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– Gracias.
– Lo siento, pero…
– Dáselo al capitán. No te vayas a buscar un lío.
Y vio cómo subía escala arriba en pos del puente de mando. Y él se quedó con una mano en la escala y la otra a medio caer, como si el contacto con el télex le hubiera dejado el brazo paralizado en el gesto de retener el destino que se le escapaba. Se sentó en un rollo de cuerdas y esperó a que los hechos se precipitaran. El primero en llegar fue Germán y a su espalda seguían Basora, Martín, dos marineros. Las piernas de Germán en primer término, las otras en una graduada perspectiva hacia popa, y no quería alzar la vista para no ver la cara de Germán, porque de la cara llovían lágrimas que caían redondas y llenas para reventar contara el piso de la cubierta.
– Ginés. Ginesico -se quejaba Germán, y en el simple enunciado del nombre estaba toda su historia en común desde la adolescencia hasta ahora,a toda la memoria compartida-.
Ginés. Ginés.
Y se levantó para quedar a la altura de los rostros que no le miraban porque no querían decirle lo que era evidente.
– ¿Dónde me encierran?
– Primero el majara ese quiere hablar contigo. ¿Es un error, verdad Ginés?
No, no era un error, contestó la cabeza de Ginés a la pregunta de Basora. Y luego el cuerpo se puso en movimiento camino del puente de mando.
– No. Te espera en su camarote.
Y le seguían sus nuevos guardianes.
Germán le había pasado un brazo sobre los hombros, caminaba a su ritmo, le hablaba junto a la oreja.
– ¿En qué lío te has metido, Ginesico? En qué mala hora te forcé a volver. ¿Por qué no me lo dijiste?
¿Por qué volviste a embarcarte? ¿Qué has hecho Ginés, qué has hecho?
Quería pedirle que no le hiciera más preguntas, que aún tendrían tiempo para hablar, pero de sus labios nada salía, obstinadamente forzaba la marcha para llegar cuanto antes al capitán, y allí estaba al fondo del corredor la puerta entreabierta del camarote y le pareció que una vez abierta aparecería la “Niña de la Venta” con su traje de vocalista antigua y cantando “La Salvaora”, pero la voz del capitán le contuvo en la puerta.
– ¡No pase! ¡Quédese ahí!
La voz salía por el intersticio de la puerta entreabierta.
– ¡Dígale a sus compañeros que se retiren y quédese usted ante la puerta!
Los oficiales y los marinos dieron la espalda a la escena y sólo Germán quedó a una distancia suficiente como para acudir en auxilio de su amigo.
La voz del capitán sonaba cercana cuando pidió:
– ¡Acérquese pero sin abrir la puerta!
Ginés topó con la frente contra el tablero barnizado. A escasos centímetros permanecía la respiración afanada del invisible capitán y de nuevo la voz queda, como en un cuchicheo de confesionario:
– Ya es tarde, Ginés. Se lo advertí a tiempo.
Quería preguntarle: ¿qué sabía usted?, ¿cómo lo sabía usted?, pero le pareció un detallismo inútil a añadir a la teatralidad de una situación que se había convertido en un obstáculo más que en un trámite para la definitiva resolución de su propio drama.
No dijo nada y la voz del capitán siguió brotando de su escondite, ahogada, sucia, llena de vapores de miedo.
– Ha sido un estúpido. Desde hace muchos meses se está comportando como un estúpido y no ha sabido dejar de serlo cuando aún estaba a tiempo.
Dentro de unos años, cuando pueda recordar todo esto con la suficiente distancia, recuerde a su capitán y piense en todo lo que hizo y estuvo dispuesto a hacer por usted. ¿Me promete que lo pensará?
Dijo que sí Ginés con la cabeza, que sí a aquella puerta entreabierta, que sí a aquella voz vergonzante, que sí a aquella presencia que imaginaba acurrucada, a oscuras, como acogiéndose a un secreto de confesión.
– No volveremos a vernos, Ginés.
Éste es su último viaje. Pero también el mío. Recuérdeme.
Un breve silencio. Unos pasos sobre el suelo de revestimiento plástico, y cuando el cuerpo invisible del capitán ganó la suficiente distancia su voz se remontó hasta convertirse en una orden.
– ¡Germán, Basora, cumplan con su deber! ¡El oficial Larios queda bajo su responsabilidad!
Ginés salió de aquel ámbito acompañado de sus amigos, seguidos a distancia por los dos marinos que no se atrevían a violar el espíritu de la tribu.
– Nos ha dicho primero que te metiéramos en un camarote vacío y sin ventilación que hay junto a la sala de máquinas, donde echan una cabezada los maquinistas que esperan la guardia.
Pero Germán un poco más y me lo lisia. Finalmente hemos convenido y le hemos impuesto que te quedes en tu camarote, en teoría con la puerta cerrada por fuera, pero es idiota la cosa, porque no te vas a echar al agua a nadar… Júranos que vas a respetar este pacto y no te vas a tirar al agua a hacer una gilipollez. No me importa, no nos importa lo que has hecho, pero de ésta saldrás, en cambio del Atlántico no saldrás, júranos, Ginés, que no vas a hacer una chorrada y te dejamos el camarote abierto.
Ginés cogió un brazo de Basora y se lo agitó como si tratara de comunicarle una inútil sensación de solidaridad agradecida.
– No, no voy a hacer tonterías, pero cerradme por fuera. He de empezar a entrenarme.
– Vendremos a verte.
– Pero con cuidado, porque ese chalao nos expedienta. ¿Qué te ha dicho, así por lo bajín?
– Casi no le he oído.
Sólo Germán no intervenía en el diálogo, en aquel diálogo al pie del cadalso, diálogo de últimas voluntades, de despedida para un viaje sin retorno.
– De vez en cuando me gustaría pasear por cubierta.
– Te corresponden dos paseos diarios en compañía de vigilancia.
Martín se tomaba la situación al pie del reglamento, de qué reglamento no importaba. En el momento de dejarse encerrar en su camarote, Ginés leyó en la mirada de Germán la promesa de volver, de volver para escarbar en la razón de aquella tragedia que a él le afectaba en su condición de amigo del que se había desconfiado o en el que no se había confiado lo suficiente. Asumió Ginés la soledad de nuevo tipo, diferente a cuantas había experimentado en sus veinte años de marino activo, con más noches y días de aislamiento oceánico que de marinero en tierra, pero ahora la soledad era otra cosa, tal vez más parecida a una cuarentena de la que no saldría en muchos años. De momento tenía a su alcance un mundo de referencias entrañadas en su conciencia, voces amigas al otro lado de la puerta, pero pronto pasaría a un engranaje despersonalizador que empezará por la exigencia de que lo contara todo, como si lo que había hecho pudiera ser explicado, explicado a alguien que no fuera a sí mismo o a la pobre Encarna. Tal vez podía tomarse el interrogatorio de Germán como un entrenamiento para lo que le esperaba al llegar a Barcelona. Allí tenía a Germán, apenas una hora y media después del comienzo de su encierro, el impaciente Germán sentado en el camarote de su amigo prisionero, sin valor para mirarle a la cara, pero con la necesidad vivencial de pedirle explicaciones.
– Maté a Encarna.
– A Encarna. Tenía que ser a Encarna. Pero entonces ¿por qué me dijiste que era imprescindible que volvieras a Barcelona, que era imprescindible volver al encuentro de Encarna?
– Lo era. Y en cierto sentido lo sigue siendo.
– Pero tú sabías que la habías matado.