38743.fb2 La Rosa de Alejandr?a - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 48

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– ¿Y quién es ése?

– Yo.

– No sabía que te habías cambiado de nombre.

– ¿Tú te crees que yo nací llamándome “Bromuro”? ¿Tú te crees que mi padre y mi abuelo ya se llamaban “Bromuro”? ¿Tú te estás quedando conmigo, Pepe? Venga el número ese.

Carvalho le entregó un papel y “Bromuro” lo cogió con cuidado para no ensuciarlo demasiado con sus manos mugrientas. Alejó el papel de sus ojos para conseguir leer los números.

– ¿Llevas unas gafas encima, Pepe?

– No.

– Pues yo he perdido unas que me compré hace años y no veo nada. He de comprarme otras, pero no tengo nunca tiempo de ir a los encantes de la plaza de las Glorias, allí hay gafas para todos, en un montón. Has de tener paciencia. Te las vas probando hasta que encuentras las que te van bien. Son cojonudas, más baratas y te ahorras el oculista.

Carvalho le dejó dos mil pesetas sobre la caja de madera, amarronada, lustrosa en su vejez y condición de muleta para la moral del penúltimo limpiabotas del sur de las Ramblas.

– Generoso. Que eres un generoso.

Ya no quedan señores como tú, Pepe.

Da gusto echarte una mano. Tú y cuatro zapatos. Eso es todo. Menos mal que yo con vino y una tapita de calamares carburo.

– ¿Por qué no te arreglas lo de la jubilación?

– No he cotizado como limpiabotas.

– ¿Y como caballero legionario?

¿Como divisionario, de la División Azul?

– Como legionario me inscribí con el nombre de un tío mío y como divisionario no creo que se cobre retiro y además no consto.

– ¿Cómo que no constas?

– Que no, Pepe. Que fui a pedir el carnet hace unos años y me dijeron que me había muerto atravesando un río ruso. Yo que no sé nadar. Si no sé nadar ¿cómo me voy a meter en un río ruso? Tú lo entiendes, pero el tío aquel de la oficina no. Usted se ahogó precisamente por eso, porque no sabía nadar, me decía, tal como te lo digo, con dos cojones. Oiga, usted, le contestaba yo, ¿usted cree que yo tengo cara de muerto? ¿Usted cree que si yo me hubiera ahogado estaría aquí?

No. Evidentemente. Y si estoy aquí es porque, al no saber nadar, a mí no me hacía cruzar un río, y menos un río ruso, ni el mismísimo general Muñoz Grandes en persona, con todo el respeto que yo le tenía, porque ha sido el general más grande que ha habido en España desde Napoleón. Tú lo entiendes. Pero el chupatintas aquel se quedó convencido de que yo me había muerto porque no sabía nadar. Tal vez los socialistas me lo arreglen ahora, Pepe. ¿Cómo les caerá a los socialistas un ex divisionario de la División Azul?

– Muy bien. Quieren reconciliarse contigo.

– Yo no les he hecho nada. Le voy a escribir a Alfonso Guerra, que es el que me cae mejor. Mira, tú, Pepe, tiene cosas el Guerra que me recuerdan al general Muñoz Grandes.

Carvalho se había despegado de “Bromuro” y caminaba en dirección hacia el puerto por la acera del restaurante Amaya. Le llegó la voz de “Bromuro” prometiéndole información en cuanto la tuviera. Era la hora del ángelus: “… y el ángel se anunció a María”, dirían las emisoras radiofónicas. Pero en las aceras de las Ramblas ya estaban las putillas mañaneras, jóvenes como sus ganas de comer y vivir, muchachas disfrazadas de putas baratas o quizá lo eran, al alcance de buscadores tempraneros, urgidos visitantes de la ciudad que no podían esperar las sombras protectoras del anochecer. Charo se acababa de levantar. Llevaba en la cara una máscara de maquillaje blanco y el cabello recogido por un pañuelo. En la fregadera un par de vasos de whisky con los hielos fundidos, un cenicero lleno de colillas de cigarrillos y dos de puro, olor a humo rancio de puro malo en la casa y a cerrado, olor que se desparramó por el patio de vecindad cuando Carvalho abrió los postigos y un sol bando se metió con pocas ganas en la habitación.

– Abre, que huele a corral. Hay tanta humedad por la cercanía del puerto que siempre huele a cerrado y no es que yo no abra.

No eran frecuentes las visitas de Carvalho, por lo que la excusa de ganar tiempo entre la charla con “Bromuro” y algo que hacer de difícil explicación no había desarmado de prevención a Charo. Con una mano en un potecillo para ablandarse las pieles de las uñas, Charo iba de la concentración en su manicura a ojeadas sobre un Carvalho silencioso que bebía a sorbos un tazón de café con chinchón seco.

