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Llegó por fin el caballero violeta a las puertas del castillo de Morgana. Muchas eran las heridas que se abrían en su cuerpo y abundante la sangre que manaba de ellas. Pero el caballero violeta, que era uno de los más valerosos de todos los tiempos, a pesar del dolor y la fatiga que asomaban a sus ojos, quiso reclamar en seguida la atención del guardián del castillo porque estaba ansioso de rescatar a su dama, más aún cuando sabía que era la última que quedaba en las mazmorras de La Beale Regard.
Sopló con todas sus fuerzas en el cuerno de los avisos, que había vuelto a su lugar, por orden de Morgana, y entre soplo y soplo daba grandes voces.
Acudieron a reunirse con él todos los que le habían estado aguardando, que ya eran muchos, porque el rumor se había extendido y multitud de curiosos de todas clases habían acampado junto a las tiendas de Bellador, Estragón y Nimué. Se quedaron casi mudos de horror al ver las heridas del caballero y la sangre que lo cubría de la cabeza a los pies. Le dijo Bellador:
– Bienvenido seas, valeroso caballero violeta. Alisa, tu dama, bien pronto te agradecerá tus esfuerzos, aunque los merece todos, caballero, porque está llena de virtudes; yo soy su mejor amiga y he estado presa con ella hasta hace muy poco y la conozco bien y la quiero más de lo que puedes suponer. Pero no sé si debes entrar en el castillo de Morgana con tanta temeridad y con todas estas heridas abiertas que proclaman tu lucha reciente con Accalon, que seguramente ha muerto ya, porque llegó aún más herido que tú. Quizá fuera más prudente que dejaras que te las curásemos, no se te vaya a ir la vida por ellas a ti también o que Morgana, al mirarlas, se llene de ira y te mande matar.
El caballero violeta miró a Bellador con gran atención y le dijo luego:
– Tú debes de ser Bellador, hermosa doncella. A mis oídos ha llegado la admirable amistad que te une con Alisa y no me extraña nada porque pareces muy discreta, pero el momento de la prudencia ha pasado y quiero entrar en el castillo ahora mismo y no demorar ni un segundo más el rescate de mi pobre Alisa, a quien escogí porque su locura me conmovió y estoy además convencido de poderla curar.
En aquel momento, se abrió la puerta del castillo y entró el caballero violeta, seguido de Nimué, pero no de Bellador ni de Estragón, que se quedaron fuera, porque Estragón temía ser reconocido por Morgana y le pidió a Bellador que lo acompañara en la espera. Nimué llevaba disfraz de aguadora.
Al atravesar el patio, vieron a Alisa, que estaba desvanecida en un rincón, medio oculta por unas carrozas. Se acercaron a ella y Nimué le desabrochó el corsé, para que el aire entrara en los pulmones de la doncella. Dijo el caballero:
– Voy a poner a salvo a Alisa lo primero de todo y luego volveré a vérmelas con Morgana, porque si quiere vengar la muerte de Accalon, está en su derecho.
Entonces llegó al patio el enano Vania, enviado por Morgana, y dijo al caballero:
– Deja a esta desdichada doncella al cuidado de la aguadora y ven cuanto antes a ver a Morgana, que te aguarda.
Quedó así Alisa al cuidado de Nimué, y el caballero violeta, todo ensangrentado como estaba, siguió al enano.
Mientras Accalon se debatía entre la vida y la muerte, Morgana pensaba. El rey Arturo, su hermano, estaba en su castillo, y no sólo él, sino Ginebra, la reina, y Lanzarote del Lago, a quien tanto y tan infructuosamente había amado, y otros famosos caballeros. No era el momento de la venganza sino el de mostrar magnanimidad. Morgana sabía muy bien el papel que debía representar.
Recibió al caballero violeta y encargó a Vania que trajeran al mejor curandero que se pudiera encontrar para que le restañara las heridas.
– Al caer el sol te haré entrega de tu doncella, caballero -dijo Morgana-. Me duele en lo más hondo el peligro en que se encuentra ahora Accalon, pero sé que vuestra justa fue leal y no te puedo reprochar nada. Has llegado hasta aquí y has reclamado a tu doncella, y ese asunto ha de darse por concluido. Tengo además un invitado de honor, el propio rey Arturo, mi hermano, y sé que asistirá de grado al fin y culminación de tus empeños.
Todo se hizo como Morgana había dispuesto. No quiso que el acto fuera muy pomposo a causa de la preocupación que la embargaba. Morgana vestía de rojo pero no llevaba joya alguna. Los reyes tampoco se pusieron sus mejores galas. La más ricamente ataviada era Alisa, que resplandecía en la penumbra del atardecer invernal. El caballero violeta la amó en cuanto posó los ojos sobre ella y se lamentó de haberse enredado en tantas batallas, retrasando de ese modo el rescate, porque verdaderamente no había habido ocasión de pelea que no hubiese aprovechado.
Alisa, aturdida por los últimos sucesos, por todo aquel ir y venir y ser bañada y vestida y perfumada y enjoyada, y, sobre todo, por haber vuelto a cruzar su mirada con la de Accalon, agonizante, tenía la expresión más perdida que nunca. Sin embargo, cuando el caballero violeta cogió su mano, y, sin decir nada, la llevó hasta la puerta del castillo y atravesó, sin soltarle la mano, que apretaba muy suavemente, el puente levadizo, sintió una corriente muy cálida dentro de sí y se dijo que quizá Accalon había abierto en su corazón un agujero para que el amor del caballero violeta penetrara en él.
En el barullo del patio, Morgana se fijó en la aguadora y luego hizo que la trajeran a su presencia.
– Muchacha -le dijo-, dame un poco de agua, que me gusta probar las aguas más frescas y dicen que ésta que traes es fresquísima.
Nimué, ruborizándose un poco, dio a Morgana un cuenco de agua.
– Seguro que eres buena conversadora -dijo Morgana, mirándola atentamente- de manera que, siempre que pases por los alrededores de La Beale Regard, ven a verme, porque me gusta hablar con todo el que tenga cosas que decir.
– Así lo haré, señora -repuso Nimué.
– Eres joven y hermosa y voy a darte un consejo -dijo Morgana, devolviéndole el cuenco-. No hagas caso del amor de los hombres.
Morgana, más tarde, se despidió del rey y de la reina, de Lanzarote del Lago y de todos los demás caballeros y se retiró a sus aposentos. El séquito del rey Arturo abandonó el castillo de La Beale Regard antes de que la noche se cerrara.