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XIII

INTERVENCIÓN DE NIMUÉ

Después de que el caballero bermejo, con la inestimable ayuda de Seleno, el guardián, consiguiera el rescate de Bess, la doncella de la alegría perpetua, Morgana se dijo que era ya inútil luchar contra Merlín, puesto que veía la mano del mago en todos los rescates. Tenía que cambiar de táctica. Estaba claro que Merlín aún la aventajaba, por muy debilitados que estuvieran, según se decía, sus poderes, y que los encantamientos a que eran sometidos los caballeros, tarde o temprano, eran rotos y luego los caballeros vencían siempre a sus oponentes y se llevaban con ellos a la doncella en cuestión. Ni un encantamiento más, se planteó Morgana. Porque así eran las reglas de los encantamientos: no había hechizo que no se pudiera deshacer. Había que pensar en otra cosa, algo mucho más seguro y duradero, algo que calara en el espíritu de los caballeros y los desbaratara e hiciera que luego renunciasen a sus planes. El caballero dorado, recién obtenida la victoria, ya se había puesto en camino, y Morgana, con sus extraordinarias capacidades, lo observaba, preguntándose por el modo de vencerlo y apartarlo de su meta.

«Esta vez voy a ir más despacio -se dijo-, voy a seguir al caballero hasta conocerlo un poco, a ver si encuentro alguna clave en la que apoyarme para idear un plan.»

Y eso fue lo que hizo, sólo seguirle y observarle. Así, vio cómo entró el caballero en el castillo de la dama solitaria y cómo fue agasajado por ella y lo dichoso que fue entonces el caballero. Vio también que el caballero abandonó el castillo de la dama solitaria a media mañana, por lo que ese día el trayecto hacia La Beale Regard fue más corto que el día anterior. Pero Morgana pensó que aún había que observarle más. Vio entonces cómo esa noche entró el caballero en el castillo del rey Agrestes, que estaba ausente, y cómo fue recibido por la joven reina Camelia. El caballero abandonó ese castillo a primeras horas de la tarde. Y Morgana comprendió que aún debía observarle más. De manera que esa noche vio cómo ascendía el caballero por una escala de cuerda hasta la habitación de la torre donde estaba confinada la hija del rey Folio, y vio que pasó la noche con él, y que descendió, por la misma escala de cuerda, casi al anochecer del día siguiente. Y Morgana se dijo que ya había visto bastante.

Sólo había que llenar de castillos y de damas solícitas la ruta hacia La Beale Regard. El resto era cosa del caballero. «Ahora sé -se dijo Morgana- que estoy actuando sobre seguro, porque mi plan se basa en las cualidades del caballero, de manera que no puede fallar ni puede enmendarse.»

Cuando, al cabo del tiempo, vio al caballero desanimado y agotado, a las mismas puertas del castillo de La Beale Regard, renunciando ya al rescate de la doncella más orgullosa, Morgana creyó que esta vez la victoria era suya y que todo el poder de Merlín no serviría de nada, porque no había encanto ni magia que vencer. El caballero se había destruido a sí mismo. Lo único que había hecho ella había sido facilitarle la tarea.

Merlín, desde luego, estaba al tanto de la suerte del caballero dorado, pero fue Nimué quien decidió tomar cartas en el asunto.

– Lo que ha hecho Morgana con el caballero dorado es una infamia -le dijo a Merlín-. El pobre caballero ya no tiene fuerzas ni ilusiones, todas las damas le parecen iguales, no distingue ya entre un lecho y otro, entre un castillo y otro… Que le haya tenido que pasar esto precisamente al caballero encargado del rescate de la orgullosa Delia, a quien conozco bien, ya es una buena ironía del destino, y yo no lo lamento del todo. Pero no es conveniente que Morgana se salga con la suya. Creo, Merlín, que debes intervenir y, si es preciso, recurrir a un encantamiento. ¿No me habías hablado alguna vez de una pócima que tenía el poder de borrar toda memoria del alma de quien la ingiriese? Mira si eres capaz de recordar los ingredientes y proporciones de la fórmula, que yo me encargaré luego de dársela a beber al caballero dorado.

