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Javier nos llamó por teléfono desde Lima a las siete de la mañana. La comunicación era pésima, pero ni los zumbidos ni las vibraciones que la interferían disimulaban lo alarmada que estaba su voz.
– Malas noticias -me dijo, de entrada-. Montones de malas noticias.
A unos cincuenta kilómetros de Lima, el colectivo donde él y Pascual regresaban la víspera, se salió de la carretera y dio una vuelta de campana en el arenal. Ninguno de los dos se hirió, pero el chofer y otro pasajero habían sufrido contusiones serias; fue una pesadilla conseguir, en plena noche, que algún auto se detuviera y les echara una mano. Javier había llegado a su pensión molido de fatiga. Allí recibió un susto todavía mayor. En la puerta lo esperaba mi padre. Se le había acercado, lívido, le había mostrado un revólver, lo había amenazado con pegarle un tiro si no revelaba al instante dónde estábamos yo y la tía Julia. Muerto de pánico (“Hasta ahora sólo había visto revólveres en película, compadre") Javier le juró y requetejuró por su madre y por todos los santos que no lo sabía, que no me veía hacía una semana. Por último, mi padre se había calmado algo y le había dejado una carta, para que me la entregara en persona. Aturdido con lo que acababa de ocurrir, Javier ("qué nochecita, Varguitas"), apenas se fue mi padre decidió hablar inmediatamente con el tío Lucho, para saber si mi familia materna había llegado también a esos extremos de rabia. El tío Lucho lo recibió en bata. Habían conversado cerca de una hora. Él no estaba colérico, sino apenado, preocupado, confuso. Javier le confirmó que estábamos casados con todas las de la ley y le aseguró que él también había tratado de disuadirme, pero en vano. El tío Lucho sugería que volviéramos a Lima cuanto antes, para coger al toro por los cuernos y tratar de arreglar las cosas.
– El gran problema es tu padre, Varguitas -concluyó su informe Javier--. El resto de la familia se irá conformando poco a poco. Pero él está echando chispas. ¡No sabes la carta que te ha dejado!
Lo reñí por leerse las cartas ajenas, y le dije que regresábamos a Lima de inmediato, que a mediodía pasaría a verlo a su trabajo o que lo llamaría por teléfono. Le conté todo a la tía Julia mientras se vestía, sin ocultarle nada, pero tratando de restar truculencia a los hechos.
– Lo que no me gusta nada es lo del revólver -comentó la tía Julia-. Supongo que a quien querrá pegarle un tiro será a mí, ¿no? Oye, Varguitas, espero que mi suegro no me mate en plena luna de miel. ¿Y lo del choque? ¡Pobre Javier! ¡Pobre Pascual! En qué lío los hemos metido con nuestras locuras.
No estaba asustada ni apenada en absoluto, se la veía muy contenta y resuelta a enfrentar todas las calamidades. Así me sentía yo también. Pagamos el hotel, fuimos a tomar un café con leche a la Plaza de Armas y media hora después estábamos otra vez en la carretera, en un viejo colectivo, rumbo a Lima. Casi todo el trayecto nos besamos, en la boca, en las mejillas, en las manos, diciéndonos al oído que nos queríamos y burlándonos de las miradas intranquilas de los pasajeros y del chofer que nos espiaba por el espejo retrovisor.
Llegamos a Lima a las diez de la mañana. Era un día gris, la neblina afantasmaba las casas y las gentes, todo estaba húmedo y uno tenía la sensación de respirar agua. El colectivo nos dejó en la casa de la tía Olga y el tío Lucho. Antes de tocar la puerta, nos apretamos con fuerza las manos, para darnos valor. La tía Julia se había puesto seria y yo sentí que el corazón se me apuraba.
Nos abrió tío Lucho en persona. Hizo una sonrisa que le salió terriblemente forzada, besó a la tía Julia en la mejilla y me besó a mí también.
– Tu hermana está todavía en cama, pero ya despierta -le dijo a la tía Julia, señalando el dormitorio-. Entra, nomás.
Él y yo fuimos a sentarnos a la salita desde la cual se veía el Seminario de los jesuitas, el Malecón y el mar, cuando no había neblina. Ahora sólo se distinguían, borrosas, la pared y la azotea de ladrillos rojos del Seminario.
– No te voy a jalar las orejas porque ya estás grande para que te jalen las orejas -murmuró el tío Lucho. Se lo veía realmente abatido, con señales de desvelo en la cara-. ¿Al menos sospechas en lo que te has metido?
– Era la única manera de que no nos separaran -le repuse, con las frases que tenía preparadas-. Julia y yo nos queremos. No hemos hecho ninguna locura. Lo hemos pensado y estamos seguros de lo que hicimos. Te prometo que vamos a salir adelante.
– Eres un mocoso, no tienes una profesión ni donde caerte muerto, tendrás que dejar la Universidad y romperte el alma para mantener a tu mujer -susurró el tío Lucho, prendiendo un cigarrillo, moviendo la cabeza-. Te has puesto la soga al cuello tú solito. Nadie se conforma, porque en la familia todos esperábamos que llegarías a ser alguien. Da pena ver que por un capricho te has zambullido en la mediocridad.
– No voy a dejar los estudios, voy a terminar la Universidad, voy a hacer las mismas cosas que hubiera hecho sin casarme -le aseguré yo, con ímpetu-. Tienes que creerme y hacer que la familia me crea. Julia me va a ayudar, ahora estudiaré, trabajaré con más ganas.
– Por lo pronto, hay que calmar a tu padre, que está fuera de sus casillas -me dijo el tío Lucho, ablandándose de golpe. Ya había cumplido con jalarme las orejas y ahora parecía dispuesto a ayudarme-. No entiende razones, amenaza con denunciar a Julia a la policía y no sé cuántas cosas.
