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La reina de Saba es tal vez la mujer más famosa de toda la historia. Sin embargo, no se tienen de ella registros históricos. Desde el principio fue una figura bastante literaria, por lo que su imagen cuenta con numerosas tradiciones.
Aparece por primera vez en el Antiguo Testamento como misteriosa visitante del rey Salomón, al que lleva tesoros y acertijos. El Nuevo Testamento recoge otra vez esa visita; Mateo 12, 42 y Lucas 11, 31 coinciden en hablar de un discurso de Jesús ante los fariseos en el que convierte a la reina en testigo de un futuro juicio. La literatura teológica de la Edad Media, en consecuencia, la considerará una de las primeras testigos de la verdad de Jesucristo.
También el Corán conoce a la reina, y en el sura de las hormigas describe profusamente, mucho más que la Biblia, cómo Salomón, Suleimán en árabe, tras haber reunido a sus ejércitos de genios, hombres y pájaros, se entera gracias a la abubilla, que llega más tarde, de que en la lejana Saba existe una reina que, junto con su pueblo, venera al sol. Suleimán le manda a la abubilla con una epístola en la que la insta a visitarlo y acoger sus creencias. Ella primero le envía obsequios y después hace acto de presencia, momento en el que queda impresionada porque Suleimán ha hecho aparecer el trono de ella en su palacio. El Corán también relata una curiosa ilusión óptica: al ver el suelo de sus salas, tan resplandeciente que reflejaba como un espejo, la reina lo toma por agua y se levanta las faldas, mostrando así sus piernas.
¿Por qué habrían de ser un misterio las piernas de la reina? En numerosos cuentos árabes se da respuesta a esta enigmática escena: la reina tenía unas pantorrillas muy hirsutas o, por así decir, ¡pezuñas de burra! Según al-Tabari (838/839-923 d. C.), Suleimán solucionó elegantemente el problema con una crema depilatoria hecha a base de yeso. La cristiana Legenda Aurea, de Jacobo de la Vorágine, el libro de hagiografía más popular de la Edad Media, recurre a una milagrosa curación como agradecimiento y en confirmación de su profético anuncio de Jesucristo.
Los cuentos árabes ofrecen numerosos detalles maravillosos -como el de la abubilla- de los que me he servido para el argumento de la novela. Al-Tha’labi (960/970-1036 d. C.), por ejemplo, describe el acertijo presentado por la reina en el que Suleimán debe distinguir a un muchacho de una muchacha. Ibn al-Athir (1160- 1233/1234 d. C.) considera a la reina princesa de los jinn. También al-Kisai narra la historia de la hija de los genios: en su versión, es un apuesto visir quien se desposa con una inniyah que le da una hija que vive en el desierto hasta cumplir los veinte años, momento en que se reencuentra con su padre al seguir una caravana. En esa misma historia, acaba siendo reina después de cortarle la cabeza a un perverso rey asesino de muchachas, que en el relato de al-Kisai se llama Sharahil, y ocupa su trono.
La abubilla como mensajera en relación a la reina de Saba se encuentra mencionada también en la tradición judía. Así aparece en el libro de Ester, donde también se describen algunos de los acertijos que la reina le plantea a Salomón. En la literatura judeoyemení aparecen otras adivinanzas, de las que alguna he aprovechado.
Igual que los relatos árabes, también el libro de Ester parte de la base de que la reina era o descendía de genios. Sus piernas daban fe de ello. En la literatura cabalística acaba asimilada al espíritu nocturno Lilith y recibe definitivamente rasgos oscuros.
Junto a las tradiciones orientalistas, los relatos de la reina de Saba cuentan también con una vertiente africana que debe mencionarse: el Kebra Nagast, la epopeya nacional de Etiopía, cuyas raíces se remontan probablemente al año 600 d. C., pero que fue compilado en la versión conocida actualmente en el siglo XIV.
También esta vez tiene la reina una pezuña de burra, originada por la sangre de un dragón al que debe ser sacrificada y que le salpica en el pie durante su liberación. El tema del sacrificio al demonio que se apunta en la novela ha sido extraído del Kebra Nagast. Sin embargo, el demonio de la lluvia que aparece aquí, Afrit, pertenece al panteón sabeo.
Cuando la muchacha del Kebra Nagast oye que el rey Salomón puede curar cualquier dolencia, va a Jerusalén a buscarlo, sana y queda también embarazada. Su hijo visitará más adelante a Salomón, le roba el Arca de la Alianza y se convierte, una vez regresa, en el monarca del que la casa real etíope dice descender hasta nuestros días.
Falta mencionar todavía a los alquimistas, que también conocieron a la reina de Saba como poseedora de la piedra filosofal y reina «Viento del Sur», mediadora entre los elementos. De ahí extraje la inspiración para ponerle nombre, entre otras cosas también porque en el Yemen existen unas ruinas que, según la tradición local actual, reciben el nombre de Palacio del Viento del Sur. Así eludí el dilema de tener que decidirme entre los dos nombres tradicionalmente atribuidos a la reina: Bilquis, en árabe, y Makeda, en la tradición etíope.
La reina de Saba ha tenido una presencia gloriosa en la historia del arte occidental, que en incontables ocasiones la ha representado como visitante de Salomón y anunciadora de Jesucristo, en forma de estatua en las catedrales góticas de Chartres y Amiens, en los vitrales de la catedral de Canterbury y en frescos del Renacimiento europeo, de los cuales los más famosos son seguramente los frescos del coro de Arezzo, de Piero della Francesca. Rafael, Veronese, Tintoretto, Rubens y Lorraine, por nombrar sólo a unos pocos, la han retratado.
También los escritores se han dedicado a ella. Al margen de la literatura teológica, la encontramos en Calderón y en el De claris mulieribus, de Boccaccio, donde de ella se dice: «No se consagraba a la tranquilidad, como tampoco a la suavidad femenina en la dicha de la riqueza.» En épocas más recientes, Flaubert la estiliza y la convierte -en La tentación de san Antonio- en una gran seductora. Como tal aparece también en las óperas de Gounod y Goldmark que le están dedicadas, y en las que, además, un jardinero se apasiona por la bella reina.
El cine la adoptó en este mismo sentido; Betty Blythe interpretó su papel en 1922, y en 1960 Gina Lollobrigida, cuyas escenas de baño son de las más inolvidables de la estrella.
Una mina de plata, varias revistas de la farándula y una marca de comida para gatos llevan el nombre de esta mujer que ha acabado siendo la encarnación de la fémina enigmáticamente seductora de Oriente.
Todavía hoy, los investigadores siguen sin ponerse de acuerdo en cuanto adonde debió de situarse exactamente Saba, aunque hay pruebas que hablan a favor del actual Yemen como antiguo reino de los sabeos. Las excavaciones del Deutschen Archàologischen Institut (DAI, Instituto Arqueológico Alemán) están sacando a la luz los contornos de una cultura con escritura propia e impresionantes construcciones, que debía su riqueza al incienso y que en la supuesta época de estos acontecimientos, alrededor del 950 a. C., pudo ser ciertamente el hogar de una reina.
La gran presa de Marib, que abastecía los huertos del oasis, es en la actualidad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Sin embargo, ni en el templo de Baran dedicado a Almaqh, cuyas columnas de granito han acabado siendo un monumento turístico, ni en las torres funerarias de la necrópolis vecina, que van reapareciendo poco a poco gracias a las palas del DAI, como tampoco bajo los escombros que cubren todavía la fortaleza del Salhin se han encontrado hasta la fecha pruebas inequívocas de la existencia de la reina de Saba, que continúa siendo una imagen lejana bajo una iluminación cambiante.