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Cuando Morgana vio al caballero bermejo, comprendió que no podía ponerle ninguna condición para la lucha, porque el caballero estaba muy demacrado y delgadísimo, y parecía que con un solo empujón se le podía abatir. El pobre caballero bermejo, más que bermejo o de cualquier otro color, era ahora un caballero transparente. A Morgana le gustaba el riesgo y no le complacían en absoluto las victorias fáciles. Encerrar a las doncellas, después de tenderles una serie de trampas, había sido bastante entretenido, pero mantenerlas en prisión era otra cosa. Morgana era impulsiva y, en medio del arrebato, podía ser cruel, pero, pasado el impulso, no se recreaba en la crueldad y le interesaba mucho más otra clase de experimentos, no en vano había sido alumna de Merlín, y alumna aventajada.
El gran torneo celebrado para obtener la liberación de las doncellas le había alegrado porque ella era la causa última de las justas y le gustaba que se recordara su poder, pero ahora que ya habían sido rescatadas dos doncellas y que, según parecía, la corriente de jóvenes caballeros no iba a cesar hasta conseguir la liberación de las siete -porque estaba claro que Merlín las estaba ayudando-, tenía que cambiar de estrategia. De momento, había conseguido que nadie supiera nada de la liberación de las dos doncellas por cuyo rescate habían luchado el caballero blanco y el caballero verde, pero el silencio no se puede asegurar para siempre y tarde o temprano las cosas se acaban por saber. ¿No era más prudente, tal como estaban las cosas, poner ella misma en libertad a las desdichadas doncellas?
Así que después de entrevistarse con el caballero transparente, Morgana dijo que lo mejor era que esa noche todos descansaran y que por la mañana le comunicaría su decisión.
Pensó mucho durante la noche, recordó los tiempos en que Merlín les instruía, a ella y a su hermano Arturo, ahora el rey más poderoso del mundo, y el corazón se le ablandó un poco. Merlín se asombraba de su inteligencia, de la rapidez con que ella aprendía, y Arturo no se había mostrado celoso jamás. Todo lo contrario. La apoyaba, la elogiaba, le hacía sentirse admirada. Había asuntos de los cuales Arturo se desinteresaba y dejaba a Morgana sola con Merlín, que, lleno de celo y de entusiasmo, sin un ápice de desconfianza, le desvelaba magias y fórmulas secretas.
Morgana retrocedió en el tiempo y se vio a sí misma, de niña, flanqueada por su hermano Arturo y por el sabio Merlín, caminando por el bosque, inclinada sobre un matojo de yerba recién arrancado de la tierra. Podía oler la humedad guardada bajo los frondosos árboles, sentirla en la piel, podía ver los haces de rayos de sol que se filtraban entre las hojas y salpicaban de motas pálidas la hojarasca que cubría la tierra. ¿En qué momento la curiosidad había devenido en aquella necesidad de venganza que la abrasaba por dentro? Pero ahora podía penetrar en aquel muro y palpar de nuevo la inocencia, como el sol llegaba hasta las hojas secas, caídas, a través del intrincado ramaje de los árboles. Tener nostalgia de la inocencia perdida no sirve para nada, sólo da tristeza, desánimo. Tener nostalgia de la inocencia perdida es peligroso, porque mina el espíritu, lo desarma.
«No puedo flaquear -se dijo Morgana-, lo que se ha comenzado se debe acabar. El caballero transparente debe luchar por la libertad de su dama, como lo mandan las reglas. Pero le voy a poner una prueba muy distinta a la que espera, le voy a hacer luchar contra un muchacho que pese y mida lo que pesa y mide ahora el caballero transparente, y así daré, por un lado, muestras de magnanimidad, y, por otro, pondré en un aprieto al caballero transparente, que no osará levantar la espada contra un infante.»
Y, contenta con la idea, Morgana durmió un rato, casi al amanecer, y a media mañana comunicó su decisión al caballero y buscó al muchacho que había de combatir con él.