Le dije que hablaría con él y procuraría que aceptara los hechos. El tío Lucho me miró de pies a cabeza: era una vergüenza que un flamante novio estuviera con la camisa sucia, debería ir a cambiarme y bañarme, y de paso tranquilizar a los abuelitos, que estaban muy inquietos. Conversamos todavía un rato, y hasta tomamos un café, sin que la tía Julia saliera del cuarto de la tía 0lga. Yo afinaba el oído tratando de descubrir si había llanto, gritos, discusión. No, ningún ruido atravesaba la puerta. La tía Julia apareció por fin, sola. Venía arrebatada, como si hubiera tomado mucho sol, pero sonriendo.
– Por lo menos estás viva y enterita -dijo el tío Lucho-. Pensé que tu hermana te jalaría de las mechas.
– El primer momento casi me pega una cachetada -confesó la tía Julia, sentándose a mi lado-. Me ha dicho barbaridades, por supuesto. Pero parece que, a pesar de todo, puedo seguir en la casa, hasta que se aclaren las cosas.
Me paré y dije que tenía que ir a Radio Panamericana: sería trágico que, precisamente ahora, perdiera el trabajo. El tío Lucho me acompañó hasta la puerta, me dijo que volviera a almorzar, y cuando, al despedirme, besé a la tía Julia, lo vi que sonreía.
Corrí a la bodega de la esquina a telefonear a mi prima Nancy y tuve la suerte de que ella misma contestara la llamada. Se le fue la voz al reconocerme. Quedamos en encontrarnos dentro de diez minutos en el Parque Salazar. Cuando llegué al parque, la flaquita estaba ya allí, muerta de curiosidad. Antes de que me contara nada, tuve que narrarle toda la aventura de Chincha y responder a innumerables preguntas suyas sobre detalles inesperados, como, por ejemplo, qué vestido se había puesto la tía Julia para el matrimonio. Lo que le encantó y celebró a carcajadas (pero no me creyó) fue la ligeramente distorsionada versión según la cual el alcalde que nos había casado era un pescador negro, semicalato y sin zapatos. Por fin, después de esto, conseguí que me informara cómo había recibido la noticia la familia. Había ocurrido lo previsible: ir venir de casa a casa, conciliábulos efervescentes, telefonazos innumerables, copiosas lágrimas, y, al parecer, mi madre había sido consolada, visitada, acompañada, como si hubiera perdido a su único hijo. En cuanto a Nancy, la habían acosado a preguntas y amenazas, convencidos de que era nuestra aliada, para que dijera dónde estábamos. Pero ella había resistido, negando rotundamente, y hasta derramó unos lagrimones de cocodrilo que los hicieron dudar. También la flaca Nancy estaba inquieta con mi padre:
– No se te vaya a ocurrir verlo hasta que se le pase el colerón -me advirtió-. Está tan furioso que podría desaparecerte.
Le pregunté por el departamentito que había alquilado y me sorprendió otra vez con su sentido práctico. Esa misma mañana había hablado con la dueña. Tenían que arreglar el baño, cambiar una puerta y pintarlo, de modo que no estaría habitable antes de diez días. Se me cayó el alma a los pies. Mientras caminaba a casa de los abuelos, iba pensando dónde diablos podríamos refugiarnos esas dos semanas.
Sin haber resuelto el problema llegué a casa de los abuelitos y allí me encontré con mi madre. Estaba en la sala y, al verme, rompió en un llanto espectacular. Me abrazó con fuerza, y, mientras me acariciaba los ojos, las mejillas, me hundía los dedos en los cabellos, medio ahogada por los sollozos, repetía con infinita lástima: “Hijito, cholito, amor mío, qué te han hecho, qué ha hecho contigo esa mujer". Hacía cerca de un año que no la veía y, pese al llanto que le hinchaba la cara, la encontré rejuvenecida y apuesta. Hice lo posible por calmarla, asegurándole que no me habían hecho nada, que yo solito había tomado la decisión de casarme. Ella no podía oír mencionar el nombre de su recientísima nuera sin que recrudeciera su llanto; tenía raptos de furia, en los que llamaba a la tía Julia "esa vieja", "esa abusiva", "esa divorciada". De pronto, en medio de la escena, descubrí algo que no se me había pasado por la cabeza: más que el qué dirán la hacía sufrir la religión. Era muy católica y no le importaba tanto que la tía Julia fuese mayor que yo como que estuviera divorciada (es decir, impedida de casarse por la Iglesia).
Por fin conseguí apaciguarla, con ayuda de los abuelos. Los viejecitos fueron un modelo de tino, bondad y discreción. El abuelo se limitó a decirme, mientras me daba en la frente el seco beso de costumbre: "Vaya, poeta, por fin se te ve, ya nos tenías preocupados". Y la abuelita, después de muchos besos y abrazos, me preguntó al oído, con una especie de recóndita picardía, muy bajito, para que no fuera a oír mi mamá: "¿Y la Julita está bien?".
Después de darme un duchazo y cambiarme de ropa -sentí una liberación al botar la que llevaba puesta hacía cuatro días- Pude conversar con mi madre. Había dejado de llorar y estaba tomando una taza de té que le había preparado la abuelita, quien, sentada en el brazo del sillón, la acariciaba como si fuese una niña. Traté de hacerla sonreír, con una broma que resultó de pésimo gusto (“pero, mamacita, deberías estar feliz, si me he casado con una gran amiga tuya") pero luego toqué cuerdas más sensibles jurándole que no dejaría los estudios, que me recibiría de abogado y que, incluso, a lo mejor cambiaba de opinión sobre la diplomacia peruana (“los que no son idiotas son maricas, mamá") y entraba a Relaciones Exteriores, el sueño de su vida. Poco a poco se fue desendureciendo, y, aunque siempre con cara de duelo, me preguntó por la Universidad, por mis notas, por mi trabajo en la Radio y me riñó por lo ingrato que era ya que apenas le escribía. Me dijo que mi padre había sufrido un golpe terrible: él también ambicionaba grandes cosas para mí, por eso impediría que "esa mujer" arruinara mi vida. Había consultado abogados, el matrimonio no era válido, se anularía y la tía Julia podía ser acusada de corruptora de menores. Mi padre estaba tan violento que, por ahora, no quería verme, para que no ocurriera "algo terrible", y exigía que la tía Julia saliera en el acto del país. Si no, sufriría las consecuencias.
