38743.fb2 La Rosa de Alejandr?a - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 58

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– ¿Qué río?

– Cuando me has llamado para invitarme, me has dicho: he de hablarte de un extraordinario nacimiento de un río que se llama Mundo.

– Ah, sí. ¿Te parece poco? Es como si el paisaje se hubiera inspirado en Calderón. Un río que se llama Mundo.

El hombre esposado era alto, más alto que yo, pensó Carvalho. Calzará un cuarenta y tres, seguro. A resaltar el aplomo con que bajaba la escalerilla del barco, respetado por los policías que le iban delante y detrás, vacilantes, con los ojos fijos en el suelo que no pisaban. Él no miraba los escalones. Descender con seguridad las escalerillas de los barcos formaba parte de su oficio y lo había hecho durante más de veinte años. Era y estaba moreno. Tenía color de marino, nariz aguileña de marino olfateador de borrascas y puertos. A juzgar por su desenvoltura parecía llevar detenidos a los cuatro policías que le enmarcaban, nerviosos, sin manos suficientes para reclamar que el 091 se acercara a la pasarela del transbordador que les había traído desde “La Rosa de Alejandría”. Mientras el coche se acercaba, un policía le cogió por un brazo y el hombre levantó la vista como si buscara a alguien en el puerto, tal vez se fijó en Carvalho, mirón desganado recostado en un tinglado para una oculta mercancía que olía a aceite pesado, pero más bien buscaba con los ojos mar libre entre los barcos atracados, un camino para terminar su viaje imposible hacia el Bósforo y el fin del mundo. Carvalho se había educado a sí mismo para no creer en el destino. Se empieza creyendo en el destino y se termina creyendo en la propia muerte, había leído en alguna parte o tal vez lo había pensado él, por su cuenta, cuando pensaba, como si el mundo y los otros merecieran ser pensados. El hombre tragó saliva y se dejó empujar al interior del coche, luego, visto y no visto, el coche pasó junto a Carvalho y se marchó hacia la ciudad del bien y del mal, la ciudad de las comisarías y las cárceles. Carvalho se encogió de hombros y recuperó su coche para abandonar cuanto antes una ciudad que por hoy ya había dejado de interesarle.

Una historia de amor estaba a punto de terminar. Probablemente el marino empezaría a mentir para salvarse o tal vez asumiera su destino como si lo hubiera leído en los libros y se dejaría condenar con la vista vuelta hacia su intransferible memoria. Carvalho agradeció volver a casa y estar solo.

El frío húmedo del puerto se le había metido en los huesos y nada hay como una copa de orujo helado y un café caliente para que vuelvan los calores.

De la nevera sacó una pieza entera de falda de ternera, la dejó caer sobre la tabla de corte y con un cuchillo afilado la abrió por la mitad como si fuera un libro. Recortó las puntas salientes para conformar un rectángulo aproximado y golpeó la carne con el mazo del mortero para ablandarla y extender sus fibras. Como si fuera un lienzo, de derecha a izquierda fue colocando sobre la falda abierta bacon, pimiento morrón, acelgas trinchadas amalgamadas con bechamel y comino, trufa, huevo duro troceado. Desde el borde adonde se asomaba el bacon enrolló la carne como si fuera un pergamino y el rodillo se iba tragando los ingredientes hasta quedar como un inmenso rollo de carne rellena que Carvalho empaquetó con un papel de estaño doble, para meter a continuación el invento en un horno previamente caldeado. Tres cuartos de hora de horno. Luego, que se enfriara toda la noche. Al día siguiente separaría la mortaja de papel de estaño ennegrecido y brotaría un rollo de carne fría repleto de sorpresas. Se la comería a tajadas en compañía de una salsa tártara con predominio de alcaparras. La noche ya tenía sentido y sólo faltaba encender la chimenea y un condal del seis de la milagrosa caja que le había mandado desde Tenerife aquel marido desgraciado pero agradecido. Un libro le pedía ser quemado desde su condición de estorbo sentimental, y desgajó de su reino de palabra muerta “Poeta en Nueva York” para llevarlo al holocausto.

Última gracia, abrió el libro por una página que había conservado durante años la distancia con las otras páginas, memoria de una predilección.

“Luna y panorama de los insectos.” Al pie de la hoguera los versos le golpearon como el grito de un inocente.

“Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.”

Volvió sobre sus pasos y depositó el libro donde había estado desde que decidió convertir su biblioteca en una galería de condenados a muerte.