38754.fb2
Donde los curas se remangan la sotana, pegan tiros y dicen que despachar franchutes no es pecado, y donde la afición nacional consiste en darle un navajazo al primero que dobla la esquina, o arrastrar por las calles a quien sólo cinco minutos antes se ha estado aplaudiendo, y a menudo con idéntico entusiasmo. Me cuentas eso en cada carta, querido hermanito, dale que te pego con lo de que vaya regalo envenenado te hice, y que antes que rey de España hubieras preferido que te nombrara arzobispo de Canterbury, nos ha jodido. Pero, entre otras cosas, Canterbury no lo hemos conquistado todavía, y España, aunque esté llena de españoles, es un país con mucho futuro. Así que ya está bien de tanta queja y de tanto chivarte a Mamá de lo mal que lo pasas en Madrid. Para que te enteres, un batallón de tus súbditos acaba de cubrirse de gloria a las puertas de Moscú, por la cara. Así que ve tomando nota, Pepe. Que no te enteras. Un capullo, eso es lo que eres. Desde pequeño siempre has sido un capullo.
— Pásemelo a la firma, Labraguette. Y despáchelo.
— Ala orden, Si–sire.
— Y ahora, ¿alguien puede decirme dónde está Murat?
No hizo falta. Un marcial toque de corneta ascendía hacia la colina desde el flanco derecho, y mariscales, generales, edecanes, ayudantes y correveidiles al completo saludaron con alborozo la buena nue va. Hablando del rey de Roma, es decir el de Nápoles, Sire, ahí lo tiene en plena carga, lento pero seguro ese Murat, observe el espectáculo que tiene tela. Y abajo, en la llanura de maizales chamuscados del flanco derecho, desplegándose en escuadrones multicolores, los húsares y los coraceros, mil y pico sables desenvainados y sobre el hombro derecho, tararí–tararí, listos para la memorable carnicería que los haría entrar de perfil, a los vivos y a los muertos, en los libros de Historia. Y acercándonos a vista de pájaro al meollo del asunto, volando sobre las apretadas formaciones donde los caballos relinchaban impacientes, tenemos a Murat, todo bordados y floripondios, con una capacidad mental de menos quince pero valiente como un toro español cuando los toros españoles salen valientes, levantando el sable sobre la cabeza rizada con tenacillas y diciendo sus y a ellos, muchachos, ese batallón español necesita ayuda y los vamos a ayudar, voto al Chápiro Verde. Y Murat, con su dolman de seda y sus rizos de madame Lulú y su menos seso que un mosquito y todo lo que ustedes quieran, pero, eso sí, al frente de sus tropas en un tiempo en que los generales y los mariscales aún la diñan así y no de indigestión en la retaguardia, Murat, decíamos, se vuelve a su cornetín de órdenes y le dice venga, chaval, toca de una vez esa maldita carga y que el diablo nos lleve a todos. Y el chaval que escupe para mojarse los labios que tiene secos y toca carga y Fuckermann y Baisepeau que les gritan a sus húsares y coraceros aquello de al paso, al trote y al galope, y mil y pico caballos que se mueven hacia adelante, acompasando el ruido de los cascos y herraduras. Y Murat grita Viva el Emperador y los mil y pico jinetes corean que sí, que vale, que viva el Petit Cabrón pero que aquí podía estar, más cerca, para compartir en persona aunque fuese un trocito de la gloria que a ellos les van a endilgar los cañones ruskis a chorros dentro de nada, gloria para dar y tomar, un empacho de gloria, mi primero, lo que vamos a tener en cinco minutos. Vamos a cagar gloria de aquí a Lima.
Y entonces hay como un trueno largo y sordo que retumba en el flanco derecho, y los doce escuadrones de caballería se extienden por la llanura mientras ganan velocidad, y los artilleros rusos que empiezan a espabilarse, Popof, mira lo que viene por ahí, esa sí que no me la esperaba, tovarich, la virgen santa, nunca imaginé que tantos caballos y jinetes y sables pudieran moverse juntos al mismo tiempo, nosotros tan entretenidos tirando al blanco con ese batallón de mierda cuando lo que se nos venía encima era esto otro, a ver esa pieza, apunta que las cosas van a ponerse serias, mira como grita ahora el capitán Smirnoff, con lo tranquilo y contento que estaba hace sólo cinco minutos, el hijoputa. A ver esas piezas de a doce, apunten, fuego. Dales caña, Popo£ Dales, que mira la que nos cae.
