimo, los mismos ojos de azul intenso, de una intensidad insólita para su edad: Víctor tenía grabada aquella cabeza en su retina con una claridad especial. Había transcurrido medio año desde que lo viera por única vez y su imagen permanecía en él con rara nitidez. Lo recordaba con su nieto en una mano y con el reloj que había recuperado en la otra, caminando entre los escombros calcinados que los incendiarios habían dejado tras su orgía. Sobre todo recordaba su voz pausada, magníficamente sosegada en medio del desastre. De pronto Víctor pensó que aquella súbita coincidencia entrañaba un significado poderoso. No era tan sólo un azar sino el fruto de lo que antes o después debía producirse para que el silencio no ganara definitivamente su partida. Sin sopesar las causas que le inclinaban a ello adjudicó al anciano la función de testigo decisivo. Más que acercársele se abalanzó, Casi, sobre él.
– ¿Me recuerda?
– Claro -contestó sonriente, su interlocutor- ¿Cómo está usted?
– Bien -dijo Víctor precipitadamente, sin reparar en devolver la cortesía y haciendo una nueva pregunta-. ¿Se acuerda de la mañana en que nos encontramos cerca de aquí?
– Ha pasado bastante tiempo -respondió el anciano, algo vacilante.
Por un instante se cruzó por la mente de Víctor la idea de que su testigo decisivo se desmoronaba. Tampoco refutaría las piruetas de los juglares. Sin embargo, la voz que le hablaba recuperó su firmeza:
– Aunque, desde luego, me acuerdo perfectamente. Por desgracia fueron unos días inolvidables y aún hoy le agradezco que aquella mañana se hiciera cargo de mi nieto. Yo me había despistado buscando el reloj.
– Entonces, ¿usted recuerda lo que pasó aquellos días?
El anciano le miró con aire de perplejidad. Contestó de inmediato:
– ¿Qué dice usted? ¿Cómo no iba a recordarlo? Estuvieron a punto de incendiar mi casa.
Víctor sintió una extraña satisfacción al comprobar que su testigo le era fiel. Alguien, al parecer, estaba dispuesto a mirar atrás sin temer el castigo que ello podría acarrearle. Observó con agradecimiento al desconocido anciano: hacía caso omiso de la prohibición que, al igual que pendiera sobre Orfeo, pendía sobre la ciudad. Llenó de preguntas a su improvisado interlocutor. Quería una confirmación minuciosa de cada uno de los hechos acontecidos. El viejo respondía con naturalidad, aunque sin poder ocultar un cierto asombro por la insistencia de Víctor. Cuando hubieron recorrido un largo tramo hacia el pasado le exteriorizó este asombro:
– ¿Por qué quiere que le conteste cosas que usted ya sabe? Todo el mundo lo sabe.
– Perdone -se disculpó, por primera vez, Víctor-. Me temo que seamos pocos los que lo sabemos.
Víctor se lo dijo en un tono confidencial, casi intimidatorio, del que se arrepintió enseguida apercibiéndose de que podía ser tomado por un energúmeno. El anciano notó su incomodidad y, sonriéndole de nuevo, le cogió por el brazo invitándole a dar una vuelta a la manzana.
– Aquí, de pie, hace frío, ¿verdad? -alegó.
Víctor no se había dado cuenta de que hacía realmente frío. Imitó a su compañero, subiéndose también él el cuello del abrigo.
– Entonces, ¿usted está convencido de que estos hechos han sucedido? Tal vez sea una ingenuidad o una idiotez preguntárselo de esta forma pero no se me ocurre otra.
– No es ni una cosa ni la otra -afirmó con suavidad el anciano-. No tengo ninguna duda de que han sucedido. Lo que no entiendo es por qué usted se empeña en tratar de ratificar lo que es evidente.
– La gente lo ha olvidado -se justificó Víctor.
– ¿De veras?
Le pareció, por un momento, una interrogación cínica. Pero no había cinismo en ella. Únicamente, quizá, una distancia que le mantenía alejado de tribulaciones demasiado punzantes. Sus siguientes palabras lo corroboraron.
