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XI

El de 1956 también fue el verano en el que todos definimos nuestras amistades para siempre.

La famosa merienda de mi madre nos dejó, por lo menos a los mayores, bastante desconcertados. Aunque no fuéramos capaces de explicárnoslo con claridad, intuíamos que don Pedro había querido dar carta de naturaleza a la pandilla haciéndola suya. Sin embargo no se nos alcanzaba su verdadero motivo o, de buscarlo en algún lado, lo atribuíamos a lo que Lucía llamó con algo de menosprecio «el rosario en familia». Como si don Pedro fuera un moderno Lewis Carroll, «sus chicos» iban a constituir una célula aparte, bien protegida, de límites muy precisos, que él orientaría hacia lo que más nos beneficiase (y considerando su profesión, ello incluiría nuestra salvación eterna). Por tanto no teníamos ni idea de hacia dónde nos encaminábamos. Sí sabíamos con seguridad que lo haríamos todos juntos. Por eso, los períodos escolares, que nos pillaban desperdigados por aquí y por allá, serían meros hiatos sin importancia, épocas oscuras de formación académica pero de soledad del alma. Lo trascendental vendría con los tres meses de verano.

– Oye -dijo Juan-, ¿tú crees que vamos a tener esta merienda todos los años?

– ¿Yyo qué sé? -le dije-. Me parece que don Pedro está de cómplice con mi madre, y vete tú a saber lo que nos preparan esos dos. Pero sí. Sí creo que quieren que haya una merienda al año.

– Yo no me preocuparía mucho -dijo Jaume encogiéndose de hombros-. Ahora nos dejarán en paz durante un tiempo y, además, con esto de que don Pedro será más amigo que cura, nos podemos confesar y -rió silenciosamente- no nos pondrá mucha penitencia.

– Mira, no se me había ocurrido -dijo Juan-. Así cuando me tire a Catalina…

– Ya…

– … Cuando me tire a Catalina me lo perdonará dos veces: una porque todo queda en la pandilla y otra porque todo es para bien de la vida eterna…

– Mira, Joan -interrumpió Jaume-, el supuesto no se va a dar porque tú a Catalina no le vas a poder tocar ni un pelo… ¿No ves que está en las musarañas y que nada de lo que le puedas decir lo va a oír siquiera? Y no te quiero contar cuando le digas oye, Catalina, ¿te puedo tocar las tetas?

– Lo que yo os diga.

Estábamos los tres sentados sobre un bancal medio derruido que había al lado del viejo torreón. Mirábamos al mar en el atardecer. Juan se estaba fumando un pitillo. Habíamos mandado a los demás a ponerse a las órdenes de Marga.

– Así hacéis algo útil -había dicho Juan.

– ¿El qué? -preguntó Sonia.

– No te preocupes, que ya se le ocurrirá a mi hermana.

– ¿Ya habéis pensado lo que vais a estudiar? -pregunté sin que viniera a cuento.

Pero no era una pregunta ociosa ni rutinaria. Al contrario, vista con la perspectiva de los años transcurridos, ahora comprendo que era la primera vez que por tácito acuerdo íbamos a establecer con claridad los límites de nuestros futuros, que definíamos con precisión las coordenadas de nuestra amistad para siempre.

Juan se encogió de hombros.

– Bah, no sé. Mi padre quiere que estudie Derecho para heredar la notaría, pero a mí me parece un rollo. ¿Y tú?

– ¿Yo? Yo lo tengo seguro: tengo que estudiar Derecho porque quiero ser abogado…

– … Ya, y ¿no tiene tu padre un despacho en Madrid?…

– Hombre, sí. Pero no es por eso. Aquí donde me veis, lo tengo clarísimo, yo seré político.

– ¡Anda ya!

– ¿Político? ¿Y para qué quieres eso? -dijojaume.

Me desconcertó que Jaume se sorprendiera tanto con mi elección de una profesión que tenía que ver sobre todo con el bien colectivo, con defender al pueblo, con luchar por la justicia, cosas así. Titubeé y me pareció complicado tener que dar explicaciones cuando no esperaba que me las pidieran, creyendo que mi declaración vocacional sería aceptada cuando menos con admiración.

– No estoy muy seguro, la verdad, pero es por llegar lejos, hacer algo por… bueno, qué más da. ¿Y tú? -le pregunté.

Sonrió y se metió las manos en los bolsillos; tuvo que moverse a derecha e izquierda para que le cupieran, así como estaba sentado, en los pliegues del pantalón.