Total. Que los artilleros rusos cambian de objetivo y empiezan a arrimarle candela a Murat y sus muchachos, y el primer cañonazo va y arranca de su caballo al general Fuckermann y lo proyecta en cachitos rojos sobre sus húsares que van detrás, ahí nos las den todas, pero hay muchas más, raaas–zaca, raaas–taca, y ya corren caballos sin jinete adelantándose a las filas cerradas de los
escuadrones, bota con bota y el sable extendido al frente mientras suena el tararí tararí, y los húsares sujetan las riendas con los dientes y empuñan en la mano izquierda la pistola, y los coraceros con destellos metálicos en el pecho y la cabeza, con boquetes redondos que se abren de pronto en mitad de la coraza y todo se vuelve de pronto kilos de chatarra que rueda por el suelo, tiznándose de hollín y barro mientras sigue el tararí tararí y Murat, ciego como un toro, sigue al frente del asunto y está casi a la altura del 326, húsares por la derecha, coraceros por la izquierda y allá en su frente Estambul, o sea, Moscú, o sea, Sbodonovo, o sea los cañones rusos que escupen metralla como por un grifo. Y por fin llega, galopando a lomos de su caballo que va desencajado e imparable como una bala, cubierto de sudor y espuma, junto a las filas del heroico 326, y entre el humo y la velocidad ve fugazmente los rostros de esos valientes que lo miran boquiabiertos, socorridos en el último instante cuando libraban su último y heroico combate sin esperanza. Y a Murat, que en el fondo es tierno como el día de la Madre, se le pone la carne de gallina y grita, enardecido:
— ¡Viva el 326! ¡Viva Francia!
todos sus húsares y coraceros, que ya rebasan al 326 por los flancos cargando contra los cañones rusos, todos esos jinetes rudos y veteranos que acuden a compartir el hartazgo de metralla que se están llevando los bravos camaradas del 326, corean con entusiasmo el grito de Murat y, a pesar de la que está lloviendo, saludan con sus sables a esos héroes bajitos y morenos, los fieles infantes del batallón español, al pasar junto a ellos galopando en línea recta hacia el enemigo. Y los del 326, mudos de agradecimiento, se ve que no encuentran palabras para expresar lo que sienten.
es que no hay palabras, Muñoz, quince minutos aguantando el cañoneo a quemarropa de los ruskis y, a punto de conseguirlo, justo en el momento en que bajas la bandera para sustituirla por la sábana blanca que llevas oculta en la casaca, con todos los compañeros acuciándote, date prisa, mi alférez, espabila que nos caemos con todo el equipo, suenan los trompetazos y Murat y mil doscientos franchutes aparecen cargando a uno y otro lado del batallón y encima pasan vitoreándote, los tíos, hégoes espagnoles, te dicen, camagadas y todo lo demás mientras acuden al encuentro de la metralla rusa, mira, lo positivo es que ahora tocaremos a menos cada uno, al repartir. Y todo el batallón que se queda de piedra viéndose en medio de una carga de caballería, y Murat saludando con el sable y su corneta dale al tararí tararí, de qué van estos fulanos, mi capitán, aquí hay un malentendido. Lo que está claro es que nos han fastidiado la maniobra, los gilipollas. Nos han jodido el invento. A ver quién es el guapo que deserta ahora, rodeado por mil doscientos húsares y coraceros que te dan palmaditas en la espalda.
