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Desde que la reina Ginebra llegó a Camelot, el rey Arturo la llenaba de atenciones y cuidados y consiguió que fuera saliendo de su postración, y volvió el color a las mejillas de Ginebra y hasta la sonrisa volvió a sus labios. Continuamente se organizaban pequeños festejos en la corte, entretenimientos de toda clase, sobre todo representaciones teatrales, y recitales de músicos y poetas, y a veces la misma Ginebra participaba en ellos, pues tenía muchas dotes para la escena y su voz clara se modulaba en variadísimos y entonados matices.
Viendo todo esto el rey Arturo, se alegraba en su fuero interno y se felicitaba de haber traído a la reina a la ciudad de Camelot, que ahora vibraba alrededor del castillo donde la reina volvía a reinar, y todos los habitantes de Camelot y de sus contornos se sentían muy alegres con el regreso de Ginebra y de aquel trasiego de artistas ambulantes, menestrales, juglares y bufones, que entraban y salían del castillo.
Una mañana de primavera en la que el sol hizo su aparición después de largos y cerrados días de lluvia, Ginebra salió al jardín y pidió a sus damas que la siguieran a bastante distancia, pues tenía necesidad de disfrutar de los aromas y milagros de la naturaleza a solas, y aun cuando el rey Arturo había dado a las damas de compañía de Ginebra las más estrictas instrucciones para que no la dejaran sola jamás, ahora las damas no se atrevieron a contrariarla, porque ya confiaban en su mejoría.
La tierra todavía estaba húmeda y Ginebra, pisando aquel lecho tan blando, apenas sentía que estaba andando de verdad y siguió y siguió, sin cansarse nunca y se aventuró más allá de las murallas que cercaban el castillo, deslizándose por unas ranuras secretas que el rey Arturo le había enseñado tiempo atrás. Siguió luego el curso de un río que durante un trecho bordeaba la muralla y llegó hasta un recodo donde manaba una fuente, a la sombra de árboles frondosos y de arbustos recién florecidos.
«¡Qué lugar tan hermoso!», se dijo Ginebra, complacida, y se sentó sobre una piedra que parecía haber sido puesta allí con el objeto de ofrecer un lugar de descanso al caminante. Mojó las manos en el agua clarísima de la fuente y se refrescó la cara y el cuello, pues la caminata había hecho que la sangre corriera apresuradamente por sus venas.
«¿Es esto la felicidad?», se preguntó, y en ese mismo instante se acordó de Lanzarote del Lago, en quien desde hacía tiempo no pensaba, y de repente el mundo entero se ensombreció y un dolor agudísimo le atravesó el corazón.
– ¡Ojalá la muerte se acordara de mí! -exclamó-. Por mucho que me esfuerce, la vida ya no me importa nada, porque no voy a volver a ver a Lanzarote del Lago y mejor es ya que no lo vea, porque no podría soportar el dolor de su lejanía… ¡Ay!, Lanzarote, ¿qué veneno me diste?, sólo tus abrazos y tus besos tienen sentido para mí, sólo junto a ti encuentro la luz y el calor. ¡Apiádate de mí, Dios mío, creador de todas las cosas, no me dejes en este pozo espantoso, en esta oscuridad…!
Ginebra dio rienda suelta a su dolor, y lloraba y daba gritos y gemía, y finalmente se quedó exhausta, como sin vida, a un lado de la piedra blanca en forma de asiento, echada sobre la hierba, con las manos colgando sobre el agua recién manada de la fuente.
Sólo una persona había seguido el rastro de la reina.
Las damas, desorientadas, habían regresado a palacio y al fin habían confesado al senescal que la pista de la reina se les había perdido, y el senescal, sin apenas comentarios, las mandó a sus habitaciones. Porque el senescal sabía dónde estaba la reina. El senescal sabía que el rey Arturo no la había perdido de vista.
Asomado a la ventana, el rey Arturo había visto cómo Ginebra atravesaba las murallas y se internaba en la campiña, y, tras comunicárselo a Kay, el senescal, el rey había montado en su caballo y había salido corriendo del castillo.
Cuando el rey llegó al recodo del río donde manaba la fuente, ya Ginebra estaba a punto del desmayo. Oyó sus últimas quejas y vio cómo su figura desmadejada caía del banco de piedra y quedaba al borde del arroyo. Muy conmovido y silencioso, se inclinó sobre ella y la tomó entre sus brazos. Luego, la acomodó lo mejor que pudo sobre el caballo y, por caminos y senderos secretos, la llevó de vuelta al castillo, en el que entró también por puertas misteriosas.