– ¿Yo? Filosofía y Letras.

Y en cambio, ni Juan ni yo manifestamos sorpresa alguna. Lo había dicho Jaume y no había más que hablar. Si lo decía era porque lo tenía bien pensado y decidido.

Nunca nos habíamos hecho confidencias así.

– ¿Y tú y mi hermana?

– Yo y tu hermana, ¿qué?

– No sé. Como estáis siempre juntos y alguna vez ella te agarra de la mano… ¿Qué crees que no se os ve? Joé, ni que fueras el hombre invisible.

– Bueno, ¿y…?

– Creo -dijo Jaume- que ésas son cosas entre ellos, ¿no?

– Ni hablar. Son cosas de la pandilla, y si no se lo preguntamos a don Pedro, ¿eh? -Rió-. No, hombre, no. Pero Marga es mi hermana, oye, y si tiene que ligar con alguien, mejor con mi mejor amigo, ¿no?… Oye, ¿os habéis besado ya?

– Coño, Juan, ¿y a ti qué?

– A mí nada, pero es para que me digas qué tal sabe… ya sabes… si está rico o qué. El año pasado le dije a Marga que nos besáramos para ver qué tal. Me mandó a la mierda. Joé, cómo se puso. Me dijo que para besarla a ella había que ser muy hombre y además otro que no fuera su hermano, que eso era una porquería. Me da igual, oye. Se lo pido a tu hermana y tan ricamente.

– ¿A mi hermana? ¿A Sonia? ¡Pero si tiene catorce años!

– Joan, animal -dijo Jaume.

– ¿Yqué más da? Bien buena que está. Y luego, dentro de unos años, me caso con ella y ya está. Estaría bien, ¿eh?, yo casado con Sonia y tú con Marga, ¿eh, tú?

Durante aquel verano fuimos dejando atrás la niñez sin saberlo.

Pero a los que éramos de fuera, además, no sólo nos estaba asaltando una revolución de los sentidos y los sentimientos como no hay dos en la vida del hombre; lo hacía por añadidura en una tierra más soleada, más corruptora que la del puritanismo de Península adentro. Nos iba sorbiendo el seso, nos iba adormeciendo.

Los frutos maduran mejor en verano, al sol, bañados por el mar. ¿No?

¿Cómo decirlo? El amor resultaba más comprensible a la orilla del mar.

No quiero invocar con esto el atractivo irresistible que ejercen sobre una alma joven hipotéticos efluvios de sensualidad desprendidos de la untuosidad de un aceite joven, la influencia del circo de montañas que rodea a Deià sobre los impulsos creativos, la sierra de Tramontana como lugar de ensoñación o el mar que le está a los pies como refugio de objetos voladores no identificados. Es bien cierto que todo eso se ha dicho que ocurre en aquella tierra maravillosa, pero Dios me libre de hacerme eco de tanta inventiva. Robert Graves indagó en los años veinte sobre cómo se vivía en Deià; la respuesta que recibió de la novelista Gertrud Stein fue: «Te recomiendo que vayas a Deià… si te crees capaz de soportar la vida en el paraíso terrenal.» Y ése es aún hoy mi sentimiento más preciso. Me fui un tiempo porque era incapaz de aguantarlo y luego regresé buscando la paz. Pero me equivocaba de tormenta. Había de desencadenarse en mi vida política, creía, no en mi vida con Marga.

Imagino que el Mediterráneo, los calores, el paso poco frenético de la vida, el hecho mismo de que Deià fuera en las mentes de la sociedad mallorquina sinónimo de lugar salvaje y perdido en la montaña, hacía que, aunque las costumbres rurales de la isla más parecían entonces del medioevo que de la mitad del siglo XX, el ritmo de los sentidos fuera mucho más tolerante y lujurioso, menos intenso que el de una gran capital como el Madrid de mediados de los años cincuenta. Había una dictadura entonces, pero de las de verdad, con policía secreta, detenciones ilegales, torturas y, por encima de todo, con una tiranía moral e intelectual que se hacía insoportable hasta para mí, un muchacho de apenas diecisiete años que empezaba a husmear la vida fuera del colegio. Me habían sublevado las algaradas estudiantiles de febrero de aquel año, su represión idiota, las carreras frente a la policía por la calle de San Bernardo (unos cuantos compañeros de colegio nos habíamos escapado para verlo, temblando de miedo, eso sí), y sobre todo me había encendido la irritación de mi padre contra el régimen y su estulticia.

