38769.fb2 La Venganza - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 12

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X

Fue el verano de nuestras vidas.

Así lo recuerdo ahora, veinte años después, cuando me pregunto si, siendo tan juvenil, tan adolescente como fue, puede merecer el calificativo de último año mío de pasión. Suena a ridículo, ¿no?, que el primer año de pasión, a los dieciséis años (bueno, casi diecisiete), sea también el último. ¿Qué sabría yo entonces de pasión? Pero es que nunca más a partir de entonces me habría de bajar por las venas una ponzoña tan fuerte, culpable, violenta como aquélla. La delicia estaba en la culpa. Su negrura tenebrosa me tenía agarrado por la entraña: disfrutaba disolviéndome en la tierra. A lo largo de todas aquellas semanas que ahora daría mi mano izquierda por recuperar (pero no por la pasión sino por la taquicardia de la adolescencia, por la intensidad con que se vivía cada cosa, por la juventud, vamos), mi universo se circunscribió al cuerpo de Marga. Marga era un veneno, una droga. Su piel, sus pechos, sus ojos, su vientre me retuvieron completamente cautivo e infeliz.

Cuando me separaba de ella por las noches me sentía manchado, envilecido y, lo peor para un muchacho adolescente en aquella época tan puritana, traidor a mi religión y a mi limpieza (pureza, la llamábamos entonces). De buen grado le hubiera confesado todo a mi madre. Para entonces, sin embargo, ese todo era tan enorme que ni la tentación de aliviar mi conciencia me compensaba del terror que me inspiraba la confidencia. Los sentimientos me sobrepasaban. No los entendía. Con frecuencia se habla del torbellino de la vida que le asalta a uno como si se tratara de una condición objetiva del entorno; de pronto la vida se acelera y nos atrapa en una especie de locura. No es así, claro. Ese torbellino no es una repentina aceleración de los tiempos vitales; es el sobresalto al que se somete uno mismo porque, por culpa de los sentidos tan traicioneros, de la psique tan confundida, es incapaz de comprender nada de lo que ocurre a su alrededor.

Pasaba las noches en vela o casi, hasta que me vencía el sueño en la madrugada, contando las horas que faltaban para poder ver a Marga de nuevo, el tiempo interminable hasta que pudiera estrecharle la cintura o mirarla o ver su sonrisa cómplice o notar su brazo contra el mío cuando, codo con codo, habláramos con el resto de la pandilla para preparar las aventuras del día. Olía su piel a manzanas y miel, y me moría de impaciencia.

Creo que también fue un verano de continua impaciencia malhumorada.

Los domingos, en misa de once, Marga seguía yendo a comulgar, recta como un huso, cubierta la cabeza con un velo negro, completamente segura de sí. Tan recalcitrante… Se sabía la mujer amada. Siempre se arrodillaba delante de mí, en el comulgatorio de la derecha, sabiendo que yo no le perdía ojo. Luego, después de comulgar, se levantaba, giraba en redondo, nos miraba con calma, como si no nos reconociera, y regresaba hacia su banco por el pasillo central.

Yo, por el contrario, preso de tantos escrúpulos y de infinitas tinieblas, ni comulgaba ni me confesaba. El instinto o, mejor dicho, el pudor me sugería, además, que debía protegerme de don Pedro y de su complicidad con mi madre, por mucha obligación de respetar el secreto de confesión que él tuviera. Mi madre me miraba extrañada pero sólo una vez me dijo al salir de misa «oye, Borja, hace días que no te veo comulgar, ¿te pasa algo?». Me encogí de hombros. «Qué va -contesté-, nada.»

Y es que en aquellos meses sucios y deliciosos (y en los años de tortura que los siguieron) nunca establecí el vínculo entre el amor culpable y el amor total. La naturaleza me lo reclamaba, pero yo no me enteraba porque mi educación había colocado una barrera insalvable entre una cosa y otra. Peor aún, mucho más tarde, en la madurez relativa del final de mis años más jóvenes, en lugar de rendirme a la evidencia, mis genes o el férreo control de mi madre o lo que fuere que me tenía puesto cerco al sentimiento hicieron que acabara apartándome de aquella pasión para despreciarla y arrinconarla.