– Es posible que tenga razón. Pero no hay por qué sorprenderse, pienso sinceramente. Lo han olvidado, es cierto, pero también hace meses habían olvidado lo que pasaba con anterioridad y no sabemos si mañana se habrá olvidado lo que pasa hoy. Probablemente sí. En realidad presumimos de memoria pero recordamos pocas cosas y casi nunca lo que en su momento nos pareció fundamental. El miedo es más importante que la memoria y yo, que ya soy viejo, puedo asegurarle que tratamos de apartar de nuestro recuerdo todo aquello que tememos. No creo que seamos culpables por eso. Mentirosos seguramente sí, pero con el transcurso de los años nos acostumbramos a ello con facilidad.
Se detuvo en una esquina, obligando a Víctor a hacer lo mismo.
– Además, cabe otra posibilidad.
Víctor permaneció callado.
– Cabe otra posibilidad -repitió-. ¿No ha pensado que quizá cada uno de nosotros está convencido de que él solo es el que recuerda mientras todos los demás han olvidado? Es una pura suposición, claro está, pero bien pudiera ser que lo que usted o yo sospechamos de los otros fuera bastante similar a lo que los otros sospechan de nosotros. Quiero decir lo siguiente: usted cree que está aislado, recordando detalle a detalle lo que ha ocurrido durante este año, en tanto que los otros a su alrededor se han aliado en el silencio. Pongamos que a mí me pasa algo parecido. ¿No podría ser que lo mismo, exactamente lo mismo, les pasara a muchos de los habitantes de esta ciudad? Si así fuera todos sabríamos que algo tremendo ha tenido lugar en nuestras vidas y, al mismo tiempo, todos lo callaríamos, pero no por culpa de los demás sino por nuestro propio miedo.
Presionó el brazo de Víctor con un gesto cordial y antes de reemprender la marcha añadió:
– De todos modos no me haga mucho caso. Ya soy demasiado viejo.
Tras dar la vuelta a la manzana retornaron al punto de partida. Los últimos metros los caminaron en silencio. Antes de despedirse el viejo le dijo:
– ¿Sabe que mi nieto me ha preguntado varias veces por usted? Por lo visto en el poco rato que estuvieron juntos se hicieron muy amigos.
– ¿Cómo está? -se interesó Víctor.
– Bien, muy bien. Es un buen muchacho aunque muy travieso. Sigue obstinado en meter las cucharas en las botellas. ¿Y sabe qué dice? Dice que usted le prometió enseñarle cómo hacerlo.
En el fondo azul de sus ojos había un destello malicioso. Sonrió. Luego se despidieron deseándose mutuamente prosperidad para el año que estaba a punto de iniciarse.
Víctor Ribera declinó finalmente la invitación de Jesús Samper. Éste le mostró su pesar, al igual que Salvador Blasi y Max Bertrán, que le telefonearon para animarle a asistir a la fiesta.
– Te echaremos a faltar. De todos modos si cambias de opinión ya sabes que mi casa es la tuya -le dijo solemnemente Samper.
Prefería cenar a solas con Ángela, y ella también lo prefería. Tenía sus motivos: debían celebrar que la restauración del cuadro de Orfeo había llegado a su fin. De hecho, Ángela la dio por definitivamente terminada el último día del año, cerrando así una labor que a ella la había absorbido casi por entero y en la que también Víctor se había inmiscuido con intensidad creciente. Orfeo asimismo había participado en un ciclo que ahora parecía concluir. Había entrado en sus vidas cuando las sombras empezaban a proyectarse sobre la ciudad y ahora su escenario estaba recompuesto como, según todas las voluntades, lo estaba también el de ésta. Víctor pensó que no era una simple coincidencia. Un hilo secreto ataba el destino de la ciudad a la incertidumbre de Orfeo: al fondo permanecía, amenazante, el infierno de la memoria guardando una verdad demasiado intolerable.
En el restaurante Ángela le habló, una vez más, de aquel lugar paradisíaco en el que los visitantes cedían a la tentación de quedarse definitivamente. Poseía nuevas informaciones que acrecentaban su fascinación. Para demostrarlo pidió una hoja de papel a un camarero y se puso a dibujar el mapa del país. En él apuntó los nombres de algunas poblaciones y, luego, de montañas y ríos. Víctor quedó sorprendido del conocimiento minucioso de que Ángela hacía gala.