Pero Mallorca, en verano, estaba a mil leguas de aquel Madrid de nube gris, llovizna y carbón de hulla. Es bien cierto por otra parte que mis padres, mis hermanos y yo nos movíamos en dos planos diferentes: el del establishment oficial en Madrid y el de las vacaciones desprendidas de cualquier obligación social en Deià.

¿Se explicaba el comportamiento de Marga por esta diferencia de actitudes y ambientes sociales? Ninguna niña de la buena sociedad peninsular, que yo supiera, se habría dejado ir como lo había hecho ella a una aventura de amor sensual ¡a los dieciséis años! En Madrid no se conocían chicas de buena familia que perdieran la virginidad antes del matrimonio, Dios nos librare, o, si alguna había, era objeto de la peor maledicencia, de ostracismo y eventualmente de viajes al extranjero, siempre muy comentados y perfectamente inútiles (la memoria de la maldad es larga), a menos de que se tratara de hacer abortar a la infeliz. Y la pobre regresaba convertida en puta oficial, pasto para estudiantes que creían poder encontrar en chicas así aventuras en apariencia fáciles. ¡Qué sabrían ellos!

Pero nada de lo que hacía Marga tenía que ver con esos códigos morales o sociales. Marga era como potro libre sin brida. Todo corazón apasionado. ¿Cómo podría yo no entenderlo hoy, ahora que escribo estos recuerdos que no comprendo? No, no. Marga concebía la vida como compromiso total, ni siquiera se planteaba lo contrario, y con toda seguridad pretendía lo mismo de mí. Y lo extraordinario en ella, sin embargo, no era ser una mujer independiente, sino serlo en la divisoria de los diecisiete años.

– Eres muy tímido, ¿verdad? -me preguntó Marga-. Eres muy tímido -se contestó en seguida, asintiéndose con la cabeza-. Porque, si no, ¿de qué se te suben los colores a nada que se hable de ti? -Me puso la mano en la barbilla y me obligó a girar la cara hacia ella-. ¿Eh?

– Y yo qué sé.

– Ya, tú nunca sabes nada.

– No. No sé… es que estas cosas son mías y… y tuyas, y no me gusta que la gente se meta.

– ¿Qué más te da? -Me cogió la mano izquierda y se la puso sobre el pecho, justo encima del corazón-. ¿Notas cómo late? Me late así cada vez que te tengo al lado, cada vez que pienso en ti… Ya ti, ¿te late igual?

Me encogí de hombros.

– Sí que te late igual. Te lo noto en una vena del cuello cuando nos besamos. ¿Quieres ver? -Acercó su rostro al mío y mi corazón se desbocó de golpe-. ¿Ves? Te lo noto en el cuello. -Me sopló por la nariz sobre el pómulo-. Dime una cosa: ¿por qué estás siempre tan serio?

– No sé, será porque no hay muchas cosas de las que reírse.

– ¿No es para reírse que nos queramos?

– No: es para tomárselo en serio.

– ¡Pero qué bobo eres! Nos queremos en serio y a mí eso me hace estar alegre y entonces me río.

– Ya, pero yo no soy así, no soy como tú.

– ¿Y cómo eres?

– Todo el mundo dice que me parezco un poco a mi padre…

– ¡Jesús!

– … Que soy serio y reflexivo…

– Eres bastante más guapo que tu padre, que siempre va de negro.

– Es porque está de luto por la muerte del abuelo. -Me quedé pensativo por un momento y luego añadí-: ¿Sabes que casi no me acuerdo de mi padre vestido de otra manera?

Pues tu padre no me da ningún miedo. Todo el mundo dice que es muy severo y a mí me parece bastante dulce, ya ves.

– Bueno, pues serás la única.

– Yo quiero casarme contigo de blanco y celebrar el banquete en Ca'n Simó y hacernos fotos aquí en el torreón, y así ese día nos acordaremos de la primera vez que lo hicimos.

– Pues a mí tu padre me parece un tío divertido.

– Es genial. ¿Me has oído?

– El qué.

– Lo de la boda aquí.

– Sí.

– ¿Y?

– Pues eso, qué bien.

De pronto se le encendieron los ojos y su tonalidad malva se ensombreció hasta casi el negro.

– ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

– No sé, Marga, jopé, yo qué sé. Me parece que falta tanto tiempo que no me lo puedo ni imaginar. Si fuera a ocurrir mañana…

– ¡Pues yo sí me lo puedo imaginar! ¿Quieres decir que a lo mejor me dejas de querer y que para cuando nos tocara casarnos ya no te importará?