– Yo no sé cómo de buena mañana te puedes meter eso en el cuerpo.

Carvalho no quería hablarle de su trabajo y, sin embargo, la contemplación divagante de aquellas cuatro paredes sólo le sugería preguntas laborales que debía reprimir a punto de escapársele de los labios.

– ¿Tú estás enterada de cómo van esas casas que te ofrecen contactos entre personas?

– Agencias matrimoniales.

– No precisamente matrimoniales.

– Ah, bueno te refieres a eso.

Pues mira que mencionas la soga en casa del ahorcado. Que de ahí me viene una competencia que no se puede resistir. No sé qué les ha entrado a los hombres que caen en eso como moscas. Coge aquellas páginas de diario que tengo allí recortadas. Mira donde pone “Contactos” y luego “Relax”, no tiene desperdicio, y luego dime si hay derecho, la cara que hay hoy día y el poco respeto a todo.

Señorita veintidós años bonita no profesional, azafatas modelos y señoritas de compañía jóvenes nivel universitario…

– No, si tendré que matricularme en lo de mayores de veinticinco años…

…apartamentos privados de lujo, también salidas hotel y domicilio tarjetas de crédito.

– ¿Querrás creer, Pepiño, que hay clientes que quieren pagar con tarjetas de crédito? Y es por culpa de esas tías que parecen de supermercado.

María, veinticuatro años, dependienta de boutique, metro sesenta y cinco muy harmónica…

– Harmónica con hache.

– ¿Armónica va sin hache? Pues aún peor. Fíjate, mucho anuncio y analfabeta perdida.

Señora treinta años exuberante en apuros económicos solicita ayuda señores solventes. Engaña a tu mujer sólo si vale la pena. Viudas catalanas maduras y calientes. Soy un capricho de diecinueve años si te lo puedes permitir. Club privado, compañía femenina liberal pero no profesional. Proporciono contactos de alta categoría de señoras y señoritas de mucha clase, se requiere mucha discreción y señores muy solventes. Jessica, veintidós años, los senos más perfectos para el thailandés y la sensualidad de las sirenas. ¿Quieres la mejor lengua?, tres señoras andaluzas te esperan en Pelayo cincuenta y dos…

– Ya me dirás tú qué tiene que ver que sean andaluzas. Como si fueran de Reus.

– Es un guiño para paisanos. Es el fomento del polvo por afinidades autonómicas.

– Que no, Pepe, que no, que toda esa competencia publicitaria nos está haciendo mucho daño a las serias.

Busca, busca bien. Hasta sale uno que dice: madre e hija por unos días.

¿Tú crees que hay derecho? Y un cliente mío que fue y les pidió el carnet de identidad para comprobar si eran madre e hija y comprobó que según el carnet lo eran. Y todo el rollo del dúplex lésbico, el griego, el thailandés, el beso negro, pero, bueno, adónde vamos a parar. Yo lo tengo muy repetido a mis clientes: si os creéis que yo voy a ponerme al día con tantas porquerías nuevas como han salido os equivocáis. Lo mío es lo clásico. Lo siento así y así lo sentiré hasta que me retire o me muera.

Y todo lo demás es cachondeo y degeneración. Es bonito que un hombre busque y encuentre cosas que normalmente no le ofrece su mujer, pero ya me dirás tú qué es eso del cachondeo de la madre y de la hija o de la estanquera de Amarcord, ya me dirás tú qué ofrece esa tía que se anuncia como la estanquera de Amarcord.

– Me interesan sobre todo los contactos. Cómo funcionan. Quién los lleva.

– Pues hay mucha cosa extraña en eso. En general puede ser una tía espabilada que ya ha utilizado su piso como casa de citas encubierta y que poco a poco retiene a unas cuantas pupilas fijas y las va ofreciendo como si fueran casadas en apuros que sólo lo hacen por unas semanas o porque, en fin, porque están pasando una mala situación. Pero también hay mucho vicio organizado. Y luego viene lo que viene, porque los tíos lo leen así tan bonito y pican. Pero un cliente, muy salao el pobre, es de por ahí, cerca de Tarragona, pues se apuntó a eso para vacilar y le dieron direcciones. Y cada cita era un rollo porque las había que hacían comedia para sacar más pasta, y para llegar a la cama tenías que pasar por más peripecias que en los misterios de Fu Manchú.

Se notaba que Charo era de otra época. Una mujer más joven hubiera puesto como ejemplo “La guerra de las galaxias”, pero Charo aún seguía con Fu Manchú y no podía adivinar por qué de pronto Pepiño, siempre tan serio, se la estaba mirando con una leve sonrisa.

– ¿Te estás riendo de mí? ¿Te crees que miento?