Le contesté que la tía Julia y yo nos habíamos casado justamente para no separamos y que iba a ser muy difícil que despachara al extranjero a mi mujer a los dos días de la boda. Pero ella no quería discutir conmigo: "Ya lo conoces a tu papá, ya sabes el carácter que tiene, hay que darle gusto porque si no…” y ponía ojos de terror. Por fin, le dije que iba a llegar tarde a mi trabajo, ya conversaríamos, y antes de despedirme volví a tranquilizarla sobré mi futuro, asegurándole que me recibiría de abogado.
En el colectivo, rumbo al centro de Lima, tuve un presentimiento lúgubre: ¿y si me encontraba a alguien ocupando mi escritorio? Había faltado tres días, y, en las últimas semanas, debido a los frustrantes preparativos matrimoniales, había descuidado por completo los boletines, en los que Pascual y el Gran Pablito debían haber hecho toda clase de barbaridades. Pensé, sombríamente, lo que sería, además de las complicaciones personales del momento, perder el puesto. Empecé a inventar argumentos capaces de enternecer a Genaro-hijo y a Genaro-papá. Pero al entrar al Edificio Panamericano, con el alma en un hilo, mi sorpresa fue mayúscula, pues el empresario progresista, con quien coincidí en el ascensor, me saludó como si nos hubiésemos dejado de ver hacía diez minutos. Tenía la cara grave:
– Se confirma la catástrofe -me dijo, moviendo la cabeza con pesadumbre; parecía que hubiéramos estado hablando hacía un momento del asunto-. ¿Quieres decirme qué vamos a hacer ahora? Tienen que internarlo.
Bajó del ascensor en el segundo piso, y yo, que, para mantener la confusión, había puesto cara de velorio y murmurado, como perfectamente al tanto de lo que me hablaba, "ah caramba, qué lástima", me sentí feliz de que hubiera ocurrido algo tan grave que hiciera pasar inadvertida mí ausencia. En el altillo, Pascual y el Gran Pablito escuchaban con aire fúnebre a Nelly, la secretaria de Genaro-hijo. Apenas me saludaron, nadie bromeó sobre mi matrimonio. Me miraron desolados:
– A Pedro Camacho se lo han llevado al manicomio -balbuceó el Gran Pablito, con la voz traspasada-. Qué cosa tan triste, don Mario.
Luego, entre los tres, pero sobre todo Nelly, que había seguido los acontecimientos desde la Gerencia, me contaron los pormenores. Todo comenzó los mismos días en que yo andaba absorbido en mis trajines pre-matrimoniales. El principio del fin fueron las catástrofes, esos incendios, terremotos, choques, naufragios, descarrilamientos, que devastaban los radioteatros, acabando en pocos minutos con decenas de personajes.
Esta vez, los propios actores y técnicos de Radio Central, asustados, habían dejado de servir de muro protector al escriba, o habían sido incapaces de impedir que el desconcierto y las protestas de los oyentes llegaran a los Genaros. Pero éstos ya estaban alertados por los diarios, cuyos cronistas radiales se burlaban, hacía días, de los cataclismos de Pedro Camacho. Los Genaros lo habían llamado, interrogado, extremando las precauciones para no herirlo ni exasperarlo. Pero él se les derrumbó en plena reunión, con una crisis nerviosa: las catástrofes eran estratagemas para recomenzar las historias desde cero, pues su memoria le fallaba, no sabía ya qué había ocurrido antes, ni qué personaje era quien, ni a cuál historia pertenecía, y -“llorando a gritos, jalándose los pelos", aseguraba Nelly- les había confesado que, en las últimas semanas, su trabajo, su vida, sus noches, eran un suplicio. Los Genaros lo habían hecho ver por un gran médico de Lima, el doctor Horforio Delgado, y éste dictaminó en el acto que el escriba no estaba en condiciones de trabajar; su mente "exhausta" debía pasar un tiempo en reposo.
Estábamos pendientes del relato de Nelly cuando sonó el teléfono. Era Genaro-hijo, quería verme con urgencia. Bajé a su oficina, convencido de que ahora sí vendría cuando menos una amonestación. Pero me recibió como en el ascensor, dando por supuesto que yo estaba al corriente de sus problemas. Acababa de hablar por teléfono con La Habana, y maldecía porque la CMQ, aprovechándose de su situación, de la urgencia, le había cuadruplicado las tarifas.
– Es una tragedia, una mala suerte única, eran los programas de mayor sintonía, los anunciadores se los peleaban -decía, revolviendo papeles-. ¡Qué desastre volver a depender de los tiburones de la CMQ!
Le pregunté cómo estaba Pedro Camacho, si lo había visto, en cuánto tiempo podría volver a trabajar.
– No hay ninguna esperanza -gruñó, con una especie de furia, pero acabó por adoptar un tono compasivo-. El doctor Delgado dice que su psiquis está en proceso de delicuescencia. Delicuescencia. ¿Tú entiendes eso? Que el alma se le cae a pedazos, supongo, que se le pudre la cabeza o algo así ¿no? Cuando mi padre le preguntó si el restablecimiento podía tomar unos meses, nos respondió: "Tal vez años". ¡Imagínate!
Bajó la cabeza, abrumado, y con seguridad de adivino me predijo lo que ocurriría: al saber que los libretos iban a ser, en adelante, los de la CMQ los anunciadores cancelarían los contratos o pedirían rebajas del cincuenta por ciento. Para mal de males, los nuevos radioteatros no llegarían antes de tres semanas o un mes, porque Cuba ahora era un burdel, había terrorismo, guerrillas, la CMQ andaba alborotada, con gente presa, mil líos. Pero era impensable que los oyentes se quedaran un mes sin radioteatros, Radio Central perdería su público, se lo arrebatarían Radio La Crónica o Radio Colonial que habían comenzado a darle duro con los radioteatros argentinos, esas huachaferías.
