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– No es el único. Yo en este caso también me anticipé a los hechos, los he conducido, desde el principio hasta el fin.
– Es que usted tiene madera de asesino.
– Son puntos de vista.
Llevó el coche hasta la punta del rompeolas. Echó pie a tierra y llegó al extremo estricto de la ciudad, rocas dispuestas en declive para que protegieran la escollera de las locas indignaciones del mar y en la observación del horizonte perseguía la búsqueda del pasillo fatal por el que llegaría “La Rosa de Alejandría” días después. Enfrente la devaluada presencia del castillo de Montjuñc, en otro tiempo fortaleza del horror y ahora un jardín para paseos de masas endomingadas, cáscaras de pipas de girasol y autocares con ancianos dispuestos a morir viendo un mundo de rentas limitadas. La escollera era una cinta de asfalto en busca del origen de la ciudad y sus faldas de piedras se iban hacia las playas populares de la Barceloneta, Club Natación Barcelona, Orientales, La Deliciosa, San Sebastián, o tal vez ya no se llamaban así, pero allí estaban las playas hipócritamente entregadas al invierno, a la espera de los bañistas pobres, de la silenciada mayoría sin veraneo que contaba sus baños en el mar con los dedos de la mano cada verano, una felicidad devaluada a la que se llegaba en autobús.
Y más a lo lejos los depósitos de la Maquinista Terrestre y Marítima, el Maresme, la bruma. El círculo se cerraba de nuevo en el camino presentido, mar abierto. Una hilera de barcos fondeados fuera puerto trazaba una línea paralela con el horizonte. Formaban parte del decorado, como los pescadores veteranos, animales de roca, petrificados en su inmovilidad de acechadores. Salir al mar y esperar la llegada de “La Rosa de Alejandría”, avisar al marino, montarlo en un delfín y permitirle que se fuera a morir de melancolía en el límite de la tierra o del mar. Mas no era su oficio salvar vidas o destruirlas, sino observarlas en un fragmento determinado de su recorrido, sin preocuparse por el origen, ni por el final.
Había visto fragmentos de vida de Andrés, de su familia, de Paquita, del insuficiente y ya viejo señorito de Albacete, de la Sociedad Deportiva Albacete Balompié, de un ciego de Águilas, de dos monjas peatonales de Jaravía, la “Morocha”, su padre el animero, la vieja radiofónica, el propio autodidacta y dos personajes invisibles, para siempre imaginarios, Encarna y Ginés, mal casamiento de nombres no dotados para la sonoridad del mito, Peleas y Melisenda, Dafnis y Cloe, Encarna y Ginés no escapaban a una vieja olor de subdesarrollo, de esquina del mundo y de la lírica.
Por la escollera avanzaba un coche prepotente, un coche rico, con carrocería sueca, motores alemanes y acabados ingleses. Aparcó tras el miserable Ford Fiesta de Carvalho cubierto por el polvo de tan inútiles caminos y el ciego desprecio de las aves.
Del majestuoso sedán bajó un chófer uniformado que abrió la portezuela a un liviano caballero sonriente. Ni la corrección de su disfraz de rico discreto, ni su amabilidad con el chófer o su sonrisa brillante de hombre voluntariosamente feliz hubieran llamado la atención de Carvalho, de no ver que llevaba en la mano un sombrero de copa absoluto, el sombrero de copa más sombrero de copa que Carvalho había visto en su vida. Y el recorrido del caballero tampoco fue discreto.
Uno por uno fue abordando a los escasos paseantes en torno del faro y descendió las rocas en busca de los aislados pescadores, y a cada cual le daba algo que sacaba del sombrero de copa. Alguna promoción publicitaria, pensó Carvalho, y distrajo su atención de las idas y venidas del recién llegado hasta que oyó su voz dirigida a él y lo tuvo ante sí, con la cabeza delgada y calva echada hacia atrás y valorando a una cierta distancia la capacidad de Carvalho para recibir su propuesta.
– Permítame que le invite, caballero.
El hombre le tendía un puro que acababa de sacar del sombrero de copa.
Carvalho bajó la vista hacia el obsequio, lo cogió, en la etiqueta pregonaba su condición de puro filipino especial, 1884.
– Primero he pensado regalar cohibas, pero fumar cohibas está al alcance de cualquiera. Toda la elite política fuma cohibas.
El hombre sacó ahora una tarjeta de visita y se la tendió a Carvalho.
– Antonio Gomá, manager de multinacional. He cumplido cincuenta años y quisiera que compartieran conmigo mi satisfacción por esta victoria de la voluntad sobre la lógica. Los managers somos personajes solitarios que apenas salimos a la luz pública y me he permitido esta pequeña muestra de exhibicionismo, aquí, un sitio elegido al azar, un sitio para gentes relajadas que pescan, pasean o miran el mar.
Muy bonito. Un sitio muy bonito.
– Felicidades.
– Fúmeselo a mi salud.
Siguió el hombre su recorrido en busca de otros posibles obsequiados y Carvalho se fue hacia su coche. El chófer del sedán permanecía con el culo apoyado en él mientras leía un “Mundo Deportivo”.