Oh, no. No comprendía nada, sólo el peso de la culpa, y me enfurecía ver la naturalidad con que Marga lo asumía todo.

Me había vuelto taciturno, eso sí, tan ensimismado que andaba por casa como una sombra, sin querer comunicarme con nadie. Un día, Javier me preguntó «¿qué te pasa?» y le contesté desabridamente que me dejara en paz y que no se metiera en mis cosas. Otras veces era Sonia la que me decía «jo, Borja, estás más raro que yo qué sé», siempre la misma cantinela asustada. También oí en una ocasión que mi madre le decía a mi padre (semanas más tarde, después que él llegara a Deià) «es que, de veras, está muy extraño; no es el chico alegre de siempre; algo le pasa… creo que le diré a don Pedro»… «No le digas nada, mujer -interrumpió mi padre con sequedad-, que el chico está creciendo, madurando, y bastante tiene con pensar en lo que le espera en la vida. Tú déjale que lea y medite.»

Aunque con menos intensidad por ser menor el agobio de personalidades, lo mismo me pasaba con la pandilla. Durante todo aquel verano inolvidable me costó gran trabajo inmiscuirme en la preparación de los juegos, aventuras y excursiones. Por eso, ocupando de forma natural el espacio que yo fui dejando, Marga tomó el mando y se puso a controlar las vidas de todos nosotros. Era muy enérgica en sus disposiciones. Sólo de vez en cuando, cuando nadie nos veía, me lanzaba una mirada cómplice y una sonrisa escondida. Luego fruncía el entrecejo y exclamaba «venga, que sois unos gandules todos», y dictaba las normas del día riendo.

Sonia, que era dos años menor, la miraba con adoración absoluta. Una vez la sorprendí que le decía «jo, Marga, me gustaría ser tu mejor amiga, ¿puedo?».

Las interrumpí exclamando:

– ¡Pero qué tonterías dices, Sonia! Marga es mucho mayor que tú. ¿Cómo va a ser tu mejor amiga?

No sé si esta explosión de celos se debió a que la declaración de mi hermana me había parecido una traición a mi derecho exclusivo sobre Marga o si, especialmente sensible al ridículo en aquellos días, consideré una chiquillada irritante que una mocosa como Sonia pudiera devaluar un sentimiento tan maduro como la amistad. Poco me faltó para interponerme físicamente entre ambas.

Sonia se echó hacia atrás como si la hubiera abofeteado.

Marga estaba apoyada contra la pared del torreón (¡esa pared que era sólo mía y suya!), casi sentada sobre las palmas de las manos. La estoy viendo ahora, recostada con languidez contra la piedra, no llevaba sujetador y por un botón medio desabrochado de la camisola se le adivinaba el nacimiento de un pecho. Se incorporó y alargó un brazo hacia mi hermana.

– Déjala, Borja, no seas plasta. Sonia es mi amiga especial, ¿eh?

Le acarició la mejilla y le borró una lágrima que se le había escapado. A Sonia le cantábamos siempre «lloronaaa, sin pelooo»…

La atrajo hacia sí y la abrazó. Me miró con severidad por encima de la cabeza de Sonia haciendo un gesto negativo.

– Los hermanos mayores son unos pesados, Sonia. No le hagas ni caso, que me parece que Borja está celoso… -Rió.

– ¿De qué voy a estar celoso? -exclamé-. ¿Yo? ¡Venga ya!

Marga me sacó la lengua.

– Oye, ¡no os peleéis, eh! -dijo Sonia apartando la cara.

– ¡Si no nos peleamos! -dije con exasperación-. ¿No ves que nunca nos peleamos, boba?

– Sí que os peleáis.

– No, tonta -dijo Marga-. ¿Te gustaría que nos casáramos?