– No, claro que no, no seas idiota, Marga. Yo a ti…

– … Porque yo sí sé hasta cuándo te voy a querer. Te voy a querer hasta que me muera, hasta siempre. Y te esperaré siempre.

Me dio miedo.

Marga se incorporó, giró la cintura para ponerse frente a mí y, apoyando sus manos sobre mis hombros, me fijó contra la pared de piedra.

– ¿Y sabes qué más? Hasta sé los hijos que voy a tener contigo.

– ¡Qué tonterías dices! Oye, Marga, dime una cosa: ¿tú por qué me quieres?

Me miró con ferocidad. Pero en seguida se relajó y sonrió.

– Te quiero desde aquel día en que saltamos juntos desde la piedra en la cala. Esa noche ya pensé en historias y aventuras contigo de novios… fíjate qué tonta. Y cuando me peleaba contigo y nos pegábamos era porque, en el fondo, ya te quería.

– Sí, pero cómo me quieres ahora.

– ¿Y tú a mí?

– Yo a ti no sé cómo te quiero. ¿Y tú a mí?

– ¿Por lo menos sabes que me quieres?

– Claro.

– Pues entonces te lo voy a decir: ¿has leído Cumbres borrascosas?

– No.

– Pues te lo dejaré para que lo leas. Es una novela maravillosa. ¿Sabes que me la leí en dos días? La tienes que leer. ¡Lloré tanto! Pues yo a ti te quiero tanto como la protagonista a Heathcliff: como si te llevara dentro. Ella dice «mi amor por Heathcliff es como las piedras que hay debajo, ¡yo soy Heathcliffl». Su amor la ha transformado, ha transformado su corazón en el de él. Pues a mí me pasa lo mismo. ¿Entiendes? ¿Entiendes cómo te quiero? Por las noches hablo contigo como si estuvieras a mi lado en la cama y me muero de ganas de tenerte encima…

Me enderecé sin querer, como empujándome hacia atrás para meterme dentro de las piedras del viejo torreón. Y es que lo tenía todo tan a flor de piel y tan reciente que la verbalización de este amor nuestro brutalmente físico me causaba verdadera angustia. Ofendía a mi sentido del pudor, hasta me parecía casi grosero hablar de ello, mientras que para Marga apenas si se trataba de sacarse a borbotones los sentimientos del pecho.

– No te asustes, que no pasa nada. ¿No es normal querer a una persona y querer hacer el amor con ella? ¡Si tú y yo hacemos el amor! ¿Sabes qué te digo? Que yo no entendería el amor sin… sin… ya sabes, el físico.

– Sí, pero generalmente eso queda para después del matrimonio… -dije en voz baja.

Rió alegremente.

– Pues sí… para cuando nos llegue el matrimonio a mí y a ti, si no lo hiciéramos antes, llegaríamos más secos que una pasa…

– No te rías. ¿Qué diría don Pedro, por ejemplo?

– ¿Y a mí qué más me da lo que diga don Pedro? Y además, no podría decir nada. No hacemos nada malo. ¿No me ves que voy a comulgar todos los días?

Hice un gesto dubitativo.

– Sí, claro, pero como tú no vas a confesarte, tú decides por ti y ante ti…

– Es que yo estoy muy segura de lo que hago. ¿Tú no?

– Sí, claro, pero ¿y el sexto mandamiento?

– ¡Ah! Eso sí que lo tengo pensado, no te creas. Has leído el Evangelio, ¿no? -Asentí-. Jesús condena a los mercaderes en el templo, a los fariseos, pero ¿a la mujer que ama? Ni hablar, Borja. Faltarás al sexto si lo haces sin amor. Pero ¿estando enamorada? -Rió de nuevo.

Suspiré y le acaricié lentamente el muslo.

– ¿Y cuántos hijos quieres tener conmigo?

– Cuatro. Dos niños y dos niñas, ya ves.

Sonreí.

– Seguro que sabes hasta cómo se van a llamar.

– Claro. Borja, María, Pep y Leticia. ;

– Pep no es nombre.

– Bueno, pues José o Josep, me da igual, pero lo llamaremos Pep.

– Borja no me gusta.

– Pues te fastidias… y tú ándate con bromas, que lo tengo ahora y nos tenemos que casar a la fuerza. -Soltó una sonora carcajada.