– Creo que tú ya has estado -bromeó. -No, no he ido. Pero quiero ir. Quiero que vayamos.
– ¿Orfeo y Eurídice viajando al paraíso de los vivos?
– ¿Por qué no? -dijo Ángela, aceptando el reto.
– Imagínate que pasa como dices y una vez hemos ido a la tierra prometida no queremos volver…
– Es muy sencillo: no volvemos -concluyó Ángela.
Víctor sintió, como tantas veces, que la fuerza de Ángela residía en su capacidad de convicción. Le prometió que muy pronto harían el viaje y, al prometerlo, se dio cuenta de que él también deseaba realizarlo. Deseaba salir, alejarse de la escena en la que estaba atrapado desde hacía demasiado. Nada le impedía viajar, era libre de hacer el equipaje y partir el día que quisiera. Pensó en David cuando, en las aguas del puerto, le aconsejó que se fuera. Que Ángela y él se fueran de la ciudad apestada. Pero entonces un cerco invisible lo prohibía, el mismo cerco que se había ido estrechando alrededor de David hasta acabar por asfixiarlo.
Ahora decían que el cerco se había roto y que la ciudad estaba de nuevo abierta, dispuesta, como siempre lo había estado, a comunicarse con el resto del mundo. Las carreteras, los muelles, el aeropuerto se llenarían de individuos que saldrían para apoderarse de las geografías exteriores. De pronto le retornó una duda infantil y se vio montado en el compartimento de un tren, mirando fijamente a través de la ventanilla mientras pedazos de paisaje circulaban a gran velocidad ante él. Pedazos de mar, de bosques, de campos y, entre ellos, casas y hombres apareciendo y desapareciendo vertiginosamente. O quizá no eran los pedazos de paisaje los que circulaban sino que era él mismo, gracias a ir subido al tren, quien lo hacía. Eso era lo que le decían sus padres, lo que los adultos, burlándose, le aseguraban. Pero durante años él siempre creyó lo contrario.
Al sonar las campanadas de medianoche se originó un cierto revuelo en el restaurante. Hubo abrazos y cantos al tiempo que se levantaban las copas para brindar. Algunos comensales fueron de mesa en mesa saludando efusivamente a sus desconocidos compañeros de celebración. Ángela y Víctor se recordaron mutuamente la promesa del viaje mientras oían que otros, a su alrededor, se comunicaban otras promesas: el nuevo año irrumpía, generoso, como un mensajero cargado de buenas noticias. Nada se decía del año recién gastado, un cadáver ya descompuesto un segundo después de haber expirado. O, tal vez, el proceso de putrefacción se había iniciado mucho antes, al nacer bajo el signo del desastre. Nadie de los allí reunidos parecía dispuesto a dedicar un minuto de su nuevo año para aclarar una duda que, posiblemente, ni tan siquiera les afectaba.
Víctor miró a Ángela. Estaba seguro de que ella no había olvidado. Únicamente había preservado hasta el final su estrategia logrando, en cierto modo, mantenerse al margen. Había hecho bien o, más exactamente, a él le hacía bien al conservar esta actitud: lo alentaba a escapar del túnel oscuro en el que el observador, por persistir temerariamente en su misión, había terminado por caer. Instintivamente Víctor volvió a la imagen infantil del tren. Ahora era él el adulto pero la imagen se reproducía. Quizá nada en el exterior se había movido, y él, al igual que le sucedía cuando era niño, había confundido el movimiento del tren atribuyéndolo al paisaje. Quizá la ciudad había sido la misma de siempre y aquel año, ahora caído del calendario, había sido igual a los transcurridos anteriormente y a los que, en adelante, transcurrirían. De ser así únicamente él se había desplazado, pasando ciegamente de un estado a otro y otorgando al mundo exterior lo que sólo en su interior había en realidad sucedido.
A la salida del restaurante, Víctor se obstinó en ir al estudio de Ángela para celebrar, junto al cuadro el final del trabajo. Antes detuvo su coche en una tienda abierta para comprar una botella de champán. Se alegraba de haber renunciado a la fiesta de Samper y recordó en voz alta algunos de los episodios de la anterior Nochevieja. Ambos rieron, en particular comentando el baile colectivo con que concluyó, el cual, visto a la distancia de una año, aumentaba su dimensión grotesca. Las imágenes retornaban teñidas de colores brumosos y, con ellas, la serpiente humana compuesta por la mayoría de invitados, enroscándose caóticamente en aquella habitación repleta de espejos.