– A propósito, para eso te he hecho venir -añadió, mirándome como si en ese momento me descubriera allí-. Tienes que echarnos una mano. Tú eres medio intelectual, para ti será un trabajo fácil.
Se trataba de meterse al depósito de Radio Central, donde se conservaban los viejos libretos, anteriores a la venida de Pedro Camacho. Había que revisarlos, descubrir cuáles podían ser utilizados de inmediato, hasta que llegaran los radioteatros frescos de la CMQ.
– Por supuesto, te pagaremos extra -me precisó-. Aquí no explotamos a nadie.
Sentí una enorme gratitud por Genaro-hijo y una gran piedad por sus problemas. Aunque me diera cien soles, en esos instantes me caían de maravilla. Cuando estaba saliendo de su oficina, su voz me atajó en la puerta:
– Oye, de veras, ya sé que te has casado. -Me volví y me estaba haciendo un ademán afectuoso-. ¿Quién es la víctima? ¿Una mujer, supongo, no? Bueno, felicitaciones. Ya nos tomaremos una copa para celebrarlo.
Desde mi oficina llamé a la tía Julia. Me dijo que la tía Olga se había aplacado algo, pero que a cada rato se asombraba de nuevo y le decía: "Qué loca eres". No la apenó mucho que el departamentito no estuviera aún disponible (“Total, hemos dormido tanto tiempo separados que podemos hacerlo dos semanas más, Varguitas") y me dijo que, después de darse un buen baño y cambiarse de ropa, se sentía muy optimista. Le advertí que no iría a almorzar porque tenía que meterle cuernos con una montaña de radioteatros y que nos veríamos a la noche. Hice El Panamericano y dos boletines y fui a zambullirme en el depósito de Radio Central. Era una cueva sin luz, sembrada de telarañas, y al entrar oí carreritas de ratones en la oscuridad. Había papeles por todas partes: amontonados, sueltos, desparramados, amarrados en paquetes. Inmediatamente comencé a estornudar por el polvo y la humedad. No había posibilidades de trabajar allí, así que me puse a acarrear altos de papel al cubículo de Pedro Camacho y me instalé en el que había sido su escritorio. No quedaba rastro de él: ni el diccionario de citas, ni el mapa de Lima, ni sus fichas sociológico-psicológico-raciales. El desorden y la suciedad de los viejos radioteatros de la CMQ eran supremos: la humedad había deshecho las letras, los ratones y cucarachas habían mordisqueado y defecado las páginas, y los libretos se habían mezclado unos con otros como las historias de Pedro Camacho. No había mucho que seleccionar; a lo más, tratar de descubrir algunos textos legibles.
Llevaba unas tres horas de estornudos alérgicos, buceando entre almibaradas truculencias para armar algunos rompecabezas radioteatrales, cuando se abrió la puerta del cubículo y apareció Javier.
– Es increíble que en estos momentos, con los problemas que tienes, sigas con tu manía de Pedro Camacho -me dijo, furioso-. Vengo de donde tus abuelos. Por lo menos, entérate de lo que te pasa y tiembla.
Me lanzó sobre el escritorio, arrebosado de suspirantes libretos, dos sobres. Uno, era la carta que le había dejado mi padre la noche anterior. Decía así:
"Mario: Doy cuarenta y ocho horas de plazo para que esa mujer abandone el país. Si no lo hace, me encargaré yo, moviendo las influencias que haga falta, de hacerle pagar caro su audacia, En cuanto a ti, quiero que sepas que ando armado y que no permitiré que te burles de mí. Si no obedeces al pie de la letra y ésa mujer no sale del país en el plazo indicado, te mataré de cinco balazos como a un perro, en plena calle".
Había firmado con sus dos apellidos y rúbrica y añadido una posdata: "Puedes ir a pedir protección policial, si quieres. Y para que quede bien claro, aquí firmo otra vez mi decisión de matarte donde te encuentre como a un perro". Y, en efecto, había firmado por segunda vez, con trazo más enérgico que la primera. El otro sobre se lo había entregado mi abuelita a Javier hacía media hora, para que me lo trajera. Lo había llevado un guardia; era una citación de la Comisaría de Miraflores. Debía presentarme allí, al día siguiente, a las nueve de la mañana.
– Lo peor no es la carta, sino que, tal como lo vi anoche, puede muy bien cumplir la amenaza -me consoló Javier, sentándose en el alféizar de la ventana-. ¿Qué hacemos, compañerito?
– Por lo pronto, consultar a un abogado -fue lo único que se me ocurrió-. Sobre mi matrimonio y lo otro. ¿Conoces a alguno que nos pueda atender gratis, o darnos crédito?
Fuimos donde un abogado joven, pariente suyo, con quien algunas veces habíamos corrido olas en la playa de Miraflores. Fue muy amable, tomó con humor la historia de Chincha y me hizo algunas bromas; como había calculado Javier, no quiso cobrarme. Me explicó que el matrimonio no era nulo sino anulable, por la corrección de fechas en mi partida. Pero eso requería una acción judicial. Si ésta no se entablaba, a los dos años el matrimonio quedaría automáticamente 'compuesto' y ya no se podía anular. En cuanto a la tía Julia, sí era posible denunciarla como 'corruptora de menores', sentar un parte en la policía y hacerla detener, por lo menos provisionalmente. Luego, habría un juicio, pero él estaba seguro que, vistas las circunstancias -es decir, dado que yo tenía dieciocho y no doce años- era imposible que prosperara la acusación: cualquier tribunal la absolvería.
– De todos modos, si quiere, tu papá puede hacerle pasar muy mal rato a la Julita -concluyó Javier, mientras regresábamos a la Radio, por el jirón de la Unión-. ¿Es verdad que tiene influencia con el gobierno?
No lo sabía; tal vez era amigo de un general, compadre de algún ministro. Bruscamente, decidí que no iba a esperar hasta el día siguiente para saber qué quería la Comisaría. Pedí a Javier que me ayudara a rescatar algunos radioteatros del magma de papeles de Radio Central, para salir de dudas hoy mismo. Aceptó, y me ofreció, también, que si me metían preso me iría a visitar y me llevaría siempre cigarrillos.