Y tanto insistió Nimué que finalmente Merlín accedió, y le fue dictando a Nimué los ingredientes y proporciones de la fórmula, y salieron los dos al bosque en busca de lo que necesitaban. Hicieron después en el laboratorio muchas pruebas y, al cabo, Merlín parecía bastante satisfecho, aunque sólo podía saberse si servía bien a sus propósitos cuando alguien la probara, pero Merlín se negó a dársela a nadie, a no ser al caballero dorado, cuya cabeza estaba llena de un espantoso caos de noches, castillos y damas solícitas, y le hizo prometer a Nimué que sólo él tomaría la pócima, porque no convenía jugar con los asuntos de la memoria ni hacer experimentos arriesgados.

Nimué lo prometió y salió a la búsqueda del caballero dorado, que seguía, confuso y desanimado, a la intemperie, a unos pasos del castillo de La Beale Regard. Cuando vio ante sí a la bella Nimué, le dijo:

– Dime, encantadora dama, si eres dueña de un castillo y si estás sola y desvalida. Con todo dolor, debo decirte que, si es así, yo no puedo ayudarte ni procurarte ninguna compañía ni placer alguno, y créeme que son muchas las damas solitarias que han recibido mi consuelo y creo yo que ellas hablarán bien de mí, pues con muchas lágrimas me despidieron, pero se me han acabado las fuerzas. La cabeza me arde y ya no estoy para nadie. Yo había tomado sobre mí la empresa de rescatar a la doncella más orgullosa, que está presa en el castillo de Morgana, pero estoy desfallecido y completamente desanimado.

Nimué se inclinó hacia al caballero y lo miró atentamente, y vio que aún era apuesto y tenía muchos encantos.

– No soy dueña de ningún castillo, caballero -respondió-, pero tengo algo que creo vale mucho más para ti que todos los castillos del mundo, de los que estás, como acabas de decirme, hastiado. Deja que te ayude a desembarazarte de la armadura y que te lave bien y te dé luego algo de beber que te hará dormir y recuperar las fuerzas y mañana hablaremos de ese rescate, si aún lo recuerdas.

El caballero dorado se abandonó, aliviado, a los cuidados de Nimué, se dejó quitar la armadura, lavar y perfumar y tomó luego la pócima mágica e, inmediatamente, se quedó dormido.

Nimué, mientras velaba el sueño del caballero, se preguntaba cómo saldría la prueba. Había seguido punto por punto todas las indicaciones de Merlín, y le había dado una pequeña cantidad de la pócima, mezclada, además, con otras yerbas, para que sólo desaparecieran de la memoria del caballero los días inacabables, llenos de aventuras, del trayecto hacia La Beale Regard, pero eso era muy difícil de lograr, había prevenido Merlín, y bien podía suceder que el caballero dorado se quedara convertido en un hombre vacío, totalmente desmemoriado, un caballero que podía hacer pareja, más que con la orgullosa Delia, con Findia, la doncella que no tenía memoria.

Pasó la noche, y el caballero dorado se despertó.

– ¿Quién eres tú que duermes a mi lado? -le preguntó a Nimué, muy sorprendido.

– No duermo -repuso Nimué-, sólo descanso. Me he pasado la noche velando tu sueño.

– Pues te lo agradezco mucho -dijo el caballero, incorporándose- pero no sé por qué lo has hecho y debo decirte que no puedo pagarte, pues estoy comprometido en una empresa muy importante. Mi dama, la orgullosa y bellísima Delia, está aguardando mi llegada al castillo de Morgana, y yo soy el caballero que ha jurado rescatarla.

– Déjame acompañarte -dijo Nimué, muy satisfecha del excelente resultado de la prueba-. Tengo mucha curiosidad por conocer el castillo de Morgana. Me voy a disfrazar de mozo y me puedes presentar como tu escudero. Es lo único que te pido.

El caballero dorado accedió y luego se dejó ayudar por Nimué que, en su disfraz de escudero, parecía el más atento y servicial que hubiera tenido nunca caballero alguno. Y el caballero dorado, que había recobrado su natural orgulloso y altanero, no se extrañó de ser tratado con tanta deferencia y cuidado. Y así, caballero y escudero, se encaminaron hacia la puerta del castillo.