Se me cortó la respiración. Debí de palidecer porque noté que se me estiraban las mejillas y que tiraban de mis ojos las sienes. Marga me miró con lo que supongo era travesura, alargó nuevamente la mano y me la metió por el pelo, despeinándome del todo.

– Huy qué susto te he dado. Te has puesto como el papel. Bobo, que siempre me lavo y tengo cuidado, anda. -Rió otra vez de buena gana. Mi inocencia era tan completa que me pareció que esas precauciones eran suficientes.

Respiré hondo y dije en voz baja:

– Marga, jopé, ¿estás segura de que con eso es bastante?

– Claro. Y si tuviéramos un niño, ¿qué? Nuestros padres no tendrían más remedio que aceptarlo y casarnos, ¿no? -Apoyó su cabeza sobre mi hombro y añadió como en una ensoñación-: Viviríamos juntos y estudiaríamos y yo te ayudaría a hacerte famoso y tú serías el político más joven de España…

– ¿Y cómo sabes tú que quiero ser político?

Levantó la cabeza para mirarme.

– Fácil… Ahora que se te ha ocurrido que es eso lo que quieres ser se lo cuentas a todo el mundo.

– No se lo cuento a todo el mundo.

– Bueno, se lo dijiste a Juan ayer y lo soltó en casa durante la cena.

– Pues vaya con los secretos que le cuenta uno a los amigos.

– Ya ves.

La noche siguiente los mayores fuimos a cenar a casa de Juan y Marga. Pere, el viejo criado, a quien no había visto aún aquel verano, nos esperaba bajo el porche vestido con su pantalón negro de costumbre y una camisa blanca remangada hasta por encima del codo y con el cuello desabrochado. Siempre iba igual, menos cuando ayudaba a misa al viejo canónigo tío de Marga.

– ¿Y tú, Borja? -me dijo en mallorquín.

– Hola, Pere.

– Qué, ¿vienes a pelearte con ésa otra vez, como el verano pasado? Te rompió la nariz, muchacho.

Me encogí de hombros.

– Fue mala suerte.

– Ya, mala suerte -dijo Marga-. Te pude. -Me puso la mano en el antebrazo-. Pero ahora te has puesto tan fuerte que ya no me pelearía contigo. -Y torció la nariz en una mueca cómica.

– Está de broma -dijo Pere-. Ésa te zurraría la badana igual.

– Jo, sangrabas como un becerro -dijo Juan.

– ¿Quién sangraba como un becerro? -preguntó el padre de Marga saliendo al porche-. Hombre, hola, Borja; claro, tú eras el que sangraba como una porcella, no como un becerro. ¡Pero si ha venido la joven princesa Sonia! Pere, quita de en medio todas las cosas que se puedan romper, que están aquí Marga y Borja y esto es peligroso…

Así transcurrió aquel verano. Días de charla, baños en el mar y amores, de paseos por entre los olivares, de excursiones y juegos y sobresaltos. Días que uno querría haber atesorado para que nada rompiera su memoria cristalizada. Ahora los recuerdo teñidos de amarillo, de sepia, como las fotos viejas, melancólicos e irrecuperables.

Una mañana temprano bajamos el Torrent de Paréis saltando de roca en roca y bañándonos en los gorgs. Tardamos cuatro horas en llegar a Sa Calobra, pero tuvimos la playa para nosotros, entre guijarros y agua, y allí, a la sombra de una roca, comimos una merienda de pan, aceitunas y tomates, aceite y sobrasada. Sonia había bajado una bolsa entera de melocotones y, aunque alguno se había aplastado, estaban dulces y jugosos. Las Castañas traían jamón y brevas, y los mayores llevábamos cantimploras. Racionábamos el agua, más por fastidiar a los pequeños que porque fuera escasa.

Nos bañamos largamente en un mar tan azul que se hacía aguamarina sobre la arena y verde oscuro sobre las algas. Incluso nadando podían verse allá abajo, con sólo inclinar la cabeza, rocas y peces dibujando irisaciones, alargándose u ondulando perezosamente.

– ¡Una carrera hasta la roca aquella! -gritaba uno.-¡Vamos a por pulpos! -exclamaba otro.

Y Andresito, que era el único que buceaba realmente bien de todos nosotros, se ponía unas gafas de ir por debajo del agua y con un arpón que traía en la mochila desaparecía durante largos trechos. Al cabo de un rato aparecía allá lejos, en un punto inesperado, enarbolando el arpón con un calamar atravesado.

– ¡Venid! Vamos a escalar por aquí -decía cualquier otro.

