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VII

EL RESCATE DE LA DONCELLA QUE NO SE VEÍA POR FUERA

Estos hechos, provocados por las malas artes del hada Morgana, llegaron a oídos de las doncellas desdichadas y suscitaron en ellas una gran preocupación y zozobra. Por descontado, fue Bellador, la doncella del gran sufrimiento, quien más gritos y lamentaciones profirió. Nada se sabía de la suerte que habían corrido, una vez fuera del castillo de Morgana, la doncella del sueño infinito y el caballero blanco, y los rumores apuntaban a tristes destinos. Bien conocía el hada Morgana el efecto que causa en el ánimo la fortuna de los otros, y se había esforzado por difundir noticias malévolas y alarmantes. Hasta se decía que la pobre Naromí, al ver derrotado al caballero blanco, había caído en un sueño tan profundo que era una forma de muerte, era la muerte, y ya estaban los dos enterrados y ni siquiera descansaban bajo la misma losa, decían unos, porque Morgana era así de vengativa y despiadada y no había querido concederles ese favor póstumo.

El apresamiento del caballero verde caía sobre la supuesta desaparición de Naromí y del caballero blanco, y las doncellas cautivas tuvieron que reconocer, con Bellador, que sus esperanzas no tenían mucho fundamento y que el poder del hada Morgana era superior a la buena voluntad del rey Arturo y a la valentía de todos los caballeros de la Tabla Redonda.

Alicantina, la doncella que no podía verse por fuera, pensó entonces en Merlín, a quien su madre había acudido cuando ella todavía no había visto la luz, y se preguntó de qué manera podría hacerle llegar el anhelo de que la ayudara ahora, porque no se le ocurría nadie más a quien poder recurrir.

– No pienses en Merlín -dijo Alisa, la doncella que hablaba con el viento-. El mago ya no se ocupa de otra cosa que de dar instrucción a su discípula Nimué con el objeto de retenerla a su lado todo el tiempo posible.

Entonces intervino la perfecta y orgullosa Delia, y dijo:

– Yo conozco a esa Nimué. Su madre fue dama de la mía y me parece que toda la familia está en deuda con nosotros. Si consiguiera hacerle llegar a Nimué mi mensaje, estoy segura de que ella o el mismo Merlín nos ayudarían. Creo que debemos valernos de Estragón, que nos mira con muy buenos ojos, sobre todo a Bellador. Le diremos al guardián que nos trae la comida, si es que puede llamarse comida a estos restos de pan duro y mohoso que nos arrojan como si fuésemos perros, que le pase un recado a Estragón. Algo habrá que prometerle a este guardián, aunque de momento no se me ocurre qué.

– De eso puedo ocuparme yo -dijo la cantarina y risueña Bess-. Al guardián le encantan los romances y, como conoce mi capacidad para componerlos, me ha pedido uno para presentarlo a un concurso que se va a celebrar entre todos los sirvientes del castillo y con el que luego obsequiarán a Morgana, porque pronto va a ser su cumpleaños y se preparan grandes fastos. Yo lo iba a componer de todos modos, porque no me cuesta ningún esfuerzo y me distrae muchísimo, pero ahora le pediré, a cambio, que nos traiga cuanto antes a Estragón.

Todas las doncellas celebraron la idea de Bess y se ofrecieron a ayudarla a componer el requerido romance. Y así estaban, muy entretenidas, hilvanando palabras, cuando el encargado de arrojarles los mendrugos de pan apareció tras los gruesos barrotes de la mirilla abierta en la pesada puerta de la mazmorra. Llamó a Bess y le preguntó cuándo estaría listo el romance, y Bess, entre risas, repuso que en cuanto pudiera hablar con Estragón, pues tenía que comprobar un detalle que sólo el enano le podía proporcionar. Se fue el guardián, conforme, y en seguida volvió, acompañado de Estragón, y Bess le pidió al guardián que le abriera la puerta al enano y que él se alejara un poco porque quería que el romance le sorprendiera y no convenía que escuchara la conversación. Estragón entró en la celda, el guardián se alejó, y la hermosa y afligida Bellador, tal y como habían acordado las doncellas desdichadas, pidió al enano que le hiciera saber a Nimué que Delia reclamaba su ayuda y que le recordara a Nimué, si hiciera falta, los favores que la madre de Delia había proporcionado a la familia de Nimué.

– Es muy poco lo que te pido, Estragón -dijo, llorando, la afligida Bellador-, a nada te compromete. En cambio, para nosotras sería un consuelo y te lo agradeceremos vivamente.

– El agradecimiento de las otras doncellas -susurró Estragón- ni me va ni me viene. Pero daría cualquier cosa por hacerte sonreír. Buscaré a Nimué, así esté bajo las piedras, pues la verdad es que nadie conoce el escondrijo donde el mago Merlín la va iniciando en su sabiduría, y le daré, cuando la encuentre, el recado de Delia, pero prométeme que luego me sonreirás.

– Ojalá fuera capaz de sonreír -dijo la sufridora Bellador-. Por desgracia, ya he perdido esa facultad, y lo único que te puedo prometer es intentar aprender a hacerlo si tú eres paciente y quieres enseñarme.

El enano Estragón, con los ojos brillantes, le declaró que su paciencia no conocía límites y que muy gustoso desempeñaría el papel de instructor en esa materia y en cuantas Bellador quisiera.