Total. Que todos nos paramos un momento, aturdidos y sin saber qué hacer, pendientes de lo que dice el capitán García, y el capitán, pequeñajo y tiznado de pólvora, nos dirige una mirada de tranquila desesperación y después se encoge de hombros y le grita a Muñoz, eso sí lo oímos bien, alférez, levanta otra vez la bandera franchute, levanta el águila de los cojones y esa sábana blanca la haces cachitos y nos la podemos ir metiendo todos por el culo. Y el águila que se levanta de nuevo, y los coraceros y los húsares que siguen pasando a nuestro lado venga a dar vítores a los valegosos espagnoles, y García que nos dice hijos míos, suena la música así que a bailar tocan, echemos a correr hacia adelante y que sea lo que Dios quiera, allá cada cual, y vamos a meternos tanto en las filas de los Iván que al final no tengan más remedio que cogernos prisioneros. Conque levanta el sable, apunta a los artilleros rusos y dice eso de ¡Vivarpaña! que es la única cosa nuestra que nos queda en mitad de toda esta mierda. Y Luisillo, nuestro tambor de quince años, redobla toque de carga, y los fulanos del 326 apretamos fuerte el fusil con la bayoneta y echamos a correr entre los jinetes hacia los cañones rusos, aunque antes de caer prisioneros alguien va a tener que pagar muy cara la mala leche que se nos ha puesto con el patinazo de esta mañana. Si no fuera por tanto cañonazo y tanta murga ya estaríamos trincando vodka en plan tovarich después de habéroslo explicado todo, cretinos. Así que ya puedes darte por jodido, Popof. Cagüentodo. Como llegue hasta ahí, por lo menos a los de las primeras filas os voy a dejar listos de papeles.
Y los artilleros ruskis, que ya tienen a los húsares y los coraceros encima y se defienden como pueden sobre sus cañones, echan un vistazo al frente y ven que por la cuesta suben cuatrocientos energúmenos erizados de bayonetas y gritando como posesos, cuatrocientos tipos con la cara tiznada por el humo y ojos enrojecidos de miedo y rabia, y se dicen: fíjate lo que sube por ahí, camarada, esos no necesitan decir que no hay cuartel, lo llevan pintado en la cara, así que date por jodido, Popof, pero bien. Y el primero que llega hasta ellos es un capitán pequeño y negro de pólvora que grita algo así como; Vaspaña!, ; Vaspaña!, que nadie sabe muy bien lo que quiere decir, y ese capitán se tira encima de los primeros cañones como una mala bestia, y se lía a sablazos, y al capitán Smirnoff, que se ha puesto delante haciendo posturas de esgrima, le patea los huevos y después le abre la cabeza de un sablazo, y ahora llegan todos los demás gritando como salvajes, y a golpe de culata y bayonetazos, desesperados, como si nada tuvieran que perder, empitonan a Popof y a su santa madre, vuelcan los cañones, rematan a todo el que se mueve y, llevados por el impulso, mientras Murat y sus jinetes retroceden para reorganizar las filas desordenadas por la carga, siguen corriendo entre gritos y blasfemias hacia las filas de los regimientos rusos que, formados a la entrada de Sbodonovo, los miran acercarse inmóviles, incapaces de reaccionar, paralizados de estupor ante el espectáculo.
VII. La resaca del príncipe Rudolfkovski
Durante mucho tiempo, los historiadores militares han intentando explicarse lo que ocurrió en Sbodonovo, sin resultado. Sir Mortimer Flanagan, el famoso analista británico, afirma que se trató de una brillante improvisación táctica de Napoleón, la última chispa de su genio militar antes de extinguirse en Moscú y en la desastrosa retirada de Rusia. Por su parte, el francés Gerard de la Soufflebitez plantea las cosas desde otra óptica más limitada, o sea casera, atribuyendo a Murat el exclusivo mérito en la acción de Sbodonovo y evitando mencionar, incluso, la presencia del segundo batallón del 326 de Línea en la batalla. Sólo en la correspondencia privada del mariscal Lafleur–dirigida a su amante, la conocida soprano Mimí la Garce–se encuentra una irrefutable prueba del papel desempeñado por los españoles, cuando el mariscal escribe: «Les sanglots longs des baiónnettes des espagnols blessent les russes d'une langueur monotone… », en clara alusión al asunto. Más explícito se muestra en sus memorias (De Borodino a Pigalle, San Petersburgo 1830) el mariscal Eristof, que reconoce sin rodeos el importante papel jugado por los españoles en los acontecimientos de la jornada, sobre todo cuando el viejo león escribe aquello de: «En Sbodonovo, el 326 de Línea nos puteó bien».