Era éste un mozalbete muy fuerte y muy bien formado, llamado Lucho, que había sido acogido en la guardia personal de Morgana por ser hijo, decían los rumores, del guarda más veterano. Nadie pensaba que tuviera muchas luces, pues permanecía la mayor parte del tiempo callado, aunque, por la expresión de sus ojos, no parecía que pensara en nada. Todos los indicios apuntaban a un ser vacío, desprovisto de emociones y pensamientos, pero muy hábil en el manejo de la espada, la única inclinación que se le conocía.
Lo cierto era que Morgana no sentía la menor simpatía hacia él. Cuando sus ojos se cruzaban con los ojos vacíos de Lucho, se estremecía. Lucho le resultaba inquietante. Era felino, su violencia era silenciosa, y su fuerza descomunal, totalmente desproporcionada para su temprana edad y su baja estatura. La asustaba.
A veces, Morgana se encuentra con Lucho detrás de una cortina, de una puerta, y cree que está allí para espiarla y matarla, cree que es la mano vengadora del padre, que en su juventud fue amante de Morgana. Lucho la mira con el reproche y la amenaza en el fondo de los ojos vacíos. La odia por no ser su hijo, ha llegado a pensar Morgana. Ha nacido fuera de tiempo, sin oportunidades. La madre trabaja en la cocina, es una mujer grande, inexpresiva, quizá algo retrasada. A Morgana tampoco le gusta esta mujer, aunque nunca la ve, y sabe que Lucho la trata mal. A su manera felina, la humilla. Si Lucho muere, Morgana no le llorará, por el contrario, celebrará haberse librado del espionaje. Si Lucho mata al caballero bermejo, de algo habrá servido su existencia, y ya habrá ocasión de deshacerse de él. Este es el juego que propone Morgana.
El caballero bermejo, ahora casi transparente, cuando supo que su contrincante iba a ser un mozalbete, se quedó atónito y se preguntó si no sería indigno entablar lucha alguna con él. No obstante, la hora de la contienda llegó y, apenas consciente, dejó que le armaran y prepararan. Lo condujeron luego al patio de armas y le presentaron al muchacho, vestido, como él, de caballero y se encomendó a la Santísima Trinidad, porque nunca había oído hablar de una justa como la que le había tocado en suerte.
Y lo que sucedió fue lo siguiente:
Lucho, con la espada en la mano, feliz por la expectación que sentía a su alrededor, acometió contra el caballero bermejo y de un solo golpe lo abatió y lo puso a sus pies. Se inclinó para despojarle de la espada, que aún sostenía el pobre caballero e, inexplicablemente, cayó sobre él, como si se hubiera tropezado con algo, al tiempo que la espada del caballero bermejo se enderezaba y atravesaba la coraza de Lucho. Y todo esto se pudo ver con toda claridad porque sucedió muy despacio, como si nunca terminara de suceder y todos los presentes comprendieron, sin sombra de duda, que se trataba de un caso de magia.
Declarada la victoria del caballero bermejo, Morgana se apresuró a hacer jurar a todos los testigos de la justa que no despegarían los labios para hablar de ella, a no ser que prefirieran morir. Y todos los testigos juraron callar.
Entonces Estragón, como lo había hecho en las anteriores victorias del caballero blanco y del caballero verde, llevó al asombrado caballero bermejo a una estancia secreta, donde lo dejó al cuidado de Seleno, y bajó después a las mazmorras para rescatar a Bess, la doncella de la alegría perpetua.
Estragón se quedó horrorizado del estado en que se encontraban las doncellas. Las lamentaciones de Bellador, la doncella del gran sufrimiento, eran ahora como un hilo tenue y quebradizo. Las otras doncellas estaban tendidas, cada una en un rincón, vencidas, desesperanzadas. Bess seguía cantando, desde luego, y su voz alegre, aunque muy debilitada, se mezclaba con las quejas de Bellador y el resultado era un extraño dúo, una cantinela que no parecía provenir de gargantas humanas. Parece un sonido marítimo, se dijo Estragón con el hielo en el alma, un sonido cavernoso y sibilante.