– Ven, vamos a tirarnos de la roca aquella -me dijo Marga-. A ver quién entra mejor en el agua.

– Ya. La primera vez que lo hicimos, tú te tiraste antes de cabeza y casi te matas: entraste con las rodillas dobladas y separadas.

– Claro, como que no sabía. Anda, ven.

Y nos tiramos de aquella roca como Dios nos dio a entender. Estaba muy alta, pero yo ya no tenía excusa. «Vamos a tirarnos juntos, de cabeza, ¿eh?» Luego nos siguieron Javier, que hizo un ángel perfecto, y Jaume.

Tarde ya, serían las siete, pudimos divisar cómo doblaba el cabo de cala Tuent el renqueante pero sólido llaud de un viejo marinero llamado Sebastiá. Venía a buscarnos para devolvernos a Sóller a tiempo de montarnos en el vetusto autobús que subía casi de noche hacia Deià y Valldemossa.

Aunque ya estaba asfaltado el inverosímil camino que subía desde Sa Calobra hasta el del monasterio de Lluc, los más pequeños se mareaban en los autobuses turísticos que lo recorrían y todos preferíamos el llaud. Un poco más hacia el sur, los americanos habían empezado a construir la carretera que bajaba hasta Sóller. En lo alto del Puig estaban levantando una estación de seguimiento de radar, se decía que de todo el Mediterráneo, para estar preparados en caso de que los rusos decidieran atacarnos. Mi padre decía que si España era la centinela de Occidente y Franco su luminaria, Mallorca era la nariz del centinela y se llevaría la primera bofetada. Eso decía mi padre, que, cuando se descolgaba con algún sarcasmo, se ponía verdaderamente espeso.

A finales de agosto, un día de misa de domingo, antes de que pudiera escabullirme, don Pedro me cazó al vuelo desde la sacristía y me dijo «espera, Borja, no te vayas todavía que tengo que hablar contigo. Es un momento sólo, anda».

Resoplé, pero no tenía modo de escabullirme y no me quedó más remedio que sentarme en el murete que rodea la iglesia y desde el que hay una maravillosa vista panorámica sobre el Clot.

– Hacía días que quería hablar contigo -dijo don Pedro.

Le miré sin contestar. Nos habíamos sentado uno a cada lado de la mesa de trabajo en su despacho de la casa parroquial en la que aseguraba vivir, aunque todos sabíamos que tenía un buen piso en la parte noble de Palma y que era rara la noche en que no bajaba a la ciudad.

– Verás- No sé muy bien cómo empezar. -Sacudió la cabeza-. Tal vez deberías recordar que eres uno de mis chicos, uno de los de mi pandilla, y que por eso puedo hablar con entera confianza contigo. No. Eres más que uno de los chicos. Eres el más importante por ser el mayor, pero sobre todo por ser el modelo que todos quieren imitar…

– ¡Bah! Menuda bobada, padre. Nadie me quiere imitar.

– No me digas eso, Borja. Sabes bien que lo que digo es verdad. Marga y tú sois los jefes de la banda y todos los demás quieren ser como vosotros.

– ¿Jaume? ¿Quiere ser como yo?

– No, Jaume no, pero es la excepción que confirma la regla. Los demás siguen lo que Marga y tú ordenáis… Eso es lo malo -añadió pensativamente.

Me empezó a latir el corazón a la carrera en cuanto dijo «eso es lo malo» porque acababa de adivinar el motivo de la conversación. Tragué saliva.

– ¿Por qué es lo malo, padre?

– Bueno… -titubeó-, en realidad… sí… en realidad yo quisiera hablarte de tu relación con Marga. -Levanté la cabeza para protestar; no sé qué iba a protestar, pero algo protestaría para defenderme-. No, espera, no me interrumpas, déjame que te diga lo que pienso y luego hablas tú. ¿Eh?

Pasó una mano por encima de la mesa y la apoyó en mi muñeca. Guardé silencio.

– ¿Qué relación tenéis tú y Marga? -Y quitó la mano.

No dije nada. Sentía que me latían las sienes y me había empezado a doler la nuca, todo por el esfuerzo de que no se me notara nada del torbellino que me venteaba por dentro.

– Te lo pregunto en serio.

– Normal.

– Que sois novios, ¿no?

– Pues sí, yo qué sé. ¿Y usted cómo lo sabe?

Sonrió.

– Más bien di quién no lo sabe. Porque es la comidilla del pueblo.

– ¡Venga!

– Sí, Borja, lo sabe todo el mundo. A mí me lo comentó tu madre hace días.