ahora pónganse ustedes en el lugar de los rusos. Tres o cuatro regimientos formados en perfecto orden a las puertas del pueblo, inactivos durante toda la mañana porque ya se habían encargado las baterías artilleras y la caballería cosaca de pulverizar el flanco derecho francés. Unos cuatro o cinco mil hombres tumbados en la hierba viendo los toros desde la barrera, fíjate, Vladimir, la que les está cayendo a los herejes, eso para que aprendan a invadir lo que no deben, Dios salve al zar y todo eso. Dame cartas. A ver, la sota de copas. Vaya día llevas, tovarich. Acabas de ganarme otro rublo. ¿A qué hora dices que sirven el rancho?… Y los oficiales tres cuartos de lo mismo: cómo lo lleva, conde Nicolai, bien, gracias. Estaba yo acordándome de aquella velada en San Petersburgo, en casa de Ana Pavlovna, junto a al princesa Bolkonskaia. Exquisito caviar, vive Dios. Lástima de inactividad, Boris, aquí toda la mañana con nuestros artilleros haciendo el trabajo y nosotros mano sobre mano, sin poder cubrirnos de gloria. A ver cómo diantre vuelvo yo a San Petersburgo sin un brazo en cabestrillo, o un heroico vendaje en torno a la cabeza para lucir en el palacio de la gran duquesa Catalina. Así no hay quien se coma una rosca por muy bien que uno baile el vals.
ese era el panorama a las puertas de Sbodonovo, con el pueblo ardiendo un poco al otro lado, hacia el vado del Vorosik, pero en esa parte estaba tranquilo, todo bajo control de los Iván. Hasta el príncipe Rudolfkovski, que mandaba la división, se había bajado del caballo y echaba una siestecita bajo un abedul. Ese era el panorama, repito, cuando de pronto empezó a oírse algo de barullo por la parte de los cañones. Entonces el príncipe Rudolfkovski, que por cierto era primo segundo del zar Alejandro, abrió un ojo y requirió a su ordenanza, el fiel Igor:
— Igor, ¿qué ocurre?
— No lo sé, padrecito–respondió el leal subalterno.
— Pues echa un vistazo, imbécil.
Quizá si el príncipe Rudolfkovski hubiese echado el vistazo personalmente habría cambiado el curso de los acontecimientos, pero vaya usted a saber. De hecho, Rudolfkovski dormía la siesta porque la noche anterior había estado despierto hasta altas horas beneficiándose a una robusta campesina a la que sus dragones habían descubierto oculta en un pajar de Sbodonovo. Además, al príncipe se le había ido un poco la mano con el vodka, cuyo consumo excesivo solía producirle una espantosa jaqueca. El caso es que el fiel Igor Igorovich pasó junto a los oficiales del estado mayor de Rudolfkovski, que charlaban en un grupito, y se acercó a echar un vistazo por la parte de los cañones. La familia del fiel Igor había servido a la familia Rudolfkovskaia desde tiempo inmemorial, y cada vez que un Rudolfkovski defendió a sus zares en un campo de batalla, hubo
junto a él un Igorovich para limpiarle las botas y echarle agua caliente en la bañera. Lo cierto es que el príncipe no era demasiado duro con su leal siervo, y sólo lo azotaba por faltas muy graves como plancharle mal el cuello de una camisa, no bruñirle la hoja del sable de modo conveniente, o retrasarse en las marchas en vez de correr junto a su estribo derecho con una botella de champaña razonablemente frío a mano. Por lo demás, el príncipe Rudolfkovski era un amo justo y cabal. Quizá por eso, cuando el fiel Igor anduvo un cuarto de versta más y le echó un vistazo a lo que ocurría donde los cañones rusos, se detuvo un momento, miró hacia el lejano abedul donde el príncipe Rudolfkovski dormía la mona, y soltando una extraña risita entre dientes puso pies en polvorosa.
Así que las primeras señales de lo que iba a ocurrir llegaron un poco más tarde, cuando los cuatro o cinco mil rusos que holgazaneaban sobre la hierba vieron aparecer, de pronto, una compacta fila de uniformes azules que se dirigía hacia ellos a la carrera y pegando unos gritos que helaban la sangre. Mucho se ha discutido después la reacción de los ruskis, pero en esencia fue del tipo anda, Vladimir, qué cosa más rara, por ese lado debían estar nuestros artilleros y resulta que aparecen otros con uniforme azul, yo creía que iban de verde los nuestros, te vas a reír pero por un momento he creído que eran franceses, fíjate, si hasta la bandera parece francesa, estoy de lo más tonto esta mañana, cómo van a ser franceses si están hechos polvo en el flanco derecho. El caso es que, bien mirado, esa bandera no parece nuestra, ¿verdad? Oye, pues ahora que lo dices, tampoco eso que gritan me suena a ruso. Vaspaña, algo así como Vaspaña, pero francés tampoco es. A ver. Espera. Trae el catalejo. Hostia, Vladimir. Los franceses.