– ¡Huy, sí! -exclamó Sonia mirándonos a uno y a otra.

– ¡No digas tonterías, Marga! -Me había puesto rojo de vergüenza.

– Si lo digo en serio. Dime, Sonia. ¿Te gustaría?

– ¡Claro! ¿Lo dices de veras?

– Sí. -Y se puso a canturrear-: Borja y yo nos vamos a casaaar, Borja y yo nos vamos a casaaar…

– ¡Marga, eres idiota! -grité. Y me di la vuelta para marcharme.

– … Pero me tienes que prometer una cosa, ¿eh? No se lo tienes que decir a nadie, ¿eh? ¿Me lo prometes?

– Síííí… -dijo Sonia, y se puso a reír.

Es, por otra parte, terrible testimonio de mi ingenuidad que nunca se me ocurriera que Marga podía querer un hijo mío, pero no en el futuro como fruto de un matrimonio remoto, sino entonces, de modo inmediato. No lo sospeché hasta más tarde, cuando empecé a arredrarme ante el grado de su locura o tal vez de su pasión, fuere cual fuere el nombre que debía darse a aquello suyo que jamás entendí. Pero comoquiera que, con o sin mi concurso inocente, Marga tenía la capacidad de controlar mis humores con una sola palabra, con el movimiento de un dedo meñique, pasé el resto del día enfurruñado y sin hablarle, como un niño pequeño con rabieta y no como un hombre capaz de hacer frente al peso de tanta responsabilidad. Ella me miraba a distancia con socarronería, tan segura de sí misma que la habría estrangulado, tan incierto de mí que con un gesto me habría tenido, me tendría colgado de su cuello, rendido a su cintura.

Más tarde, Juan me preguntó lo que me pasaba y le contesté que «nada, que tu hermana es una imbécil».

– ¡No es una imbécil! -dijo Sonia.

– Lo que yo te diga -afirmé.

– Todas las hermanas son imbéciles por definición -apostilló Juan.

Por la noche, en la cena, Sonia levantó la vista de la taza del gazpacho.

– ¿Mamá?

– ¿Qué, hija?

– ¿Sabes una cosa? -dijo con la voz atiplada por la excitación. Le noté en los ojos cómo no podía aguantarse la noticia más importante de su vida y la miré de tal manera que tragó saliva-. Bueno, no es nada, mamá -bajando la voz hasta convertirla en un susurro.

– ¿Qué no es nada, hija? -preguntó mi madre distraídamente. Luego, como si volviera de una ensoñación, añadió-: No te oigo. Por Dios, nunca acabáis las frases… todo lo dejáis a medias.

– De veras, mami, que no es nada.

– Tonterías de niñas -dije.

– Ya sé lo que os está haciendo falta -dijo de pronto mi madre, saltando de un tema a otro con la facilidad para el non sequitur que le era tan propia. Me miró-. ¿Te acuerdas de que te dije que iba a organizar una merienda con todos vosotros?

– Sí, mamá -contesté, exagerando el tono de paciente resignación.

– No hables así, que no te tolero que me faltes al respeto, Borja. Quiero que vengáis todos a merendar mañana aquí, está decidido, porque quiero veros a todos juntos, que hay alguno al que no he echado aún la vista encima este verano…

– ¡Pero, mamá…! ¿Qué tendrá que ver…?

– No se discute: mañana os espero aquí a todos a las siete.

Ninguno lo podíamos saber, claro, pero la merienda del 21 de julio en casa de mis padres en Son Beltrán se convirtió por años en un rito insoslayable. Con el tiempo se sumaron a ella algunas madres, e incluso dos años más tarde decidimos hacerle coincidir un guateque, esa moda tan idiota importada de Madrid. Bailábamos y bebíamos refrescos, y hasta invitábamos a otros chicos de la capital que veraneaban en Valldemossa; todo con tal de evitar que la reunión tuviera el aire de catequesis con madres que pronto había adquirido.