– ¿Y qué hay de malo en ello?

No contestó a la pregunta. Un momento de silencio y después:

– ¿Por qué ya no comulgas nunca?

Me encogí de hombros y enrojecí, pero don Pedro hizo como si no lo hubiera visto.

– Antes comulgabas siempre en misa los domingos… Y tú y yo sabemos que venías a confesarte y de qué venías a confesarte -levantó las cejas expresivamente-, y no pasaba nada… Pero ahora ya no vienes. -Se inclinó por encima de la mesa y me agarró las manos con las suyas-. Dime, Borja, dímelo… Porque a mí me duele, y no te quiero decir al Señor.

– No… -empecé a decir.

– Espera. ¿Tú sabes cómo está Marga?

– ¿Cómo está Marga? No le entiendo, padre.

– ¿Y si Marga estuviera esperando un hijo tuyo?

Di un respingo y quise hablar, pero me había quedado sin voz. Nunca hasta entonces había sabido lo que es el pánico. Rompieron a sudarme las palmas de las manos y me dio la sensación de que me estallaba la vista y se descomponían los colores.

– ¿Y si estuviera esperando un hijo tuyo? ¡Aha! No dices nada, ¿verdad? -No recuerdo lo que balbucí-. No me engañas… Porque no puedes negar que os acostáis… Sí, no me mires así. Eso que vosotros hacéis no es el amor. Eso no recibe ese nombre; eso se llama joder, así te lo digo. Eso no entra en los planes del Señor, no entra en los planes que El y yo tenemos para ti, hijo…

– ¿Marga está esperando un hijo? -pregunté por fin. Tenía ganas de llorar.

– ¿No se te ha ocurrido hasta ahora que os podía pasar? Pero, bueno, eres un insensato, Borja.

– ¡Pero dígamelo, por Dios!

– ¡No, hombre, no! Tenéis una suerte que no os merecéis. -Del alivio me empezó a sudar la frente-. Marga es otra insensata y la doy casi por perdida, pero ¿tú? ¿Tú que eres el mejor de todos? ¿Cómo te voy a dar por perdido?

– ¿Perdida Marga? ¿Cómo puede usted decir eso? Ella comulga todos los días y…

– Mira, Borja, la relación de Marga con la religión y conmigo, que soy su representante, es cosa mía y de Dios. Déjamelo a mí. Yo ahora en quien tengo que pensar es en ti, en tu futuro, en la vida que te espera: es nuestra responsabilidad compartida, tuya y mía, ¿me entiendes?

No debí hacerlo, pero asentí tímidamente.

– ¡Claro! -dijo don Pedro-, claro que sí. Tú eres un muchacho bueno, inteligente, lleno de virtudes y con un futuro espléndido por delante. No lo estropees todo por una aventurilla sórdida…

– ¡Espere, espere! -exclamé reaccionando al fin un poco-. No es una aventurilla sórdida para nada, don Pedro. Marga y yo nos queremos y nos vamos a casar…

– ¡Hale! Casaros, qué enorme palabra. -Pero se corrigió en seguida-: No quiero decir que Marga o tú seáis sórdidos. Quiero decir que devaluáis vuestro amor manchándolo sin necesidad. Sois muy jóvenes, Borja. Tenéis todo el tiempo del mundo y todavía no estáis preparados para el amor físico, la entrega de uno a otro cuyo único objeto, cuyo único objeto, ¿eh?, es la procreación y la satisfacción de la concupiscencia mutua.

– Eso son dos objetos -murmuré-. Mejor entre Marga y yo que en una juerga cualquiera…

– Nadie te está diciendo que la alternativa sea que te vayas por ahí o que tú solo apagues tu concupiscencia. No, no. La alternativa es la pureza, Borja, el sacrificio personal para el futuro. Mira -dijo con impaciencia-, todo lo que atesores ahora te será devuelto con creces cuando estés casado con Marga. Te doy mi palabra de honor sobre ello. Palabra de sacerdote.

– ¿Y Marga? Según usted, ella está en pecado y por tanto no debe comulgar. ¿No la va a excomulgar? ¿O negarle la comunión?

Don Pedro sonrió con tristeza.

