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– La primera que encuentres.
– Oye, cielo, nadie te obliga a beber whisky si no te gusta.
– En estos sitios hay que beber whisky.
– Qué gracioso. Tú lo que eres es un cachondo. Así me gustan a mí los tíos, cachondos y de Valencia. Te voy a dar el mejor whisky que tengo.
A Carvalho el whisky le parecía una bebida de compromiso y el whisky lo sabía porque pasaba por la boca del detective sin instalarse, consciente de que no era demasiado apreciado. La de Sinarcas era habladora y reconoció que la noche era poco movida, si hubieras venido ayer, cielo, o si te hubieras encontrado con los cazadores del otro día, mira, esto estaba lleno y hay un salón ahí para banquetes y convenciones de cazadores en el que no se cabía.
– Pero los domingos, malo. La gente está de mal café porque mañana es lunes y sólo vienen así, como tú, viajantes, ¿porque tú serás viajante?
Carvalho asintió.
– Y valenciano. ¿Qué vendes tú, naranjas?
Y se reía la rubita pechialta enseñando dientecillos de rata.
– ¿No quieres subir arriba conmigo?
– De momento estoy muy a gusto aquí.
– Son sólo siete mil pesetas por lo que quieras y el tiempo que quieras.
– Pues está muy animado esto.
– Pse.
Los ojos de Carvalho fueron retenidos por una morena angulosa que entretenía a un hombre poderoso, con el rostro más rojo que moreno y el corpachón enfundado en una pelliza de ante con solapas de piel de cordero.
Distrajo la vista sobre aquella mujer llena de esquinas y carnes ajustadas, sobre todo sobre unos hermosos pómulos de animal fotogénico y los culos redondos y justos que revelaban los pantalones tejanos.
– ¿Te gusta ésa?
– ¿Quién?
– Ésa a la que no le quitas la vista de encima.
– No está mal. ¿Cómo se llama?
– Carmen. Pero la llaman la “Morocha”
– Me han hablado mucho de ella.
– ¿Quién?
– Un amigo mío. El mismo que me recomendó venir por aquí. Don Luis Rodríguez de Montiel. ¿Le conoces?
La rubita se había puesto seria y parpadeó después de haber enviado una mirada hacia la “Morocha”.
– No le he visto hace la mar de tiempo. Antes venía, a veces. Pero últimamente, no.
Carvalho devolvió los ojos a la morena de los tejanos y a su empecinado alterne.
– ¿Ése es de los que suben?
– ¿Te refieres al que está con la “Morocha”?
– Sí.
– Sí. Es de los que suben. Pero tal vez hoy no, porque le dura mucho el palique. ¿Por qué lo preguntas?
Quieres irte con ella?
– Todavía no he decidido qué haré.
– Ya lo veo.
– Pon otro whisky.
– ¿Y otro para mí?
– No faltaba más.
El incremento de la comisión pareció consolar a la rubita, que volvió a acodarse frente a Carvalho con un propósito más informativo que ligón.
– Es muy maja, lo reconozco. Distinta, ¿no? Gusta mucho, pero no a todo el mundo. Y últimamente no trabaja tanto aquí como antes. Se pasa días y días sin aparecer. ¿Conoces tú mucho a don Luis?
– Hicimos juntos la mili.
– Qué bueno, qué bueno. Pues don Luis estaba mucho por la “Morocha”.
La mujer parecía haber recibido las miradas de Carvalho y volvía de vez en cuando la cabeza para salir al encuentro del mensaje pasivo de Carvalho.
– ¿Seguro que ese tío es de los que suben?
– ¿Quieres subir con ella?
– Sí.
– ¿Quieres que la avise?
– Sí.
Se fue la rubita a por la “Morocha”, y con la distancia, Carvalho pudo ver el cuerpo de su interlocutora, poderosas caderas para dos piernas de princesa que había hecho poco uso de ellas, patas de grulla mal alimentada. Consiguió la mensajera que la morena se despegara de su ligue y en un breve aparte permitió mirar a Carvalho directamente. No había en los ojos de la “Morocha” ni propuesta ni molestia, eran los ojos neutros de un animal examinador en una asignatura que a Carvalho le pareció que no tenía nada que ver con el sexo ni la economía.
– Dice que subas y la esperes. Que procurará sacarse a este tío de encima.