Unos dicen que gritábamos Viva España y otros que Vámonos a España, pero el caso es que los cuatrocientos, o lo que quedaba de nosotros, desembocamos en la llanura frente a Sbodonovo a la carrera, con las bayonetas por delante y la furiosa energía que te proporciona la desesperación. Mucho se discutió después el asunto, y la mayor parte coincidimos en afirmar que pretendíamos caer prisioneros para terminar de una vez, antes de que los húsares y los coraceros de Murat volviesen a cargar a nuestro lado creyendo ayudarnos contra los ruskis. Es cierto que los cañones de los Iván nos había hecho sufrir mucho y todavía íbamos calientes a pesar de haber empitonado a los artilleros; pero la verdad es que al llegar a la llanura nuestra intención era seguir hasta las filas rusas y allí adentro, una vez a salvo de nuestra propia caballería, arrojar las armas. El problema fue que los Iván se lo tomaron por la tremenda y mantuvieron el equívoco, o sea, nadie ataca así, en línea recta y a la bayoneta, a puro huevo, si no lo tiene muy claro. Así que espérame un momento, Vladimir, que ahora vuelvo. Sí, a retaguardia voy. A por tabaco.
Cuatro mil hombres saliendo por pies ante cuatrocientos es un espectáculo que no se dio con frecuencia en la campaña de Rusia. El movimiento de pánico se propagó como una ola, y las primeras filas ruskis echaron a correr. Las segundas hicieron lo mismo al pasar junto a ellas las primeras, y los de las últimas, que vieron a toda la vanguardia dar la vuelta y venírseles encima, se volvieron atropellándose unos a otros, desbordados los oficiales, y salieron zumbando hacia Sbodonovo, maricón el último, metiéndose por las calles del pueblo en dirección al río y al puente de la carretera de Moscú. Y nosotros corriendo detrás, esperad, pringaos, aquí hay un malentendido. Pero claro, en eso que algunos rusos se vuelven y nos descerrajan unos cuantos tiros, y a Manolo el mano y a Paco el sevillano los dejan secos en plena carrera, y empezamos a cabrearnos mientras vemos caer a unos cuantos más, colegas de los tiempos de Dinamarca, tiene guasa escaparte de unos y de otros para que un tovarich te pegue un tiro a última hora. Y en esas que llegamos junto a un abedul para darnos de boca con un ruski lleno de cordones y entorchados, con cara de resaca y pinta de mandar mucho, que no para de preguntar por un tal Igor, vete tú a saber quién coño es el Igor de las narices. Total, que el sargento Ortega intenta explicarle que nos rendimos, pero el otro dice algo de que los Rudolfkovski mueren pero no se rinden. Ortega, que es un buenazo, intenta explicarle pacientemente que no, míster, quienes nos rendimos somos nosotros, aquí, erpañoIrki tovarich, a ver si te enteras. Napoleón kaput, nosotros querer ir a España, ¿ capito? O sea que fin¡ la guerre. Pero el ruski mira alrededor, ve a toda su tropa corriendo como conejos y a nosotros tiznados de humo, con las bayonetas manchadas de sangre de los artilleros
que acabamos de cepillarnos allá atrás, y se cree que le estamos vacilando, o sea, estos hijoputoskis quieren quedarse conmigo. Así que saca una pistola y le descerraja al sargento Ortega un tiro a bocajarro, pumba, que le chamusca las patillas, menos mal que el Iván tenía el pulso fatal aquella mañana. Y claro, Ortega se cabrea y ensarta al ruski en el abedul de un sablazo, para que aprendas, gilipollas, que no se puede ir de buena fe, hay que joderse, chavales, con aquí el capitán general. Y eso que se lo dije bien clarito. A todo esto, los Iván corren por ahí diciendo que nos hemos cargado al príncipe Rudolfnosequé, y todos venga a correr más todavía, y en estas llegamos ya a las primeras casas del pueblo, con los rusos cruzándolo a toda prisa hacia el puente y la carretera de Moscú, entrando por un extremo y saliendo por el otro como si fueran a hacer un recado, a toda leche. Y en todo ese trajín no mantiene la calma más que la reserva de caballería cosaca, a la que alguien ordena que cubra la retirada. Así que, de pronto, cuando los del 326 vamos corriendo tras los rezagados rusos por la calle principal, todavía con intención de encontrar alguien a quien rendirnos, vemos aparecer dos escuadrones cosacos cargándonos de frente, sables en alto, atiza Gorostiza, esos no huyen sino que atacan. Y nos miramos unos a otros para decirnos hasta aquí hemos llegado, compadres, vete a explicarles nada a éstos. Se acabó lo que se daba.