A las seis de la tarde entregué a Genaro-hijo dos radioteatros más o menos armados y le prometí que al día siguiente tendría otros tres; di una ojeada veloz a los boletines de las siete y de las ocho, prometí a Pascual que volvería para El Panamericano, y media hora después estábamos con Javier en la Comisaría del Malecón 28 de Julio, en Miraflores. Esperamos un buen rato y, por fin, nos recibieron el comisario -un mayor en uniforme- y el jefe de la PIP. Mi padre había venido esa mañana a pedir que me tomaran una declaración oficial sobre lo ocurrido. Tenían una lista de preguntas escritas a mano, pero mis respuestas las fue transcribiendo a máquina el policía de civil, lo que tomó mucho tiempo, pues era pésimo mecanógrafo. Admití que me había casado (y subrayé enfáticamente que lo había hecho 'por mi propio deseo y voluntad') pero me negué a decir en qué localidad y ante qué Alcaldía. Tampoco contesté quiénes habían sido los testigos. Las preguntas eran de tal naturaleza que parecían concebidas por un tinterillo con malas intenciones: mi fecha de nacimiento y a continuación (como si no estuviera implícito en lo anterior) si era menor de edad o no, dónde vivía y con quién, Y, por supuesto, la edad de la tía Julia (a la que se llamaba "doña" Julia), pregunta que también me negué a responder diciendo que era de mal gusto revelar la edad de las señoras. Esto provocó una curiosidad infantil en la pareja de policías, quienes, luego de haber firmado yo la declaración, adoptando aires paternales, me preguntaron, "sólo por pura curiosidad", cuántos años mayor que yo era la "dama”. Cuando salimos de la Comisaría me sentí de pronto muy deprimido, con la incomoda sensación de ser un asesino o un ladrón.
Javier pensaba que había metido la pata; negarme a revelar el sitio del matrimonio era una provocación que irritaría más a mi padre, y totalmente inútil, pues lo averiguaría en pocos días. Se me hacía cuesta arriba volver a la Radio esa noche, con el estado de ánimo en que estaba, así que me fui donde el tío Lucho. Me abrió la tía Olga; me recibió con cara seria y mirada homicida, pero no me dijo ni palabra, e, incluso, me alcanzó la mejilla para que la besara. Entró conmigo a la sala, donde estaban la tía Julia y el tío Lucho. Bastaba verlos para saber que todo iba color de hormiga. Les pregunté qué sucedía:
– Las cosas se han puesto feas -me dijo la tía Julia, trenzando sus dedos con los míos, y yo vi el malestar que esto provocaba en la tía Olga-. Mi suegro quiere hacerme botar del país como indeseable.
El tío Jorge, el tío Juan y el tío Pedro habían tenido una entrevista esa tarde con mi padre y habían vuelto asustados del estado en que lo vieron. Un furor frío, una mirada fija, una manera de hablar que transparentaba una determinación inconmovible. Era categórico: la tía Julia debía partir del Perú antes de cuarenta y ocho horas o atenerse a las consecuencias. En efecto, era muy amigo -compañero de colegio, tal vez- del ministro de Trabajo de la dictadura, un general llamado Villacorta, ya había hablado con él, y, si no salía por propia voluntad, la tía Julia saldría escoltada por soldados hasta el avión. En cuanto a mí, si no le obedecía, lo pagaría caro. Y, lo mismo que a Javier, también a mis tíos les había mostrado el revólver. Completé el cuadro, enseñándoles la carta y contándoles el interrogatorio policial. La carta de mi padre tuvo la virtud de ganarlos del todo para nuestra causa. El tío Lucho sirvió unos whiskies y cuando estábamos bebiendo la tía Olga se puso de repente a llorar y a decir que cómo era posible, su hermana tratada como una criminal, amenazada con la policía, que ellas pertenecían a una de las mejores familias de Bolivia.
– No hay más remedio que me vaya, Varguitas -dijo la tía Julia. Vi que cambiaba una mirada con mis tíos y comprendí que ya habían hablado de eso-. No me mires así, no es una conspiración, no es para siempre. Sólo hasta que se le pase la rabieta a tu padre. Para evitar más escándalos.
Lo habían conversado y discutido entre los tres y tenían a punto un plan. Habían descartado Bolivia y sugerían que la tía Julia fuera a Chile, a Valparaíso, donde vivía su abuelita. Estaría allí sólo el tiempo indispensable para que se serenaran los ánimos. Volvería en el instante mismo en que yo la llamara. Me opuse con furia, dije que la tía Julia era mi mujer, me había casado con ella para que estuviéramos juntos, en todo caso nos iríamos los dos. Me recordaron que era menor de edad: no podía pedir pasaporte ni salir del país sin permiso paterno. Dije que cruzaría la frontera a escondidas. Me preguntaron cuánta plata tenía para irme a vivir al extranjero. (Me quedaba a duras penas para comprar cigarrillos unos días: el matrimonio y el pago del departamentito habían volatilizado el adelanto de Radio Panamericana, la venta de mi ropa y los empeños en la Caja de Pignoración.)
– Ya estamos casados y eso no nos lo van a quitar -decía la tía Julia, despeinándome, besándome, con los ojos llenos de lágrimas-. Es sólo unas semanas, a lo más unos meses. No quiero que te peguen un tiro por mi culpa.
Durante la comida, la tía Olga y el tío Lucho fueron exponiendo sus argumentos para convencerme. Tenía que ser razonable, ya había salido con mi gusto, me había casado, ahora debía hacer una concesión provisional, para evitar algo irreparable. Debía comprenderlos; ellos, como hermana y cuñado de la tía Julia estaban en postura muy delicada ante mi padre y el resto de la familia: no podían estar contra ni a favor de ella. Nos ayudarían, lo estaban haciendo en esos momentos, y me tocaba hacer algo de mi parte. Mientras la tía Julia estuviera en Valparaíso yo tendría que buscar algún otro trabajo, porque, si no, con qué diablos íbamos a vivir, quién nos iba a mantener. Mi padre acabaría por calmarse, por aceptar los hechos.