– ¿Tiene muchas salidas como ésta su patrón?
– No es mi patrón. Por mí como si quiere tirar la casa por la ventana.
Yo trabajo para una agencia y me han contratado con el coche hasta el mediodía.
Subió Carvalho al suyo. Lo puso en marcha y avanzó lentamente unos metros junto al manager, que proseguía su sonriente búsqueda con el sobrero de copa bajo el brazo. Advirtió el hombre la maniobra de Carvalho, por lo que le envió una inclinación del cuerpo y un ligero saludo con la mano.
Arrancó entonces Carvalho hacia Vallvidrera y, en cuanto entró en el Ensanche, en cada cruce soportó la pretensión de muchachos entre la mendicidad y el servicio social dispuestos a limpiarle el parabrisas. Los conductores, atrapados en la red del semáforo rojo, gesticulaban desde el interior tratando de que los muchachos no les limpiaran el parabrisas, obligándoles a tomar la decisión de pagarles o no pagarles un servicio que no habían pedido. Carvalho permitió tres controles de limpieza, tres semáforos, tres monedas de cinco duros por llegar a Vallvidrera con el parabrisas no tan sucio como antes y la conciencia tranquila porque había contribuido a mantener a tres víctimas de la crisis cíclica. Al pasar ante la casa del crimen la miró como un vecino nuevo e inevitable que le estaría esperando allí, cada día, para siempre, mientras conservara calor de recuerdo. Contó la historia del hombre del sombrero de copa a Charo, pero nada le dijo de su encuentro con el autodidacta. La muchacha seguía teniendo los ojos enrojecidos, pero había puesto cierto orden en las cosas de Carvalho, sobre todo en la cocina, donde cada cosa estaba en un sitio que la lógica o la memoria de Charo había tratado de discernir.
– En seguida me iré.
– No, quédate todo el día. Luego bajamos a comprar, hacemos una cena e invitamos a Fuster. Tengo ganas de contarle mi excursión por Albacete, especialmente el nacimiento del río Mundo.
– Déjalo. Te acompaño a comprar pero luego me voy a casa. Dos días sin trabajar es un riesgo. Tal como están las cosas. La competencia. Las casas de relax. Ya hablamos de esto.
Todo queda en la familia, pensó Carvalho, pero no lo pensaba Charo, divorciada su capacidad de imaginar entre el papel que atribuía a los miembros de su tribu y el papel real.
– Cuelga el teléfono. Unos días.
Haz la prueba. Quédate a vivir aquí, Pruébalo.
Charo le miraba desconcertada.
– No necesito que me compadezcas.
– Tenía que decírtelo.
Charo se sentó en la terraza que daba al Vallés. El viento había ayudado a limpiar los filtros de la lejanía y allí estaba la montaña de Montserrat como un capricho visual construido por algún mecenas del modernismo, con la ayuda probablemente de un Gaudí drogado. Charo pensaba y Carvalho también, arrepentido de una oferta que carecía de sentido. Sus cavilaciones las contemplaba Charo, desde la terraza, haciéndole guiños al sol y finalmente en pie, decidida, decidida a marcharse.
– Bájame, Pepiño. O acompáñame al menos hasta el funicular.
– ¿Te vas?
– Sí. Cada uno es cada uno. No te sirvo ni para cocinar. Guisas mejor que yo. Dame un beso.
Carvalho la besó.
– No está mal.
La acompañó en coche hasta su casa y luego se fue el detective al despacho, donde sancionó el menú que le propuso Biscuter y le exigió que rebajara los planteamientos porque pretendía preparar una cena sólida para Fuster y no quería recargar su hígado.
– Hablando de hígados, jefe. Le ha llegado una carta del balneario aquel en el que quería meterse.
Era un sobre ilustrado con la reproducción de un edificio noble rodeado de una vegetación diríase que tropical y dentro una carta de respuesta a su amable solicitud de plaza para un proceso depurativo que esperamos sea beneficioso para su salud.
– No sé qué va a buscar ahí, jefe.
Si quiere yo le hago un régimen que se queda en los huesos y más sano que un palo, en el caso de que estar como un palo sea sano.
– No es eso, Biscuter, es que me gustaría ir a un balneario antes de morir. Es como ir al monte Athos o a las cataratas del Niágara. Además te dan masajes y baños de fango. Sólo me muevo por cuestiones de trabajo y quiero descansar.
– Me sabe mal que tire el dinero, jefe. Todo eso son saca cuartos.
Dejó Carvalho a Biscuter descontento y se fue a la Boqueria.
Algo le advirtió de que por la escala subía una amenaza y al mirar hacia allí la conmoción del telegrafista le avisó de que su suerte estaba echada. El telegrafista se detuvo al llegar a su altura. Miraba al suelo o al papel que acababa de cortar del télex. Iba a dejar atrás a Ginés, pero se volvió y le tendió el télex.
“Policía española ordena retención a bordo y vigilancia del oficial Ginés Larios Pérez hasta su llegada a Barcelona. Supuesto culpable de homicidio”.