O sea, que nos caen encima doscientos y pico jinetes cosacos haciendo molinetes con los sables y las lanzas, y el capitán García se da cuenta de que no hay espacio para formar el cuadro. Entonces nos ordena hacer fuego por secciones porque aquí no hay tovarich que valga, hijos míos, así que ya nos rendiremos otro día. Y tenemos el tiempo justo de escalonarnos la mitad del 326 en la calle, mientras la otra mitad se reagrupa detrás con la lengua fuera, y ya tenemos a los cosacos a treinta varas mientras García se planta a la derecha, sable en mano, y el teniente Arregui a la izquierda. Y cuando lo cosacos están a quince varas, García va y ordena primera descarga a los caballos, hijos míos, endiñársela por lo bajini para taponarles la calle a esos hijoputas. Y los de la primera fila, arrodillados, nos llevamos el fusil a la cara diciendo madre santísima, de esta no salimos ni hartos de sopa.
— Primera sección, ¡fuego!
García los tiene bien puestos, las cosas como son. Y es un profesional. La primera descarga abate una veintena de caballos, formando un obstáculo para los jinetes que vienen detrás.
— Segunda sección, ¡fuego!
Ahí va eso. La segunda sección dispara sobre nuestros chacós mientras los de la primera seguimos las órdenes del teniente Arregui: primera sección, rodilla en tierra, carguen. Y tú vas, muerdes el cartucho igual que muerdes el miedo, lo metes en el cañón caliente, ahora la bala, golpe de baqueta y otra vez el fusil a la cara mientras los de la segunda, ya arrodillados también a tu espalda, cargan a su vez. Ahora son los de la tercera fila los que apuntan sobre nuestras cabezas.
— Tercera sección, ¡fuego!
Toma candela, Iván. Tres descargas en quince segundos, plomo barriendo la calle principal, patas y relinchos por el aire, cosacos por el suelo a un palmo de nosotros, angelitos al cielo. Pero siguen llegando más y más cuyos caballos tropiezan, se encabritan sobre los caídos. A nuestra espalda, Luisillo redobla sobre su parcheado tambor para darnos ánimos. Y la voz ronca del capitán García, no es para menos lo de ronca, con la mañana que lleva, se alterna con la del teniente Arregui mientras seguimos soltando descarga tras descarga:
— ¡Tercera sección, carguen armas!
— ¡Primera sección en pie! ¡Apunten! ¡Fuego!
El humo de pólvora negra empieza a cubrir la calle y las andanadas parten a ciegas, hacia el lugar de donde vienen los alaridos y los relinchos, fusilando a los cosacos a bocajarro.
— ¡Primera sección, rodilla en tierra, carguen armas!
— ¡Segunda sección, en pie! ¡Fuego!
— ¡Segunda sección, rodilla en tierra! ¡Carguen armas!
— ¡Tercera sección, en pie! ¡Fuego!