Pidió a las damas que velaran el descanso de la reina y después se fue a su habitación, lleno de pesadumbre y preocupación. Allí permaneció solo, cavilando, hasta que al cabo mandó llamar a Kay y le dijo:
– Es preciso que encontremos a Lanzarote del Lago y que lo traigamos cuanto antes a Camelot. En ti confío esta misión, que es sagrada para mí.
Y Kay, sin decir palabra, asintió, e inmediatamente se preparó y salió en busca de Lanzarote del Lago.
La verdad era que Lanzarote del Lago ya estaba en camino.
La pastora Galinda y Marcolina habían recorrido todo el reino, preguntando aquí y allá, y al fin habían hallado a Lanzarote del Lago en un paraje inhóspito, entregado a una vida ascética, delgadísimo, envejecido, casi perdido el juicio.
– Ya ves el destino de estos pobres caballeros enamorados de damas principales y comprometidas -dijo Galinda a Marcolina-. Así como está ahora Lanzarote del Lago, cuentan que estuvo Tristán, que enloqueció por la bella Isolda. Tendremos que andarnos con mucho tiento y prodigarle los cuidados más exquisitos, porque tal como está no podemos llevarlo a la corte.
Pero si había alguien en todo el ancho mundo capaz de hacer ese milagro, ese alguien eran precisamente la sabia pastora Galinda y la inocente y alegre novicia Marcolina, y así, muy poco a poco, consiguieron, con infinita paciencia y dulzura, que Lanzarote del Lago recobrara el juicio y el deseo de vivir.
Le hablaron entonces de Ginebra y de la postración en que se encontraba y en seguida Lanzarote del Lago ya no quiso otra cosa que verla y ponerse a sus pies y, callado y dolorido, pero con expresión firme y determinada, iba el caballero entre las hermosísimas doncellas que lo habían cuidado con tanto esmero y que aún estaban pendientes de él, pues las dos se sentían enamoradas y eran felices sólo por ir a su lado.
Con este extraño grupo de a pie se encontró Kay, el senescal, que recorría a caballo los contornos en busca de noticias que lo llevaran a Lanzarote del Lago. Al principio, Kay no reconoció al caballero, y creyó que el grupo aquel eran artistas que iban a Camelot, sobre todo al ver el gorrión que descansaba sobre el hombro de Marcolina, que parecía un pájaro amaestrado.
– Ando en busca de uno de los mejores caballeros de la Tabla Redonda -dijo, después de saludarles-. Dadme, por favor, todas las noticias que tengáis sobre los caballeros y os recompensaré bien.
La pastora Galinda miró fijamente al senescal y luego respondió:
– Si es a Lanzarote del Lago a quien buscáis, quizá no ande muy lejos, pero os advierto que él ya tiene una misión que cumplir y que nada se interpondrá en su camino.
– No sé quién eres, bella dama -dijo el senescal-, ni por qué me hablas con tanto atrevimiento. Pero pongo a Dios por testigo que no hay asunto más sagrado y necesario que el que tengo que comunicar al caballero que busco.
Entonces Lanzarote del Lago, que no había prestado ninguna atención a aquel diálogo, miró al senescal y lo reconoció.
– Yo soy Lanzarote del Lago -dijo-, del mismo modo que tú eres Kay, el senescal del rey Arturo, y te pido por Dios que me digas cuanto antes el asunto que debes comunicarme.
Kay se quedó muy asombrado de que Lanzarote del Lago, a quien en aquel mismo momento reconoció, anduviera a pie y desarmado, pero no le hizo ninguna pregunta, sino que le puso al tanto del estado de la reina Ginebra, y de cómo el rey Arturo la había sacado de la cartuja de Nuestra Señora de la Dulce Paciencia y la había llevado a Camelot y cómo ahora había mandado a buscar a Lanzarote del Lago con las mejores intenciones, lo cual no era necesario jurar.
– No puede venir ningún engaño -dijo Lanzarote del Lago- de la mano derecha del rey, de manera que vayamos, buen Kay, al castillo de Camelot, donde quiero ponerme de inmediato a los pies de mi señora la reina.
Y la pastora Galinda y Marcolina dijeron que también ellas irían a Camelot, pues no querían dejar a Lanzarote del Lago. Así llegaron todos al castillo, y el senescal los condujo hasta la presencia del rey y luego el rey se quedó a solas con Lanzarote del Lago un buen rato, y finalmente, el rey llevó a Lanzarote del Lago a los aposentos de la reina, y, dejándolos solos, se fue.