Así, Estragón abandonó la celda de las doncellas lleno de contento e ilusión, y luego el guardián le pidió a Bess que le dictara el romance y así estuvieron, entre susurros, cada cual pegado a un lado de la pesada puerta, Bess y el guardián, hasta que el romance fue dictado de principio a fin.

– Jamás en toda mi vida he escuchado un romance tan bueno -dijo el guardián, maravillado-. Estoy seguro de que será del agrado de Morgana y de ganar con eso el concurso.

Al cabo, el guardián cerró la mirilla y se alejó, y las doncellas desdichadas se sintieron muy contentas y satisfechas de haber conseguido sus propósitos, por mucho que su liberación aún se viera difícil y lejana.

Entretanto, el enano Estragón se puso a hacer todo tipo de pesquisas para encontrar a Nimué y recorrió luego el reino de punta a punta e incluso sobrepasó algunas de sus marcas y al fin dio con una inmensa piedra que había en un recodo del río y le pareció que por allí podía estar la entrada del escondrijo.

Lucía el sol, el enano estaba muy cansado y se quedó dormido en una especie de cueva, bajo la piedra. Cuando abrió los ojos, vio ante sí a un anciano que lo miraba intrigado.

– O mucho me equivoco -dijo Estragón- o tú eres el mismísimo Merlín, a quien llevo buscando durante muchos días y noches.

– Ese soy -dijo Merlín-, y ya sé para qué me quieres, porque te he adivinado el pensamiento mientras dormías.

– Entonces ya sabrás -dijo el enano- que ha sido la orgullosa Delia quien reclama la ayuda de Nimué, o la tuya, Merlín. ¿Quieres que le lleve a Delia algún recado o te las ingeniarás tú mismo para decirle lo que sea?

– Yo le tengo un afecto muy grande a Alicantina -dijo Merlín-, a quien su madre me hizo otorgar un extraño don, y así, Alicantina no puede verse por fuera, de manera que voy a tomar cartas en el asunto y me ocuparé de liberar al caballero verde, que se presentará, con mi ayuda, ante Morgana en menos que canta un gallo. Pero quiero que le digas a Delia que Nimué no se siente de ningún modo obligada hacia ella, y que no debiera ser tan presuntuosa, porque no tiene ni idea de los favores que su madre concedió o dejó de conceder, así como de los que la familia de Nimué disfrutó o dejó de disfrutar. No es bueno ir por la vida con tanta seguridad y arrogancia, Estragón, pero me temo que Delia no va a cambiar, le digas lo que le digas.

Cuando Estragón regresó al castillo de Morgana, se encontró con un gran revuelo. A duras penas entendió lo que le decían: que, no se sabía cómo, milagrosamente, aquella mañana había llegado el caballero verde; que Morgana le había puesto como condición luchar contra uno de sus caballeros más fornidos, ambos con los ojos vendados, en clara alusión a la dama que venía a rescatar el caballero, que no podía verse por fuera, aun cuando la venda del caballero verde era diez veces más densa que la venda del caballero de Morgana; que, no obstante, el caballero verde, tras pasar por momentos de acoso y terrible peligro, había vencido al caballero de Morgana, lo cual acababa de suceder, por lo que ya podía correr Estragón y llegar al patio central del castillo, si no quería perderse la escena.

Eso llegó a verlo Estragón: al caballero de Morgana, herido de muerte, en tierra, y al caballero verde, victorioso, reclamando, ante los ojos iracundos de Morgana, la liberación de Alicantina.

– Que todo se haga en el más absoluto de los secretos -dijo Morgana.

Y, cuando vio a su lado a Estragón, le pidió que se encargase de cumplir el encargo.

– No sé dónde has estado metido, Estragón -dijo Morgana-. Tienes la virtud de desaparecer cuando más te necesito.

– Eso no es del todo verdad -replicó Estragón-, porque ahora estoy aquí y llevaré a cabo lo que me pides.

Morgana dio a Estragón un pequeño puntapié, se encogió de hombros y abandonó el patio.

Entonces Estragón condujo al caballero a una habitación secreta y, antes de acudir en busca de Alicantina, le preguntó al caballero por qué había escogido la causa de una dama que tenía tan extraño don.

El caballero verde le replicó que lo había meditado mucho, pero que finalmente se había decidido por Alicantina, dispuesto como estaba a luchar por una de las doncellas y ganar así mucha fama, un poco por eliminación, y que en realidad no sabía muy bien lo que ese don podía significar.

– Pues me parece que has acertado de lleno -dijo Estragón-, porque Alicantina es una muchacha excelente y tengo la sensación de que te va como anillo al dedo. Una vez que la conozcas, la amarás, y podríais pedirle a Merlín que le restituyera la capacidad de verse por fuera que tenemos los otros seres humanos, para que la pobre no viva con tanta confusión, porque me consta que ese don le hace sufrir.

Dicho lo cual, Estragón bajó a las mazmorras, donde fue recibido con júbilo y agradecimiento, y puso en libertad a Alicantina. Le presentó luego al caballero verde y condujo a ambos por pasillos y escaleras secretas fuera del castillo. Allí se despidió, deseándoles mucha suerte y recomendándoles que no dijeran a nadie lo que había sucedido porque de lo contrario Morgana los haría matar.

Y Alicantina y el caballero verde, llenos de gratitud, dijeron que seguirían su consejo y, muy de acuerdo, se alejaron montados a caballo, porque Merlín, que había liberado al caballero verde, había dejado, en la linde del bosque, dos caballos muy veloces para que se alejaran de allí cuanto antes.