– No puedo hacerlo. Es una de las chicas de mi pandilla de ángeles y le voy a perdonar todos los errores por grandes que sean para que, en el momento oportuno, esté cerca de nosotros y la podamos salvar. No la voy a estigmatizar negándole públicamente los sacramentos; allá ella con su conciencia; si viene a comulgar y no está arrepentida, no seré yo quien le niegue los auxilios sacramentales. Ahora me preocupas tú, tu vida futura. Sabes que tienes un gran futuro por delante. No lo estropees ahora con estas tonterías. Piensa en el Señor, Borja, que dio su vida por ti en la cruz.

– ¡Pero yo quiero a Marga! ¡Qué quiere que haga! ¿Que rompa con ella? ¡Si ya le he dicho que nos vamos a casar!

– ¿Dentro de cuánto, Borja? Por supuesto que no quiero que rompas con ella; quiero que decidáis ambos libremente hacer un sacrificio por el Señor. Imagínate: ella vive aquí y tú, en invierno, en Madrid. Si ahora relajáis vuestra moral, si os entregáis a bajas pasiones, ¿no tenderéis cada uno por separado a satisfacerlas culpablemente cuando os apetezca? Y piensa en otra cosa: la pasión se agota con el tiempo. ¿Vais a agotarla ahora que sois niños y que estáis lejos del matrimonio sin siquiera darle una oportunidad? ¿Y si de pronto tuvierais un hijo? ¿Estáis preparados para darle educación, alimentarlo, verlo crecer?

– No sé, padre.

¡Cuánto me estaban afectando todos aquellos dardos tan certeros!

– Habla con ella e impónselo. Tú eres el hombre, Borja, a ti corresponden las decisiones. ¡Exígele el sacrificio! Te esperan grandes cosas en la vida y no tienes derecho a perder el tiempo en nimiedades. -Levantó una mano anticipándose a mi objeción-. Yo sé que os queréis y lo acepto, pero ésa no es tu vocación. Tu vocación es otra de más altura, de mayor sacrificio. No la emborrones con la cesión cómoda a un instante de placer. -Me sonrió para darme ánimos y, mirándome a los ojos, añadió-: Y ahora te voy a dar la absolución. Ego te absolvo a pecatis tuis in nomine Patris et Fui et Spiritu Sancti -dijo, e hizo una solemne señal de la cruz muy cerca de mi cara. Después suspiró recostándose satisfecho contra el respaldo del sillón-. ¿A que se encuentra uno mejor? Has vuelto con nosotros, de este lado de la bondad, te hemos recuperado y ahora, si vienes conmigo a la iglesia, te daré la comunión.

Así eran aquellas conversaciones.

– ¿Qué sabrá él de lo que me pasa? -gritó Marga con furia-. ¿Tendrá idea ese imbécil de lo que es mi cuerpo? Bueno, sí, claro que sí, el muy cerdo. Me habrá ido a ver a la cala para después masturbarse como un mono… Eso es lo que es, un mono.

– Marga… oye… espera, Marga.

– No, Borja, espera tú. ¿Con qué derecho se atreve a decirte que si hacemos el amor nos entregamos a bajas pasiones? ¡Pero será imbécil el cura ese! O sea que si estamos enamorados y hacemos el amor, baja pasión. Pero si estamos casados, incluso si no estuviéramos enamorados, ¿qué, alta pasión?

– No, Marga, lo que él decía era que el sexto mandamiento hay que respetarlo y que ahora, hasta que nos casemos, tenemos que hacer un sacrificio por amor…

– ¿Por amor? Yo por amor me desnudo contigo y me dejo besar y te beso y me duermo en tus brazos. ¡Eso es amor! ¿Qué hay de malo en eso?

– Nada, Marga. Nada. Pero, claro, si don Pedro lo acepta, deja de ser cura. -Reí. Me sentía seguro.

Apoyó su frente contra la mía y me sopló en la nariz.

– Y tú ¿qué le dijiste?

– ¿Yo? Nada, qué quieres que le dijera.

– Pues lo mismo que le dije yo, anda éste. Que se dejara de tonterías y que si eso creía de mí, mal entendía el amor. Eso. Y que si era eso, que debía dejar de ser cura.

– Hala, Marga, qué burra.

No le conté que además don Pedro me había dicho que la vida me llamaba a cosas más altas, a una vocación de más altura, había dicho él; pensé que la razón de no contárselo era que, callándomelo, Marga no se enfurecería más.

Y el domingo siguiente fue a comulgar como siempre. Sólo yo vi que iba más erguida que de costumbre, más segura, y al darse la vuelta para regresar a su banco se detuvo frente a mí un segundo y me miró directamente a los ojos. Luego saludó a mi madre con una levísima inclinación de cabeza y siguió por el pasillo central.