Bess se despidió de sus compañeras, las besó y acarició, les prometió que no las olvidaría, y ellas la abrazaron con el resto de sus fuerzas, como si quisieran retenerla, temerosas de irse quedando cada vez más solas, preguntándose todas quién sería la última en salir de la prisión y si no morirían antes de respirar el aire puro y ver la luz del sol.
– ¡Estragón! -gritó entonces Bellador-. Por lo que más quieras, ayúdanos. Dice Delia que no te desagrado y yo te prometo, Estragón, que con mucho gusto me casaré contigo, por muy desigual que sea la boda, si me sacas de aquí.
Estragón la miró con el corazón partido y, aunque en su fuero interno resolvió hacer lo imposible por liberarla, sólo dijo:
– No soy más que un miserable enano y no tengo ningún poder. Aun así, no deberías burlarte de mí, Bellador, ni prometer lo que bien sabes que no puedes cumplir. Te disculpo porque bien veo que no te encuentras ya en tus cabales, pues el hambre y la prisión te han trastornado.
Estragón tenía cogida a Bess de la falda y dio luego la espalda a las demás doncellas para dirigirse hacia la pesada puerta de la mazmorra. Desde allí, se volvió y dijo en un tono levemente irritado:
– Poco a poco, las cosas están saliendo bien. Me parece que os habéis entregado a la desesperanza con delectación. Merlín os está ayudando, pero ya podríais poner algo más de vuestra parte, porque la magia hay que merecerla.
Y con estas palabras y el ceño fruncido, sin volver a mirar hacia la doliente Bellador, porque sus palabras le habrían partido el corazón, Estragón dejó a las doncellas cautivas y condujo a Bess hasta la celda donde descansaba el caballero bermejo.
Pero antes de reparar en el caballero bermejo y transparente, que estaba tendido en el lecho y dormitaba, Bess vio a Seleno y dio un grito de alegría.
– Ya sabía yo que estabas vivo -dijo, muy contenta-. Y dime, ¿ganaste el concurso de romances?
– Lo gané, sí -repuso Seleno, emocionado, a punto de echarse a los pies de su dama-. Pero eso fue lo que trajo mi desgracia, porque desde entonces ya no te volví a ver. La envidia me atacó y me confinó en las cocinas, de las que me escapé para traer a la corte al caballero bermejo, que es éste que duerme aquí, después de haber vencido milagrosamente a uno de los hombres de Morgana, que no era un hombre sino un mozalbete.
– ¡Ay, Seleno! -rió Bess-, no entiendo nada de lo que dices, pero no importa. Así que éste es mi caballero -dijo, mirando al pobre caballero transparente, que abrió los ojos y vio a Bess y creyó que soñaba-, parece muy débil…
– Lo está -dijo Estragón a Bess-. Seleno ya te contará las aventuras del caballero bermejo, pero ahora tenéis que salir muy aprisa y alejaros de aquí, sin decir a nadie quiénes sois, porque de lo contrario Morgana se vengaría.
De manera que Seleno cargó con el cuerpo exangüe del caballero bermejo y siguió, al lado de Bess, las indicaciones de Estragón. En seguida estuvieron en medio del bosque y, sin concederse descanso, echaron a andar. Seleno le fue contando a Bess las aventuras del caballero bermejo y las suyas propias, y Bess lo celebraba todo con gran alegría. Luego, mientras seguían caminando, la doncella de la alegría perpetua fue componiendo un romance con todas esas aventuras. Se hizo la noche, buscaron un refugio, encendieron una fogata y todos durmieron, no sin que antes Bess y Seleno cantaran a dúo innumerables romances.