– No siento haberme perdido las nuevas sorpresas que Samper les habrá preparado- dijo Víctor.
– Yo tampoco -confirmó Ángela-. Pero hubo momentos divertidos.
– Aún estamos a tiempo de ir -le sugirió Víctor.
– Me parece mejor idea que continuemos por nuestra cuenta -zanjó Ángela, dándole un beso.
El cuadro de Orfeo resplandecía como si acabara de salir de las manos de su autor. A pesar de haberlo examinado tantas veces a Víctor le admiró más que nunca el sutil equilibrio conseguido por el pintor y, tal como le ocurrió el primer día, tuvo la impresión de que nada estaba decidido. Era imposible averiguar si Orfeo lograría rescatar a Eurídice. El pintor había dejado la resolución del dilema en manos de los espectadores. Pero él, como ya le sucedió entonces, no se atrevía a decidir. En ningún momento a lo largo de estos meses se había decidido y, sin embargo, siempre tuvo la intuición de que al final, sin saber en razón de qué, se le exigiría decidir.
Miró los ojos de Orfeo que, a su vez, no se apartaban de los de él. Los miró fijamente, persiguiendo indicios a través de los que orientarse. Y, por un instante, le pareció que Orfeo sonreía dando muestras de una lejanísima complicidad. Tal vez era sólo una sugestión e, incluso así, aquella leve percepción le animó a pensar que el infierno perdía posibilidades y que la balanza podía decantarse hacia la salvación. Orfeo, astuto, había ocultado sus recursos secretos y, tras aparentar ser dominado por la oscuridad, estaba en condiciones de acceder a la luz.
La música que había puesto Ángela favorecía el triunfo de Orfeo. Estuvieron largo tiempo tumbados en un sofá, ante el cuadro, mientras apuraban la botella de champán. Los ruidos de la Nochevieja procedentes de la calle disminuían en intensidad y, cuando hicieron el amor, habían cesado casi por completo. Víctor sintió simultáneamente el cuerpo de Ángela y la mirada de Orfeo, y ambas sensaciones eran cálidas, acogedoras en extremo, complementarias hasta confundirse en un horizonte indefinido. Alguien, Ángela u Orfeo, ambos quizá, la una con su piel, el otro con su mirada, le arrastraron hacia arriba, hacia el mundo de los vivos. Él iba dejando atrás las avenidas vacías de una población deshabitada. Caminaba lentamente, luego más deprisa, corriendo en el último tramo hasta llegar a las murallas de la ciudad. Sabía que al otro lado se extendía el mundo de los vivos. Por fin, a punto de perder el aliento, las puertas de la muralla se abrían de par en par.
Ángela se durmió entre sus brazos. Víctor, por el contrario, permaneció despierto hasta que las primeras luces asomaron por las rendijas de la persiana. De repente tuvo un sobresalto y se levantó precipitadamente. Anduvo tanteando por la habitación a oscuras en busca del interruptor. Después rectificó y se acercó a la ventana. Muy despacio, tratando de no hacer ruido, levantó la persiana para que algunos surcos de luz inundaran la estancia. Impulsivamente se dirigió, de nuevo, hacia el cuadro de Orfeo, bañado por una tenue luminosidad. Tenía la sospecha de que había aparecido en él una grieta finísima, igual a la que Ángela había visto en su sueño. Para cerciorarse recorrió minuciosamente la superficie de la pintura. Repitió varias veces la operación hasta comprobar, con alivio, que su sospecha era infundada. Orfeo le seguía mirando con la sombra de una sonrisa en sus ojos.
Volvió al sofá, cubriéndose con la manta hasta el mentón. A aquellas horas de la mañana el frío se dejaba sentir y experimentó con gozo el retorno a la piel de Ángela. El silencio era absoluto. Un silencio poderoso, tranquilizador, que cubría con su coraza la entera ciudad. Entonces se escuchó el sonido de una sirena que interrumpía el amanecer. Un sonido que se aproximaba, cortante como el filo de una navaja.
Barcelona – Peratallada, verano de 1992