Así cinco minutos. Ahora ya no se ve nada de nada, y todos estamos dentro de una humareda oscura y acre, disparando contra un muro de niebla del que brotan alaridos, lamentos,
detonaciones. La pólvora negra quemada se mete por las narices y aturde los sentidos, y ya no sabes dónde diablos estás, y tu único contacto con la realidad son las voces que te llegan, el capitán García de la derecha, el teniente Arregui de la izquierda, diciéndote que cargues y dispares, que cargues y dispares, que cargues y dispares. Y el otro contacto real es la culata, el gatillo, la baqueta del fusil que te quema las manos al tocar el cañón donde hasta la bayoneta parece al rojo. Y entonces, de pronto, unos jinetes cosacos consiguen llegar hasta nuestra izquierda, hay fogonazos y alaridos y chas–chas de sablazos que dan en blando, la fila parece estremecerse por ese lado y el teniente Arregui ya no dice nada y no vuelves a oírlo más, el tambor de Luisillo deja de pronto de redoblar, y es García quien te dice ahora que cargues y dispares, en pie o rodilla en tierra, que cargues y dispares. Y después oyes su voz, un grito desgarrado y brutal ordenando al ataque a la bayoneta, vamos de una vez a terminar con esos ruskis de mierda. Y a tu lado notas que los compañeros, a los que tampoco ves, se mueven contigo, adelante, y aúllan vamos a por ellos a masticarles los hígados, cagüentodo, rediós y la Virgen santa, y aprietas fuerte el fusil con la bayoneta y corres entre la niebla oscura de la pólvora hasta tropezar con cuerpos de caballos y de hombres, unos inmóviles y otros agitándose cuando trepas por encima de ellos, cuando escalas el montón y distingues brillos de acero entre la humareda espesa, y percibes sombras que también gritan en otra lengua, y tú empiezas a clavar la bayoneta en todo cuanto se pone delante, ¡Vaspaña!, ¡Vaspaña!, y nuevos fogonazos de pólvora te chamuscan la cara mientras sigues adelante entre patas de caballos y cuerpos de hombres que se debaten ante ti, íVaspaña!, ¡Vaspaña!, y entre golpe y golpe de bayoneta tienes la visión fugaz de la cara de un crío que te espera en alguna parte, de una silueta de mujer que llora mientras te vas del pueblo camino abajo, o el rostro de tu madre junto al fuego, cuando eras zagalico. ¡Vaspaña! O a lo mejor esas imágenes no son tuyas, no te pertenecen a ti sino a la memoria de los hombres que tienes enfrente, y tú se las vas arrancando a tajos de bayoneta.
Por fin la niebla empieza a disiparse y sigues corriendo con la garganta en carne viva de gritar, y el cuerpo destrozado de fatiga, hasta llegar a la otra punta del pueblo. Entonces te apoyas en el pretil de un puente hacia el que convergen por ambos lados muchos jinetes con gran estruendo de cascos y trompetas. Y ya te dispones a levantar la bayoneta para acuchillarlos también y llevarte lo que puedas por delante antes de ir a Dios y descansar de una puñetera vez, cuando te das cuenta de que son coraceros y húsares franceses, de tu bando, si es que a estas alturas puedes todavía sentirte en bando alguno, y que te aclaman entusiasmados porque acabas de cruzar Sbodonovo de punta a punta, haciendo huir a cuatro regimientos rusos y aniquilando a dos escuadrones cosacos.
VIII. Confidencias en Santa Helena
Años más tarde, después de Rusia, Leipzig y Waterloo, en Santa Helena y a punto de palmarla, el Enano le confiaría a su fiel compañero de destierro, Les Cases, que en Sbodonovo se le apareció la Virgen. A ver si no cómo se lo explica uno, Les Cases: un batallón que ni siquiera es francés y cambia el signo de la batalla dándole a los rusos las suyas y las de un bombero, o sea, pasándose por la piedra de amolar toda una batería artillera de piezas de a doce y cuatro o cinco regimientos, príncipe Rudolfkovski incluido. Según sus últimos biógrafos, el Ilustre hacía estas confidencias mientras clavaba agujas en un muñequito de cera representando la efigie de su carcelero sir Hudson Lowe, el malvado inglés a quien el gobierno de Su Majestad Británica encomendó el confinamiento y liquidación, en aquel islote del Atlántico convertido en cárcel, del hombre que había pasado veinte años jugando a los bolos con las coronas de Europa. Allí, en las largas veladas invernales, rodeado por sus últimos fieles, el Petit Cabrón pasaba revista a los recuerdos gloriosos mientras Les Cases y Bertrand tomaban Oporto y notas para la posteridad. Algunos de sus juicios arrojan luz sobre rincones oscuros de la Historia, o revelan facetas desconocidas de los personajes. Que si Wellington no era más que un sargento chusquero con mucha potra. Que si Fouché un trepa y un pelota, Talleyrand una rata de cloaca y Metternich un perfecto gilipollas. También rememoraba el Ilustre cuestiones más íntimas. Las piernas de Desirée, por ejemplo, Les Cases, aquello era gloria bendita, mujer de bandera, se lo dice uno que de banderas entiende un rato. Lástima que tuviese aquel marido, Bernadotte, al final se colocó bien, ¿verdad? Rey de Suecia, y eso que era un completo soplador de vidrio. Los hay con suerte. En cuanto al príncipe Fernando, el hijo de Carlos IV menudo personaje, Bertrand. Mi mayor venganza tras la guerra de España fue devolvérselo a sus paisanos. ¿No queréis Fernando VII? Pues que os aproveche. ¿Sabe usted, Les Cases, que cuando lo tuve preso en Valen~ay tardé algún tiempo en averiguar su estatura real porque siempre entraba en mi despacho de rodillas?… Brillante muchacho, el tal Fernando. Creo que lleva fusilada a media España. ¿No gritaban viva las caenar? Pues toma caenas. La joya de la corona, lo llamaba aquel tipo grande y simpaticote, ¿recuerda, Bertrand? Godoy, creo recordar. El que chuleaba a la madre.