Al día siguiente, cuando caía la tarde, la mesa de la terraza apareció perfectamente preparada con un mantel a cuadros blancos y rojos. Encima había grandes platos y fuentes llenos de pan con tomate, jamón, sobrasada, aceitunas, ensaimadas y tres gigantescas tartas preparadas por Pepi, la cocinera, de almendra una, de chocolate otra y de manzana con mermelada de albaricoque la tercera (con los años, mi madre habría de comprar una máquina de hacer helados y Pepi los haría de limón y almendra). A un lado de la mesa, Pili, una de las doncellas -la que más se ocupaba de nosotros-, había colocado refrescos y gaseosa y una gran jarra de zumo de naranja.

Yo esperaba repeinado por orden de mi madre, aburrido y tenso, a que llegaran mis amigos, con vergüenza de que pudieran considerarnos a todos nosotros señoritos de ciudad, sobre todo a mí, que tan lejos me encontraba de cualquier cosa que no fuera mi nuevo centro de gravedad: la vieja torre derruida de Ca'n Simó.

Vinieron todos juntos, con Marga y Juan a la cabeza. Marga se había puesto un vestido de algodón blanco muy casto y unas alpargatas nuevas en los pies. Luego, las Castañas y Andresito, Alicia, Carmen, Biel y Jaume, que traía las manos en los bolsillos y su aire desprendido e irónico de costumbre. El último era Domingo, que venía ensimismado, deteniéndose de cuando en cuando para recoger algo del suelo o del borde del camino; algunas cosas las miraba con detenimiento para luego dejarlas caer y otras las rechazaba sin más; siempre parecía estar comprobando la calidad de la tierra o la textura de las olivas o la abundancia y el color de los saltamontes. Yo qué sé.

– Hola -dijo Juan, y todos nos quedamos inmóviles, patosos, sin saber qué hacer o qué se esperaba de nosotros.

– Hola, chicos -dijo mi madre-. Me gusta mucho que estéis aquí… Huy, Elena, cómo has crecido. Lucía, estás guapísima. Hola, Biel, casi no os reconozco -añadió dando besos a las niñas. Se detuvo frente a Marga-. Hola, Marga, estás preciosa. ¿Ya controlas a toda esta pandilla? ¡Estás tan mayor! Ya has cumplido ¿dieciséis?, ¿diecisiete?

– Dieciséis -dijo Marga en voz baja desviando la vista-. Pero cumplo años dentro de poco…

– ¿Ah sí? Como Borja entonces. ¿Tú cuándo los cumples?

– El cuatro de agosto.

– ¡Claro, no me acordaba! ¡Si sois casi gemelos! Borja los cumple el diez…

Enrojecí violentamente y Sonia me miró sonriendo con aire de absoluta felicidad. La fulminé con la mirada, pero sin que diera tiempo a más sonó la voz bien timbrada de don Pedro, que de pronto había aparecido en el ventanal que desde el salón franqueaba la salida al porche:

– ¡Bueno, bueno! Cuánta gente menuda. Veo a mucho frescales por aquí.

Hubiera matado a mi madre por la encerrona, pero me limité a murmurar con la boca ladeada hacia Juan «jo, qué mierda».

– ¿Eh, doña Teresa? -dijo don Pedro dirigiéndose a mi madre-. Mucha gente menuda con cara de frescales, ¿verdad? -Dio dos pasos para acercarse a nosotros, a Juan y a mí, que éramos los que nos habíamos colocado de este lado de la mesa. Me puso la mano sobre el hombro y pensé dar un paso hacia atrás para librarme, pero me lo impidió con un leve apretón de los dedos-. ¡Ah! El jefe de la banda. -Miró a Juan-. Y su acólito y lugarteniente. Los golfillos de la costa norte. -Sonreía-. Y eso que ya vais creciendo y que las señoritas que os acompañan han dejado de ser chiquillas y se han convertido en… eso, en señoritas, ¿verdad?