A eso de la medianoche -mis tíos se habían ido discretamente a dormir y la tía Julia y yo estábamos haciendo el amor horriblemente, a medio vestir, con gran zozobra, los oídos alertas a cualquier ruido- acabé por rendirme. No había otra solución. A la mañana siguiente trataríamos de cambiar el pasaje a La Paz por uno a Chile. Media hora después, mientras caminaba por las calles de Miraflores, hacia mi cuartito de soltero, en casa de los abuelos, sentía amargura e impotencia, y me maldecía por no tener ni siquiera con qué comprarme yo también un revólver.
La tía Julia viajó a Chile dos días después, en un avión que partió al alba. La compañía de aviación no puso reparos en cambiar el pasaje, pero había una diferencia de precio, que cubrimos gracias a un préstamo de mil quinientos soles que nos hizo nadie menos que Pascual. (Me dejó asombrado al contarme que tenía cinco mil soles en una libreta de ahorros, lo que, con el sueldo que ganaba, era realmente una hazaña.) Para que la tía Julia pudiera llevarse algo de dinero vendí, al librero de la calle La Paz, todos los libros que aún conservaba, incluidos los códigos y manuales de Derecho, con lo que compré cincuenta dólares.
La tía Olga y el tío Lucho fueron al aeropuerto con nosotros. La noche anterior yo me quedé en su casa. No dormimos, no hicimos el amor. Después de la comida, mis tíos se retiraron y yo, sentado en la punta de la cama, vi a la tía Julia hacer cuidadosamente su maleta. Luego, fuimos a sentarnos a la sala, que estaba a oscuras. Estuvimos allí tres o cuatro horas, con las manos entrelazadas, muy juntos en el sillón, hablando en voz baja para no despertar a los parientes. A ratos nos abrazábamos, juntábamos nuestras caras y nos besábamos, pero la mayor parte del tiempo la pasamos fumando y conversando. Hablamos de lo que haríamos cuando volviéramos a reunirnos, cómo ella me ayudaría en mi trabajo y cómo, de una manera u otra, tarde o temprano, llegaríamos un día a París a vivir en esa buhardilla donde yo me volvería, por fin, un escritor. Le conté la historia de su compatriota Pedro Camacho, que estaba ahora en una clínica, rodeado de locos, volviéndose loco él mismo sin duda, y planeamos escribirnos todos los días, largas cartas donde nos contaríamos prolijamente todo lo que hiciéramos, pensáramos y sintiéramos. Le prometí que cuando volviera yo habría arreglado las cosas y que estaría ganando lo suficiente para no morirnos de hambre. Cuando sonó el despertador, a las cinco, era todavía noche cerrada, y al llegar al aeropuerto de Limatambo, una hora después, apenas comenzaba a clarear. La tía Julia se había puesto el traje azul que a mí me gustaba y se la veía guapa. Estuvo muy serena cuando nos despedimos, pero sentí que temblaba en mis brazos, y en cambio, a mí, cuando la vi subir al avión, desde la terraza, en la principiante mañana, se me hizo un nudo en la garganta y se me saltaron las lágrimas.
Su exilio chileno duró un mes y catorce días. Fueron, para mí, seis semanas decisivas, en las que (gracias a gestiones con amigos, conocidos, condiscípulos, profesores, a los que busqué, rogué, fastidié, enloquecí para que me echaran una mano) conseguí acumular siete trabajos, incluido, por supuesto, el que ya tenía en Panamericana. El primero fue un empleo en la Biblioteca del Club Nacional, que estaba al lado de la Radio; mi obligación era ir dos horas diarias, entre los boletines de la mañana, a registrar los nuevos libros y revistas y hacer un catálogo de las viejas existencias. Un profesor de historia, de San Marcos, en cuyo curso había tenido notas sobresalientes, me contrató como ayudante suyo, en las tardes, de tres a cinco, en su casa de Miraflores, donde fichaba diversos temas en los cronistas, para un proyecto de una Historia del Perú en el que a él le correspondían los volúmenes de Conquista y Emancipación. El más pintoresco de los nuevos trabajos era un contrato con la Beneficencia Pública de Lima. En el Cementerio Presbítero Maestro existían una serie de cuarteles, de la época colonial, cuyos registros se habían extraviado. Mi misión consistía en desentrañar lo que decían las lápidas de esas tumbas y hacer listas con los nombres y fechas Era algo que podía llevar a cabo a la hora que quisiera y por el que me pagaban a destajo: un sol por muerto. Lo hacía en las tardes, entre el boletín de las seis y El Panamericano, y Javier, que a esas horas estaba libre, solía acompañarme. Como era invierno y oscurecía temprano, el director del Cementerio, un gordo que decía haber asistido en persona, en el Congreso, a la toma de posesión de ocho presidentes del Perú, nos prestaba unas linternas y una escalerita para poder leer los nichos altos. A veces, jugando a que oíamos voces, quejidos, cadenas, y a que veíamos formas blancuzcas entre las tumbas, conseguíamos asustarnos de verdad. Además de ir dos o tres veces por semana al Cementerio, dedicaba a este quehacer todas las mañanas del domingo. Los otros trabajos eran más o menos (más menos que más) literarios. Para el Suplemento Dominical de "El Comercio" hacía cada semana una entrevista a un poeta, novelista o ensayista, en una columna titulada "El hombre y su obra". En la revista "Cultura Peruana" escribía un artículo mensual, para una sección que inventé: "Hombres, libros e ideas", y, finalmente, otro profesor amigo me encomendó redactar para los postulantes a la Universidad Católica (pese a ser yo alumno de la rival, San Marcos) un texto de Educación Cívica; cada lunes tenía que entregarle desarrollado alguno de los asuntos del programa de ingreso (que eran muy diversos, un abanico que cubría desde los símbolos de la Patria hasta la polémica entre indigenistas e hispanistas, pasando por las flores y animales aborígenes).