Al llegar a este punto, recordando los años de gloria, el Enano miraba el fuego de la chimenea y después sonreía a sus último s fieles. Sobre España recordaba haber leído algo una vez, mientras esperaba que su caballería polaca despejara Somosierra. Una traducción sobre el Poema de Mío Cid, o algo por el estilo, Les Cases, resulta difícil acordarse bien ahora, con lo que ha llovido desde Somosierra y aquel puntazo que se marcó Poniatowski, ¿recuerda?, sus jinetes cargando ladera arriba con los españoles cogidos de través y Madrid a un paso, creíamos que eso lo dejaba todo resuelto, y ya ve. En ese momento, el Ilustre se quedaba pensativo y suspiraba mirando la chimenea. España. Maldito el día que decidí meterme en semejante berenjenal. Eso ni era guerra ni era nada; una pesadilla es lo que era, con el calor y las moscas y aquellos frailes con canana y pistoleras, y los guerrilleros cazándonos correos en cada vereda, y cuatro baturros con una bota de vino y una guitarra descalabrándome a las tropas imperiales a las puertas de Zaragoza mientras los ingleses sacaban tajada como de costumbre. Cada vez que miro uno de esos grabados del ta l Goya me vienen a la memoria aquellos desgraciados con sus ojos de desesperación, engañados por reyes, generales y ministros durante siglos de hambre y miseria, analfabetos e ingobernables, con su orgullo y su furia homicida como único patrimonio. ¡Aquellas navajas, Les Cases, que daba miedo verlas! Mis generales todavía tienen pesadillas en que salen esas navajas donde ponía Viva mi dueño y hacían siete veces clac al abrirse. Esos bárbaros heridos de muerte, cegados por su propia sangre, que aún buscaban a tientas las junturas del peto del coracero para meterle la hoja de dos palmos hasta las cachas y llevárselo por delante, con ellos, al infierno. En España metimos bien la gamba, Bertrand. Cometí el error de darles a esos fulanos lo único que les
devuelve su dignidad y su orgullo: un enemigo contra el que unirse, una guerra salvaje, un objeto para desahogar su indignación y su rabia. En Rusia me venció el invierno, pero quien me venció en España fueron aquellos campesinos bajitos y morenos que nos escupían a la cara mientras los fusilábamos. Aquellos hijoputas me llevaron al huerto a base de bien, se lo aseguro. España es un país con muy mala leche.
En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor». Y es que hay que fastidiarse, Les Cases: a veces uno encuentra escritas verdades como puños. Una gente como aquella, que hasta las mujeres empujaban cañones y tiraban de navaja para degollar franceses, y fíjese qué gobernantes ha tenido durante toda su desgraciada historia. Mientras el futuro Fernando VII me lamía las botas en Valenjay, sus compatriotas destripaban franceses en las guerrillas o tomaban Sbodonovo apuro huevo, como aquel batallón, ¿cuál era? El segundo del 326 de Línea. Hermosa jornada, Bertrand, vive Dios, a las puertas de Moscú. El último vuelo del águila. Aún me parece estar en la colina, respirando el humo de pólvora que subía del campo de batalla, etcétera–en este punto, el Enano torcía la boca en una mueca nostálgica, y las llamas de la chimenea agitaban en su rostro sombras parecidas a recuerdos-. Aquel olor a pólvora, Les Cases. No hay nada que huela igual. El olor de la gloria.
— ¿Y sabe qué le digo, Les Cases? Que me quiten lo bailado.