Miró a Marga en silencio, levantando mucho las cejas; como si la viera por primera vez y fuera a preguntarle quién era. Sus gestos teatrales siempre nos desconcertaban, porque luego, inmediatamente después, los desmentía con sus palabras: a la fuerza en este caso, puesto que Marga y Juan eran los hermanos que don Pedro conocía mejor. No en vano, el párroco de Selva, a quien don Pedro debía la carrera eclesiástica, y sus dos hermanas eran tíos de Juan y Marga.

– Marga, Marga, la mayor de todas, la más sensata, la más recta. ¿Ya los mantienes a raya?

Marga no dijo nada. Se limitó a mirarle con la cara seria y los ojos malva muy abiertos. Su sencillo vestido blanco y la tez olivácea, el pelo estirado hacia atrás en una larga cola de caballo, la hacían parecer una virgenmaría.

Dejé de mirarla para que nadie pudiera adivinar nada, para que ni mi madre ni don Pedro pudieran intuir lo que nos unía a ambos. Menos mal porque si alguien en ese momento me hubiera exigido prueba de lealtad como cuando el canto del gallo, habría traicionado a Marga sin dudarlo. Eso era lo que nos diferenciaba, creo: ella se habría enderezado, se habría acercado a mí y, agarrándome la mano, habría hecho pública profesión de fe.

– ¿Por qué no os sentáis, hijos? -dijo mi madre, señalando con la vista las sillas vacías y el borde de piedra del porche.

Sin pensárselo dos veces, los más pequeños se refugiaron sobre el borde porque la gran mesa repleta de merienda que les quedaba delante parecía protegerlos de la gente mayor, poniendo la distancia física del mantel y los platos entre unos y otros.

– ¿Y Javier? -preguntó don Pedro acercándose a mi hermano-. Bueno, a ti es al que más veo. Mientras vosotros dormís como marmotas por las mañanas, Javier viene a la iglesia y toca el órgano. -Sonrió-. Cuando no estoy diciendo misa, me siento en uno de los bancos a escuchar las fugas de Bach interpretadas por Javier Casariego. ¡Nada menos! Ah, doña Teresa, este chico nos llenará de orgullo a todos cuando leamos que ha tocado un concierto en el Metropolitan de Nueva York, ya lo verá. Bueno, usted no necesitará leerlo porque estará allí. ¿Eh, Javier? -Mi hermano se encogió de hombros y bajó la cabeza; le colgaba un mechón de pelo dorado sobre la frente y se lo apartó con la mano. Don Pedro miró teatralmente a su alrededor-. ¿Pero qué estoy haciendo? -dijo-. Hablo y hablo y os tengo sin merendar. Venga. No dejéis de merendar por culpa mía, ¿eh?

Y para dar buen ejemplo se acercó a la mesa, tomó una rebanada de pan de payés untado de tomate, le añadió un chorreón de aceite, le puso una loncha de jamón encima y le hincó el diente. «¿Hmm?», dijo con la boca llena. «No se habla con la boca llena», pensé, y miré a mi madre. Pero ella estaba tan contenta de su merienda y de la sorpresa que nos había dado con la presencia del cura que no parecía dispuesta a escandalizarse (como lo habría hecho con nosotros) por un mínimo pecadillo de etiqueta.

Juan y Sonia fueron los primeros en perder la vergüenza y en acercarse a la mesa. Juan se untó una enorme rebanada de pan con sobrasada y Sonia, que era la más dulcera de la casa, se sirvió dos trozos de tarta, uno de la de chocolate y otro de la de manzana. «¡Sooonia!», dijo mi madre en voz baja. «Jo, mamá», contestó ella sin hacer caso. A mis hermanos pequeños, Pili les había preparado tazones de leche fría con colacao, y los demás se fueron sirviendo lo que les apetecía. Sólo Jaume y Domingo comieron únicamente pan con tomate; Jaume pidió un vaso de agua.