Con estos trabajos (que me hacían sentir, un poco, émulo de Pedro Camacho) logré triplicar mis ingresos y redondear lo suficiente para que dos personas pudieran vivir. En todos ellos pedí adelantos y así desempeñé mi máquina de escribir, indispensable para las tareas periodísticas (aunque muchos artículos los hacía en Panamericana), y de este modo, también, la prima Nancy compró algunas cosas para acicalar el departamentito alquilado que la dueña me entregó, en efecto, a los quince días. Fue una felicidad la mañana en que tomé posesión de esos dos cuartitos, con su baño diminuto. Seguí durmiendo en casa de los abuelos, porque decidí estrenarlo el día que llegara la tía Julia, pero iba allí casi todas las noches, a redactar artículos y a confeccionar listas de muertos. Aunque no paraba de hacer cosas, de entrar y salir de un sitio a otro, no me sentía cansado ni deprimido, sino, por el contrario, muy entusiasta, y creo que incluso seguía leyendo como antes (aunque sólo en los innumerables ómnibus y colectivos que tomaba diariamente).
Fiel a lo prometido, las cartas de la tía Julia llegaban a diario y la abuelita me las entregaba con una luz traviesa en los ojos, murmurando: "¿de quién será esta cartita, de quién será?". Yo también le escribía seguido, era lo último que hacía cada noche, a veces marcado de sueño, dándole cuenta de los trajines de la jornada. En los días que siguieron a su partida fui encontrándome, donde los abuelos, donde los tíos Lucho y Olga, en la calle, a mis numerosos parientes y descubriendo sus reacciones. Eran diversas y algunas inesperadas. El tío Pedro tuvo la más severa: me dejó con el saludo colgado y me volvió la espalda después de mirarme glacialmente.
La tía Jesús derramó unos lagrimones y me abrazó, susurrando con voz dramática: "¡Pobre criatura!". Otras tías y tíos optaron por actuar como si nada hubiera ocurrido; eran cariñosos conmigo, pero no mencionaban a la tía Julia ni se daban por enterados del matrimonio. A mi padre no lo había visto, pero sabía que, una vez satisfecha su exigencia de que la tía Julia saliera del país, se había aplacado algo. Mis padres estaban alojados donde unos tíos paternos, a los que yo no visitaba nunca, pero mi madre venía todos los días a casa de los abuelos y allí nos veíamos. Adoptaba conmigo una actitud ambivalente, afectuosa, maternal, pero cada vez que asomaba, directa o indirectamente, el tema tabú, palidecía, se le salían las lágrimas y aseguraba: "No lo aceptaré jamás". Cuando le propuse que viniera a conocer el departamentito se ofendió como si la hubiera insultado, y siempre se refería al hecho de que yo hubiera vendido mi ropa y mis libros como a una tragedia griega. Yo la hacía callar, diciéndole: "Mamacita, no empieces otra vez con tus radioteatros". Ni ella mencionaba a mi padre, ni yo preguntaba por él, pero, por otros parientes que lo veían llegué a saber que su cólera había cedido el paso a una desesperanza respecto a mi destino, y que solía decir: "Tendrá que obedecerme hasta que cumpla veintiún años; luego puede perderse".
Pese a mis múltiples quehaceres, en esas semanas escribí un nuevo cuento. Se llamaba "La Beata y el Padre Nicolás". Estaba situado en Grocio Prado, por supuesto, y era anticlerical: la historia de un curita vivaraz, que, advirtiendo la devoción popular por Melchorita, decidía industrializarla en su provecho, y, con la frialdad y ambición de un buen empresario, planeaba un negocio múltiple, que consistía en fabricar y vender estampitas, escapularios, detentes y toda clase de reliquias de la Beatita, cobrar entradas a los sitios donde vivió, y organizar colectas y rifas para construirle una capilla y costear comisiones que fueran a activar su canonización a Roma. Escribí dos epílogos distintos, como una noticia de periódico: en uno, los habitantes de Grocio Prado descubrían los negocios del Padre Nicolás y lo linchaban y en el otro el curita llegaba a ser arzobispo de Lima. (Decidí que elegiría uno u otro final después de leerle el cuento a la tía Julia.) Lo escribí en la Biblioteca del Club Nacional, donde mi trabajo de catalogador de novedades era algo simbólico.
Los radioteatros que rescaté del almacén de Radio Central (labor que me significó doscientos soles extras) fueron comprimidos para un mes de audiciones, el tiempo que tardaron en llegar los libretos de la CMQ. Pero ni aquéllos ni éstos, como había previsto el empresario progresista, pudieron conservar la audiencia gigantesca conquistada por Pedro Camacho. La sintonía decayó y las tarifas publicitarias tuvieron que ser rebajadas para no perder anunciantes. Pero el asunto no resultó demasiado terrible para los Genaros, quienes, siempre inventivos y dinámicos, encontraron una nueva mina de oro con un programa llamado Responda Por Sesenta y Cuatro Mil Soles. Se propalaba desde el cine Le Paris, y en él, candidatos eruditos en materias diversas (automóviles, Sófocles, fútbol, los Incas) respondían preguntas por cantidades que podían llegar hasta esa suma. A través de Genaro-hijo, con quien (ahora muy de vez en cuando) tomaba cafecitos en el Bransa de La Colmena, seguía los pasos de Pedro Camacho. Estuvo cerca de un mes en la clínica privada del Dr. Delgado, pero como resultaba muy cara, los Genaros consiguieron hacerlo transferir al Larco Herrera, el manicomio de la Beneficencia Pública, donde, al parecer, lo tenían muy bien considerado. Un domingo, después de catalogar tumbas en el Cementerio Presbítero Maestro, fui en ómnibus hasta la puerta del Larco Herrera con la intención de visitarlo. Le llevaba de regalo unas bolsitas de yerbaluisa y de menta para preparar infusiones. Pero en el mismo momento que, entre otras visitas, iba a cruzar el portón carcelario, decidí no hacerlo. La idea de volver a ver al escriba, en este lugar amurallado y promiscuo -en el primer año de Universidad habíamos hecho allí unas prácticas de psicología-, convertido en uno más de esa muchedumbre de locos, me produjo preventivamente gran angustia. Di media vuelta y regresé a Miraflores.