– ¡Bueno! -exclamó don Pedro frotándose las manos mientras se sentaba en el alféizar de la ventana que daba al porche y que quedaba a la derecha del ventanal de entrada-. Estáis muy callados… Esto no es un funeral, caramba… ¿Os ha comido la lengua un gato? Bueno. Está bien, hablaré yo. Hace tantos años que os conozco a todos, hace tantos años que a alguno os doy tirones de oreja -me guiñó un ojo-, que me parece que sois como hijos míos. Os he dado primeras comuniones, os he confesado a todos, sé lo que pensáis y lo que sentís… sois… como la pandilla del Señor, mi pandilla de ángeles. -Levantó un brazo, igual que hacía durante los sermones de la misa de los domingos, la mano de canto con los dos últimos dedos un poco doblados en señal de bendición. Cerró los ojos. Guardó silencio un momento y luego los volvió a abrir-. No soy como esos curas que andan prometiendo el infierno a troche y moche porque, como sé bien cómo sois, no me parece que vayáis a cometer muchas maldades en vuestras vidas y amenazaros con el infierno como hacen los curas en los retiros espirituales sería una tontería. -Rió de buena gana-. Además, no estoy muy seguro de que el infierno exista realmente.

Mi madre dio un respingo; no me parece que hubiera oído nada semejante en su vida. Nosotros tampoco, para qué nos vamos a engañar, y en lo que a mí hacía, si me hubiera creído la afirmación, me habría levantado de encima todos los pesos, toda la suciedad que arrastraba desde hacía unos días. Pero la educación que había recibido en casa me tenía puesto un corsé incorruptible: el infierno existía, faltaba más, y me amenazaría de nuevo esa noche y la siguiente y la siguiente.

– Lo que quiero decir -continuó don Pedro- es que encontraréis en mí siempre a un amigo antes que un confesor vestido de negro. ¿Iba Jesús vestido de negro? No. Las imágenes nos lo presentan revestido de túnicas blancas. A lo mejor no iba así, aunque es verdad que en el desierto los beduinos llevan chilabas blancas para combatir el calor. Pero lo importante de que vistiera de blanco era el símbolo: el credo de Jesús era un credo de alegría, de esperanza, de amor. -No hubiera podido oírse el vuelo de una mosca porque lo ahogaban las cigarras, pero don Pedro tenía completamente atrapada nuestra atención. Se encogió de hombros-. Ya sé que los curas vamos con sotana negra. Creo que se trata de una costumbre adquirida en los tiempos no muy lejanos en los que la risa era considerada una frivolidad pecaminosa. Eso ya no ocurrirá entre nosotros. ¿Y si el color blanco fuera malo, a qué vendría que el papa se vistiera de blanco?… Bueno… A lo que vamos -se inclinó hacia adelante para dar mayor intensidad a sus palabras y apoyó los codos sobre las rodillas-: quiero deciros hoy con toda la solemnidad de un compromiso eterno que siempre tendréis en mí al amigo antes que al cura. ¿Os sorprende? Que no os sorprenda, que no estoy diciendo herejías, porque, en este caso, los dos, amigo y cura, se confunden, son la misma cosa. Cuando Jesús estaba en la tierra no se paseaba como un rey. Lo hacía como un carpintero humilde: era más amigo que divinidad, más maestro que disciplinario. Y lo que os pido es que os fiéis de mí, de mi criterio. Yo os diré cuándo habéis hecho bien y cuándo mal. Fiaos de mí y juntos iremos andando hacia Dios. Sé bien dónde está el mal. Igual que cuando, obedeciendo mis órdenes, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, del mismo modo lo que yo os perdone os será perdonado. Y lo que yo diga que está bien, el cielo dirá que está bien.

Guardó silencio. Nos miró a todos uno a uno y, salvo Marga y Jaume, todos bajamos la vista, incapaces de resistir tanta pasión salvadora.

– Entendedme: este grupo de hijos de Dios se pone hoy bajo mi ala protectora. ¡Yo soy vuestro guardián! Me hago

responsable de vosotros. Sois mis chicos, los chicos de mi pandilla, y nunca os fallaré. Aquí estaré siempre, seré vuestro consuelo, vuestro amparo… Acudid a mí, que yo os ayudaré si me necesitáis. Para todo, ¿eh?, absolutamente en todo.