Ese lunes dije a mi mamá que quería entrevistarme con mi padre. Me aconsejó que fuera prudente, no decir nada que lo violentara, no exponerme a que me hiciera daño, y me dio el teléfono de la casa donde estaba alojado. Mi padre me hizo saber que me recibiría a la mañana siguiente, a las once, en la que había sido su oficina antes de viajar a Estados Unidos. Estaba en el jirón Carabaya, al fondo de un pasillo de losetas a ambos lados del cual había departamentos y oficinas. En la Compañía Import/Export -reconocí algunos empleados que habían trabajado ya con él- me hicieron pasar a la Gerencia. Mi padre estaba solo, sentado en su antiguo escritorio. Vestía un terno crema, una corbata verde con motas blancas; lo noté más delgado que hacía un año y algo pálido.
– Buenos días, papá -dije, desde la puerta, haciendo un gran esfuerzo para que mi voz sonara firme.
– Dime lo que tienes que decir -dijo él, de manera más neutra que colérica, señalando un asiento.
Me senté en el borde y tomé aire, como un atleta que se dispone a iniciar una prueba.
– He venido a contarte lo que estoy haciendo, lo que voy a hacer -tartamudeé.
Él permaneció callado, esperando que continuara. Entonces, hablando muy despacio para parecer sereno, espiando sus reacciones, le detallé cuidadosamente los trabajos que había conseguido, lo que ganaba en cada uno, cómo había distribuido mi tiempo para cumplir con todos y, además, hacer los deberes y dar los exámenes de la Universidad. No mentí, pero presenté todo bajo la luz más favorable: tenía mi vida organizada de manera inteligente y seria y estaba ansioso por terminar mi carrera. Cuando me callé, mi padre permaneció también mudo, en espera de la conclusión. Así que, tragando saliva, tuve que decírsela:
– Ya ves que puedo ganarme la vida, mantenerme y seguir los estudios-. Y luego, sintiendo que la voz se me adelgazaba tanto que apenas se oía:- Te he venido a pedir permiso para llamar a Julia. Nos hemos casado y no puede seguir viviendo sola.
Pestañeó, palideció todavía más y, por un instante, pensé que iba a tener uno de esos ataques de rabia que habían sido la pesadilla de mi infancia. Pero se limitó a decirme, secamente:
– Como sabes, ese matrimonio no vale. Tú, menor de edad, no puedes casarte sin autorización. De modo que si te has casado, sólo has podido hacerlo falsificando la autorización o tus partidas. En ambos casos, el matrimonio se puede anular fácilmente.
Me explicó que la falsificación de un documento público era algo grave, penado por la ley. Si alguien tenía que pagar los platos rotos por eso, no sería yo, el menor, a quien los jueces supondrían el inducido, sino la mayor de edad, a quien lógicamente se consideraría la inductora. Después de esa exposición legal, que profirió en tono helado, habló largamente, dejando transparentar, poco a poco, algo de emoción. Yo creía que él me odiaba, cuando la verdad era que siempre había querido mi bien, si se había mostrado alguna vez severo había sido a fin de corregir mis defectos y prepararme para el futuro. Mi rebeldía y mi espíritu de contradicción serían mi ruina. Ese matrimonio había sido ponerme una soga en el cuello. Él se había opuesto pensando en mi bien y no, como creía yo, por hacerme daño, porque ¿qué padre no quería a su hijo? Por lo demás, comprendía que me hubiera enamorado, eso no estaba mal, después de todo era un acto de hombría, más terrible hubiera sido, por ejemplo, que me hubiera dado por ser maricón. Pero casarme a los dieciocho años, siendo un mocoso, un estudiante, con una mujer hecha y derecha y divorciada era una insensatez incalculable, algo cuyas verdaderas consecuencias sólo comprendería más tarde, cuando, por culpa de ese matrimonio, fuera un amargado, un pobre diablo en la vida. Él no deseaba para mí nada de eso, sólo lo mejor y lo más grande. En fin, que tratase por lo menos de no abandonar los estudios, pues lo lamentaría siempre. Se puso de pie y yo también me puse de pie. Siguió un silencio incómodo, puntuado por el tableteo de las máquinas de escribir del otro cuarto. Balbuceé que le prometía terminar la Universidad y él asintió. Para despedirnos, después de un segundo de vacilación, nos abrazamos.
De su oficina, fui al Correo Central y envié un telegrama: "Amnistiada. Mandaré pasaje brevedad posible. Besos". Me pasé esa tarde, donde el historiador, en la azotea de Panamericana, en el Cementerio, devorándome los sesos para imaginar cómo reunir el dinero. Esa noche hice una lista de personas a las que pediría prestado y cuánto a cada una. Pero al día siguiente trajeron donde los abuelitos un telegrama de respuesta: "Llego mañana vuelo LAN. Besos". Después supe que había comprado el pasaje vendiendo sus anillos, aretes, prendedores, pulseras y casi toda su ropa. De modo que cuando la recibí en el aeropuerto de Limatambo, la tarde del jueves, era una mujer pobrísima.
La llevé directamente al departamentito, que había sido encerado y trapeado por la prima Nancy en persona y embellecido con una rosa roja que decía: "Bienvenida". La tía Julia revisó todo, como si fuera un juguete nuevo. Se divirtió viendo las fichas del Cementerio, que tenía bien ordenadas, mis notas para los artículos de "Cultura Peruana", la lista de escritores por entrevistar para "El Comercio", y el horario de trabajo y la tabla de gastos que había hecho y donde teóricamente se demostraba que podíamos vivir. Le dije que, después de hacerle el amor, le leería un cuento que se llamaba "La Beata y el Padre Nicolás" para que me ayudara a elegir el final.
– Vaya, Varguitas -se reía ella, mientras se desvestía a la carrera-. Te estás haciendo un hombrecito. Ahora, para que todo sea perfecto y se te quite esa cara de bebe, prométeme que te dejarás crecer el bigote.