Sonrió. Impresionados por unas palabras que ninguno comprendía bien, cuyo significado en realidad no se nos alcanzaba, permanecimos callados. Los más jóvenes se removieron inquietos en sus asientos.

Domingo dio dos pasos hacia atrás y bajó de este modo los escalones que desde el porche conducían al camino. Giró en redondo y, protegiéndose los ojos con una mano puesta en la frente, se puso a escudriñar el horizonte. No me parece que hubiera atendido gran cosa ni que le importaran mucho las declaraciones de amistad de don Pedro.

Juan me miró fijo fijo, esperando a que un gesto mío le indicara qué actitud debía tomar, y Jaume suspiró y arrugó el entrecejo; metió las manos en los bolsillos y se apoyó contra una de las columnas de mares que sustentaban el porche.

Marga, sentada en el borde de piedra, alargó la mano y acarició el pelo de Sonia.

Biel asintió varias veces con cierta solemnidad; era el más alto de todos nosotros y ya había adquirido la costumbre de estar de pie con las piernas separadas y los brazos cruzados. Para darse importancia.

Don Pedro nos miró nuevamente uno por uno. Sonrió satisfecho.

Después que todos se hubieron marchado, mi madre se sentó en un gran sillón de mimbre que había en el porche. Era el que siempre ocupaba mi padre cuando estaba. Suspiró largamente.

– Ven aquí, hijo. -Me miró al tiempo que daba unas palmaditas en la silla que tenía más próxima-. Bonita merienda, ¿verdad?

– Bah, sí… Qué quieres que te diga, mamá, reunirnos a merendar para largarnos un sermón como los domingos… No sé. Yo qué sé. Los pequeños casi se duermen.

– Hombre, Borja, no me gusta que seas tan poco respetuoso con un sacerdote tan maravilloso como don Pedro. -El tono de mi madre era triste, dolido, irritante-. Me parece que os quiere de verdad a todos. ¡Y es tan campechano! Parece que no, que todo es a la pata la llana, que nada es muy trascendental, y luego os dice esas cosas tan sencillas y tan bonitas…

– ¿Tú crees que el infierno no existe?

Se quedó callada.

– ¿Tú crees que el infierno no existe, mamá? -repetí.

– Yo… yo… en fin, me parece que a lo mejor don Pedro quería decir que para ir al infierno hay que hacer tantas maldades que en vuestro caso nunca será posible que os condenéis… -Dejó que las palabras se arrastraran con lentitud, tan insegura estaba de lo que iba diciendo.

Di un gruñido.

Sonrió con aire travieso.

– Me ha dicho un pajarito que Marga y tú os vais a casar. ¿Es verdad?

– ¡Aj! ¡Sonia es una idiota y la voy a matar!

– No, Borja, no digas bobadas. Sonia es una niña pequeña y no sabe guardar un secreto… Deberías haberlo imaginado. Con lo cuentera que es…

– ¡Pero es que son tonterías, mamá! ¡Qué secretos ni secretos!

– Claro, ya lo sé. ¿Cómo quieres que piense que os vais a casar? ¡Si sois unos críos! No, hombre. Lo que quiero decir es que estáis de novietes y que me parece muy bien.

– ¡Pero, mamá!

– No me interrumpas. Marga es una chica preciosa y estupenda… ¡tan religiosa! Sus padres son gente muy bien. Lo que quiero decir es que… es una familia, bueno, eso… muy bien. -Rió-. Y no sé si de aquí a unos años os acabaréis casando… Hoy en día, los noviazgos duran más que un día sin pan. Pero es lo de menos, hijo. Lo que quiero decir es eso.

– Voy a matar a Sonia.

– Ni se te ocurra mencionar que te lo he dicho, ¿me oyes?

– La voy a estrangular.

– Borjaaa.